Me gusta volver a casa en Navidad. Todos lo hacemos, o deber铆amos hacerlo. Deber铆amos volver a casa en vacaciones, cuanto m谩s largas mejor, desde el internado en el que nos pasamos la vida trabajando en nuestras tablas aritm茅ticas, para as铆 descansar. Viajamos hasta casa a trav茅s de un paisaje invernal; por campos cubiertos por una niebla baja, entre pantanos y brumas, subiendo prolongadas colinas, que se van volviendo oscuras como cavernas entre las espesas plantaciones que llegan a tapar casi las estrellas chispeantes; y as铆 hasta que estamos en las amplias mesetas y finalmente nos detenemos, con un silencio repentino, en una avenida. En el aire helado la campana de la puerta tiene un sonido profundo que casi parece terrible; la puerta se abre sobre sus goznes y al llegar hasta una casa grande las brillantes luces nos parecen m谩s grandes tras las ventanas, y las filas de 谩rboles que hay frente a ellas parecen apartarse solemnemente hacia los lados, como para dejarnos pasar. Durante todo el d铆a, a intervalos, una liebre asustada ha salido corriendo a trav茅s de la hierba cubierta de nieve; o el repiqueteo distante de un reba帽o de ciervos pisoteando el duro hielo ha acabado tambi茅n, por un minuto, con el silencio. Si pudi茅ramos verles sus ojos vigilantes bajo los helechos, brillar铆an ahora como las gotas heladas de roc铆o sobre las hojas; pero est谩n inm贸viles, y todo est谩 callado. Y as铆, las luces se van haciendo m谩s grandes, y los 谩rboles se apartan hacia atr谩s ante nosotros para cerrarse de nuevo a nuestra espalda, como impidi茅ndonos la retirada, y llegamos a la casa.
Probablemente huele todo el tiempo a casta帽as asadas y otras cosas buenas y reconfortantes, pues estamos contando historias de Navidad, historias de fantasmas, o m谩s vergonzosas para nosotros, alrededor del fuego de Navidad, y no nos hemos movido salvo para acercarnos un poco m谩s a 茅l. Pero dejemos eso. Llegamos a la casa y es una casa antigua, repleta de grandes chimeneas en las que la le帽a arde en el hogar sobre viejas tenazas, y retratos horrendos (algunos de ellos con leyendas tambi茅n horrendas) miran con sa帽a y desconfianza desde el entablado de roble de las paredes. Somos un noble de edad mediana y damos una generosa cena con nuestro anfitri贸n y anfitriona y sus invitados, es Navidad y la vieja casa est谩 llena de invitados, y despu茅s nos vamos a la cama. Nuestra habitaci贸n es muy antigua. Est谩 recubierta de tapices. No nos gusta el retrato de un caballero vestido de verde colocado sobre la repisa de la chimenea. En el techo hay grandes vigas negras y para nuestro acomodo particular contamos con una enorme cama negra a la que en los pies le sirven de apoyo dos figuras negras tambi茅n grandes que parecen salidas de dos tumbas de la antigua iglesia que ten铆a el bar贸n en el parque. Pero no somos un noble supersticioso, y no nos importa. ¡Todo va bien! Despedimos a nuestro criado, cerramos la puerta y nos sentamos delante del fuego vestido: con el camis贸n, meditando en muchas cosas. Final mente, nos metemos en la cama. ¡Muy bien! No podemos dormir. Damos vueltas y m谩s vueltas, pero no podemos dormir. Las ascuas de la chimenea arden bien y dan a la habitaci贸n un aspecto fantasmal No podemos evitar escudri帽ar, por encima del cobertor, las dos figuras negras y el caballero… ese caballero vestido de verde y de apariencia perversa con la luz parpadeante dan la impresi贸n de avanzar y retroceder: lo cual, a pesar de que no seamos en absoluto un noble supersticioso, no resulta agradable. ¡Muy bien! Nos ponemos nerviosos… m谩s y m谩s nerviosos. Decimos: “esto es una verdadera estupidez, pero no podemos soportarlo; simularemos estar enfermos y llamaremos a alguien”. ¡Muy bien! Precisamente vamos a hacerlo cuando la puerta cerrada se abre y entra una mujer joven, de palidez mortal y de cabellos rubios y largos que se desliza hasta la chimenea, y se sienta en la silla que hemos dejado all铆, frot谩ndose las manos. Nos damos cuenta entonces de que su ropa est谩 h煤meda. La lengua se