De los Apeninos a los Andes - Amantes de la literatura

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10.26.2023

De los Apeninos a los Andes





Hace mucho tiempo un muchacho genov茅s, de trece a帽os, hijo de un obrero, viaj贸 desde G茅nova hasta Am茅rica s贸lo para buscar a su madre.

Ella se hab铆a ido dos a帽os antes a Buenos Aires, capital de Argentina, para ponerse al servicio de alguna casa rica y ganar as铆, en poco tiempo, el dinero necesario para levantar a la familia, la cual, por efecto de varias desgracias, hab铆a ca铆do en la pobreza y ten铆a muchas deudas. No son pocas las mujeres animosas que hacen tan largo viaje con aquel objetivo. Gracias a los buenos salarios que all铆 encuentran las personas que se dedican a servir, 茅stas vuelven a su patria, al cabo de algunos a帽os, con algunos miles de pesos.

La pobre madre hab铆a llorado l谩grimas de sangre al separarse de sus hijos, uno de dieciocho a帽os y otro de once; pero march贸 muy animada y con el coraz贸n lleno de esperanzas. El viaje fue feliz; apenas lleg贸 a Buenos Aires encontr贸 en seguida, por medio de un comerciante genov茅s, primo de su marido, establecido all铆 desde hac铆a mucho tiempo, una excelente familia del pa铆s, que le daba buen salario y la trataba bien.

Por alg煤n tiempo mantuvo con los suyos una correspondencia regular. Como hab铆an convenido entre s铆, el marido dirig铆a las cartas al primo, quien las entregaba a la mujer; 茅sta, a su vez, le daba las contestaciones para que las mandase a G茅nova, escribiendo 茅l, por su parte, algunos renglones. Ganaba ochenta pesos al mes, y como no gastaba nada en ella, enviaba a su casa, cada tres meses, una buena suma, con la cual el marido, que era un hombre de bien, iba pagando poco a poco las deudas m谩s urgentes y adquiriendo as铆 buena reputaci贸n. Entre tanto, trabajaba y estaba contento con lo que hac铆a; pero tambi茅n esperaba que su mujer volviera dentro de poco, pues la casa parec铆a que estaba como en sombra desde que ella faltaba, y el hijo menor, que quer铆a mucho a su madre, se entristec铆a y no pod铆a resignarse a su ausencia.

Pero transcurrido un a帽o desde la marcha, despu茅s de una carta breve en la que dec铆a no estar bien de salud, no se recibieron m谩s. Escribieron dos veces al primo, y 茅ste no contest贸. Escribieron, tambi茅n, a la familia del pa铆s donde estaba sirviendo la mujer; pero sospecharon que no llegar铆a la carta, porque hab铆an equivocado el nombre en el sobre, y, en efecto, no tuvieron contestaci贸n.

Temiendo una desgracia, se dirigieron al consulado italiano de Buenos Aires, pidi茅ndole que hiciese investigaciones; despu茅s de tres meses, les contest贸 el c贸nsul: a pesar del anuncio publicado en los peri贸dicos, nadie se hab铆a presentado, ni para dar noticias. Y no pod铆a suceder de otro modo, entre otras razones, por 茅sta: que con la idea de salvar el decoro de su familia, que cre铆a manchar trabajando como criada, la buena mujer no hab铆a dicho a la familia argentina su verdadero nombre.

Pasaron otros meses sin que tampoco hubiera ninguna noticia. Padre e hijos estaban consternados; el m谩s peque帽o se sent铆a oprimido por una tristeza que no pod铆a vencer. ¿Qu茅 hacer? ¿A qui茅n recurrir? La primera idea del padre fue marcharse a buscar a su mujer a Am茅rica. Pero ¿y el trabajo? ¿qui茅n sostendr铆a a sus hijos? Tampoco pod铆a marchar el hijo mayor, porque comenzaba entonces a ganar algo y era necesario para la familia. En este af谩n viv铆an, repitiendo todos los d铆as las mismas conversaciones dolorosas o mir谩ndose unos a otros en silencio. Una noche, Marcos, el m谩s peque帽o, dijo resueltamente:

-Voy a Am茅rica a buscar a mi madre.

El padre movi贸 la cabeza tristemente, y no respondi贸. Era un buen pensamiento, pero impracticable. ¡A los trece a帽os, solo, hacer un viaje a Am茅rica, cuando se necesitaba un mes para llegar! Pero el muchacho insisti贸 pacientemente. Insisti贸 aquel d铆a, el siguiente, todos los d铆as, con gran parsimonia, y razonando como un hombre.

-Otros han ido -dec铆a-, m谩s peque帽os que yo. Una vez que est茅 en el barco, llegar茅 all铆 como los dem谩s, y no tendr茅 m谩s que buscar la casa del t铆o. Como hay all谩 tantos italianos, alguno me ense帽ar谩 la calle. Encontrando al t铆o, encuentro a mi madre, y si no la encuentro, buscar茅 al c贸nsul y a la familia argentina. Haya ocurrido lo que haya ocurrido hay all铆 trabajo para todos; yo tambi茅n encontrar茅 una ocupaci贸n que me permita, al menos, ganar lo suficiente para volver a casa.

Y as铆, poco a poco, casi lleg贸 a convencer a su padre. 脡ste lo apreciaba, sab铆a que ten铆a juicio y 谩nimo, que estaba acostumbrado a las privaciones y los sacrificios, que todas estas buenas cualidades reforzaban su decisi贸n de buscar a su madre a quien adoraba. Sucedi贸 tambi茅n que cierto comandante de un buque mercante amigo de un conocido suyo, habiendo o铆do hablar del asunto, se empe帽贸 en ofrecerle, gratis, un billete de tercera clase para ir a Argentina. Entonces, despu茅s de nuevas vacilaciones, el padre consinti贸 y se decidi贸 el viaje. Llenaron de ropa un peque帽o ba煤l, le pusieron algunas liras en el bolsillo, le dieron las se帽as del t铆o, y una hermosa tarde del mes de abril lo embarcaron.

-Marcos, hijo m铆o -le dijo el padre, d谩ndole el 煤ltimo beso con l谩grimas en los ojos, sobre la escalerilla del buque que estaba por salir-: ¡Ten 谩nimo, vas con un fin santo; Dios te ayudar谩!

¡Pobre Marcos! Ten铆a coraz贸n esforzado y estaba preparado tambi茅n para las m谩s duras pruebas de aquel viaje; pero cuando vio desaparecer del horizonte la hermosa G茅nova y se encontr贸 en alta mar, sobre aquel gran nav铆o lleno de compatriotas que emigraban, solo, desconocido de todos, con aquel peque帽o ba煤l que encerraba toda su fortuna, le asalt贸 un repentino des谩nimo.

Dos d铆as permaneci贸 arrinconado en la proa, como un perro, casi sin comer y sintiendo gran necesidad de llorar. Toda clase de tristes pensamientos lo asaltaban, y el m谩s triste, el m谩s terrible era el que m谩s se apoderada de 茅l: el pensamiento de que hubiese muerto su madre. En sus sue帽os interrumpidos y penosos, ve铆a siempre la faz de un desconocido que lo miraba con aire de compasi贸n, y despu茅s le dec铆a al o铆do: ¡Tu madre ha muerto! Y entonces se despertaba ahogando un grito.

Al fin, pasado el estrecho de Gibraltar, en cuanto vio el oc茅ano Atl谩ntico, tom贸 un poco de 谩nimo y cobr贸 esperanzas. Pero fue un breve alivio. Aquel inmenso mar, igual siempre, el creciente calor, la tristeza de toda aquella pobre gente que lo rodeaba, el sentimiento de la propia soledad, volvieron a echar por tierra sus pasados br铆os.

Los d铆as se suced铆an tristes y mon贸tonos, confundi茅ndose unos con otros en la memoria, como les sucede a los enfermos. Le parec铆a que hac铆a ya un a帽o que estaba en el mar. Cada ma帽ana, al despertar, experimentaba un nuevo estupor encontr谩ndose all铆 solo, en medio de aquella inmensidad de agua, viajando hacia Am茅rica.

Los hermosos peces voladores que ca铆an a cada instante en el barco; aquellas admirables puestas de sol de los tr贸picos con esas inmensas nubes color de fuego y sangre; aquellas fosforescencias nocturnas, que hac铆an que todo el oc茅ano apareciera encendido como un mar de lava, no le hac铆an el efecto de cosas reales, sino m谩s bien de fantasmas vistos en el sue帽o.

Hubo d铆as de mal tiempo, durante los cuales permaneci贸 encerrado continuamente en el camarote, donde todo bailaba y se ca铆a, en medio de un coro espantoso de quejidos e imprecaciones, y cre铆a que hab铆a llegado su 煤ltima hora. Hubo otros d铆as de mar tranquilo y amarillento, de calor insoportable e infinitamente aburridos; horas interminables y siniestras, durante las cuales los pasajeros, encerrados, tendidos inm贸viles sobre las tablas, parec铆an muertos. Y el viaje no acababa nunca: mar y cielo, cielo y mar hoy como ayer, ma帽ana como hoy, siempre, eternamente.

Y 茅l se pasaba las horas apoyado en la borda y mirando aquel mar sin fin, aturdido, pensando vagamente en su madre hasta que los ojos se le cerraban y la cabeza se le ca铆a, rendida por el sue帽o; y entonces volv铆a a ver aquella cara desconocida que lo miraba con aire de l谩stima y le repet铆a al o铆do: ¡Tu madre ha muerto!. Y aquella voz lo despertaba sobresaltado para volver a so帽ar con los ojos abiertos y mirando el inalterable horizonte.

