Dos d铆as despu茅s de la Navidad, pas茅 a visitar a mi amigo Sherlock Holmes con la intenci贸n de transmitirle las felicitaciones propias de la 茅poca. Lo encontr茅 tumbado en el sof谩, con una bata morada, el colgador de las pipas a su derecha y un mont贸n de peri贸dicos arrugados, que evidentemente acababa de estudiar, al alcance de la mano. Al lado del sof谩 hab铆a una silla de madera, y de una esquina de su respaldo colgaba un sombrero de fieltro ajado y mugriento, gastad铆simo por el uso y roto por varias partes. Una lupa y unas pinzas dejadas sobre el asiento indicaban que el sombrero hab铆a sido colgado all铆 con el fin de examinarlo.
-Veo que est谩 usted ocupado -dije-. ¿Le interrumpo?
-Nada de eso. Me alegro de tener un amigo con el que poder comentar mis conclusiones. Se trata de un caso absolutamente trivial -se帽al贸 con el pulgar el viejo sombrero-, pero algunos detalles relacionados con 茅l no carecen por completo de inter茅s, e incluso resultan instructivos.
Me sent茅 en su butaca y me calent茅 las manos en la chimenea, pues estaba cayendo una buena helada y los cristales estaban cubiertos de placas de hielo.
-Supongo -coment茅- que, a pesar de su aspecto inocente, ese objeto tendr谩 una historia terrible… o tal vez es la pista que le guiar谩 a la soluci贸n de alg煤n misterio y al castigo de alg煤n delito.
-No, qu茅 va. Nada de cr铆menes -dijo Sherlock Holmes, ech谩ndose a re铆r-. Tan s贸lo uno de esos incidentes caprichosos que suelen suceder cuando tenemos cuatro millones de seres humanos apretujados en unas pocas millas cuadradas. Entre las acciones y reacciones de un enjambre humano tan numeroso, cualquier combinaci贸n de acontecimientos es posible, y pueden surgir muchos peque帽os problemas que resultan extra帽os y sorprendentes, sin tener nada de delictivo. Ya hemos tenido experiencias de ese tipo.
-Ya lo creo -coment茅-. Hasta el punto de que, de los seis 煤ltimos casos que he a帽adido a mis archivos, hay tres completamente libres de delito, en el aspecto legal.
-Exacto. Se refiere usted a mi intento de recuperar los papeles de Irene Adler, al curioso caso de la se帽orita Mary Sutherland, y a la aventura del hombre del labio retorcido. Pues bien, no me cabe duda de que este asuntillo pertenece a la misma categor铆a inocente. ¿Conoce usted a Peterson, el recadero?
-S铆.
-Este trofeo le pertenece.
-¿Es su sombrero?
-No, no, lo encontr贸. El propietario es desconocido. Le ruego que no lo mire como un sombrerucho desastrado, sino como un problema intelectual. Veamos, primero, c贸mo lleg贸 aqu铆. Lleg贸 la ma帽ana de Navidad, en compa帽铆a de un ganso cebado que, no me cabe duda, ahora mismo se est谩 asando en la cocina de Peterson. Los hechos son los siguientes. A eso de las cuatro de la ma帽ana del d铆a de Navidad, Peterson, que, como usted sabe, es un tipo muy honrado, regresaba de alguna peque帽a celebraci贸n y se dirig铆a a su casa bajando por Tottenham Court Road. A la luz de las farolas vio a un hombre alto que caminaba delante de 茅l, tambale谩ndose un poco y con un ganso blanco al hombro. Al llegar a la esquina de Goodge Street, se produjo una trifulca entre este desconocido y un grupillo de maleantes. Uno de 茅stos le quit贸 el sombrero de un golpe; el desconocido levant贸 su bast贸n para defenderse y, al enarbolarlo sobre su cabeza, rompi贸 el escaparate de la tienda que ten铆a detr谩s. Peterson hab铆a echado a correr para defender al desconocido contra sus agresores, pero el hombre, asustado por haber roto el escaparate y viendo una persona de uniforme que corr铆a hacia 茅l, dej贸 caer el ganso, puso pies en polvorosa y se desvaneci贸 en el laberinto de callejuelas que hay detr谩s de Tottenham Court Road. Tambi茅n los matones huyeron al ver aparecer a Peterson, que qued贸 due帽o del campo de batalla y tambi茅n del bot铆n de guerra, formado por este destartalado sombrero y un impecable ejemplar de ganso de Navidad.
-¿C贸mo es que no se los devolvi贸 a su due帽o?
-Mi querido amigo, en eso consiste el problema. Es cierto que en una tarjetita atada a la pata izquierda del ave dec铆a «Para la se帽ora de Henry Baker», y tambi茅n es cierto que en el forro de este sombrero pueden leerse las iniciales «H. B.»; pero como en esta ciudad nuestra existen varios miles de Bakers y varios cientos de Henry Bakers, no resulta nada f谩cil devolverle a uno de ellos sus propiedades perdidas.
-¿Y qu茅 hizo entonces Peterson?
-La misma ma帽ana de Navidad me trajo el sombrero y el ganso, sabiendo que a m铆 me interesan hasta los problemas m谩s insignificantes. Hemos guardado el ganso hasta esta ma帽ana, cuando empez贸 a dar se帽ales de que, a pesar de la helada, m谩s val铆a com茅rselo sin retrasos innecesarios. As铆 pues, el hombre que lo encontr贸 se lo ha llevado para que cumpla el destino final de todo ganso, y yo sigo en poder del sombrero del desconocido caballero que se qued贸 sin su cena de Navidad.
-¿No puso ning煤n anuncio?
-No.
-¿Y qu茅 pistas tiene usted de su identidad?
-S贸lo lo que podemos deducir.
-¿De su sombrero?
-Exactamente.
-Est谩 usted de broma. ¿Qu茅 se podr铆a sacar de esa ruina de fieltro?
-Aqu铆 tiene mi lupa. Ya conoce usted mis m茅todos. ¿Qu茅 puede deducir usted referente a la personalidad del hombre que llevaba esta prenda?
Tom茅 el pingajo en mis manos y le di un par de vueltas de mala gana. Era un vulgar sombrero negro de copa redonda, duro y muy gastado. El forro hab铆a sido de seda roja, pero ahora estaba casi completamente descolorido. No llevaba el nombre del fabricante, pero, tal como Holmes hab铆a dicho, ten铆a garabateadas en un costado las iniciales «H. B.». El ala ten铆a presillas para sujetar una goma el谩stica, pero faltaba 茅sta. Por lo dem谩s, estaba agrietado, lleno de polvo y cubierto de manchas, aunque parec铆a que hab铆an intentado disimular las partes descoloridas pint谩ndolas con tinta.
