El Pescador y su alma - Oscar Wilde - Amantes de la literatura

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12.15.2024

El Pescador y su alma - Oscar Wilde



A S. A. R. Alicia, princesa de M贸naco

Todas las tardes el joven Pescador se internaba en el mar, y arrojaba sus redes al agua.

Cuando el viento soplaba desde tierra, no lograba pescar nada, porque era un viento mal茅volo de alas negras, y las olas se levantaban empin谩ndose a su encuentro. Pero en cambio, cuando soplaba el viento en direcci贸n a la costa, los peces sub铆an desde las verdes honduras y se met铆an nadando entre las mallas de la red y el joven Pescador los llevaba al mercado para venderlos.

Todas las tardes el joven Pescador se internaba en el mar. Un d铆a, al recoger su red, la sinti贸 tan pesada que no pod铆a izarla hasta la barca. Riendo, se dijo:

—O bien he atrapado todos los peces del mar, o bien es alg煤n monstruo torpe que asombrar谩 a los hombres, o acaso ser谩 algo espantoso que la gran Reina tendr谩 deseos de contemplar.

Haciendo uso de todas sus fuerzas fue izando la red, hasta que se le marcaron en relieve las venas de los brazos. Poco a poco fue cerrando el c铆rculo de corchos, hasta que, por fin, apareci贸 la red a flor de agua.

Sin embargo no hab铆a cogido pez alguno, ni monstruo, ni nada pavoroso; solo una sirenita que estaba profundamente dormida.

Su cabellera parec铆a vell贸n de oro, y cada cabello era como una hebra de oro fino en una copa de cristal. Su cuerpo era del color del marfil, y su cola era de plata y n谩car. De plata y n谩car era su cola y las verdes hierbas del mar se enredaban sobre ella; y como conchas marinas eran sus orejas, y sus labios eran como el coral. Las olas fr铆as se estrellaban sobre sus fr铆os senos, y la sal le resplandec铆a en los p谩rpados bajos.

Tan bella era aquella sirenita que cuando el joven Pescador la vio, se sinti贸 sobrecogido de maravilla, alarg贸 la mano y la atrajo hasta 茅l; luego inclin谩ndose sobre el borde de la barca, la tom贸 en brazos. Pero apenas la toc贸, la sirenita grit贸 como una gaviota asustada, y despert贸, y lo mir贸 con sus ojos de amatista llenos de terror, esforz谩ndose en un vano intento de escapar. 脡l la sujet贸 poderosamente abrazada, sin dejarla escapar.

Cuando la sirenita comprendi贸 que no hab铆a forma de huir se puso a llorar y dijo:

—Te suplico que me dejes en libertad. Soy la hija 煤nica de un Rey, y mi padre ya es viejo y vive solo.

Pero el joven Pescador respondi贸:

—No te soltar茅 hasta que me prometas que cada vez que te llame obedecer谩s mi llamada, y cantar谩s para m铆. A los peces les fascina el o铆r las canciones del pueblo del mar, y as铆 mis redes estar谩n siempre llenas.

—¿Juras que me soltar谩s si te hago esa promesa? —pregunt贸 la sirena.

—Juro que te soltar茅 —respondi贸 el joven Pescador.

Ella hizo entonces la promesa pactada, jurando con el juramento de los hijos del Mar. 脡l abri贸 los brazos y la sirenita se sumergi贸 en el agua temblando con un extra帽o temblor.

Todas las tardes el joven Pescador se internaba mar adentro, y llamaba a la sirena, y ella acud铆a invariablemente; sal铆a del agua y cantaba. En torno de ella nadaban los delfines, y las gaviotas le revoloteaban sobre la cabeza.

Cantaba una canci贸n maravillosa.

Cantaba sobre los hijos del Mar que llevan sus reba帽os de gruta en gruta, cargando los ternerillos al hombro; cantaba acerca de los tritones, que tienen largas barbas verdes y pechos velludos, y hacen sonar sus retorcidas caracolas cuando pasa el Rey; cantaba sobre el palacio del Rey que es todo de 谩mbar, y su techo es de claras esmeraldas, y el pavimento est谩 formado de resplandecientes perlas; y cantaba sobre los jardines del Mar, donde los grandes abanicos de coral se balancean todo el d铆a, y los peces nadan alrededor como p谩jaros de plata, y las an茅monas se cogen a las rocas y en la arena amarilla florecen con grandes corolas rojas. Cantaba de las vastas ballenas, que bajan de los mares del Norte con sus barbas cuajadas de agudos car谩mbanos; cantaba tambi茅n acerca de las sirenas, que cantan tales maravillas, que los mercaderes deben taparse con cera los o铆dos, por temor, al escucharlas, de saltar al agua y ahogarse; cantaba sobre las naves hundidas, con sus altos m谩stiles y sus marineros aferrados a煤n a las jarcias, y de las caballas entrando y saliendo por los huecos abiertos en el casco; cantaba sobre las lapas diminutas, que son grandes viajeras porque adheridas a la quilla de los barcos dan vueltas al mundo una y otra vez; y cantaba de las jibias, que habitan los arrecifes y extienden sus largos brazos negros, y pueden crear la noche cuando se les antoja. Cantaba al Nautilus, que tiene un barquito tallado en 贸palo y se gobierna con una vela de plata; cantaba a los grandes leones marinos, con sus colmillos curvos, y a los hipocampos, de crines flotantes y graciosos cuerpos de carey rojo y cabriolante.

Mientras la sirenita cantaba, los atunes sub铆an de las profundidades para o铆ra, y el joven Pescador lanzaba sus redes al mar y los atrapaba, o bien traspasaba con su arp贸n a los m谩s grandes. Y cuando ten铆a su barca bien cargada, la sirena le sonre铆a y se sumerg铆a nuevamente hacia el reino de su padre.

Sin embargo, ella nunca se le acerc贸 tanto como para que el Pescador pudiese volver a tocarla. Muchas veces 茅l la llam贸 y le suplic贸, pero ella no quer铆a; y cuando trataba de capturarla, ella se zambull铆a en el mar con la gr谩cil rapidez de una foca, y ya no volv铆a a verla en todo el d铆a. Y cada d铆a el sonido de su voz era m谩s dulce. Tan dulce era la voz de la sirena que a veces el pescador olvidaba sus redes. Esas tardes pasaban en cardumen los atunes con sus aletas purp煤reas y sus ojos de oro el谩stico, sin que el pescador se diera cuenta. Esas tardes el arp贸n descansaba ocioso a su lado, y los cestos de mimbre quedaban vac铆os. El Pescador, con los labios entreabiertos y los ojos llenos de maravilla, se quedaba muy quieto en la barca, escuchando, escuchando, hasta que la niebla llegaba arrastr谩ndose a envolver la embarcaci贸n y la luna ten铆a de plata su cuerpo de bronce.

Y una tarde llam贸 a la sirena y le dijo:

—Sirenita, sirenita, yo te quiero. Seamos novios, porque estoy enamorado de ti..

Pero la sirena neg贸 moviendo tristemente la cabeza, mientras dec铆a:

—Tienes un alma humana. Solo podr铆a amarte yo si t煤 te desprendieses de tu alma.

Entonces el joven pescador se dijo:

—¿De qu茅 me sirve mi alma? No puedo verla, no puedo tocarla, no la conozco. La despedir茅, y podr茅 ser feliz.

Y de sus labios surgi贸 un grito de alegr铆a, y poni茅ndose de pie en su barca extendi贸 los brazos hacia la sirena, y le dijo:

—Expulsar茅 a mi alma, y entonces seremos novios, y viviremos juntos en lo m谩s profundo del mar, y me mostrar谩s todo lo que has cantado, y yo har茅 todo lo que quieras, y ya nunca podr谩n separarse nuestras vidas.

Y la sirenita ri贸 alegremente, escondiendo el rostro entre las manos.

—Pero ¿c贸mo podr茅 desprenderme de mi alma? —pregunt贸 el pescador—. Dime qu茅 debo hacer y lo har茅 ahora mismo.

—¡Ay! —repuso la sirenita—. ¡Yo no lo s茅! Los hijos del Mar no tenemos alma.

Lo mir贸 con sus ojos ardientes y se hundi贸 en lo profundo.

Al d铆a siguiente, muy temprano, cuando el sol todav铆a no se alzaba un palmo por sobre la colina, el joven pescador se dirigi贸 a la casa del cura, y llam贸 tres veces a la puerta.

El novicio se asom贸 por el postigo y cuando vio de quien se trataba, descorri贸 el cerrojo y le dijo:

—Entra.

El joven entr贸, se arrodill贸 sobre la estera de juncos del suelo, y dijo al cura, que le铆a el Libro Santo:

—Padre, estoy enamorado de una hija del Mar, y mi alma impide que consiga mi deseo. Dime por favor, qu茅 es lo que debo hacer para librarme de mi alma, porque no la necesito: ¿De qu茅 me sirve mi alma? No puedo verla, no puedo tocarla, no la conozco.

—¡Oh, mi muchacho, est谩s loco o has comido quiz谩s alg煤n hongo venenoso! El alma es lo m谩s noble que hay en el hombre, y nos fue dada por Dios para que la usemos noblemente. Nada hay tan precioso como el alma humana, ni cosa terrestre alguna que pueda compar谩rsele. Vale todo el oro del mundo, y es m谩s preciosa que los rub铆es de los reyes. Hijo m铆o, no pienses m谩s en algo as铆, porque incluso tal pensamiento es un pecado mortal. Los hijos del Mar, ellos est谩n perdidos, y los que tienen comercio con ellos, lo est谩n tambi茅n. Son como las bestias del campo, que no distinguen el bien del mal. ¡Por ellos no muri贸 nuestro Se帽or Jesucristo!

