Dos indios - Alfredo Bryce Echenique - Amantes de la literatura

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3.10.2026

Dos indios - Alfredo Bryce Echenique


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Hac铆a cuatro a帽os que Manolo hab铆a salido de Lima, su ciudad natal. Pas贸 primero un a帽o en Roma, luego, otro en Madrid, un tercero en Par铆s y finalmente hab铆a regresado a Roma. ¿Por qu茅? Le gustaban esas hermosas artistas en las pel铆culas italianas, pero desde que lleg贸 no ha ido al cine. Una t铆a vino a radicarse hace a帽os, pero nunca la ha visitado y ya perdi贸 la direcci贸n. Le gustaban esas revistas italianas con muchas fotograf铆as en colores; o porque cuando abandon贸 Roma la primera vez, hac铆a calor como para quedarse sentado en un Caf茅, y le daba tanta flojera tomar el tren. No sab铆a explicarlo. No hubiera podido explicarlo, pero en todo caso, no ten铆a importancia.

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Cuando sali贸 del Per煤, Manolo ten铆a dieciocho a帽os y sab铆a tocar un poco la guitarra. Ahora al cabo de casi cuatro a帽os en Europa, continuaba tocando un poco la guitarra. De vez en cuando escrib铆a unas l铆neas a casa, pero ninguno de sus amigos hab铆a vuelto a saber de 茅l; ni siquiera aquel que cant贸 y llor贸 el d铆a de su despedida.

El rostro de Manolo era triste y sombr铆o como un malec贸n en invierno. Manolo no bailaba en las fiestas: era demasiado alto. No hac铆a deportes: era demasiado flaco, y sus largas piernas estaban mejor bajo gruesos pantalones de franela. Alguien le dijo que ten铆a manos de artista, y desde entonces las llevaba ocultas en los bolsillos. Le quedaba mal re铆rse: la alegre curva que formaban sus labios no encajaba en aquel rostro sombr铆o. Las mujeres, hasta los veinte a帽os, lo encontraban bastante rid铆culo; las de m谩s de veinte, dec铆an que era un hombre interesante. A sus amigos les gustaba palmearle el hombro. Entre el criollismo lime帽o, hubiera pasado por un cojudote.

Yo acababa de llegar a Roma cuando lo conoc铆, y fue por la misma raz贸n por la que todos los peruanos se conocen en el extranjero: porque son peruanos. No recuerdo el nombre de la persona que me lo present贸, pero a煤n tengo la impresi贸n de que trataba de deshacerse de m铆 llev谩ndome a aquel Caf茅, llev谩ndome donde Manolo.
—Un peruano —le dijo. Y agreg贸—: Los dejo; tengo mucho que hacer —desapareci贸.
Manolo permaneci贸 inm贸vil, y tuve que inclinarme por encima de la mesa para alcanzar su mano.

—Encantado.
—Mucho gusto —dijo, sin invitarme a tomar asiento, pero alz贸 el brazo al mozo, y le pidi贸 otro caf茅. Me sent茅, y permanecimos en silencio hasta que nos atendieron.
—¿Y el Per煤? —pregunt贸, mientras el mozo dejaba mi taza de caf茅 sobre la mesa.
—Nada —respond铆—. Acabo de salir de all谩 y no s茅 nada. A ver si ahora que estoy lejos empiezo a enterarme de algo.
—Como todo el mundo —dijo Manolo, bostezando.

Nos quedamos callados durante una media hora, y bebimos el caf茅 cuando ya estaba fr铆o. Extrajo un paquete de cigarrillos de un bolsillo de su saco, coloc贸 uno entre sus labios, e hizo volar otro por encima de la mesa: lo empar茅. «Muchas gracias; mi primer cigarrillo italiano». Cada uno encendi贸 un f贸sforo, y yo acercaba mi mano hasta su cigarrillo, pero 茅l ya lo estaba encendiendo. No me mir贸; ni siquiera dijo «gracias»; dio una pitada, se dej贸 caer sobre el espaldar de la silla, mantuvo el cigarrillo entre los labios, cerr贸 los ojos, y ocult贸 las manos en los bolsillos de su pantal贸n. Pero yo quer铆a hablar.