-No veo nada -dije, devolvi茅ndoselo a mi amigo.
-Al contrario, Watson, lo tiene todo a la vista. Pero no es capaz de razonar a partir de lo que ve. Es usted demasiado t铆mido a la hora de hacer deducciones.
-Entonces, por favor, d铆game qu茅 deduce usted de este sombrero.
Lo cogi贸 de mis manos y lo examin贸 con aquel aire introspectivo tan caracter铆stico.
-Quiz谩s podr铆a haber resultado m谩s sugerente -dijo-, pero aun as铆 hay unas cuantas deducciones muy claras, y otras que presentan, por lo menos, un fuerte saldo de probabilidad. Por supuesto, salta a la vista que el propietario es un hombre de elevada inteligencia, y tambi茅n que hace menos de tres a帽os era bastante rico, aunque en la actualidad atraviesa malos momentos. Era un hombre previsor, pero ahora no lo es tanto, lo cual parece indicar una regresi贸n moral que, unida a su declive econ贸mico, podr铆a significar que sobre 茅l act煤a alguna influencia maligna, probablemente la bebida. Esto podr铆a explicar tambi茅n el hecho evidente de que su mujer ha dejado de amarle.
-¡Pero… Holmes, por favor!
-Sin embargo, a煤n conserva un cierto grado de amor propio -continu贸, sin hacer caso de mis protestas-. Es un hombre que lleva una vida sedentaria, sale poco, se encuentra en muy mala forma f铆sica, de edad madura, y con el pelo gris, que se ha cortado hace pocos d铆as y en el que se aplica fijador. 脡stos son los datos m谩s aparentes que se deducen de este sombrero. Adem谩s, dicho sea de paso, es sumamente improbable que tenga instalaci贸n de gas en su casa.
-Se burla usted de m铆, Holmes.
-Ni muchos menos. ¿Es posible que a煤n ahora, cuando le acabo de dar los resultados, sea usted incapaz de ver c贸mo los he obtenido?
-No cabe duda de que soy un est煤pido, pero tengo que confesar que soy incapaz de seguirle. Por ejemplo: ¿de d贸nde saca que el hombre es inteligente?
A modo de respuesta, Holmes se encasquet贸 el sombrero en la cabeza. Le cubr铆a por completo la frente y qued贸 apoyado en el puente de la nariz.
-Cuesti贸n de capacidad c煤bica -dijo-. Un hombre con un cerebro tan grande tiene que tener algo dentro.
-¿Y su declive econ贸mico?
-Este sombrero tiene tres a帽os. Fue por entonces cuando salieron estas alas planas y curvadas por los bordes. Es un sombrero de la mejor calidad. F铆jese en la cinta de seda con remates y en la excelente calidad del forro. Si este hombre pod铆a permitirse comprar un sombrero tan caro hace tres a帽os, y desde entonces no ha comprado otro, es indudable que ha venido a menos.
-Bueno, s铆, desde luego eso est谩 claro. ¿Y eso de que era previsor, y lo de la regresi贸n moral?
Sherlock Holmes se ech贸 a re铆r.
-Aqu铆 est谩 la precisi贸n -dijo, se帽alando con el dedo la presilla para enganchar la goma sujetasombreros-. Ning煤n sombrero se vende con esto. El que nuestro hombre lo hiciera poner es se帽al de un cierto nivel de previsi贸n, ya que se tom贸 la molestia de adoptar esta precauci贸n contra el viento. Pero como vemos que desde entonces se le ha roto la goma y no se ha molestado en cambiarla, resulta evidente que ya no es tan previsor como antes, lo que demuestra claramente que su car谩cter se debilita. Por otra parte, ha procurado disimular algunas de las manchas pint谩ndolas con tinta, se帽al de que no ha perdido por completo su amor propio.
-Desde luego, es un razonamiento plausible.
-Los otros detalles, lo de la edad madura, el cabello gris, el reciente corte de pelo y el fijador, se advierten examinando con atenci贸n la parte inferior del forro. La lupa revela una gran cantidad de puntas de cabello, limpiamente cortadas por la tijera del peluquero. Todos est谩n pegajosos, y se nota un inconfundible olor a fijador. Este polvo, f铆jese usted, no es el polvo gris y terroso de la calle, sino la pelusilla parda de las casas, lo cual demuestra que ha permanecido colgado dentro de casa la mayor parte del tiempo; y las manchas de sudor del interior son una prueba palpable de que el propietario transpira abundantemente y, por lo tanto, dif铆cilmente puede encontrarse en buena forma f铆sica.
-Pero lo de su mujer… dice usted que ha dejado de amarle.
-Este sombrero no se ha cepillado en semanas. Cuando le vea a usted, querido Watson, con polvo de una semana acumulado en el sombrero, y su esposa le deje salir en semejante estado, tambi茅n sospechar茅 que ha tenido la desgracia de perder el cari帽o de su mujer.
-Pero podr铆a tratarse de un soltero.
-No, llevaba a casa el ganso como ofrenda de paz a su mujer. Recuerde la tarjeta atada a la pata del ave.
-Tiene usted respuesta para todo. Pero ¿c贸mo demonios ha deducido que no hay instalaci贸n de gas en su casa?
-Una mancha de sebo, e incluso dos, pueden caer por casualidad; pero cuando veo nada menos que cinco, creo que existen pocas dudas de que este individuo entra en frecuente contacto con sebo ardiendo; probablemente, sube las escaleras cada noche con el sombrero en una mano y un candil goteante en la otra. En cualquier caso, un aplique de gas no produce manchas de sebo. ¿Est谩 usted satisfecho?
-Bueno, es muy ingenioso -dije, ech谩ndome a re铆r-. Pero, puesto que no se ha cometido ning煤n delito, como antes dec铆amos, y no se ha producido ning煤n da帽o, a excepci贸n del extrav铆o de un ganso, todo esto me parece un despilfarro de energ铆a.
Sherlock Holmes hab铆a abierto la boca para responder cuando la puerta se abri贸 de par en par y Peterson el recadero entr贸 en la habitaci贸n con el rostro enrojecido y una expresi贸n de asombro sin l铆mites.
-¡El ganso, se帽or Holmes! ¡El ganso, se帽or! -dec铆a jadeante.