Al escuchar las amargas palabras del cura, al joven Pescador se le llenaron de l谩grimas los ojos; se levant贸 y repuso:

—Padre, los faunos viven en la selva, y viven contentos; y los tritones vienen a descansar sobre las rocas del acantilado, con sus arpas doradas. D茅jame ser como ellos, te lo ruego, porque sus d铆as son como los d铆as de las flores. Y en cuanto a mi alma, dime t煤, ¿de qu茅 me sirve si se interpone entre yo y el ser que amo?

—El amor del cuerpo es ruin —exclam贸 el cura, frunciendo el ce帽o—, y los seres paganos que Dios permite que vaguen por el mundo, tambi茅n son ruines y mal茅ficos. ¡Malditos los faunos del bosque, y malditos los cantores del Mar! Los he o铆do a veces en las noches, e intentan distraerme de mi rosario. Llaman a mi ventana levemente, y r铆en, y me susurran al o铆do el cuento de sus placeres peligrosos. Me seducen con sus proposiciones y cuando me propongo rezar me hacen muecas. ¡Te digo que est谩n perdidos, est谩n perdidos!… Para ellos no hay cielo ni infierno y en ninguno lugar podr谩n alabar el nombre del Se帽or.

—Padre —replic贸 el joven Pescador—, t煤 no sabes lo que dices. Una tarde captur茅 en mis redes a la hija de un Rey del Mar. Y es m谩s hermosa que la estrella de la ma帽ana y m谩s blanca que la luna. Yo dar茅 mi alma por su cuerpo y renunciar茅 al cielo por su amor. Contesta mi pregunta y d茅jame ir en paz.

—¡Atr谩s! ¡Atr谩s! —grit贸 el cura—. ¡Esa muchacha est谩 perdida y te perder谩s con ella!

Y lo expuls贸 de la casa parroquial sin darle la bendici贸n.

El joven Pescador se dirigi贸 al mercado; caminando lentamente, con la cabeza baja, sumido en una tristeza insondable.

Cuando lo vieron los mercaderes, cuchichearon entre ellos, y uno se adelanto. Despu茅s de llamarlo por su nombre, le pregunt贸:

—¿Qu茅 vendes, pescador?

—Vendo mi alma —contesto el joven Pescador—. Te ruego que me la compres, porque estoy cansado con ella. ¿De qu茅 sirve mi alma? No puedo verla. No pudo tocarla. No la conozco.

Entonces los mercaderes se burlaron de 茅l:

—Pero dinos, muchacho, ¿de qu茅 nos servir铆a el alma de un hombre? No vale ni una mala moneda de cobre. Si quieres te podemos comprar tu cuerpo como esclavo, y te vestiremos de rojo y te pondremos un anillo en el dedo y podr谩s ser el favorito de la gran Reina. Pero no nos hables de tu alma porque a nosotros tampoco nos sirve para nada, ni tiene valor alguno.

El joven Pescador pens贸:

—¡Qu茅 cosa rara! El cura dice que el alma vale todo el oro del mundo, pero los mercaderes aseguran que no vale ni una mala moneda de cobre.

Sali贸 del mercado, y se encamin贸 hacia la playa donde se puso a meditar sobre qu茅 deber铆a hacer.

Al mediod铆a, el Pescador record贸 que cierta vez uno de sus compa帽eros le hab铆a hablado de una bruja joven que viv铆a en una caverna al extremo de la bah铆a, y que era muy sabia en brujer铆as. De inmediato ech贸 a correr en direcci贸n a la caverna. Tan veloz que una nube de polvo le segu铆a al correr por la arena de la playa.

La joven bruja adivin贸 la llegada del Pescador por una picaz贸n que sinti贸 en la palma de la mano; se solt贸 entonces la roja cabellera y se puso a re铆r. Se qued贸 de pie a la entrada de la caverna, teni茅ndo en la mano una rama de cicuta florida.

—¿Qu茅 necesitas? —grit贸 cuando el Pescador sub铆a jadeando por el acantilado—. ¿Quieres peces para tus redes cuando el viento sopla en contra? Si es eso, tengo un caramillo que cuando se sopla en 茅l, el m煤jol se mete a la bah铆a. Pero tiene su precio, hermoso joven, tiene su precio. ¿Qu茅 necesitas? ¿Quieres una tormenta que haga naufragar los barcos y arrastre a la costa ba煤les llenos de tesoros? Tengo m谩s huracanes que el tiempo, porque mi amo es m谩s fuerte que el tiempo, y con un cedazo y un cubo de agua puedo enviar las grandes carabelas al fondo del mar. Pero tambi茅n tiene su precio, hermoso joven, tiene su precio. ¿Qu茅 necesitas? Conozco una flor que crece en el valle y que yo solo conozco. Tiene las hojas p煤rpura, y una estrella en el coraz贸n, y su jugo es tan blanco como la leche. Si tocas los labios desde帽osos de la gran Reina con esta flor, ella te seguir谩 a trav茅s del mundo entero. Pero tiene su precio, hermoso joven, tiene su precio. ¿Qu茅 necesitas? Puedo machacar un sapo en el mortero y hacer un caldo, removi茅ndolo con la mano de un muerto. Si mojas con ese caldo a tu enemigo mientras duerme, se convertir谩 en una v铆bora negra, y lo matar谩 su propia madre. Con ayuda de una rueda puedo hacer bajar a la luna del cielo, y en un cristal puedo mostrarte la Muerte. ¿Qu茅 necesitas? ¿Qu茅 necesitas? Dime tu deseo y yo te lo conceder茅. Pero me tendr谩s que pagar su precio, hermoso joven, me tendr谩s que pagar su precio.

—Mi deseo es poca cosa —contest贸 el joven Pescador—, sin embargo el cura se enoj贸 conmigo y me arroj贸 de su casa. Es poca cosa, pero los mercaderes se burlaron de m铆 y me lo negaron. Por eso vengo a conversar contigo, a pesar que los hombres dicen que eres mala; y sea cual sea tu precio, te lo pagar茅.

—¿Qu茅 necesitas? —pregunt贸 la bruja, acerc谩ndosele.

—Quiero desprenderme de mi alma —contesto— el joven Pescador.

La bruja palideci贸 y, con un estremecimiento, escondi贸 su rostro en el manto azul.

—Hermoso joven, hermoso joven —murmur贸—, esa es una cosa terrible.

Pero 茅l sacudi贸 sus rizos oscuros y se ech贸 a re铆r.

—¿De qu茅 me sirve mi alma? —dijo—. No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco.

—¿Qu茅 me dar谩s si te lo digo? —pregunt贸 la bruja mir谩ndolo con sus hermosos ojos.

—Tengo cinco monedas de oro para darte —contesto 茅l—, y tambi茅n mis redes, y la choza de ca帽as en que vivo, y la barca en que navego. Dime solamente lo que debo hacer para desprenderme de mi alma, y te dar茅 todo lo que tengo.

Ella se ri贸 burlonamente, lo roz贸 con la rama de circuta, y le dijo:

—Si yo lo desease, podr铆a convertir en oro las hojas del oto帽o, y tejer hebras de plata con los rayos de la luna. Mi amo es m谩s rico que todos los reyes de este mundo, y gobierna en todos los dominios de la tierra.

—¿Qu茅 te dar茅 entonces —dijo 茅l—, si no esperas recibir oro ni plata?

La joven bruja le acarici贸 los cabellos con su mano blanca y fina y sonriendo, murmur贸:

—Tendr谩s que bailar conmigo, hermoso joven.

—¿Solo bailar contigo? —exclam贸 el Pescador maravillado.

—Nada m谩s —contesto ella— sonriendo de nuevo.

—En cuanto se ponga el sol, bailaremos juntos donde nadie nos vea, o donde quieras que lo hagamos —dijo 茅l— y despu茅s de bailar me dir谩s lo que quiero saber.

Ella agit贸 la cabeza murmurando:

—Cuando salga la luna, cuando salga la luna.

Luego observ贸 atentamente alrededor, y atentamente escuch贸. Un p谩jaro azul sali贸 chillando de su nido y se puso a describir c铆rculos sobre las dunas; y tres p谩jaros pardos bostezaron en medio de la hierba verde y 谩spera silb谩ndose entre s铆. No se o铆a m谩s que el susurro de las olas arrastrando las piedras pulidas de la playa. Entonces la bruja extendi贸 su mano, atrajo hacia s铆 al joven pescador y le acerc贸 los labios al o铆do:

—Esta noche habr谩s de venir a la cumbre de las colinas —susurr贸—. Es s谩bado y estar谩 脡l.

El joven Pescador se estremeci贸. Ella re铆a, mostrando sus dientes blancos.

—¿Qui茅n va a estar all铆? —pregunt贸.

—Eso no debe importarte —repuso ella—. Ven esta noche y esp茅rame a la sombra del espino blanco… si un perro negro te acomete, golp茅alo con una rama de sauce y huir谩. Y si te habla un b煤ho, no le respondas. Cuando la luna est茅 en el cenit ir茅 a buscarte y bailaremos juntos sobre la hierba.

—Pero, ¿Juras decirme qu茅 debo hacer para desprenderme de mi alma? —pregunt贸 el joven Pescador.

Ella se puso al sol y el viento agit贸 sus cabellos rojos.

—Te lo juro por las pezu帽as del macho cabr铆o —prometi贸.