nos pega al velo del paladar y no somos capaces de hablar, pero la observamos con precisi贸n. Su ropa est谩 h煤meda, su largo cabello est谩 salpicado de barro h煤medo, va vestida seg煤n la moda de hace doscientos a帽os, y lleva en su ce帽idor un manojo de llaves oxidadas. ¡Muy bien! Se sienta all铆 y ni siquiera podemos desmayarnos del estado en el que no encontramos. Entonces ella se levanta y prueba todas las cerraduras de la habitaci贸n con las llaves oxidadas, sin que encuentre ninguna que vaya bien; despu茅s fija la mirada en el retrato del caballero vestido de verde y con una voz baja y terrible exclama:
“¡El hombre lo sabe!”. Despu茅s se vuelve a frotar las manos, pasa junto al borde de la cama y sale por la puerta. Nos apresuramos a ponernos la bata, cogemos las pistolas (siempre viajamos con ellas) y la seguimos, pero encontramos la puerta cerrada. Damos la vuelta a la llave, miramos en el pasillo oscuro y no hay nadie. Lo recorremos tratando de encontrar a nuestro criado. No es posible. Recorremos el pasillo hasta que despunta el d铆a y luego regresamos a nuestra habitaci贸n vac铆a, caemos dormidos y nos despierta nuestro criado (nunca hay nada que le hechice a 茅l) y el sol brillante. ¡Muy bien! Tomamos un desayuno terrible y todos dicen que tenemos un aspecto extra帽o. Despu茅s del desayuno paseamos por la casa con nuestro anfitri贸n, y le conducimos hasta el retrato del caballero vestido de verde, y entonces se aclara todo. Se comport贸 con falsedad con una joven ama de llaves unida en otro tiempo a esa familia, y famosa por su belleza, que se ahog贸 en un lago y cuyo cuerpo fue descubierto al cabo de mucho tiempo porque los ciervos se negaban a beber el agua. Desde entonces se ha dicho entre susurros que ella atraviesa la casa a medianoche (pero que va especialmente a esa habitaci贸n, en donde acostumbraba a dormir el caballero vestido de verde) probando las viejas cerraduras con las llaves oxidadas. ¡Bien! Le contamos a nuestro anfitri贸n lo que hemos visto, y una sombra cubre sus rasgos tras lo que nos suplica que guardemos silencio; y as铆 se hace. Pero todo es cierto; y lo contamos, antes de morir (ahora estamos muertos) a muchas personas responsables.
Es infinito el n煤mero de casas antiguas con galer铆as resonantes, dormitorios l煤gubres y alas encantadas cerradas durante muchos a帽os, por las cuales podemos pasear, con un agradable hormigueo subi茅ndonos por la espalda y encontrarnos algunos fantasmas, pero quiz谩 sea digno de menci贸n afirmar que se reducen a muy pocos tipos y clases generales; pues los fantasmas tienen poca originalidad y “caminan” por caminos trillados. Sucede, por ejemplo, que en una determinada habitaci贸n de un cierto sal贸n antiguo en donde se suicid贸 un malvado lord, bar贸n, o caballero, hay en el suelo algunas tablas de las que no se puede borrar la sangre. Raspas y raspas, como el actual due帽o ha hecho, o cepillas y cepillas; como hizo su padre, o friegas y friegas, como hizo su abuelo, o quemas y quemas con 谩cidos fuertes, como hizo el bisabuelo, pero la sangre seguir谩 estando all铆, ni m谩s roja ni m谩s p谩lida, ni en mayor ni en menor cantidad; siempre igual. En otra de esas casas hay una puerta encantada que nunca se abrir谩; u otra que nunca se cerrar谩; o un sonido de una rueda de hilar, o un martillo, o unos pasos, o un grito, o un suspiro, un galope de caballos o el rechinar de unas cadenas. O hay un reloj que a medianoche da trece campanadas cuando va a morir el cabeza de familia, o un carruaje sombr铆o, negro e inm贸vil que ve siempre en esos momentos alguien que aguardaba cerca de las amplias puertas del patio del establo. O sucede, como en el caso de Lady Mary, que fue a visitar una casa situada en los Highlands escoceses, y como estaba fatigada por su largo viaje se retir贸 pronto a la cama y a la ma帽ana siguiente dijo con toda inocencia en la mesa del desayuno:
—¡Me result贸 muy extra帽o que celebraran una fiesta a una hora tan tard铆a anoche en este remoto lugar y no me hablaran de ella antes de que me acostara!