-¿Eh? ¿Qu茅 pasa con 茅l? ¿Ha vuelto a la vida y ha salido volando por la ventana de la cocina? -Holmes rod贸 sobre el sof谩 para ver mejor la cara excitada del hombre.
-¡Mire, se帽or! ¡Vea lo que ha encontrado mi mujer en el buche! -extendi贸 la mano y mostr贸 en el centro de la palma una piedra azul de brillo deslumbrador, bastante m谩s peque帽a que una alubia, pero tan pura y radiante que centelleaba como una luz el茅ctrica en el hueco oscuro de la mano.
Sherlock Holmes se incorpor贸 lanzando un silbido.
-¡Por J煤piter, Peterson! -exclam贸-. ¡A eso le llamo yo encontrar un tesoro! Supongo que sabe lo que tiene en la mano.
-¡Un diamante, se帽or! ¡Una piedra preciosa! ¡Corta el cristal como si fuera masilla!
-Es m谩s que una piedra preciosa. Es la piedra preciosa.
-¿No se referir谩 al carbunclo azul de la condesa de Morcar? -exclam茅 yo.
-Precisamente. No podr铆a dejar de reconocer su tama帽o y forma, despu茅s de haber estado leyendo el anuncio en el Times tantos d铆as seguidos. Es una piedra absolutamente 煤nica, y sobre su valor s贸lo se pueden hacer conjeturas, pero la recompensa que se ofrece, mil libras esterlinas, no llega ni a la vig茅sima parte de su precio en el mercado.
-¡Mil libras! ¡Santo Dios misericordioso! -el recadero se desplom贸 sobre una silla, mir谩ndonos alternativamente a uno y a otro.
-脡sa es la recompensa, y tengo razones para creer que existen consideraciones sentimentales en la historia de esa piedra que har铆an que la condesa se desprendiera de la mitad de su fortuna con tal de recuperarla.
-Si no recuerdo mal, desapareci贸 en el hotel Cosmopolitan -coment茅.
-Exactamente, el 22 de diciembre, hace cinco d铆as. John Horner, fontanero, fue acusado de haberla sustra铆do del joyero de la se帽ora. Las pruebas en su contra eran tan s贸lidas que el caso ha pasado ya a los tribunales. Creo que tengo por aqu铆 un informe -rebusc贸 entre los peri贸dicos, consultando las fechas, hasta que seleccion贸 uno, lo dobl贸 y ley贸 el siguiente p谩rrafo:
«Robo de joyas en el hotel Cosmopolitan. John Horner, de 26 a帽os, fontanero, ha sido detenido bajo la acusaci贸n de haber sustra铆do, el 22 del corriente, del joyero de la condesa de Morcar, la valiosa piedra conocida como “el carbunclo azul”. James Ryder, jefe de servicio del hotel, declar贸 que el d铆a del robo hab铆a conducido a Horner al gabinete de la condesa de Morcar, para que soldara el segundo barrote de la rejilla de la chimenea, que estaba suelto. Permaneci贸 un rato junto a Horner, pero al cabo de alg煤n tiempo tuvo que ausentarse. Al regresar comprob贸 que Horner hab铆a desaparecido, que el escritorio hab铆a sido forzado y que el cofrecillo de tafilete en el que, seg煤n se supo luego, la condesa acostumbraba a guardar la joya, estaba tirado, vac铆o, sobre el tocador. Ryder dio la alarma al instante, y Horner fue detenido esa misma noche, pero no se pudo encontrar la piedra en su poder ni en su domicilio. Catherine Cusack, doncella de la condesa, declar贸 haber o铆do el grito de angustia que profiri贸 Ryder al descubrir el robo, y haber corrido a la habitaci贸n, donde se encontr贸 con la situaci贸n ya descrita por el anterior testigo. El inspector Bradstreet, de la Divisi贸n B, confirm贸 la detenci贸n de Horner, que se resisti贸 violentamente y declar贸 su inocencia en los t茅rminos m谩s en茅rgicos. Al existir constancia de que el detenido hab铆a sufrido una condena anterior por robo, el magistrado se neg贸 a tratar sumariamente el caso, remiti茅ndolo a un tribunal superior. Horner, que dio muestras de intensa emoci贸n durante las diligencias, se desmay贸 al o铆r la decisi贸n y tuvo que ser sacado de la sala.»
-¡Hum! Hasta aqu铆, el informe de la polic铆a -dijo Holmes, pensativo-. Ahora, la cuesti贸n es dilucidar la cadena de acontecimientos que van desde un joyero desvalijado, en un extremo, al buche de un ganso en Tottenham Court Road, en el otro. Como ve, Watson, nuestras peque帽as deducciones han adquirido de pronto un aspecto mucho m谩s importante y menos inocente. Aqu铆 est谩 la piedra; la piedra vino del ganso y el ganso vino del se帽or Henry Baker, el caballero del sombrero ra铆do y todas las dem谩s caracter铆sticas con las que le he estado aburriendo. As铆 que tendremos que ponernos muy en serio a la tarea de localizar a este caballero y determinar el papel que ha desempe帽ado en este peque帽o misterio. Y para eso, empezaremos por el m茅todo m谩s sencillo, que sin duda consiste en poner un anuncio en todos los peri贸dicos de la tarde. Si esto falla, recurriremos a otros m茅todos.
-¿Qu茅 va usted a decir?
-Deme un l谩piz y esa hoja de papel. Vamos a ver: «Encontrados un ganso y un sombrero negro de fieltro en la esquina de Goodge Street. El se帽or Henry Baker puede recuperarlos present谩ndose esta tarde a las 6,30 en el 221 B de Baker Street». Claro y conciso.
-Mucho. Pero ¿lo ver谩 茅l?
-Bueno, desde luego mirar谩 los peri贸dicos, porque para un hombre pobre se trata de una p茅rdida importante. No cabe duda de que se asust贸 tanto al romper el escaparate y ver acercarse a Peterson que no pens贸 m谩s que en huir; pero luego debe de haberse arrepentido del impulso que le hizo soltar el ave. Pero adem谩s, al incluir su nombre nos aseguramos de que lo vea, porque todos los que le conozcan se lo har谩n notar. Aqu铆 tiene, Peterson, corra a la agencia y que inserten este anuncio en los peri贸dicos de la tarde.
-¿En cu谩les, se帽or?
-Oh, pues en el Globe, el Star, el Pall Mall, la St.James Gazette, el Evening News, el Standard, el Echo y cualquier otro que se le ocurra.
