I
Cuando el se帽or Hiram B. Otis, el ministro de Estados Unidos, compr贸 Canterville-Chase, todo el mundo le dijo que comet铆a una gran necedad, porque la finca estaba embrujada.
Hasta el mismo lord Canterville, como hombre de la m谩s escrupulosa honradez, se crey贸 en el deber de particip谩rselo al se帽or Otis cuando llegaron a discutir las condiciones.
-Nosotros mismos -dijo lord Canterville- nos hemos resistido en absoluto a vivir en ese sitio desde la 茅poca en que mi t铆a abuela, la duquesa de Bolton, tuvo un desmayo, del que nunca se repuso por completo, motivado por el espanto que experiment贸 al sentir que dos manos de esqueleto se posaban sobre sus hombros, mientras se vest铆a para cenar. Me creo en el deber de decirle, se帽or Otis, que el fantasma ha sido visto por varios miembros de mi familia, que viven actualmente, as铆 como por el rector de la parroquia, el reverendo Augusto Dampier, agregado de la Universidad de Oxford. Despu茅s del tr谩gico accidente ocurrido a la duquesa, ninguna de las doncellas quiso quedarse en casa, y lady Canterville no pudo ya conciliar el sue帽o, a causa de los ruidos misteriosos que llegaban del corredor y de la biblioteca.
-Se帽or -respondi贸 el ministro-, adquirir茅 el inmueble y el fantasma, bajo inventario. Llego de un pa铆s moderno, en el que podemos tener todo cuanto el dinero es capaz de proporcionar, y esos mozos nuestros, j贸venes y avispados, que recorren de parte a parte el viejo continente, que se llevan los mejores actores de ustedes, y sus mejores prima donnas, estoy seguro de que si queda todav铆a un verdadero fantasma en Europa vendr谩n a buscarlo enseguida para colocarlo en uno de nuestros museos p煤blicos o para pasearlo por los caminos como un fen贸meno.
-El fantasma existe, me lo temo -dijo lord Canterville, sonriendo-, aunque quiz谩 se resiste a las ofertas de los intr茅pidos empresarios de ustedes. Hace m谩s de tres siglos que se le conoce. Data, con precisi贸n, de mil quinientos setenta y cuatro, y no deja de mostrarse nunca cuando est谩 a punto de ocurrir alguna defunci贸n en la familia.
-¡Bah! Los m茅dicos de cabecera hacen lo mismo, lord Canterville. Amigo m铆o, un fantasma no puede existir, y no creo que las leyes de la Naturaleza admitan excepciones en favor de la aristocracia inglesa.
-Realmente son ustedes muy naturales en Estados Unidos -dijo lord Canterville, que no acababa de comprender la 煤ltima observaci贸n del se帽or Otis-. Ahora bien: si le gusta a usted tener un fantasma en casa, mejor que mejor. Acu茅rdese 煤nicamente de que yo lo previne.
Algunas semanas despu茅s se cerr贸 el trato, y a fines de estaci贸n el ministro y su familia emprendieron el viaje a Canterville.
La se帽ora Otis, que con el nombre de se帽orita Lucrecia R. Tappan, de la calle Oeste, 52, hab铆a sido una ilustre “beldad” de Nueva York, era todav铆a una mujer guap铆sima, de edad regular, con unos ojos hermosos y un perfil soberbio.
Muchas damas norteamericanas, cuando abandonan su pa铆s natal, adoptan aires de persona atacada de una enfermedad cr贸nica, y se figuran que eso es uno de los sellos de distinci贸n de Europa; pero la se帽ora Otis no cay贸 nunca en ese error.
Ten铆a una naturaleza magn铆fica y una abundancia extraordinaria de vitalidad.
A decir verdad, era completamente inglesa bajo muchos aspectos, y hubiese podido cit谩rsele en buena lid para sostener la tesis de que lo tenemos todo en com煤n con Estados Unidos hoy en d铆a, excepto la lengua, como es de suponer.
Su hijo mayor, bautizado con el nombre de Washington por sus padres, en un momento de patriotismo que 茅l no cesaba de lamentar, era un muchacho rubio, de bastante buena figura, que se hab铆a erigido en candidato a la diplomacia, dirigiendo un cotill贸n en el casino de Newport durante tres temporadas seguidas, y aun en Londres pasaba por ser bailar铆n excepcional.
Sus 煤nicas debilidades eran las gardenias y la patria; aparte de esto, era perfectamente sensato.
La se帽orita Virginia E. Otis era una muchachita de quince a帽os, esbelta y graciosa como un cervatillo, con un bonito aire de despreocupaci贸n en sus grandes ojos azules.
Era una amazona maravillosa, y sobre su caballito derrot贸 una vez en carreras al viejo lord Bilton, dando dos veces la vuelta al parque, gan谩ndole por caballo y medio, precisamente frente a la estatua de Aquiles, lo cual provoc贸 un entusiasmo tan delirante en el joven duque de Cheshire, que le propuso acto continuo el matrimonio, y sus tutores tuvieron que expedirlo aquella misma noche a Elton, ba帽ado en l谩grimas.
Despu茅s de Virginia ven铆an dos gemelos, conocidos de ordinario con el nombre de Estrellas y Bandas, porque se les encontraba siempre ostent谩ndolas.
Eran unos ni帽os encantadores, y, con el ministro, los 煤nicos verdaderos republicanos de la familia.
Como Canterville-Chase est谩 a siete millas de Ascot, la estaci贸n m谩s pr贸xima, el se帽or Otis telegrafi贸 que fueran a buscarlo en coche descubierto, y emprendieron la marcha en medio de la mayor alegr铆a. Era una noche encantadora de julio, en que el aire estaba aromado de olor a pinos.
De cuando en cuando se o铆a una paloma arrull谩ndose con su voz m谩s dulce, o se entreve铆a, entre la mara帽a y el frufr煤 de los helechos, la pechuga de oro bru帽ido de alg煤n fais谩n.
Ligeras ardillas los espiaban desde lo alto de las hayas a su paso; unos conejos corr铆an como exhalaciones a trav茅s de los matorrales o sobre los collados herbosos, levantando su rabo blanco.
Sin embargo, no bien entraron en la avenida de Canterville-Chase, el cielo se cubri贸 repentinamente de nubes. Un extra帽o silencio pareci贸 invadir toda la atm贸sfera, una gran bandada de cornejas cruz贸 calladamente por encima de sus cabezas, y antes de que llegasen a la casa ya hab铆an ca铆do algunas gotas.
En los escalones se hallaba para recibirlos una vieja, pulcramente vestida de seda negra, con cofia y delantal blancos.
Era la se帽ora Umney, el ama de llaves que la se帽ora Otis, a vivos requerimientos de lady Canterville, accedi贸 a conservar en su puesto.
Hizo una profunda reverencia a la familia cuando echaron pie a tierra, y dijo, con un singular acento de los buenos tiempos antiguos:
-Les doy la bienvenida a Canterville-Chase.
La siguieron, atravesando un hermoso vest铆bulo de estilo T煤dor, hasta la biblioteca, largo sal贸n espacioso que terminaba en un ancho ventanal acristalado.
Estaba preparado el t茅.
Luego, una vez que se quitaron los trajes de viaje, se sentaron todos y se pusieron a curiosear en torno suyo, mientras la se帽ora Umney iba de un lado para el otro.
De pronto, la mirada de la se帽ora Otis cay贸 sobre una mancha de un rojo oscuro que hab铆a sobre el pavimento, precisamente al lado de la chimenea y, sin darse cuenta de sus palabras, dijo a la se帽ora Umney:
-Veo que han vertido algo en ese sitio.
-S铆, se帽ora -contest贸 la se帽ora Umney en voz baja-. Ah铆 se ha vertido sangre.
-¡Es espantoso! -exclam贸 la se帽ora Otis-. No quiero manchas de sangre en un sal贸n. Es preciso quitar eso inmediatamente.
La vieja sonri贸, y con la misma voz baja y misteriosa respondi贸:
-Es sangre de lady Leonor de Canterville, que fue muerta en ese mismo sitio por su propio marido, Sim贸n de Canterville, en mil quinientos sesenta y cinco. Sim贸n la sobrevivi贸 nueve a帽os, desapareciendo de repente en circunstancias misterios铆simas. Su cuerpo no se encontr贸 nunca, pero su alma culpable sigue embrujando la casa. La mancha de sangre ha sido muy admirada por los turistas y por otras personas, pero quitarla, imposible.
-Todo eso son tonter铆as -exclam贸 Washington Otis-. El detergente y quitamanchas marca “Campe贸n Pinkerton” har谩 desaparecer eso en un abrir y cerrar de ojos.
Y antes de que el ama de llaves, aterrada, pudiera intervenir, ya se hab铆a arrodillado y frotaba vivamente el entarimado con una barrita de una sustancia parecida a un cosm茅tico negro. A los pocos instantes la mancha hab铆a desaparecido sin dejar rastro.
-Ya sab铆a yo que el “Campe贸n Pinkerton” la borrar铆a -exclam贸 en tono triunfal, paseando una mirada circular sobre su familia, llena de admiraci贸n.
Pero apenas hab铆a pronunciado esas palabras, cuando un rel谩mpago formidable ilumin贸 la estancia sombr铆a, y el retumbar del trueno levant贸 a todos, menos a la se帽ora Umney, que se desmay贸.
-¡Qu茅 clima m谩s atroz! -dijo tranquilamente el ministro, encendiendo un largo cigarro-. Creo que el pa铆s de los abuelos est谩 tan lleno de gente, que no hay buen tiempo bastante para todo el mundo. Siempre opin茅 que lo mejor que pueden hacer los ingleses es emigrar.
