En realidad, comenz贸 hace mucho tiempo: cu谩nto, no lo s茅; pero en lo que respecta a mi propia conexi贸n con el caso que ha arruinado mi pr谩ctica legal y me gan贸 el se帽alamiento de la profesi贸n con respecto a mi cordura, comenz贸 con la muerte de Amos Tuttle.
Eso fue en una noche de finales de invierno, con un viento del sur que soplaba al borde de la primavera. Ese d铆a hab铆a estado en la antigua Arkham, plagada de leyendas. Amos se hab铆a enterado de mi presencia all铆 por el doctor Ephraim Sprague, quien lo atendi贸, e hizo que el doctor llamara a Lewiston House y me llevara a esa l煤gubre propiedad en Aylesbury Road, cerca de Innsmouth Turnpike. No era un lugar al que me gustara ir, pero el viejo me hab铆a pagado bien para tolerar su hosquedad y excentricidad, y Sprague me hab铆a dejado claro que se estaba muriendo. Era cuesti贸n de horas.
Apenas tuvo fuerzas para hacerle un gesto a Sprague para que saliera de la habitaci贸n y hablar conmigo, aunque su voz sali贸 bastante clara y con poco esfuerzo.
—T煤 conoces mi voluntad —dijo—. C煤mplela al pie de la letra.
Ese testamento hab铆a sido una manzana de la discordia entre nosotros debido a que estipulaba que antes de que su heredero y 煤nico sobrino sobreviviente, Paul Tuttle, pudiera reclamar su patrimonio, la casa tendr铆a que ser destruida, no derribada, sino destruida, junto con ciertos libros. Su lecho de muerte no era lugar para debatir esta destrucci贸n sin sentido. Asent铆 y 茅l lo acept贸. ¡Ojal谩 hubiera obedecido sin dudarlo!
—Ahora bien —continu贸—, hay un libro abajo que debes llevar a la biblioteca de la Universidad de Miskatonic.
Me dio el t铆tulo. En ese momento significaba poco para m铆; pero desde entonces ha llegado a significar m谩s de lo que puedo decir: un s铆mbolo del horror secular, de cosas enloquecedoras m谩s all谩 del delgado velo de la vida cotidiana prosaica: la traducci贸n latina del aborrecido Necronomic贸n por el 谩rabe loco Abdul Alhazred.
Encontr茅 el libro con bastante facilidad. Durante las 煤ltimas dos d茅cadas de su vida, Amos Tuttle hab铆a vivido cada vez m谩s recluido entre libros recopilados de todas partes del mundo: textos viejos, carcomidos, con t铆tulos que podr铆an haber asustado a un hombre menos endurecido: el siniestro De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn; el terrible Cultes des Ghoules del Comte d'Erlette; el maldito Unaussprechlichen Kulten de von Junzt. Entonces no sab铆a cu谩n raros eran, ni entend铆a la rareza invaluable de ciertas piezas fragmentarias: el temible Libro de Eibon, los Manuscritos Pnak贸ticos y el temible Texto de R'lyeh; por estos, descubr铆 al examinar sus cuentas despu茅s de la muerte de Amos Tuttle, hab铆a pagado una suma fabulosa. Pero en ninguna parte encontr茅 una cifra tan alta como la de que hab铆a pagado por el Texto R'lyeh, que le hab铆a llegado de alg煤n lugar del oscuro interior de Asia; seg煤n sus archivos, hab铆a pagado por 茅l no menos de cien mil d贸lares; pero adem谩s de esto, hab铆a presente en su relato con respecto a este manuscrito amarillento una anotaci贸n que me desconcert贸 en ese momento, pero que iba a tener un motivo ominoso para recordar: despu茅s de la suma antes mencionada, Amos Tuttle hab铆a escrito en su mano de ara帽a: adem谩s de la promesa… Cuando las H铆ades se eleven y Aldebar谩n aceche el cielo esta noche, 脡l vendr谩.