-Muy bien, se帽or. ¿Y la piedra?
-Ah, s铆, yo guardar茅 la piedra. Gracias. Y oiga, Peterson, en el camino de vuelta compre un ganso y tr谩igalo aqu铆, porque tenemos que darle uno a este caballero a cambio del que se est谩 comiendo su familia.
Cuando el recadero se hubo marchado, Holmes levant贸 la piedra y la mir贸 al trasluz.
-¡Qu茅 maravilla! -dijo-. F铆jese c贸mo brilla y centellea. Por supuesto, esto es como un im谩n para el crimen, lo mismo que todas las buenas piedras preciosas. Son el cebo favorito del diablo. En las piedras m谩s grandes y m谩s antiguas, se puede decir que cada faceta equivale a un crimen sangriento. Esta piedra a煤n no tiene ni veinte a帽os de edad. La encontraron a orillas del r铆o Amoy, en el sur de China, y presenta la particularidad de poseer todas las caracter铆sticas del carbunclo, salvo que es de color azul en lugar de rojo rub铆. A pesar de su juventud, ya cuenta con un siniestro historial. Ha habido dos asesinatos, un atentado con vitriolo, un suicidio y varios robos, todo por culpa de estos doce kilates de carb贸n cristalizado. ¿Qui茅n pensar铆a que tan hermoso juguete es un proveedor de carne para el pat铆bulo y la c谩rcel? Lo guardar茅 en mi caja fuerte y le escribir茅 unas l铆neas a la condesa, avis谩ndole de que lo tenemos.
-¿Cree usted que ese Horner es inocente?
-No lo puedo saber.
-Entonces, ¿cree usted que este otro, Henry Baker, tiene algo que ver con el asunto?
-Me parece mucho m谩s probable que Henry Baker sea un hombre completamente inocente, que no ten铆a ni idea de que el ave que llevaba val铆a mucho m谩s que si estuviera hecha de oro macizo. No obstante, eso lo comprobaremos mediante una sencilla prueba si recibimos respuesta a nuestro anuncio.
-¿Y hasta entonces no puede hacer nada?
-Nada.
-En tal caso, continuar茅 mi ronda profesional, pero volver茅 esta tarde a la hora indicada, porque me gustar铆a presenciar la soluci贸n a un asunto tan embrollado.
-Encantado de verle. Cenar茅 a las siete. Creo que hay becada. Por cierto que, en vista de los recientes acontecimientos, quiz谩s deba decirle a la se帽ora Hudson que examine cuidadosamente el buche.
Me entretuve con un paciente, y era ya m谩s tarde de las seis y media cuando pude volver a Baker Street. Al acercarme a la casa vi a un hombre alto con boina escocesa y chaqueta abotonada hasta la barbilla, que aguardaba en el brillante semic铆rculo de luz de la entrada. Justo cuando yo llegaba, la puerta se abri贸 y nos hicieron entrar juntos a los aposentos de Holmes.
-El se帽or Henry Baker, supongo -dijo Holmes, levant谩ndose de su butaca y saludando al visitante con aquel aire de jovialidad espont谩nea que tan f谩cil le resultaba adoptar-. Por favor, si茅ntese aqu铆 junto al fuego, se帽or Baker. Hace fr铆o esta noche, y veo que su circulaci贸n se adapta mejor al verano que al invierno. Ah, Watson, llega usted muy a punto. ¿Es 茅ste su sombrero, se帽or Baker?
-S铆, se帽or, es mi sombrero, sin duda alguna.
Era un hombre corpulento, de hombros cargados, cabeza voluminosa y un rostro amplio e inteligente, rematado por una barba puntiaguda, de color casta帽o canoso. Un toque de color en la nariz y las mejillas, junto con un ligero temblor en su mano extendida, me recordaron la suposici贸n de Holmes acerca de sus h谩bitos. Su levita, negra y ra铆da, estaba abotonada hasta arriba, con el cuello alzado, y sus flacas mu帽ecas sal铆an de las mangas sin que se advirtieran indicios de pu帽os ni de camisa. Hablaba en voz baja y entrecortada, eligiendo cuidadosamente sus palabras, y en general daba la impresi贸n de un hombre culto e instruido, maltratado por la fortuna.
-Hemos guardado estas cosas durante varios d铆as -dijo Holmes- porque esper谩bamos ver un anuncio suyo, dando su direcci贸n. No entiendo c贸mo no puso usted el anuncio.
Nuestro visitante emiti贸 una risa avergonzada.
-No ando tan abundante de chelines como en otros tiempos -dijo-. Estaba convencido de que la pandilla de maleantes que me asalt贸 se hab铆a llevado mi sombrero y el ganso. No ten铆a intenci贸n de gastar m谩s dinero en un vano intento de recuperarlos.
-Es muy natural. A prop贸sito del ave… nos vimos obligados a com茅rnosla.
-¡Se la comieron! -nuestro visitante estaba tan excitado que casi se levant贸 de la silla.
-S铆; de no hacerlo no le habr铆a aprovechado a nadie. Pero supongo que este otro ganso que hay sobre el aparador, que pesa aproximadamente lo mismo y est谩 perfectamente fresco, servir谩 igual de bien para sus prop贸sitos.
-¡Oh, desde luego, desde luego! -respondi贸 el se帽or Baker con un suspiro de alivio.
-Por supuesto, a煤n tenemos las plumas, las patas, el buche y dem谩s restos de su ganso, as铆 que si usted quiere…
El hombre se ech贸 a re铆r de buena gana.
-Podr铆an servirme como recuerdo de la aventura -dijo-, pero aparte de eso, no veo de qu茅 utilidad me iban a resultar los disjecta membra de mi difunto amigo. No, se帽or, creo que, con su permiso, limitar茅 mis atenciones a la excelente ave que veo sobre el aparador.
Sherlock Holmes me lanz贸 una intensa mirada de reojo, acompa帽ada de un encogimiento de hombros.
-Pues aqu铆 tiene usted su sombrero, y aqu铆 su ave -dijo-. Por cierto, ¿le importar铆a decirme d贸nde adquiri贸 el otro ganso? Soy bastante aficionado a las aves de corral y pocas veces he visto una mejor criada.