Entonces todos preguntaron a Lady Mary lo que quer铆a decir. Y 茅sta contest贸:
—Bueno, anoche todo el tiempo o铆 carruajes que daban vueltas y m谩s vueltas alrededor de la terraza, bajo mi ventana.
Entonces el due帽o de la casa se puso p谩lido, lo mismo que su se帽ora, y Charles Macdoodle de Macdoodle hizo se帽as a Lady Mary de que no dijera m谩s, y todos guardaron silencio. Tras el desayuno, Charles Macdoodle le cont贸 a Lady Mary que seg煤n una tradici贸n de la familia era un presagio de muerte que los carruajes dieran vueltas por la terraza. Y as铆 fue, pues dos meses m谩s tarde mor铆a la se帽ora de la casa. Y Lady Mary, que era doncella de honor en la Corte, cont贸 a menudo esta historia a la Reina Charlotte; y es por esto que el viejo rey dec铆a siempre: “¿C贸mo, c贸mo? ¿Qu茅, qu茅? ¿Fantasmas, fantasmas? ¡No existen, no existen!”. Y no dejaba de decir esa frase hasta que se iba a la cama.
Y ahora bien, un amigo de alguien al que casi todos conocemos, cuando era un joven que estaba cursando estudios ten铆a un amigo especial con el que hab铆a hecho el pacto de que, si era posible que el esp铆ritu retornara a esta tierra despu茅s de separarse del cuerpo, aquel de los dos que muriera primero se le aparecer铆a al otro. Nuestro amigo se olvid贸 de ese pacto con el curso del tiempo; los dos j贸venes hab铆an progresado en la vida, hab铆an tomado camino; divergentes y se hab铆an separado. Pero una noche muchos a帽os despu茅s, estando nuestro amigo en el norte de Inglaterra, y qued谩ndose a pasar la noche en una posada de Yorkshire Moors, mir贸 desde la cama hacia fuera; y all铆, bajo la luz de la luna, apoyado en un bur贸 cercano a la ventana, y mir谩ndole fijamente, vio a su antiguo compa帽ero de estudios Cuando 茅ste se dirigi贸 con solemnidad hacia la aparici贸n, 茅sta respondi贸 en una especie de susurre pero bien audible:
—No te acerques a m铆. Estoy muerto. He venido aqu铆 para cumplir mi promesa. ¡Vengo del otro mundo, pero no puedo revelar sus secretos!
En ese momento empez贸 a volverse m谩s p谩lido y se fundi贸, por as铆 decirlo, con la luz de la luna, desapareciendo en ella.
O est谩 el caso de la hija del primer ocupante de lo pintoresca casa isabelina, tan famosa en nuestra vecindad. ¿Ha o铆do hablar de ella? ¿No? Bueno, la hija sali贸 una noche de verano en el momento del crep煤sculo; era una joven muy hermosa, de diecisiete a帽os de edad, y se dispon铆a a coger flores del jard铆n: pero de pronto lleg贸 corriendo, aterrada, hasta el sal贸n donde estaba su padre, a quien le dijo:
—¡Ay, querido padre, me he encontrado conmigo misma!
脡l la cogi贸 en sus brazos y le dijo que todo era una fantas铆a, pero ella replic贸:
—¡Oh, no! Me encontr茅 conmigo en el camino ancho, y yo estaba p谩lida, y recog铆a flores marchitas, y giraba la cabeza y ¡las levantaba!
Y aquella noche muri贸 la joven; y se empez贸 a hacer un cuadro con su historia, pero no se termin贸 nunca, y dicen que ha estado hasta hoy en alg煤n lugar de la casa, con el rostro vuelto hacia la pared.
O la historia del t铆o de la esposa de mi hermano, que volv铆a a casa cabalgando al atardecer de un hermoso d铆a y en una calle arbolada cercana a su casa vio a un hombre de pie ante 茅l en el centro mismo de la estrecha calzada.
“¿Qu茅 hace ese hombre del manto ah铆 parado?”, pens贸. “¿Quiere que pase con el caballo por encima de 茅l?”.
Pero la figura no se movi贸. Al verlo tan quieto tuvo una sensaci贸n extra帽a, pero sigui贸 avanzando, aunque aflojando el trote. Cuando estuvo tan cerca que lleg贸 a tocarlo casi con el estribo el caballo se asust贸 y la figura se desliz贸 hacia arriba, hasta la acera, de una manera curiosa y nada natural: hacia atr谩s, sin que pareciera utilizar los pies, hasta que desapareci贸. El t铆o de la esposa de mi hermano exclam贸:
—¡Por el Dios de los cielos! ¡Si es mi primo Harry, el de Bombay!