Ocurrieron varios sucesos extra帽os, cosas que deber铆an haber despertado mi sospecha con respecto a las leyendas rurales de alguna poderosa influencia sobrenatural que se aferraba a la antigua casa. La primera de estas fue de poca importancia en vista de las dem谩s: al devolver el Necronomic贸n a la biblioteca de la Universidad de Miskatonic en Arkham, un bibliotecario de labios apretados me llev贸 de inmediato a la oficina del director, el doctor Llanfer, quien me pidi贸 sin rodeos que explicara por qu茅 el libro estaba en mi poder.
No dud茅 en hacerlo, y as铆 descubr铆 que nunca se permit铆a sacar el raro volumen de la biblioteca; que, de hecho, Amos Tuttle lo hab铆a copiado en una de sus raras visitas, despu茅s de haber fracasado en sus intentos de persuadir al doctor Llanfer para que le permitiera que lo tome prestado. Y Amos hab铆a sido lo suficientemente inteligente como para preparar de antemano una imitaci贸n maravillosamente buena del libro, con una encuadernaci贸n casi impecable en su parecido, y la reproducci贸n real del t铆tulo y las primeras p谩ginas del texto reproducidas de su memoria. Con ocasi贸n de manipular el libro del 谩rabe loco, hab铆a sustituido el original y se hab铆a ido con una de las dos copias disponibles en el continente norteamericano, una de las cinco copias que se sabe que existen en el mundo.
La segunda de estas cosas fue un poco m谩s sorprendente, aunque lleva los adornos de las historias convencionales de casas embrujadas. Tanto Paul Tuttle como yo escuchamos, mientras el cad谩ver de su t铆o yac铆a all铆, el sonido de pisadas, pero hab铆a esta extra帽eza en ellas: no eran para nada como pisadas dentro de la casa, sino como los pasos de alguna criatura m谩s all谩 de la concepci贸n del hombre caminando a una gran distancia, bajo tierra, de modo que el sonido en realidad vibraba en la casa desde las profundidades de la tierra.
Y cuando me refiero a pasos es solo por falta de una palabra mejor, porque no eran pasos planos en absoluto, sino una especie de sonido esponjoso, gelatinoso, chapoteante, hecho con la fuerza de enorme peso. No hubo nada m谩s que esto, y pronto desapareci贸, cesando, casualmente, en las horas de ese amanecer cuando el cad谩ver de Amos Tuttle fue llevado cuarenta y ocho horas antes de lo que hab铆amos planeado.
Los sonidos los descartamos como asentamientos de la tierra a lo largo de la costa lejana, no solo porque no les dimos demasiada importancia, sino por lo 煤ltimo que tuvo lugar antes de que Paul Tuttle tomara posesi贸n oficialmente de la vieja casa en Aylesbury. Esto 煤ltimo fue lo m谩s chocante de todo, y de los tres que lo sab铆an, s贸lo yo sigo vivo ahora, habiendo el doctor Sprague muerto este mes. En ese momento s贸lo ech贸 un vistazo y dijo:
—¡Enti茅rralo de una vez!
Y as铆 lo hicimos, porque el cambio en el cuerpo de Amos Tuttle era espantoso. Su cuerpo no estaba cayendo en ninguna descomposici贸n visible, sino cambiando sutilmente de otra manera, inund谩ndose con una extra帽a iridiscencia que se oscurec铆a hasta convertirse casi en 茅bano, y la aparici贸n de diminutas protuberancias parecidas a escamas en sus manos y cara. Tambi茅n hubo alg煤n cambio en la forma de su cabeza; pareci贸 alargarse, adquirir un curioso aspecto parecido al de un pez, acompa帽ado de una leve exudaci贸n de un espeso olor a pescado procedente del ata煤d.
Estos cambios no eran puramente imaginativos, como se comprob贸 sorprendentemente cuando el cuerpo fue encontrado posteriormente en el lugar donde su maligno morador posterior lo hab铆a transportado, y all铆, aunque finalmente cay贸 en la putrefacci贸n, otros vieron conmigo los sugerentes cambios que hab铆an tenido lugar, aunque afortunadamente no ten铆an conocimiento de lo que hab铆a sucedido antes. Pero en el momento en que Amos Tuttle yac铆a en la vieja casa, no hab铆a indicios de lo que estaba por venir.
