Historia muy vulgar
¡La pobre! Era una languidez traidora que iba gan谩ndole el cuerpo todo de d铆a en d铆a. Ni le quedaban ganas para cosa alguna: viv铆a sin apetito de vivir y casi por deber. Por las ma帽anas cost谩bale levantarse de la cama, ¡a ella, que se hab铆a levantado siempre para poder ver salir el sol! Las faenas de la casa le eran m谩s gravosas cada vez.
La primavera no resultaba ya tal para ella. Los 谩rboles, limpios de la escarcha del invierno, iban echando su plumoncillo de verdura; lleg谩banse a ellas algunos p谩jaros nuevos; todo parec铆a renacer. Ella no renac铆a.
«¡Esto pasar谩 -dec铆ase-, esto pasar谩!», queriendo creerlo a fuerza de repet铆rselo a solas. El m茅dico aseguraba que no era sino una crisis de la edad: aire y luz, nada m谩s que aire y luz. Y comer bien; lo mejor que pudiese.
¿Aire? Lo que es como aire le ten铆an en redondo, libre, soleado, perfumado de tomillo, aperitivo. A los cuatro vientos se descubr铆a desde la casa el horizonte de tierra, una tierra lozana y grasa que era una bendici贸n del Dios de los campos. Y luz, luz libre tambi茅n. En cuanto a comer… «Pero, madre, si no tengo ganas…».
-Vamos, hija, come, que a Dios gracias no nos falta de qu茅; c贸mele repet铆a su madre, suplicante.
-Pero si no tengo ganas le he dicho…
-No importa. Comiendo es como se las hace una.
La pobre madre, m谩s acongojada que ella, temiendo se le fuera de entre los brazos aquel supremo consuelo de su viudez temprana, se hab铆a propuesto empapizarla, como a los pavos. Lleg贸 hasta a provocarle bascas, y todo in煤til. No com铆a m谩s que un pajarito. Y la pobre viuda ayunaba en ofrenda a la Virgen pidi茅ndole diera apetito, apetito de comer, apetito de vivir, a su pobre hija.
Y no era esto lo peor que a la pobre Matilde le pasaba; no era el languidecer, el palidecer, marchitarse y aj谩rsele el cuerpo; era que su novio, Jos茅 Antonio, estaba cada vez m谩s fr铆o con ella. Buscaba una salida, s铆; no hab铆a dudado de ello; buscaba un modo de zafarse y dejarla. Pretendi贸 primero, y con muy grandes instancias, que se apresurase la boda, como si temiera perder algo, y a la respuesta de madre e hija de: «No; todav铆a no, hasta que me reponga; as铆 no puedo casarme», frunci贸 el ce帽o. Lleg贸 a decirle que acaso el matrimonio la aliviase, la curase, y ella, tristemente: «No, Jos茅 Antonio, no; 茅ste no es mal de amores; es otra cosa: Es mal de vida». Y Jos茅 Antonio la oy贸 mustio y contrariado.
Segu铆a acudiendo a la cita el mozo, pero como por compromiso, y estaba durante ella distra铆do y como absorto en algo lejano. No hablaba ya de planes para el porvenir, como si 茅ste hubiera para ellos muerto. Era como si aquellos amores no tuviesen ya sino pasado.
Mir谩ndole como a espejo, le dec铆a Matilde:
-Pero dime, Jos茅 Antonio, dime, ¿qu茅 te pasa? Porque t煤 no eres ya el que antes eras…
-¡Qu茅 cosas se te ocurren, chica! ¿Pues qui茅n he de ser?…
-Mira, oye; si te has cansado de m铆, si te has fijado ya en otra, d茅jame. D茅jame, Jos茅 Antonio, d茅jame sola; porque sola me quedar茅; ¡no quiero que por m铆 te sacrifiques!
-¡Sacrificarme! Pero ¿qui茅n te ha dicho, chica, que me sacrifico? D茅jate de tonter铆as, Matilde.
-No, no, no lo ocultes; t煤 ya no me quieres…
-¿Que no te quiero?
-No, no, ya no me quieres como antes, como al principio…
-Es que al principio…
-¡Siempre debe ser principio, Jos茅 Antonio!; en el querer siempre debe ser principio; se debe estar siempre empezando a querer.
-Bueno, no llores, Matilde, no llores, que as铆 te pones peor…
-¿Que me pongo peor? ¿Peor? ¡Luego estoy mal!
