"La duquesa de Palliano", de Stendhal - Amantes de la literatura

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1.23.2026

"La duquesa de Palliano", de Stendhal


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No soy un naturalista, y apenas si conozco el griego; mi principal prop贸sito al venir a Sicilia no ha sido observar los fen贸menos del Etna, ni aclarar, para m铆 o para los dem谩s, todo lo que los viejos autores griegos han dicho sobre Sicilia. Buscaba en primer t茅rmino el placer de los ojos, que es grande en este singular pa铆s. Dicen que se parece a 脕frica; pero lo indudable para m铆 es que solo por las pasiones devoradoras se parece a Italia. De los sicilianos s铆 que puede decirse que la palabra imposible no existe para ellos cuando los enardece el amor o el odio, y el odio, en este hermoso pa铆s, no proviene jam谩s de un inter茅s de dinero.

Observo que en Inglaterra, y sobre todo en Francia, se habla a menudo de la pasi贸n italiana, de la pasi贸n desenfrenada que se hallaba en Italia en los siglos diecis茅is y diecisiete. En nuestros d铆as, esa hermosa pasi贸n ha muerto, muerto del todo en las clases que han ca铆do en la imitaci贸n de las costumbres francesas y de los modos de obrar a la moda de Par铆s y en Londres.

Ya s茅 que se puede decir que, en la 茅poca de Carlos V (1530), N谩poles, Florencia y hasta Roma imitaron un poco las costumbres espa帽olas; pero ¿acaso estas costumbres espa帽olas no estaban fundadas en el infinito respeto que todo hombre digno de este nombre debe tener para los movimientos de su alma? Lejos de excluir la energ铆a, la exageran, mientras que la primera m谩xima de los fatuos que imitaban al duque de Richelieu, hacia 1760, era no parecer emocionados de nada. La m谩xima de los dandies ingleses, que ahora copian en N谩poles con preferencia a los fatuos franceses, ¿no es acaso parecer hastiado de todo, superior a todo?

Es decir que, desde hace un siglo, la pasi贸n italiana ya no se encuentra en la buena sociedad de aquel pa铆s.

Para darme una idea de esta pasi贸n italiana, de la que con tanta seguridad hablan los novelistas, he tenido que interrogar a la historia, pero tampoco la gran historia hecha por gente de talento, y a menudo demasiado majestuosa, dice casi nada de estos detalles. No se digna tomar nota de las locuras sino cuando las hacen reyes o pr铆ncipes. Yo he acudido a la historia particular de cada ciudad, pero me ha asustado la abundancia de material. Peque帽a ciudad hay que os presenta orgullosamente su historia en tres o cuatro vol煤menes en cuarto, impresos, y siete u ocho vol煤menes manuscritos; 茅stos, casi indescifrables, plagados de abreviaturas, con unas letras de forma singular, y, en los momentos m谩s interesantes, llenos de expresiones de uso en la comarca, pero ininteligibles veinte leguas m谩s lejos. Pues, en toda esta hermosa Italia, donde el amor ha sembrado tantos acontecimientos tr谩gicos, s贸lo tres ciudades, Florencia, Siena y Roma, hablan aproximadamente como escriben; en todos los dem谩s lugares, la lengua escrita est谩 a cien leguas del lenguaje hablado.

Lo que se llama la pasi贸n italiana, es decir, la que procura su propia satisfacci贸n, y no dar al vecino una idea magn铆fica de nuestra persona, comienza con el renacimiento de la sociedad, en el siglo XII, y se extingue, al menos en los c铆rculos distinguidos, hacia 1734. En esta 茅poca, los Borbones comienzan a reinar en N谩poles en la persona de don Carlos, hijo de una Farnesio casada en segundas nupcias con Felipe V, ese triste nieto de Luis XIV, tan intr茅pido en medio de las balas, tan aburrido y tan apasionado por la m煤sica. Sabido es que, durante veinticuatro a帽os, el sublime eunuco Farinelli le cant贸 todos los d铆as tres arias favoritas, siempre las mismas.

A un esp铆ritu filos贸fico pueden parecerle curiosos los detalles de una pasi贸n sentida en Roma o en N谩poles, pero he de confesar que nada me resulta tan absurdo como esas novelas que dan nombres italianos a sus personajes. ¿No hemos convenido que las pasiones var铆an a cada cien leguas que se avanza hacia el Norte? ¿Acaso el amor es igual en Marsella que en Par铆s? Lo m谩s que puede decirse es que los pa铆ses sometidos desde hace tiempo al mismo g茅nero de gobierno ofrecen en las costumbres sociales una cierta semejanza exterior.

Los paisajes, como las pasiones, como la m煤sica, cambian tambi茅n cada tres leguas hacia el Norte. Un paisaje napolitano parecer铆a absurdo en Venecia, si no fuera cosa convenida, hasta en Italia, admirar la bella naturaleza de N谩poles. En Par铆s, llegamos a m谩s; creemos que el aspecto de los bosques y de los campos cultivados es absolutamente igual en N谩poles que en Venecia, y quisi茅ramos que el Canaletto, por ejemplo, tuviera absolutamente el mismo color que Salvator Rosa.

¿No es el colmo del rid铆culo una dama inglesa dotada de todas las perfecciones de su isla, pero considerada como incapaz de pintar el odio y el amor, incluso en esta isla: la se帽ora Ana Radcliffe dando nombres italianos y atribuyendo grandes pasiones a los personajes de su c茅lebre novela «El confesionario de los penitentes negros»?

No intentar茅 yo poner gracia en la sencillez, en la rudeza a veces agresiva del muy ver铆dico relato que someto a la indulgencia del lector; por ejemplo, traduzco exactamente la respuesta de la duquesa de Palliano a la declaraci贸n de amor de su primo Marcelo Capecce. Esta monograf铆a de una familia se encuentra, no s茅 por qu茅, al final del segundo volumen de una historia manuscrita de Palermo, sobre la cual no puedo dar ning煤n detalle.

Este relato que, con gran pesar m铆o, abrevio mucho (suprimo una multitud de detalles caracter铆sticos), contiene las 煤ltimas aventuras de la infortunada familia Carafa, m谩s que la interesante historia de una sola pasi贸n. La vanidad literaria me dice que acaso no me hubiera sido imposible aumentar el inter茅s de varias situaciones extendi茅ndome m谩s, es decir, adivinando y contando al lector, con detalle, lo que sent铆an los personajes. Pero yo, joven franc茅s, nacido al Norte de Par铆s, ¿estoy acaso bien seguro de adivinar lo que experimentaban esas almas italianas del a帽o 1559?, todo lo m谩s, me parece adivinar lo que puede resultar elegante y atractivo a los lectores franceses de 1838.

Esta manera apasionada de sentir que reinaba en Italia hacia 1559 exig铆a actos y no palabras. Por eso se hallar谩n muy pocos di谩logos en los relatos siguientes.