Fuimos r谩pidos en cerrar el ata煤d y a煤n m谩s r谩pido en llevarlo a la b贸veda de Tuttle cubierta de hiedra en el cementerio de Arkham.
Paul Tuttle ten铆a entonces cuarenta y algo, pero, como tantos hombres de su generaci贸n, ten铆a el rostro y la figura de un veintea帽ero. De hecho, el 煤nico indicio de su edad resid铆a en las tenues trazas de canas en el cabello de su bigote y sienes. Era un hombre alto, de cabello oscuro, ligeramente pasado de peso, con francos ojos azules que a帽os de investigaci贸n acad茅mica no hab铆an reducido a la necesidad de anteojos. Tampoco desconoc铆a la ley, porque r谩pidamente hizo saber que si yo, como albacea de su t铆o, no estaba dispuesto a pasar por alto la cl谩usula de su testamento, la cual ped铆a la destrucci贸n de la casa en Aylesbury Road, 茅l impugnar铆a el testamento con el motivo justificable de la locura de Amos Tuttle.
Le se帽al茅 que estaba solo contra el doctor Sprague y contra m铆, pero al mismo tiempo no estaba ciego ante el hecho de que la irracionalidad de la solicitud podr铆a muy bien derrotarnos; adem谩s, yo mismo consider茅 la cl谩usula y no estaba dispuesto a pelear por un asunto tan menor. Sin embargo, si hubiera podido prever lo que estaba por venir, si hubiera so帽ado con el horror que se avecinaba, habr铆a llevado a cabo la 煤ltima solicitud de Amos Tuttle independientemente de cualquier decisi贸n del tribunal. Sin embargo, tal previsi贸n no fue m铆a.
Fuimos a ver al juez Wilton, Tuttle y yo, y le planteamos el asunto. Estuvo de acuerdo con nosotros en que la destrucci贸n de la casa parec铆a innecesaria, y m谩s de una vez insinu贸 que coincid铆a con la creencia de Paul Tuttle en la locura de su difunto t铆o.
—El anciano ha estado loco desde que lo conozco —dijo secamente—. Y en cuanto a ti, Haddon, ¿puedes subirte a un estrado y jurar que estaba absolutamente cuerdo?
Recordando con cierta inquietud el robo del Necronomic贸n de la Universidad de Miskatonic, tuve que confesar que no pod铆a.
As铆 que Paul Tuttle tom贸 posesi贸n de la finca en Aylesbury Road, y yo volv铆 a mi pr谩ctica en Boston, no insatisfecho con la forma en que hab铆an ido las cosas y, sin embargo, no sin una inquietud dif铆cil de definir, un sentimiento insidioso de tragedia inminente, alimentado no poco por mi recuerdo de lo que hab铆amos visto en el ata煤d de Amos Tuttle antes de que lo sell谩ramos y lo encerr谩ramos en la b贸veda centenaria del cementerio de Arkham.
No fue por un tiempo que volv铆 a ver los techos abuhardillados y las balaustradas georgianas de Arkham. Estuve all铆 por un cliente que deseaba que me asegurara de que su propiedad en la antigua Innsmouth estuviera protegida de los agentes del gobierno y la polic铆a, aunque ya hab铆an pasado algunos meses desde la misteriosa dinamitaci贸n de los edificios frente al mar y parte del Arrecife del Diablo. Conozco un documento que pretende dar los verdaderos hechos del horror de Innsmouth, un manuscrito publicado de forma privada escrito por un autor de Providence.
En ese momento era imposible proceder a Innsmouth porque los hombres del Servicio Secreto hab铆an cerrado todos los caminos; sin embargo, hice declaraciones a las personas adecuadas y recib铆 la seguridad de que la propiedad de mi cliente estar铆a completamente protegida, ya que se encontraba bastante alejada de la costa; as铆 que proced铆 con otros peque帽os asuntos en Arkham.