-¡Mal… no! Pero… Son cavilaciones…
-Pues mira, oye: No quiero, no; no quiero que vengas por compromiso…
-¿Es que me echas?
-¿Echarte yo, Jos茅 Antonio, yo?
-Parece que tienes empe帽o en que me vaya…
Romp铆a a煤n a llorar la pobre. Y luego, encerrada en su cuarto, con poca luz ya y poco aire, mir谩base Matilde una y otra vez al espejo y volv铆a a mirarse en 茅l. «Pues no, no es gran cosa -se dec铆a-; pero las ropas cada vez me van quedando m谩s grandes, m谩s holgadas; este justillo me viene ya flojo, puedo meter las dos manos por 茅l; he tenido que dar un pliegue m谩s a la saya… ¿Qu茅 es esto, Dios m铆o, qu茅 es?». Y lloraba y rezaba.
Pero venc铆an los veintitr茅s a帽os, venc铆a su madre, y Matilde so帽aba de nuevo en la vida, en una vida verde y fresca, aireada y soleada, llena de luz, de amor y de campo; en un largo porvenir, en una casa henchida de faenas, en unos hijos y, ¿qui茅n sabe?, hasta en unos nietos. ¡Y ellos, dos viejecitos, calentando al sol el postre de la vida!
Jos茅 Antonio empez贸 a faltar a las citas, y una vez, a los repetidos requerimientos de su novia de que la dejara si es que ya no la quer铆a como al principio, si es que no segu铆a empezando a quererla, contest贸 con los ojos fijos en la guija del suelo: «Tanto te empe帽as, que al fin…». Rompi贸 ella una vez m谩s a llorar. Y 茅l entonces, con brutalidad de var贸n: «Si vas a darme todos los d铆as estas funciones de l谩grimas, s铆 que te dejo». Jos茅 Antonio no entend铆a de amor de l谩grimas.
Supo un d铆a Matilde que su novio cortejaba a otra, a una de sus m谩s 铆ntimas amigas. Y se lo dijo. Y no volvi贸 Jos茅 Antonio.
Y dec铆a a su madre la pobre:
-¡Yo estoy muy mala, madre; yo me muero!…
-No digas tonter铆as, hija; yo estuve a tu edad mucho peor que t煤; me qued茅 en puros huesos. Y ya ves c贸mo vivo. Eso no es nada. Claro, te empe帽as en no comer…
Pero a solas en su cuarto y entre l谩grimas silenciosas, pensaba la madre: «¡Bruto, m谩s que bruto! Por que no aguard贸 un poco…, un poco, s铆, no mucho… La est谩 matando… antes de tiempo…».
Y se iban los d铆as, todos iguales, un谩nimes, llev谩ndose cada uno un jir贸n de la vida de Matilde.
Acerc谩base el d铆a de Nuestra Se帽ora de la Fresneda, en que iban todos los del pueblo a la venerada ermita, donde se rezaba, ped铆a cada cual por sus propias necesidades y era la vuelta una vuelta de romer铆a, entre bailes, retozos, cantos y relinchidos. Volv铆an los mozos de la mano, del brazo de las mozas, abrazados a ellas, cantando, brincando, jijeando, retoz谩ndose. Era una de besos robados, de restregones, de apretujeos. Y los mayores se re铆an recordando y a帽orando sus mocedades.
-Mira, hija -dijo a Matilde su madre-; est谩 cerca el d铆a de Nuestra Se帽ora: prepara tu mejor vestido. Vas a pedirle que te d茅 apetito.
-¿No ser谩 mejor, madre, pedirle salud?
-No, apetito, hija, apetito. Con 茅l te volver谩 la salud. No conviene pedir demasiado ni aun a la Virgen. Es menester pedir poquito a poquito; hoy una miaja, ma帽ana otra. Ahora apetito, que con 茅l te vendr谩 la salud, y luego…
-Luego, ¿qu茅, madre?
-Luego un novio m谩s decente y m谩s agradecido que ese b谩rbaro de Jos茅 Antonio.
-¡No hable mal de 茅l, madre!
-¡Que no hable mal de 茅l! ¿Y me lo dices t煤? Dejarte a ti, mi cordera; ¿y por qui茅n? ¿Por esa lega帽osa de Rita?
-No hable mal de Rita, madre, que no es lega帽osa. Ahora es m谩s guapa que yo. Si Jos茅 Antonio no me quer铆a ya, ¿para qu茅 iba a seguir viniendo a hablar conmigo? ¿Por compasi贸n? ¿Por compasi贸n, madre, por compasi贸n? Yo estoy muy mal, lo s茅, muy mal. Y a Rita da gusto de verla, tan colorada, tan fresca…
-¡Calla, hija, calla! ¿Colorada? S铆, como el tomate. ¡Basta, basta!
