Los hermanos Ayar - Abraham Valdelomar - Amantes de la literatura

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9.18.2024

Los hermanos Ayar - Abraham Valdelomar



El gran aposento incaico era de piedra, finamente labrado, y sus grises paredes de siller铆a estaban decoradas por chapas de oro y nichos en forma de alacenas, en las cuales brillaban innumerables objetos de oro representando animales fant谩sticos, y vistosos huacos, hechos de arcilla, dibujados con variadas figuras mitol贸gicas. Conten铆an unos, polvos de colores, illas o piedras bezoares que se cr铆an en el vientre de los llamas, amuletos contra la melancol铆a, remedios infalibles contra los venenos y las enfermedades. Guardaban otros, cubiertos con transparentes velos, la chicha preparada por las doncellas nobles. Corr铆a por lo alto de toda la pieza y resaltaba entre los sombr铆os muros y las gruesas vigas que apoyaban la pajiza techumbre una cornisa de oro en la que se ve铆an esculpidas serpientes y cabezas de pumas. Frente a la gran puerta de entrada que, a manera de trapecio, ten铆a el dintel m谩s estrecho que el umbral y de la cual pend铆a un tapiz de lana de vicu帽a con figuras de colores, se alzaba el trono de oro macizo, banquillo trabajado y repujado con primor, a manera de drag贸n, incrustado de piedras preciosas y puesto encima de una grader铆a elevada y de un estrado rectangular.

En los escalones del trono, y como indicio de que el noble acababa de levantarse, yac铆a descuidadamente un aterciopelado manto de pieles de murci茅lago.

Un indio, vestido con el resplandeciente cumbi y las tornasoladas plumas de la servidumbre imperial, quemaba en un rinc贸n de la pieza maderas fragantes y hierbas arom谩ticas en ancho brasero de plata que representaba monstruos marinos. Cubr铆a las recias y cuadradas losas del pavimento una alfombra fin铆sima hecha de pelo de alpaca.

En medio de la habitaci贸n, entre la puerta principal del trono y en tiara de oro menor que la del Inca, pero igualmente adornado con relieves y pedrer铆as, se sentaba el venerable Huillac-Umu y, cerca de 茅l, Quespi-Titu, "el infante brillante y ben茅fico". Obedeciendo a una se帽al del sacerdote, puso el siervo en un sahumador de oro peque帽o, algunos trozos de las maderas aromosas que ard铆an en el gran brasero azulado, coloc贸 el sahumador en el centro de la estancia y se retir贸 en silencio. Entonces Mayta Yupanqui habl贸 a su sobrino de esta manera.

–El magn铆fico pueblo que ma帽ana ver谩s desfilar ante la majestad del Inca, con sus vestidos suaves orlados de oro, en cuyas unjus r铆e el color y brilla la luz, fue un d铆a abominable muchedumbre de b谩rbaros, semejantes a los que a煤n se ocultan tras los bosques de los Antis. Cuando el Sol no hab铆a enviado a煤n las cuatro parejas al Mundo, los hombres no merec铆an el favor divino. Devor谩banse unos a otros, hurtaban, asesinaban por los m谩s f煤tiles motivos, embriag谩banse hasta caer al suelo privados de sentido. En la tierra no ten铆an jefe y en el cielo no reconoc铆an amo. Unt谩banse el cuerpo con grasa de cad谩veres, aliment谩banse con la carne de los vencidos y de los propios parientes, beb铆an sangre y aspiraban con ansia el olor de las v铆ctimas humanas consumidas al fuego de las hogueras. Nada desperdiciaba en los prisioneros su infame industria. Hac铆an viandas de su carne, bebidas de su sangre, de los huesos flautas para animar los festines, con los dientes amuletos para los combates, con los cr谩neos vasos para las libaciones, con los cabellos cascos y hondas, y con la piel tambores para amedrentar a los enemigos. Deshonestos y crueles, engendraban hijos en las mujeres cautivas y los cebaban para com茅rselos. Cuando las hembras comenzaban a ser est茅riles, com铆anlas asadas. No respetaban ancianos, padres, hermanos ni hijos. Carec铆an de Incas y de leyes, de afectos y de virtudes. No ten铆an curacas leg铆timos, y el m谩s fuerte de la tribu se apropiaba de la hacienda com煤n. Perec铆an prematuramente de males repugnantes y desconocidos. Sus almas oscuras descend铆an a las m谩s tenebrosas regiones del Maschay. Tan viles eran que olvidaban a sus muertos.

El Sol estaba avergonzado de sus hijos.