-Desde luego, se帽or -dijo Baker, que se hab铆a levantado, con su reci茅n adquirida propiedad bajo el brazo-. Algunos de nosotros frecuentamos el mes贸n Alpha, cerca del museo… Durante el d铆a, sabe usted, nos encontramos en el museo mismo. Este a帽o, el patr贸n, que se llama Windigate, estableci贸 un Club del Ganso, en el que, pagando unos pocos peniques cada semana, recibir铆amos un ganso por Navidad. Pagu茅 religiosamente mis peniques, y el resto ya lo conoce usted. Le estoy muy agradecido, se帽or, pues una boina escocesa no resulta adecuada ni para mis a帽os ni para mi car谩cter discreto.
Con c贸mica pomposidad, nos dedic贸 una solemne reverencia y se march贸 por su camino.
-Con esto queda liquidado el se帽or Henry Baker -dijo Holmes, despu茅s de cerrar la puerta tras 茅l-. Es indudable que no sabe nada del asunto. ¿Tiene usted hambre, Watson?
-No demasiada.
-Entonces, le propongo que aplacemos la cena y sigamos esta pista mientras a煤n est茅 fresca.
-Con mucho gusto.
Hac铆a una noche muy cruda, de manera que nos pusimos nuestros gabanes y nos envolvimos el cuello con bufandas. En el exterior, las estrellas brillaban con luz fr铆a en un cielo sin nubes, y el aliento de los transe煤ntes desped铆a tanto humo como un pistoletazo. Nuestras pisadas resonaban fuertes y secas mientras cruz谩bamos el barrio de los m茅dicos, Wimpole Street, Harley Street y Wigmore Street, hasta desembocar en Oxford Street. Al cabo de un cuarto de hora nos encontr谩bamos en Bloomsbury, frente al mes贸n Alpha, que es un peque帽o establecimiento p煤blico situado en la esquina de una de las calles que se dirigen a Holborn. Holmes abri贸 la puerta del bar y pidi贸 dos vasos de cerveza al due帽o, un hombre de cara colorada y delantal blanco.
-Su cerveza debe de ser excelente, si es tan buena como sus gansos -dijo.
-¡Mis gansos! -el hombre parec铆a sorprendido.
-S铆. Hace tan s贸lo media hora, he estado hablando con el se帽or Henry Baker, que es miembro de su Club del Ganso.
-¡Ah, ya comprendo! Pero, ver谩 usted, se帽or, los gansos no son m铆os.
-¿Ah, no? ¿De qui茅n son, entonces?
-Bueno, le compr茅 las dos docenas a un vendedor de Covent Garden.
-¿De verdad? Conozco a algunos de ellos. ¿Cu谩l fue?
-Se llama Breckinridge.
-¡Ah! No le conozco. Bueno, a su salud, patr贸n, y por la prosperidad de su casa. Buenas noches.
-Y ahora, vamos por el se帽or Breckinridge -continu贸, aboton谩ndose el gab谩n mientras sal铆amos al aire helado de la calle-. Recuerde, Watson, que aunque tengamos a un extremo de la cadena una cosa tan vulgar como un ganso, en el otro tenemos un hombre que se va a pasar siete a帽os de trabajos forzados, a menos que podamos demostrar su inocencia. Es posible que nuestra investigaci贸n confirme su culpabilidad; pero, en cualquier caso, tenemos una l铆nea de investigaci贸n que la polic铆a no ha encontrado y que una incre铆ble casualidad ha puesto en nuestras manos. Sig谩mosla hasta su 煤ltimo extremo. ¡Rumbo al sur, pues, y a paso ligero!
Atravesamos Holborn, bajando por Endell Street, y zigzagueamos por una serie de callejuelas hasta llegar al mercado de Covent Garden. Uno de los puestos m谩s grandes ten铆a encima el r贸tulo de Breckinridge, y el due帽o, un hombre con aspecto de caballo, de cara astuta y patillas recortadas, estaba ayudando a un muchacho a echar el cierre.
-Buenas noches, y fresquitas -dijo Holmes.
El vendedor asinti贸 y dirigi贸 una mirada inquisitiva a mi compa帽ero.
-Por lo que veo, se le han terminado los gansos -continu贸 Holmes, se帽alando los estantes de m谩rmol vac铆os.
-Ma帽ana por la ma帽ana podr茅 venderle quinientos.
-Eso no me sirve.
-Bueno, quedan algunos que han cogido olor a gas.
-Oiga, que vengo recomendado.
-¿Por qui茅n?
-Por el due帽o del Alpha.
-Ah, s铆. Le envi茅 un par de docenas.
-Y de muy buena calidad. ¿De d贸nde los sac贸 usted?
Ante mi sorpresa, la pregunta provoc贸 un estallido de c贸lera en el vendedor.
-Oiga usted, se帽or -dijo con la cabeza erguida y los brazos en jarras-. ¿Ad贸nde quiere llegar? Me gustan las cosas claritas.
-He sido bastante claro. Me gustar铆a saber qui茅n le vendi贸 los gansos que suministr贸 al Alpha.
-Y yo no quiero dec铆rselo. ¿Qu茅 pasa?
-Oh, la cosa no tiene importancia. Pero no s茅 por qu茅 se pone usted as铆 por una nimiedad.
-¡Me pongo como quiero! ¡Y usted tambi茅n se pondr铆a as铆 si le fastidiasen tanto como a m铆! Cuando pago buen dinero por un buen art铆culo, ah铆 debe terminar la cosa. ¿A qu茅 viene tanto «¿D贸nde est谩n los gansos?» y «¿A qui茅n le ha vendido los gansos?» y «¿Cu谩nto quiere usted por los gansos?» Cualquiera dir铆a que no hay otros gansos en el mundo, a juzgar por el alboroto que se arma con ellos.
-Le aseguro que no tengo relaci贸n alguna con los que le han estado interrogando -dijo Holmes con tono indiferente-. Si no nos lo quiere decir, la apuesta se queda en nada. Pero me considero un entendido en aves de corral y he apostado cinco libras a que el ave que me com铆 es de campo.
-Pues ha perdido usted sus cinco libras, porque fue criada en Londres -ataj贸 el vendedor.
-De eso, nada.
-Le digo yo que s铆.
-No le creo.
-¿Se cree que sabe de aves m谩s que yo, que vengo manej谩ndolas desde que era un mocoso? Le digo que todos los gansos que le vend铆 al Alpha eran de Londres.
-No conseguir谩 convencerme.
-¿Quiere apostar algo?
-Es como robarle el dinero, porque me consta que tengo raz贸n. Pero le apuesto un soberano, s贸lo para que aprenda a no ser tan terco.