Y se fue a llorar la madre.
Lleg贸 el d铆a de la fiesta. Matilde se atavi贸 lo mejor que pudo, y hasta se dio, ¡la pobre!, colorete en las mejillas. Y subieron madre e hija a la ermita. A trechos ten铆a la moza que apoyarse en el brazo de su madre; otras veces se sentaba. Miraba al campo como por despedida, y esto aun sin saberlo.
Todo era en torno alegr铆a y verdor. Re铆an los hombres y los 谩rboles. Matilde entr贸 a la ermita, y en un rinc贸n, con los huesos de las rodillas clavados en las losas del suelo, apoyados los huesos de los codos en la madera de un banco, anhelante, rez贸, rez贸, rez贸, conteniendo las l谩grimas. Con los labios balbuc铆a una cosa, con el pensamiento, otra. Y apenas si ve铆a el rostro resplandeciente de Nuestra Se帽ora, en que se reflejaban las llamas de los cirios.
Salieron de la penumbra de la ermita al esplendor luminoso del campo y emprendieron el regreso. Volv铆an los mozos, como potros desbocados, saciando apetitos acariciados durante meses. Corr铆an mozos y mozas excitando con sus chillidos 茅stas a aqu茅llos a que las persiguieran. Todo eran restregones, sobeos y tentarujas bajo la luz del sol.
Y Matilde lo miraba todo tristemente, y m谩s tristemente a煤n lo miraba su madre, la viuda.
-Yo no podr铆a correr si as铆 me persiguieran -pensaba la pobre moza-; yo no podr铆a provocarles y azuzarles con mis carreras y mis chillidos… Esto se va.
Cruz谩ronse con Jos茅 Antonio, que pasaba junto a ellas acompa帽ando al paso a Rita. Los cuatro bajaron los ojos al suelo. Rita palideci贸, y el 煤ltimo arrebol, un arrebol de ocaso encendi贸 las mejillas de Matilde, de donde la brisa hab铆a borrado el colorete.
Sent铆a la pobre moza en torno de s铆 el respeto como espesado; un respeto terrible, un respeto tr谩gico, un respeto inhumano y cruel铆simo. ¿Qu茅 era aquello? ¿Era compasi贸n? ¿Era aversi贸n? ¿Era miedo? ¡Oh, s铆; tal vez miedo, miedo tal vez! Infund铆a temor; ¡ella, la pobre chiquilla de veintitr茅s a帽os! Y al pensar en este miedo inconsciente de los otros, en este miedo que inconscientemente tambi茅n adivinaba en los ojos de los que al pasar la miraban, se la helaba de miedo, de otro m谩s terrible miedo, el coraz贸n.
As铆 que traspuso el umbral de la solana de su casa, entorn贸 la puerta; se dej贸 caer en el esca帽o, revent贸 en l谩grimas y exclam贸 con la muerte en los labios:
-¡Ay, mi madre; mi madre, c贸mo estar茅! ¡Como las feas! ¡C贸mo estar茅, Virgen santa, c贸mo estar茅! ¡Ni por cumplido, ni por compasi贸n, como otras: como a las feas! ¡C贸mo estar茅, Virgen santa, c贸mo estar茅! ¡Ni me han retozado… ni me han retozado los mozos como anta帽o! ¡Ni por compasi贸n, como a las feas! ¡C贸mo estar茅, madre, c贸mo estar茅!
-¡B谩rbaros, b谩rbaros y m谩s que b谩rbaros! -se dec铆a la viuda-. ¡B谩rbaros; no retozar a mi hija, no retozar铆a!… ¿Qu茅 les costaba? Y luego a todas esas lega帽osas…
¡B谩rbaros!
Y se indignaba como ante un sacrilegio, que lo era, por ser el retozo en estas santas fiestas un rito sagrado.
-¡C贸mo estar茅, madre, c贸mo estar茅 que ni por compasi贸n me han retozado los mozos!
Se pas贸 la noche llorando y anhelando, y a la ma帽ana siguiente no quiso mirarse al espejo. Y la Virgen de la Fresneda, madre de compasiones, oyendo los ruegos de Matilde, a los tres meses de la fiesta se la llevaba a que la retozasen los 谩ngeles.
FIN

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