Chac Mool - Carlos Fuentes - Amantes de la literatura

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11.11.2022

Chac Mool - Carlos Fuentes



Hace poco tiempo, Filiberto muri贸 ahogado en Acapulco. Sucedi贸 en Semana Santa. Aunque hab铆a sido despedido de su empleo en la Secretar铆a, Filiberto no pudo resistir la tentaci贸n burocr谩tica de ir, como todos los a帽os, a la pensi贸n alemana, comer el choucrout endulzado por los sudores de la cocina tropical, bailar el S谩bado de Gloria en La Quebrada y sentirse “gente conocida” en el oscuro anonimato vespertino de la Playa de Hornos. Claro, sab铆amos que en su juventud hab铆a nadado bien; pero ahora, a los cuarenta, y tan desmejorado como se le ve铆a, ¡intentar salvar, a la medianoche, el largo trecho entre Caleta y la isla de la Roqueta! Frau M眉ller no permiti贸 que se le velara, a pesar de ser un cliente tan antiguo, en la pensi贸n; por el contrario, esa noche organiz贸 un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy p谩lido dentro de su caja, a que saliera el cami贸n matutino de la terminal, y pas贸 acompa帽ado de huacales y fardos la primera noche de su nueva vida. Cuando llegu茅, muy temprano, a vigilar el embarque del f茅retro, Filiberto estaba bajo un t煤mulo de cocos: el chofer dijo que lo acomod谩ramos r谩pidamente en el toldo y lo cubri茅ramos con lonas, para que no se espantaran los pasajeros, y a ver si no le hab铆amos echado la sal al viaje.

Chac Mool - Carlos Fuentes (Audiolibro completo)

Salimos de Acapulco a la hora de la brisa tempranera. Hasta Tierra Colorada nacieron el calor y la luz. Mientras desayunaba huevos y chorizo abr铆 el cartapacio de Filiberto, recogido el d铆a anterior, junto con sus otras pertenencias, en la pensi贸n de los M眉ller. Doscientos pesos. Un peri贸dico derogado de la ciudad de M茅xico. Cachos de loter铆a. El pasaje de ida -¿s贸lo de ida? Y el cuaderno barato, de hojas cuadriculadas y tapas de papel m谩rmol.

Me aventur茅 a leerlo, a pesar de las curvas, el hedor a v贸mitos y cierto sentimiento natural de respeto por la vida privada de mi difunto amigo. Recordar铆a -s铆, empezaba con eso- nuestra cotidiana labor en la oficina; quiz谩 sabr铆a, al fin, por qu茅 fue declinado, olvidando sus deberes, por qu茅 dictaba oficios sin sentido, ni n煤mero, ni “Sufragio Efectivo No Reelecci贸n”. Por qu茅, en fin, fue corrido, olvidaba la pensi贸n, sin respetar los escalafones.