El vendedor se ri贸 por lo bajo y dijo:
-Tr谩eme los libros, Bill.
El muchacho trajo un librito muy fino y otro muy grande con tapas grasientas, y los coloc贸 juntos bajo la l谩mpara.
-Y ahora, se帽or Sabelotodo -dijo el vendedor-, cre铆a que no me quedaban gansos, pero ya ver谩 c贸mo a煤n me queda uno en la tienda. ¿Ve usted este librito?
-S铆, ¿y qu茅?
-Es la lista de mis proveedores. ¿Ve usted? Pues bien, en esta p谩gina est谩n los del campo, y detr谩s de cada nombre hay un n煤mero que indica la p谩gina de su cuenta en el libro mayor. ¡Veamos ahora! ¿Ve esta otra p谩gina en tinta roja? Pues es la lista de mis proveedores de la ciudad. Ahora, f铆jese en el tercer nombre. L茅amelo.
-Se帽ora Oakshott,117 Brixton Road… 249 -ley贸 Holmes.
-Exacto. Ahora, busque esa p谩gina en el libro mayor. Holmes busc贸 la p谩gina indicada.
-Aqu铆 est谩: se帽ora Oakshott, 117 Brixton Road, proveedores de huevos y poller铆a.
-Muy bien. ¿Cu谩les la 煤ltima entrada?
-Veintid贸s de diciembre. Veinticuatro gansos a siete chelines y seis peniques.
-Exacto. Ah铆 lo tiene. ¿Qu茅 pone debajo?
-Vendidos al se帽or Windigate, del Alpha, a doce chelines.
-¿Qu茅 me dice usted ahora?
Sherlock Holmes parec铆a profundamente disgustado. Sac贸 un soberano del bolsillo y lo arroj贸 sobre el mostrador, retir谩ndose con el aire de quien est谩 tan fastidiado que incluso le faltan las palabras. A los pocos metros se detuvo bajo un farol y se ech贸 a re铆r de aquel modo alegre y silencioso tan caracter铆stico en 茅l.
-Cuando vea usted un hombre con patillas recortadas de ese modo y el «Pink’Up» asom谩ndole del bolsillo, puede estar seguro de que siempre se le podr谩 sonsacar mediante una apuesta -dijo-. Me atrever铆a a decir que si le hubiera puesto delante cien libras, el tipo no me habr铆a dado una informaci贸n tan completa como la que le saqu茅 haci茅ndole creer que me ganaba una apuesta. Bien, Watson, me parece que nos vamos acercando al foral de nuestra investigaci贸n, y lo 煤nico que queda por determinar es si debemos visitar a esta se帽ora Oakshott esta misma noche o si lo dejamos para ma帽ana. Por lo que dijo ese tipo tan malhumorado, est谩 claro que hay otras personas interesadas en el asunto, aparte de nosotros, y yo creo…
Sus comentarios se vieron interrumpidos de pronto por un fuerte vocer铆o procedente del puesto que acab谩bamos de abandonar. Al darnos la vuelta, vimos a un sujeto peque帽o y con cara de rata, de pie en el centro del c铆rculo de luz proyectado por la l谩mpara colgante, mientras Breckinridge, el tendero, enmarcado en la puerta de su establecimiento, agitaba ferozmente sus pu帽os en direcci贸n a la figura encogida del otro.
-¡Ya estoy harto de ustedes y sus gansos! -gritaba-. ¡V谩yanse todos al diablo! Si vuelven a fastidiarme con sus tonter铆as, les soltar茅 el perro. Que venga aqu铆 la se帽ora Oakshott y le contestar茅, pero ¿a usted qu茅 le importa? ¿Acaso le compr茅 a usted los gansos?
-No, pero uno de ellos era m铆o -gimi贸 el hombrecillo.
-Pues p铆daselo a la se帽ora Oakshott.
-Ella me dijo que se lo pidiera a usted.
-Pues, por m铆, se lo puede ir a pedir al rey de Prusia. Yo ya no aguanto m谩s. ¡Largo de aqu铆!
Dio unos pasos hacia delante con gesto feroz y el pregunt贸n se esfum贸 entre las tinieblas.
-Aj谩, esto puede ahorrarnos una visita a Brixton Road -susurr贸 Holmes-. Venga conmigo y veremos qu茅 podemos sacarle a ese tipo.
Avanzando a largas zancadas entre los reducidos grupillos de gente que a煤n rondaban en torno a los puestos iluminados, mi compa帽ero no tard贸 en alcanzar al hombrecillo y le toc贸 con la mano en el hombro. El individuo se volvi贸 bruscamente y pude ver a la luz de gas que de su cara hab铆a desaparecido todo rastro de color.
-¿Qui茅n es usted? ¿Qu茅 quiere? -pregunt贸 con voz temblorosa.
-Perdone usted -dijo Holmes en tono suave-, pero no he podido evitar o铆r lo que le preguntaba hace un momento al tendero, y creo que yo podr铆a ayudarle.
-¿Usted? ¿Qui茅n es usted? ¿C贸mo puede saber nada de este asunto?
-Me llamo Sherlock Holmes, y mi trabajo consiste en saber lo que otros no saben.
-Pero usted no puede saber nada de esto.
-Perdone, pero lo s茅 todo. Anda usted buscando unos gansos que la se帽ora Oakshott, de Brixton Road, vendi贸 a un tendero llamado Breckinridge, y que 茅ste a su vez vendi贸 al se帽or Windigate, del Alpha, y 茅ste a su club, uno de cuyos miembros es el se帽or Henry Baker.
-Ah, se帽or, es usted el hombre que yo necesito -exclam贸 el hombrecillo, con las manos extendidas y los dedos temblorosos-. Me ser铆a dif铆cil explicarle el inter茅s que tengo en este asunto.
Sherlock Holmes hizo se帽as a un coche que pasaba.
-En tal caso, lo mejor ser铆a hablar de ello en una habitaci贸n confortable, y no en este mercado azotado por el viento -dijo-. Pero antes de seguir adelante, d铆game por favor a qui茅n tengo el placer de ayudar.
El hombre vacil贸 un instante.
-Me llamo John Robinson -respondi贸, con una mirada de soslayo.
-No, no, el nombre verdadero -dijo Holmes en tono amable-. Siempre resulta inc贸modo tratar de negocios con un alias.
Un s煤bito rubor cubri贸 las blancas mejillas del desconocido.
-Est谩 bien, mi verdadero nombre es James Ryder.
