La rosa de Paracelso - Jorge Luis Borges - Amantes de la literatura

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2.21.2026

La rosa de Paracelso - Jorge Luis Borges


Cuento_La_Rosa_De_Paracelso_Jorge_Luis_Borges

De Quincey: Writings,
XIII, 345

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del s贸tano, Paracelso pidi贸 a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un disc铆pulo. Atardec铆a. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la l谩mpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distra铆do por la fatiga, olvid贸 su plegaria. La noche hab铆a borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, so帽oliento, se levant贸, ascendi贸 la breve escalera de caracol y abri贸 una de las hojas. Entr贸 un desconocido. Tambi茅n estaba muy cansado. Paracelso le indic贸 un banco; el otro se sent贸 y esper贸. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.

 La rosa de Paracelso - Jorge Luis Borges (Audiolibro)


El maestro fue el primero que habl贸.
—Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente —dijo con cierta pompa. —No recuerdo la tuya. ¿Qui茅n eres y qu茅 deseas de m铆?
—Mi nombre es lo de menos —replic贸 el otro. —Tres d铆as y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu disc铆pulo. Te traigo todos mis haberes.

Sac贸 un talego y lo volc贸 sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le hab铆a dado la espalda para encender la l谩mpara. Cuando se dio vuelta advirti贸 que la mano izquierda sosten铆a una rosa. La rosa lo inquiet贸.

Se recost贸, junt贸 la punta de los dedos y dijo:
—Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no ser谩s nunca mi disc铆pulo.
—El oro no me importa —respondi贸 el otro.— Estas monedas no son m谩s que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me ense帽es el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.

Paracelso dijo con lentitud:
—El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado a煤n a entender. Cada paso que dar谩s es la meta.

El otro lo mir贸 con recelo. Dijo con voz distinta:
—Pero, ¿hay una meta?

Parecelso se ri贸.
—Mis detractores, que no son menos numerosos que est煤pidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la raz贸n, pero no es imposible que sea un iluso. S茅 que “hay” un Camino.

Hubo un silencio, y dijo el otro:
—Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos a帽os. D茅jame cruzar el desierto. D茅jame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.
—¿Cu谩ndo? —dijo con inquietud Paracelso.
—Ahora mismo —dijo con brusca decisi贸n el disc铆pulo.

Hab铆an empezado hablando en lat铆n; ahora, en alem谩n.

El muchacho elev贸 en el aire la rosa.
—Es fama —dijo— que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. D茅jame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te dar茅 despu茅s mi vida entera.
—Eres muy cr茅dulo —dijo el maestro.— No he menester de la credulidad; exijo la fe.

El otro insisti贸.
—Precisamente porque no soy cr茅dulo quiero ver con mis ojos la aniquilaci贸n y la resurrecci贸n de la rosa.

Paracelso la hab铆a tomado, y al hablar jugaba con ella.
—Eres cr茅dulo —dijo.— ¿Dices que soy capaz de destruirla?
—Nadie es incapaz de destruirla —dijo el disc铆pulo.
—Est谩s equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Ad谩n en el Para铆so pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
—No estamos en el Para铆so —dijo tercamente el muchacho; aqu铆, bajo la luna, todo es mortal.

Paracelso se hab铆a puesto en pie.
—¿En qu茅 otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Para铆so? ¿Crees que la Ca铆da es otra cosa que ignorar que estamos en el Para铆so?
—Una rosa puede quemarse —dijo con desaf铆o el disc铆pulo.
—A煤n queda fuego en la chimenea —dijo Parecelso.
—Si arrojamos esta rosa a las brasas, creer铆as que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que s贸lo su apariencia puede cambiar. Me bastar铆a una palabra para que la vieras de nuevo.
—¿Una palabra? —dijo con extra帽eza el disc铆pulo–. El atanor est谩 apagado y est谩n llenos de polvos los alambiques. ¿Qu茅 har铆as para que resugiera?

Paracelso le mir贸 con tristeza.
—El atanor est谩 apagado —repiti贸— y est谩n llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.
—No me atrevo a preguntar cu谩les son —dijo el otro con astucia o con humildad.
—Hablo del que us贸 la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Para铆so en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos ense帽a la ciencia de la C谩bala.

El disc铆pulo dijo con frialdad:
—Te pido la merced de mostrarme la desaparici贸n y aparici贸n de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

Paracelso reflexion贸. Al cabo, dijo:
—Si yo lo hiciera, dir铆as que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te dar铆a la fe que buscas: Deja, pues, la rosa.

El joven lo mir贸, siempre receloso. El maestro alz贸 la voz y le dijo:
—Adem谩s, ¿qui茅n eres t煤 para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qu茅 has hecho para merecer semejante don?

El otro replic贸, tembloroso:
—Ya s茅 que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos a帽os que estudiar茅 a tu sombra que me dejes ver la ceniza y despu茅s la rosa. No te pedir茅 nada m谩s. Creer茅 en el testimonio de mis ojos.

Tom贸 con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso hab铆a dejado sobre el pupitre y la arroj贸 a las llamas. El color se perdi贸 y s贸lo qued贸 un poco de ceniza. Durante un instante infinito esper贸 las palabras y el milagro.

Paracelso no se hab铆a inmutado. Dijo con curiosa llaneza.
—Todos los m茅dicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quiz谩 est谩n en lo cierto. Ah铆 est谩 la ceniza que fue la rosa y que no lo ser谩.

El muchacho sinti贸 verg眉enza. Paracelso era un charlat谩n o un mero visionario y 茅l, un intruso, hab铆a franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes m谩gicas eran vanas.
Se arrodill贸, y le dijo:
—He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Se帽or exig铆a de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volver茅 cuando sea m谩s fuerte y ser茅 tu disc铆pulo, y al cabo del Camino ver茅 la rosa.

Hablaba con genuina pasi贸n, pero esa pasi贸n era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Qui茅n era 茅l, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacr铆lega que detr谩s de la m谩scara no hab铆a nadie?

Dejarle las monedas de oro ser铆a una limosna. Las retom贸 al salir. Paracelso lo acompa帽贸 hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre ser铆a bienvenido. Ambos sab铆an que no volver铆an a verse.

Paracelso se qued贸 solo. Antes de apagar la l谩mpara y de sentarse en el fatigado sill贸n, volc贸 el tenue pu帽ado de ceniza en la mano c贸ncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgi贸.

(La memoria de Shakespeare, 1983)

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