“Hoy fui a arreglar lo de mi pensi贸n. El Licenciado, amabil铆simo. Sal铆 tan contento que decid铆 gastar cinco pesos en un caf茅. Es el mismo al que 铆bamos de j贸venes y al que ahora nunca concurro, porque me recuerda que a los veinte a帽os pod铆a darme m谩s lujos que a los cuarenta. Entonces todos est谩bamos en un mismo plano, hubi茅ramos rechazado con energ铆a cualquier opini贸n peyorativa hacia los compa帽eros; de hecho, libr谩bamos la batalla por aquellos a quienes en la casa discut铆an por su baja extracci贸n o falta de elegancia. Yo sab铆a que muchos de ellos (quiz谩 los m谩s humildes) llegar铆an muy alto y aqu铆, en la Escuela, se iban a forjar las amistades duraderas en cuya compa帽铆a cursar铆amos el mar brav铆o. No, no fue as铆. No hubo reglas. Muchos de los humildes se quedaron all铆, muchos llegaron m谩s arriba de lo que pudimos pronosticar en aquellas fogosas, amables tertulias. Otros, que parec铆amos prometerlo todo, nos quedamos a la mitad del camino, destripados en un examen extracurricular, aislados por una zanja invisible de los que triunfaron y de los que nada alcanzaron. En fin, hoy volv铆 a sentarme en las sillas modernizadas -tambi茅n hay, como barricada de una invasi贸n, una fuente de sodas- y pretend铆 leer expedientes. Vi a muchos antiguos compa帽eros, cambiados, amn茅sicos, retocados de luz ne贸n, pr贸speros. Con el caf茅 que casi no reconoc铆a, con la ciudad misma, hab铆an ido cincel谩ndose a ritmo distinto del m铆o. No, ya no me reconoc铆an; o no me quer铆an reconocer. A lo sumo -uno o dos- una mano gorda y r谩pida sobre el hombro. Adi贸s viejo, qu茅 tal. Entre ellos y yo mediaban los dieciocho agujeros del Country Club. Me disfrac茅 detr谩s de los expedientes. Desfilaron en mi memoria los a帽os de las grandes ilusiones, de los pron贸sticos felices y, tambi茅n todas las omisiones que impidieron su realizaci贸n. Sent铆 la angustia de no poder meter los dedos en el pasado y pegar los trozos de alg煤n rompecabezas abandonado; pero el arc贸n de los juguetes se va olvidando y, al cabo, ¿qui茅n sabr谩 d贸nde fueron a dar los soldados de plomo, los cascos, las espadas de madera? Los disfraces tan queridos, no fueron m谩s que eso. Y sin embargo, hab铆a habido constancia, disciplina, apego al deber. ¿No era suficiente, o sobraba? En ocasiones me asaltaba el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de juventud debe ser la muerte; j贸venes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendr铆a que volver la mirada a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina.”

“Pepe, aparte de su pasi贸n por el derecho mercantil, gusta de teorizar. Me vio salir de Catedral, y juntos nos encaminamos a Palacio. 脡l es descre铆do, pero no le basta; en media cuadra tuvo que fabricar una teor铆a. Que si yo no fuera mexicano, no adorar铆a a Cristo y -No, mira, parece evidente. Llegan los espa帽oles y te proponen adorar a un Dios muerto hecho un co谩gulo, con el costado herido, clavado en una cruz. Sacrificado. Ofrendado. ¿Qu茅 cosa m谩s natural que aceptar un sentimiento tan cercano a todo tu ceremonial, a toda tu vida?… fig煤rate, en cambio, que M茅xico hubiera sido conquistado por budistas o por mahometanos. No es concebible que nuestros indios veneraran a un individuo que muri贸 de indigesti贸n. Pero un Dios al que no le basta que se sacrifiquen por 茅l, sino que incluso va a que le arranquen el coraz贸n, ¡caramba, jaque mate a Huitzilopochtli! El cristianismo, en su sentido c谩lido, sangriento, de sacrificio y liturgia, se vuelve una prolongaci贸n natural y novedosa de la religi贸n ind铆gena. Los aspectos caridad, amor y la otra mejilla, en cambio, son rechazados. Y todo en M茅xico es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.

“Pepe conoc铆a mi afici贸n, desde joven, por ciertas formas de arte ind铆gena mexicana. Yo colecciono estatuillas, 铆dolos, cacharros. Mis fines de semana los paso en Tlaxcala o en Teotihuac谩n. Acaso por esto le guste relacionar todas las teor铆as que elabora para mi consumo con estos temas. Por cierto que busco una r茅plica razonable del Chac Mool desde hace tiempo, y hoy Pepe me informa de un lugar en la Lagunilla donde venden uno de piedra y parece que barato. Voy a ir el domingo.

“Un guas贸n pint贸 de rojo el agua del garraf贸n en la oficina, con la consiguiente perturbaci贸n de las labores. He debido consignarlo al Director, a quien s贸lo le dio mucha risa. El culpable se ha valido de esta circunstancia para hacer sarcasmos a mis costillas el d铆a entero, todos en torno al agua. Ch…”

“Hoy domingo, aprovech茅 para ir a la Lagunilla. Encontr茅 el Chac Mool en la tienducha que me se帽al贸 Pepe. Es una pieza preciosa, de tama帽o natural, y aunque el marchante asegura su originalidad, lo dudo. La piedra es corriente, pero ello no aminora la elegancia de la postura o lo macizo del bloque. El desleal vendedor le ha embarrado salsa de tomate en la barriga al 铆dolo para convencer a los turistas de la sangrienta autenticidad de la escultura.