Un d铆a, al cabo, como una serpiente multicolor, apareci贸 por la quebrada honda y riscosa la columna de una tribu en marcha. El conjunto de los vistosos trajes que agitaba el viento fr铆o de la puna, y los arreos, los pesados pendientes, las duras mazas, las lanzas emponzo帽adas, las huinchas de plata y las plumas leves y policromas, re铆an bajo la luz de un Sol viril. Rodeadas de los viejos de Pacarejtampu, iban las cuatro parejas de los hermanos Ayar. Llamas esbeltas de atrevido e inquieto mirar ondulaban bajo las cargas de vivos matices. Los hombres eran fornidos y recios, de graves rostros angulosos, barbas lampi帽as, cuadradas y en茅rgicas.

Las mujeres llevaban en las espaldas a sus hijos y, sobre los duros senos, flotaban las trenzas brunas y largas. Los m谩s fuertes llevaban las armas: ruedas est贸licas, flechas de chonta de envenenados dardos, mazas de pocha, el palo piedra; hachas de granito y de cobre, pulidas y brillantes; cornetas, tambores, flautas y quenas. As铆 vinieron, a trav茅s de las quebradas y de las alturas, silenciosos. Hab铆an salido de Pacarejtampu. Aquella ma帽ana en el cerro de las tres ventanas, Tamputojo, hab铆ase operado el prodigio. Al amanecer, mientras el pueblo despertaba, uno de los m谩s ancianos de la tribu hab铆a visto salir de Capajtojo, la ventana del centro, un hombre luminoso al cual siguieron siete hermanos. Se dirigieron al pueblo y all铆 las cuatro parejas mostraron el s铆mbolo de su se帽or铆o y los invitaron a dejar la tranquilidad de sus campos para ir en pos del Imperio del Sol. Las cuatro parejas las compon铆an: Ayar Manco y Mama Ojllo, Ayar Auca y Mama Guaco, Ayar Uchu y Mama Ipacura, y Ayar Cachi y Mama Ragua. Ayar Manco, el elocuente, les dijo:

–Aqu铆 ten茅is vuestra tierra y vuestra familia, pobladores de Pacarejtampu. Sois de los m谩s apacibles. El Sol, mi padre, os ama y por ello me env铆a a buscaros. Ved en mi mano su divino s铆mbolo. Ved c贸mo las fieras nos siguen y obedecen, ved el c贸ndor y el puma que nos acompa帽an y respetan, ved el indi, el ave sagrada, que se posa voluntaria en mi mano. Ma帽ana el Sol, mi padre, nos ver谩 salir, y vosotros os quedar茅is. Sois tranquilos y felices, pero no pens谩is m谩s que en el d铆a que pasa. Aqu铆 morir茅is vosotros, pero el Sol no os recibir谩. Nunca ser茅is m谩s de lo que hab茅is sido. Las tribus vecinas vendr谩n un d铆a en busca de vuestras sementeras y vosotros no tendr茅is qui茅n os defienda. No abrig谩is esperanzas, ni ambiciones, ni deseos, ni luchas. Sois como las aguas de una lagunilla, siempre encerrada entre las piedras de sus orillas inmutables, sin las mareas del Titicaca inmenso, sin el soberbio empuje del Urupamapa y del Apur铆maj, que huyen espumosos y resonantes de sus lugares nativos y penetrando en los Antis monta帽osos van a fecundar magn谩nimos las extremidades del mundo. Venid, como ellos, con nosotros; obedeced las 贸rdenes del Sol, y vamos en busca de la sagrada colina de donde irradiar谩n por las cuatro regiones, hasta el gran mar y los m谩s remotos bosques, los beneficios de la religi贸n. Edificaremos palacios de piedra y oro, tendremos leyes y riquezas, trabajo, orden y amor. Yo os har茅 nobles y os dar茅 siervos, pero es necesario emprender la peregrinaci贸n hasta encontrar el lugar santo...

–Si no, ir茅is por la fuerza, o ser茅is muertos por mi mano, -agreg贸 Ayar Cachi, otro de los hermanos.

El pueblo reconoci贸 en los ocho mensajeros a los hijos del Sol. Se reuni贸 en Consejo, y en 茅l la gente joven, deseosa de lucha y de gloria, acord贸 seguir a esos hombres a los cuales acompa帽aban las fieras y respetaban los c贸ndores. Algunos ancianos, encari帽ados con sus falsos dioses, quisieron resistir, y estando en la disputa de sus destinos, present贸se ante ellos Ayar Cachi y les dijo:

–¿Qu茅 hab茅is dispuesto?
–Seguiros -dijeron los mozos.
–¿Qui茅nes disputan?
–Algunos ancianos...
–¿Qu茅 alegan?
–Sus dioses.