—¿Viene siempre a este caf茅?
—Siempre —respondi贸, pero ese siempre pod铆a significar todos los d铆as, de vez en cuando, o sabe Dios qu茅.
—Se est谩 bien aqu铆 —me atrev铆 a decir. Manolo abri贸 los ojos y mir贸 alrededor suyo.
—Es un buen caf茅 —dijo—. Buen servicio y buena ubicaci贸n. Si te sientas en esta mesa mejor todav铆a: pasan mujeres muy bonitas por esta calle, y de aqu铆 las ves desde todos los 谩ngulos.
—O sea, de frente, de perfil, y de culo —aclar茅. Manolo sonri贸 y eso me dio 谩nimos para preguntarle—: ¿Y te has enamorado alguna vez?
—Tres veces —respondi贸 Manolo, sorprendido—. Las tres en el Per煤, aunque la primera no cuenta: ten铆a diez a帽os y me enamor茅 de una monja que era mi profesora. Casi me mato por ella —se qued贸 pensativo.
—¿Y te gustan las italianas?
—Mucho —respondi贸—, pero cuando estoy sentado aqu铆 s贸lo me gusta verlas pasar.
—¿Nada te mover铆a de tu asiento?
—En este momento mi guitarra —dijo Manolo, poni茅ndose de pie y dejando caer dos monedas sobre la mesa.
—Deja —exclam茅, mientras me paraba e introduc铆a la mano en el bolsillo: buscaba mi dinero.

Manolo se帽al贸 el precio del caf茅 en una lista colgada en la pared, volvi贸 la mirada hacia la mesa, y con dedo largu铆simo golpe贸 una vez cada moneda. Sent铆 lo rid铆culo e in煤til de mi adem谩n, una situaci贸n muy inc贸moda, realmente no pod铆a soportar su mirada, y est谩bamos de pie, frente a frente, y continuaba mir谩ndome como si quisiera averiguar qu茅 clase de tipo era yo.

—¿Tocas la guitarra? —Escuch茅 mi voz.
—Un poco —dijo, como si no quisiera hablar m谩s de eso.

Abandonamos el caf茅, y caminamos unos doscientos metros hasta llegar a una esquina.
—Soy un p茅simo gu铆a para turistas —dijo—. Si vas por esta calle, me parece que encontrar谩s algo que vale la pena ver, y creo que hasta un museo. Soy un p茅simo gu铆a —repiti贸.
—Soy un mal turista, Manolo. Adem谩s, no me molesta andar medio perdido.
—Podemos vernos ma帽ana, en el caf茅 —dijo.
—¿A las cinco de la tarde?
—Bien —dijo, estrech谩ndome la mano al despedirse. Iba a decirle «encantado», pero avanzaba ya en la direcci贸n contraria.

Al d铆a siguiente, me apresur茅 en llegar puntual a nuestra cita. Entr茅 al caf茅 minutos antes de las cinco de la tarde, y encontr茅 a Manolo, las manos en los bolsillos, sentado en la misma mesa del d铆a anterior. Ten铆a una copa de vino delante suyo, y el cenicero lleno de colillas indicaba que hac铆a bastante rato que hab铆a llegado. Me sent茅.
—¿Qu茅 tal si tomamos vino, en vez de caf茅? —pregunt贸.
—Formidable.
—Mozo —llam贸—. Mozo, un litro de vino rojo.
—S铆, se帽or.
—Rojo —repiti贸 con energ铆a—. ¿Te gustan las artistas italianas? —Sonre铆a.
—Me encantan. ¿Qu茅 te parece si vamos un d铆a a Cinecitt谩?
—Eso de ir hasta all谩 —dijo Manolo, y su entusiasmo se vino abajo fuerte y pesadamente como un tabl贸n.
—Tienes raz贸n —dije—. Ya pasar谩 alguna por aqu铆.
—Se est谩 bien en este caf茅 —dijo, mirando alrededor suyo—. Tiene que pasar alguna.
—Y la guitarra, ¿qu茅 tal?
—Como siempre: bien al comienzo, luego me da hambre, y despu茅s de la comida me da sue帽o. Cojo nuevamente la guitarra… La guitarra es mi somn铆fero.