—Eres la mejor de las brujas —exclam贸 el Pescador—, y bailar茅 contigo esta noche en la cumbre de las colinas… Hubiera preferido que me pidieras oro o plata, pero de todos modos el precio me conviene… es poca cosa.

Se quit贸 la gorra, hizo una profunda reverencia ante la mujer, y baj贸 corriendo de regreso al pueblo, ebrio de alegr铆a.

La joven bruja lo mir贸 hasta que el Pescador se perdi贸 de vista. Volvi贸 entonces a su gruta, sac贸 un espejo de un cofre de cedro labrado, y lo puso en un marco. Luego, sobre unas brasas, quem贸 delante del espejo un pu帽ado de verbena, y mir贸 atentamente a trav茅s de las espirales de humo. Despu茅s de unos instantes cerr贸 los pu帽os iracunda:

—Deber铆a haber sido m铆o —murmur贸—, soy tan hermosa como ella.

Esa noche, al salir la luna, el joven Pescador trep贸 a la cima del monte, y esper贸 bajo las ramas del espino blanco. All谩 abajo, a sus pies, se extend铆a el mar como una rodela de plata bru帽ida, y la sombra de las barcas de pesca moteaba la bah铆a de signos que resbalaban por la luz. Un gran b煤ho, de amarillos ojos sulf煤reos, lo llam贸 por su nombre… pero 茅l no respondi贸. Y un perro negro lo persigui贸 gru帽endo… 茅l lo golpe贸 con una rama de sauce y el perro huy贸 lanzando ga帽idos lastimeros.

Las brujas llegaron a medianoche, volando por el aire como murci茅lagos.

—¡Whee—ho! —gritaban al tocar tierra—. Aqu铆 hay uno a quien no conocemos.

Olfateaban alrededor, charlaban entre ellas, y se hac铆an signos.

La joven Bruja, con su roja cabellera al viento, lleg贸 la 煤ltima de todas. Vest铆a un traje de tis煤 de oro, bordado con ojos de pavos reales, y un peque帽o birrete de terciopelo verde en la cabeza.

—¿D贸nde est谩, d贸nde est谩? —chillaron las brujas cuando la vieron.

Pero ella no hizo m谩s que re铆r, corri贸 hacia el espino blanco, tom贸 de la mano al Pescador y llev谩ndolo a la luz de la luna comenzaron a bailar. Pronto todos estaban bailando.

Giraban juntos vertiginosamente, dando vuelta tras vuelta, y la joven Bruja saltaba tan alto que el Pescador pod铆a ver los tacos escarlata de sus zapatillas.

Entonces, por encima del tumulto de los bailarines, se escuch贸 galopar un caballo, pero no se ve铆a caballo alguno, y el joven Pescador tuvo miedo.

—¡M谩s r谩pido! ¡M谩s r谩pido! —grit贸 la bruja abraz谩ndolo por el cuello a tiempo que le exhalaba su aliento c谩lido en el rostro.

—¡M谩s r谩pido! ¡M谩s r谩pido! —volvi贸 a gritar, y la tierra parec铆a girar bajo los pies del Pescador, y la cabeza le daba vueltas, y comenz贸 a sentirse dominado por el terror, como si lo estuviera observando un ser mal茅fico. Al fin advirti贸 que al pie de una roca, hab铆a una sombra que reci茅n no estaba all铆.

Era un hombre vestido de terciopelo negro, a la manera espa帽ola; ten铆a el rostro p谩lido, y sus labios eran orgullosos como una flor roja. Estaba reclinado contra la roca, como si estuviese muy cansado, y su mano izquierda jugaba distra铆da con el pomo de la daga que pend铆a del cintur贸n. A su lado, sobre la hierba, hab铆a un sombrero emplumado y unos guantes de montar bordados con hilos de oro. Sus manos blancas estaban cubiertas de preciosos anillos y una capa corta le colgaba del hombro izquierdo. El Pescador no pod铆a verle los ojos, porque los velaban sus p谩rpados cansados.

El joven Pescador no pod铆a apartar la mirada de esta figura, como si fuese v铆ctima de un sortilegio. Al fin se encontraron sus ojos, que parec铆an seguirle dondequiera que los llevara la danza. Entonces escuch贸 re铆r a la Bruja, y tom谩ndola de la cintura giraron y giraron locamente.

De pronto, un perro ladr贸 en el bosque, y los bailarines se detuvieron, y fueron subiendo de a dos en dos, para besar las manos del hombre. Mientras lo hac铆an, una sonrisa se dibuj贸 levemente en sus labios altivos. Pero hab铆a cierto desd茅n en el gesto, y los ojos del hombre continuaban fijos en el joven Pescador.

—¡Ven, ador茅moslo! —murmur贸 la Bruja tirone谩ndolo hacia arriba.

El Pescador sinti贸 un gran deseo de hacer lo que ella le ped铆a, y la sigui贸. Pero cuando estuvo cerca de 茅l, sin saber por qu茅, hizo la se帽al de la cruz, invocando el Nombre Santo.

Al instante, las brujas emprendieron vuelo chillando como halcones, y el rostro p谩lido que hab铆a estado mirando, se contrajo en con un espasmo de dolor. El hombre se dirigi贸 al bosque y silb贸. Un corcel con arreos de plata corri贸 a su encuentro. El hombre salt贸 sobre la silla, se volvi贸, y mir贸 tristemente, por 煤ltima vez, al joven Pescador.

La Bruja de cabellos rojos tambi茅n trat贸 de levantar el vuelo, pero el Pescador la sujeto fuertemente por las mu帽ecas.

—¡Su茅ltame! —grit贸 ella—. ¡D茅jame ir, porque has nombrado lo que no deber铆a nombrarse, y has hecho el signo que no debe verse!

—¡No! —replic贸 茅l—. No te dejar茅 ir hasta que me hayas dicho el secreto.

—¿Qu茅 secreto? —pregunt贸 ella forcejeando como un gato mont茅s y mordi茅ndose los labios, blancos de espuma.

—¡Lo sabes muy bien! —dijo el joven.

Los ojos de la bruja, verdes como el pasto, centellearon de l谩grimas, diciendo:

—¡P铆deme lo que quieras, menos eso!

Pero 茅l se ech贸 a re铆r, y la sujet贸 con m谩s fuerza.

Y cuando ella vio que no pod铆a escapar, le susurr贸 al o铆do:

—¿No te parece que soy tan bella como las hijas del Mar, tan seductora como las que viven bajo las aguas azules?

Y lo miraba cari帽osamente, acercando su rostro al del joven.

Pero el Pescador la rechaz贸 frunciendo el ce帽o, mientras dec铆a:

—Si no cumples la promesa que me hiciste, tendr茅 que matarte por ser bruja falsa y mentirosa.

Ella palideci贸, tomando el color gris l铆vido de la flor del 谩rbol de Judas, y estremeci茅ndose le se帽al贸:

—Ser谩 como quieres. Es tu alma y no la m铆a. Haz con ella lo que se te antoje.

Y se descolg贸 del cintur贸n un cuchillito, con mango de piel de v铆bora verde, para entreg谩rselo. En la hoja centelleaban misteriosas runas.

—¿Y para qu茅 me va a servir esto? —pregunt贸 el Pescador sorprendido.

Ella call贸 todav铆a por un instante y una sombra de terror le pas贸 por el rostro. Luego sonri贸 extra帽amente, sacudi贸 su cabellera reja, y agreg贸:

—Lo que los hombres llaman la sombra del cuerpo no es la sombra del cuerpo, sino el cuerpo del alma. Ponte de pie en la playa, de espaldas a la luna, y con este cuchillo corta, desde tus pies, tu sombra, que es el cuerpo de tu alma, y ord茅nale que se vaya. Ella as铆 tendr谩 que hacerlo.

El joven Pescador se estremeci贸 de placer.

—¿Es verdad lo que me dices? —murmur贸.

—Es cierto, y quisiera no hab茅rtelo dicho nunca —murmur贸 ella llorando, y se abraz贸 a sus rodillas.

Pero el Pescador la rechaz贸 de nuevo, y la hizo caer sobre la hierba espesa, luego se guard贸 el cuchillo en el cintur贸n, camin贸 hasta el borde de la cima e inici贸 el descenso.

Y su alma, que estaba dentro de 茅l y hab铆a escuchado todo, lo llam贸 para decirle apesadumbrada:

—Escucha, he vivido contigo todos estos a帽os y siempre estuve a tu servicio. No me arrojes ahora… ¿qu茅 mal te he hecho?

Y el joven Pescador se puso a re铆r:

—No me has hecho ning煤n da帽o pero no te necesito. El mundo es ancho, y hay Cielo e Infierno, y esa sombr铆a mansi贸n crepuscular que se extiende entre ambos. Ve donde se te ocurra, pero no me importunes, porque mi amor me est谩 llamando.

El alma suplic贸, pla帽idera, pero el Pescador, sin hacerle caso, baj贸 saltando de risco en risco, tan seguro de pies como una cabra. Por fin lleg贸 a la playa amarillenta junto al mar.

Recio y bronceado, como una estatua esculpida por un griego, se alz贸 sobre la arena, de espaldas a la luna; y, de la espuma, surgieron, llam谩ndolo, unos brazos blancos, y de las olas se levantaron formas indecisas, rindi茅ndole homenaje. Delante suyo, yac铆a su sombra, que era el cuerpo de su alma, y detr谩s, en el aire, colgaba la luna color miel.

Su alma todav铆a le dijo:

—Si realmente quieres echarme, no me despidas sin coraz贸n. El mundo es cruel, dame tu coraz贸n para llevarlo conmigo.