“El traslado a la casa me cost贸 m谩s que la adquisici贸n. Pero ya est谩 aqu铆, por el momento en el s贸tano mientras reorganizo mi cuarto de trofeos a fin de darle cabida. Estas figuras necesitan sol vertical y fogoso; ese fue su elemento y condici贸n. Pierde mucho mi Chac Mool en la oscuridad del s贸tano; all铆, es un simple bulto ag贸nico, y su mueca parece reprocharme que le niegue la luz. El comerciante ten铆a un foco que iluminaba verticalmente en la escultura, recortando todas sus aristas y d谩ndole una expresi贸n m谩s amable. Habr谩 que seguir su ejemplo.”

“Amanec铆 con la tuber铆a descompuesta. Incauto, dej茅 correr el agua de la cocina y se desbord贸, corri贸 por el piso y llego hasta el s贸tano, sin que me percatara. El Chac Mool resiste la humedad, pero mis maletas sufrieron. Todo esto, en d铆a de labores, me oblig贸 a llegar tarde a la oficina.”

“Vinieron, por fin, a arreglar la tuber铆a. Las maletas, torcidas. Y el Chac Mool, con lama en la base.”

“Despert茅 a la una: hab铆a escuchado un quejido terrible. Pens茅 en ladrones. Pura imaginaci贸n.”

“Los lamentos nocturnos han seguido. No s茅 a qu茅 atribuirlo, pero estoy nervioso. Para colmo de males, la tuber铆a volvi贸 a descomponerse, y las lluvias se han colado, inundando el s贸tano.”

“El plomero no viene; estoy desesperado. Del Departamento del Distrito Federal, m谩s vale no hablar. Es la primera vez que el agua de las lluvias no obedece a las coladeras y viene a dar a mi s贸tano. Los quejidos han cesado: vaya una cosa por otra.”

“Secaron el s贸tano, y el Chac Mool est谩 cubierto de lama. Le da un aspecto grotesco, porque toda la masa de la escultura parece padecer de una erisipela verde, salvo los ojos, que han permanecido de piedra. Voy a aprovechar el domingo para raspar el musgo. Pepe me ha recomendado cambiarme a una casa de apartamentos, y tomar el piso m谩s alto, para evitar estas tragedias acu谩ticas. Pero yo no puedo dejar este caser贸n, ciertamente es muy grande para m铆 solo, un poco l煤gubre en su arquitectura porfiriana. Pero es la 煤nica herencia y recuerdo de mis padres. No s茅 qu茅 me dar铆a ver una fuente de sodas con sinfonola en el s贸tano y una tienda de decoraci贸n en la planta baja.”

“Fui a raspar el musgo del Chac Mool con una esp谩tula. Parec铆a ser ya parte de la piedra; fue labor de m谩s de una hora, y s贸lo a las seis de la tarde pude terminar. No se distingu铆a muy bien la penumbra; al finalizar el trabajo, segu铆 con la mano los contornos de la piedra. Cada vez que lo repasaba, el bloque parec铆a reblandecerse. No quise creerlo: era ya casi una pasta. Este mercader de la Lagunilla me ha timado. Su escultura precolombina es puro yeso, y la humedad acabar谩 por arruinarla. Le he echado encima unos trapos; ma帽ana la pasar茅 a la pieza de arriba, antes de que sufra un deterioro total.”

“Los trapos han ca铆do al suelo, incre铆ble. Volv铆 a palpar el Chac Mool. Se ha endurecido pero no vuelve a la consistencia de la piedra. No quiero escribirlo: hay en el torso algo de la textura de la carne, al apretar los brazos los siento de goma, siento que algo circula por esa figura recostada… Volv铆 a bajar en la noche. No cabe duda: el Chac Mool tiene vello en los brazos.”