Veintisiete d铆as dur贸 el viaje. Pero los 煤ltimos fueron los mejores. El tiempo estaba bueno y era fresco el aire. Hab铆a entablado relaciones con un buen viejo lombardo que iba a Am茅rica a reunirse con su hijo, labrador de la ciudad de Rosario; le hab铆a contado todo lo que ocurr铆a en su casa, y el viejo, a cada instante, le repet铆a, d谩ndole palmaditas en el cuello:

-¡脕nimo, muchachito!, t煤 encontrar谩s a tu madre sana y contenta.

Aquella compa帽铆a lo animaba, y sus presentimientos, de tristes, se hab铆an tornado alegres. Sentado en la proa, al lado del viejo labrador que fumaba en pipa, bajo un hermoso cielo estrellado, en medio de grupos de emigrantes que cantaban, se representaba mil veces en su pensamiento su llegada a Buenos Aires: se ve铆a en una calle, encontraba la tienda, se echaba en brazos del t铆o: ¿C贸mo est谩 mi madre? ¿D贸nde est谩? ¡Vamos en seguida! En seguida vamos. Corr铆an juntos, sub铆an una escalera, se abr铆a una puerta… Y aqu铆 el sordo soliloquio se deten铆a, se perd铆a su imaginaci贸n en un sentimiento de inexplicable ternura que le hac铆a sacar, a escondidas, una medallita que llevaba al cuello y murmurar, bes谩ndola, sus oraciones.

El vigesimos茅ptimo d铆a despu茅s de la salida, llegaron. Era una hermosa ma帽ana de mayo cuando el buque ech贸 el ancla en el inmenso r铆o de la Plata, sobre una orilla en la cual se extiende la vasta ciudad de Buenos Aires, capital argentina. Aquel tiempo espl茅ndido le pareci贸 de buen ag眉ero. Estaba fuera de s铆 de alegr铆a y de impaciencia. ¡Su madre se hallaba a pocas millas de distancia de 茅l! ¡Dentro de pocas horas la habr铆a ya visto! ¡Y 茅l se encontraba en Am茅rica, en el Nuevo Mundo; y hab铆a tenido el atrevimiento de ir all铆 solo! Todo aquel largu铆simo viaje le parec铆a, entonces, que hab铆a pasado en un momento.

Le parec铆a haber volado, so帽ando, y haber despertado entonces. Y era tan feliz, que casi no se sorprendi贸 ni se afligi贸 cuando se registr贸 los bolsillos y se encontr贸 una sola de las dos partes en que hab铆a dividido su peque帽o tesoro, para estar seguro de no perderlo todo. Le hab铆an robado la mitad, no le quedaban m谩s que unas pocas liras; pero, ¿qu茅 le importaba ya, estando tan cerca de su madre? Con su ba煤l al hombro, pas贸, con otros muchos italianos, a un vaporcito que lo llev贸 a poca distancia de la orilla; salt贸 del vaporcito a una lancha que llevaba el nombre de Andrea Doria, desembarc贸 en el muelle, se despidi贸 de su viejo amigo lombardo y se dirigi贸 de prisa a la ciudad.

Llegado a la desembocadura de la primera calle que encontr贸, detuvo a un hombre que pasaba y le rog贸 le indicase qu茅 direcci贸n deb铆a tomar para ir a la calle de las Artes. Por casualidad, se hab铆a encontrado con un obrero italiano. 脡ste lo mir贸 con curiosidad, y le pregunt贸 si sab铆a leer. El muchacho contest贸 que s铆.

-Pues bien -le dijo el obrero, indic谩ndole la calle de que sal铆a- sube derecho, leyendo siempre los nombres de las calles en todas las esquinas y acabar谩s por encontrar la que buscas.

El muchacho le dio las gracias, y sigui贸 adelante por la calle que le indicaron.

Era una calle recta y larga, pero estrecha, flanqueada por casas bajas y blancas que parec铆an otras tantas casitas de campo; llenas de gente, de coches, de carros, que produc铆an un ruido ensordecedor; aqu铆 y all谩 se izaban inmensas banderas de varios colores en las que hab铆a escritos, en gruesos caracteres, anuncios de salidas de vapores para ciudades desconocidas. A cada instante, volvi茅ndose a derecha e izquierda, ve铆a otras calles que parec铆an tiradas a cordel, flanqueadas de casas, tambi茅n blancas y bajas, llenas de gente y de carruajes, y situadas en el mismo plano de la extensa llanura americana, semejante al horizonte del mar.

La ciudad le parec铆a infinita; cre铆a que se pod铆an pasar d铆as y semanas viendo siempre, aqu铆 y all谩, otras calles como aqu茅llas, y que toda Am茅rica estaba formada as铆. Miraba atentamente los nombres de las calles; nombres raros, que le costaba trabajo leer. A cada calle nueva que divisaba, sent铆a que le lat铆a m谩s de prisa el coraz贸n, pensando que fuese la que buscaba.

Miraba a todas las mujeres con la idea de encontrar a su madre. Vio una delante de s铆, y le dio una sacudida el coraz贸n; la alcanz贸, la mir贸: era una negra. Y segu铆a andando, apretando el paso; lleg贸 a una plazoleta, ley贸 y qued贸 como clavado en la acera. Era la calle de las Artes. Volvi贸, vio el n煤mero 117; la tienda del t铆o era el n煤mero 175. Apret贸 m谩s el paso, casi corr铆a; en el n煤mero 171 tuvo que detenerse para tornar aliento, diciendo para s铆: ¡Ah, madre m铆a! ¿Es verdad que te ver茅 dentro de un instante? Corri贸 m谩s: lleg贸 a una peque帽a tienda de quincalla. 脡sa era. Se asom贸. Vio a una se帽ora con el pelo gris y anteojos.

-¿Qu茅 quieres, ni帽o? -le pregunt贸 aqu茅lla en espa帽ol.

-¿No es 茅sta -dijo el muchacho, procurando echar fuera la voz- la tienda de Francisco Merelo?

-Francisco Merelo muri贸 -respondi贸 la se帽ora en italiano.

El chico recibi贸 una fuerte impresi贸n al o铆rlo.

-¿Cu谩ndo muri贸?

-¡Oh! Hace tiempo -respondi贸 la se帽ora-; algunos meses; tuvo malos negocios, y se fue. Dicen que se fue a Bah铆a Blanca, muy lejos de aqu铆, y muri贸 apenas lleg贸 all谩. La tienda es m铆a.

El muchacho palideci贸.

Despu茅s dijo precipitadamente:

-Merelo conoc铆a a mi madre; ella estaba aqu铆 sirviendo en casa del se帽or Mequ铆nez. S贸lo 茅l podr铆a decirme d贸nde est谩. He venido a Am茅rica a buscar a mi madre. Merelo le mandaba las cartas. Necesito encontrar a mi madre.

-Hijo m铆o -respondi贸 la se帽ora-, yo no s茅 de eso. Puedo preguntarle al muchacho del corral, que conoce al joven que le hac铆a los encargos a Merelo. Puede ser que 茅ste sepa algo.

Fue al fondo de la tienda y llam贸 al chico, que lleg贸 en seguida.

-Dime -le pregunt贸 la tendera-: ¿recuerdas si el dependiente de Merelo iba alguna vez a llevar cartas a una mujer que estaba de criada en casa de hijos del pa铆s?

-En casa del se帽or Mequ铆nez -respondi贸 el muchacho-, s铆, se帽ora, alguna vez. Al final de la calle de las Artes.

-¡Ah! ¡Gracias, se帽ora! -grit贸 Marcos-. D铆game el n煤mero…, ¿no lo sabe? H谩game acompa帽ar, acomp谩帽ame t煤 mismo en seguida, chico. A煤n tengo algunos cuartos.

Y dijo esto con tanto calor, que sin esperar la venia de la se帽ora, el muchacho respondi贸:

-Vamos -y sali贸 el primero a muy ligero paso.

Casi corriendo, sin decir una palabra, fueron hasta el fin de la largu铆sima calle; atravesaron el portal de una peque帽a casa blanca y se detuvieron delante de una hermosa reja de hierro, desde la cual se ve铆a un patio lleno de macetas de flores. Marcos toc贸 la campanilla.

Apareci贸 una se帽orita.

-Vive aqu铆 la familia Mequ铆nez ¿no es verdad? -pregunt贸 con ansiedad el muchacho.

-Aqu铆 viv铆a -respondi贸 la se帽orita, pronunciando el italiano a la espa帽ola-. Ahora vivimos nosotros, la familia Ceballos.

-¿Y a d贸nde han ido los se帽ores Mequ铆nez? -pregunt贸 Marcos, lati茅ndole el coraz贸n.

-Se han ido a C贸rdoba.

-¡C贸rdoba! -exclam贸 Marcos-; ¿d贸nde est谩 C贸rdoba? ¿Y la persona que ten铆an a su servicio? La mujer, mi madre, la criada era mi madre. ¿Se han llevado tambi茅n a mi madre?

La se帽orita lo mir贸 y dijo:

-No lo s茅. Quiz谩 lo sepa mi padre, que los vio cuando se fueron. Esp茅rate un momento.