-Querido Hiram -replic贸 la se帽ora Otis-, ¿qu茅 podemos hacer con una mujer que se desmaya?
-Descontaremos eso de su salario en caja. As铆 no se volver谩 a desmayar.
En efecto, la se帽ora Umney no tard贸 en volver en s铆. Sin embargo, se ve铆a que estaba conmovida hondamente, y con voz solemne advirti贸 a la se帽ora Otis que deb铆a esperarse alg煤n disgusto en la casa.
-Se帽ores, he visto con mis propios ojos algunas cosas… que pondr铆an los pelos de punta a cualquier cristiano. Y durante noches y noches no he podido pegar los ojos a causa de los hechos terribles que pasaban.
A pesar de lo cual, el se帽or Otis y su esposa aseguraron vivamente a la buena mujer que no ten铆an miedo ninguno de los fantasmas.
La vieja ama de llaves, despu茅s de haber impetrado la bendici贸n de la Providencia sobre sus nuevos amos y de arregl谩rselas para que le aumentasen el salario, se retir贸 a su habitaci贸n renqueando.
II
La tempestad se desencaden贸 durante toda la noche, pero no produjo nada extraordinario. Al d铆a siguiente, por la ma帽ana, cuando bajaron a almorzar, encontraron de nuevo la terrible mancha sobre el entarimado.
-No creo que tenga la culpa el “limpiador sin rival” -dijo Washington-, pues lo he ensayado sobre toda clase de manchas. Debe ser el fantasma.
En consecuencia, borr贸 la mancha, despu茅s de frotar un poco. Al otro d铆a, por la ma帽ana, hab铆a reaparecido. Y, sin embargo, la biblioteca hab铆a permanecido cerrada la noche anterior, porque el se帽or Otis se hab铆a llevado la llave para arriba. Desde entonces, la familia empez贸 a interesarse por aquello. El se帽or Otis se hallaba a punto de creer que hab铆a estado demasiado dogm谩tico negando la existencia de los fantasmas. La se帽ora Otis expres贸 su intenci贸n de afiliarse a la Sociedad Ps铆quica, y Washington prepar贸 una larga carta a los se帽ores Myers y Podmone, basada en la persistencia de las manchas de sangre cuando provienen de un crimen. Aquella noche disip贸 todas las dudas sobre la existencia objetiva de los fantasmas.
La familia hab铆a aprovechado la frescura de la tarde para dar un paseo en coche. Regresaron a las nueve, tomando una ligera cena. La conversaci贸n no recay贸 ni un momento sobre los fantasmas, de manera que faltaban hasta las condiciones m谩s elementales de “espera” y de “receptibilidad” que preceden tan a menudo a los fen贸menos ps铆quicos. Los asuntos que discutieron, por lo que luego he sabido por la se帽ora Otis, fueron simplemente los habituales en la conversaci贸n de los norteamericanos cultos que pertenecen a las clases elevadas, como, por ejemplo, la inmensa superioridad de miss Janny Davenport sobre Sarah Bernhardt, como actriz; la dificultad para encontrar ma铆z verde, galletas de trigo sarraceno, aun en las mejores casas inglesas; la importancia de Boston en el desenvolvimiento del alma universal; las ventajas del sistema que consiste en anotar los equipajes de los viajeros, y la dulzura del acento neoyorquino, comparado con el dejo de Londres. No se trat贸 para nada de lo sobrenatural, no se hizo ni la menor alusi贸n indirecta a Sim贸n de Canterville. A las once, la familia se retir贸. A las doce y media estaban apagadas todas las luces. Poco despu茅s, el se帽or Otis se despert贸 con un ruido singular en el corredor, fuera de su habitaci贸n. Parec铆a un ruido de hierros viejos, y se acercaba cada vez m谩s. Se levant贸 en el acto, encendi贸 la luz y mir贸 la hora. Era la una en punto. El se帽or Otis estaba perfectamente tranquilo. Se tom贸 el pulso y no lo encontr贸 nada alterado. El ruido extra帽o continuaba, al mismo tiempo que se o铆a claramente el sonar de unos pasos. El se帽or Otis se puso las zapatillas, tom贸 un frasquito alargado de su tocador y abri贸 la puerta. Y vio frente a 茅l, en el p谩lido claro de luna, a un viejo de aspecto terrible. Sus ojos parec铆an carbones encendidos. Una larga cabellera gris ca铆a en mechones revueltos sobre sus hombros. Sus ropas, de corte anticuado, estaban manchadas y en jirones. De sus mu帽ecas y de sus tobillos colgaban unas pesadas cadenas y unos grilletes herrumbrosos.
-Mi distinguido se帽or -dijo el se帽or Otis-, perm铆tame que le ruegue vivamente que engrase esas cadenas. Le he tra铆do para ello una botella de “Engrasador Tammany-Sol-Levante”. Dicen que una sola untura es eficac铆sima, y en la etiqueta hay varios certificados de nuestros agoreros nativos m谩s ilustres, que dan fe de ello. Voy a dej谩rsela aqu铆, al lado de las mecedoras, y tendr茅 un verdadero placer en proporcionarle m谩s, si as铆 lo desea.
Dicho lo cual, el ministro de los Estados Unidos dej贸 el frasquito sobre una mesa de m谩rmol, cerr贸 la puerta y se volvi贸 a meter en la cama.
El fantasma de Canterville permaneci贸 algunos minutos inm贸vil de indignaci贸n. Despu茅s tir贸, lleno de rabia, el frasquito contra el suelo encerado y huy贸 por el corredor, lanzando gru帽idos cavernosos y despidiendo una extra帽a luz verde. Sin embargo, cuando llegaba a la gran escalera de roble, se abri贸 de repente una puerta. Aparecieron dos siluetas infantiles, vestidas de blanco, y una voluminosa almohada le roz贸 la cabeza. Evidentemente, no hab铆a tiempo que perder; as铆 es que, utilizando como medio de fuga la cuarta dimensi贸n del espacio, se desvaneci贸 a trav茅s del estuco, y la casa recobr贸 su tranquilidad.
Llegado a un cuartito secreto del ala izquierda, se ados贸 a un rayo de luna para tomar aliento, y se puso a reflexionar para darse cuenta de su situaci贸n. Jam谩s en toda su brillante carrera, que duraba ya trescientos a帽os seguidos, fue injuriado tan groseramente. Se acord贸 de la duquesa viuda, en quien provoc贸 una crisis de terror, estando mir谩ndose al espejo, cubierta de brillantes y de encajes; de las cuatro doncellas a quienes hab铆a enloquecido, produci茅ndoles convulsiones hist茅ricas, s贸lo con hacerles visajes entre las cortinas de una de las habitaciones destinadas a invitados; del rector de la parroquia, cuya vela apag贸 de un soplo cuando volv铆a el buen se帽or de la biblioteca a una hora avanzada, y que desde entonces se convirti贸 en m谩rtir de toda clase de alteraciones nerviosas; de la vieja se帽ora de Tremouillac, que, al despertarse a medianoche, lo vio sentado en un sill贸n, al lado de la lumbre, en forma de esqueleto, entretenido en leer el diario que redactaba ella de su vida, y que de resultas de la impresi贸n tuvo que guardar cama durante seis meses, v铆ctima de un ataque cerebral. Una vez curada se reconcili贸 con la iglesia y rompi贸 toda clase de relaciones con el se帽alado esc茅ptico monsieur de Voltaire. Record贸 igualmente la noche terrible en que el brib贸n de lord Canterville fue hallado agonizante en su tocador, con una sota de espadas hundida en la garganta, vi茅ndose obligado a confesar que por medio de aquella carta hab铆a timado la suma de diez mil libras a Carlos Fos, en casa de Grookford. Y juraba que aquella carta se la hizo tragar el fantasma. Todas sus grandes haza帽as le volv铆an a la mente. Vio desfilar al mayordomo que se levant贸 la tapa de los sesos por haber visto una mano verde tamborilear sobre los cristales, y la bella lady Steefield, condenada a llevar alrededor del cuello un collar de terciopelo negro para tapar la se帽al de cinco dedos, impresos como un hierro candente sobre su blanca piel, y que termin贸 por ahogarse en el vivero que hab铆a al extremo de la Avenida Real. Y, lleno del entusiasmo eg贸latra del verdadero artista, pas贸 revista a sus creaciones m谩s c茅lebres. Se dedic贸 una amarga sonrisa al evocar su 煤ltima aparici贸n en el papel de “Rub茅n el Rojo”, o “el rorro estrangulado”, su “debut” en el “Gibe茅n, el Vampiro flaco del p谩ramo de Bevley”, y el furor que caus贸 una tarde encantadora de junio s贸lo con jugar a los bolos con sus propios huesos sobre el campo de hierba de “lawn-tennis”. ¿Y todo para qu茅? ¡Para que unos miserables norteamericanos le ofreciesen el engrasador marca “Sol-Levante” y le tirasen almohadas a la cabeza! Era realmente intolerable. Adem谩s, la historia nos ense帽a que jam谩s fue tratado ning煤n fantasma de aquella manera. Lleg贸 a la conclusi贸n de que era preciso tomarse la revancha, y permaneci贸 hasta el amanecer en actitud de profunda meditaci贸n.
III
Cuando a la ma帽ana siguiente el almuerzo reuni贸 a la familia Otis, se discuti贸 extensamente acerca del fantasma. El ministro de los Estados Unidos estaba, como era natural, un poco ofendido viendo que su ofrecimiento no hab铆a sido aceptado.
-No quisiera en modo alguno injuriar personalmente al fantasma -dijo-, y reconozco que, dada la larga duraci贸n de su estancia en la casa, no era nada cort茅s tirarle una almohada a la cabeza…
Siento tener que decir que esta observaci贸n tan justa provoc贸 una explosi贸n de risa en los gemelos.