En un rinc贸n, tres ancianos cebaban a gordos sapos en un peque帽o pozo de piedra, porque aquellos pacarejtampus adoraban al sapo. Indignado, Ayar Cachi, les dijo:

–¡Ved lo que hago con vuestros dioses! -y se acerc贸 resuelto a la poza.
–¡No, Ayar Cachi, no! ¡Si los tocas morir谩s!

Mas Ayar Cachi, sin escuchar las voces de sus amigos ni ver la mirada de odio de los ancianos, se acerc贸 y tom谩ndolos de uno en uno arroj贸 con tal violencia a los 铆dolos, que se deformaron al caer. Un grito de espanto hizo vibrar la sala, y ante los ancianos y mozos, dijo el mensajero del Sol:

–Lo mismo har茅 con vosotros si no segu铆s al Sol, nuestro padre.

Los pacarejtampus levantaron los brazos, inclinaron la cabeza en se帽al de sumisi贸n y siguieron al grupo de los ocho hermanos elegidos.

Aquella tarde, Mama Guaco, que era la m谩s aguerrida y de mejor entendimiento, reuni贸 a sus hermanos y les dijo:

–Hermanos: pues hijos somos del Sol, y hemos nacido para se帽ores, salgamos ya a conquistar la tierra con amor o con sangre, que s贸lo por ello se mueven los hombres...

As铆 salieron de la plaza de Pacarejtampu. A la cabeza iba Ayar Manco C谩paj, llevando en la izquierda el indi, el p谩jaro sagrado, y en la diestra el b谩culo de oro, s铆mbolos de su se帽or铆o que recibiera en la Isla Solitaria del Lago Titicaca de manos de su padre el Sol, aquella ma帽ana en la que, radiante y magn铆fico, baj贸 hasta la tierra el Padre de la Raza y queriendo hacer bien a los hombres, le dijo:

–Ve por el mundo, mi hijo predilecto, y lleva el ave sagrada y el b谩culo de oro; con 茅l ir谩s hincando la tierra, y en el punto donde el b谩culo se hunda, all铆 fundar谩s mi Imperio, porque 茅se ser谩 mi pueblo elegido. Yo velar茅 tu destino. Mis rayos iluminar谩n tus pasos, mi calor te infundir谩 vida en los fr铆os inexorables, y cuando sientas el cansancio de tu peregrinaci贸n, descansa que yo me ocultar茅 para darte sombra al cuerpo y paz al esp铆ritu. Un pueblo y un imperio ser谩n fundados por tu mano sabia. Una generaci贸n de hombres poderosos y magn铆ficos ser谩 tu generaci贸n, y a trav茅s del tiempo, a trav茅s de las sombras inertes, m谩s all谩 de un espacio que t煤 no puedes contar, brillar谩 tu nombre. Dispersos ser谩n los hijos de tus hijos despu茅s de su grandeza, pero su esp铆ritu vivir谩 eternamente y a la hora del crep煤sculo, cuando yo me oculte, ellos siempre sentir谩n tu esp铆ritu y el esp铆ritu de su raza inmortal, y entonar谩n sus canciones sobre las ruinas de la grandeza caduca, cuando muera el Imperio. Porque todos mueren, hijo m铆o...

Y le dio por hermanos a siete pr铆ncipes del Sol.

Ayar Manco era el mayor. La prudencia se ense帽oreaba en su frente serena. En sus ojos peque帽os y profundos brillaba la energ铆a, en sus salientes p贸mulos la severidad, y la justicia en sus gruesos y duros labios. La sonrisa vaga que envolv铆a su rostro, como la brisa en un lago sereno, acusaba la piedad y el amor. Su rostro anguloso, cubierto de una palidez de insomnio, se ergu铆a s贸lido sobre los hombros. Ten铆a la mirada amplia e ilimitada de los que conquistan; y su continente noble, sus ademanes sencillos y solemnes, la dulce y honda tonalidad de su voz, ten铆an el sello de su estirpe luminosa.

Ayar Uchu era el alma contemplativa y honda; h煤meda la mirada que se perd铆a en vagos sue帽os amables y en crep煤sculos dorados; medroso, taciturno y enamorado. Dec铆a que los 谩rboles conversaban con 茅l y que el r铆o y el viento le cantaban canciones. Hablaba poco, pero su antara sonaba siempre a la luz de la luna, tr谩gica y desolada. Miraba las estrellas y dec铆a a sus hermanos que lo m谩s bello que hab铆a hecho su Padre, el Sol, era el firmamento. Cuando en el camino, en la ruda peregrinaci贸n, deten铆anse en alguna colina, cansados de la jornada, y ca铆a la tarde, se recostaba al lado de sus llamas. Ayar Uchu empezaba a narrarles sus sue帽os de la v铆spera, e insensiblemente todos los hermanos y todas las mozas y todos los j贸venes iban agrup谩ndose alrededor suyo. Hac铆a cantos y preces para el Sol. Olvidaba siempre las armas y los arreos, y sus hermanos se las procuraban nuevamente. Jam谩s hiri贸 a un rebelde.

