I
Cuando muri贸 la se帽orita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asisti贸 a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoci贸n ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayor铆a, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie hab铆a entrado en los 煤ltimos diez a帽os, salvo un viejo sirviente, que hac铆a de cocinero y jardinero a la vez.
La casa era una construcci贸n cuadrada, pesada, que hab铆a sido blanca en otro tiempo, decorada con c煤pulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construy贸, se hab铆a visto invadida m谩s tarde por garajes y f谩bricas de algod贸n, que hab铆an llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan s贸lo hab铆a quedado la casa de la se帽orita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algod贸n y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las dem谩s cosas que tambi茅n la ofend铆an. Y ahora la se帽orita Emilia hab铆a ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y an贸nimas tumbas de los soldados de la Uni贸n, que hab铆an ca铆do en la batalla de Jefferson.
Mientras viv铆a, la se帽orita Emilia hab铆a sido para la ciudad una tradici贸n, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradici贸n, que databa del d铆a en que el coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podr铆a salir a la calle sin delantal-, la eximi贸 de sus impuestos, dispensa que hab铆a comenzado cuando muri贸 su padre y que m谩s tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la se帽orita Emilia fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris invent贸 un cuento, diciendo que el padre de la se帽orita Emilia hab铆a hecho un pr茅stamo a la ciudad, y que la ciudad se val铆a de este medio para pagar la deuda contra铆da. S贸lo un hombre de la generaci贸n y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y s贸lo una mujer como la se帽orita Emilia podr铆a haber dado por buena esta historia.
Cuando la siguiente generaci贸n, con ideas m谩s modernas, madur贸 y lleg贸 a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropez贸 con algunas dificultades. Al comenzar el a帽o enviaron a la se帽orita Emilia por correo el recibo de la contribuci贸n, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, cit谩ndola en el despacho del alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana m谩s tarde el alcalde volvi贸 a escribirle ofreci茅ndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibi贸 en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligraf铆a, comunic谩ndole que no sal铆a jam谩s de su casa. As铆 pues, la nota de la contribuci贸n fue archivada sin m谩s comentarios.
Convocaron, entonces, una junta de regidores, y fue designada una delegaci贸n para que fuera a visitarla.
All谩 fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie hab铆a traspasado desde que aqu茅lla hab铆a dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez a帽os antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vest铆bulo, del cual arrancaba una escalera que sub铆a en direcci贸n a unas sombras a煤n m谩s densas. Ol铆a all铆 a polvo y a cerrado, un olor pesado y h煤medo. El vest铆bulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorri贸 las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levant贸 una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea hab铆a un retrato a l谩piz, del padre de la se帽orita Emilia, con un deslucido marco dorado.
Todos se pusieron en pie cuando la se帽orita Emilia entr贸 -una mujer peque帽a, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descend铆a hasta la cintura y que se perd铆a en el cintur贸n-; deb铆a de ser de peque帽a estatura; quiz谩 por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan s贸lo gordura, en ella era obesidad. Parec铆a abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parec铆an dos peque帽as piezas de carb贸n, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.
No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuch贸 tranquilamente, hasta que el que hablaba termin贸 su exposici贸n. Pudieron o铆r entonces el tictac del reloj que pend铆a de su cadena, oculto en el cintur贸n.
Su voz fue seca y fr铆a.
-Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximi贸. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y all铆 les informar谩n a su satisfacci贸n.
-De all铆 venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por 茅l?
-S铆, recib铆 un papel -contest贸 la se帽orita Emilia-. Quiz谩 茅l se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos…
-Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero, se帽orita Emilia…
-Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris hab铆a muerto hac铆a ya casi diez a帽os.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! -exclam贸 llamando al negro-. Muestra la salida a estos se帽ores.
II
As铆 pues, la se帽orita Emilia venci贸 a los regidores que fueron a visitarla del mismo modo que treinta a帽os antes hab铆a vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurri贸 dos a帽os despu茅s de la muerte de su padre y poco despu茅s de que su prometido -todos cre铆mos que iba a casarse con ella- la hubiera abandonado. Cuando muri贸 su padre apenas si volvi贸 a salir a la calle; despu茅s que su prometido desapareci贸, casi dej贸 de v茅rsele en absoluto. Algunas se帽oras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la 煤nica muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la saz贸n-, que entraba y sal铆a con la cesta del mercado al brazo.
“Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban las se帽oras, as铆 que no les extra帽贸 cuando empez贸 a sentirse aquel olor; y esto constituy贸 otro motivo de relaci贸n entre el bajo y prol铆fico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.
Una vecina de la se帽orita Emilia acudi贸 a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta a帽os.
-¿Y qu茅 quiere usted que yo haga? -dijo el alcalde.
-¿Qu茅 quiero que haga? Pues que le env铆e una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?
-No creo que sea necesario -afirm贸 el juez Stevens-. Ser谩 que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jard铆n. Ya le hablar茅 acerca de ello.
Al d铆a siguiente, recibi贸 dos quejas m谩s, una de ellas parti贸 de un hombre que le rog贸 cort茅smente:
-Tenemos que hacer algo, se帽or juez; por nada del mundo querr铆a yo molestar a la se帽orita Emilia; pero hay que hacer algo.
Por la noche, el tribunal de los regidores -tres hombres que peinaban canas, y otro algo m谩s joven- se encontr贸 con un hombre de la joven generaci贸n, al que hablaron del asunto.
-Es muy sencillo -afirm贸 茅ste-. Ordenen a la se帽orita Emilia que limpie el jard铆n, denle algunos d铆as para que lo lleve a cabo y si no lo hace…
-Por favor, se帽or -exclam贸 el juez Stevens-. ¿Va usted a acusar a la se帽orita Emilia de que huele mal?
Al d铆a siguiente por la noche, despu茅s de las doce, cuatro hombres cruzaron el c茅sped de la finca de la se帽orita Emilia y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones nocturnos, husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las ventanas que daban al s贸tano, mientras uno de ellos hac铆a un acompasado movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pend铆a de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y all铆 esparcieron cal, y tambi茅n en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprend铆an el regreso, detr谩s de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la se帽orita Emilia, r铆gida e inm贸vil como un 铆dolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos m谩s tarde, aquel olor hab铆a desaparecido.
As铆 fue c贸mo el pueblo empez贸 a sentir verdadera compasi贸n por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana t铆a, lady Wyatt, hab铆a acabado completamente loca, y cre铆an que los Grierson se ten铆an en m谩s de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros j贸venes casaderos era bastante bueno para la se帽orita Emilia. Nos hab铆amos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la se帽orita Emilia, vestida de blanco; en primer t茅rmino, su padre, d谩ndole la espalda, con un l谩tigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansi贸n. Y as铆, cuando ella lleg贸 a sus 30 a帽os en estado de solter铆a, no s贸lo nos sent铆amos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la tara de la locura en su familia, no hubieran faltado a la se帽orita Emilia ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..
Cuando muri贸 su padre, se supo que a su hija s贸lo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegr贸 a la gente; al fin pod铆an compadecer a la se帽orita Emilia. Ahora que se hab铆a quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizar铆a; ahora aprender铆a a conocer los temblores y la desesperaci贸n de tener un c茅ntimo de m谩s o de menos.
Al d铆a siguiente de la muerte de su padre, las se帽oras fueron a la casa a visitar a la se帽orita Emilia y darle el p茅same, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, dici茅ndoles que su padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres d铆as, visit谩ndola los ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la se帽orita Emilia rompi贸 en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.
No decimos que entonces estuviera loca. Cre铆mos que no tuvo m谩s remedio que hacer esto. Recordando a todos los j贸venes que su padre hab铆a desechado, y sabiendo que no le hab铆a quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendr铆a m谩s remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo hab铆a despreciado.
III
La se帽orita Emilia estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hac铆a aparecer m谩s joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos 谩ngeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresi贸n a la vez tr谩gica y serena…
Por entonces justamente la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente a la muerte de su padre empezaron los trabajos. La compa帽铆a constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos m谩s claros que su rostro. Los muchachillos de la ciudad sol铆an seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y o铆r a 茅stos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoci贸 en seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera re铆r a carcajadas se podr铆a asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reuni贸n. Al poco tiempo empezamos a verlo acompa帽ando a la se帽orita Emilia en las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler…
Al principio todos nos sentimos alegres de que la se帽orita Emilia tuviera un inter茅s en la vida, aunque todas las se帽oras dec铆an: “Una Grierson no pod铆a pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y capataz por a帽adidura.” Hab铆a otros, y 茅stos eran los m谩s viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podr铆a hacer olvidar a una verdadera se帽ora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse oblige– y exclamaban:
“¡Pobre Emilia! ¡Ya pod铆an venir sus parientes a acompa帽arla!”, pues la se帽orita Emilia ten铆a familiares en Alabama, aunque ya hac铆a muchos a帽os que su padre se hab铆a enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvi贸 loca, y desde entonces se hab铆a roto toda relaci贸n entre ellos, de tal modo que ni siquiera hab铆an venido al funeral.