Pero el Pescador, moviendo la cabeza, sonri贸:

—¿C贸mo voy a amar a mi amor si te doy mi coraz贸n?

—S茅 generoso —insisti贸 el alma —, dame tu coraz贸n, que el mundo es muy cruel y tengo miedo.

—Mi coraz贸n es de mi amor —dijo 茅l—. No seas porfiada y vete.

—¿Y no podr茅 amar yo tambi茅n? —pregunt贸 su alma.

—¡脕ndate, te digo, yo no te necesito para nada!

Y tom贸 el cuchillo con mango de piel de v铆bora verde, y recort贸 su sombra alrededor, a partir de sus pies. Y la sombra se irgui贸, y qued贸 en pie delante de 茅l, y era exactamente igual a 茅l.

Dando un paso atr谩s, el pescador se guard贸 el cuchillo en el cintur贸n, y se sinti贸 dominado por un temor que entraba a las honduras de su ser.

—¡Ahora vete! —murmuro—. ¡Que no vuelva yo a ver tu rostro!

—No —dijo el alma—. Es necesario que nos encontremos de nuevo —su voz era llorosa y aflautada, y sus labios apenas se mov铆an al hablar.

—¿C贸mo nos encontraremos? —dijo el pescador — ¿No estar谩s pensando seguirme a las profundidades del mar?

—Todos los a帽os vendr茅 una vez a este mismo lugar y te llamar茅—dijo el alma—. Tal vez me necesites.

—¿Para qu茅 te habr铆a de necesitar? —protest贸 el joven Pescador—. En fin, haz lo que quieras.

Y se sumergi贸 en el agua. Y los tritones soplaron sus caracolas, y la sirenita nad贸 para encontrarlo, y lo abraz贸 bes谩ndole en los labios.

Y el alma, de pie en la playa solitaria, los miraba. Y cuando desaparecieron en el mar, se march贸 llorando a trav茅s de las marismas.

Cuando transcurri贸 un a帽o, el alma vino a la orilla del mar y llam贸 al joven Pescador. 脡l subi贸 de las profundidades, y la interrog贸 en tono fastidiado:

—¿Por qu茅 me llamaste?

Y el alma respondi贸:

—Ac茅rcate m谩s, para que pueda hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas.

El Pescador se acerc贸 a la orilla, se tendi贸 sobre el agua, y escuch贸 con la cabeza apoyada en la mano.

Y el alma le refiri贸:

—Cuando nos separamos mir茅 hacia el Oriente, y camin茅 hacia all谩, pues del Oriente viene toda la sabidur铆a. Estuve caminando seis d铆as, y al amanecer del s茅ptimo, llegue a una colina que se encuentra en el pa铆s de los T谩rtaros. Tuve que sentarme a la sombra de un tamarindo, porque el pa铆s era seco y el calor me abrasaba. La gente iba y ven铆a, como moscas arrastr谩ndose por una bandeja de cobre bru帽ido. Al mediod铆a se levant贸 una nube de polvo, y apenas la divisaron los t谩rtaros prepararon sus arcos saltaron sobres sus caballos, y galoparon hacia ella. Las mujeres subieron chillando a los carros, y se escondieron tras las cortinas de fieltro.

“Los t谩rtaros volvieron al caer la tarde; faltaban cinco de ellos, y muchos de los que volv铆an estaban heridos. Subieron a los carros y se alejaron velozmente. Cuando sali贸 la luna, vi los fuegos de un campamento y me dirig铆 hacia all谩. Era una caravana de mercaderes, sentados en sus alfombras alrededor de una fogata.

“Al acercarme, su jefe se levant贸, y desenvainando la espada, me pregunt贸 qu茅 quer铆a.

“Repuse que en mi pa铆s yo era un pr铆ncipe, y que hab铆a huido de los t谩rtaros que me llevaban prisionero. El jefe sonri贸 mostr谩ndome cinco cabezas clavadas en varas de bamb煤.

“Luego me pregunt贸 quien era el profeta de Dios, y yo le dije que Muhammad.

“Al o铆rme pronunciar el nombre del falso profeta, me tom贸 de la mano y me hizo sentar a su lado. Un negro me trajo leche de yegua y un trozo de cordero asado.

“Continuamos el viaje a la salida del sol. Yo cabalgaba en un camello al lado del jefe, y un esclavo corr铆a delante de nosotros agitando una lanza. Nos segu铆an los hombres de armas, desplegados a uno y otro lado, y detr谩s las mulas con las mercanc铆as.

“Mucho cabalgamos. Del pa铆s de los t谩rtaros pasamos al pa铆s de los que odian a la Luna, donde vimos los grifos custodiando su oro sobre rocas blancas, y los dragones cubiertos de escamas durmiendo en sus cavernas. Cuando cruzamos las monta帽as, conten铆amos el aliento por miedo a que las nieves cayeran encima de nosotros. Al pasar por los valles, los pigmeos nos lanzaron flechas desde los huecos de los 谩rboles, y durante la noche escuchamos los tambores de los salvajes. Cuando llegamos a la Torre de los Monos, les ofrecimos fruta, y no nos hicieron da帽o. Cuando alcanzamos la Torre de las Serpientes, les ofrecimos leche tibia, y nos dejaron pasar mir谩ndonos con sus ojos inexcrutables.

“Los se帽ores de cada ciudad nos exig铆an tributos de paso, pero no nos abr铆an sus puertas. Nos arrojaban pan, pastelillos de harina cocidos en miel, y pasteles de cebada rellenos con d谩tiles, desde lo alto de sus muros.

“Cuando los habitantes de las aldeas nos ve铆an acercar, envenenaban sus pozos y escapaban a la cumbre de los cerros. Luchamos con los magdenses, que nacen viejos y se rejuvenecen a帽o tras a帽o hasta que mueren ni帽os; y con los lactros, que se dicen hijos de los tigres y se pintan de negro y amarillo; y con los aurantes, que sepultan a sus muertos en los 谩rboles, y viven en oscuras cavernas por miedo a que el sol, que es su dios, les quite la vida.

“Un tercio de nuestra caravana muri贸 peleando, y un tercio pereci贸 de hambre. El resto murmuraba en contra m铆a, diciendo que les hab铆a tra铆do la mala suerte. Entonces tom茅 una v铆bora de debajo de una piedra y la dej茅 que me mordiera. Cuando vieron que no me pasaba nada, sintieron temor pero no me amaron.

“Tras cuatro meses de viaje agobiador, llegamos a la ciudad de Illiel. Era de noche, y al amanecer llamamos a sus inmensas puertas. Los centinelas preguntaron qu茅 quer铆amos, y nosotros respondimos que ven铆amos de la isla de Siria con gran cantidad de mercanc铆as. Ellos nos dijeron que abrir铆an las puertas al mediod铆a.

“Y as铆 lo hicieron; abrieron las puertas cuando el sol estaba en el cenit y apenas entramos acudi贸 la gente para vernos, y un pregonero recorri贸 la ciudad. Nos detuvimos en el mercado, donde los mercaderes mostraron los lienzos encerados del Egipto, y las telas pintadas de los Et铆opes, y las esponjas purp煤reas de Tiro y los tapices azules de Sid贸n.

“El primer d铆a vinieron a comprar los sacerdotes, al segundo los nobles, y al tercero los artesanos y los esclavos.

“Permanecimos all铆 toda una luna hasta que, hastiado, me puse a vagar por las calles de la ciudad. As铆 llegu茅 al jard铆n de su dios. Los sacerdotes vestidos de amarillo, paseaban silenciosos entre los 谩rboles verdes, y sobre un pavimento de m谩rmol negro se levantaba el palacio rosado que sirve de mansi贸n al dios.

“Uno de los sacerdotes, me pregunt贸 qu茅 deseaba.

“Le respond铆 que quer铆a ver al dios.

“—El dios ha ido de cacer铆a —dijo el sacerdote mir谩ndome con sus ojos oblicuos.

“—Dime a qu茅 selva ha ido, pues quiero cabalgar con 茅l —repuse.

“El sacerdote pein贸 los flecos de su t煤nica con las u帽as puntiagudas, y respondi贸:

“—El dios est谩 durmiendo.

“—Dime en qu茅 lecho, y velar茅 su sue帽o —respond铆.

“—El dios est谩 en la fiesta —grit贸 el sacerdote.

“—Si el vino es dulce, beber茅 con 茅l, y si es amargo beber茅 tambi茅n —respond铆.

“El sacerdote, asombrado, me cogi贸 de la mano y me condujo al templo.

“En la primera c谩mara hab铆a un 铆dolo sentado en un trono de jaspe. Era de 茅bano tallado y de la estatura de un hombre. Ten铆a un rub铆 en la frente y sus pies estaban enrojecidos por la sangre de un cabrito reci茅n degollado.

“Le pregunt茅 al sacerdote:

“—¿Es 茅ste el dios?

“Y 茅l me respondi贸:

“—Este es el dios.

“—Ens茅帽ame el dios —grit茅—, o te matar茅 sin vacilar.

“Y le toqu茅 la mano, que se marchit贸 enseguida.

“El sacerdote me implor贸 diciendo:

“—Cure mi se帽or a su siervo, y le mostrar茅 al dios.

“Le sopl茅 en la mano que se cur贸 de inmediato. Temblando me condujo a un segundo aposento, donde hab铆a un 铆dolo, en pie sobre un loto de jade. Era todo de marfil y del doble de la estatura de un hombre. Ten铆a un cris贸lito en su frente, y sus pechos estaban ungidos de mirra y cinamomo.

“Yo interrogu茅 al sacerdote:

“—¿Es 茅ste el dios?