Ello es una desventaja para esta traducci贸n, acostumbrados como estamos a las dilatadas conversaciones de nuestros personajes de novela. Para ellos, una conversaci贸n es una batalla. La historia para la cual reclamo toda la indulgencia del lector ofrece una particularidad singular introducida por los espa帽oles en las costumbres de Italia. Me he atenido estrictamente al papel de traductor. El calco fiel de las maneras de sentir del siglo XVI, y hasta el modo de narrar del historiador, que seg煤n todas las apariencias, era un noble perteneciente a la familia de la infortunada duquesa de Palliano, constituye, a mi juicio, el principal m茅rito de esta tr谩gica historia, suponiendo que tenga alg煤n m茅rito.

En la corte del duque de Palliano, reinaba la m谩s severa etiqueta espa帽ola. Observad que cada cardenal, cada pr铆ncipe romano ten铆a una corte parecida, y pod茅is formaros una idea del espect谩culo que ofrec铆a, en 1559, la civilizaci贸n de la ciudad de Roma. No olvid茅is que era la 茅poca en que el rey Felipe II, necesitando, para una de sus intrigas, el sufragio de dos cardenales, daba a cada uno cien mil libras de renta en beneficios eclesi谩sticos. Roma, aunque sin ej茅rcito temible, era la capital del mundo. En 1559, Par铆s era una ciudad de b谩rbaros bastante gentiles.

TRADUCCI脫N EXACTA DE UN VIEJO RELATO ESCRITO HACIA 1566

Juan Pedro Carafa, aunque perteneciente a una de las m谩s nobles familias del reino de N谩poles, ten铆a unos modos de obrar 谩speros, rudos, violentos y dignos por completo de un cabrero. Tom贸 el h谩bito largo (la sotana) y se fue, joven, a Roma, donde recibi贸 apoyo de su primo, Oliverio Carafa, cardenal y arzobispo de N谩poles. Alejandro VI, aquel hombre que todo lo sab铆a y todo lo pod铆a, le hizo su cameriere (aproximadamente lo que llamar铆amos, en nuestras costumbres, un oficial de 贸rdenes). Julio II le nombr贸 arzobispo de Chietti; el Papa Paulo le hizo cardenal, y, en fin, el 23 de mayo de 1555, despu茅s de intrigas y disputas terribles entre los cardenales encerrados en el c贸nclave, fue elegido Papa con el nombre de Paulo IV; ten铆a a la saz贸n setenta y ocho a帽os. Los mismos que acababan de elevarle al trono de San Pedro se echaron a temblar en seguida pensando en la dureza y en la piedad tremenda, inexorable, del amo que acababan de darse.

La noticia de este nombramiento inesperado produjo una revoluci贸n en N谩poles y en Palermo. En pocos d铆as, llegaron a Roma gran n煤mero de miembros de la ilustre familia Carafa. Todos fueron colocados, pero; como es natural, el Papa distingui贸 particularmente a sus tres sobrinos, hijos del conde de Montorio, hermano suyo.

A don Juan, el mayor, ya casado, le hizo duque de Palliano. Este ducado, sustra铆do a Marco Antonio Colonna, al cual pertenec铆a, comprend铆a gran n煤mero de pueblos y de villas. Don Carlos, el segundo de los sobrinos de Su Santidad, era caballero de Malta y hab铆a hecho la guerra; fue nombrado cardenal, legado de Bolonia y primer ministro. Era un hombre de gran resoluci贸n; fiel a las tradiciones de su familia, tuvo la osad铆a de odiar al rey m谩s poderoso del mundo (Felipe II, rey de Espa帽a y de las Indias) y le dio pruebas de su odio. En cuanto al tercer sobrino del nuevo Papa, don Antonio Carafa, como estaba casado, el Papa le hizo marqu茅s de Montebello. Por 煤ltimo, se propuso dar por mujer a Francisco, delf铆n de Francia e hijo del rey Enrique II, una hija que su hermano hab铆a tenido de un segundo matrimonio; Paulo IV pensaba asignarle como dote el reino de N谩poles, quit谩ndoselo para ello a Felipe II, rey de Espa帽a. La familia odiaba a este poderoso rey, el cual, ayudado por las culpas de esta familia, consigui贸 exterminarla, como ver茅is.

Desde que subiera al trono de San Pedro, el m谩s poderoso del mundo y que, en aquella 茅poca, eclipsaba incluso al ilustre monarca de las Espa帽as, Paulo IV, como la mayor parte de sus sucesores, daba ejemplo de todas las virtudes. Fue un gran Papa y un gran santo; se esforzaba en reformar los abusos de la Iglesia y en aplazar, por este medio, el concilio general que desde todas partes se ped铆a a la corte de Roma y que una sabia pol铆tica no permit铆a conceder.

Seg煤n costumbre de aquel tiempo, demasiado olvidada en el nuestro y que no permit铆a a un soberano poner confianza en gentes que pod铆an tener un inter茅s distinto al suyo, los Estados de Su Santidad eran gobernados desp贸ticamente por sus tres sobrinos. El cardenal era primer ministro y dispon铆a de la voluntad de su t铆o; el duque de Palliano hab铆a sido nombrado general de las tropas de la Santa Iglesia, y el marqu茅s de Montebello, capit谩n de los guardias de Palacio, no dejaba entrar en 茅l sino a las personas que se le antojaba. Estos j贸venes no tardaron en cometer los mayores excesos; comenzaron por apropiarse los bienes de las familias contrarias a su gobierno. Los pueblos no sab铆an a qui茅n recurrir para obtener justicia. No s贸lo ten铆an que temer por sus bienes, sino que —¡cosa horrible de decir en la patria de la casta Lucrecia!— el honor de las mujeres y de sus familias no estaba seguro. El duque de Palliano y sus hermanos se apropiaban las mujeres m谩s hermosas; bastaba tener la desgracia de gustarles. Se vio, con estupor, que no guardaban el menor miramiento a la nobleza de la sangre, y, m谩s a煤n, no les conten铆a en modo alguno la sagrada clausura de los santos monasterios. El pueblo, reducido a la desesperaci贸n, no sab铆a a qui茅n presentar sus quejas: tan grande era el terror que los tres hermanos hab铆an inspirado a todo el que se acercaba al Papa; eran insolentes hasta con los embajadores.

El duque se hab铆a casado, antes del engrandecimiento de su t铆o, con Violante de Cardona, de una familia originaria de Espa帽a, y que, en N谩poles, pertenec铆a a la primera nobleza.
Figuraba en el Seggio di nido.

Violante, c茅lebre por su rara belleza y por las gracias que sab铆a desplegar cuando quer铆a seducir a la gente, lo era m谩s todav铆a por su orgullo insensato. Pero hay que ser justo: dif铆cilmente se pudiera tener un car谩cter m谩s elevado, y bien lo demostr贸 al mundo al no confesar nada, antes de morir, al hermano capuchino que la confes贸. Sab铆a de memoria y recitaba con una gracia infinita el admirable Orlando, de messer Ariosto, la mayor parte de los sonetos del divino Petrarca, los cuentos de Pecorone, etc茅tera. Pero era m谩s seductora a煤n cuando se dignaba hablar a su compa帽铆a de las ideas singulares que le suger铆a su talento.