-Pero, por otro lado -prosigui贸 el se帽or Otis-, si se empe帽a, sin m谩s ni m谩s, en no hacer uso del engrasador marca “Sol-Levante”, nos veremos precisados a quitarle las cadenas. No habr铆a manera de dormir con todo ese ruido a la puerta de las alcobas.
Pero, sin embargo, en el resto de la semana no fueron molestados. Lo 煤nico que les llam贸 la atenci贸n fue la reaparici贸n continua de la mancha de sangre sobre el parqu茅 de la biblioteca. Era realmente muy extra帽o, tanto m谩s cuanto que el se帽or Otis cerraba la puerta con llave por la noche, igual que las ventanas. Los cambios de color que sufr铆a la mancha, comparables a los de un camale贸n, produjeron asimismo frecuentes comentarios en la familia. Una ma帽ana era de un rojo oscuro, casi viol谩ceo; otras veces era bermell贸n; luego, de un p煤rpura espl茅ndido, y un d铆a, cuando bajaron a rezar, seg煤n los ritos sencillos de la libre iglesia episcopal reformada de Norteam茅rica, la encontraron de un hermoso verde esmeralda. Como era natural, estos cambios caleidosc贸picos divirtieron grandemente a la reuni贸n y se hac铆an apuestas todas las noches con entera tranquilidad. La 煤nica persona que no tom贸 parte en la broma fue la joven Virginia. Por razones ignoradas, sent铆ase siempre impresionada ante la mancha de sangre, y estuvo a punto de llorar la ma帽ana que apareci贸 verde esmeralda.
El fantasma hizo su segunda aparici贸n el domingo por la noche. Al poco tiempo de estar todos ellos acostados, les alarm贸 un enorme estr茅pito que se oy贸 en el sal贸n. Bajaron apresuradamente, y se encontraron con que una armadura completa se hab铆a desprendido de su soporte y ca铆do sobre las losas. Cerca de all铆, sentado en un sill贸n de alto respaldo, el fantasma de Canterville se restregaba las rodillas, con una expresi贸n de agudo dolor sobre su rostro. Los gemelos, que se hab铆an provisto de sus hondas, le lanzaron inmediatamente dos balines, con esa seguridad de punter铆a que s贸lo se adquiere a fuerza de largos y pacientes ejercicios sobre el profesor de caligraf铆a. Mientras tanto, el ministro de los Estados Unidos manten铆a al fantasma bajo la amenaza de su rev贸lver, y, conforme a la etiqueta californiana, lo instaba a levantar los brazos. El fantasma se alz贸 bruscamente, lanzando un grito de furor salvaje, y se disip贸 en medio de ellos, como una niebla, apagando de paso la vela de Washington Otis y dej谩ndolos a todos en la mayor oscuridad. Cuando lleg贸 a lo alto de la escalera, una vez due帽o de s铆, se decidi贸 a lanzar su c茅lebre repique de carcajadas sat谩nicas, que en m谩s de una ocasi贸n le hab铆an sido muy 煤tiles. Contaba la gente que aquello hizo encanecer en una sola noche el peluqu铆n de lord Raker. Y que tres sucesivas amas de llaves renunciaron antes de terminar el primer mes en su cargo. Por consiguiente, lanz贸 su carcajada m谩s horrible, despertando paulatinamente los ecos en las antiguas b贸vedas; pero, apagados 茅stos, se abri贸 una puerta y apareci贸, vestida de azul claro, la se帽ora Otis.
-Me temo -dijo la dama- que est茅 usted indispuesto, y aqu铆 le traigo un frasco de la tintura del doctor Dobell. Si se trata de una indigesti贸n, esto le sentar谩 bien.
El fantasma la mir贸 con ojos llameantes de furor y se crey贸 en el deber de metamorfosearse en un gran perro negro. Era un truco que le hab铆a dado una reputaci贸n merecid铆sima, y al cual atribu铆a la idiotez incurable del t铆o de lord Canterville, el honorable Tom谩s Horton. Pero un ruido de pasos que se acercaban le hizo vacilar en su cruel determinaci贸n, y se content贸 con volverse un poco fosforescente. En seguida se desvaneci贸, despu茅s de lanzar un gemido sepulcral, porque los gemelos iban a darle alcance.
Una vez en su habitaci贸n se sinti贸 destrozado, presa de la agitaci贸n m谩s violenta. La ordinariez de los gemelos, el grosero materialismo de la se帽ora Otis, todo aquello resultaba realmente vejatorio; pero lo que m谩s lo humillaba era no tener ya fuerzas para llevar una armadura. Contaba con hacer impresi贸n aun en esos norteamericanos modernos, con hacerles estremecer a la vista de un espectro acorazado, ya que no por motivos razonables, al menos por deferencia hacia su poeta nacional Longfellow, cuyas poes铆as, delicadas y atrayentes, le hab铆an ayudado con frecuencia a matar el tiempo, mientras los Canterville estaban en Londres. Adem谩s, era su propia armadura. La llev贸 con 茅xito en el torneo de Kenilworth, siendo felicitado calurosamente por la Reina-Virgen en persona. Pero cuando quiso pon茅rsela qued贸 aplastado por completo por el peso de la enorme coraza y del yelmo de acero. Y se desplom贸 pesadamente sobre las losas de piedra, despellej谩ndose las rodillas y contusion谩ndose la mu帽eca derecha.
Durante varios d铆as estuvo mal铆simo y no pudo salir de su morada m谩s que lo necesario para mantener en buen estado la mancha de sangre. No obstante lo cual, a fuerza de cuidados acab贸 por restablecerse y decidi贸 hacer una tercera tentativa para aterrorizar al ministro de los Estados Unidos y a su familia. Eligi贸 para su reaparici贸n en escena el viernes 17 de agosto, consagrando gran parte del d铆a a pasar revista a sus trajes. Su elecci贸n recay贸 al fin en un sombrero de ala levantada por un lado y ca铆da del otro, con una pluma roja; en un sudario deshilachado por las mangas y el cuello y, por 煤ltimo, en un pu帽al mohoso. Al atardecer estall贸 una gran tormenta. El viento era tan fuerte que sacud铆a y cerraba violentamente las puertas y ventanas de la vetusta casa. Realmente aqu茅l era el tiempo que le conven铆a. He aqu铆 lo que pensaba hacer: Ir铆a sigilosamente a la habitaci贸n de Washington Otis, le musitar铆a unas frases ininteligibles, qued谩ndose al pie de la cama, y le hundir铆a tres veces seguidas el pu帽al en la garganta, a los sones de una m煤sica apagada. Odiaba sobre todo a Washington, porque sab铆a perfectamente que era 茅l quien acostumbraba quitar la famosa mancha de sangre de Canterville, empleando el “limpiador incomparable de Pinkerton”. Despu茅s de reducir al temerario, al despreocupado joven, entrar铆a en la habitaci贸n que ocupaba el ministro de los Estados Unidos y su mujer. Una vez all铆, colocar铆a una mano viscosa sobre la frente de la se帽ora Otis, y al mismo tiempo murmurar铆a, con voz sorda, al o铆do del ministro tembloroso, los secretos terribles del osario. En cuanto a la peque帽a Virginia, a煤n no ten铆a decidido nada. No lo hab铆a insultado nunca. Era bonita y cari帽osa. Unos cuantos gru帽idos sordos, que saliesen del armario, le parec铆an m谩s que suficientes, y si no bastaban para despertarla, llegar铆a hasta tirarle de la puntita de la nariz con sus dedos r铆gidos por la par谩lisis. A los gemelos estaba resuelto a darles una lecci贸n: lo primero que har铆a ser铆a sentarse sobre sus pechos, con el objeto de producirles la sensaci贸n de pesadilla. Luego, aprovechando que sus camas estaban muy juntas, se alzar铆a en el espacio libre entre ellas, con el aspecto de un cad谩ver verde y fr铆o como el hielo, hasta que se quedaran paralizados de terror. En seguida, tirando bruscamente su sudario, dar铆a la vuelta al dormitorio en cuatro patas, como un esqueleto blanqueado por el tiempo, moviendo los ojos de sus 贸rbitas, en su creaci贸n de “Daniel el Mudo, o el esqueleto del suicida”, papel en el cual hizo un gran efecto en varias ocasiones. Cre铆a estar tan bien en 茅ste como en su otro papel de “Mart铆n el Demente o el misterio enmascarado”.