“Y 茅l me respondi贸:

“—Este es el dios.

“—Ens茅帽ame el dios—rug铆—, o te matar茅 sin vacilar.

“Y le toqu茅 los ojos, que quedaron ciegos.

“El sacerdote me suplic贸 diciendo:

“—Cure mi se帽or a su siervo, y le mostrar茅 el dios.

“Le sopl茅 en los ojos, y la vista volvi贸 a ellos. Temblando de pavor, el sacerdote me llev贸 entonces a una tercera estancia. All铆, ¡oh maravilla!, no hab铆a 铆dolo ni imagen alguna, sino solamente un espejo redondo de metal, colocado encima de un altar de piedra.

“Y dije al sacerdote:

“—¿D贸nde est谩 el dios?

“Y 茅l me contest贸:

“—No hay m谩s dios que este Espejo, que es el Espejo de la Sabidur铆a. Todas las cosas del cielo y de la tierra las refleja, excepto el rostro de quien se mira en 茅l. No lo refleja para que el que mire pueda ser sabio. Todos los dem谩s espejos son espejos de la opini贸n. Solo 茅ste es el Espejo de la Sabidur铆a. Quienes poseen este Espejo, lo saben todo, y no hay nada oculto para ellos. Y quienes no lo poseen, no adquieren la Sabidur铆a. Este es el dios que adoramos nosotros.

“Mir茅 el espejo, y era tal como 茅l me hab铆a dicho.

“Hice entonces una cosa muy singular… No viene al caso que te lo diga, pero en un valle que est谩 a solo un d铆a de camino, tengo escondido el Espejo de la Sabidur铆a. Perm铆teme que vuelva a entrar en ti, para servirte, y ser谩s m谩s sabio que todos los sabios, y tuya ser谩 la Sabidur铆a. Perm铆teme entrar en ti, y no habr谩 nadie tan sabio como t煤.

El joven Pescador se puso a re铆r.

—El amor es mejor que la sabidur铆a —exclam贸— y la sirenita me ama.

—Te equivocas, no hay nada mejor que la sabidur铆a —dijo el alma.

—El amor es mejor —repiti贸 el joven Pescador, y volvi贸 a sumergirse en las honduras del mar, mientras el alma se alejaba llorando a trav茅s de las marismas.

Cuando el segundo el a帽o hubo transcurrido, lleg贸 el alma a la orilla del mar y llam贸 al joven Pescador. Una vez m谩s, 茅ste subi贸 de las profundidades, y pregunto:

—¿Para qu茅 me has llamado?

Y el alma repuso:

—Ac茅rcate m谩s, para poder hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas.

Y 茅l se acerc贸 a la orilla, y echado sobre el agua, escuch贸 con la cabeza apoyada en la mano.

El alma dijo entonces:

—Cuando nos separamos, mir茅 hacia el Mediod铆a, y camin茅 hacia all谩. Del Mediod铆a viene todo lo que hace Riqueza. Seis d铆as camin茅 por las sendas que conducen a la ciudad de Aster, y al amanecer del d铆a s茅ptimo divis茅 a mis pies la ciudad, en el fondo de un valle.

“En los muros de la ciudad hay nueve puertas, y en cada una de ellas hay un caballo de bronce que relincha cuando los beduinos bajan de la monta帽a. Sus murallas est谩n cubiertas de cobre y en cada una de sus torres hace guardia un arquero. Cuando sale el sol, disparan una flecha contra un gong, y al ponerse el sol tocan una bocina de cuerno.

“Quise entrar, y los centinelas me preguntaron qui茅n era. Repliqu茅 que era un derviche en camino hacia la Meca, donde est谩 la roca Kaaba y sobre ella hay un velo negro con El Cor谩n bordado en letras de oro por mano de los 谩ngeles. Ellos quedaron maravillados y me rogaron que entrara.

“Dentro de esa ciudad, es todo un bazar. ¡L谩stima que no estuvieras conmigo! Los mercaderes se sientan en el umbral de sus tiendas sobre tapices de seda. Tienen barbas negras, y turbantes cubiertos de broches de oro. Algunos venden g谩lbano y nardo, y extra帽os perfumes de las Indias, y aceite de rosa, y jugo cristalizado de las hojas de un 谩rbol, y florecillas de clavero de olor. Otros venden brazaletes de plata incrustados de turquesas azules, y colgantes de perlas, y garras de tigre engarzadas en oro, y arracadas de esmeralda, y anillos de jade. De las casas de t茅 llega el sonido del la煤d, y los fumadores de opio, con sus blancos rostros sonrientes, miran pasar a los viandantes.

“Es una l谩stima que no estuvieras conmigo. Los vendedores de vino llevan grandes pellejos negros a la espalda. Casi todos venden vino de Chiraz, que es dulce como la miel. Y lo sirven en tacitas de metal, con p茅talos de rosas. Un d铆a, vi pasar por all铆 un elefante. Llevaba el cuerpo pintado con bermell贸n y c煤rcuma. Se par贸 frente a una de las tiendas, y se puso a comer naranjas mientras el due帽o re铆a. ¡Qu茅 gente tan extra帽a! Cuando est谩n contentos, van donde un vendedor de p谩jaros, compran un centenar de ellos y los dejan libres, para aumentar su alegr铆a; y cuando est谩n tristes, se azotan con espinos, para que su tristeza sea mayor.

“Es de verdad una pena que no estuvieses conmigo. En la fiesta de la Luna Nueva el joven Emperador sali贸 de su palacio para ir a rezar a la mezquita. Llevaba la barba y los cabellos cubiertos con p茅talos de rosas, y las mejillas cubiertas con oro pulverizado.

“Sali贸 de su palacio al amanecer con una vestidura de plata; y al atardecer, volvi贸 con otra vestidura de oro. La gente se arrojaba al suelo, ocultando sus rostros; excepto yo, que no quise imitarlos. Me mantuve de pie, junto al mes贸n de un vendedor de d谩tiles, esperando.

“Al verme, el Emperador se detuvo. Pero yo continu茅 inm贸vil, sin rendirle homenaje. La gente se maravill贸 de mi audacia, y me aconsejaron que huyera de la ciudad. Pero no les hice caso, y fui a sentarme con los vendedores de dioses extranjeros, que por su oficio, son abominados. Cuando les dije lo que hab铆a hecho, me regalaron dioses, pero me suplicaron que me alejase de ellos.

“Aquella noche, mientras dorm铆a entre almohadones, en una casa de t茅 que hay en la calle de las Granadas, entraron los guardias del Emperador y me llevaron al palacio. Apenas entr茅 cerraron las puertas y las aseguraron con cadenas. Al interior hab铆a un vasto patio, los muros eran de alabastro blanco, adornados con azulejos verdes y azules. Las columnas eran de m谩rmol verde, y el pavimento de un m谩rmol color damasco. Nunca hab铆a visto nada similar.

“Cuando atraves茅 el patio, dos mujeres veladas me maldijeron desde una galer铆a. Los guardias abrieron una puerta de marfil labrado, y me encontr茅 en un patio dispuesto en siete terrazas. Estaba lleno de maceteros con tulipanes, girasoles y 谩loes. Al centro se abr铆a un surtidor de agua rodeado de cipreses que eran como antorchas apagadas, y en cada uno de ellos cantaba un ruise帽or.

“Al acercamos a un peque帽o pabell贸n que se levantaba al extremo del jard铆n, salieron dos eunucos a encontramos. Sus cuerpos obesos se balanceaban al caminar, y me miraban de soslayo, con ojos de p谩rpados amarillentos.

“Entonces, el capit谩n de la guardia me indic贸 la entrada del pabell贸n. Entr茅 apartando la cortina.

“El joven Emperador estaba reclinado sobre un lecho cubierto de pieles de le贸n. Detr谩s de 茅l se ergu铆a un nubio, desnudo hasta la cintura, con turbante de bronce y pesados aretes. Encima de una mesa, al lado del lecho, descansaba un gran alfanje de acero.

“Cuando me vio el Emperador frunci贸 el ce帽o, y me dijo:

“—¿Cu谩l es tu nombre? ¿Acaso no sabes que soy el Emperador de esta ciudad?

“Pero yo no le contest茅.

“Entonces el Emperador se帽al贸 la cimitarra con el dedo, y el nubio la empu帽贸 y abalanz谩ndose sobre m铆, me asest贸 un tajo terrible. La hoja pas贸 zumbando a trav茅s de mi cuerpo, pero no me hizo da帽o alguno. El verdugo rod贸 por tierra, y al levantarse sus dientes casta帽eteaban de terror. Corri贸 a protegerse tras el lecho.

“El joven Emperador se levant贸, tom贸 una lanza, y la arroj贸 contra m铆. Pero yo la cog铆 al vuelo y la quebr茅 en dos pedazos. Entonces 茅l me dispar贸 una flecha, pero levant茅 las manos y la detuve en el aire. Luego desenvain贸 una daga, y apu帽al贸 la garganta del nubio, para que no pudiese contarle a nadie la afrenta que hab铆a recibido. El esclavo se retorci贸 como una serpiente, y la roja espuma roja le sali贸 a borbotones entre los labios.

“Al verlo ya muerto, el Emperador se volvi贸 hacia m铆, y despu茅s de secarse el sudor con una toalla de seda carmes铆, me dijo:

“—¿Eres acaso un profeta, que no puedo herirte, o el hijo de un profeta, que no puedo da帽arte? Te ruego que salgas de mi ciudad esta noche, porque mientras est茅s aqu铆, yo ya no ser茅 el Se帽or.