“Esto nunca me hab铆a sucedido. Tergivers茅 los asuntos en la oficina, gir茅 una orden de pago que no estaba autorizada, y el Director tuvo que llamarme la atenci贸n. Quiz谩 me mostr茅 hasta descort茅s con los compa帽eros. Tendr茅 que ver a un m茅dico, saber si es mi imaginaci贸n o delirio o qu茅, y deshacerme de ese maldito Chac Mool.”

Hasta aqu铆 la escritura de Filiberto era la antigua, la que tantas veces vi en formas y memoranda, ancha y ovalada. La entrada del 25 de agosto, sin embargo, parec铆a escrita por otra persona. A veces como ni帽o, separando trabajosamente cada letra; otras, nerviosa, hasta diluirse en lo ininteligible. Hay tres d铆as vac铆os, y el relato contin煤a:

“Todo es tan natural; y luego se cree en lo real… pero esto lo es, m谩s que lo cre铆do por m铆. Si es real un garraf贸n, y m谩s, porque nos damos mejor cuenta de su existencia, o estar, si un bromista pinta el agua de rojo… Real bocanada de cigarro ef铆mera, real imagen monstruosa en un espejo de circo, reales, ¿no lo son todos los muertos, presentes y olvidados?… si un hombre atravesara el para铆so en un sue帽o, y le dieran una flor como prueba de que hab铆a estado all铆, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qu茅?… Realidad: cierto d铆a la quebraron en mil pedazos, la cabeza fue a dar all谩, la cola aqu铆 y nosotros no conocemos m谩s que uno de los trozos desprendidos de su gran cuerpo. Oc茅ano libre y ficticio, s贸lo real cuando se le aprisiona en el rumor de un caracol marino. Hasta hace tres d铆as, mi realidad lo era al grado de haberse borrado hoy; era movimiento reflejo, rutina, memoria, cartapacio. Y luego, como la tierra que un d铆a tiembla para que recordemos su poder, o como la muerte que un d铆a llegar谩, recriminando mi olvido de toda la vida, se presenta otra realidad: sab铆amos que estaba all铆, mostrenca; ahora nos sacude para hacerse viva y presente. Pens茅, nuevamente, que era pura imaginaci贸n: el Chac Mool, blando y elegante, hab铆a cambiado de color en una noche; amarillo, casi dorado, parec铆a indicarme que era un dios, por ahora laxo, con las rodillas menos tensas que antes, con la sonrisa m谩s ben茅vola. Y ayer, por fin, un despertar sobresaltado, con esa seguridad espantosa de que hay dos respiraciones en la noche, de que en la oscuridad laten m谩s pulsos que el propio. S铆, se escuchaban pasos en la escalera. Pesadilla. Vuelta a dormir… No s茅 cu谩nto tiempo pretend铆 dormir. Cuando volv铆a a abrir los ojos, a煤n no amanec铆a. El cuarto ol铆a a horror, a incienso y sangre. Con la mirada negra, recorr铆 la rec谩mara, hasta detenerme en dos orificios de luz parpadeante, en dos fl谩mulas crueles y amarillas.

“Casi sin aliento, encend铆 la luz.

“All铆 estaba Chac Mool, erguido, sonriente, ocre, con su barriga encarnada. Me paralizaron los dos ojillos casi bizcos, muy pegados al caballete de la nariz triangular. Los dientes inferiores mord铆an el labio superior, inm贸viles; s贸lo el brillo del casuel贸n cuadrado sobre la cabeza anormalmente voluminosa, delataba vida. Chac Mool avanz贸 hacia mi cama; entonces empez贸 a llover.”