Trajeron el vino, y llen茅 ambas copas, pues Manolo, pensativo, no parec铆a haber notado la presencia del mozo. «Salud», dije, y beb铆 un sorbo mientras 茅l alargaba lentamente el brazo para coger su copa. Era un hermoso d铆a de sol, y ese vino, ah铆, sobre la mesa, daba ganas de fumar y de hablar de cosas sin importancia.

—No est谩 mal —dijo Manolo. Miraba su copa y la acariciaba con los dedos.
—Me gusta —afirm茅—. ¡Salud!
—Salud —dijo; bebi贸 un trago, tac, la copa sobre la mesa, cerr贸 los ojos, y la mano nuevamente al bolsillo.

Estuvimos largo rato bebiendo en silencio. Era cierto lo que me hab铆a dicho: por esa calle pasaban mujeres muy hermosas, pero 茅l no parec铆a prestarles mayor atenci贸n. S贸lo de rato en rato, abr铆a los ojos como si quisiera comprobar que yo segu铆a ah铆: beb铆a un trago, me miraba, luego a la botella, volv铆a a mirarme…

—Me gusta mucho el vino, Manolo. Terminemos esta botella; la pr贸xima la invito yo.
—Bien —dijo, sonriente, y llen贸 nuevamente ambas copas.

A煤n no hab铆amos terminado la primera botella, pero el mozo pas贸 a nuestro lado, y aprovechamos la oportunidad para pedir otra.
—Y t煤, ¿qu茅 tal ayer? —pregunt贸 Manolo.
—Nada mal. Camin茅 durante un par de horas, y sin saberlo llegu茅 a un cine en que daban una pel铆cula peruana.
—¿Peruana? —exclam贸 Manolo sorprendido.
—Peruana. Para m铆 tambi茅n fue una sorpresa.
—Y ¿qu茅 tal? ¿De qu茅 trataba?
—Llegu茅 muy tarde y estaba cansado —dije, excus谩ndome—. Me gustar铆a volver… Creo que era la historia de dos indios.
—¡Dos indios! —exclam贸 Manolo, echando la cabeza hacia atr谩s—. Eso me recuerda algo… Pero ¿a qu茅 demonios? Dos indios —repiti贸, cerrando los ojos y manteni茅ndolos as铆 durante algunos minutos.

Vaciamos nuestras copas. Hab铆amos terminado la primera botella, y est谩bamos bebiendo ya de la segunda. Hac铆a calor. Yo, al menos, ten铆a mucha sed.
—Tengo que recordar lo de los indios.
—Ya vendr谩; cuando menos lo pienses.
—¡Nunca puedo acordarme de las cosas! Y cuando bebo es todav铆a peor. Es el trago: me hace perder la memoria, y ma帽ana no recordar茅 lo que estoy diciendo ahora. ¡Tengo una memoria campeona!

Manolo parec铆a obsesionado con algo, y hac铆a un gran esfuerzo por recordar. Beb铆amos. La segunda botella se terminar铆a pronto, y la tercera vendr铆a con la puesta del sol y los cigarrillos, con los indios de Manolo, y con mi inter茅s por saber algo m谩s sobre 茅l.
—¡Salud!
—No pidas otra —dijo Manolo—. Sale muy caro. Vamos al mostrador; all谩 los tragos son m谩s baratos.

Nos acercamos al mostrador y pedimos m谩s vino. A mi lado, Manolo permanec铆a inm贸vil y con la mirada fija en el suelo. No lograba verle la cara, pero sab铆a que continuaba esforz谩ndose por recordar.

—¡Siempre me olvido de las cosas! —Sus dientes rechinaron, y sus manos, muy finas, parec铆an querer hundir el mostrador; tal era la fuerza con que las apoyaba.
—Manolo, pero…
—Siempre ha sido as铆; siempre ser谩 as铆, hasta que me quede sin pasado.
—Ya vendr谩…
—¿Vendr谩? Si sintieras lo que es no poder recordar algo; es mil veces peor que tener una palabra en la punta de la lengua; es como si tuvieras toda una parte de tu vida en la punta de la lengua, ¡o sabe Dios d贸nde! ¡Salud!

