Hay quien dice que las cosas y los lugares tienen alma, y hay quien dice que no; yo no me atrevo a pronunciarme sobre esto, pero voy a hablar de la Calle.
Hombres fuertes y honorables dieron forma a esta Calle: hombres buenos y valientes, de nuestra sangre, que vinieron de las Islas Benditas, al otro lado del mar. Al principio era un camino transitado por los que llevaban agua desde el manantial del bosque hasta el pu帽ado de casas de la playa. Luego, a medida que llegaban m谩s hombres al racimo de casas en busca de lugares donde habitar, se fueron alzando caba帽as en su lado norte, caba帽as de recios troncos, con paredes de alba帽iler铆a en la direcci贸n del bosque porque hab铆a all铆 muchos indios al acecho con flechas incendiarias. Y algunos a帽os despu茅s, los hombres construyeron caba帽as tambi茅n al lado sur de la calle.
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Hombres graves, cubiertos por sombreros c贸nicos, y portadores la mayor parte del tiempo de mosquetones o escopetas, paseaban por la Calle. Y all铆 estaban tambi茅n sus esposas con cofias, y sus sobrios hijos. Al atardecer, aquellos hombres, sus mujeres y sus hijos se sentaban en torno a los hogares gigantescos y le铆an y hablaban. Las cosas que le铆an y de las que hablaban eran muy simples, pero les daban bondad y valor y les ayudaban en la tarea cotidiana de labrar los campos y dome帽ar el bosque. Y los ni帽os escuchaban y aprend铆an las leyes y los acontecimientos de anta帽o, y de aquella querida Inglaterra que nunca hab铆an visto, o que no pod铆an recordar.
Hubo una guerra, y desde entonces los indios no causaron m谩s inquietud en la Calle. Los hombres, ocupados en su laboreo, se hicieron pr贸speros y tan felices como sab铆an serlo. Y los ni帽os crecieron en medio del bienestar, y nuevas familias vinieron de la Madre Patria a establecerse en la Calle. Y los hijos de sus hijos, y los hijos de los reci茅n llegados, crecieron. El pueblo fue entonces una ciudad, y una por una las viejas caba帽as fueron sustituidas por casas; casas simples y hermosas, de ladrillos y madera, con pelda帽os de piedra y farolas sobre las puertas. Aquellas casas no eran construcciones fr谩giles, sino que estaban hechas para servir a muchas generaciones. En el interior hab铆a campanas de chimenea labradas, 谩giles escaleras, muebles confortables, porcelana china y objetos venidos de la Madre Patria.
De este modo bebi贸 la calle de los sue帽os de un pueblo joven y se regocij贸 cuando sus moradores se volvieron m谩s agraciados y felices. Donde anta帽o s贸lo hab铆an existido fuerza y honor, se establecieron tambi茅n el buen gusto y la cultura. Llegaron a las casas libros, cuadros y partituras de m煤sica, y los j贸venes fueron a la Universidad que se alzaba al Norte sobre la llanura. En lugar de los sombreros c贸nicos y las espadas cortas, de los encajes y n铆veas pelucas, hubo guijarros sobre los que repicaban los cascos de muchos caballos de pura sangre y rodaban dorados carruajes; y aceras de ladrillos ornadas de abrevaderos de caballos y de postes indicadores.
Hab铆a muchos 谩rboles en aquella Calle: olmos, encinas, y dignos brezos; de modo que en verano el escenario era todo de suave verdura, lleno de aflautado cantar de p谩jaros. Y detr谩s de las casas hab铆a jardines de rosas, bordeados de setos, con caminos entre el c茅sped y relojes de sol; y en ellos brillaban, embrujadoras, la luna y las estrellas en la noche, cuando el roc铆o centelleaba sobre las flores.