-Eso es. Jefe de servicio del hotel Cosmopolitan. Por favor, suba al coche y pronto podr茅 informarle de todo lo que desea saber.
El hombrecillo se nos qued贸 mirando con ojos medio asustados y medio esperanzados, como quien no est谩 seguro de si le aguarda un golpe de suerte o una cat谩strofe. Subi贸 por fin al coche, y al cabo de media hora nos encontr谩bamos de vuelta en la sala de estar de Baker Street. No se hab铆a pronunciado una sola palabra durante todo el trayecto, pero la respiraci贸n agitada de nuestro nuevo acompa帽ante y su continuo abrir y cerrar de manos hablaban bien a las claras de la tensi贸n nerviosa que le dominaba.
-¡Henos aqu铆! -dijo Holmes alegremente cuando penetramos en la habitaci贸n-. Un buen fuego es lo m谩s adecuado para este tiempo. Parece que tiene usted fr铆o, se帽or Ryder. Por favor, si茅ntese en el sill贸n de mimbre. Permita que me ponga las zapatillas antes de zanjar este asuntillo suyo. ¡Ya est谩! ¿As铆 que quiere usted saber lo que fue de aquellos gansos?
-S铆, se帽or.
-O m谩s bien, deber铆amos decir de aquel ganso. Me parece que lo que le interesaba era un ave concreta… blanca, con una franja negra en la cola.
Ryder se estremeci贸 de emoci贸n.
-¡Oh, se帽or! -exclam贸-. ¿Puede usted decirme d贸nde fue a parar?
-Aqu铆.
-¿Aqu铆?
-S铆, y result贸 ser un ave de lo m谩s notable. No me extra帽a que le interese tanto. Como que puso un huevo despu茅s de muerta… el huevo azul m谩s peque帽o, precioso y brillante que jam谩s se ha visto. Lo tengo aqu铆 en mi museo.
Nuestro visitante se puso en pie, tambale谩ndose, y se agarr贸 con la mano derecha a la repisa de la chimenea. Holmes abri贸 su caja fuerte y mostr贸 el carbunclo azul, que brillaba como una estrella, con un resplandor fr铆o que irradiaba en todas direcciones. Ryder se lo qued贸 mirando con las facciones contra铆das, sin decidirse entre reclamarlo o negar todo conocimiento del mismo.
-Se acab贸 el juego, Ryder -dijo Holmes muy tranquilo-. Sost茅ngase, hombre, que se va a caer al fuego. Ay煤dele a sentarse, Watson. Le falta sangre fr铆a para meterse en robos impunemente. Dele un trago de brandy. As铆. Ahora parece un poco m谩s humano. ¡Menudo mequetrefe, ya lo creo!
Durante un momento hab铆a estado a punto de desplomarse, pero el brandy hizo subir un toque de color a sus mejillas, y permaneci贸 sentado, mirando con ojos asustados a su acusador.
-Tengo ya en mis manos casi todos los eslabones y las pruebas que podr铆a necesitar, as铆 que es poco lo que puede usted decirme. No obstante, hay que aclarar ese poco para que el caso quede completo. ¿Hab铆a usted o铆do hablar de esta piedra de la condesa de Morcar, Ryder?
-Fue Catherine Cusack quien me habl贸 de ella -dijo el hombre con voz cascada.
-Ya veo. La doncella de la se帽ora. Bien, la tentaci贸n de hacerse rico de golpe y con facilidad fue demasiado fuerte para usted, como lo ha sido antes para hombres mejores que usted; pero no se ha mostrado muy escrupuloso en los m茅todos empleados. Me parece, Ryder, que tiene usted madera de bellaco miserable. Sab铆a que ese pobre fontanero, Horner, hab铆a estado complicado hace tiempo en un asunto semejante, y que eso le convertir铆a en el blanco de todas las sospechas. ¿Y qu茅 hizo entonces? Usted y su c贸mplice Cusack hicieron un peque帽o estropicio en el cuarto de la se帽ora y se las arreglaron para que hiciesen llamar a Horner. Y luego, despu茅s de que Horner se marchara, desvalijaron el joyero, dieron la alarma e hicieron detener a ese pobre hombre. A continuaci贸n…
De pronto, Ryder se dej贸 caer sobre la alfombra y se agarr贸 a las rodillas de mi compa帽ero.
-¡Por amor de Dios, tenga compasi贸n! -chillaba-. ¡Piense en mi padre! ¡En mi madre! Esto les romper铆a el coraz贸n. Jam谩s hice nada malo antes, y no lo volver茅 a hacer. ¡Lo juro! ¡Lo juro sobre la Biblia! ¡No me lleve a los tribunales! ¡Por amor de Cristo, no lo haga!
-¡Vuelva a sentarse en la silla! -dijo Holmes rudamente-. Es muy bonito eso de llorar y arrastrarse ahora, pero bien poco pens贸 usted en ese pobre Horner, preso por un delito del que no sabe nada.
-Huir茅, se帽or Holmes. Saldr茅 del pa铆s. As铆 tendr谩n que retirar los cargos contra 茅l.
-¡Hum! Ya hablaremos de eso. Y ahora, oigamos la aut茅ntica versi贸n del siguiente acto. ¿C贸mo lleg贸 la piedra al buche del ganso, y c贸mo lleg贸 el ganso al mercado p煤blico? D铆ganos la verdad, porque en ello reside su 煤nica esperanza de salvaci贸n.
Ryder se pas贸 la lengua por los labios resecos.
-Le dir茅 lo que sucedi贸, se帽or -dijo-. Una vez detenido Horner, me pareci贸 que lo mejor ser铆a esconder la piedra cuanto antes, porque no sab铆a en qu茅 momento se le pod铆a ocurrir a la polic铆a registrarme a m铆 y mi habitaci贸n. En el hotel no hab铆a ning煤n escondite seguro. Sal铆 como si fuera a hacer un recado y me fui a casa de mi hermana, que est谩 casada con un tipo llamado Oakshott y vive en Brixton Road, donde se dedica a engordar gansos para el mercado. Durante todo el camino, cada hombre que ve铆a se me antojaba un polic铆a o un detective, y aunque hac铆a una noche bastante fr铆a, antes de llegar a Brixton Road me chorreaba el sudor por toda la cara. Mi hermana me pregunt贸 qu茅 me ocurr铆a para estar tan p谩lido, pero le dije que estaba nervioso por el robo de joyas en el hotel. Luego me fui al patio trasero, me fum茅 una pipa y trat茅 de decidir qu茅 era lo que m谩s me conven铆a hacer.