Pero lo mismo que la gente empez贸 a exclamar: “¡Pobre Emilia!”, ahora empez贸 a cuchichear: “Pero ¿t煤 crees que se trata de…?” “¡Pues claro que s铆! ¿Qu茅 va a ser, si no?”, y para hablar de ello, pon铆an sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detr谩s de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, o铆an el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, pod铆a o铆rse a las se帽oras exclamar una vez m谩s, entre un rumor de sedas y satenes: “¡Pobre Emilia!”
Por lo dem谩s, la se帽orita Emilia segu铆a llevando la cabeza alta, aunque todos cre铆amos que hab铆a motivos para que la llevara humillada. Parec铆a como si, m谩s que nunca, reclamara el reconocimiento de su dignidad como 煤ltima representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a s铆 misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comport贸 cuando adquiri贸 el ars茅nico, el veneno para las ratas; esto ocurri贸 un a帽o m谩s tarde de cuando se empez贸 a decir: “¡Pobre Emilia!”, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.
-Necesito un veneno -dijo al droguero. Ten铆a entonces algo m谩s de los 30 a帽os y era a煤n una mujer esbelta, aunque algo m谩s delgada de lo usual, con ojos fr铆os y altaneros brillando en un rostro del cual la carne parec铆a haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.
-Necesito un veneno -dijo.
-¿Cu谩l quiere, se帽orita Emilia? ¿Es para las ratas? Yo le recom…
-Quiero el m谩s fuerte que tenga -interrumpi贸-. No importa la clase.
El droguero le enumer贸 varios.
-Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qu茅 es lo que usted desea. . .?
-Quiero ars茅nico. ¿Es bueno?
-¿Que si es bueno el ars茅nico? S铆, se帽ora. Pero ¿qu茅 es lo que desea…?
-Quiero ars茅nico.
El droguero la mir贸 de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, r铆gida, con la faz tensa.
-¡S铆, claro -respondi贸 el hombre-; si as铆 lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qu茅 se va a emplear.
La se帽orita Emilia continuaba mir谩ndolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que 茅ste desvi贸 su mirada, fue a buscar el ars茅nico y se lo empaquet贸. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. E1 droguero se meti贸 en la trastienda y no volvi贸 a salir. Cuando la se帽orita Emilia abri贸 el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.
IV
Al d铆a siguiente, todos nos pregunt谩bamos: “¿Se ir谩 a suicidar?” y pens谩bamos que era lo mejor que pod铆a hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: “Se casar谩 con 茅l”. M谩s tarde dijimos: “Quiz谩s ella le convenga a煤n”, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sab铆a que beb铆a bastante, hab铆a dicho en el Club Elks que 茅l no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez m谩s: “¡Pobre Emilia!” desde atr谩s de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la se帽orita Emilia con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el l谩tigo en las manos cubiertas con guantes amarillos….
Fue entonces cuando las se帽oras empezaron a decir que aquello constitu铆a una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas -la se帽orita Emilia pertenec铆a a la Iglesia Episcopal- de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurri贸 en aquella entrevista; pero en adelante el cl茅rigo no quiso volver a o铆r nada acerca de una nueva visita. El domingo que sigui贸 a la visita del ministro, la pareja cabalg贸 de nuevo por las calles, y al d铆a siguiente la esposa del ministro escribi贸 a los parientes que la se帽orita Emilia ten铆a en Alabama….
De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurri贸 nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que la se帽orita Emilia hab铆a estado en casa del joyero y hab铆a encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos d铆as m谩s tarde nos enteramos de que hab铆a encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse” y nos sent铆amos realmente contentos. Y nos alegr谩bamos m谩s a煤n, porque las dos parientas que la se帽orita Emilia ten铆a en casa eran todav铆a m谩s Grierson de lo que la se帽orita Emilia hab铆a sido….
As铆 pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentaci贸n de las calles ya se hab铆a terminado hac铆a tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificaci贸n p煤blica; pero cre铆mos que iba a arreglar sus asuntos, o que quiz谩 trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de la se帽orita Emilia para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como esper谩bamos, tres d铆as despu茅s volvi贸 Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer….