Ayar Auca, el tercero, era la fuerza reflexiva y calculadora. Ten铆a el culto de las armas; 茅l combinaba los combates, indicaba las rutas, ordenaba los desfiles, cuidaba las armas. La justicia no ten铆a dominio en su esp铆ritu; sab铆a que a veces era necesario prescindir de ella para asegurar m谩s altos fines. Su mano f茅rrea guiaba a las huestes incaicas por la l铆nea donde era necesario pasar, aunque para ello marchitara sembr铆os bajo sus pies. Cuando, al cruzar un valle, encontraban obst谩culos, sementeras y algunas veces casuchas de gentes sencillas y pac铆ficas, 茅l arrasaba todo para abrirse paso, desafiando los consejos de Ayar Uchu para no matar los 谩rboles ni da帽ar la ajena heredad. Gustaba siempre de tener las armas listas para el combate, as铆 en los azarosos como en los d铆as de sosiego. Sab铆a que el valor es el arma m谩s temible en los combates, pero no olvidaba que las flechas deb铆an hacer blanco y los dardos tener filo y ponzo帽a.

Ayar Cachi, el m谩s joven, era la juventud irreflexiva y audaz. Apasionado y violento, generoso y pr贸digo, siempre dispuesto a la lucha y al combate, era 茅l quien dome帽aba a los pumas y a los c贸ndores. Detr谩s de 茅l marchaba suelto un par de pumas, musculosos, flexibles y el谩sticos. Gustaba de luchar con las fieras y ejercitar con ellas su fuerza, don que hab铆a recibido del Sol. Con su honda arrojaba piedras que decapitaban montes, y abr铆an quebradas hondas. Desde帽aba las riquezas, pero le gustaba poseerlas para regalarlas. Amaba el poder y la sumisi贸n de sus siervos. Cre铆ase capaz de todas las empresas. Cantando, due帽o de s铆, seguro de su fuerza, iba con sus leones por los valles amenos. Defend铆a a los d茅biles, castigaba a los soberbios, era el primero en los combates. So帽aba con llegar a la colina deparada por el Sol, y ser el due帽o de las m谩s bellas mujeres, tener los m谩s grandes tesoros, los m谩s h谩biles siervos, los m谩s vistosos trajes. ¡Era la juventud! En 茅l se reflejaba la m谩s noble alegr铆a del Sol, la m谩s pujante virilidad, la m谩s pura belleza.

Las siete mujeres eran el acopio de las virtudes, pero sobresal铆an entre ellas, Mama Ojllo, la laboriosa y discreta; Mama Guaco, audaz y temeraria; Mama Ipacura, por su conmovedora abnegaci贸n; y Mama Ragua, apasionada y triste.

La comitiva de las cuatro parejas caminaba en silencio a trav茅s de las abras y de los precipicios y de los llanos y de las cordilleras. A veces la lluvia deten铆a su paso; otras, el Sol se recreaba en sus arreos multicolores. Un d铆a llegaron al cerro de Guanacancha, cuando el Sol declinaba. El cielo hab铆ase encendido con una suave coloraci贸n que se acrecentaba por instantes. Jam谩s ellos hab铆an visto m谩s espl茅ndido cielo. Ascendieron a la cumbre. Ayar Manco reuni贸 al pueblo y le dijo:

–Veamos descender de su solio a nuestro padre y cantemos una oraci贸n para que nos proteja...

En la planicie, los peregrinos rodearon a Manco. A la derecha estaba Ayar Cachi con los j贸venes; a la izquierda, Ayar Uchu con las mozas y algunos mancebos; delante de todos se coloc贸 Ayar Auca. Todo el pueblo rode贸 a los hermanos elegidos. Surg铆an del conjunto policromo las nobles e inquietas cabezas de los llamas. Preso en las manos de Ayar Cachi abr铆a sus enormes alas un c贸ndor, y a los pies del arrojado, los dos pumas, cruzadas las patas delanteras, miraban profundamente el Sol, que, occiduo, iluminaba de oro aquel grupo silencioso. En pie todos los peregrinos, alzaron los brazos al Sol y entonaron el sagrado himno que hab铆a compuesto Ayar Uchu.