A las diez y media oy贸 subir a la familia a acostarse. Durante algunos instantes lo inquietaron las tumultuosas carcajadas de los gemelos, que se divert铆an evidentemente, con su loca alegr铆a de colegiales, antes de meterse en la cama. Pero a las once y cuarto todo qued贸 nuevamente en silencio, y cuando sonaron las doce se puso en camino. La lechuza chocaba contra los cristales de la ventana. El cuervo crascitaba en el hueco de un tejo centenario y el viento gem铆a vagando alrededor de la casa, como un alma en pena; pero la familia Otis dorm铆a, sin sospechar la suerte que le esperaba. O铆a con toda claridad los ronquidos regulares del ministro de los Estados Unidos, que dominaban el ruido de la lluvia y de la tormenta. Se desliz贸 furtivamente a trav茅s del estuco. Una sonrisa perversa se dibujaba sobre su boca cruel y arrugada, y la luna escondi贸 su rostro tras una nube cuando pas贸 delante de la gran ventana ojival, sobre la que estaban representadas, en azul y oro, sus propias armas y las de su esposa asesinada. Segu铆a andando siempre, desliz谩ndose como una sombra funesta, que parec铆a hacer retroceder de espanto a las mismas tinieblas en su camino. En un momento dado le pareci贸 o铆r que alguien lo llamaba: se detuvo, pero era tan s贸lo un perro, que ladraba en la Granja Roja. Prosigui贸 su marcha, refunfu帽ando extra帽os juramentos del siglo XVI, y blandiendo de cuando en cuando el pu帽al enmohecido en el aire de medianoche. Por fin lleg贸 a la esquina del pasillo que conduc铆a a la habitaci贸n de Washington. All铆 hizo una breve parada. El viento agitaba en torno de su cabeza sus largos mechones grises y ce帽铆a en pliegues grotescos y fant谩sticos el horror indecible del f煤nebre sudario. Son贸 entonces el cuarto en el reloj. Comprendi贸 que hab铆a llegado el momento. Se dedic贸 una risotada y dio la vuelta a la esquina. Pero apenas lo hizo retrocedi贸, lanzando un gemido lastimero de terror y escondiendo su cara l铆vida entre sus largas manos huesosas. Frente a 茅l hab铆a un horrible espectro, inm贸vil como una estatua, monstruoso como la pesadilla de un loco. La cabeza del espectro era pelada y reluciente; su faz, redonda, carnosa y blanca; una risa horrorosa parec铆a retorcer sus rasgos en una mueca eterna; por los ojos brotaba a oleadas una luz escarlata, la boca ten铆a el aspecto de un ancho pozo de fuego, y una vestidura horrible, como la de 茅l, como la del mismo Sim贸n, envolv铆a con su nieve silenciosa aquella forma gigantesca. Sobre el pecho ten铆a colgado un cartel con una inscripci贸n en caracteres extra帽os y antiguos. Quiz谩 era un r贸tulo infamante, donde estaban escritos delitos espantosos, una terrible lista de cr铆menes. Ten铆a, por 煤ltimo, en su mano derecha una cimitarra de acero resplandeciente.
Como nunca antes hab铆a visto fantasmas, naturalmente sinti贸 un p谩nico terrible, y, despu茅s de lanzar a toda prisa una segunda mirada sobre el monstruo atroz, regres贸 a su habitaci贸n, trompicando en el sudario que le envolv铆a. Cruz贸 la galer铆a corriendo, y acab贸 por dejar caer el pu帽al enmohecido en las botas de montar del ministro, donde lo encontr贸 el mayordomo al d铆a siguiente. Una vez refugiado en su retiro, se desplom贸 sobre un reducido catre de tijera, tap谩ndose la cabeza con las s谩banas. Pero, al cabo de un momento, el valor indomable de los antiguos Canterville se despert贸 en 茅l y tom贸 la resoluci贸n de hablar al otro fantasma en cuanto amaneciese. Por consiguiente, no bien el alba plate贸 las colinas, volvi贸 al sitio en que hab铆a visto por primera vez al horroroso fantasma. Pensaba que, despu茅s de todo, dos fantasmas val铆an m谩s que uno solo, y que con ayuda de su nuevo amigo podr铆a contender victoriosamente con los gemelos. Pero cuando lleg贸 al sitio se hall贸 en presencia de un espect谩culo terrible. Le suced铆a algo indudablemente al espectro, porque la luz hab铆a desaparecido por completo de sus 贸rbitas. La cimitarra centelleante se hab铆a ca铆do de su mano y estaba recostado sobre la pared en una actitud forzada e inc贸moda. Sim贸n se precipit贸 hacia delante y lo cogi贸 en sus brazos; pero cu谩l no ser铆a su terror viendo despegarse la cabeza y rodar por el suelo, mientras el cuerpo tomaba la posici贸n supina, y not贸 que abrazaba una cortina blanca de lienzo grueso y que yac铆an a sus pies una escoba, un machete de cocina y una calabaza vac铆a. Sin poder comprender aquella curiosa transformaci贸n, cogi贸 con mano febril el cartel, leyendo a la claridad gris谩cea de la ma帽ana estas palabras terribles:
He aqu铆 al fantasma Otis
El 煤nico esp铆ritu aut茅ntico y verdadero
Desconf铆en de las imitaciones
Todos los dem谩s son falsificaciones
Y la entera verdad se le apareci贸 como un rel谩mpago. ¡Hab铆a sido burlado, chasqueado, enga帽ado! La expresi贸n caracter铆stica de los Canterville reapareci贸 en sus ojos, apret贸 las mand铆bulas desdentadas y, levantando por encima de su cabeza sus manos amarillas, jur贸, seg煤n el ritual pintoresco de la antigua escuela, “que cuando el gallo tocara por dos veces el cuerno de su alegre llamada se consumar铆an sangrientas haza帽as, y el crimen, de callado paso, saldr铆a de su retiro”.
No hab铆a terminado de formular este juramento terrible, cuando de una alquer铆a lejana, de tejado de ladrillo rojo, sali贸 el canto de un gallo. Lanz贸 una larga risotada, lenta y amarga, y esper贸. Esper贸 una hora, y despu茅s otra; pero por alguna raz贸n misteriosa no volvi贸 a cantar el gallo. Por fin, a eso de las siete y media, la llegada de las criadas lo oblig贸 a abandonar su terrible guardia y regres贸 a su morada, con altivo paso, pensando en su juramento vano y en su vano proyecto fracasado. Una vez all铆 consult贸 varios libros de caballer铆a, cuya lectura le interesaba extraordinariamente, y pudo comprobar que el gallo cant贸 siempre dos veces en cuantas ocasiones se recurri贸 a aquel juramento.
-¡Que el diablo se lleve a ese animal vol谩til! -murmur贸-. ¡En otro tiempo hubiese ca铆do sobre 茅l con mi buena lanza, atraves谩ndole el cuello y oblig谩ndolo a cantar otra vez para m铆, aunque reventara!
Y dicho esto se retir贸 a su confortable caja de plomo, y all铆 permaneci贸 hasta la noche.
IV
Al d铆a siguiente el fantasma se sinti贸 muy d茅bil y cansado. Las terribles emociones de las cuatro 煤ltimas semanas empezaban a producir su efecto. Ten铆a el sistema nervioso completamente alterado, y temblaba al m谩s ligero ruido. No sali贸 de su habitaci贸n en cinco d铆as, y concluy贸 por hacer una concesi贸n en lo relativo a la mancha de sangre del parqu茅 de la biblioteca. Puesto que la familia Otis no quer铆a verla, era indudable que no la merec铆a. Aquella gente estaba colocada a ojos vistas en un plano inferior de vida material y era incapaz de apreciar el valor simb贸lico de los fen贸menos sensibles. La cuesti贸n de las apariciones de fantasmas y el desenvolvimiento de los cuerpos astrales era realmente para ellos cosa desconocida e indiscutiblemente fuera de su alcance. Pero, por lo menos, constitu铆a para 茅l un deber ineludible mostrarse en el corredor una vez a la semana y farfullar por la gran ventana ojival el primero y el tercer mi茅rcoles de cada mes. No ve铆a ning煤n medio digno de sustraerse a aquella obligaci贸n. Verdad es que su vida fue muy criminal; pero, quitado eso, era hombre muy concienzudo en todo cuanto se relacionaba con lo sobrenatural. As铆, pues, los tres s谩bados siguientes atraves贸, como de costumbre, el corredor entre doce de la noche y tres de la madrugada, tomando todas las precauciones posibles para no ser visto ni o铆do. Se quitaba las botas, pisaba lo m谩s ligeramente que pod铆a sobre las viejas maderas carcomidas, se envolv铆a en una gran capa de terciopelo negro, y no dejaba de usar el engrasador “Sol-Levante” para sus cadenas. Me veo precisado a reconocer que s贸lo despu茅s de muchas vacilaciones se decidi贸 a adoptar este 煤ltimo medio de protecci贸n. Pero, al fin, una noche, mientras cenaba la familia, se desliz贸 en el dormitorio de la se帽ora Otis y se llev贸 el frasquito. Al principio se sinti贸 un poco humillado, pero despu茅s fue suficientemente razonable para comprender que aquel invento merec铆a grandes elogios y cooperaba, en cierto modo, a la realizaci贸n de sus proyectos. A pesar de todo, no se vio libre de problemas. No dejaban nunca de tenderle cuerdas de lado a lado del corredor para hacerlo tropezar en la oscuridad, y una vez que se hab铆a disfrazado para el papel de “Isaac el Negro o el cazador del bosque de Hogsley”, cay贸 cuan largo era al poner el pie sobre una pista de maderas enjabonadas que hab铆an colocado los gemelos desde el umbral del sal贸n de Tapices hasta la parte alta de la escalera de roble. Esta 煤ltima afrenta le dio tal rabia, que decidi贸 hacer un esfuerzo para imponer su dignidad y consolidar su posici贸n social, y form贸 el proyecto de visitar a la noche siguiente a los insolentes chicos de Eton, en su c茅lebre papel de “Ruperto el Temerario o el conde sin cabeza”.