Estuvo largo rato sin hablarme. Mir茅 hacia un lado, vi la puerta del ba帽o, y sent铆 ganas de orinar. «Ya vengo, Manolo». En el ba帽o no hab铆a literatura obscena: ol铆a a pintura fresca, y me consolaba pensando que hubiera sido la misma que en cualquier otro ba帽o del mundo: «Los hombres cuando quieren ser groseros son como esos perros que se paran en dos patas; como todos los dem谩s perros». Pens茅 nuevamente en Manolo, y sal铆 del ba帽o para volver a su lado. Todas las mesas del caf茅 estaban ocupadas, y me pareci贸 extra帽o o铆r hablar en italiano. «Estoy en Roma», me dije. «Estoy borracho». Camin茅 hasta el mostrador, adoptando un aire tal de dignidad y de sobriedad, que todo el mundo qued贸 convencido de que era un extranjero borracho.

—Aqu铆 me tienes, Manolo.
Volte贸 a mirarme y not茅 que ten铆a los ojos llenos de l谩grimas. «Le est谩 dando la llorona. Me fregu茅». Puso la mano sobre mi hombro. «Toca un poco la guitarra». Me estaba mirando.
—S贸lo he amado una vez en mi vida…
—¡Uy!, compadre. A usted s铆 que el trago le malogra la cabeza.

Ayer me contaste que te has enamorado dos veces; dos, si descontamos a la monjita.
—No se trata de eso… Esta muchacha no quiso, o no pudo quererme.
—¿C贸mo fue lo de la monja? Eso de intentar matarse por una monja debe ser para cagarse de risa.
—¡No jodas!
—Est谩 bien, Manolo. Estaba bromeando; cre铆 que as铆 todo ser铆a mejor.

Tambi茅n yo empezaba a entristecer. Ser铆a tal vez que me sent铆a culpable por haberlo hecho beber tanto, o que lo estaba recordando ayer, hace unas horas, tan indiferente, como oculto en su silla, y escondiendo las manos en los bolsillos entre cada trago. Ya no se acordaba de sus manos, una sobre mi hombro con los dedos tan largos cada vez que la miraba de reojo, y la otra, flaca, larga, desnuda sobre el mostrador, los dedos nerviosos, y se com铆a las u帽as. Puse la mano sobre su hombro.

—¿Qu茅 pas贸 con esa muchacha? ¿Te dej贸 plantado?
—Eso no es lo peor —dijo Manolo—. Ni siquiera se trata de eso. Lo peor es haber olvidado… No s茅 c贸mo empezar… Hubo un d铆a que fue perfecto, ¿comprendes? Un momento. Un instante… No s茅 c贸mo explicarte… No me gustan los museos, pero ella lleg贸 a Par铆s y yo la llevaba todas las tardes a visitar museos…
—¿Fue en Par铆s? —pregunt茅 tratando de apresurar las cosas.
—S铆 —dijo Manolo—. Fue en Par铆s —manten铆a su mano apoyada en mi hombro—. La guitarra… No es verdad… No la tengo… La…
—Vendiste, para seguir invit谩ndola. ¡Salud!
—Salud. Era linda. Si la vieras. Ten铆a un perfil maravilloso. La hubieras visto… Se re铆a a carcajadas y dec铆a que yo estaba loco. Yo beb铆a mucho… Era la 煤nica manera… Dicen que soy un poco callado, t铆mido… Se re铆a a carcajadas y yo le ped铆 que se casara conmigo. Hubieras visto lo seria que se puso…

Se golpeaba la frente con el pu帽o como golpeamos un radio a ver si suena. Ya no nos mir谩bamos; no volte谩bamos nunca para no vernos. Todo aquello era muy serio. Sent铆a el peso de su mano sobre mi hombro, y tambi茅n yo manten铆a mi mano sobre su hombro. Todo aquello ten铆a algo de ceremonia.

