Mario Vargas Llosa sobre Gustave Flaubert - Amantes de la literatura

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12.20.2024

Mario Vargas Llosa sobre Gustave Flaubert



Quisiera decir algo ahora de Gustave Flaubert y de la literatura francesa, la manera como el solitario de Croisset me ayud贸 a ser el escritor que soy. Como ya he dicho, la misma noche que llegu茅 a Par铆s, en 1959, compr茅 un ejemplar de Madame Bovary en La Joie de Lire, una librer铆a a la que ten铆a simpat铆a porque nunca denunciaba a los ladrones de sus libros y que, por supuesto, con semejante pol铆tica terminar铆a quebrando. Recuerdo aquella noche, en el Hotel Wetter del Barrio Latino, de la familia de esposos que se convirtieron en buenos amigos nuestros, los La Croix, como un sue帽o del que nunca he despertado. Deslumbrado por la elegancia y la precisi贸n con la que escrib铆a Flaubert, lo le铆 y rele铆 todo, de principio a fin, quiero decir, estudi茅 sus novelas y sus cuentos y su correspondencia, e hice el viaje a Croisset a llevar flores a su tumba, para agradecerle todo lo que hab铆a hecho por m铆 y por la novela moderna. Flaubert es un grand铆simo escritor, acaso el m谩s importante del siglo XIX europeo, o por lo menos franc茅s, que equivale a decir mundial. Pero su importancia no est谩 s贸lo en sus admirables novelas —Madame Bovary y La educaci贸n sentimental, principalmente—, sino en sus aportes a la estructura de la novela moderna, la que 茅l funda en cierto modo, ayudando en el camino a descubrir su verdadera personalidad a escritores adolescentes como yo lo era cuando lo le铆 por primera vez.

No es muy seguro que Flaubert fuera totalmente consciente de la revoluci贸n que nos leg贸 con lo que hac铆a, pero, m谩s importante todav铆a que las lecturas en voz alta de cada frase —cada palabra— que escrib铆a en aquel pedazo de tierra que existe todav铆a y que 茅l bautiz贸 como Gueuloir, fue la invenci贸n del narrador an贸nimo, ese Dios —como 茅l dijo— presente en todas partes y visible en ninguna, estableciendo de este modo uno de los pilares en que se basa la novela de nuestros d铆as. Aquel narrador invisible, que permiti贸 suprimir a sinn煤mero de personajes que estorbaban la novela cl谩sica y que estaban all铆 simplemente para simular que eran los autores de una historia, hizo posible que la novela moderna los sacrificara sin tristeza ni compasi贸n, pues su reemplazo cubre todas las etapas de la novela desde entonces, y diera un salto adelante que ha beneficiado a todo el mundo, lo sepan los escritores que escriben novelas o lo ignoren. Todos le debemos algo, y acaso mucho. Fue un descubrimiento quiz谩 m谩s importante que los rebuscamientos y travesuras formales de Joyce en el Ulises, que abri贸 las puertas de la modernidad a la literatura, aunque el propio Flaubert no fuera totalmente consciente de aquella revoluci贸n que provoc贸 en los cinco a帽os que trabaj贸 en Madame Bovary, invent谩ndose una enfermedad prolongada, para aplacar al atinado cirujano que era su padre y que aspiraba, c贸mo no, a dotar a su hijo de una profesi贸n liberal.

Ese narrador invisible —que es Dios Padre, como 茅l mismo lo llam贸— no tiene por qu茅 ser el 煤nico narrador; tambi茅n pueden serlo alguno o varios de los personajes de la historia, a condici贸n de no saber m谩s de los otros que lo saben todo desde su posici贸n particular y alternarse, como lo hacen en Madame Bovary, en L’脡ducation sentimentale y en las novelas posteriores que escribi贸. Toda la novela moderna est谩 铆ntimamente alterada desde aquel hallazgo de Flaubert y es sin duda la m谩s importante incorporaci贸n de esa voz an贸nima —la de ese Dios que nunca se deja ver— en las historias que cuentan sus contempor谩neos. Sin saberlo, Flaubert, gracias a su descubrimiento del silencioso e invisible narrador, produjo esa separaci贸n entre la novela moderna y la cl谩sica, en la que reuni贸, sin preverlo ni quererlo, a multitud de obras narrativas que, hasta entonces, no hab铆an advertido que el narrador invisible reduc铆a extraordinariamente la presencia de narradores en el espacio narrativo. 脡sa fue la gran lecci贸n de Flaubert, y, por supuesto, la de trabajar con empe帽o fan谩tico, como si la vida se le fuera en ello, en busca de aquella perfecci贸n que convert铆a al escritor en una suerte de apuntador de Dios, o en Dios mismo.

Fragmento tomado del discurso que Mario Vargas Llosa ley贸 en su incorporaci贸n a la Academia Francesa.

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