Se fue, y volvi贸 con su padre, un se帽or alto, con la barba gris. 脡ste mir贸 fijamente un momento a aquel simp谩tico tipo de peque帽o marinero genov茅s, de cabellos rubios y nariz aguile帽a, y le pregunt贸 en mal italiano:

-¿Es genovesa tu madre?

Marcos respondi贸 que s铆.

-Pues bien; la criada genovesa se fue con ellos, estoy seguro.

-¿Y a d贸nde han ido?

-A la ciudad de C贸rdoba.

El muchacho dio un suspiro; despu茅s dijo con resignaci贸n:

-Entonces…, ir茅 a C贸rdoba.

-¡Ah, pobre ni帽o! -exclam贸 el se帽or mir谩ndolo con l谩stima-. ¡Pobre ni帽o! C贸rdoba est谩 a mil leguas de aqu铆.

Marcos se qued贸 p谩lido como un muerto y se apoy贸 con una mano en la reja.

-Veamos, veamos -dijo entonces el se帽or, movido a compasi贸n, abriendo la puerta-; entra un momento, veremos si se puede hacer algo. Si茅ntate.

Le ofreci贸 asiento, le hizo contar su historia, estuvo escuch谩ndolo muy atento y se qued贸 un rato pensativo; despu茅s le dijo con resoluci贸n:

-T煤 no tienes dinero, ¿no es verdad?

-Tengo todav铆a, pero muy poco -respondi贸 Marcos.

El se帽or estuvo pensando otros cinco minutos; despu茅s se sent贸 a una mesa, escribi贸 una carta, la cerr贸, y d谩ndosela al muchacho, le dijo:

-Oye, italianito, ve con esta carta a Boca. Es una ciudad peque帽a, medio genovesa, que est谩 a dos horas de camino de aqu铆. Todo el que te encuentre te puede indicar el camino. Ve all铆 y busca a este se帽or, al cual va dirigida la carta, y que es muy conocido. Entr茅gale esta carta. 脡l te har谩 salir ma帽ana para la ciudad de Rosario y te recomendar谩 a alguno de all铆 que podr谩 proporcionarte un medio para que sigas el viaje hasta C贸rdoba, en donde encontrar谩s a la familia Mequ铆nez y a tu madre. Entretanto, toma esto -y le dio algunos pesos-. Anda y ten 谩nimo; aqu铆 hay por todas partes compatriotas tuyos, y no te abandonar谩n. Adi贸s.

El muchacho le dijo:

-Gracias.

Sin ocurr铆rsele otras palabras, sali贸 con su cofre y, despidi茅ndose de su peque帽o gu铆a, se puso en camin贸 lentamente hacia Boca, atravesando la gran ciudad, lleno de tristeza y de estupor.

Todo lo que le sucedi贸 desde aquel momento hasta la noche del d铆a siguiente, le qued贸 despu茅s en la memoria, confuso e incierto como ensue帽os de calenturiento: ¡tan cansado, turbado y debilitado se encontraba!

Al d铆a siguiente, al anochecer, despu茅s de haber dormido la noche antes en un cuartucho de una casa de Boca, al lado de un almac茅n del muelle; despu茅s de haber pasado casi todo el d铆a sentado sobre un mont贸n de maderos, y como entre sue帽os, enfrente de millares de barcos, de lanchas y de vapores, se encontraba en la popa de una barcaza de vela, cargada de frutas, que sal铆a para la ciudad de Rosario conducida por tres robustos genoveses bronceados por el sol, cuyas voces y el dialecto querido que hablaban llev贸 algunos br铆os al 谩nimo de Marcos.

Salieron, y el viaje dur贸 tres d铆as y cuatro noches, siendo continua la admiraci贸n del peque帽o viajero. Tres d铆as y tres noches remont贸 aquel maravilloso r铆o Paran谩, en cuya comparaci贸n nuestro gran Po no es m谩s que un arroyuelo, y la extensi贸n de Italia, cuadruplicada, no alcanza a la de su curso.

El barco iba lentamente a trav茅s de aquella masa de agua inconmensurable. Pasaba por medio de largas islas, antiguos nidos de serpientes, cubiertas de 谩rboles frondosos, semejantes a bosques flotantes; y ora se deslizaba entre estrechos canales, de los cuales parec铆a que no pod铆a salir, ora desembocaba en vastas extensiones de agua, que semejaban grandes lagos tranquilos; despu茅s, saliendo de entre las islas, por los canales intrincados de un archipi茅lago, llegaba a sitios rodeados de montones inmensos de vegetaci贸n.

Reinaba profundo silencio. En largos trechos, las orillas y las aguas solitarias y vast铆simas evocaban la imagen de un r铆o desconocido, que aquel pobre barco de vela era el primero en el mundo que se aventuraba a surcar.

Mientras m谩s avanzaban, tanto m谩s aumentaba aquel inmenso r铆o. Pensaba que su madre se encontraba a煤n a gran distancia, y que la navegaci贸n deb铆a durar a帽os todav铆a. Dos veces al d铆a com铆a un poco de pan y de carne en conserva con los marineros, quienes, vi茅ndole triste, no le dirig铆an nunca la palabra.

Por la noche dorm铆a sobre cubierta, y se despertaba a cada instante bruscamente, admirando la luz clar铆sima de la luna que blanqueaba las inmensas y lejanas orillas: entonces el coraz贸n se le oprim铆a. ¡C贸rdoba!, repet铆a este nombre: C贸rdoba, como el de una de aquellas ciudades misteriosas de las que hab铆a o铆do hablar en las leyendas. Pero despu茅s pensaba: Mi madre ha pasado por aqu铆; ha visto estas islas, aquellas orillas; y entonces no le parec铆an ya tan raros y solitarios aquellos lugares en los cuales se hab铆a fijado la mirada de su madre… Por la noche alguno de los marineros cantaba. Aquella voz le recordaba las canciones de su madre cuando lo adormec铆a de ni帽o. La 煤ltima noche, al o铆r aquel canto, solloz贸. El marinero se interrumpi贸. Despu茅s le grit贸:

-¡脕nimo, chico, valor! ¡Qu茅 diablo! ¡Un genov茅s que llora por estar lejos de su casa! ¡Los genoveses atraviesan todo el mundo tan contentos como orgullosos!

Aquellas palabras le hicieron experimentar una sacudida; oy贸 la voz de sangre genovesa que corr铆a por sus venas, y levant贸 la frente con orgullo, dando un golpe en el tim贸n. Bien -dijo para s铆-; tambi茅n dar茅 yo la vuelta al mundo; viajar茅 a帽os y a帽os, andar茅 a pie centenares de leguas, seguir茅 adelante hasta que encuentre a mi madre. Llegar茅, aunque sea moribundo, para caer muerto a sus pies. ¡Con tal de que vuelva a verla una sola vez!… ¡脕nimo!… Y con estos br铆os lleg贸, al clarear una fr铆a y hermosa ma帽ana, frente a la ciudad de Rosario, situada en la ribera del Paran谩, reflej谩ndose en las aguas los palos y banderas de mil barcos de todos los pa铆ses.

Poco despu茅s de haber desembarcado, subi贸 a la ciudad, con su cofre al hombro, buscando a un se帽or argentino, para el cual su protector de Boca le hab铆a dado una tarjeta con algunas l铆neas de recomendaci贸n.

Al entrar en Rosario, le pareci贸 que se encontraba en una ciudad ya conocida. Aquellas calles eran interminables, rectas, flanqueadas de casas blancas y bajas, atravesadas en todas direcciones, por encima de los tejados, por espesas fajas de hilos telegr谩ficos y telef贸nicos, que parec铆an inmensas telara帽as, oy茅ndose gran ruido de gente, caballos y carruajes. La cabeza se le iba: casi cre铆a que volv铆a a entrar en Buenos Aires, y que iba otra vez a buscar a su t铆o. Anduvo cerca de una hora de aqu铆 para all谩, dando vueltas y revueltas, y pareci茅ndole que volv铆a siempre a la misma calle; y a fuerza de tantas preguntas encontr贸 al fin la casa de su nuevo protector. Toc贸 la campanilla. Se asom贸 a la puerta un hombre grueso, rubio, 谩spero, que ten铆a aspecto de corredor de comercio, y que le pregunt贸 fr铆amente con pronunciaci贸n extranjera:

-¿Qu茅 quieres?

El muchacho dijo el nombre del patr贸n.

-El patr贸n -respondi贸 el corredor- ha salido anoche para Buenos Aires, con toda su familia.

El muchacho se qued贸 paralizado.

Despu茅s balbuce贸:

-Pero yo… no tengo a nadie aqu铆…, ¡soy solo! -Y le dio la tarjeta.

El corredor la tom贸, la ley贸 y dijo con mal humor:

-No s茅 qu茅 hacer. Ya le dir茅 dentro de un mes, cuando vuelva…

-¡Pero yo estoy solo! ¡Estoy necesitado! -exclam贸 el chico con voz suplicante.

-¡Eh, anda -dijo el otro-; ¿no hay ya bastantes pordioseros de tu pa铆s en Rosario? Vete a pedir limosna a Italia.

Y le dio con la puerta en las narices.

El muchacho se qued贸 petrificado.

Despu茅s tom贸 con desaliento su ba煤l, y sali贸 con el coraz贸n angustiado, con la cabeza hecha una bomba, y asaltado de un c煤mulo de pensamientos desagradables.