No se hab铆a mostrado con aquel disfraz desde hac铆a sesenta a帽os, es decir, desde que caus贸 con 茅l tal pavor a la bella lady B谩rbara Modish, que 茅sta retir贸 su consentimiento al abuelo de actual lord Canterville y se fug贸 a Gretna Green con el arrogante Jach Castletown, jurando que por nada del mundo consentir铆a en emparentar con una familia que toleraba los paseos de un fantasma tan horrible por la terraza, al atardecer. El pobre Jack fue al poco tiempo muerto en duelo por lord Canterville en la pradera de Wandsworth, y lady B谩rbara muri贸 de pena en Tumbridge Wells antes de terminar el a帽o; as铆 es que fue un gran 茅xito en todos los sentidos. Sin embargo, era, permiti茅ndome emplear un t茅rmino de argot teatral para aplicarlo a uno de los mayores misterios del mundo sobrenatural (o en lenguaje m谩s cient铆fico), “del mundo superior a la Naturaleza”, era, repito, una creaci贸n de las m谩s dif铆ciles, y necesit贸 sus tres buenas horas para terminar los preparativos. Por fin, todo estuvo listo, y 茅l content铆simo de su disfraz. Las grandes botas de montar, que hac铆an juego con el traje, eran, eso s铆, un poco holgadas para 茅l, y no pudo encontrar m谩s que una de las dos pistolas del arz贸n; pero, en general, qued贸 satisfech铆simo, y a la una y cuarto pas贸 a trav茅s del estuco y baj贸 al corredor. Cuando estuvo cerca de la habitaci贸n ocupada por los gemelos, a la que llamar茅 el dormitorio azul, por el color de sus cortinajes, se encontr贸 con la puerta entreabierta. A fin de hacer una entrada sensacional, la empuj贸 con violencia, pero se le vino encima una jarra de agua que le empap贸 hasta los huesos, no d谩ndole en el hombro por unos mil铆metros. Al mismo tiempo oy贸 unas risas sofocadas que part铆an de la doble cama con dosel. Su sistema nervioso sufri贸 tal conmoci贸n, que regres贸 a sus habitaciones a todo escape, y al d铆a siguiente tuvo que permanecer en cama con un fuerte reuma. El 煤nico consuelo que tuvo fue el de no haber llevado su cabeza sobre los hombros, pues sin esto las consecuencias hubieran podido ser m谩s graves.
Desde entonces renunci贸 para siempre a espantar a aquella recia familia de norteamericanos, y se limit贸 a vagar por el corredor, con zapatillas de orillo, envuelto el cuello en una gruesa bufanda, por temor a las corrientes de aire, y provisto de un peque帽o arcabuz, para el caso en que fuese atacado por los gemelos. Hacia el 19 de septiembre fue cuando recibi贸 el golpe de gracia. Hab铆a bajado por la escalera hasta el espacioso sal贸n, seguro de que en aquel sitio por lo menos estaba a cubierto de jugarretas, y se entreten铆a en hacer observaciones sat铆ricas sobre las grandes fotograf铆as del ministro de los Estados Unidos y de su mujer, hechas en casa de Sarow. Iba vestido sencilla pero decentemente, con un largo sudario salpicado de moho de cementerio. Se hab铆a atado la quijada con una tira de tela y llevaba una linternita y una azad贸n de sepulturero. En una palabra, iba disfrazado de “Jon谩s el Desenterrador, o el ladr贸n de cad谩veres de Cherstey Barn”. Era una de sus creaciones m谩s notables y de las que guardaban recuerdo, con m谩s motivo, los Canterville, ya que fue la verdadera causa de su ri帽a con lord Rufford, vecino suyo. Ser铆an pr贸ximamente las dos y cuarto de la madrugada, y, a su juicio, no se mov铆a nadie en la casa. Pero cuando se dirig铆a tranquilamente en direcci贸n a la biblioteca, para ver lo que quedaba de la mancha de sangre, se abalanzaron hacia 茅l, desde un rinc贸n sombr铆o, dos siluetas, agitando locamente sus brazos sobre sus cabezas, mientras gritaban a su o铆do:
-¡Bu!
Lleno de p谩nico, cosa muy natural en aquellas circunstancias, se precipit贸 hacia la escalera, pero entonces se encontr贸 frente a Washington Otis, que lo esperaba armado con la regadera del jard铆n; de tal modo que, cercado por sus enemigos, casi acorralado, tuvo que evaporarse en la gran estufa de hierro colado, que, afortunadamente para 茅l, no estaba encendida, y abrirse paso hasta sus habitaciones por entre tubos y chimeneas, llegando a su refugio en el tremendo estado en que lo pusieron la agitaci贸n, el holl铆n y la desesperaci贸n.
Desde aquella noche no volvi贸 a v茅rsele nunca de expedici贸n nocturna. Los gemelos se quedaron muchas veces en acecho para sorprenderlo, sembrando de c谩scara de nuez los corredores todas las noches, con gran molestia de sus padres y criados. Pero fue in煤til. Su amor propio estaba profundamente herido, sin duda, y no quer铆a mostrarse. En vista de ello, el se帽or Otis se puso a trabajar en su gran obra sobre la historia del partido dem贸crata, obra que hab铆a empezado tres a帽os antes. La se帽ora Otis organiz贸 una extraordinaria horneada de almejas, de la que se habl贸 en toda la comarca. Los ni帽os se dedicaron a jugar a la barra, al ecart茅, al p贸quer y a otras diversiones nacionales de Estados Unidos. Virginia dio paseos a caballo por las carreteras, en compa帽铆a del duquesito de Cheshire, que se hallaba en Canterville pasando su 煤ltima semana de vacaciones. Todo el mundo se figuraba que el fantasma hab铆a desaparecido, hasta el punto de que el se帽or Otis escribi贸 una carta a lord Canterville para comunic谩rselo, y recibi贸 en contestaci贸n otra carta en la que 茅ste le testimoniaba el placer que le produc铆a la noticia y enviaba sus m谩s sinceras felicitaciones a la digna esposa del ministro.
Pero los Otis se equivocaban. El fantasma segu铆a en la casa, y, aunque se hallaba muy delicado, no estaba dispuesto a retirarse, sobre todo despu茅s de saber que figuraba entre los invitados el duquesito de Cheshire, cuyo t铆o, lord Francis Stilton, apost贸 una vez con el coronel Carbury a que jugar铆a a los dados con el fantasma de Canterville. A la ma帽ana siguiente encontraron a lord Stilton tendido sobre el suelo del sal贸n de juego en un estado de par谩lisis tal que, a pesar de la edad avanzada que alcanz贸, no pudo ya nunca pronunciar m谩s palabras que 茅stas:
-¡Doble seis!
Esta historia era muy conocida en un tiempo, aunque, en atenci贸n a los sentimientos de dos familias nobles, se hiciera todo lo posible por ocultarla, y existe un relato detallado de todo lo referente a ella en el tomo tercero de las Memorias de lord Tattle sobre el pr铆ncipe Regente y sus amigos. Desde entonces, el fantasma deseaba vivamente probar que no hab铆a perdido su influencia sobre los Stilton, con los que adem谩s estaba emparentado por matrimonio, pues una prima suya se cas贸 en segundas nupcias con el se帽or Bulkeley, del que descienden en l铆nea directa, como todo el mundo sabe, los duques de Cheshire. Por consiguiente, hizo sus preparativos para mostrarse al peque帽o enamorado de Virginia en su famoso papel de “Fraile vampiro, o el benedictino desangrado”. Era un espect谩culo espantoso, que cuando la vieja lady Starbury se lo vio representar, es decir en v铆spera del A帽o Nuevo de 1764, empez贸 a lanzar chillidos agudos, que tuvieron por resultado un fuerte ataque de apoplej铆a y su fallecimiento al cabo de tres d铆as, no sin que desheredara antes a los Canterville y legase todo su dinero a su farmac茅utico en Londres. Pero, a 煤ltima hora, el terror que le inspiraban los gemelos lo retuvo en su habitaci贸n, y el duquesito durmi贸 tranquilo en el gran lecho con dosel coronado de plumas del dormitorio real, so帽ando con Virginia.
V
Virginia y su adorador de cabello rizado dieron, unos d铆as despu茅s, un paseo a caballo por los prados de Brockley, paseo en el que ella desgarr贸 su vestido de amazona al saltar un seto, de tal manera que, de vuelta a su casa, entr贸 por la escalera de atr谩s para que no la viesen. Al pasar corriendo por delante de la puerta del sal贸n de Tapices, que estaba abierta de par en par, le pareci贸 ver a alguien dentro. Pens贸 que ser铆a la doncella de su madre, que iba con frecuencia a trabajar a esa habitaci贸n. Asom贸 la cabeza para encargarle que le cosiese el vestido. ¡Pero, con gran sorpresa suya, quien all铆 estaba era el fantasma de Canterville en persona! Se hab铆a acomodado ante la ventana, contemplando el oro llameante de los 谩rboles amarillentos que revoloteaban por el aire, las hojas enrojecidas que bailaban locamente a lo largo de la gran avenida. Ten铆a la cabeza apoyada en una mano, y toda su actitud revelaba el desaliento m谩s profundo. Realmente presentaba un aspecto tan abrumado, tan abatido, que la peque帽a Virginia, en vez de ceder a su primer impulso, que fue echar a correr y encerrarse en su cuarto, se sinti贸 llena de compasi贸n y tom贸 el partido de ir a consolarlo. Ten铆a la muchacha un paso tan ligero y 茅l una melancol铆a tan honda, que no se dio cuenta de su presencia hasta que le habl贸.
-Lo he sentido mucho por usted -dijo-, pero mis hermanos regresan ma帽ana a Eton, y entonces, si se porta usted bien, nadie lo atormentar谩.
-Es inconcebible pedirme que me porte bien -le respondi贸, contemplando estupefacto a la jovencita que ten铆a la audacia de dirigirle la palabra-. Perfectamente inconcebible. Es necesario que yo sacuda mis cadenas, que gru帽a por los agujeros de las cerraduras y que corretee de noche. ¿Eso es lo que usted llama portarse mal? No tengo otra raz贸n de ser.
-Esa no es una raz贸n de ser. En sus tiempos fue usted muy malo ¿sabe? La se帽ora Umney nos dijo el d铆a que llegamos que usted mat贸 a su esposa.