“Y yo le respond铆:

“—Quiz谩s acepte marcharme, pero a cambio de la mitad de tus tesoros. Dame la mitad de tus tesoros y me ir茅 de tu ciudad.

“El Emperador me cogi贸 de la mano y me gui贸 fuera del jard铆n. Cuando me vio el capit谩n de la guardia, se maravill贸. Cuando los eunucos me vieron, les tiritaron las rodillas y cayeron al suelo.

“Hay en el Palacio una habitaci贸n que tiene ocho paredes de p贸rfido rojo, y un techo artesonado de bronce, del que cuelgan las l谩mparas. El Emperador toc贸 una de las paredes y 茅sta se abri贸. Bajamos entonces por un corredor iluminado por antorchas. En nichos, a uno y otro lado, hab铆a grandes c谩ntaros, llenos hasta el borde de monedas de plata. Cuando llegamos al centro del corredor el Emperador dijo la palabra que no puede ser dicha, y gir贸 una puerta de granito. El se cubri贸 el rostro con las manos, por temor a que sus ojos quedaran deslumbtados.

“No puedes imaginarte qu茅 sitio tan maravilloso. Hab铆a grandes conchas de tortuga rebosantes de perlas, y selenitas de gran tama帽o amontonadas con rub铆es rojos. El oro estaba almacenado en arcas de piel de elefante, y el oro en polvo en botellas de cuero de bestias marinas. Hab铆a 贸palos y zafiros; los primeros en copas de cristal, los segundos en copas de jade. Ordenadas en bandejas de marfil hab铆a esmeraldas verdes, y en un rinc贸n grandes sacos de seda, unos con turquesas y otros con berilos. Y a煤n no he podido decirte ni la d茅cima parte de lo que all铆 hab铆a. Cuando el Emperador apart贸 las manos de su rostro, me expreso:

“—Este es mi tesoro, y tal como te promet铆, la mitad de 茅l es tuya. Y te dar茅 camellos y camelleros para que lleves tu parte a cualquier lugar del mundo que se te antoje. Y todo quedar谩 hecho esta misma noche, pues no quiero que el Sol, que es mi padre, vea que en mi ciudad hay un hombre al que no puedo matar.

“Pero yo le respond铆:

“—El oro que hay aqu铆 es tuyo, y tambi茅n es tuya la plata, y tuyas las piedras preciosas. No los necesito para nada, ni aceptar茅 otra cosa tuya que ese anillo que llevas en el dedo.

“Y el Emperador frunci贸 el ce帽o y exclam贸:

“—Es una sortija de plomo, sin ning煤n valor. Toma la mitad del tesoro y vete.

“—No —repliqu茅—, solo aceptar茅 ese anillo de plomo, porque s茅 muy bien lo que hay escrito por dentro, y con qu茅 fin.

“Y el Emperador tembl贸, y me implor贸, diciendo:

“—Toma el tesoro entero, pero 谩ndate de mi ciudad. La mitad m铆a tambi茅n ser谩 tuya.

“Y entonces hice una cosa muy singular… Pero no importa lo que hice, porque en una gruta, que est谩 solo a un d铆a de camino, tengo escondido el Anillo de la Riqueza. Un d铆a de marcha nada m谩s. Qui茅n posee ese anillo es m谩s rico que todos los reyes de la tierra. Ven, t贸malo, y todas las riquezas del mundo ser谩n tuyas.

Pero el joven Pescador se ech贸 a re铆r:

—El amor es mejor que la riqueza —exclam贸—, y la sirenita me ama.

—No, no hay nada mejor que la riqueza —insisti贸 el alma.

—El amor es mejor—replic贸 el joven Pescador.

Y volvi贸 a hundirse en las profundidades, mientras el alma part铆a llorando a trav茅s de las marismas.

Pasado el tercer a帽o, el alma regres贸 a la orilla del mar y llam贸 al joven pescador. Este subi贸 desde las profundidades y dijo:

—¿Para qu茅 me llamas?

Y el alma le dijo:

—Ac茅rcate m谩s para que pueda hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas.

El se acerc贸 a la orilla, y echado sobre el agua, escuch贸 con la cabeza apoyada en la mano.

El alma le cont贸:

—En una ciudad que conozco, hay una posada a la orilla de un r铆o, donde estuve en compa帽铆a de unos marineros que beb铆an vinos de dos colores y com铆an pan de cebada con pescaditos salados servidos en hojas de laurel con vinagre; nos divert铆amos all铆, cuando entr贸 un viejo con una alfombra de cuero y un la煤d que ten铆a dos cuernos de 谩mbar. Extendi贸 el tapiz en el suelo y comenz贸 a tocar el la煤d con la punta de una pluma; entonces entr贸 corriendo una muchacha, con el rostro cubierto por un velo, y comenz贸 a bailar ante nosotros. Ten铆a cubierto el rostro, pero los pies desnudos. Ten铆a los pies desnudos y se agitaban sobre el tapiz como dos pichones blancos. Jam谩s, en ninguno de mis viajes, vi nada tan maravilloso. Y la ciudad donde baila queda solo a una jornada de aqu铆.

Cuando el joven Pescador oy贸 las palabras de su alma, record贸 que la sirenita no ten铆a pies, y no pod铆a danzar. Y se apoder贸 de 茅l un gran deseo, y se dijo:

—Puesto que solo queda de aqu铆 a un d铆a, luego puedo volver al lado de mi amor.

Riendo, se puso de pie y camin贸 a grandes pasos hacia la orilla.

Al llegar a tierra firme volvi贸 a re铆r y extendi贸 los brazos hacia su alma. Y su alma lanz贸 un gran grito de alegr铆a, y corri贸 a su encuentro, y penetr贸 en 茅l; y el joven Pescador vio delante suyo, sobre la arena esa sombra del cuerpo que es el cuerpo del alma.

Y su alma le dijo:

—Ven, alej茅monos de aqu铆 ahora mismo, mira que los dioses del mar son muy celosos y tienen monstruos que obedecen sus mandatos.

Se apresuraron y toda aquella noche caminaron bajo la luna, y todo el d铆a siguiente caminaron bajo el sol, y al atardecer llegaron a una ciudad.

Y entonces el joven Pescador pregunt贸 a su alma:

—¿Est谩 es la ciudad donde danza la muchacha de quien me hablaste?

Y su alma contest贸:

—No, no es est谩 ciudad, es otra. Sin embargo, entremos.

Y entraron, y vagaron por las calles. Al pasar por el barrio de los joyeros, el joven Pescador se fij贸 en una copa de plata que estaba expuesta en una tienda. Y su alma le dijo:

—Toma esa copa de plata y esc贸ndela.

El tom贸 la copa y la escondi贸 entre los pliegues de su capa. Luego, precipitadamente, salieron de la ciudad.

Cuando estuvieron a una legua de la ciudad, el joven Pescador frunci贸 el ceno, arroj贸 lejos la copa y le dijo a su alma:

—¿Por qu茅 me dijiste que tomara esa copa y la ocultara, siendo eso, como es, una acci贸n vil?

Pero su alma le respondi贸:

—C谩lmate, tranquil铆zate…

Al anochecer del segundo d铆a, llegaron a otra ciudad, y el joven Pescador pregunt贸 a su alma:

—¿Es 茅sta la ciudad donde baila la muchacha de quien me hablaste?

Y su alma le contest贸:

—No, no es esta ciudad, es otra. Sin embargo, entremos.

Y entraron, y comenzaron a vagar por las calles. Al pasar por el barrio de los vendedores de sandalias, el joven Pescador vio a un ni帽o que estaba de pie, cargando un c谩ntaro de agua. Y su alma le dijo:

—P茅gale, hazlo caer.

Y 茅l le peg贸 al ni帽o, hasta hacerlo caer, llorando. Luego escaparon de la ciudad.

Y cuando estuvieron a una legua de la ciudad, el joven Pescador se irrit贸 y dijo a su alma:

—¿Por qu茅 me hiciste que le pegara a ese ni帽o, siendo eso, como es, una acci贸n vil?

Pero su alma le respondi贸:

—C谩lmate, tranquil铆zate…

Al amanecer del tercer d铆a llegaron a otra ciudad, y el joven Pescador pregunt贸 a su alma:

—¿Es esta la ciudad donde baila la muchacha de quien me hablaste?

Y su alma le contest贸:

—S铆, quiz谩s sea esta la ciudad. Entremos a ver.

Y entraron, y recorrieron las calles. Pero en ning煤n sitio les fue posible encontrar el r铆o, ni la posada que se levantaba a orillas del r铆o. Y la gente de la ciudad lo miraba con extra帽eza, y el joven Pescador se atemoriz贸, y le dijo a su alma:

—V谩monos de aqu铆, porque la muchacha que baila con pies blancos no est谩 en esta ciudad.

Pero su alma le contest贸:

—No, qued茅monos en esta ciudad, porque la noche esta oscura y puede haber ladrones en el camino.

Se sentaron entonces a descansar en el mercado; cuando al poco rato, pas贸 un mercader vestido con una capa de pa帽o de Tartaria que llevaba una linterna al extremo de una ca帽a.

El mercader le dijo:

—¿Por qu茅 te sientas en el mercado, cuando las tiendas ya est谩n cerradas?

Y el joven Pescador repuso:

—No encontr茅 ninguna posada en esta ciudad, y no tengo pariente alguno que me hospede.

—¿Es que acaso no somos todos hermanos? —dijo el mercader—. ¿Acaso no nos hizo a todos el mismo dios? Ven conmigo, yo tengo en mi casa una habitaci贸n para hu茅spedes.