Tuvo un hijo que fue llamado duque de Cavi. Su hermano don Ferrando, conde Aliffe, se traslad贸 a Roma atra铆do por la alta fortuna de su cu帽ados.

El duque de Palliano ten铆a una corte magn铆fica; los j贸venes de las primeras familias de N谩poles se disputaban el honor de formar parte de ella. Entre los que le eran m谩s caros, Roma distingui贸 con su admiraci贸n a Marcelo Capecce (del Seggio di nido), joven caballero c茅lebre en N谩poles por su talento, tanto como por la belleza divina que hab铆a recibido del cielo.

La duquesa ten铆a por favorita a Diana de Brancaccio, de treinta a帽os, pariente cercana de la marquesa de Montebello, su cu帽ada. Se dec铆a en Roma que con esta favorita depon铆a su orgullo; le confiaba todos sus secretos. Pero estos secretos s贸lo se refer铆an a la pol铆tica; la duquesa suscitaba pasiones, pero no compart铆a ninguna.

Por consejo del cardenal Carafa, el Papa hizo la guerra al rey de Espa帽a y el rey de Francia envi贸 en socorro del Papa un ej茅rcito mandado por el duque de Guise.

Pero hemos de atenernos a los acontecimientos interiores de la corte del duque de Palliano.

Capecce estaba desde hac铆a mucho tiempo como loco; se le ve铆a cometer los actos m谩s extra帽os; el hecho es que el pobre mozo se hab铆a enamorado locamente de la duquesa, su se帽ora, pero no osaba declar谩rselo. No obstante, no desesperaba por completo de realizar su af谩n, pues ve铆a a la duquesa profundamente irritada contra un marido que no le hac铆a caso. El duque de Palliano era omnipotente en Roma, y la duquesa sab铆a, sin ninguna duda, que casi diariamente las damas romanas m谩s c茅lebres por su belleza visitaban a su marido en su propio palacio, y 茅sta era una afrenta a la que la duquesa no pod铆a acostumbrarse.

Entre los capellanes del santo Papa Paulo IV hab铆a un respetable religioso con el cual Su Santidad recitaba el breviario. Este personaje, con riesgo de perderse y acaso inducido por el embajador de Espa帽a, atreviose un d铆a a contar al Papa todas las atrocidades de sus sobrinos. El santo pont铆fice enferm贸 del disgusto; quiso dudar, pero las certidumbres abrumadoras llegaban de todas partes. Fue el primer d铆a del a帽o 1559 cuando tuvo lugar el hecho que confirm贸 al Papa en todas sus sospechas y acaso decidi贸 a Su Santidad. Fue, pues, el mismo d铆a de la Circuncisi贸n del Se帽or, circunstancia que agrav贸 mucho la falta a los ojos de un soberano tan piadoso, cuando Andr茅s Lanfranchi, secretario del duque de Palliano, dio una cena magn铆fica al cardenal Carafa, y, para que las excitaciones de la gula se a帽adiesen a las de la lujuria, hizo asistir a aquella cena a la Martuccia, una de las m谩s bellas, m谩s c茅lebres y m谩s ricas cortesanas de la noble ciudad de Roma. Quiso la fatalidad que Capecce, el favorito del duque, el mismo que en secreto estaba enamorado de la duquesa, y que pasaba por el hombre m谩s guapo de la capital del mundo, estuviera desde hac铆a alg煤n tiempo en trato con la Martuccia. Aquella noche la busc贸 en todos los lugares donde pod铆a esperar hallarla. No encontr谩ndola en parte alguna y enterado de que hab铆a una cena en la casa Lanfranchi, sospech贸 lo que pasaba, y a eso de media noche se present贸 en casa de Lanfranchi acompa帽ado de muchos hombres armados.

Abri茅ronle la puerta y le invitaron a sentarse y a tomar parte en el fest铆n; pero, despu茅s de unas palabras bastante contenidas, hizo se帽a a la Martuccia de que se levantara y saliera con 茅l. Como ella vacilara, muy confusa y previendo lo que iba a ocurrir, Capecce se levant贸 del lugar en que estaba sentado, y, acerc谩ndose a la muchacha, la tom贸 de la mano procurando llev谩rsela con 茅l. El cardenal, en cuyo honor hab铆a sido invitada, se opuso vivamente a que se fuera; Capecce insisti贸, esforz谩ndose en sacarla de la sala.

El cardenal primer ministro, que aquella noche se hab铆a vestido de manera muy diferente a la que correspond铆a a su alta dignidad, ech贸 mano a la espada y se opuso con la energ铆a y el valor que toda Roma le conoc铆a a la partida de la muchacha. Marcelo, ebrio de c贸lera, hizo entrar a sus hombres; pero la mayor铆a eran napolitanos, y cuando reconocieron al secretario del duque y luego al cardenal, desfigurado al pronto por su atuendo inacostumbrado, volvieron sus espadas a la vaina, neg谩ronse a batirse y se interpusieron para pacificar la querella.

Durante este tumulto, Martuccia rodeada por los invitados y retenida por la mano izquierda de Marcelo, fue lo bastante diestra para escapar. Cuando Marcelo advirti贸 su ausencia, corri贸 tras ella y toda su gente le sigui贸.

Pero la oscuridad de la noche autorizaba los relatos m谩s extra帽os, y la ma帽ana del 2 de enero se habl贸 en toda la ciudad de un peligroso combate que tuviera lugar, seg煤n dec铆an, entre el cardenal sobrino y Marcelo Capecce. El duque de Palliano, general en jefe del ej茅rcito de la Iglesia, crey贸 la cosa mucho m谩s grave de lo que era, y como no estaba en muy buenas relaciones con su hermano el ministro, aquella misma noche mand贸 detener a Lanfranchi, y al d铆a siguiente, muy temprano, fue encarcelado Marcelo. Como en seguida se dieran cuenta de que nadie hab铆a perdido la vida y de que aquellas detenciones no hac铆an sino aumentar el esc谩ndalo, que reca铆a entero sobre el cardenal, apresur谩ronse a poner en libertad a los presos, y el inmenso poder de los tres hermanos se aun贸 para procurar ahogar el asunto. Al principio creyeron conseguirlo, pero al tercer d铆a lleg贸 todo a o铆dos del Papa. Mand贸 llamar a sus dos sobrinos y les habl贸 como pod铆a hacerlo un pr铆ncipe tan piadoso y tan profundamente ofendido.

El quinto d铆a de enero, que reun铆a gran n煤mero de cardenales en la congregaci贸n del santo oficio, el santo Papa habl贸 el primero de este horrible asunto, y pregunt贸 a los cardenales presentes c贸mo hab铆an osado no ponerlo en su conocimiento.