-S铆, lo reconozco -respondi贸 incautamente el fantasma-. Pero era un asunto de familia y nadie ten铆a que meterse.
-Est谩 muy mal matar a nadie -dijo Virginia, que a veces adoptaba un bonito gesto de gravedad puritana, heredado quiz谩s de alg煤n antepasado venido de Nueva Inglaterra.
-¡Oh, no puedo sufrir la severidad barata de la moral abstracta! Mi mujer era fe铆sima. No almidonaba nunca lo bastante mis pu帽os y no sab铆a nada de cocina. Mire usted: un d铆a hab铆a yo cazado un soberbio ciervo en los bosques de Hogsley, un hermoso macho de dos a帽os. ¡Pues no puede usted figurarse c贸mo me lo sirvi贸! Pero, en fin, dejemos eso. Es asunto liquidado, y no encuentro nada bien que sus hermanos me dejasen morir de hambre, aunque yo la matase.
-¡Que lo dejaran morir de hambre! ¡Oh se帽or fantasma…! Don Sim贸n, quiero decir, ¿es que tiene usted hambre? Hay un s谩ndwich en mi costurero. ¿Le gustar铆a?
-No, gracias, ahora ya no como; pero, de todos modos, lo encuentro amabil铆simo por su parte. ¡Es usted bastante m谩s atenta que el resto de su horrible, arisca, ordinaria y ladrona familia!
-¡Basta! -exclam贸 Virginia, dando con el pie en el suelo-. El arisco, el horrible y el ordinario es usted. En cuanto a lo de ladr贸n, bien sabe usted que me ha robado mis colores de la caja de pinturas para restaurar esa rid铆cula mancha de sangre en la biblioteca. Empez贸 usted por coger todos mis rojos, incluso el bermell贸n, imposibilit谩ndome para pintar puestas de sol. Despu茅s agarr贸 usted el verde esmeralda y el amarillo cromo. Y, finalmente, s贸lo me queda el a帽il y el blanco. As铆 es que ahora no puedo hacer m谩s que claros de luna, que da grima ver, e incomod铆simos, adem谩s, de colorear. Y no le he acusado, a煤n estando fastidiada y a pesar de que todas esa cosas son completamente rid铆culas. ¿Se ha visto alguna vez sangre color verde esmeralda…?
-Vamos a ver -dijo el fantasma, con cierta dulzura-: ¿y qu茅 iba yo a hacer? Es dificil铆simo en los tiempos actuales agenciarse sangre de verdad, y ya que su hermano empez贸 con su quitamanchas incomparable, no veo por qu茅 no iba yo a emplear los colores de usted para resistir. En cuanto al tono, es cuesti贸n de gusto. As铆, por ejemplo, los Canterville tienen sangre azul, la sangre m谩s azul que existe en Inglaterra… Aunque ya s茅 que ustedes los norteamericanos no hacen el menor caso de esas cosas.
-No sabe usted nada, y lo mejor que puede hacer es emigrar, y as铆 se formar谩 idea de algo. Mi padre tendr谩 un verdadero gusto en proporcionarle un pasaje gratuito, y aunque haya fuertes impuestos sobre los esp铆ritus, no le pondr谩n dificultades en la Aduana. Y una vez en Nueva York, puede usted contar con un gran 茅xito. Conozco infinidad de personas que dar铆an cien mil d贸lares por tener antepasados y que sacrificar铆an mayor cantidad a煤n por tener un fantasma para la familia.
-Creo que no me divertir铆a mucho en Estados Unidos.
-Quiz谩s se deba a que all铆 no tenemos ni ruinas ni curiosidades -dijo burlonamente Virginia.
-¡Qu茅 curiosidades ni qu茅 ruinas! -contest贸 el fantasma-. Tienen ustedes su Marina y sus modales.
-Buenas noches; voy a pedir a pap谩 que conceda a los gemelos una semana m谩s de vacaciones.
-¡No se vaya, se帽orita Virginia, se lo suplico! -exclam贸 el fantasma-. Estoy tan solo y soy tan desgraciado, que no s茅 qu茅 hacer. Quisiera ir a acostarme y no puedo.
-Pues es inconcebible: no tiene usted m谩s que meterse en la cama y apagar la luz. Algunas veces es dificil铆simo permanecer despierto, sobre todo en una iglesia, pero, en cambio, dormir es muy sencillo. Ya ve usted: los gemelos saben dormir admirablemente, y no son de los m谩s listos.
-Hace trescientos a帽os que no duermo -dijo el anciano tristemente, haciendo que Virginia abriese mucho sus hermosos ojos azules, llenos de asombro-. Hace ya trescientos a帽os que no duermo, as铆 es que me siento cansad铆simo.
Virginia adopt贸 un grave continente, y sus finos labios se movieron como p茅talos de rosa. Se acerc贸 y arrodill贸 al lado del fantasma, contempl贸 su rostro envejecido y arrugado.
-Pobrecito fantasma -profiri贸 a media voz-, ¿y no hay ning煤n sitio donde pueda usted dormir?
-All谩 lejos, pasando el pinar -respondi贸 茅l en voz baja y so帽adora-, hay un jardincito. La hierba crece en 茅l alta y espesa; all铆 pueden verse las grandes estrellas blancas de la cicuta, all铆 el ruise帽or canta toda la noche. Canta toda la noche, y la luna de cristal helado deja caer su mirada y el tejo extiende sus brazos de gigante sobre los durmientes.
Los ojos de Virginia se empa帽aron de l谩grimas y sepult贸 la cara entre sus manos.
-Se refiere usted al jard铆n de la Muerte -murmur贸.
-S铆, de la muerte. Debe ser hermosa. Descansar en la blanda tierra oscura, mientras las hierbas se balancean encima de nuestra cabeza, y escuchar el silencio. No tener ni ayer ni ma帽ana. Olvidarse del tiempo y de la vida; morar en paz. Usted puede ayudarme; usted puede abrirme de par en par las puertas de la muerte, porque el amor la acompa帽a a usted siempre, y el amor es m谩s fuerte que la muerte.
Virginia tembl贸. Un estremecimiento helado recorri贸 todo su ser, y durante unos instantes hubo un gran silencio. Le parec铆a vivir un sue帽o terrible. Entonces el fantasma habl贸 de nuevo con una voz que resonaba como los suspiros del viento:
-¿Ha le铆do usted alguna vez la antigua profec铆a que hay sobre las vidrieras de la biblioteca?
-¡Oh, muchas veces! -exclam贸 la muchacha levantando los ojos-. La conozco muy bien. Est谩 pintada con unas curiosas letras doradas y se lee con dificultad. No tiene m谩s que 茅stos seis versos:
“Cuando una joven rubia logre hacer brotar
“una oraci贸n de los labios del pecador,
“cuando el almendro est茅ril d茅 fruto
“y una ni帽a deje correr su llanto,
“entonces, toda la casa recobrar谩 la tranquilidad
“y volver谩 la paz a Canterville.
“Pero no s茅 lo que significan”.
-Significan que tiene usted que llorar conmigo mis pecados, porque no tengo l谩grimas, y que tiene usted que rezar conmigo por mi alma, porque no tengo fe, y entonces, si ha sido usted siempre dulce, buena y cari帽osa, el 谩ngel de la muerte se apoderar谩 de m铆. Ver谩 usted seres terribles en las tinieblas y voces funestas murmurar谩n en sus o铆dos, pero no podr谩n hacerle ning煤n da帽o, porque contra la pureza de una ni帽a no pueden nada las potencias infernales.
Virginia no contest贸, y el fantasma se retorc铆a las manos en la violencia de su desesperaci贸n, sin dejar de mirar la rubia cabeza inclinada. De pronto se irgui贸 la joven, muy p谩lida, con un fulgor en los ojos.
-No tengo miedo -dijo con voz firme – y rogar茅 al 谩ngel que se apiade de usted.
Se levant贸 el fantasma de su asiento lanzando un d茅bil grito de alegr铆a, cogi贸 la blonda cabeza entre sus manos, con una gentileza que recordaba los tiempos pasados, y la bes贸. Sus dedos estaban fr铆os como hielo y sus labios abrasaban como el fuego, pero Virginia no flaque贸; el fantasma la gui贸 a trav茅s de la estancia sombr铆a. Sobre un tapiz, de un verde apagado, estaban bordados unos peque帽os cazadores. Soplaban en sus cuernos adornados de flecos y con sus lindas manos le hac铆an gestos de que retrocediese.
-Vuelve sobre tus pasos, Virginia. ¡Vete, vete! -gritaban.
Pero el fantasma le apretaba en aquel momento la mano con m谩s fuerza, y ella cerr贸 los ojos para no verlos. Horribles animales de colas de lagarto y de ojazos saltones parpadearon maliciosamente en las esquinas de la chimenea, mientras le dec铆an en voz baja:
-Ten cuidado, Virginia, ten cuidado. Podr铆amos no volver a verte.
Pero el fantasma apresur贸 el paso y Virginia no oy贸 nada. Cuando llegaron al extremo de la estancia el viejo se detuvo, murmurando unas palabras que ella no comprendi贸. Volvi贸 Virginia a abrir los ojos y vio disiparse el muro lentamente, como una neblina, y abrirse ante ella una negra caverna. Un 谩spero y helado viento los azot贸, sintiendo la muchacha que le tiraban del vestido.
-De prisa, de prisa -grit贸 el fantasma-, o ser谩 demasiado tarde.
Y en el mismo momento el muro se cerr贸 de nuevo detr谩s de ellos y el sal贸n de Tapices qued贸 desierto.