Espole贸 el caballo, que de pronto se hab铆a puesto a sudar profusamente, y extra帽谩ndose de tan rara conducta dio la vuelta para dirigirse hacia la fachada de su casa. Cuando lleg贸 all铆 vio la misma figura, que pasaba en ese momento junto a la alargada ventana francesa de la sala de estar, en la planta baja. Le pas贸 las bridas a un criado y se dirigi贸 presurosamente hacia la figura. All铆 estaba sentada su hermana, a solas. Alice, ¿d贸nde est谩 mi primo Harry?
—¿Tu primo Harry, John?
—S铆, el de Bombay. Acabo de encontrarme con 茅l ahora en la avenida, y le vi entrar aqu铆 hace un instante.
Pero nadie hab铆a visto a nadie; y tal como despu茅s se supo, en ese mismo instante mor铆a en India aquel primo.
O est谩 la historia de esa sensible y anciana dama soltera que muri贸 a los noventa y nueve a帽os de edad manteniendo sus facultades hasta el 煤ltimo momento y vio realmente al chico hu茅rfano. Es una historia que a menudo se ha contado incorrectamente, pero de la que la verdad aut茅ntica es 茅sta, lo s茅 porque en realidad es una historia de nuestra familia, y ella era amiga de la casa. Cuando ten铆a unos cuarenta a帽os de edad, y segu铆a poseyendo una hermosura poco com煤n (su amado muri贸 joven, raz贸n por la cual ella nunca se cas贸, a pesar de tener numerosas ofertas), fij贸 su residencia en un lugar de Kent, que su hermano, un comerciante con India, hab铆a comprado recientemente.
Se contaba la historia de que en otro tiempo aquel lugar estuvo a cargo del tutor de un joven; que ese tutor ser铆a el segundo heredero y que mat贸 al muchacho con su tratamiento duro y cruel. Ella nada sab铆a de tales cosas. Se ha dicho que en el dormitorio de ella hab铆a una jaula en la que el tutor sol铆a encerrar al muchacho. Es falso. Solo hab铆a un gabinete. Ella se acost贸, no hizo llamada alguna durante la noche, pero por la ma帽ana le dijo con toda tranquilidad a la doncella cuando 茅sta entr贸:
—¿Qui茅n es ese guapo mocito de aspecto abandonado que estuvo mirando hacia fuera desde el gabinete toda la noche?
La doncella contest贸 lanzando un fuerte grito y echando a correr al instante. La dama se sorprendi贸 de aquello, pero era una mujer de notable fuerza mental, por lo que se visti贸 ella sola, baj贸 las escaleras y acudi贸 a reunirse con su hermano:
—Walter, toda la noche me ha estado inquietando un guapo mocito de aspecto abandonado que constantemente miraba hacia fuera desde el gabinete que hay en mi habitaci贸n, y que no puedo abrir. Ah铆 debe haber alg煤n truco.
—Me temo que no, Charlotte —contest贸 el hermano—, pues es la leyenda de la casa. Es el hu茅rfano. ¿Qu茅 es lo que hizo?
—Abri贸 la puerta con suavidad y mir贸 hacia fuera. A veces penetraba uno o dos pasos en la habitaci贸n. Entonces yo le llamaba, para animarle, y 茅l se encog铆a, se estremec铆a y volv铆a a meterse de nuevo, cerrando la puerta.
—Charlotte, el gabinete no tiene comunicaci贸n con ninguna otra parte de la casa, y est谩 cerrado con clavos.
Aquello era indudablemente cierto y dos carpinteros necesitaron una ma帽ana entera para abrir la puerta y poder examinar el gabinete. Solo entonces Charlotte qued贸 convencida de que hab铆a visto al hu茅rfano. Pero lo terrible de la historia es que fue visto sucesivamente por tres de los hijos de su hermano, todos los cuales murieron j贸venes. En cada ocasi贸n, el ni帽o enfermaba, regresaba a casa con fiebre, doce horas antes de la muerte, y le dec铆a a su madre que hab铆a estado jugando bajo un cierto roble que hab铆a en un prado con un chico extra帽o, un chico de buen aspecto, pero que parec铆a abandonado, que era muy t铆mido y le hac铆a se帽as. A partir de esa experiencia fatal los padres llegaron a saber que se trataba del hu茅rfano, y que el destino del ni帽o al que hab铆a elegido como compa帽ero de juegos estaba seguramente fijado.
FIN

Grandiosa historia. Me encant贸 much铆simo.
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