Y aquella noche, oculto el Sol, descansaron por primera vez los fundadores del Imperio. En sus sue帽os vieron 谩ureos desfiles de guerreros, calles de piedra en las cuales se elevaban palacios magn铆ficos, fortalezas inaccesibles, pueblos sometidos, inn煤meros reba帽os, fiestas en las cuales al ritmo de danzas melanc贸licas giraban armoniosos los duros cuerpos de las j贸venes. So帽aban otros con sangrientos combates, con victorias y botines. Aqu茅llos con fiestas que presid铆a el Sol. Ayar Auca so帽贸 que el Imperio era invadido por enemigos fuertes; y en medio de su sue帽o, en la paz de la colina, extendi贸 los brazos y apret贸 las armas contra su coraz贸n. Mama Ragua suspiraba dormida; a unos pasos, sobre una saliente, sonaba, en voz baja, la quena de Ayar Uchu y, en el centro de la colina donde reposaban Ayar Manco y Mama Ojllo, sonaron besos de pasi贸n

Los c贸ndores hac铆an coronas en el cielo y tend铆an sobre la cima y sobre el pueblo elegido sus alas dominadoras.

Al amanecer, el pueblo se levant贸 y se desgran贸 en el llano. Los d铆as fueron sucedi茅ndose. Los emigrantes caminaban febrilmente. De vez en cuando ve铆anse obligados a detenerse para sostener combates y reducir rebeldes. Pero emprend铆an de nuevo la marcha dejando detr谩s de s铆 cad谩veres o trayendo nuevos sumisos. A cada jornada deten铆anse los hombres de bronce y antes de la puesta del Sol invocaban al padre de la raza. Avanzaba Ayar Manco con el indi en la mano, y con la barra de oro tocaba el suelo repetidas veces, buscando el lugar elegido. La barra no se hund铆a. Era necesario seguir adelante hasta que se operase el prodigio. Entonces reposaban, para iniciar al d铆a siguiente su peregrinaci贸n. As铆 llegaron, mucho tiempo despu茅s, a Tampuquiro. All铆 detuvi茅ronse alg煤n tiempo en el clima suave y apacible. Mama Ojllo no era ya la animosa mujer de los primeros d铆as, y hab铆a tardes en las que, pensativa, recostada en las telas suaves de las alpacas, hablaba largamente con Ayar Manco. Una ma帽ana, al salir el Sol, ante la noble gente reunida, Ayar Manco abri贸 la puerta de su caba帽a, en el cerro de Tampuquiro y elev贸, en las manos, hacia el Sol, un ni帽o, sobre cuyo ropaje el indi se pos贸. El ni帽o fue Sinchi Roca, el heredero.

Pocos d铆as despu茅s, cuando Mama Ojllo pudo caminar con el 谩nimo de los primeros d铆as, iniciaron de nuevo la marcha y llegaron, muchos soles despu茅s, a Pallata. En Pallata, cuando hac铆a mucho tiempo de la salida de Pacarejtampu, y cuando los ni帽os que hab铆an salido en el regazo de las madres eran ya capaces de caminar delante de los soldados y de juguetear con los pumas de Ayar Cachi, encontr谩ronse con una tribu fuerte y aguerrida, b谩rbara y sanguinaria. Cuando los conquistadores llegaron, los b谩rbaros celebraban un fest铆n danzando al redor de una hoguera donde se embriagaban con el olor nauseabundo y penetrante de un cad谩ver tostado en las llamas. Atada sobre un tronco de 谩rboles estaba una moza y en sus pies ard铆a el fuego de una hoguera. Era una cautiva y daba gritos fuertes, agudos y dolorosos. Al ver a los hijos del Sol detuvieron la fiesta para lanzarse sobre ellos, cogieron sus armas y atacaron. Ayar Cachi quiso lanzarse sobre ellos, pero Manco lo detuvo:

–No mates, hermano; d茅jame ir donde ellos...

Avanz贸 Ayar Manco, entre las flechas, algunas de las cuales atravesaron su vestido y la m谩s fuerte se quebr贸 en dos en su pecho; otra lleg贸 m谩s cruel a herirle el brazo, y man贸 sangre. Pero Ayar Manco avanz贸. A despecho de su herida y sin dolerse de ella, entre las flechas que ca铆an sobre 茅l, lleg贸 hasta donde la moza gem铆a. Los soldados en tanto acerc谩banse a cierta distancia, y ante la audacia de Manco, los b谩rbaros se detuvieron con curiosidad. ¿Qui茅n era ese hombre que desde帽aba las flechas y ahora se deten铆a para desligar a la cautiva y curar sus llagas, mientras la sangre corr铆a por su brazo fuerte?... Ayar Manco rasg贸 su t煤nica y con ella at贸 los pies de la muchacha, en tanto que ella dec铆a.