VI
Unos diez minutos despu茅s son贸 la campana para el t茅 y Virginia no baj贸. La se帽ora Otis envi贸 a uno de los criados a buscarla. No tard贸 en volver, diciendo que no hab铆a podido descubrir a la se帽orita Virginia por ninguna parte. Como la muchacha ten铆a la costumbre de ir todas las tardes al jard铆n a recoger flores para la cena, la se帽ora Otis no se inquiet贸 en lo m谩s m铆nimo. Pero sonaron las seis y Virginia no aparec铆a. Entonces su madre se sinti贸 seriamente intranquila y envi贸 a sus hijos en su busca, mientras ella y su marido recorr铆an todas las habitaciones de la casa. A las seis y media volvieron los gemelos, diciendo que no hab铆an encontrado huellas de su hermana por ninguna parte. Entonces se conmovieron todos extraordinariamente, y nadie sab铆a qu茅 hacer, cuando el se帽or Otis record贸 de repente que pocos d铆as antes hab铆an permitido acampar en el parque a una tribu de gitanos. As铆 es que sali贸 inmediatamente para Blackfell-Hollow, acompa帽ado de su hijo mayor y de dos de sus criados de la granja. El duquesito de Cheshire, completamente loco de inquietud, rog贸 con insistencia a el se帽or Otis que lo dejase acompa帽arlo, mas 茅ste se neg贸 temiendo alg煤n jaleo. Pero cuando lleg贸 al sitio en cuesti贸n vio que los gitanos se hab铆an marchado. Se dieron prisa a huir, sin duda alguna, pues el fuego ard铆a todav铆a y quedaban platos sobre la hierba. Despu茅s de mandar a Washington y a los dos hombres que registrasen los alrededores, se apresur贸 a regresar y envi贸 telegramas a todos los inspectores de Polic铆a del condado, rog谩ndoles que buscasen a una joven raptada por unos vagabundos o gitanos. Luego hizo que le trajeran su caballo, y despu茅s de insistir para que su mujer y sus tres hijos se sentaran a la mesa, parti贸 con un criado por el camino de Ascot. Hab铆a recorrido apenas dos millas, cuando oy贸 un galope a su espalda. Se volvi贸, viendo al duquesito que llegaba en su caballito, con la cara sofocada y la cabeza descubierta.
-Lo siento much铆simo, se帽or Otis -le dijo el joven con voz entrecortada-, pero me es imposible comer mientras Virginia no aparezca. Se lo ruego: no se enfade conmigo. Si nos hubiera permitido casarnos el a帽o 煤ltimo, no habr铆a pasado esto nunca. No me rechaza usted, ¿verdad? ¡No puedo ni quiero irme!
El ministro no pudo menos que dirigir una sonrisa a aquel mozo guapo y atolondrado, conmovid铆simo ante la abnegaci贸n que mostraba por Virginia. Inclin谩ndose sobre su caballo, le acarici贸 los hombros bondadosamente, y le dijo:
-Pues bien, Cecil: ya que insiste usted en venir, no me queda m谩s remedio que admitirle en mi compa帽铆a; pero, eso s铆, tengo que comprarle un sombrero en Ascot.
-¡Al diablo sombreros! ¡Lo que quiero es Virginia! -exclam贸 el duquesito, riendo.
Y acto seguido galoparon hasta la estaci贸n. Una vez all铆, el se帽or Otis pregunt贸 al jefe si no hab铆an visto en el and茅n de salida a una joven cuyas se帽as correspondiesen con las de Virginia, pero no averigu贸 nada sobre ella. No obstante lo cual, el jefe de la estaci贸n expidi贸 telegramas a las estaciones del trayecto, ascendentes y descendentes, y le prometi贸 ejercer una vigilancia minuciosa. En seguida, despu茅s de comprar un sombrero para el duquesito en una tienda de novedades que se dispon铆a a cerrar, el se帽or Otis cabalg贸 hasta Bexley, pueblo situado cuatro millas m谩s all谩, y que, seg煤n le dijeron, era muy frecuentado por los gitanos. Hicieron levantarse al guardia rural, pero no pudieron conseguir ning煤n dato de 茅l. As铆 es que, despu茅s de atravesar la plaza, los dos jinetes tomaron otra vez el camino de casa, llegando a Canterville a eso de las once, rendidos de cansancio y con el coraz贸n desgarrado por la inquietud. Se encontraron all铆 con Washington y los gemelos, esper谩ndolos a la puerta con linternas, porque la avenida estaba muy oscura. No se hab铆a descubierto la menor se帽al de Virginia. Los gitanos fueron alcanzados en el prado de Brockley, pero no estaba la joven entre ellos. Explicaron la prisa de su marcha diciendo que hab铆an equivocado el d铆a en que deb铆a celebrarse la feria de Chorton y que el temor de llegar demasiado tarde los oblig贸 a darse prisa. Adem谩s, parecieron desconsolados por la desaparici贸n de Virginia, pues estaban agradecid铆simos al se帽or Otis por haberles permitido acampar en su parque. Cuatro de ellos se quedaron atr谩s para tomar parte en las pesquisas. Se hizo vaciar el estanque de las carpas. Registraron la finca en todos los sentidos, pero no consiguieron nada. Era evidente que Virginia estaba perdida, al menos por aquella noche, y fue con un aire de profundo abatimiento como entraron en casa el se帽or Otis y los j贸venes, seguidos del criado, que llevaba de las bridas al caballo y al caballito. En el sal贸n se encontraron con el grupo de criados, llenos de terror. La pobre se帽ora Otis estaba tumbada sobre un sof谩 de la biblioteca, casi loca de espanto y de ansiedad, y la vieja ama de llaves le humedec铆a la frente con agua de colonia. Fue una comida trist铆sima. No se hablaba apenas, y hasta los mismos gemelos parec铆an despavoridos y consternados, pues quer铆an mucho a su hermana. Cuando terminaron, el se帽or Otis, a pesar de los ruegos del duquesito, mand贸 que todo el mundo se acostase, ya que no pod铆a hacer cosa alguna aquella noche; al d铆a siguiente telegrafiar铆a a Scotland Yard para que pusieran inmediatamente varios detectives a su disposici贸n. Pero he aqu铆 que en el preciso momento en que sal铆an del comedor sonaron las doce en el reloj de la torre. Apenas acababan de extinguirse las vibraciones de la 煤ltima campanada, cuando se oy贸 un crujido acompa帽ado de un grito penetrante. Un trueno formidable bambole贸 la casa, una melod铆a, que no ten铆a nada de terrenal, flot贸 en el aire. Un lienzo de la pared se despeg贸 bruscamente en lo alto de la escalera, y sobre el rellano, muy p谩lida, casi blanca, apareci贸 Virginia, llevando en la mano un cofrecito. Inmediatamente se precipitaron todos hacia ella. La se帽ora Otis la estrech贸 apasionadamente contra su coraz贸n. El duquesito casi la ahog贸 con la violencia de sus besos, y los gemelos ejecutaron una danza de guerra salvaje alrededor del grupo.
-¡Ah…! ¡Hija m铆a! ¿D贸nde te hab铆as metido? -dijo el se帽or Otis, bastante enfadado, creyendo que les hab铆a querido dar una broma a todos ellos-. Cecil y yo hemos registrado toda la comarca en busca tuya, y tu madre ha estado a punto de morirse de espanto. No vuelvas a dar bromitas de ese g茅nero a nadie.
-¡Menos al fantasma, menos al fantasma! -gritaron los gemelos, continuando sus cabriolas.
-Hija m铆a querida, gracias a Dios que te hemos encontrado; ya no nos volveremos a separar -murmuraba la se帽ora Otis, besando a la muchacha, toda tr茅mula, y acariciando sus cabellos de oro, que se desparramaban sobre sus hombros.
-Pap谩 -dijo dulcemente Virginia-, estaba con el fantasma. Ha muerto ya. Es preciso que vayan a verlo. Fue muy malo, pero se ha arrepentido sinceramente de todo lo que hab铆a hecho, y antes de morir me ha dado este cofrecito de hermosas joyas.
Toda la familia la contempl贸 muda y aterrada, pero ella ten铆a un aire muy solemne y muy serio. En seguida, dando media vuelta, los precedi贸 a trav茅s del hueco de la pared y bajaron a un corredor secreto. Washington los segu铆a llevando una vela encendida, que cogi贸 de la mesa. Por fin llegaron a una gran puerta de roble erizada de recios clavos. Virginia la toc贸, y entonces la puerta gir贸 sobre sus goznes enormes y se hallaron en una habitaci贸n estrecha y baja, con el techo abovedado, y que ten铆a una ventanita. Junto a una gran argolla de hierro empotrada en el muro, con la cual estaba encadenado, se ve铆a un largo esqueleto, extendido cuan largo era sobre las losas. Parec铆a estirar sus dedos descarnados, como intentando llegar a un plato y a un c谩ntaro, de forma antigua, colocados de tal forma que no pudiese alcanzarlos. El c谩ntaro hab铆a estado lleno de agua, indudablemente, pues ten铆a su interior tapizado de moho verde. Sobre el plato no quedaba m谩s que un mont贸n de polvo. Virginia se arrodill贸 junto al esqueleto, y, uniendo sus manitas, se puso a rezar en silencio, mientras la familia contemplaba con asombro la horrible tragedia cuyo secreto acababa de ser revelado.
-¡Miren! -exclam贸 de pronto uno de los gemelos, que hab铆a ido a mirar por la ventanita, queriendo adivinar de qu茅 lado del edificio ca铆a aquella habitaci贸n-. ¡Miren! El antiguo almendro, que estaba seco, ha florecido. Se ven admirablemente las hojas a la luz de la luna.
-¡Dios lo ha perdonado! -dijo gravemente Virginia, levant谩ndose. Y un magn铆fico resplandor parec铆a iluminar su rostro.