¿Qu茅 hacer? ¿A d贸nde ir? De Rosario a C贸rdoba hay un d铆a de viaje en ferrocarril. Le quedaba ya muy poco dinero. Deduciendo lo que habr铆a de gastar en aquel d铆a, no le quedar铆a casi nada. ¿D贸nde encontrar dinero para pagarse el viaje? ¡Pod铆a trabajar! Pero ¿c贸mo? ¿A qui茅n pedir trabajo? ¡Pedir limosna! ¡Ah, no! Ser arrojado, insultado, humillado como hace poco, no; nunca, jam谩s, ¡prefiero morir! Y ante aquella idea, al ver otra vez delante de s铆 la inmensa calle que se perd铆a a lo lejos en la interminable llanura, sinti贸 que le faltaban otra vez las fuerzas, ech贸 a tierra el cofre, se sent贸 en 茅l apoyando la espalda contra la pared, y se cubri贸 la cara con las manos, sin llorar, en actitud desconsolada. La gente lo tocaba con los pies al pasar; los carruajes hac铆an ruido por la calle; algunos muchachos se deten铆an para mirarlo. Estuvo as铆 buen rato.

De su letargo lo sac贸 una voz que le dijo medio en italiano, medio en lombardo:

-¿Qu茅 tienes, chiquillo?

Alz贸 la cara al o铆r aquellas palabras, y en seguida se puso en pie, lanzando una exclamaci贸n de sorpresa:

-¿Usted aqu铆?

Era el viejo labrador lombardo, con el cual hab铆a contra铆do amistad durante el viaje.

La admiraci贸n del viejo no fue menor que la suya.

Pero el muchacho no le dej贸 tiempo para preguntarle, y le cont贸 r谩pidamente lo ocurrido.

-Heme aqu铆 ahora, sin dinero; es menester que trabaje; b煤squeme usted trabajo para poder reunir algunos pesos; yo har茅 de todo: llevar ropa, barrer las calles, hacer encargos, hasta trabajar en el campo; me contento con vivir solo de pan; pero que pueda yo marchar pronto, que pueda encontrar alguna vez a mi madre; ¡h谩game usted esta caridad, b煤squeme usted trabajo, por amor de Dios, que yo no puedo resistir m谩s!

-¡C谩spita, c谩spita! -dijo el viejo, mirando alrededor y rasc谩ndose la barba-: ¿Qu茅 historia es 茅sta? Trabajar… se dice muy pronto. ¡Veamos! ¿No habr谩 aqu铆 alg煤n medio de encontrar treinta pesos entre tantos compatriotas?

El muchacho lo miraba, animado por un rayo de esperanza.

-Ven conmigo -le dijo el viejo.

-¿D贸nde? -pregunt贸 el chico, volviendo a cargar con el ba煤l.

-Ven conmigo.

El viejo se puso en marcha. Marcos lo sigui贸 y anduvieron juntos un buen trecho de calle, sin hablar.

El lombardo se detuvo en la puerta de una fonda que ten铆a en el r贸tulo una estrella, y escrito debajo: La Estrella de Italia; se asom贸 adentro, y volvi茅ndose hacia el muchacho, le dijo alegremente:

-Llegamos a tiempo.

Entraron en una habitaci贸n grande, en donde hab铆a varias mesas y muchos hombres sentados que beb铆an y hablaban alto. El viejo lombardo se acerc贸 a la primera mesa, y en el modo c贸mo salud贸 a los seis parroquianos que estaban a su alrededor, se comprend铆a que se hab铆a separado de ellos poco antes. Estaban muy encarnados, y hac铆an sonar sus vasos, voceando y riendo.

-¡Camaradas! -dijo sin m谩s pre谩mbulos el lombardo, qued谩ndose en pie y presentando a Marcos-: he aqu铆 un pobre muchacho, compatriota nuestro, que ha venido solo, desde G茅nova a Buenos Aires, para buscar a su madre. En Buenos Aires le dijeron: No est谩 aqu铆; est谩 en C贸rdoba. Viene embarcado a Rosario, en tres d铆as y cuatro noches, con dos l铆neas de recomendaci贸n; presenta la carta, lo reciben mal. No tiene un c茅ntimo. Est谩 aqu铆 solo, desesperado. Es un pobre ni帽o muy animoso. Hagamos algo por 茅l; ¿no ha de encontrar lo necesario para pagar el billete hasta C贸rdoba y buscar a su madre? ¿Hemos de dejarle aqu铆 como un perro?

-¡Nunca, por Dios! ¡Nunca nos lo perdonar铆amos! -gritaron todos a la vez, pegando pu帽etazos en la mesa-. ¡Un compatriota nuestro!

-¡Ven aqu铆, peque帽o!

-¡Cuenta con nosotros, los emigrantes!

-¡Mira qu茅 hermoso muchacho!

-¡Aflojen los pesos, camaradas!

-¡Bravo! ¡Ha venido solo! ¡Tiene 谩nimos! Bebe un sorbo, compatriota.

-Te enviaremos con tu madre, no hay que dudarlo.

Uno le tiraba un pellizco en la mejilla, otro le daba palmadas en la espalda, un tercero le aliviaba del peso del cofrecillo; otros emigrantes se levantaron de las mesas pr贸ximas y se acercaban; la historia del muchacho corri贸 por toda la hoster铆a; acudieron de la habitaci贸n inmediata tres parroquianos argentinos, y, en menos de diez minutos, el lombardo, que presentaba el sombrero, le reuni贸 cuarenta y dos pesos.

-¿Has visto -dijo entonces, volvi茅ndose hacia el muchacho- qu茅 pronto se hace esto en Am茅rica?

-¡Bebe! -le grit贸 otro, pas谩ndole un vaso de vino-. ¡A la salud de tu madre!

Todos levantaron los vasos. Y Marcos repiti贸:

-A la salud de mi… -pero un sollozo de alegr铆a le impidi贸 concluir, y dejando el vaso sobre la mesa, se ech贸 en brazos del viejo lombardo.

A la ma帽ana siguiente, al romper el d铆a, hab铆a ya salido para C贸rdoba, animado y sonriente, lleno de presentimientos halag眉e帽os. Pero esta alegr铆a no correspond铆a al aspecto siniestro de la naturaleza.

El cielo estaba cerrado y oscuro; el tren, casi vac铆o, corr铆a a trav茅s de una inmensa llanura, en la que no se ve铆a ninguna se帽al de habitaci贸n. Se encontraba solo en un vag贸n grand铆simo, que se parec铆a a los de los trenes para los heridos. Miraba a derecha e izquierda y no se ve铆a m谩s que una soledad sin fin, ocupada s贸lo por peque帽os 谩rboles deformes, de ramas y troncos contrahechos, que ofrec铆an figuras raras y casi angustiosas y airadas; una vegetaci贸n oscura, extra帽a y triste, que daba a la llanura el aspecto de inmenso cementerio.

Dormitaba una media hora, y volv铆a a mirar; siempre ve铆a el mismo espect谩culo. Las estaciones del camino estaban solitarias, como casas de ermita帽os; y cuando el tren se paraba no se o铆a una voz; le parec铆a que se encontraba solo, en un tren perdido, abandonado en medio del desierto.

Cre铆a que cada estaci贸n deb铆a ser la 煤ltima, y que se entraba, despu茅s de ella, en las tierras misteriosas y horribles de los salvajes. Una brisa helada le azotaba el rostro. Embarc谩ndolo en G茅nova a fines de abril, su familia no hab铆a pensado que en Am茅rica podr铆a encontrar el invierno, y le hab铆an vestido de verano

Al cabo de algunas horas comenz贸 a sentir fr铆o, y con el fr铆o, el cansancio de los d铆as pasados, llenos de emociones violentas y de noches de insomnio y agitadas. Se durmi贸; durmi贸 mucho tiempo y se despert贸 aterido, sinti茅ndose mal. Y entonces le acometi贸 un vago terror de caer enfermo, de morirse en el viaje y de ser arrojado all铆, en medio de aquella llanura solitaria, donde su cad谩ver ser铆a despedazado por los perros y por las aves de rapi帽a, como algunos cuerpos de caballos y de vacas que ve铆a al lado del camino, de vez en cuando, y de los cuales apartaba la mirada con espanto.

En aquel malestar inquieto, en medio de aquel t茅trico silencio de la naturaleza, su imaginaci贸n se excitaba y volv铆a a pensar en lo m谩s negro. ¿Estaba, por otra parte, bien seguro de encontrar en C贸rdoba a su madre? ¿Y si no estuviera all铆? ¿Y si aquellos se帽ores de la calle de las Artes se hubieran equivocado? ¿Y si se hubiese muerto? Con estos pensamientos volvi贸 a adormecerse y so帽贸 que estaba en C贸rdoba de noche, y o铆a gritar en todas las puertas y desde todas las ventanas: ¡No est谩 aqu铆! ¡No est谩 aqu铆! ¡No est谩 aqu铆! Se despert贸 sobresaltado, aterido, y vio en el fondo del vag贸n a tres hombres con barba envueltos en mantas de diferentes colores, que lo miraban hablando bajo entre s铆, y le asalt贸 la sospecha de que fuesen asesinos y lo quisiesen matar para robarle el equipaje.