Y as铆 sigui贸 so帽ando la Calle, mientras atravesaba guerras, calamidades y cambios. En una ocasi贸n, la mayor parte de los j贸venes se fueron, y algunos de ellos no regresaron nunca. Ese fue cuando plegaron la vieja bandera, y en su lugar alzaron un nuevo estandarte de barras y estrellas. Pero aunque los hombres hablaban de grandes cambios, la Calle no los not贸, porque sus habitantes eran todav铆a los mismos, y hablaban de las mismas cosas familiares en las mismas familiares reuniones. Y los 谩rboles albergaban a los mismos p谩jaros cantores, y cuando anochec铆a la luna y las estrellas segu铆an contemplando a las flores cubiertas de roc铆o en las rosaledas cercadas por setos.
Con el tiempo, dejaron de verse en la Calle espadas, sombreros de tres picos y pelucas. ¡Qu茅 extra帽os resultaban sus habitantes con bastones, sombreros altos, y con sus cabezas trasquiladas! De la distancia llegaron nuevos sonidos: al principio, fueron extra帽os soplidos y chirridos del lado del r铆o, a una milla de distancia, y m谩s tarde, muchos a帽os despu茅s, extra帽os sonidos, soplidos y estruendos de otras direcciones tambi茅n. El aire no era igual de puro que antes, pero el esp铆ritu del lugar no hab铆a cambiado. La sangre y el alma de sus antepasados hab铆a moldeado la Calle. Tampoco cambi贸 el esp铆ritu cuando desgarraron la Tierra para introducir en ella misteriosas tuber铆as, ni cuando alzaron raros postes que sustentaban extra帽os cables. Hab铆a en aquella calle tanto antiguo saber, que el pasado no se pod铆a olvidar con facilidad.
Luego llegaron d铆as de maldad, cuando muchos que de antiguo hab铆an conocido la Calle dejaron de conocerla, y la conocieron muchos que antes la ignoraban, y se fueron, ya que sus voces eran rudas y estridentes, y su aspecto y rostros desagradables. Sus pensamientos estaban tambi茅n en contradicci贸n con el esp铆ritu justo y sabio de la Calle; de manera que 茅sta languideci贸 en silencio, mientras sus casas entraban en decadencia y sus 谩rboles mor铆an uno tras otro, y sus jardines de rosas se llenaban de maleza y de basura amontonada. Pero la calle se estremeci贸 de orgullo el d铆a en que los j贸venes desfilaron de nuevo por ella; y algunos de ellos nunca volvieron. Aquellos j贸venes estaban vestidos de azul.
Peor fortuna tuvo la Calle al paso de los a帽os. Sus 谩rboles hab铆an desaparecido del todo entonces, y sus jardines de rosas fueron sustituidos por las partes traseras de los edificios nuevos y feos de las calles paralelas. Sin embargo, las casas permanecieron en pie, a despecho de los a帽os, de los gusanos y de las tormentas, porque hab铆an sido construidas para servir a muchas generaciones. En la Calle aparecieron nuevos tipos de caras: caras atenazadas y siniestras, de rasgos extra帽os y de mirar furtivo, cuyos poseedores hablaban palabras extranjeras y colocaron ense帽as en caracteres conocidos y desconocidos sobre la mayor parte de las casas en ruinas. En el arroyo se api帽aban carretillas, y una hediondez s贸rdida e indefinible se extendi贸 sobre el lugar; y el antiguo esp铆ritu de la calle se durmi贸.
Una vez, la Calle fue presa de gran excitaci贸n: la revoluci贸n y la guerra hab铆an estallado del otro lado del mar; una dinast铆a hab铆a ca铆do, y sus s煤bditos degenerados se encaminaron en masa, con dudosas intenciones, hacia el Pa铆s del Oeste. Muchos de ellos se alojaron en las casas maltratadas que anta帽o conocieron el olor de las rosas y el canto de los p谩jaros. M谩s tarde, aquella misma Tierra del Oeste despert贸 y se uni贸 a la Madre Patria en su terrible lucha por la civilizaci贸n. Una vez m谩s, la vieja bandera onde贸 sobre las ciudades, en compa帽铆a de la nueva y de otra tricolor, m谩s sencilla pero gloriosa. Pero no flotaron muchas banderas sobre la Calle; en ella anidaban tan s贸lo el miedo, el odio y la ignorancia. De nuevo marcharon los j贸venes, pero no exactamente de la misma forma en que lo hab铆an hecho los j贸venes de aquellos otros tiempos. Algo faltaba. Y los hijos de aquellos j贸venes de otros tiempos desfilaron con el mismo 谩nimo de sus antepasados, vestidos con un uniforme verde oliva; salieron de lugares distantes, y no conoc铆an la Calle ni su antiguo esp铆ritu.