—Es como lo de los indios —dijo Manolo—. Jam谩s podr茅 acordarme.
—¿Acordarte de qu茅, Manolo?
—Los recuerdos se me escapan como un gato que no se deja acariciar.
—Poco a poco, Manolo.
—Un d铆a —continu贸—, ella me pidi贸 que la llevara a Montmartre; ella misma me pidi贸 que la llevara… Me hubieras visto; ¡ay caray! La hubieras visto… Morena… Sus ojazos negros… Su nombre se me atraca en la garganta; cuando lo pronuncio se me hace un nudo, y todo se detiene en m铆. Es muy extra帽o; es como si todo lo que me rodea se alejara de m铆…
—En Montmartre —dije, como si lo estuviera llamando.
—Yo estaba feliz. Nunca me he re铆do tanto. Ella me dec铆a que parec铆a un payaso, y yo la hac铆a re铆r a carcajadas, y le dec铆a que s铆, que era el buf贸n de la reina, y que ella era una reina. Y ella se paraba as铆, y se pon铆a la mano aqu铆, y se re铆a a carcajadas. Entramos en un caf茅. Vino y limonada. Vino para m铆. Habl谩bamos. Ella ten铆a un novio. Hab铆a venido a pasear, pero iba a regresar donde el novio. Cuando habl谩bamos de amor, habl谩bamos solamente del m铆o, de mi amor… Amaba la forma de sus labios dibujada en el borde de su vaso. Empezaba a amar tan s贸lo aquellas cosas que pod铆an servirme de recuerdo. Ahora que pienso, todo eso era bien triste… La m煤sica. Conoc铆amos todas las canciones, y empez谩bamos a estar de acuerdo en casi todo lo que dec铆amos… Estaba contenta. Muy contenta. No quer铆a irse. El perfil. Su perfil. Yo estaba mirando su perfil… Lo recuerdo. Lo veo… De eso me acuerdo. Hasta ah铆. Hasta ese instante. Y ella empez贸 a hablar: «Eres un hombre…». ¿Qu茅 m谩s…? ¿Qu茅 m谩s…?

—Comprendo, Manolo. Comprendo. Te gustan tus recuerdos y por eso te gusta pasar las horas sentado en un caf茅. Si tu recuerdo est谩 all铆, presente, todo va bien. Pero si los recuerdos empiezan a faltar, y si no hay nada m谩s…
—¡Exacto! —exclam贸 Manolo—. Es el caso de esas palabras. Me he olvidado de esas palabras, y son inolvidables porque creo que me dijo… ¡No, no s茅!
—¿Y lo de los indios?

Manolo me mir贸 fijamente y sonri贸. La ceremonia hab铆a terminado, y bajamos nuestros brazos. A煤n hab铆a vino en las copas, y terminarlo fue cosa de segundos. Podr铆amos haber estado m谩s borrachos.
—Paguemos —dijo Manolo—. En mi casa tengo m谩s vino, y puedes quedarte a dormir, si quieres.
—Formidable.

Sonre铆amos al pagar la cuenta. Sonre铆amos tambi茅n mientras nos tambale谩bamos hasta la puerta del caf茅. Creo que eran las once de la noche cuando salimos.

Creo que fue una caminata de borrachos. Orinamos una o dos veces en el trayecto, y me parece haber dicho «ning煤n peruano mea solo», y que a Manolo le hizo mucha gracia. Despu茅s de eso, ya est谩bamos en su cuarto. No encendimos la luz. Nos dejamos caer, 茅l en una cama, y yo sobre un colch贸n que hab铆a en el suelo.
—Una botella para ti, y otra para este hombre —dijo Manolo.
—Gracias.

Abrir las botellas fue toda una odisea. Nuevamente fum谩bamos, beb铆amos, y yo empec茅 a sentir sue帽o, pero no quer铆a dormirme.

—La historia de la monja, Manolo —dije—. Debe ser muy graciosa.
—Tambi茅n un d铆a me cost贸 trabajo acordarme de eso. Es un recuerdo de cuando era chico; ten铆a diez a帽os y estaba en un colegio de monjas. Hab铆a una que me tra铆a loco. Un d铆a me castig贸 y era para pegarse un tiro. Quise vengarme, y romp铆 un florero que estaba siempre sobre una mesa, en la clase, pero nunca falta un hijo de puta que viene a decirte que la madre lo guardaba como recuerdo de no s茅 qui茅n. Me metieron el dedo; me dijeron que la monja hab铆a llorado, y me entr贸 tal desesperaci贸n, que me trep茅 al techo del colegio. Te juro que quer铆a arrojarme.