Al fr铆o, al malestar, se agreg贸 el miedo; la fantas铆a, ya turbada, se le extravi贸 -los tres hombres lo miraban siempre; uno de ellos se movi贸 hacia 茅l-; entonces le falt贸 la raz贸n, y corriendo al encuentro de ellos, con los brazos abiertos, grit贸:

-No tengo nada. Soy un pobre ni帽o. Vengo de Italia; voy a buscar a mi madre; estoy solo; ¡no me hagan da帽o!

Los viajeros lo comprendieron todo en seguida; tuvieron l谩stima, le hicieron caricias y lo tranquilizaron, dici茅ndole muchas palabras, que no entend铆a; y viendo que le casta帽eteaban los dientes por el fr铆o, le echaron encima una de sus mantas y le hicieron volver a sentarse para que se durmiera. Y se volvi贸 a dormir al anochecer. Cuando lo despertaron, estaba en C贸rdoba.

¡Ah! ¡Qu茅 bien respir贸 y con qu茅 铆mpetu se baj贸 del vag贸n! Pregunt贸 a un empleado de la estaci贸n d贸nde viv铆a el ingeniero Mequ铆nez; le dijo el nombre de una iglesia, al lado de la cual estaba su casa; el muchacho ech贸 a correr hacia ella. Era de noche. Entr贸 en la ciudad. Le pareci贸 entrar en Rosario otra vez, al ver calles rectas, flanqueadas de peque帽as casas blancas y cortadas por otras calles rectas y largu铆simas. Pero hab铆a poca gente, y a la luz de los escasos faroles que hab铆a, encontraba rostros extra帽os, de un color desconocido, entre negruzco y verdoso; y, alzando la cara de vez en cuando, ve铆a iglesias de una arquitectura rara, que se dibujaban muy grandes y negras sobre el firmamento. La ciudad estaba oscura y silenciosa; pero despu茅s de haber atravesado aquel inmenso desierto, le pareci贸 alegre. Pregunt贸 a un sacerdote, y pronto encontr贸 la iglesia y la casa; toc贸 la campanilla con mano temblorosa, y se apret贸 la otra contra el pecho, para sostener los latidos de su coraz贸n que se le quer铆a subir a la garganta.

Una vieja fue a abrir con una luz en la mano.

-¿A qui茅n buscas? -pregunt贸 aqu茅lla en espa帽ol.

-Al ingeniero Mequ铆nez -dijo Marcos.

La vieja, despechada, respondi贸, meneando la cabeza:

-¡Tambi茅n t煤 ahora preguntas por el ingeniero Mequ铆nez! Me parece que ya es tiempo de que esto concluya. Ya hace tres meses que nos importunan con lo mismo. No basta que lo hayamos dicho en los peri贸dicos. ¿Ser谩 menester anunciar en las esquinas que el se帽or Mequ铆nez se ha ido a vivir a Tucum谩n?

El chico hizo un movimiento de desesperaci贸n. Despu茅s dijo en una explosi贸n de rabia:

-¡Me persigue, pues, una maldici贸n! Yo me morir茅 en medio de la calle sin encontrar a mi madre. ¡Yo me vuelvo loco! ¡Me mato! ¡Dios m铆o! ¿C贸mo se llama ese lugar? ¿D贸nde est谩? ¿A qu茅 distancia?

-¡Pobre ni帽o! -respondi贸 la vieja, compadecida-. ¡Una friolera! Estar谩 a cuatrocientas o quinientas leguas, por lo menos.

El muchacho se cubri贸 la cara con las manos; despu茅s pregunt贸 sollozando:

-Y ahora…. ¿qu茅 hago?

-¿Qu茅 quieres que te diga, hijo m铆o? -respondi贸 la mujer-; yo no s茅.

Pero de pronto se le ocurri贸 una idea, y la solt贸 en seguida.

-Oye, ahora que me acuerdo. Haz una cosa. Volviendo a la derecha, por la calle, encontrar谩s, a la tercera puerta, un patio; all铆 vive un capataz, un comerciante, que parte ma帽ana para Tucum谩n con sus carretas y sus bueyes; ve a ver si te quiere llevar, ofreci茅ndole tus servicios; te dejar谩, quiz谩s, un sitio en el carro; anda en seguida.

El muchacho carg贸 con su cofre, dio las gracias a escape, y al cabo de dos minutos se encontr贸 en un ancho patio, alumbrado por linternas, donde varios hombres trabajaban en cargar sacos de trigo sobre algunos grandes carros, semejantes a casetas de titiriteros, con la cubierta curvada y las ruedas alt铆simas.

Un hombre alto, con bigote, envuelto en una especie de capa con cuadros blancos y negros, con dos anchos borcegu铆es, dirig铆a la faena. El muchacho se acerc贸 a 茅l y le expuso t铆midamente su pretensi贸n, dici茅ndole que ven铆a de Italia y que iba a buscar a su madre.

El capataz, es decir, el conductor de aquel convoy de carros, le ech贸 una ojeada de pies a cabeza y le dijo secamente:

-No tengo colocaci贸n para ti.

-Tengo quince pesos -replic贸 el chico, suplicante-; se los doy. Trabajar茅 por el camino. Ir茅 a buscar agua y pienso para las bestias; har茅 todos los servicios. Un poco de pan me basta. D茅jeme ir, se帽or.

El capataz volvi贸 a mirarlo, y respondi贸, con mejor 谩nimo:

-No hay sitio…, y, adem谩s, no vamos a Tucum谩n; vamos a otra ciudad, a Santiago. Tendr铆amos que dejarte en el camino, y andar todav铆a un buen trecho a pie.

-¡Ah! ¡Yo andar铆a el doble! -exclam贸 Marcos-; yo andar茅, no lo dude usted; llegar茅 de todas maneras; ¡d茅jeme un sitio, se帽or, por caridad; por caridad, no me deje aqu铆 solo!

-¡Mira que es un viaje de veinte d铆as!

-No importa.

-¡Es un viaje muy penoso!

-Todo lo sufrir茅.

-¡Tendr谩s que viajar solo!

-No tengo miedo a nada. Con tal de que encuentre a mi madre… ¡Tenga usted compasi贸n!

El capataz le acerc贸 a la cara una linterna, y lo mir贸. Despu茅s dijo:

-Est谩 bien.

El muchacho le bes贸 las manos.

-Esta noche dormir谩s en un carro -a帽adi贸 el capataz, dej谩ndolo-; ma帽ana a las cuatro te despertar茅. Buenas noches.

Por la ma帽ana a las cuatro, a la luz de las estrellas, la larga fila de los carros se puso en movimiento con gran ruido; cada carro iba tirado por seis bueyes. Segu铆a un gran n煤mero de animales, que servir铆an para mudar los tiros. El muchacho, despierto y metido dentro de uno de los carros, con su bagaje, se durmi贸 muy pronto, profundamente. Cuando se despert贸, el convoy estaba detenido en un lugar solitario, bajo el sol, y todos los hombres, los peones, estaban sentados en c铆rculo alrededor de un cuarto de ternera, que se asaba al aire libre, clavado en una especie de espad贸n plantado en tierra, al lado de un gran fuego, agitado por el viento.

Comieron todos juntos, durmieron, y despu茅s volvieron a emprender la jornada; y as铆 continu贸 el viaje regulado, como una marcha militar. Todas las ma帽anas se pon铆an en camino a las cinco; se deten铆an a las nueve; volv铆an a andar a las cinco de la tarde y se deten铆an nuevamente a las diez. Los peones iban a caballo, y excitaban a los bueyes con palos largos. El muchacho encend铆a el fuego para el asado, daba de comer a las bestias, limpiaba los faroles y llevaba el agua para beber.

El pa铆s pasaba delante de 茅l como una visi贸n fant谩stica: vastos bosques de peque帽os 谩rboles oscuros; aldeas de pocas casas, dispersas, con las fachadas rojas y almenadas; vast铆simos espacios, quiz谩 antiguos lechos de grandes lagos salados, blanqueados por la sal, hasta donde alcanzaba la vista; y por todas partes, y siempre, llanura, soledad, silencio. Rar铆sima vez encontraban dos o tres viajeros a caballo, seguidos de otros cuantos caballos sueltos, que pasaban al galope, como una exhalaci贸n.

Los d铆as eran todos iguales, como en el mar, sombr铆os e interminables. Pero el tiempo estaba hermoso. Los peones, como el muchacho se hab铆a hecho un servidor obligado, se tornaban d铆a tras d铆a m谩s exigentes; algunos lo trataban brutalmente, con amenazas; todos se hac铆an servir de 茅l sin consideraci贸n; lo obligaban a llevar cargas enormes de forraje; lo mandaban por agua a grandes distancias; y 茅l, extenuado por la fatiga, no pod铆a ni aun dormir de noche, despertando a cada instante por las sacudidas violentas del carro y por el ruido ensordecedor de las ruedas y de los maderos. Adem谩s, se hab铆a levantado viento y una tierra fina, rojiza y sucia, que lo envolv铆a todo, penetraba en el carro, se le introduc铆a por entre la ropa, le quitaba la vista y la respiraci贸n, oprimi茅ndolo continuamente de un modo insoportable.