—¡Guard谩is silencio, aunque el esc谩ndalo afecta a la dignidad sublime de que est谩is investidos! El cardenal Carafa ha osado presentarse en la v铆a p煤blica en traje secular y con la espada desnuda en la mano. ¿Y con qu茅 objeto? Para apoderarse de una infame cortesana.

F谩cil es imaginar el silencio de muerte que rein贸 entre todos aquellos cortesanos durante esta diatriba contra el primer ministro. Era un anciano octogenario el que tronaba contra su sobrino querido, due帽o hasta entonces de su voluntad. En su indignaci贸n, el Papa habl贸 de quitar el capelo a su sobrino.

La c贸lera del Papa fue avivada por el embajador del gran duque de Toscana, que acudi贸 a quejarse a 茅l de una insolencia reciente del cardenal primer ministro. Este cardenal, tan poderoso en otro tiempo, se present贸 en las habitaciones de Su Santidad para el despacho acostumbrado. El Papa le dej贸 cuatro horas en la antec谩mara, esperando a la vista de todos, y luego le despidi贸 sin querer recibirle en audiencia. Imag铆nese lo que debi贸 de sufrir el inmoderado orgullo del ministro; pensaba que un anciano abrumado por la edad, dominado toda su vida por el amor que ten铆a a su familia y, adem谩s, poco habituado a despachar los asuntos temporales, ver铆ase obligado a recurrir a su actividad. Pero venci贸 la virtud del santo Papa; convoc贸 a los cardenales, y, despu茅s de mirarlos largo rato sin hablarles, acab贸 ech谩ndose a llorar y no vacil贸 en proclamar una especie de mea culpa.
—La flaqueza de la edad —les dijo— y mi gran inter茅s por las cosas de la religi贸n, en las cuales pretendo, como sab茅is, destruir todos los abusos, me llevaron a delegar mi autoridad temporal en mis dos sobrinos; han abusado de ella, y los destituyo para siempre.

Luego fue le铆do un breve por el cual los sobrinos quedaban despojados de todas sus dignidades y confinados en m铆seros pueblos. El cardenal primer ministro fue desterrado a Civita Lavania, el duque de Palliano a Soriano, y el marqu茅s a Montebello; en virtud de este breve, el duque quedaba tambi茅n privado de sus honorarios regulares, que se elevaban a setenta y dos mil piastras (m谩s de un mill贸n de 1838).

No era posible ni siquiera pensar en desobedecer estas severas 贸rdenes: los Carafa ten铆an por enemigos y como vigilantes al pueblo entero de Roma, que los detestaba.

El duque de Palliano, acompa帽ado del conde Aliffe, su cu帽ado, y de Leonardo del Cardine, fue a vivir al pueblecillo de Soriano, mientras que la duquesa y su suegra se instalaron en Gallese, miserable aldea a dos leguas de Soriano.

Estas localidades son encantadoras, pero se trataba de un destierro, y aquellas gentes eran arrojadas de Roma, donde antes reinaran con insolencia.

Marcelo Capecce hab铆a seguido a su se帽ora con los dem谩s cortesanos al m铆sero pueblo en que estaba desterrada. En lugar de los homenajes de toda Roma, esta mujer, tan poderosa unos d铆as antes, y que gozaba de su rango con todo el exceso de su orgullo, ya no se ve铆a rodeada m谩s que de simples lugare帽os cuyo pasmo no hac铆a sino recordarle su ca铆da. No hab铆a consuelo en ella; su t铆o era tan viejo, que probablemente le sorprender铆a la muerte antes de llamar de nuevo a sus sobrinos, y, para colmo de miseria, los tres hermanos se detestaban unos a otros. Incluso se dec铆a que el duque y el marqu茅s, que no compart铆an las fogosas pasiones del cardenal, asustados por sus excesos, hab铆an llegado a denunciarle al Papa, su t铆o.

En medio del horror de esta gran ca铆da ocurri贸 una cosa que, por desgracia para la duquesa y para el mismo Capecce, puso muy de manifiesto que, en Roma, no fue una pasi贸n verdadera lo que le llev贸 tras los pasos de la Martuccia.

Un d铆a que la duquesa mand贸 a llamarlo para darle una orden, se hall贸 a solas con ella, cosa que no ocurr铆a quiz谩 ni dos veces al a帽o. Cuando vio que no hab铆a nadie en la sala donde la duquesa le recib铆a, Capecce se qued贸 inm贸vil y silencioso. Acercose a la puerta por ver si en la sala vecina hab铆a alguien que pudiera escuchar, y luego se atrevi贸 a hablar as铆:

—Se帽ora, no os alter茅is y no os encolericen las palabras extra帽as que voy a tener la temeridad de pronunciar. Desde hace mucho tiempo os amo m谩s que a la vida. Si, con excesiva imprudencia, he tenido la osad铆a de mirar como amante vuestras divinas gracias, no deb茅is imputarlo a culpa m铆a, sino a la fuerza sobrenatural que me impulsa y me agita. Vivo en puro tormento, me abraso; no pido alivio para la llama que me consume, sino solamente que vuestra generosidad se apiade de un servidor pleno de desconfianza y de humildad.

La duquesa mostrose sorprendida y sobre todo irritada.

—Marcelo, ¿qu茅 has visto en m铆 —le dijo— que te d茅 la audacia de requerirme de amores? ¿Acaso mi vida, acaso mis palabras se han apartado tanto de las reglas de la decencia como para que te creas autorizado a semejante insolencia? ¿C贸mo has podido tener la osad铆a de creer que yo pod铆a entregarme a ti o a cualquier otro hombre que no fuera mi marido y se帽or? Te perdono lo que me has dicho porque eres un fren茅tico; pero gu谩rdate de caer de nuevo en semejante falta, o te juro que he de castigarte a la vez por la primera y por la segunda insolencia.

La duquesa se alej贸 llena de ira, y realmente Capecce hab铆a faltado a las leyes de la prudencia: hab铆a que dejar adivinar y no decir. Se qued贸 confuso, temiendo mucho que la duquesa contara a su esposo lo ocurrido.

Pero las cosas sucedieron de modo muy distinto al que 茅l tem铆a. En la soledad de aquel pueblo, la orgullosa duquesa de Palliano no pudo menos de contar a su dama de honor favorita, Diana Brancaccio, lo que hab铆an osado decirle. Era 茅sta una mujer de treinta a帽os, devorada por pasiones ardientes. Ten铆a el pelo rojizo (el historiador insiste varias veces en esta circunstancia que le parece explicar todas las locuras de Diana Brancaccio). Amaba con furor a Domiciano Fornari, gentilhombre al servicio del marqu茅s de Montebello. Quer铆a tomarle por esposo; pero el marqu茅s y su mujer, a los que Diana ten铆a el honor de estar unida por los lazos de la sangre, ¿consentir铆an alg煤n d铆a en que se casara con un hombre actualmente a su servicio? Este obst谩culo era insuperable, al menos en apariencia.