Hubo una gran victoria al otro lado del mar, y la mayor铆a de los j贸venes regresaron, triunfadores. A aquellos a quienes algo faltaba, ya lo ten铆an; pero el miedo, el odio y la ignorancia segu铆an cobijados en la Calle. Muchos se hab铆an quedado atr谩s, y otros muchos extranjeros hab铆an venido desde lugares lejanos a las antiguas casas. Y los j贸venes que regresaron ya no habitaban all铆. La mayor parte de los extranjeros eran oscuros, pero entre ellos se pod铆an encontrar algunos rostros parecidos a los de aquellos que dieron forma a la Calle y modelaron su esp铆ritu. Eran iguales, pero diferentes, porque en los ojos de todos ellos hab铆a un brillo terror铆fico y demencial de ambici贸n, avidez, deseos de venganza o celo mal dirigido. La inquietud y la traici贸n habitaban entre una minor铆a perversa que planeaba dar un golpe de muerte al Pa铆s Occidental, para subir al poder sobre sus ruinas, del mismo modo que lo hab铆an hecho los asesinos en aquella tierra helada y miserable de la que hab铆an venido la mayor parte de ellos. Y el foco de aquel complot se encontraba en la Calle, cuyas casas en ruinas rebosaban de extranjeros provocadores de discordia, y retumbaban con los ecos de los planes y discursos de aquellos que anhelaban la llegada del d铆a se帽alado, que hab铆a de ser de sangre, de llamas y de cr铆menes.
Las Autoridades hablaban mucho de las m煤ltiples asambleas extra帽as que ten铆an lugar en la Calle, pero poco pod铆an probar. Hombres con chapas de identificaci贸n ocultas frecuentaban lugares como la Pasteler铆a Petrovich, la miserable Escuela Rifkin de Econom铆a Moderna, el Club «C铆rculo Social», y el Caf茅 de la Libertad, y escuchaban con diligencia. En aquellos lugares se congregaban en gran n煤mero hombres siniestros, pero siempre estaban en guardia, o hablaban en lenguas extranjeras. Y las casas segu铆an en pie, y conservaban el recuerdo de tiempos mejores, ya pasados; de recios habitantes coloniales y de jardines de rosas cubiertos de roc铆o bajo el claro de luna. A veces, un poeta o un viajero solitario ven铆a a contemplarlas e intentaba imagin谩rselas en su pasada gloria; pero no hab铆a muchos de tales viajeros y poetas.