Extenuado por la fatiga y el insomnio, roto y sucio, reprendido y maltratado desde la ma帽ana hasta la noche, el pobre muchacho se debilitaba m谩s cada d铆a, y habr铆a deca铆do su 谩nimo por completo si el capataz no le hubiera dirigido de vez en cuando alguna palabra agradable. A veces, en un rinc贸n del carro, cuando no lo ve铆an, lloraba con la cara apoyada en su ba煤l, que no conten铆a ya m谩s que andrajos. Cada ma帽ana se levantaba m谩s d茅bil y m谩s desanimado, y al mirar al campo y ver siempre aquella implacable llanura sin l铆mites, como un oc茅ano de tierra, dec铆a para s铆:

¡Oh, a la noche no llego, no llego a la noche! ¡Hoy me muero en el camino! Y los trabajos crec铆an, los malos tratamientos se redoblaban. Una ma帽ana, porque hab铆a tardado en llevar el agua, uno de los hombres, no estando presente el capataz, le peg贸. Desde entonces comenzaron a hacerlo por costumbre; cuando le mandaban algo, le daban un trastazo, dici茅ndole: ¡Haz esto, holgaz谩n!, ¡Lleva esto a tu madre! El coraz贸n se le quer铆a salir del pecho; enfermo, estuvo tres d铆as en el carro con una manta encima, con calentura, sin ver a nadie m谩s que al capataz, que iba a darle de beber y a tomarle el pulso. Entonces se cre铆a perdido e invocaba desesperadamente a su madre, llam谩ndola mil veces por su nombre: ¡Oh madre m铆a! ¡Madre m铆a!… ¡Oh pobre madre m铆a, que ya no te ver茅 m谩s! ¡Pobre madre, que me encontrar谩s muerto en medio del camino! Juntaba las manos sobre el pecho y rezaba. Despu茅s se puso mejor, gracias a los cuidados del capataz, y se cur贸 por completo; mas con la curaci贸n lleg贸 el d铆a m谩s terrible de su viaje, el d铆a en que deb铆a quedarse solo.

Hac铆a m谩s de dos semanas que estaban de marcha. Cuando llegaron al punto en que el camino de Tucum谩n se aparta del que va a Santiago, el capataz le avis贸 que deb铆an separarse. Le hizo algunas indicaciones respecto al trayecto, le carg贸 el equipaje sobre las espaldas, de modo que no le incomodase para andar, y abreviando, como si temiera conmoverse, lo despidi贸. El muchacho apenas tuvo tiempo para besarle en un brazo. Tambi茅n los dem谩s hombres, que tan duramente lo hab铆an tratado, parece que sintieron un poco de l谩stima al verlo quedarse tan solo, y le dec铆an adi贸s con la mano, al alejarse. 脡l devolvi贸 el saludo, permaneci贸 unos momentos mirando el convoy que se perd铆a entre el rojizo polvo del campo, y despu茅s se puso en camino, tristemente.

Una cosa, sin embargo, lo anim贸 algo desde el principio. Despu茅s de tres d铆as de viaje, a trav茅s de aquella llanura, interminable y siempre igual, vio delante de s铆 una cadena de alt铆simas monta帽as azules, con las cimas blancas, que le recordaban los Alpes. Le parec铆a acercarse a su pa铆s. Eran los Andes, la espina dorsal del continente americano, la inmensa cadena que se extiende desde la Tierra del Fuego hasta el mar glacial del Polo 脕rtico, por 110 grados de latitud.

Tambi茅n lo animaba sentir que el aire se iba haciendo cada vez m谩s c谩lido; y esto suced铆a porque, marchando hacia el norte, se iba acercando a las regiones tropicales. A grandes distancias encontraba peque帽os grupos de casas con una tiendecilla, y compraba algo para comer. Encontraba hombres a caballo; ve铆a, de vez en cuando, mujeres y ni帽os sentados en el suelo, inm贸viles y serios. Eran caras completamente nuevas para 茅l, color de tierra, con los ojos oblicuos, los huesos de las mejillas prominentes. Lo miraban fijo y lo segu铆an con la mirada, volviendo la cabeza lentamente, como aut贸matas. Eran indios.

El primer d铆a anduvo hasta que le faltaron las fuerzas, y durmi贸 debajo de un 谩rbol. El segundo anduvo bastante menos, y con menos 谩nimos. Ten铆a las botas rotas, los pies desollados y el est贸mago d茅bil por la mala alimentaci贸n. En la noche empezaba a tener miedo. Hab铆a o铆do decir, en Italia, que en aquel pa铆s hab铆a serpientes; cre铆a o铆rlas arrastrarse; se deten铆a, tomaba luego carrera y sent铆a fr铆o en los huesos. A veces sent铆a una gran l谩stima de s铆 mismo, y lloraba en silencio, mientras caminaba. Despu茅s pensaba: ¡Oh, cu谩nto sufrir铆a mi madre si supiese que tengo tanto miedo! Y este pensamiento le daba 谩nimos. Luego, para distraerse del terror, pensaba en ella, tra铆a a su mente sus palabras cuando sali贸 de G茅nova, y el modo como le sol铆a arreglar las mantas bajo la barbilla, cuando estaba en la cama; y cuando era ni帽o, que a veces lo cog铆a en sus brazos, dici茅ndole: ¡Estate aqu铆 un poco conmigo!; y estaba as铆 mucho tiempo, con la cabeza apoyada sobre la suya y entregada a sus pensamientos. Y dec铆a para s铆:

¿Volver茅 a verte alguna vez, madre querida? ¿Llegar茅 al fin de mi viaje, madre m铆a? Y andaba; andaba, en medio de 谩rboles desconocidos, entre vastas plantaciones de ca帽as de az煤car, por prados sin fin, siempre con aquellas grandes monta帽as azules por delante, que cortaban el sereno cielo con sus alt铆simos conos. Pasaron cuatro d铆as, cinco, una semana. Las fuerzas le iban faltando r谩pidamente, y los pies le sangraban. Al fin, una tarde, al ponerse el sol, le dijeron:

-Tucum谩n est谩 a cinco leguas de aqu铆.

Dio un grito de alegr铆a y apret贸 el paso, como si hubiese recobrado en el momento todo el vigor perdido. Pero fue breve ilusi贸n. Las fuerzas lo abandonaron de nuevo, y cay贸 extenuado a la orilla de una zanja. Mas el coraz贸n le saltaba de gozo. El cielo, cubierto de estrellas, nunca le hab铆a parecido tan hermoso. Lo contemplaba, echado sobre la hierba para dormir, y pensaba que su madre mirar铆a quiz谩 tambi茅n al mismo tiempo el cielo: ¡Oh madre m铆a! ¿D贸nde est谩s? ¿Qu茅 haces en este instante? ¿Piensas en tu hijo? ¿Te acuerdas de tu Marcos, que est谩 tan cerca de ti?

¡Pobre Marcos! Si 茅l hubiese podido ver en qu茅 estado se encontraba entonces su madre, hubiera hecho esfuerzos sobrehumanos para caminar a煤n, y llegar hasta ella cuanto antes. Estaba enferma en la cama, en un cuarto de un piso bajo de la casita solariega donde viv铆a toda la familia Mequ铆nez, la cual le hab铆a tomado mucho cari帽o y la asist铆a muy bien.

La pobre mujer estaba ya delicada cuando el ingeniero Mequ铆nez tuvo que salir precipitadamente de Buenos Aires, y no se hab铆a mejorado del todo con el buen clima de C贸rdoba. Pero despu茅s, el no haber recibido contestaci贸n a sus cartas, del marido ni del primo, el presentimiento siempre vivo de alguna gran desgracia, la ansiedad continua en que viv铆a, dudando entre marchar y quedarse, cada d铆a esperando una mala noticia, la hab铆an hecho empeorar considerablemente. Por 煤ltimo, se hab铆a presentado una enfermedad grav铆sima: una hernia intestinal estrangulada.

Desde hac铆a quince d铆as no se levantaba. Era necesaria una operaci贸n quir煤rgica para salvarle la vida. Precisamente, en aquel momento, mientras su Marcos la invocaba, estaban junto a su cama el amo y el ama de la casa convenci茅ndola, con mucha dulzura, para que se dejase hacer la operaci贸n.

Un afamado m茅dico de Tucum谩n hab铆a ya venido la semana anterior, in煤tilmente.

-No, queridos se帽ores -dec铆a ella-, no tiene objeto; yo no tengo ya m谩s fuerza para resistir, y morir茅 bajo los instrumentos del cirujano. Mejor es que me dejen morir as铆. No me importa la vida. Todo ha concluido para m铆. Es preferible que muera antes de saber lo que haya ocurrido en mi familia.

Los due帽os volv铆an a decirle que no, que tuviese valor, que las 煤ltimas cartas enviadas a G茅nova directamente tendr铆an respuesta, que se dejase operar, que lo hiciese por sus hijos. Pero aquella idea de sus hijos agravaba m谩s y m谩s, con mayor angustia, el desaliento profundo que la postraba hac铆a largo tiempo. Al o铆r aquellas palabras, prorrump铆a en llanto.

-¡Oh, hijos m铆os! ¡Hijos m铆os! -exclamaba, juntando sus manos-; ¡quiz谩 ya no existen! Mejor es que muera yo tambi茅n. Muchas gracias, buenos se帽ores; se los agradezco de coraz贸n. M谩s vale morir. Ni a煤n con la operaci贸n me curar铆a, estoy segura. Gracias por tantos cuidados. Es in煤til que pasado ma帽ana vuelva el m茅dico. ¡Quiero morirme; es mi destino! Estoy decidida.

Y ellos, sin cesar de consolarla, repet铆an:

-No, no diga eso -cogi茅ndola de las manos y suplic谩ndole.