No hab铆a m谩s que una probabilidad de 茅xito: habr铆a sido preciso conseguir que el duque de Palliano, hermano mayor del marqu茅s, pusiera en juego toda su influencia, y Diana no dejaba de tener alguna esperanza en esto. El duque la trataba como pariente m谩s que como a sirviente. Era un hombre sencillo y bueno de coraz贸n, y le preocupaban infinitamente menos que a sus hermanos las cosas de pura etiqueta. Aunque el duque se aprovechara, como un verdadero mozo que era, de todas las ventajas de su alta posici贸n, estaba muy lejos de ser infiel a su mujer; la amaba tiernamente y, seg煤n las apariencias, no podr铆a negarle una gracia si se la ped铆a con cierta persistencia.

La confesi贸n que Capacce hab铆a osado hacer a la duquesa pareciole una suerte inesperada a la sombr铆a Diana. Su se帽ora hab铆a sido hasta entonces de una seriedad desesperante; si pod铆a sentir una pasi贸n, si comet铆a una falta, necesitar铆a a cada instante a Diana, y 茅sta podr铆a esperarlo todo de una mujer cuyos secretos conociera.

Lejos de comenzar por hablar a la duquesa de lo que se deb铆a a s铆 misma y luego de los horribles peligros a los que se expondr铆a en medio de una corte tan clarividente, Diana, llevada por el fuego de su propia pasi贸n, habl贸 de Marcelo Capecce a su se帽ora como si se hablara a s铆 misma de Domiciano Fornari. En las largas conversaciones de esta soledad, hallaba medio, cada d铆a, de recordar a la duquesa las gracias y la belleza de aquel pobre Marcelo, que parec铆a tan triste; pertenec铆a, como la duquesa, a las primeras familias de N谩poles; sus modales eran tan nobles como su sangre, y s贸lo le faltaban esos bienes que un capricho de la fortuna pod铆a darle cualquier d铆a, para ser, en todos los aspectos, igual a la mujer que se atrev铆a a amar.

Diana not贸 con alegr铆a que el primer efecto de estas palabras fue aumentar la confianza que la duquesa le otorgaba.

No dej贸 de dar noticia de lo que pasaba a Marcelo Capecce. Durante los abrasadores calores de aquel est铆o, la duquesa se paseaba a menudo por los bosques que rodeaban Gallese. A la ca铆da de la tarde, iba a gozar de la brisa del mar a las deliciosas colinas que se alzan en medio de los bosques y desde cuya cima se divisa el mar a menos de dos leguas de distancia.

Sin apartarse de las severas leyes de la etiqueta, Marcelo pod铆a encontrarse en aquellos bosques; dicen que se escond铆a en ellos y cuidaba de no mostrarse a las miradas de la duquesa sino cuando 茅sta se hallaba bien dispuesta por lo que le dec铆a Diana Brancaccio, que hac铆a entonces una se帽al a Marcelo.

Diana, viendo ya a su se帽ora a punto de escuchar la fatal pasi贸n que ella hiciera nacer en su alma, cedi贸 ella misma al violento amor que Domiciano Fornari le hab铆a inspirado. En lo sucesivo estaba segura de poder casarse con 茅l. Pero Domiciano era un mozo prudente, de un car谩cter fr铆o y reservado; los arrebatos de su fogosa amante, lejos de atraerle, no tardaron en resultarle importunos. Diana Brancaccio era pariente cercana de los Carafa; estaba seguro de ser apu帽alado a la menor noticia que de sus amores llegara al terrible cardenal Carafa, el cual, aunque menor que el duque de Palliano, era, de hecho, el verdadero jefe de la familia.

La duquesa hab铆a cedido hac铆a alg煤n tiempo a la pasi贸n de Capecce, cuando un buen d铆a no se hall贸 a Domiciano Fornari en el pueblo donde estaba relegada la corte del marqu茅s de Montebello. Hab铆a desaparecido. M谩s tarde se supo que hab铆a embarcado en el peque帽o puerto de Nettuno; sin duda cambi贸 de nombre, y nunca m谩s hubo noticias de 茅l.

¿Qui茅n podr铆a describir la desesperaci贸n de Diana? Despu茅s de escuchar con bondad sus quejas contra el destino, un d铆a la duquesa de Palliano le dej贸 adivinar que este tema de conversaci贸n le parec铆a agotado. Diana se ve铆a despreciada por su amante; su coraz贸n era presa de los sentimientos m谩s crueles, y sac贸 la m谩s extra帽a consecuencia del instante de fastidio que la duquesa experimentara al o铆r la insistencia de sus lamentaciones. Diana se convenci贸 de que era la duquesa la que hab铆a incitado a Domiciano a dejarla para siempre y que, adem谩s, le hab铆a proporcionado los medios. Esta insensata idea s贸lo se apoyaba en algunas exhortaciones que en otro tiempo le hiciera la duquesa. A la sospecha sigui贸 en seguida la venganza. Pidi贸 una audiencia al duque y le cont贸 todo lo que ocurr铆a entre su mujer y Marcelo. El duque se neg贸 a darle cr茅dito.

—Pensad —dijo a la denunciante— que en quince a帽os no he tenido el menor reproche que hacer a la duquesa; ha resistido a las seducciones de la corte y a las tentaciones de la posici贸n brillante que ten铆amos en Roma; los pr铆ncipes m谩s apuestos, y hasta el propio duque de Guise, general del ej茅rcito franc茅s, perdieron el tiempo con ella, ¿y pretendes que haya cedido a un simple caballerizo?

Quiso la malaventura que el duque se aburriera mucho en Soriano, pueblo en que estaba desterrado y que se hallaba a s贸lo dos leguas del que habitaba su mujer; Diana pudo, pues, obtener muchas audiencias sin que se enterara la duquesa. La favorita ten铆a un talento asombroso, y su pasi贸n la hac铆a elocuente. Daba al duque multitud de detalles; la venganza hab铆a llegado a ser su 煤nico placer. Le repet铆a que, casi todas las noches, Capecce entraba en el cuarto de la duquesa a eso de las once y no sal铆a hasta las dos o las tres de la ma帽ana. Estas denuncias causaron al principio tan poca impresi贸n en el duque, que no quiso tomarse el trabajo de caminar dos leguas a medianoche para ir a Gallese y entrar de improviso en el cuarto de su mujer.

Pero una tarde se hallaba en Gallese, se hab铆a puesto ya el sol, pero se ve铆a a煤n. Diana penetr贸 toda desmelenada en el sal贸n en que se encontraba el duque. Todo el mundo se alej贸, y ella le dijo que Marcelo Capecce acababa de entrar en el cuarto de la duquesa. El duque, sin duda mal dispuesto en aquel momento, cogi贸 su pu帽al y corri贸 al cuarto de su mujer, entrando en 茅l por una puerta falsa. All铆 encontr贸 a Marcelo Capecce. Los dos amantes cambiaron de color al verle entrar, pero, por lo dem谩s, no hab铆a nada de reprensible en la posici贸n en que se hallaban. La duquesa estaba en su cama anotando un peque帽o gasto que acababa de hacer; en la habitaci贸n se hallaba una camarista; Marcelo estaba en pie a tres pasos del lecho.