Y el joven Pescador se levant贸 y sigui贸 al mercader hasta su casa.

Cuando entraron, despu茅s de atravesar un jard铆n de granados, el mercader le trajo agua de rosas en un lavatorio de cobre para que se lavara las manos, y melones maduros para que apagara su sed, y un plato de arroz con una porci贸n de cabrito asado para que saciara su hambre.

Una vez que hubo acabado de comer, lo llev贸 a la habitaci贸n para alojados, y le dese贸 una buena noche. El joven Pescador le dio las gracias, y bes贸 el anillo que su anfitri贸n llevaba en el dedo. Luego se tendi贸 sobre los tapices de pelo de cabra, y cubierto con pieles de cordero negro, se qued贸 dormido.

Tres horas antes de salir el sol, cuando todav铆a era de noche, su alma lo despert贸 y le dijo:

—Lev谩ntate y anda al cuarto del mercader, a la misma habitaci贸n donde duerme, y m谩talo, y r贸bale el oro; porque tenemos necesidad de dinero.

El joven Pescador se levant贸, como son谩mbulo, y se desliz贸 sigilosamente hasta la alcoba del mercader. A los pies de su anfitri贸n hab铆a una espada curva, y en un azafate, junto a 茅l, nueve bolsas de oro. Extendiendo la mano, el joven Pescador toc贸 la espada; pero, apenas lo hizo despert贸 el mercader estremeci茅ndose y saltando del lecho, empu帽贸 la espada. Y dijo al joven Pescador:

—¿Vas a devolver el bien por mal y pagar con mi sangre la bondad que he tenido contigo?

Pero su alma le dijo al joven Pescador:

—¡M谩talo!

Entonces el joven Pescador golpe贸 al mercader y lo hizo perder el sentido. Luego se apoder贸 de las nueve bolsas de oro, y huy贸 r谩pidamente atravesando el jard铆n de los granados, y volviendo continuamente el rostro hacia la estrella de la ma帽ana.

Cuando estuvieron a una legua de la ciudad, el joven Pescador se golpe贸 el pecho y dijo a su alma:

—¿Por qu茅 me ordenaste que asesinara al mercader y le robara su oro? No cabe duda que eres muy perversa.

Pero su alma le respondi贸:

—C谩lmate, tranquil铆zate…

—¡No! —grit贸 el joven Pescador—, no puedo tranquilizarme, porque detesto todo lo que me has obligado a hacer. Y a t铆 tambi茅n te detesto, y te ordeno que me expliques por qu茅 me has obligado a actuar de esta manera.

Su alma le contest贸 entonces:

—Cuando te desprendiste de m铆 y me lanzaste al mundo, no me diste coraz贸n; as铆 que aprend铆 a hacer todas estas cosas, y a gustar de ellas.

—¿Qu茅 dices? —murmur贸 el joven Pescador.

—Bien lo sabes —contest贸 su alma—, lo sabes muy bien. ¿Te olvidaste que no me diste coraz贸n? Por eso, no te inquietes, ni me perturbes a m铆. Tranquil铆zate, porque no hay dolor que no puedas ahuyentar, ni placer que no puedas conseguir.

Al o铆r estas palabras atroces, el joven Pescador tembl贸, y replic贸 a su alma:

—Eres perversa y malvada, me has hecho olvidar mi amor, me has seducido con tus tentaciones, y has encaminado mis pies por la senda del pecado.

Pero su alma replic贸 con petulancia:

—No olvides que cuando me arrojaste al mundo no me diste coraz贸n. Ven, vamos ya a otra ciudad, y divirt谩monos, porque tenemos nueve bolsas de oro para gastar.

Esta vez el joven Pescador arroj贸 al suelo las nueve bolsas de oro, y las pisote贸, gritando:

—¡No! ¡No quiero nada contigo, ni viajar茅 m谩s en tu compa帽铆a! Tal como me desprend铆 de ti una vez, me desprender茅 de nuevo ahora, porque no me has hecho m谩s que da帽o.

Se volvi贸 de espaldas a la luna, y con el cuchillito de mango de piel de v铆bora verde, trat贸 de recortar, desde sus pies, esa sombra del cuerpo que es el cuerpo del alma.

Sin embargo ahora el alma no se separ贸 de 茅l, ni obedeci贸 su mandato, sino que le dijo:

—El hechizo que te ense帽贸 la bruja ya no te sirve ahora, porque ni yo puedo abandonarte, ni t煤 puedes desprenderte de m铆. Solo una vez en la vida un hombre puede separarse de su alma, pero aquel que la ha recibido de nuevo, tiene que conservarla consigo para siempre; y 茅ste es su castigo y tambi茅n su recompensa.

El joven Pescador palideci贸 y apret贸 los pu帽os, gritando:

—¡Fue una bruja malvada, porque eso no me lo dijo!

—No —repuso su alma—, ella fue fiel a Aquel a quien adora y servir谩 para siempre.

Cuando el joven Pescador comprendi贸 que ya no podr铆a librarse de su alma, que ahora era un alma perversa, y que habitar铆a en 茅l para siempre, cay贸 en tierra llorando amargamente.

Al amanecer, el joven Pescador se levant贸 y dijo a su alma:

—Amarrar茅 mis manos para que no te obedezcan, cerrar茅 mis labios para que no repitan tus palabras, y volver茅 al lugar en que vive la sirena que amo. Caminar茅 de nuevo hacia el mar, hacia la bah铆a donde ella canta habitualmente y la llamar茅, y le contar茅 el mal que he hecho a otros, y el mal que t煤 me has hecho a m铆.

Y su alma lo tent贸, dici茅ndole:

—¿Qu茅 tan gran cosa es esa amada tuya, para que quieras volver con ella? Hay muchas mujeres en el mundo que son mucho m谩s hermosas. Existen las bailarinas de Samaris, que bailan imitando a las aves y los animales, y llevan los pies te帽idos de alhe帽a, y cascabeles en las manos. Ellas r铆en cuando bailan, y su risa es tan clara como la risa del agua. Ven conmigo y te las mostrar茅. Porque, ¿para qu茅 te vas a preocupar de eso que t煤 crees que es pecado? ¿No fueron hechas para el goce las cosas sabrosas de comer? ¿Y acaso hay alg煤n veneno en lo que es dulce de beber? No te perturbes m谩s, y ven conmigo a otra ciudad. Muy cerca de aqu铆 se encuentra una ciudad, donde hay un jard铆n de tulipanes poblado de pavos reales blancos y pavos reales de pecho azul. Cuando abren sus colas al sol son como discos de marfil y como discos de oro. Y la muchacha que los alimenta, baila con ellos, y algunas veces baila sobre sus manos y otras veces baila sobre sus pies. Y lleva los ojos pintados con antimonio, y las aletas de su nariz tienen el delicado molde de las alas de la golondrina. De una de ellas cuelga una flor tallada en una perla. Y r铆e cuando baila y los aros de plata que lleva en los tobillos tintinean como campanitas. No te mortifiques m谩s, y acomp谩帽ame a esa ciudad.

El joven Pescador ya no le contest贸 a su alma; cerr贸 sus labios con un sello de silencio, amarr贸 sus manos con una cuerda, y emprendi贸 el regreso hacia el lugar de donde hab铆a venido, hacia la bah铆a donde su amada cantaba. Aunque su alma lo tent贸 sin cesar durante todo el camino, el joven Pescador no respondi贸, ni quiso seguir ninguno de sus p茅rfidos consejos. Tan grande era la fuerza de su amor.

Cuando por fin lleg贸 a la orilla del mar, liber贸 sus manos de la cuerda, levant贸 de sus labios el sello de silencio y llam贸 a la sirenita. Pero esta vez ella no acudi贸 a su llamada, a pesar de que 茅l estuvo all铆, implorando todo el d铆a.

Su alma se burlaba, ahora, y le dec铆a:

—Poca es la alegr铆a que te produce tu amor. Eres como ese que, en tiempos de sequ铆a, guarda su agua en un c谩ntaro roto. Das lo que tienes y no recibes nada en cambio. Mejor ser谩 que te vengas conmigo, porque yo s茅 d贸nde est谩 el valle de los Placeres, y las cosas que pasan all铆.

El joven Pescador sigui贸 sin responder a su alma, y en una quebrada de la roca, se construy贸 una caba帽a, y habit贸 all铆 todo un a帽o. Cada ma帽ana llamaba a la sirenita, y todas las tardes la volv铆a a llamar, y pasaba las noches repitiendo su nombre.

Pero ella no sali贸 del agua, jam谩s acudi贸 a su encuentro, y tampoco pudo encontrarla en ning煤n lugar del mar, a pesar de que la busc贸 en las grutas y en el agua verde, en las charcas de la marea y en los pozos que hay en las profundidades.

Y sin cesar, su alma le tentaba, susurr谩ndole cosas terribles. Pero no consigui贸 vencerlo, tan grande era la fuerza de su amor.

Y cuando pas贸 todo un a帽o, pens贸 el alma:

—He tentado a mi due帽o con el mal, y su amor es m谩s fuerte que yo. Ahora voy a tentarlo con el bien, y quiz谩s venga conmigo. Habl贸 entonces al joven Pescador dici茅ndole:

—Te he referido los placeres del mundo, y no me has escuchado. D茅jame ahora que te hable del dolor del mundo y acaso quieras o铆rme. Porque, en verdad, el dolor es el Rey del mundo, y no hay nadie que pueda escapar de sus redes. A unos les falta ropa, y otros no tienen pan. Hay viudas que se visten de p煤rpura, y hay viudas que se visten de harapos. A trav茅s de los pantanos caminan los leprosos, y son crueles unos con otros. De aqu铆 para all谩 van los mendigos por los caminos, con sus bolsillos vac铆os. Por las calles de las ciudades pasea el Hambre, y la Peste se estaciona en las puertas. Ven, vamos a remediar todo eso. ¿Para qu茅 vas a quedarte aqu铆, llamando d铆a y noche a tu amada, si ves que no viene nunca? ¿Qu茅 tanto valor tiene ese amor tuyo para que le des tanta importancia?