–Tengo hambre, taita... M谩tame si quieres, pero dame de beber...
–Mi padre el Sol -d铆jole Manco- me manda darte mi cancha y mi chicha. Bebe...

Y sac贸 de su bolsa la cancha y llam贸 a un siervo y ofreci贸 con sus manos de beber a la cautiva. Los b谩rbaros estaban at贸nitos. Manco se dirigi贸 a ellos y les dijo:

–¿Por qu茅 mat谩is?... Yo no os har茅 da帽o. Yo puedo mataros a todos, puedo echar hacia vosotros los pumas, y puedo daros de cebo a mis c贸ndores... Pero vosotros sois mis hermanos, porque yo soy hijo del Sol que es el Padre del Mundo... Seguidme, o morir茅is... Yo os defender茅 porque sois mis hermanos, pero os matar茅 si sois mis enemigos...

Pero en el fondo del valle, lejos de Manco, estaba Ayar Cachi con los suyos dando guerra a los que no se hab铆an apercibido. Y una voz ronca grit贸 desde lejos:

–¡Huay帽uy! ¡Huay帽uy! -¡Victoria! ¡Victoria!
Era Ayar Cachi que venc铆a al jefe de la tribu. Y una voz ronca grit贸:

–¡Maldito seas, Ayar Cachi! ¡Maldito en nombre del puma, y de la serpiente, y del rayo, y del r铆o, y de la ara帽a y del sapo! ¡Maldito seas en nombre del sapo!... ¡T煤 ser谩s vencido!... ¡Ser谩s vencido!

Ayar Cachi apareci贸, trayendo en la mano la cabeza del jefe rebelde y tras 茅l, atada, a la hija.

Los conquistadores fueron seguidos por todos los de Pallata, a quienes se encarg贸 Ayar Cachi de afeccionar y Ayar Auca de adiestrar en las armas. As铆 llegaron una ma帽ana a Huaysquisrro, donde Ayar Cachi pens贸 en separarse del cortejo. 脡l quer铆a avasallar a todos los pueblos e ir con su honda poderosa por los llanos y montes. Transformar la tierra que 茅l cre铆a mal distribuida. Echar abajo los montes y llenar con ellos las quebradas y hacer de la tierra una sola extensi贸n llana y f茅rtil. Pensaba luego en reunir a todos sus vencidos y levantar una gran ciudad de piedra con un templo para el Sol y con palacios y jardines. Y quer铆a ser el 煤nico amo. Sent铆a que su esp铆ritu era para dominar; ten铆a impaciencias violentas. Cre铆a que sus hermanos no llegar铆an nunca a fundar el Imperio. Una vez hab铆a propuesto a Ayar Manco fundar el Imperio en cualquier valle, sin esperar encontrar el sitio donde se hundiera la barreta de oro. Desesperaba de la lentitud de la conquista, sent铆ase oprimido con las leyes y m茅todos de sus hermanos y con estar sujeto a ellas. 脡l deseaba hacer todo en el momento de concebirlo. No quer铆a obedecer las leyes sino imponerlas. Matar rebeldes, perdonar infelices, tener riquezas y darlas a los siervos y a las mozas, dominar el mundo y hacerlo a su guisa, lleno de reba帽os, de riquezas, de mujeres y de siervos. Era el m谩s joven de los cuatro hermanos.

Pero los hermanos no pensaban as铆. Ellos ve铆an que muchas veces cubr铆a los valles fecundos donde era menester alimentarse. Y a veces dominaba a los rebeldes, pero muchas otras despose铆a a labradores apacibles y sencillos, y detr谩s de 茅l iba quedando un clamor de odios y de tristezas, y tambi茅n de amores y de gratitudes. Adem谩s, Ayar Cachi no pensaba nunca en que un d铆a pod铆a faltarle esa fuerza extraordinaria y no sab铆a que ese era un don del Sol, pero, como todos, perecedero.

Un d铆a present贸se Ayar Cachi a los tres hermanos y les dijo lo que pensaba. Y los tres hermanos escucharon. Ayar Manco y Ayar Auca tuvieron despu茅s un consejo, y acordaron que Ayar Cachi era peligroso para la conquista. Y al d铆a siguiente, al amanecer, ambos llamaron a Ayar Cachi y Ayar Manco le dijo:

–Hermano, en Capajtojo, all谩 en Pacarejtampu, el cerro de las tres ventanas, de donde salimos, se nos han quedado los vasos de oro. T煤 sabes que no podemos seguir adelante sin los topacusi, porque ya se acerca el lugar elegido para la fundaci贸n del Imperio. Adem谩s nos hemos olvidado de tener el napa, que es nuestra insignia de se帽ores. ¿Qu茅 haremos si llegando al lugar que nuestro padre nos depara nos encontramos sin los topacusi y sin el napa, el llama blanco de gualdrapas rojas, sin sus orejeras y su petral de oro?... Nuestra conquista sin esos sagrados atributos fracasar谩, y el Sol no nos dar谩 protecci贸n. Ve, pues, Ayar Cachi hasta Capajtojo y por el bien de todos y del Sol, trae ambas cosas...