El duque, furioso, cogi贸 a Marcelo por el cuello, le arrastr贸 a un gabinete inmediato y le mand贸 tirar al suelo la daga y el pu帽al de que iba armado. Luego llam贸 a los hombres de su guardia, los cuales condujeron a Marcelo a las prisiones de Soriano.

A la duquesa la dejaron en su palacio, pero estrechamente vigilada.

El duque no era nada cruel; parec铆a que tuviera la idea de ocultar lo ocurrido, por no verse obligado a llegar a las medidas extremas que el honor le exigir铆a. Quiso hacer creer que Marcelo estaba detenido por otra cosa cualquiera, y con el pretexto de unos sapos enormes que Marcelo hab铆a comprado muy caros dos o tres meses antes, hizo decir que este mozo hab铆a intentado envenenarle. Pero el verdadero delito era demasiado bien conocido, y el cardenal, su hermano, mand贸 preguntarle cu谩ndo pensaba lavar en la sangre de los culpables la afrenta que se hab铆a osado infligir a su familia.

El duque busc贸 el apoyo del conde de Aliffe, hermano de su mujer, y de Antonio Torando, amigo de la casa. Los tres, constituidos en una especie de tribunal, formaron juicio a Marcelo Capecce, acusado de adulterio con la duquesa.

La inestabilidad de las cosas humanas dispuso que el papa P铆o IV, que sucedi贸 a Pablo IV, perteneciera al partido de Espa帽a. No pod铆a negar nada al rey Felipe II, que le exigi贸 la muerte del cardenal y del duque de Palliano. Ambos hermanos fueron acusados ante los tribunales del pa铆s, y las minutas del proceso que hubieron de sufrir nos informan de todas las circunstancias de la muerte de Marcelo Capecce.
Uno de los numerosos testigos o铆dos declar贸 en estos t茅rminos:

Est谩bamos en Soriano; el duque, mi se帽or, tuvo una larga conversaci贸n con el conde Aliffe… Por la noche, muy tarde, bajamos a una cilla de la planta baja, donde el duque hab铆a hecho preparar las cuerdas necesarias para someter a tormento al culpable. All铆 se hallaban el duque, el conde de Aliffe, el se帽or Antonio Torando y yo.

El primer testigo llamado fue el capit谩n Camilo Grifone, amigo 铆ntimo y confidente de Capecce. El duque le habl贸 as铆:

—Di la verdad, amigo. ¿Qu茅 sabes de lo que ha hecho Marcelo en el cuarto de la duquesa?

—Yo no s茅 nada; hace m谩s de veinte d铆as que estoy re帽ido con Marcelo.

Como se obstinara en no decir nada m谩s, el se帽or duque llam贸 a algunos de sus guardias que esperaban fuera. Grifone fue atado a la cuerda por el podest谩 de Soriano. Los guardias tiraron de las poleas y, por este medio, levantaron al culpable a cuatro dedos del suelo. Al cabo de un cuarto de hora de estar suspendido as铆, dijo:
—Bajadme, dir茅 lo que s茅.

Cuando le posaron en el suelo, los guardias se alejaron y nosotros quedamos a solas con 茅l.
—Es cierto que varias veces acompa帽茅 a Marcelo hasta el cuarto de la duquesa —dijo el capit谩n—, pero no s茅 nada m谩s, porque me quedaba esperando en un patio vecino hasta eso de la una de la madrugada.

En seguida tornaron a llamar a los guardias, que, por orden del duque, alz谩ronle de nuevo, de modo que sus pies no tocaran el suelo. El capit谩n no tard贸 en exclamar.

—Bajadme, voy a decir la verdad. Es cierto —continu贸— que, desde hace varios meses, me di cuenta de que Marcelo tiene amores con la duquesa, y yo quer铆a ponerlo en conocimiento de Vuestra Excelencia o de don Leonardo. La duquesa enviaba todas las ma帽anas a saber noticias de Marcelo; le mandaba peque帽os regalos, y, entre otras cosas, confituras preparadas con exquisito cuidado y muy caras; le he visto a Marcelo cadenitas de oro de un trabajo maravilloso y que evidentemente proced铆an de la duquesa.

Despu茅s de esta declaraci贸n, el capit谩n fue enviado de nuevo a la c谩rcel. Trajeron al portero de la duquesa, que declar贸 no saber nada; at谩ronle a la cuerda y le suspendieron en el aire. Pasada media hora, dijo:

—Bajadme, dir茅 lo que s茅.

Una vez en el suelo, pretendi贸 no saber nada; suspendi茅ronle de nuevo. Al cabo de otra media hora, le bajaron y entonces explic贸 que estaba, desde hac铆a tiempo, al servicio particular de la duquesa. Como era posible que este hombre no supiera nada, le volvieron a la c谩rcel. Todo esto hab铆a llevado mucho tiempo, a causa de los guardias, a los que se mandaba salir cada vez. Se quer铆a hacerles creer que se trataba de una tentativa de envenenamiento con la ponzo帽a extra铆da de los sapos.

Era ya muy entrada la noche cuando el duque hizo traer a Marcelo Capecce. Alejados los guardias y bien cerrada con llave la puerta, el duque interrog贸 a Marcelo:
—¿Qu茅 ten铆ais que hacer en el cuarto de la duquesa para permanecer all铆 hasta la una, las dos y a veces hasta las cuatro de la madrugada?

Marcelo lo neg贸 todo; llamaron a los guardias, y fue suspendido; la cuerda le dislocaba los brazos; no pudiendo soportar el dolor, pidi贸 que le bajaran; sent谩ronle en una silla, m谩s, una vez as铆, se embarull贸 en sus palabras y no sab铆a lo que dec铆a. Llamaron a los guardias, que le suspendieron de nuevo; pasado un tiempo, pidi贸 que le bajaran.
—Es verdad —dijo— que he entrado en el departamento de la duquesa a esas horas indebidas; pero es porque ten铆a amores con la signora Diana Brancaccio, una de las damas de Su Excelencia, a la que hab铆a dado palabra de casamiento y que me lo ha concedido todo, excepto las cosas contra el honor.

Marcelo fue devuelto a su prisi贸n, donde le carearon con el capit谩n y con Diana, que lo neg贸 todo.

Luego tornaron a Marcelo a la sala baja; ya cerca de la puerta, dijo:
—Se帽or duque, Vuestra Excelencia se acordar谩 de que me ha prometido la vida si digo toda la verdad. No es necesario someterme de nuevo a la cuerda; voy a decirlo todo.