—¿Y?
—Nada: era la hora de tomar el 贸mnibus para regresar a casa, y baj茅 corriendo para no perderlo. A esa edad lo 煤nico que uno sabe es que no se va a morir nunca.
—Y que no debe perder el 贸mnibus —agregu茅, ri茅ndome.
—¡El 贸mnibus! —exclam贸 Manolo—. Esp茅rate… Eso me recuerda… ¡Los indios! Los dos indios. ¡Esp茅rate…! Lentamente… Desde el comienzo. D茅jame pensar…

Sent铆a que el sue帽o me venc铆a. El sue帽o y el vino y los cigarrillos. Encend铆 otro cigarrillo, y empec茅 a llevar la cuenta de las pitadas para no dormirme.

—El 贸mnibus del colegio me llevaba hasta mi casa —dijo Manolo—. Llegaba siempre a la hora del t茅… S铆, ya voy recordando… S铆, ahora voy a acordarme de todo… Hab铆a una construcci贸n junto a mi casa… Pero ¿los dos indios…? No, no eran alba帽iles… Esp茅rate… No eran alba帽iles… Recuerdo hasta los nombres de los alba帽iles… S铆: el Peta; Guardacaballo; Blanquillo, que era hincha de la «U»; el maestro Honores, era buena gente, pero con 茅l no se pod铆a bromear… Los dos indios… No. No trabajaban en la construcci贸n… ¡Ya! ¡Ya me acuerdo! ¡Claro! Eran amigos del guardi谩n, que tambi茅n era serrano. S铆. ¡Ya me acuerdo! Pasaban el d铆a encerrados, y cuando sal铆an, era para que los alba帽iles los batieran: «Chutos», «serruchos», les dec铆an. Pobres indios…

Me quem茅 el dedo con el cigarrillo. Estaba casi dormido. «Basta de fumar», me dije. Sobre su cama, Manolo continuaba armando su recuerdo como un rompecabezas.

—Tomaba el t茅 a la carrera —las palabras de Manolo parec铆an venir de lejos—. Escond铆a varios panes con mantequilla en mi bolsillo, y corr铆a donde los indios. Ahora lo s茅 todo. Recuerdo que los encontraba siempre sentados en el suelo, y con la espalda apoyada en la pared. Era un cuarto oscuro, muy oscuro, y ellos sonre铆an al verme entrar. Yo les daba panes, y ellos me regalaban cancha. Me gusta la cancha con cebiche. Los indios… Los indios… Habl谩bamos. Qu茅 diferentes eran a los indios de los libros del colegio; hasta me hicieron desconfiar. 脡stos no ten铆an gloria, ni imperio, ni catorce incas. Ten铆an la ropa vieja y sucia, unas u帽as que parec铆an de cemento, y unas manos que parec铆an de madera. Ten铆an, tambi茅n, aquel cuarto sin luz y a medio construir. All铆 pod铆an vivir hasta que estuviera listo para ser habitado. Me ten铆an a m铆: diez a帽os, y los bolsillos llenos de panes con mantequilla. Al principio eran mis h茅roes; luego, mis amigos, pero con el tiempo, empezaron a parecerme dos ni帽os. Esos indios que pod铆an ser mis padres. Sentados siempre all铆, escuch谩ndome. Cualquier cosa que les contara era una novedad para ellos. Recuerdo que a las siete de la noche, regresaba a mi casa. Nos d谩bamos la mano. Ten铆an manos de madera. «Hasta ma帽ana». As铆, durante meses, hasta que los dej茅 de ver. Yo part铆. Mis padres decidieron mudarse de casa. ¿Qu茅 significar铆a para ellos que yo me fuera? Estoy seguro de que les promet铆 volver, pero me fui a vivir muy lejos y no los vi m谩s. Mis dos indios… En mi recuerdo se han quedado, all铆, sentados en un cuarto oscuro, esper谩ndome… Voy a…