–No ir茅 hasta Capajtojo, hermano -respondi贸 Ayar Cachi, resuelto-. Con mi honda y mi hacha y mis dos pumas, conquistar茅 todos los Imperios...

–¡Hermano -dijo iracunda Mama Guaco- ir谩s! Har谩s como se te ordena. ¿Un var贸n tan fuerte y esforzado como t煤 duda de ir a una comisi贸n tan indispensable?... Por la boca de Manco te ordena el Sol... ¿De qu茅 sirve a tu juventud tener el brazo fuerte si no tienes ley?...

Accedi贸 Ayar Cachi y di茅ronle por compa帽ero a Tampu Cachay, el m谩s astuto de los guerreros. Pero antes de partir, Manco C谩paj llam贸 a Tampu Cachay y le dijo, grave y serenamente:

– Anda con 茅l y vuelve solo...

Emprendieron animosos la vuelta. Ayar Cachi iba conversando alegremente con Tampu Cachay y 茅ste lo escuchaba con tristeza. Por fin, llegaron a Tamputojo y Ayar Cachi entr贸 en la cueva de las tres ventanas. En tanto, Tampu Cachay puso una piedra enorme en la puerta y sent贸se en ella. A poco, Ayar Cachi dijo desde el fondo de la cueva:

–¡Aqu铆 est谩n los topacusi y aqu铆 est谩 el napa, Tampu Cachay! ¿Por qu茅 has cerrado la puerta?
–La he cerrado para que no salgas, Ayar Cachi. ¡All铆 te quedar谩s!...
–脕breme la puerta, Tampu Cachay, o har茅 caer el cerro y te matar茅...
–¡No te abrir茅 la puerta, Ayar Cachi!...

Entonces comenz贸 a temblar el cerro ante el impulso de Ayar Cachi, pero la puerta no se abr铆a...

–¡Tampu Cachay, traidor! 脕breme la puerta. Iremos a fundar un Imperio y yo te dar茅 riqueza y siervos y reba帽os... 脕breme la puerta, Tampu Cachay...

–No te abrir茅 la puerta. All铆 perecer谩s. Yo me voy ahora a reunir con el pueblo... ¡Adi贸s, Ayar Cachi!...
–¡Maldito seas, traidor! ¡Maldito seas! ¡El Sol, mi padre, te convierta en piedra! ¡Que tu semilla no se propague! ¡Traidor, traidor, traidor!...
Convirti贸se en piedra Tampu Cachay: all铆 est谩 todav铆a.

Y los hermanos Ayar siguieron su camino hacia el norte, hasta que llegaron a Quirirmata. De all铆 pasaron al cerro Guanacaure y all铆 acordaron declarar a Ayar Manco, por tener descendencia, jefe de la familia, y a Sinchi Roca su heredero. Aquella tarde vieron por primera vez el arco iris: aqu茅lla era la palabra del Sol. Muy cerca deb铆an estar ya del lugar elegido. Quisieron seguir adelante, pero se encontraron con un cerro que les cortaba el paso. Instintivamente dijeron todos:

–¡Qu铆talo del camino con tu honda, Ayar Cachi!

Pero nadie respondi贸. Ayar Cachi no estaba. ¿Qui茅n ir铆a a luchar? Porque sobre el cerro hab铆a una figura monstruosa que desafiaba. Ninguno de los guerreros avanz贸. Echaron de menos al hermano poderoso y fuerte: 茅l los habr铆a salvado del peligro. All铆 estuvieron largo tiempo. Pero Ayar Uchu, viendo que nadie propon铆a un camino y que las huestes se aprestaban a la lucha, quiso ir, 茅l mismo, a luchar con el esp铆ritu de la huaca.

–¿Qui茅n va?...
–¿Qui茅n va?...
–¿Qui茅n va?...

Nadie respondi贸. Entonces Ayar Uchu, en un 铆mpetu, se puso de pie y fue. Luch贸 con el cerro y lo apart贸 del camino, pero qued贸 preso entre sus bloques de granito. Entonces dijo:

–Hermano Manco, no me olvides. Yo te he acompa帽ado. Ya nada se opone a tu paso; all铆 en el valle est谩 el lugar elegido. Recu茅rdame...