La enferma entonces cerraba los ojos agotada, y ca铆a en un sopor que la hac铆a parecer muerta… Los se帽ores permanec铆an a su lado alg煤n tiempo, mirando con gran compasi贸n a la d茅bil luz de la lamparilla, a aquella madre admirable, que hab铆a venido a servir a seis mil millas de su patria, y a morir… ¡despu茅s de haber sufrido tanto! ¡Pobre mujer! ¡Tan honrada, tan buena y tan desgraciada!

Al d铆a siguiente, muy de ma帽ana, entraba Marcos con su saco a la espalda, encorvado y tambale谩ndose, pero lleno de 谩nimos, en la ciudad de Tucum谩n, una de las m谩s j贸venes y florecientes del pa铆s. Le parec铆a volver a ver C贸rdoba, Rosario, Buenos Aires; eran aquellas mismas calles derechas, y largu铆simas, y aquellas casas bajas y blancas; pero por todas partes se ve铆a una nueva y magn铆fica vegetaci贸n; se notaba un aire perfumado, una luz maravillosa, un cielo l铆mpido y profundo, como jam谩s lo hab铆a visto ni siquiera en Italia.

Caminando por las calles, volvi贸 a sentir la agitaci贸n febril que se hab铆a apoderado de 茅l en Buenos Aires; miraba las ventanas y las puertas de todas las casas, se fijaba en todas las mujeres que pasaban, con la angustiosa esperanza de encontrar a su madre; hubiera querido preguntar a todos, y no se atrev铆a a detener a nadie. Todos, desde el umbral de sus puertas, se volv铆an a contemplar a aquel pobre muchacho harapiento, lleno de polvo, que daba se帽ales de venir de muy lejos. Buscaba entre la gente una cara que le inspirase confianza, a quien dirigir aquella tremenda pregunta, cuando se present贸 ante sus ojos, en el r贸tulo de una tienda, un nombre italiano. Dentro hab铆a un hombre con anteojos, y dos mujeres. Se acerc贸 lentamente a la puerta, y con 谩nimo resuelto pregunt贸:

-¿Me sabr铆an decir, se帽ores, d贸nde est谩 la familia Mequ铆nez?

-¿Del ingeniero Mequ铆nez? -pregunt贸 a su vez el de la tienda.

-S铆, del ingeniero Mequ铆nez -respondi贸 el muchacho con voz apagada.

-La familia Mequ铆nez -dijo el de la tienda- no est谩 en Tucum谩n.

Un grito desesperado de dolor, como de persona herida de repente por artero pu帽al, fue el eco de aquellas palabras.

El tendero y las mujeres se levantaron; acudieron algunos vecinos.

-¿Qu茅 ocurre? ¿Qu茅 tienes, muchacho? -dijo el tendero, haci茅ndole entrar en la tienda y sentarse-; no hay por qu茅 desesperarse, ¡qu茅 diablo! Los Mequ铆nez no est谩n aqu铆, pero no est谩n muy lejos: ¡a pocas horas de Tucum谩n!

-¿D贸nde? ¿D贸nde? -grit贸 Marcos, levant谩ndose como un resucitado.

-A unas quince millas de aqu铆 -continu贸 el hombre-, a orillas del Saladillo; en el sitio donde est谩n construyendo una gran f谩brica de az煤car; en el grupo de casas est谩 la del se帽or Mequ铆nez; todos lo saben, y llegar谩s en pocas horas.

-Yo estuve all谩 hace poco -dijo un joven que hab铆a acudido al o铆r el grito.

Marcos se le qued贸 mirando, con los ojos fuera de las 贸rbitas, y le pregunt贸 precipitadamente, palideciendo:

-¿Hab茅is visto a la criada del se帽or Mequ铆nez, la italiana?

-¿La genovesa? La he visto.

Marcos rompi贸 en sollozos convulsivos, entre risa y llanto.

Luego, con un impulso de violenta resoluci贸n:

-¿Por d贸nde se va? ¡Pronto, el camino; me marcho en el acto, ens茅帽eme el camino!

-¡Pero si hay una jornada de marcha! -le dijeron todos a una voz-; est谩s cansado y debes reposar; partir谩s ma帽ana.

-¡Imposible! ¡ Imposible! -respondi贸 el muchacho-. ¡D铆ganme por d贸nde se va; no espero ni un momento, en seguida, aun cuando me cayera muerto en el camino!

Viendo que era irrevocable su prop贸sito, no se opusieron m谩s.

-¡Que Dios te acompa帽e! -le dijeron-. Ten cuidado con el camino por el bosque. Buen viaje, italianito.

Un hombre lo acompa帽贸 fuera de la ciudad, le indic贸 el camino, le dio alg煤n consejo y se qued贸 mirando c贸mo empezaba su viaje. A los pocos minutos el muchacho desapareci贸, cojeando, con su cofrecito a la espalda, por entre los espesos 谩rboles que flanqueaban el camino.

Aquella noche fue tremenda para la pobre enferma. Ten铆a dolores atroces, que le arrancaban alaridos capaces de destrozar sus venas y que le produc铆an momentos de delirio. Las mujeres que la asist铆an perd铆an la cabeza. El ama acud铆a de cuando en cuando, descorazonada. Todos comenzaron a temer que aunque hubiera decidido dejarse hacer la operaci贸n, el m茅dico, que deb铆a llegar a la ma帽ana siguiente, llegar铆a ya demasiado tarde. En los momentos en que no deliraba, se comprend铆a, sin embargo, que su desconsuelo mayor y m谩s terrible no lo causaban los dolores del cuerpo, sino el pensamiento de su familia lejana. Moribunda, descompuesta, con la fisonom铆a deshecha, met铆a sus manos por entre los cabellos, con actitudes de desesperaci贸n que traspasaban el alma, gritando:

-¡Dios m铆o! ¡Dios m铆o! ¡Morir tan lejos! ¡Morir sin volverlos a ver! ¡Mis pobres hijos, que se quedan sin madre; mis criaturas, mi pobre sangre! ¡Mi Marcos, todav铆a tan peque帽ito, as铆 de alto, tan bueno y tan cari帽oso! ¡No saben qu茅 muchacho era! Se帽ora, ¡si usted supiese! No me lo pod铆a quitar de mi cuello cuando part铆: sollozaba que daba compasi贸n o铆rlo; ¡pobrecillo!, parec铆a que sospechaba que no hab铆a de volver a ver a su madre; ¡pobre Marcos, pobre ni帽o m铆o! Cre铆 que estallaba mi coraz贸n. ¡Ah, si me hubiese muerto en aquel mismo instante en que me dec铆a adi贸s! ¡Si hubiera entonces muerto atravesada por un rayo! ¡Sin madre, pobre hijo, 茅l, que me quer铆a tanto, que tanto me necesitaba; sin madre, en la miseria, tendr谩 que andar pidiendo limosna, 茅l, Marcos, mi Marcos, que extender谩 su mano hambriento! ¡Oh, Dios eterno! ¡No! ¡No quiero morir! ¡Un m茅dico! ¡Ll谩menlo en seguida! ¡Que venga, que me opere, que me haga enloquecer, pero que me salve la vida! ¡Quiero curarme; quiero irme, huir, ma帽ana, ahora mismo! ¡El m茅dico! ¡Socorro! ¡Socorro!

Y las mujeres le sujetaban las manos, la calmaban, suplicantes; procuraban hacerla volver en s铆 poco a poco, y le hablaban de Dios y de esperanza. Y volv铆a a sumirse en un abatimiento mortal, lloraba con las manos entre sus cabellos grises, gem铆a como una ni帽a, lanzaba prolongados gemidos y murmuraba:

-¡Oh, Marcos m铆o, mi pobre Marcos! ¡D贸nde estar谩 ahora la pobre criatura!

Eran las doce de la noche. Su pobre Marcos, despu茅s de haber pasado muchas horas sobre la orilla de un foso, extenuado, caminaba entonces a trav茅s de una vast铆sima floresta de 谩rboles gigantescos, monstruos de vegetaci贸n, con fustes desmesurados semejantes a pilastras de una catedral, que a cierta altura maravillosa entrecruzaban sus enormes cabelleras plateadas por la luna.

Vagamente, en aquella media oscuridad, ve铆a miles de troncos de todas formas, derechos, inclinados, retorcidos, cruzados, en actitudes extra帽as de amenaza y de lucha; algunos ca铆dos en tierra, como torres arruinadas de pronto; todo cubierto de una vegetaci贸n exuberante y confusa que semejaba a furiosa multitud disput谩ndose palmo a palmo el terreno; otros formando grupos verticales y apretados, como si fueran haces de lanzas gigantescas cuyas puntas se escondieran en las nubes: una grandeza soberbia, un desorden prodigioso de formas colosales, el espect谩culo m谩s majestuosamente terrible que jam谩s le hubiese ofrecido la naturaleza vegetal. Por momentos le sobrecog铆a gran estupor. Pero pronto su alma volaba hacia su madre.

Estaba muerto de cansancio, con los pies sangrando, solo, en medio de aquel imponente bosque, donde no ve铆a m谩s que, a grandes intervalos, peque帽as viviendas humanas, que colocadas al pie de aquellos 谩rboles parec铆an nidos de hormigas; estaba agotado, pero no sent铆a el cansancio; estaba solo y no ten铆a miedo. La grandeza del campo engrandec铆a su alma; la cercan铆a de su madre le daba la fuerza y la decisi贸n de un hombre; el recuerdo del oc茅ano, de los abatimientos, de los dolores que hab铆a experimentado y vencido, de las fatigas que hab铆a sufrido, de la f茅rrea voluntad que hab铆a desplegado, le hac铆an levantar la frente; toda su fuerte y noble sangre genovesa reflu铆a a su coraz贸n en ardiente oleada de altaner铆a y audacia.