Entonces se acerc贸 al duque y, con voz tr茅mula y apenas articulada, d铆jole que era cierto que hab铆a obtenido los favores de la duquesa. A estas palabras, el duque se arroj贸 sobre Marcelo y le mordi贸 en la mejilla; luego sac贸 el pu帽al y vi que iba a apu帽alar al culpable. Dije que conven铆a que Marcelo escribiera de su pu帽o y letra lo que acababa de confesar, y que este documento servir铆a para justificar a Su Excelencia. Entramos en la sala baja, en la que hab铆a recado de escribir; pero la cuerda hab铆a herido a Marcelo de tal modo en la mano, que s贸lo pudo escribir estas pocas palabras: S铆, he traicionado a mi se帽or; s铆, he atentado a su honor.

El duque iba leyendo a medida que Marcelo escrib铆a. En este momento, se arroj贸 sobre Marcelo y le dio tres pu帽aladas que le quitaron la vida. Diana Brancaccio estaba all铆, a tres pasos, m谩s muerta que viva, y, sin duda, arrepinti茅ndose mil veces de lo que hab铆a hecho.

—¡Mujer indigna de haber nacido de una noble familia! —gritole el duque—, y causa 煤nica de mi deshonor, en el cual has trabajado por servir a tus placeres deshonestos: es preciso que te d茅 el pago de todas tus traiciones.

Y diciendo estas palabras, agarr贸la por los cabellos y le cort贸 el cuello con un cuchillo. La infortunada derram贸 un diluvio de sangre y por fin cay贸 muerta.

El duque mand贸 arrojar los dos cad谩veres en una cloaca cercana a la prisi贸n.

El joven cardenal Alfonso Carafa, hijo del marqu茅s de Montebello, el 煤nico de toda la familia que Paulo IV conservara a su lado, crey贸 que era su deber contarle este hecho. El Papa respondi贸 con estas solas palabras:
—¿Y de la duquesa qu茅 han hecho?

Era creencia general en Roma que estas palabras deb铆an implicar la muerte de la desventurada mujer. Pero el duque no pod铆a decidirse a este gran sacrificio, ya porque estaba encinta, bien por el extraordinario cari帽o que en otro tiempo sintiera por ella.

A los tres meses del gran acto de virtud que realizara el santo Papa, al separarse de toda su familia, y pasados otros tres de enfermedad, Paulo IV expir贸 el 18 de agosto de 1559.

El cardenal escrib铆a carta tras carta al duque de Palliano repiti茅ndole constantemente que su honor exig铆a la muerte de la duquesa. Al morir su t铆o, y no sabiendo cu谩les ser铆an los designios del nuevo Papa que resultara elegido, quer铆a que todo fuera liquidado en el m谩s breve plazo.

El duque, hombre sencillo, bueno y mucho menos escrupuloso que el cardenal sobre las cosas referentes al punto del honor, no pod铆a decidirse a la terrible cosa que le exig铆an. Alegaba que 茅l mismo hab铆a hecho a la duquesa numerosas infidelidades, y sin tomarse el menor trabajo para ocult谩rselas, y que estas infidelidades pod铆an muy bien haber inducido a la venganza a una mujer tan orgullosa. En el momento mismo de entrar al c贸nclave, despu茅s de o铆r misa y recibir la santa comuni贸n, el cardenal volvi贸 a escribirle que estaba harto de sus continuos aplazamientos y que, si el duque no se decid铆a por fin a lo que exig铆a el honor de su casa, asegur谩bale que no volver铆a a intervenir en sus asuntos ni procurar铆a serle 煤til, ya en el c贸nclave, ya cerca del nuevo Papa. Una raz贸n ajena al punto de honor pudo contribuir a decidir al duque. Aunque la duquesa estaba severamente vigilada, d铆cese que hall贸 medio de mandar un recado a Marco Antonio Colonna, enemigo mortal del duque por causa del ducado de Palliano, detentado por 茅ste, dici茅ndole que si consegu铆a salvarle la vida y libertarla, ella, por su parte, le pondr铆a en posesi贸n de la fortaleza de Palliano, mandada por un hombre que le era adicto.

El 28 de agosto de 1559, el duque envi贸 a Gallese dos compa帽铆as de soldados. El 30, don Leonardo del Cardine, pariente del duque, y don Ferrando, conde de Aliffe, hermano de la duquesa, llegaron a Gallese, y entraron en el departamento de la duquesa para quitarle la vida. Anunci谩ronle la muerte, y ella recibi贸 la noticia sin la menor alteraci贸n. Pidi贸 tiempo para confesarse y o铆r la santa misa. Luego, al acercarse a ella ambos se帽ores, observ贸 que no estaban de acuerdo entre ellos. Pregunt贸 si llevaban una orden del duque, su marido, para que le dieran muerte.
—S铆, se帽ora —contest贸 don Leonardo.

La duquesa solicit贸 verla; don Ferrando se la mostr贸.

(Encuentro en el proceso del duque de Palliano la declaraci贸n de los frailes que asistieron a este terrible hecho. Estas declaraciones son muy superiores a las de los otros testigos, lo cual se debe, a mi juicio, a que los frailes estaban exentos de temor al hablar ante la justicia, mientras que todos los dem谩s testigos hab铆an sido m谩s o menos c贸mplices de su se帽or.)

El hermano Antonio de Pav铆a, capuchino, declar贸 en estos t茅rminos:
—Despu茅s de la misa en que la duquesa recibi贸 devotamente la santa comuni贸n, y mientras nosotros la reconfort谩bamos, el conde de Aliffe, hermano de la se帽ora duquesa, entr贸 en el cuarto con una cuerda y una varita de avellano gruesa como el pulgar y de una media vara de larga. Cubri贸 los ojos de la duquesa con un pa帽uelo, y ella, con gran serenidad, lo baj贸 m谩s para no verle. El conde le ech贸 la cuerda al cuello y se alej贸 unos pasos; la duquesa, al o铆rle andar, se quit贸 el pa帽uelo de los ojos y dijo:
—Bueno, ¿qu茅 es lo que hacemos?

El conde contest贸:
—La cuerda no era buena; voy a buscar otra para no haceros sufrir. Diciendo estas palabras, sali贸. Al poco tiempo, volvi贸 a entrar en la estancia con otra cuerda, arreglole de nuevo el pa帽uelo sobre los ojos, pasole la cuerda por el cuello y, metiendo la vara por el nudo, la hizo girar y estrangul贸 a la infeliz duquesa. Por parte de 茅sta, todo pas贸 en el tono de una conversaci贸n corriente.

El hermano Antonio de Salazar, otro capuchino, termina su declaraci贸n con estas palabras:
—Yo quer铆a retirarme del pabell贸n por escr煤pulo de conciencia, por no verla morir; pero la duquesa me dijo:
—No te alejes de aqu铆, por amor de Dios.