Y 茅sta fue la 煤ltima vez que vimos a Homer Barron. Tambi茅n dejamos de ver a la se帽orita Emilia por alg煤n tiempo. El negro sal铆a y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal permanec铆a cerrada. De vez en cuando pod铆amos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella condici贸n de su padre, que hab铆a arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con 茅l….
Cuando vimos de nuevo a la se帽orita Emilia hab铆a engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos a帽os este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando muri贸, a los 74 a帽os, ten铆a a煤n el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven….
Todos estos a帽os la puerta principal permaneci贸 cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Hab铆a dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los contempor谩neos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente con el mismo esp铆ritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta.
Entretanto, se le hab铆a dispensado de pagar las contribuciones.
Cuando la generaci贸n siguiente se ocup贸 de los destinos de la ciudad, las disc铆pulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que la se帽orita Emilia les ense帽ara a pintar seg煤n las manidas im谩genes representadas en las revistas para se帽oras. La puerta de la casa se cerr贸 de nuevo y as铆 permaneci贸 en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la se帽orita Emilia fue la 煤nica que se neg贸 a permitirles que colocasen encima de su puerta los n煤meros met谩licos, y que colgasen de la misma un buz贸n. No quer铆a ni o铆r hablar de ello.
D铆a tras d铆a, a帽o tras a帽o, ve铆amos al negro ir y venir al mercado, cada vez m谩s canoso y encorvado. Cada a帽o, en el mes de diciembre, le envi谩bamos a la se帽orita Emilia el recibo de la contribuci贸n, que nos era devuelto, una semana m谩s tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la ve铆amos en una de las habitaciones del piso bajo -evidentemente hab铆a cerrado el piso alto de la casa- semejante al torso de un 铆dolo en su nicho, d谩ndose cuenta, o no d谩ndose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie pod铆a decirlo. Y de este modo la se帽orita Emilia pas贸 de una a otra generaci贸n, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.
Y as铆 muri贸. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torp贸n. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hac铆a ya tiempo que hab铆amos renunciado a obtener alguna informaci贸n del negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y 谩spera, como si la tuviera en desuso.
Muri贸 en una habitaci贸n del piso bajo, en una s贸lida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.
V
El negro recibi贸 en la puerta principal a las primeras se帽oras que llegaron a la casa, las dej贸 entrar curiose谩ndolo todo y hablando en voz baja, y desapareci贸. Atraves贸 la casa, sali贸 por la puerta trasera y no se volvi贸 a ver m谩s. Las dos primas de la se帽orita Emilia llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el d铆a siguiente, y all谩 fue la ciudad entera a contemplar a la se帽orita Emilia yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a l谩piz de su padre colocado sobre el ata煤d, acompa帽ada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balc贸n estaban los hombres, y algunos de ellos, los m谩s viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contempor谩nea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matem谩tica progresi贸n, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha uni贸n de los 煤ltimos diez a帽os.
Sab铆amos ya todos que en el piso superior hab铆a una habitaci贸n que nadie hab铆a visto en los 煤ltimos cuarenta a帽os y cuya puerta ten铆a que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que la se帽orita Emilia descansara en su tumba.
Al echar abajo la puerta, la habitaci贸n se llen贸 de una gran cantidad de polvo, que pareci贸 invadirlo todo. En esta habitaci贸n, preparada y adornada como para una boda, por doquiera parec铆a sentirse como una tenue y acre atm贸sfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, tambi茅n rosadas, situadas sobre la mesa-tocador; sobre la ara帽a de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distingu铆a el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparec铆a un cuello y una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y as铆, abandonados sobre el tocador, resplandec铆an con una p谩lida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.
El hombre yac铆a en la cama..
Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo hab铆a quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sue帽o que dura m谩s que el amor, que vence al gesto del amor, lo hab铆a aniquilado. Lo que quedaba de 茅l, pudri茅ndose bajo lo que hab铆a sido camisa de dormir, se hab铆a convertido en algo inseparable de la cama en que yac铆a. Sobre 茅l, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extend铆a la misma capa de denso y tenaz polvo.
Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrec铆a la depresi贸n dejada por otra cabeza. Uno de los que all铆 est谩bamos levant贸 algo que hab铆a sobre ella e inclin谩ndonos hacia delante, mientras se met铆a en nuestras narices aquel d茅bil e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris.
FIN

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