»En otros tiempos tuve un amigo llamado Maudsley que se fue por el mal camino y acaba de cumplir condena en Pentonville. Un d铆a nos encontramos y se puso a hablarme sobre las diversas clases de ladrones y c贸mo se deshac铆an de lo robado. Sab铆a que no me delatar铆a, porque yo conoc铆a un par de asuntillos suyos, as铆 que decid铆 ir a Kilburn, que es donde vive, y confiarle mi situaci贸n. 脡l me indicar谩 c贸mo convertir la piedra en dinero. Pero ¿c贸mo llegar hasta 茅l sin contratiempos? Pens茅 en la angustia que hab铆a pasado viniendo del hotel, pensando que en cualquier momento me pod铆an detener y registrar, y que encontrar铆an la piedra en el bolsillo de mi chaleco. En aquel momento estaba apoyado en la pared, mirando a los gansos que correteaban alrededor de mis pies, y de pronto se me ocurri贸 una idea para burlar al mejor detective que haya existido en el mundo.
»Unas semanas antes, mi hermana me hab铆a dicho que pod铆a elegir uno de sus gansos como regalo de Navidad, y yo sab铆a que siempre cumpl铆a su palabra. Coger铆a ahora mismo mi ganso y en su interior llevar铆a la piedra hasta Kilburn. Hab铆a en el patio un peque帽o cobertizo, y me met铆 detr谩s de 茅l con uno de los gansos, un magn铆fico ejemplar, blanco y con una franja en la cola. Lo sujet茅, le abr铆 el pico y le met铆 la piedra por el gaznate, tan abajo como pude llegar con los dedos. El p谩jaro trag贸, y sent铆 la piedra pasar por la garganta y llegar al buche. Pero el animal forcejeaba y aleteaba, y mi hermana sali贸 a ver qu茅 ocurr铆a. Cuando me volv铆 para hablarle, el bicho se me escap贸 y regres贸 dando un peque帽o vuelo entre sus compa帽eros.
»-¿Qu茅 est谩s haciendo con ese ganso, Jem? -pregunt贸 mi hermana.
»-Bueno -dije-, como dijiste que me ibas a regalar uno por Navidad, estaba mirando cu谩l es el m谩s gordo.
»-Oh, ya hemos apartado uno para ti -dijo ella-. Lo llamamos el ganso de Jem. Es aquel grande y blanco. En total hay veintis茅is; o sea, uno para ti, otro para nosotros y dos docenas para vender.
»-Gracias, Maggie -dije yo-. Pero, si te da lo mismo, prefiero ese otro que estaba examinando.
»-El otro pesa por lo menos tres libras m谩s -dijo ella-, y lo hemos engordado expresamente para ti.
»-No importa. Prefiero el otro, y me lo voy a llevar ahora -dije.
»-Bueno, como quieras -dijo ella, un poco mosqueada-. ¿Cu谩l es el que dices que quieres?
»-Aquel blanco con una raya en la cola, que est谩 justo en medio.
»-De acuerdo. M谩talo y te lo llevas.
»As铆 lo hice, se帽or Holmes, y me llev茅 el ave hasta Kilburn. Le cont茅 a mi amigo lo que hab铆a hecho, porque es de la clase de gente a la que se le puede contar una cosa as铆. Se ri贸 hasta partirse el pecho, y luego cogimos un cuchillo y abrimos el ganso. Se me encogi贸 el coraz贸n, porque all铆 no hab铆a ni rastro de la piedra, y comprend铆 que hab铆a cometido una terrible equivocaci贸n. Dej茅 el ganso, corr铆 a casa de mi hermana y fui derecho al patio. No hab铆a ni un ganso a la vista.
»-¿D贸nde est谩n todos, Maggie? -exclam茅.
»-Se los llevaron a la tienda.
»-¿A qu茅 tienda?
»-A la de Breckinridge, en Covent Garden.
»-¿Hab铆a otro con una raya en la cola, igual que el que yo me llev茅? -pregunt茅.
»-S铆, Jem, hab铆a dos con raya en la cola. Jam谩s pude distinguirlos.
»Entonces, naturalmente, lo comprend铆 todo, y corr铆 a toda la velocidad de mis piernas en busca de ese Breckinridge; pero ya hab铆a vendido todo el lote y se neg贸 a decirme a qui茅n. Ya le han o铆do ustedes esta noche. Pues todas las veces ha sido igual. Mi hermana cree que me estoy volviendo loco. A veces, yo tambi茅n lo creo. Y ahora… ahora soy un ladr贸n, estoy marcado, y sin haber llegado a tocar la riqueza por la que vend铆 mi buena fama. ¡Que Dios se apiade de m铆! ¡Que Dios se apiade de m铆!
Estall贸 en sollozos convulsivos, con la cara oculta entre las manos.
Se produjo un largo silencio, roto tan s贸lo por su agitada respiraci贸n y por el r铆tmico tamborileo de los dedos de Sherlock Holmes sobre el borde de la mesa. Por fin, mi amigo se levant贸 y abri贸 la puerta de par en par.
-¡V谩yase! -dijo.
-¿C贸mo, se帽or? ¡Oh! ¡Dios le bendiga!
-Ni una palabra m谩s. ¡Fuera de aqu铆!
Y no hicieron falta m谩s palabras. Hubo una carrera precipitada, un pataleo en la escalera, un portazo y el seco repicar de pies que corr铆an en la calle.
-Al fin y al cabo, Watson -dijo Holmes, estirando la mano en busca de su pipa de arcilla-, la polic铆a no me paga para que cubra sus deficiencias. Si Horner corriera peligro, ser铆a diferente, pero este individuo no declarar谩 contra 茅l, y el proceso no seguir谩 adelante. Supongo que estoy indultando a un delincuente, pero tambi茅n es posible que est茅 salvando un alma. Este tipo no volver谩 a descarriarse. Est谩 demasiado asustado. M茅talo en la c谩rcel y lo convertir谩 en carne de presidio para el resto de su vida. Adem谩s, estamos en 茅poca de perdonar. La casualidad ha puesto en nuestro camino un problema de lo m谩s curioso y extravagante, y su soluci贸n es recompensa suficiente. Si tiene usted la amabilidad de tirar de la campanilla, doctor, iniciaremos otra investigaci贸n, cuyo tema principal ser谩 tambi茅n un ave de corral.
The Strand Magazine, 1892

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