(Aqu铆 el fraile cuenta las circunstancias de la muerte, absolutamente como acabamos de referirlas.) A帽ade:
—Muri贸 como buena cristiana, repitiendo a menudo: Credo, credo.

Los dos frailes, que al parecer hab铆an obtenido de sus superiores la autorizaci贸n necesaria, repiten en sus declaraciones que la duquesa hizo constantes protestas de su perfecta inocencia, en todas sus conversaciones con ellos, en todas sus confesiones, y particularmente en la que precedi贸 a la misa en que recibi贸 la santa comuni贸n. Si era culpable, este rasgo de orgullo la precipitaba en el infierno.

En el careo del hermano Antonio de Pav铆a, capuchino, con don Leonardo de Cardine, el hermano declar贸:
—Mi compa帽ero dijo al conde que ser铆a bien esperar a que la duquesa diera a luz; est谩 encinta de seis meses —a帽adi贸— y no se debe perder el alma del pobre ser que lleva en su seno; es preciso poder bautizarle.

A lo cual respondi贸 el conde Aliffe:
—Bien sab茅is que tengo que ir a Roma, y no quiero presentarme all铆 con esta careta en el rostro (con esta afrenta no vengada).

Apenas muerta la duquesa, los dos capuchinos insistieron en que la abrieran inmediatamente a fin de poder bautizar al ni帽o; pero el conde y don Leonardo no escucharon sus ruegos.

Al d铆a siguiente, la duquesa fue enterrada en la iglesia del lugar, con cierta pompa (he le铆do la descripci贸n). Este hecho, cuya noticia se extendi贸 en seguida, caus贸 poca impresi贸n, porque hac铆a ya tiempo que era esperado; ya varias veces, en Gallese y en Roma, se hab铆a dado la noticia de esta muerte, y por otra parte, un asesinato fuera de la ciudad y en un momento en que la sede estaba vacante no ten铆a nada de extraordinario. El c贸nclave que sigui贸 a la muerte de Paulo IV fue muy tempestuoso: dur贸 nada menos que cuatro meses.

El 26 de diciembre de 1559, el pobre cardenal Carlo Carafa fue obligado a contribuir a la elecci贸n de un Papa apoyado por Espa帽a y que, por consiguiente, no podr铆a oponerse a ninguno de los rigores que Felipe II pidiese contra el cardenal Carafa. El nuevo electo tom贸 el nombre de P铆o IV.

Si el cardenal no hubiera sido desterrado en el momento de la muerte de su t铆o, habr铆a sido due帽o de la elecci贸n, o al menos habr铆a podido impedir el nombramiento de un enemigo.

Poco despu茅s, fue detenido el cardenal, as铆 como el duque; la orden de Felipe II era evidentemente condenarlos a muerte. Hubieron de responder a catorce acusaciones. Fueron interrogadas cuantas personas pod铆an dar alguna luz sobre estos catorce extremos. El proceso, muy bien llevado, ocup贸 dos vol煤menes en folio, que yo he le铆do con mucho inter茅s, porque en ellos se encuentra a cada p谩gina detalles de costumbres que los historiadores no han juzgado dignos de la majestad de la historia. He visto en este proceso circunstancias muy pintorescas sobre una tentativa de asesinato dirigida por el partido espa帽ol contra el cardenal Carafa, ministro omnipotente a la saz贸n.

Por lo dem谩s, 茅l y su hermano fueron condenados por cr铆menes que no lo habr铆an sido en cualquier otro, por ejemplo, haber dado muerte al amante de una mujer infiel y a esta misma mujer. Pasados unos a帽os, el pr铆ncipe Orsini se cas贸 con la hermana del gran duque de Toscana, crey贸la infiel e hizo que la envenenaran en la misma Toscana, con el consentimiento del gran duque, hermano de la dama, y nunca se le hubiera acusado de crimen por semejante cosa. Varias princesas de la casa de M茅dicis murieron de la misma manera.

En cuanto qued贸 terminado el proceso de los dos Carafa, se hizo un largo sumario del mismo, sumario que, en diversas ocasiones, fue examinado por congregaciones de cardenales. Es demasiado evidente que, una vez convenido castigar con la 煤ltima pena una muerte que vengaba el adulterio, clase de delito del que la justicia no se ocupaba nunca, el cardenal era culpable de haber perseguido a su hermano para que el delito fuera cometido, como el duque era culpable de haberlo ejecutado.

El 3 de marzo de 1561, el Papa P铆o IV reuni贸 un consistorio que dur贸 ocho horas, y al fin del cual pronunci贸 la sentencia de los Carafa en estos t茅rminos: Prout in schedul芒. (H谩gase como se solicita.)

La noche del d铆a siguiente, el fiscal envi贸 al castillo de Sant谩ngelo al barigel para hacer ejecutar la sentencia de muerte reca铆da en los dos hermanos, Carlos, cardenal Carafa, y Juan, duque de Palliano; as铆 se hizo. Se ocuparon lo primero del duque. Fue trasladado del castillo Sant谩ngelo a las prisiones de Tordinona, donde estaba todo preparado; y, all铆, el duque, el conde Aliffe y don Leonardo de Cardine fueron decapitados.

El duque arrostr贸 este terrible momento no s贸lo como un caballero de alta estirpe, sino tambi茅n como un cristiano dispuesto a sufrir por el amor de Dios. Dirigi贸 unas hermosas palabras a sus dos compa帽eros exhort谩ndolos a la muerte; luego, escribi贸 a su hijo.

El barigel torn贸 al castillo de Sant谩ngelo y anunci贸 la muerte al cardenal Carafa, d谩ndole s贸lo una hora para prepararse. El cardenal mostr贸 una grandeza de alma superior a la de su hermano, tanto m谩s cuanto que dijo menos palabras: las palabras son siempre una fuerza que se busca fuera de uno mismo. S贸lo se le oy贸 decir en voz baja estas palabras, al anunciarle la terrible noticia:
—¡Morir yo! ¡Oh papa P铆o! ¡Oh rey Felipe!

Se confes贸; recit贸 los siete salmos de la penitencia, luego se sent贸 en una silla y dijo al verdugo:
Ya.

El verdugo le estrangul贸 con un cord贸n de seda que se rompi贸; hubo que insistir dos veces. El cardenal mir贸 al verdugo sin dignarse pronunciar una palabra.

(Nota agregada)

Dos a帽os m谩s tarde, el papa P铆o V quiso revisar el proceso, que se anul贸; el cardenal y su hermano fueron restablecidos en todos sus honores, y el procurador general, el que m谩s hab铆a contribuido a su muerte, muri贸 ahorcado. P铆o V orden贸 la destrucci贸n del proceso; todas las copias que exist铆an en las bibliotecas fueron quemadas, con prohibici贸n de conservar ninguna, so pena de excomuni贸n; pero el Papa no pens贸 que hab铆a una copia del proceso en su propia biblioteca, y de esta copia se han sacado todas las que existen hoy.

(Revue des deux Mondes, 1838)

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