Recuerdo que a fines de agosto, Filiberto fue despedido de la Secretar铆a, con una recriminaci贸n p煤blica del Director y rumores de locura y hasta de robo. Esto no lo cre铆. S铆 pude ver unos oficios descabellados, pregunt谩ndole al Oficial Mayor si el agua pod铆a olerse, ofreciendo sus servicios al Secretario de Recursos Hidr谩ulicos para hacer llover en el desierto. No supe qu茅 explicaci贸n darme a m铆 mismo; pens茅 que las lluvias excepcionalmente fuertes, de ese verano, hab铆an enervado a mi amigo. O que alguna depresi贸n moral deb铆a producir la vida en aquel caser贸n antiguo, con la mitad de los cuartos bajo llave y empolvados, sin criados ni vida de familia. Los apuntes siguientes son de fines de septiembre:

“Chac Mool puede ser simp谩tico cuando quiere, ‘…un glugl煤 de agua embelesada’… Sabe historias fant谩sticas sobre los monzones, las lluvias ecuatoriales y el castigo de los desiertos; cada planta arranca de su paternidad m铆tica: el sauce es su hija descarriada, los lotos, sus ni帽os mimados; su suegra, el cacto. Lo que no puedo tolerar es el olor, extrahumano, que emana de esa carne que no lo es, de las sandalias flamantes de vejez. Con risa estridente, Chac Mool revela c贸mo fue descubierto por Le Plongeon y puesto f铆sicamente en contacto de hombres de otros s铆mbolos. Su esp铆ritu ha vivido en el c谩ntaro y en la tempestad, naturalmente; otra cosa es su piedra, y haberla arrancado del escondite maya en el que yac铆a es artificial y cruel. Creo que Chac Mool nunca lo perdonar谩. 脡l sabe de la inminencia del hecho est茅tico.

“He debido proporcionarle sapolio para que se lave el vientre que el mercader, al creerlo azteca, le unt贸 de salsa ketchup. No pareci贸 gustarle mi pregunta sobre su parentesco con Tlaloc1, y cuando se enoja, sus dientes, de por s铆 repulsivos, se afilan y brillan. Los primeros d铆as, baj贸 a dormir al s贸tano; desde ayer, lo hace en mi cama.”

“Hoy empez贸 la temporada seca. Ayer, desde la sala donde ahora duermo, comenc茅 a o铆r los mismos lamentos roncos del principio, seguidos de ruidos terribles. Sub铆; entreabr铆 la puerta de la rec谩mara: Chac Mool estaba rompiendo las l谩mparas, los muebles; al verme, salt贸 hacia la puerta con las manos ara帽adas, y apenas pude cerrar e irme a esconder al ba帽o. Luego baj贸, jadeante, y pidi贸 agua; todo el d铆a tiene corriendo los grifos, no queda un cent铆metro seco en la casa. Tengo que dormir muy abrigado, y le he pedido que no empape m谩s la sala2.”

“El Chac inund贸 hoy la sala. Exasperado, le dije que lo iba a devolver al mercado de la Lagunilla. Tan terrible como su risilla -horrorosamente distinta a cualquier risa de hombre o de animal- fue la bofetada que me dio, con ese brazo cargado de pesados brazaletes. Debo reconocerlo: soy su prisionero. Mi idea original era bien distinta: yo dominar铆a a Chac Mool, como se domina a un juguete; era, acaso, una prolongaci贸n de mi seguridad infantil; pero la ni帽ez -¿qui茅n lo dijo?- es fruto comido por los a帽os, y yo no me he dado cuenta… Ha tomado mi ropa y se pone la bata cuando empieza a brotarle musgo verde. El Chac Mool est谩 acostumbrado a que se le obedezca, desde siempre y para siempre; yo, que nunca he debido mandar, s贸lo puedo doblegarme ante 茅l. Mientras no llueva -¿y su poder m谩gico?- vivir谩 col茅rico e irritable.”

“Hoy decid铆 que en las noches Chac Mool sale de la casa. Siempre, al oscurecer, canta una tonada chirriona y antigua, m谩s vieja que el canto mismo. Luego cesa. Toqu茅 varias veces a su puerta, y como no me contest贸, me atrev铆 a entrar. No hab铆a vuelto a ver la rec谩mara desde el d铆a en que la estatua trat贸 de atacarme: est谩 en ruinas, y all铆 se concentra ese olor a incienso y sangre que ha permeado la casa. Pero detr谩s de la puerta, hay huesos: huesos de perros, de ratones y gatos. Esto es lo que roba en la noche el Chac Mool para sustentarse. Esto explica los ladridos espantosos de todas las madrugadas.”