Manco C谩paj estableci贸 all铆 la orden del Guarachico, y el cerro se llam贸 Ayar Uchu Guanacaure, en su recuerdo.

–¡Nosotros no te olvidaremos nunca, hermano Ayar Uchu! Sobre ese cerro se establecer谩 la orden de Guarachico para todos los de nuestra sangre, y ninguno podr谩 ser heredero del trono si no se ordena en el cerro junto a tu cuerpo.

La voz de Ayar Uchu no respondi贸, y el joven qued贸se convertido en piedra. S贸lo quedaban de los cuatro hermanos, Ayar Manco C谩paj y Ayar Auca. 脡ste se encarg贸 de la guerra y Manco de la religi贸n. Manco C谩paj, seguido de su corte, fue tocando con la barreta de oro la cumbre del Guancaure hasta que encontr贸 un mont铆culo donde la tierra era blanda como de barro y dijo:

–¡Aqu铆! ¡Aqu铆! ¡Aqu铆!

Rodeado de sus hermanos, sus tribus y reba帽os, Manco C谩paj enton贸 el himno al Sol. Alz贸 en alto la barreta y la dej贸 caer sobre el mont铆culo. La barra de oro se hundi贸 aceleradamente en la tierra. Elevaron los brazos al Sol, que brillaba en el cenit con desusado fulgor.

Ayar Auca baj贸 al pueblo aquella tarde y alrededor suyo, medrosos, se agruparon los sencillos habitantes. Admiraron la rara belleza de sus trajes hilados de oro y la bruna palidez de sus armas. Algunos, t铆midos, se manten铆an a distancia. Ayar Auca les habl贸, les dijo que ven铆a en nombre del Sol, y que si ellos estaban dispuestos a adorar al divino Padre, 茅l se lo avisar铆a para que mandara a su hijo a fundar all铆 el gran Imperio.

–¿Y su hijo es como t煤? -lo interrogaron.

–¿Qui茅n puede ser como el Hijo del Sol? 脡l es luminoso, es hijo de la luz; si 茅l quiere, se apaga el mundo; si quiere, lo ilumina. Ma帽ana al clarear el d铆a, yo vendr茅 con el Hijo del Sol y vosotros, para convenceros, salid a verlo. All铆 en lo alto del cerro Guanacaure, 茅l aparecer谩 e iluminar谩 el Mundo. Vosotros lo ver茅is... Ha tra铆do una barreta de oro; su padre le dijo d谩ndosela: "donde se hunda la barreta fundar谩s mi Imperio". Y all铆 en el cerro Guanacaure se ha hundido... Ma帽ana la ver茅is...

Obsequi贸 Ayar Auca armas y trajes a los sumisos y ascendi贸 de nuevo, seguido de sus doce compa帽eros al cerro Guanacaure.

Muy de ma帽ana, cuando la Naturaleza empezaba a despertar y de las sombras vacilantes comenzaban a destacarse los montes y las copas de los 谩rboles, el pueblo se reuni贸 en la gran pampa. Los padres alzaban a los hijos, habl谩ndoles de la maravilla anunciadora, y los ni帽os aguardaban absortos, con los ojos abiertos, el suceso fant谩stico. Hab铆a aquella ma帽ana una inusitada alegr铆a en el valle. De pronto, una vaga claridad se anunci贸 detr谩s del cerro Guanacaure. Un nimbo opalino iba creciendo lentamente y por fin estall贸 en un golpe de luz. Entonces vieron, asombrados, la maravilla prometida. Sobre el cerro hab铆a un hombre cuyo cuerpo desped铆a rayos que cegaban la vista. Cambiantes reflejos se desprend铆an de su cuerpo divino. Arroj谩ronse al suelo las medrosas gentes y exclamaron:

–¡El Hijo del Sol, el Hijo de la Luz!... ¡El Hijo del Sol ha venido!

Una m煤sica jam谩s o铆da reson贸 en los aires, y a poco en la pampa, en la orilla derecha del arroyo que ba帽aba la aldea, apareci贸 la tribu entera de los Incas inmigrantes, pueblo multicolor en que el oro, las plumas raras, las joyas magn铆ficas y las armas poderosas resplandec铆an como en un incendio magn铆fico. Aquel lugar en que la tribu viajera se detuvo se llam贸 Josco, el centro.

Los fundadores se inclinaron ante Manco Capaj y 茅ste puso un instante en manos de su hijo, el ave sagrada. Sinchi Roca mir贸 al Sol de frente, y as铆 se fund贸 el Imperio de los Incas.

FIN

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