Nuevamente el joven Pescador no quiso contestarle; tan grande era la fuerza de su amor. Y sigui贸 llamando a la sirenita cada ma帽ana, y todas las tardes la volv铆a a llamar y pasaba las noches repitiendo su nombre. Sin embargo, ella nunca sali贸 del agua para encontrarlo, ni tampoco pudo encontrarla en ning煤n lugar del mar, a pesar que la busc贸 en las corrientes, y en los valles que hay debajo de las olas; la busc贸 en el mar que al atardecer se ti帽e de rojo, y en el mar que al amanecer se vuelve gris.

Cuando el segundo a帽o transcurri贸, una noche su alma dijo al joven Pescador, mientras estaba sentado en la caba帽a:

—Te he tentado con el mal y te he tentado con el bien, pero tu amor es m谩s fuerte que yo. No voy a volver a tentarte, pero te ruego que me dejes entrar en tu coraz贸n, para ser de nuevo una sola contigo, como fuimos antes.

—Por cierto que puedes entrar —dijo el joven Pescador—, porque en los d铆as que vagaste por el mundo sin coraz贸n, has tenido que sufrir mucho.

—¡Ay! chill贸 el alma—. No hay sitio para m铆 en tu coraz贸n, est谩 repleto de amor.

—Yo quisiera ayudarte —dijo el joven Pescador.

En ese instante, un gran grito de duelo lleg贸 del mar, como el grito que escuchan los hombres cuando muere un hijo del Mar.

El joven Pescador se puso en pie de un salto, y corri贸 hacia la orilla. Las olas sombr铆as se precipitaron hacia la playa, trayendo una carga m谩s blanca que la plata. Blanca como la espuma y semejante a una flor flotante sobre las olas empenachadas de negro. La marejada la arranc贸 de las olas, la espuma la arranc贸 de la marejada, la playa la recibi贸… y el joven Pescador vio tendido a sus pies el cuerpo de la sirenita. La sirenita estaba muerta a sus pies.

Con el coraz贸n deshecho de dolor, el joven pescador se ech贸 sobre la arena, junto a la sirenita, y bes贸 el rojo fr铆o de su boca, y acarici贸 el 谩mbar mojado de su cabellera. Se ech贸 junto a la sirenita, llorando como el que tiembla de alegr铆a y la estrech贸 contra su pecho. Estaban fr铆os sus labios, pero 茅l los bes贸. Estaba salada la miel de su carne, pero 茅l la sabore贸 con cruel alegr铆a.

Y habl贸 con el cad谩ver. En las conchas de las orejas de la sirenita verti贸 el vino agrio de su historia. Puso las manos de ella alrededor de su cuello, y con sus dedos le acarici贸 la garganta delicada. Amarga, amarga era su alegr铆a, y lleno de una extra帽a plenitud era su dolor.

El mar negro se acercaba hinch谩ndose, y la blanca espuma gem铆a como un leproso. Con blancas manos de espuma el mar se aferraba a la playa. Y del palacio del Rey del Mar se escuch贸 de nuevo el grito de dolor, y a lo lejos en alta mar, los tritones soplaron roncamente sus caracolas.

—Ret铆rate— le advirti贸 su alma—, porque el mar se acerca cada vez m谩s; si te demoras vas a morir. Ret铆rate a un lugar seguro. ¿No querr谩s enviarme al otro mundo sin coraz贸n?

Pero el joven Pescador no la escuchaba. Llamaba a la sirenita, y le dec铆a:

—El amor es mejor que la sabidur铆a, y m谩s precioso que las riquezas, y m谩s bello que los pies de las hijas de los hombres. Al amor no lo consume el fuego, ni el agua puede apagarlo. Yo te llamaba al amanecer, y t煤 no acudiste a mi llamada. La luna oy贸 tu nombre, pero t煤 no escuchaste. Porque yo te hab铆a abandonado, y para da帽o m铆o vagu茅 muy lejos de ti. Sin embargo, tu amor fue siempre conmigo a todas partes, y siempre fue poderoso, y nada prevaleci贸 contra 茅l, a pesar de que contempl茅 el mal y contempl茅 el bien. Y ahora que t煤 est谩s muerta, yo quiero tambi茅n morir contigo.

Su alma le suplicaba que se retirase pero 茅l no quiso hacerlo; tan grande era su amor. Y el mar se acerc贸 cada vez m谩s y trat贸 de cubrirlo con sus olas. Y cuando 茅l supo que su muerte estaba pr贸xima, bes贸 con labios fren茅ticos los labios fr铆os de la sirenita, y su coraz贸n se hizo pedazos. Y como la plenitud de su amor hizo estallar su coraz贸n, el alma encontr贸 una abertura, y por all铆 entr贸, y fue de nuevo una sola con el joven Pescador, tal como antes. Entonces las sombr铆as olas del mar cubrieron al joven Pescador.

A la ma帽ana siguiente, el sacerdote sali贸 para bendecir el mar que hab铆a estado tormentoso, y con 茅l ven铆an los monjes y los m煤sicos, y los ac贸litos llevando cirios, y una gran muchedumbre.

Cuando alcanzaron la orilla, el sacerdote vio al joven Pescador, ahogado sobre la playa con el cuerpo de la sirenita estrechamente abrazado. Y retrocedi贸 frunciendo el ce帽o; y despu茅s de hacer la se帽al de la cruz anunci贸 con resentimiento:

—¡No bendecir茅 al mar, ni a nada de lo que encierra! ¡Malditos sean los hijos del Mar, y malditos los que tienen relaciones con ellos! Y en cu谩nto a este joven Pescador, que por causa del amor olvid贸 a su Dios, y yace as铆, fulminado por el juicio de Dios, tomen su cuerpo y el cuerpo de su amante imp铆a, y enti茅rrenlos al final del Campo de los Retamos, y no pongan encima marca ni se帽al alguna, para que nadie sepa el lugar donde descansan, porque fueron malditos en vida, y malditos son tambi茅n en la eternidad de la muerte.

La gente le obedeci贸, y al final del Campo de los Retamos, en un sitio donde no crec铆a hierba, cavaron un profundo foso, y all铆 depositaron los cad谩veres.

Cuando hubo pasado el tercer a帽o, llegado que fue el d铆a de la gran fiesta, subi贸 el cura a la parroquia, para mostrarle al puerto las llagas del Se帽or, y hablar de la c贸lera divina.

Despu茅s de vestirse con sus paramentos sacerdotales, cuando entr贸 y se inclin贸 ante el altar, vio que estaba todo cubierto de extra帽as flores fragantes, que jam谩s hab铆a visto anteriormente. Eran muy singulares, y su rara belleza le turb贸, y el aroma fue dulce para su olfato, sugerente de nostalgias que jam谩s se cuajar铆an en recuerdos. Y se sinti贸 alegre, sin saber por qu茅 estaba alegre.

Despu茅s de abrir el tabern谩culo y de incensar la custodia que hab铆a dentro, y demostrar la Santa Forma al pueblo, y de esconderla otra vez detr谩s del velo de los velos, comenz贸 hablar al pueblo. Se hab铆a propuesto hablarles de la c贸lera divina. Pero la belleza de las flores blancas lo turbaba, y su perfume era tan grato a su olfato, y otras palabras comenzaron a brotar de sus labios. As铆 no habl贸 de la ira de Dios, sino del Amor de Dios. ¿Y por qu茅 hablaba as铆? No lo sab铆a.

Al t茅rmino de su pr茅dica la gente lloraba, y el propio cura volvi贸 a la sacrist铆a con los ojos llenos de l谩grimas. Y los di谩conos vinieron a despojarle de sus paramentos, le quitaron el alba y el c铆ngulo, el man铆pulo y la estola, mas el sacerdote segu铆a inm贸vil como en sue帽os.

Cuando lo hubieron desvestido, mir贸 a los di谩conos y dijo:

—¿Qu茅 flores son esas que hay en el altar, y de d贸nde provienen?

Y ellos le contestaron:

—Qu茅 flores son no podemos decirlo; pero provienen del final del Campo de los Retamos.

Entonces el cura se estremeci贸, atravesado de recuerdos, y volviendo a su casa se puso en oraci贸n.

Al amanecer del siguiente d铆a, sali贸 con los monjes y los m煤sicos, y los portadores de cirios; y los ac贸litos, y una gran muchedumbre. Fue caminando hasta la orilla del mar y bendijo al mar, y a todos los seres que viven en 茅l. A los faunos tambi茅n los bendijo, y a las peque帽as criaturas que danzan en la selva, y a las criaturas de ojos brillantes que esp铆an a trav茅s del follaje. A todos los seres del mundo de Dios los bendijo estremeci茅ndose de amor, y el pueblo estaba lleno de j煤bilo y asombro.

Sin embargo, desde entonces, nunca m谩s volvieron a crecer flores en aquel rinc贸n de los Campo de los Retamos, que volvi贸 a quedar tan desierto como lo hab铆a sido.

Tampoco volvieron a entrar los hijos del Mar en la bah铆a, como acostumbraban a hacerlo, porque se fueron a otro lugar del limpio oc茅ano.

FIN

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