“Febrero, seco. Chac Mool vigila cada paso m铆o; me ha obligado a telefonear a una fonda para que diariamente me traigan un portaviandas. Pero el dinero sustra铆do de la oficina ya se va a acabar. Sucedi贸 lo inevitable: desde el d铆a primero, cortaron el agua y la luz por falta de pago. Pero Chac Mool ha descubierto una fuente p煤blica a dos cuadras de aqu铆; todos los d铆as hago diez o doce viajes por agua, y 茅l me observa desde la azotea. Dice que si intento huir me fulminar谩: tambi茅n es Dios del Rayo. Lo que 茅l no sabe es que estoy al tanto de sus correr铆as nocturnas… Como no hay luz, debo acostarme a las ocho. Ya deber铆a estar acostumbrado al Chac Mool, pero hace poco, en la oscuridad, me top茅 con 茅l en la escalera, sent铆 sus brazos helados, las escamas de su piel renovada y quise gritar.”

“Si no llueve pronto, el Chac Mool va a convertirse otra vez en piedra. He notado sus dificultades recientes para moverse; a veces se reclina durante horas, paralizado, contra la pared y parece ser, de nuevo, un 铆dolo inerme, por m谩s dios de la tempestad y el trueno que se le considere. Pero estos reposos s贸lo le dan nuevas fuerzas para vejarme, ara帽arme como si pudiese arrancar alg煤n l铆quido de mi carne. Ya no tienen lugar aquellos intermedios amables durante los cuales relataba viejos cuentos; creo notar en 茅l una especie de resentimiento concentrado. Ha habido otros indicios que me han puesto a pensar: los vinos de mi bodega se est谩n acabando; Chac Mool acaricia la seda de la bata; quiere que traiga una criada a la casa, me ha hecho ense帽arle a usar jab贸n y lociones. Incluso hay algo viejo en su cara que antes parec铆a eterna. Aqu铆 puede estar mi salvaci贸n: si el Chac cae en tentaciones, si se humaniza, posiblemente todos sus siglos de vida se acumulen en un instante y caiga fulminado por el poder aplazado del tiempo. Pero tambi茅n me pongo a pensar en algo terrible: el Chac no querr谩 que yo asista a su derrumbe, no querr谩 un testigo…, es posible que desee matarme.”

“Hoy aprovechar茅 la excursi贸n nocturna de Chac para huir. Me ir茅 a Acapulco; veremos qu茅 puede hacerse para conseguir trabajo y esperar la muerte de Chac Mool; s铆, se avecina; est谩 canoso, abotagado. Yo necesito asolearme, nadar y recuperar fuerzas. Me quedan cuatrocientos pesos. Ir茅 a la Pensi贸n M眉ller, que es barata y c贸moda. Que se adue帽e de todo Chac Mool: a ver cu谩nto dura sin mis baldes de agua.”

Aqu铆 termina el diario de Filiberto. No quise pensar m谩s en su relato; dorm铆 hasta Cuernavaca. De ah铆 a M茅xico pretend铆 dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con alg煤n motivo sicol贸gico. Cuando, a las nueve de la noche, llegamos a la terminal, a煤n no pod铆a explicarme la locura de mi amigo. Contrat茅 una camioneta para llevar el f茅retro a casa de Filiberto, y despu茅s de all铆 ordenar el entierro.

Antes de que pudiera introducir la llave en la cerradura, la puerta se abri贸. Apareci贸 un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no pod铆a ser m谩s repulsivo; desped铆a un olor a loci贸n barata, quer铆a cubrir las arrugas con la cara polveada; ten铆a la boca embarrada de l谩piz labial mal aplicado, y el pelo daba la impresi贸n de estar te帽ido.

-Perdone… no sab铆a que Filiberto hubiera…

-No importa; lo s茅 todo. D铆gale a los hombres que lleven el cad谩ver al s贸tano.

FIN

1. Deidad azteca de la lluvia.
2. Filiberto no explica en qu茅 lengua se entend铆a con el Chac Mool.

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