Y algo nuevo pasaba en 茅l: hasta entonces hab铆a llevado en su mente una imagen de su madre oscurecida y como un poco borrada por los a帽os de alejamiento, y ahora aquella imagen se aclaraba; ten铆a delante de sus ojos el rostro entero y puro de su madre como hac铆a mucho tiempo no lo hab铆a contemplado; la volv铆a a ver cercana, iluminada, como si estuviera hablando; volv铆a a ver los movimientos m谩s fugaces de sus ojos y de sus labios, todas sus actitudes, sus gestos, las sombras de sus pensamientos; y apenado por aquellos vivos recuerdos, apretaba el paso, y un nuevo cari帽o, una ternura indecible, iba creciendo en su coraz贸n, y hac铆a correr por sus mejillas l谩grimas tranquilas y dulces. Seg煤n iba andando en medio de las tinieblas, le hablaba, le dec铆a las palabras que le hubiera dicho al o铆do dentro de poco:

-¡Aqu铆 estoy, madre m铆a; aqu铆 me tienes; no te dejar茅 jam谩s; juntos volveremos a casa, estar茅 siempre a tu lado en el vapor, apretado contra ti, y nadie me separar谩 de ti nunca, nadie, jam谩s, mientras tengas vida! Y no advert铆a entretanto que sobre la cima de los 谩rboles gigantescos iba poco a poco apag谩ndose la argentina luz de la luna con la blancura delicada del alba.

A las ocho de aquella ma帽ana, el m茅dico de Tucum谩n -un joven argentino- estaba ya al lado de la cama de la enferma acompa帽ado de un practicante, intentando por 煤ltima vez persuadirla para que se dejase hacer la operaci贸n; a su vez, el ingeniero Mequ铆nez volv铆a a repetir las m谩s calurosas instancias, lo mismo que su se帽ora. Pero ¡todo era in煤til! La mujer, sinti茅ndose sin fuerza, ya no ten铆a fe en la operaci贸n; estaba cert铆sima o de morir en el acto, o de no sobrevivir m谩s que algunas horas, despu茅s de sufrir en vano dolores mucho m谩s atroces que los que deb铆an matarla naturalmente. El m茅dico ten铆a buen cuidado de decirle una y otra vez:

-¡Pero si la operaci贸n es segura y su salvaci贸n es cierta, con tal de que tenga algo de valor! Y, por otro lado, si se empe帽a en resistir, la muerte es segura.

Eran palabras lanzadas al aire.

-No -respond铆a siempre con su d茅bil voz-, todav铆a tengo valor para morir, pero no lo tengo para sufrir in煤tilmente. Gracias, se帽or m茅dico. As铆 est谩 dispuesto. D茅jeme morir tranquila.

El m茅dico, desanimado, desisti贸. Nadie pronunci贸 una palabra m谩s. Entonces la mujer volvi贸 el semblante hacia su ama, y le dijo, con voz moribunda, sus postreras s煤plicas.

-Mi querida y buena se帽ora -dijo con gran trabajo, sollozando-, usted mandar谩 los pocos pesos que tengo y todas mis cosas a mi familia… por medio del se帽or c贸nsul. Yo supongo que todos viven. Mi coraz贸n me lo predice en estos 煤ltimos momentos. Me har谩 el favor de escribirles… que siempre he pensado en ellos…, que he trabajado para ellos…, para mis hijos…, y que mi 煤nico dolor es no volverlos a ver m谩s…, pero que he muerto con valor…, resignada…, bendici茅ndolos; y que recomiendo a mi marido… y a mi hijo mayor al m谩s peque帽o, a mi pobre Marcos, a quien he tenido en mi coraz贸n hasta el 煤ltimo momento.

Y pose铆da de gran exaltaci贸n repentina, grit贸 juntando las manos:

-¡Mi Marcos! ¡Mi pobre ni帽o! ¡Mi vida!… -pero girando los ojos anegados en llanto, vio que su ama no estaba ya a su lado: hab铆an venido a llamarla furtivamente. Busc贸 al se帽or, tambi茅n hab铆a desaparecido. No quedaban m谩s que las dos enfermeras y el practicante. En la habitaci贸n inmediata se o铆a el rumor de pasos presurosos, murmullo de voces precipitadas y bajas, y de exclamaciones contenidas. La enferma fij贸 su vista en la puerta en adem谩n de esperar. Al cabo de pocos minutos volvi贸 a presentarse el m茅dico, con semblante extra帽o; luego su se帽ora y el amo, tambi茅n con la fisonom铆a visiblemente alterada. Los tres se quedaron mirando con singular expresi贸n, y cambiaron entre s铆 algunas palabras en voz baja. Le pareci贸 o铆r que el m茅dico dec铆a a la se帽ora:

-Es mejor en seguida.

La enferma no comprend铆a.

-Josefa -le dijo el ama con voz temblorosa-. Tengo que darte una noticia buena. Prepara tu coraz贸n a recibir una buena noticia.

La mujer se qued贸 mir谩ndola con fijeza.

-Una noticia -continu贸 la se帽ora cada vez m谩s agitada- que te dar谩 mucha alegr铆a.

La enferma abri贸 los ojos desmesuradamente.

-Prep谩rate -prosigui贸 su ama- a ver a una persona… a quien quieres mucho.

La mujer levant贸 la cabeza con 铆mpetu vigoroso, y empez贸 a mirar a la se帽ora y a la puerta con ojos que desped铆an fulgores.

-Una persona -a帽adi贸 su ama, palideciendo- que acaba de llegar… inesperadamente.

-¿Qui茅n es? -grit贸, con voz sofocada y angustiosa, como llena de espanto.

Un instante despu茅s lanz贸 un agud铆simo grito, de un salto se sent贸 sobre la cama, y permaneci贸 inm贸vil, con los ojos desencajados y con las manos apretadas contra las sienes, como si se tratase de una aparici贸n sobrehumana.

Marcos, lacerado y cubierto de polvo, estaba de pie en el umbral, detenido por el doctor, que lo sujetaba por un brazo.

La mujer prorrumpi贸 por tres veces:

-¡Dios! ¡Dios! ¡Dios m铆o!

Marcos se lanz贸 hacia su madre, que extend铆a sus brazos descarnados, apret谩ndole contra su seno como un tigre, rompiendo a re铆r violentamente y mezcl谩ndose a su risa profundos sollozos sin l谩grimas, que la hicieron caer rendida y sofocada sobre las almohadas.

Pronto se reh铆zo, sin embargo, gritando como una loca, llena de alegr铆a, y besando a su hijo:

-¿C贸mo est谩s aqu铆? ¿Por qu茅? ¿Eres t煤? ¡C贸mo has crecido! ¿Qui茅n te ha tra铆do? ¿Est谩s solo? ¿No est谩s enfermo? ¡Eres t煤, Marcos! ¡No es esto un sue帽o! ¡Dios m铆o! ¡H谩blame!

Luego, cambiando de tono repentinamente:

-¡No! ¡Calla! ¡Espera! -y volvi茅ndose hacia el m茅dico-: Pronto, en seguida doctor. Quiero curarme. Estoy dispuesta. No pierda un momento. Ll茅vense a Marcos para que no sufra. ¡Marcos m铆o, no es nada! Ya me contar谩s todo. ¡Dame otro beso! ¡Vete! Heme aqu铆, doctor.

Sacaron a Marcos de la habitaci贸n. Los amos y criados salieron en seguida, quedando s贸lo con la enferma el cirujano y el ayudante, que cerraron la puerta.

El se帽or Mequ铆nez intent贸 llevarse a Marcos a una habitaci贸n lejana: fue imposible; parec铆a que lo hab铆an clavado en el pavimento.

-¿Qu茅 es? -pregunt贸-. ¿Qu茅 tiene mi madre? ¿Que le est谩n haciendo?

Entonces Mequ铆nez, bajito e intentando siempre llev谩rselo de all铆:

-Mira; oye; ahora te dir茅; tu madre est谩 enferma; es preciso hacerle una sencilla operaci贸n; te lo explicar茅 todo; ven conmigo.

-No -respondi贸 el muchacho-, quiero estar aqu铆. Expl铆quemelo aqu铆.

El ingeniero amontonaba palabras y m谩s palabras, y tiraba de 茅l para sacarlo de la habitaci贸n; el muchacho comenzaba a espantarse, temblando de terror.

Un grito agud铆simo, como el de un herido de muerte, reson贸 de repente por toda la casa.

El ni帽o respondi贸 con otro grito horrible y desesperado:

-¡Mi madre ha muerto!

El m茅dico se present贸 en la puerta y dijo:

-Tu madre se ha salvado.

El muchacho lo mir贸 un momento, arroj谩ndose luego a sus pies, sollozando:

-Gracias, doctor.

Pero el m茅dico lo hizo levantar, dici茅ndole:

-¡Lev谩ntate!… ¡Eres t煤, heroico ni帽o, quien ha salvado a tu madre!

FIN

Extracto tomando de Coraz贸n- Edmundo de Amicis

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