Eran las once de la ma帽ana cuando me despert茅. Manolo dorm铆a profundamente, y junto a su cama, en el suelo, estaba su botella de vino casi vac铆a. «Sabe Dios hasta qu茅 hora se habr谩 quedado con su recuerdo», pens茅. Mi botella, en cambio, estaba pr谩cticamente llena, y hab铆a puchos y cenizas dentro y fuera del cenicero. «Me siento demasiado mal, Manolo. Hoy no puedo ocuparme de ti». Me dol铆a la cabeza, me ard铆a la garganta, y sent铆a la boca 谩spera y pastosa. Todo era un desastre en aquel peque帽o y desordenado cuarto de hotel. «He fumado demasiado. Tengo que dejar de fumar». Cog铆 un cigarrillo, lo encend铆, ¡qu茅 alivio! El humo, el sabor a tabaco, ese olor: era un poco la noche anterior, el malsano bienestar de la noche anterior, y ya pod铆a pararme. Manolo no me sinti贸 partir.

Pasaron tres d铆as sin que lo viera. No estaba en el caf茅; no estaba tampoco en su hotel. Lo buscaba por todas partes. «Lo habr谩 ligado un lomito italiano», me dec铆a ri茅ndome al imaginarlo en tales circunstancias. Finalmente apareci贸: regresaba a mi hotel una tarde, y encontr茅 a Manolo parado en la puerta. Me esperaba impaciente.

—Te he estado buscando.
—Yo tambi茅n, Manolo; por todas partes.
—Regreso al Per煤 —dijo, sonriente, y optimista. La sonrisa y el optimismo le quedaban muy mal.
—C贸mo, ¿y las italianas?
—D茅jate de cojudeces, y dime cu谩nto vale un pasaje de regreso, en avi贸n.
—Ni idea. Ni la menor idea.
—C贸mo, ¡pero si t煤 acabas de viajar!
—Gratis.
—¿Gratis?
—Tengo una t铆a que es querida del gerente de una compa帽铆a de aviaci贸n.
—Gu谩rdate tus secretos.
—¿Por qu茅, Manolo? —dije, cogi茅ndole el brazo, y mir谩ndolo a la cara—. ¿Por qu茅? Es una manera de tomar la vida: yo quer铆a mucho a mi t铆a. Sin embargo, crec铆 para darme cuenta que era poco menos que una puta. No lo callo. Por el contrario, lo repito cada vez que puedo, y cada vez me da menos pena. Yo creo que ni me importa. A eso le llamo yo exorcismo.
—Y sacarle el pasaje gratis se llama inmundicia —agreg贸 Manolo.
—Se llama el colmo del exorcismo —dije, con tono burl贸n.
—No me interesa —dijo Manolo—. S贸lo me interesa regresar al Per煤, y en este momento, voy a una agencia de viajes para averiguar los precios.
—Yo voy a pegarme un duchazo caliente.
—Bien. Estar茅 de regreso dentro de una hora, y comeremos juntos. Me ayudar谩s a hacer mis maletas.
—S铆, Manolo. Y llegado el gran d铆a, te las cargar茅 hasta el avi贸n —dije, con tono burl贸n.
—Creo que esto tambi茅n se llama exorcismo —dijo Manolo, soltando la carcajada. Ya no le quedaba tan mal re铆rse. Parti贸.

«Piernas muy largas. Demasiado flaco. El saco le queda mal. Los pantalones muy cortos». Ve铆a a Manolo alejarse con direcci贸n a la agencia de viaje. «Una espalda para ser palmeada».
Entr茅. Mi hotel era peque帽o y barato. Una escalera muy estrecha conduc铆a hasta el tercer piso en que estaba mi habitaci贸n. Sub铆a. «¿Por qu茅 se va?». Aquella noche del vino y de los recuerdos hab铆a terminado demasiado pronto para m铆. Me hab铆a dormido mientras Manolo continuaba hablando, seguro que entonces tom贸 su decisi贸n, algo le o铆 decir, lo 煤ltimo, algo de que los indios se hab铆an quedado sentados en un cuarto oscuro, «esper谩ndome», creo que dijo.

(Publicado en Huerto cerrado en 1968)

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