Entonces se esparci贸 el rumor de que aquellas casas albergaban a los dirigentes de una importante banda de terroristas, que en un d铆a determinado hab铆an de arrojarse a una org铆a de deg眉ellos, con el fin de exterminar Am茅rica de todas las viejas tradiciones que la Calle hab铆a venerado. Libelos y papeles se desparramaron por el sucio arroyo: libelos y papeles impresos en muchas lenguas y en muchos caracteres, portadores todos de mensajes de crimen y rebeli贸n. En aquellos escritos se instaba al pueblo a romper con las leyes y con las virtudes que nuestros antepasados ensalzaron; a patear el alma de la vieja Am茅rica, ese alma que era el legado de mil a帽os de justicia, moderaci贸n y libertad anglosajonas. Se dec铆a que los hombres morenos que habitaban en la Calle y se congregaban en sus p煤tridos edificios, eran el cerebro de una horrenda revoluci贸n; que a una consigna suya, muchos millones de bestias sin seso, idiotizadas, se pondr铆an en pie en los suburbios apestosos de mil ciudades; y destruir铆an, quemar铆an y matar铆an, hasta que dejase de existir la tierra de nuestros padres. Todo esto se dec铆a y se repet铆a, y muchos esperaban con temor la llegada del Cuatro de Julio, d铆a del que se insinuaban muchas cosas en los extra帽os escritos; sin embargo, no pudo encontrarse nada que designase a los culpables. Nadie pod铆a decir a qui茅n era preciso arrestar para cortar de ra铆z la maldita conspiraci贸n. Muchas veces vinieron grupos de polic铆as de chaqueta azul a registrar las casas tambaleantes, hasta que por 煤ltimo dejaron de venir; tambi茅n ellos se hab铆an cansado de la Ley y del Orden, y abandonaban a su suerte a la ciudad. Entonces llegaron hombres uniformados de verde oliva, portadores de mosquetones; y pareci贸 que la calle —en su triste dormir— tuviese sue帽os persistentes de aquellos otros tiempos en que la atravesaban hombres de sombreros c贸nicos, portadores tambi茅n de mosquetones, yendo desde el manantial del bosque hasta el pu帽ado de casas junto a la playa. Pero no se pudo actuar para impedir el cataclismo amenazador, porque los hombres siniestros ten铆an experiencia en ocultarse.
De modo que la calle sigui贸 durmiendo, hasta que una noche, en la pasteler铆a Petrovich, en la Escuela Rifkin de Econom铆a Moderna, en el Club «C铆rculo Social», y en el Caf茅 de la Libertad —y en muchos otros lugares— se reunieron extensas hordas de hombres con los ojos dilatados por la expectaci贸n y el horrible triunfo. Extra帽os mensajes viajaron por cables ocultos, y se habl贸 mucho de mensajes a煤n m谩s extra帽os que hab铆an de transmitirse. Pero gran parte de esto ni siquiera se sospech贸 hasta despu茅s, cuando la Tierra de Occidente se encontr贸 a salvo del peligro. No pod铆an decir los hombres de uniforme verde oliva qu茅 era lo que estaba pasando ni qu茅 era lo que hab铆an de hacer, porque aquellos hombres siniestros ten铆an un talento sutil para el enga帽o.
Pero los hombres vestidos de verde oliva recordar谩n siempre aquella noche y hablar谩n de la calle a sus nietos; porque a muchos de ellos se les envi贸 por la ma帽ana a una misi贸n diferente de aquella que esperaban. Se sab铆a lo viejo que era este nido de anarquistas, que las casas se tambaleaban por los estragos de los a帽os, las tormentas y los gusanos; pero el acontecimiento de aquella noche fue una sorpresa a causa de su extra帽a uniformidad. En verdad, fue un acontecimiento singular en exceso, aunque muy sencillo despu茅s de todo. Ocurri贸 que, sin previo aviso, a una de las horas que siguen a la medianoche, todos los estragos de los a帽os, tormentas y gusanos, alcanzaron un tremendo punto 谩lgido; y despu茅s del hundimiento, nada qued贸 en pie en la Calle, salvo dos antiguas chimeneas y parte de un recio muro de ladrillo. Y nada de lo que hab铆a tenido vida sali贸 con ella de las ruinas. Un viajero, un poeta que lleg贸 con la gran muchedumbre que invadi贸 el lugar, cont贸 raras historias. Dijo el poeta que durante las horas que preceden al amanecer contempl贸 las s贸rdidas ruinas al resplandor de los focos; y que sobre ellas hab铆a otra imagen, de la que pudo describir la luna brillante, las elegantes casas, los olmos, robles y dignos brezos. Y el viajero declar贸 que en vez del aborrecible hedor de aquel lugar, hab铆a all铆 una delicada fragancia de rosas en flor. Pero, ¿no es notorio que los cuentos de los poetas y las historias de los viajeros siempre son falsas?
Hay quien dice que las cosas y los lugares tienen alma, y hay quien dice que no la tienen; yo no me atrevo a pronunciarme sobre ello, pero les he hablado de la Calle.
(Publicado en Wolverine Amateur, 1920)

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