-¡Eres un 谩ngel! -exclam贸 el duquesito, ci帽茅ndole el cuello con los brazos y bes谩ndola.
VII
Cuatro d铆as despu茅s de estos curiosos sucesos, a eso de las once de la noche, sal铆a un f煤nebre cortejo de Canterville-House. El carro iba arrastrado por ocho caballos negros, cada uno de los cuales llevaba adornada la cabeza con un gran penacho de plumas de avestruz, que se balanceaban. La caja de plomo iba cubierta con un rico pa帽o de p煤rpura, sobre el cual estaban bordadas en oro las armas de los Canterville. A cada lado del carro y de los coches marchaban los criados llevando antorchas encendidas. Toda aquella comitiva ten铆a un aspecto grandioso e impresionante. Lord Canterville presid铆a el duelo; hab铆a venido del pa铆s de Gales expresamente para asistir al entierro, y ocupaba el primer coche con la peque帽a Virginia. Despu茅s iban el ministro de los Estados Unidos y su esposa, y detr谩s, Washington y los dos muchachos. En el 煤ltimo coche iba la se帽ora Umney. Todo el mundo convino en que, despu茅s de haber sido atemorizada por el fantasma por espacio de m谩s de cincuenta a帽os, ten铆a realmente derecho de verlo desaparecer para siempre. Cavaron una profunda fosa en un rinc贸n del cementerio, precisamente bajo el tejo centenario, y dijo las 煤ltimas oraciones, del modo m谩s pat茅tico, el reverendo Augusto Dampier. Luego, al bajar la caja a la fosa, Virginia se adelant贸, colocando encima de ella una gran cruz hecha con flores de almendro, blancas y rojas. En aquel momento sali贸 la luna de detr谩s de una nube e inund贸 el cementerio con sus silenciosas oleadas de plata, y de un bosquecillo cercano se elev贸 el canto de un ruise帽or. Virginia record贸 la descripci贸n que le hizo el fantasma del jard铆n de la Muerte; sus ojos se llenaron de l谩grimas y apenas pronunci贸 una palabra durante el regreso.
A la ma帽ana siguiente, antes de que lord Canterville partiese para la ciudad, la se帽ora Otis conferenci贸 con 茅l respecto de las joyas entregadas por el fantasma a Virginia. Eran soberbias, magn铆ficas. Hab铆a, sobre todo, un collar de rub铆es, en una antigua montura veneciana, que era un espl茅ndido trabajo del siglo XVI, y el conjunto representaba tal cantidad que el se帽or Otis sent铆a vivos escr煤pulos en permitir a su hija que se quedase con ellas.
-Se帽or -dijo el ministro-, s茅 que en este pa铆s se aplica la mano muerta lo mismo a los objetos menudos que a las tierras, y es evidente, evident铆simo para m铆, que estas joyas deben quedar en poder de usted como legado de familia. Le ruego, por tanto, que consienta en llev谩rselas a Londres, consider谩ndolas simplemente como una parte de su herencia que le fuera restituida en circunstancias extraordinarias. En cuanto a mi hija, no es m谩s que una chiquilla, y hasta hoy, me complace decirlo, siente poco inter茅s por estas futilezas de lujo superfluo. He sabido igualmente por la se帽ora Otis, cuya autoridad no es despreciable en cosas de arte, dicho sea de paso (pues ha tenido la suerte de pasar varios inviernos en Boston, siendo muchacha), que esas piedras preciosas tienen un gran valor monetario, y que si se pusieran en venta producir铆an una bonita suma. En estas circunstancias, lord Canterville, reconocer谩 usted, indudablemente, que no puedo permitir que queden en manos de ning煤n miembro de la familia. Adem谩s de que todas estas tonter铆as y juguetes, por muy apreciados y necesitados que sean a la dignidad de la aristocracia brit谩nica, estar铆an fuera de lugar entre personas educadas seg煤n los severos principios, pudiera decirse, de la sencillez republicana. Quiz谩 me atrever铆a a asegurar que Virginia tiene gran inter茅s en que le deje usted el cofrecito que encierra esas joyas, en recuerdo de las locuras y el infortunio del antepasado. Y como ese cofrecito es muy viejo y, por consiguiente, deteriorad铆simo, quiz谩 encuentre usted razonable acoger favorablemente su petici贸n. En cuanto a m铆, confieso que me sorprende grandemente ver a uno de mis hijos demostrar inter茅s por una cosa de la Edad Media, y la 煤nica explicaci贸n que le encuentro es que Virginia naci贸 en un barrio de Londres, al poco tiempo de regresar la se帽ora Otis de una excursi贸n a Atenas.
Lord Canterville escuch贸 imperturbable el discurso del digno ministro, atus谩ndose de cuando en cuando el bigote gris para ocultar una sonrisa involuntaria. Una vez que hubo terminado el se帽or Otis, le estrech贸 cordialmente la mano y contest贸:
-Mi querido amigo, su encantadora hijita ha prestado un servicio important铆simo a mi desgraciado antecesor. Mi familia y yo le estamos reconocid铆simos por su maravilloso valor y por la sangre fr铆a que ha demostrado. Las joyas le pertenecen, sin duda alguna, y creo, a fe m铆a, que si tuviese yo la suficiente insensibilidad para quit谩rselas, el viejo tunante saldr铆a de su tumba al cabo de quince d铆as para infernarme la vida. En cuanto a que sean joyas de familia, no podr铆an serlo sino despu茅s de estar especificadas como tales en un testamento, en forma legal, y la existencia de estas joyas permaneci贸 siempre ignorada. Le aseguro que son tan m铆as como de su mayordomo. Cuando la se帽orita Virginia sea mayor, sospecho que le encantar谩 tener cosas tan lindas que llevar. Adem谩s, se帽or Otis, olvida usted que adquiri贸 usted el inmueble y el fantasma bajo inventario. De modo que todo lo que pertenece al fantasma le pertenece a usted. A pesar de las pruebas de actividad que ha dado Sim贸n por el corredor, no por eso deja de estar menos muerto, desde el punto de vista legal, y su compra lo hace a usted due帽o de lo que le pertenec铆a a 茅l.
El se帽or Otis se qued贸 muy preocupado ante la negativa de lord Canterville, y le rog贸 que reflexionara nuevamente su decisi贸n; pero el excelente par se mantuvo firme y termin贸 por convencer al ministro de que aceptase el regalo del fantasma. Cuando, en la primavera de 1890, la duquesita de Cheshire fue presentada por primera vez en la recepci贸n de la reina, con motivo de su casamiento, sus joyas fueron motivo de general admiraci贸n. Y Virginia fue agraciada con la diadema, que se otorga como recompensa a todas las norteamericanitas juiciosas, y se cas贸 con su novio en cuanto 茅ste tuvo edad para ello. Eran ambos tan agradables y se amaban de tal modo, que a todo el mundo le encant贸 ese matrimonio, menos a la vieja marquesa de Dumbleton, que ven铆a haciendo todo lo posible por atrapar al duquesito y casarlo con una de sus siete hijas. Para conseguirlo dio al menos tres grandes comidas costos铆simas. Cosa rara: el se帽or Otis sent铆a una gran simpat铆a personal por el duquesito, pero te贸ricamente era enemigo de los t铆tulos y, seg煤n sus propias palabras, “era de temer que, entre las influencias debilitantes de una aristocracia 谩vida de placer, fueran olvidados por Virginia los verdaderos principios de la sencillez republicana”. Pero nadie hizo caso de sus observaciones, y cuando avanz贸 por la nave lateral de la iglesia de San Jorge, en Hannover Square, llevando a su hija del brazo, no hab铆a hombre m谩s orgulloso en toda Inglaterra.
Despu茅s de la luna de miel, el duque y la duquesa regresaron a Canterville-Chase, y al d铆a siguiente de su llegada, por la tarde, fueron a dar una vuelta por el cementerio solitario pr贸ximo al pinar. Al principio le preocup贸 mucho lo relativo a la inscripci贸n que deb铆a grabarse sobre la losa f煤nebre de Sim贸n, pero concluyeron por decidir que se pondr铆an simplemente las iniciales del viejo gentilhombre y los versos escritos en la ventana de la biblioteca. La duquesa llevaba unas rosas magn铆ficas, que desparram贸 sobre la tumba; despu茅s de permanecer all铆 un rato, pasaron por las ruinas del claustro de la antigua abad铆a. La duquesa se sent贸 sobre una columna ca铆da, mientras su marido, recostado a sus pies y fumando un cigarrillo, contemplaba sus lindos ojos. De pronto tir贸 el cigarrillo y, tom谩ndole una mano, le dijo:
-Virginia, una mujer no debe tener secretos con su marido.
-Y no los tengo, querido Cecil.
-S铆 los tienes -respondi贸 sonriendo-. No me has dicho nunca lo que sucedi贸 mientras estuviste encerrada con el fantasma.
-Ni se lo he dicho a nadie -replic贸 gravemente Virginia.
-Ya lo s茅; pero bien me lo podr铆as decir a m铆.
-Cecil, te ruego que no me lo preguntes. No puedo realmente dec铆rtelo. ¡Pobre Sim贸n! Le debo mucho. S铆; no te r铆as, Cecil; le debo mucho realmente. Me hizo ver lo que es la vida, lo que significa la muerte y por qu茅 el amor es m谩s fuerte que la muerte.
El duque se levant贸 para besar amorosamente a su mujer.
-Puedes guardar tu secreto mientras yo posea tu coraz贸n -dijo a media voz.
-Siempre fue tuyo.
-Y se lo dir谩s alg煤n d铆a a nuestros hijos, ¿verdad?
Virginia se ruboriz贸.
FIN

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