Fui a almorzar ese d铆a en un peque帽o restaurante cerca de la Universidad de Miskatonic, y mientras estaba all铆, escuch茅 una voz familiar. Levant茅 la vista y vi al doctor Llanfer, director de la biblioteca de la universidad. Parec铆a algo molesto, y traicionaba claramente su preocupaci贸n en sus rasgos. Lo invit茅 a unirse a m铆, primero se neg贸; sin embargo, se sent贸.
—¿Has ido a ver a Paul Tuttle —pregunt贸 bruscamente.
—Pensaba ir esta tarde —respond铆—. ¿Hay alg煤n problema?
Se sonroj贸.
—Eso no puedo decirlo —respondi贸—. Pero han habido algunos rumores desagradables en Arkham. Y el Necronomic贸n ha desaparecido otra vez.
—¡Santo cielo! ¿Seguramente no estar谩s acusando a Paul Tuttle de haberlo tomado? —exclam茅, medio sorprendido, medio divertido—. No podr铆a imaginar qu茅 utilidad podr铆a tener para 茅l.
—Sin embargo, la tiene —insisti贸 el doctor Llanfer—. Pero no creo que lo haya robado. Es mi propia opini贸n que uno de nuestros empleados se lo dio y ahora se resiste a confesar la enormidad de su error. Sea como fuere, el libro no ha regresado y me temo que tendremos que ir por 茅l.
—Podr铆a preguntarle sobre eso —dije.
—Gracias —respondi贸 el doctor Llanfer, un poco ansioso—. ¿Supongo que no has o铆do nada de los rumores?
Negu茅 con la cabeza.
—Es muy probable que sean solo el resultado de una mente imaginativa —continu贸, pero su aire suger铆a que no estaba dispuesto a aceptar una explicaci贸n tan prosaica—. Parece que los pasajeros a lo largo de Aylesbury Road han escuchado sonidos extra帽os a altas horas de la noche, todos aparentemente provenientes de la casa Tuttle.
—¿Sonidos? —pregunt茅, no sin aprensi贸n inmediata.
—Aparentemente, de pisadas. Alguien dijo que sonaban como si algo grande estuviera caminando en el barro.
Los extra帽os sonidos que Paul Tuttle y yo hab铆amos escuchado la noche siguiente a la muerte de Amos Tuttle hab铆an desaparecido de mi mente, pero ante esta menci贸n el recuerdo volvi贸 por completo. Me temo que me delat茅 un poco, porque el doctor Llanfer observ贸 mi repentino inter茅s; afortunadamente, opt贸 por interpretarlo como evidencia de que yo hab铆a o铆do algo de estos rumores, a pesar de mi declaraci贸n en contrario.
No eleg铆 corregirlo en este sentido. Experiment茅 un repentino deseo de no escuchar m谩s; as铆 que no lo presion茅 para que me diera m谩s detalles. Luego se levant贸 para regresar a sus deberes y me dej贸 con mi promesa de pedirle a Paul Tuttle el libro perdido.
Su relato son贸 en m铆 una nota de alarma. No pude evitar recordar las numerosas cosas que se me quedaron grabadas en la memoria: los pasos, la extra帽a cl谩usula en el testamento, la horrible metamorfosis en el cad谩ver de Amos Tuttle. Ya hab铆a entonces una vaga sospecha en mi mente de que alguna siniestra cadena de eventos se estaba manifestando.
Pens茅 en retirarme. Ten铆a la insidiosa convicci贸n de una tragedia inminente. Pero decid铆 ver a Paul Tuttle lo antes posible.
Mi trabajo en Arkham consumi贸 la tarde, y no fue hasta el anochecer que me encontr茅 de pie ante la enorme puerta de roble de la vieja casa Tuttle en Aylesbury Road. Paul contest贸 a mi llamado con una l谩mpara en alto, mirando hacia la noche creciente.
—¡Haddon! —exclam贸, abriendo m谩s la puerta—. ¡Adelante!
No pod铆a dudar de que estaba realmente contento de verme porque la nota de entusiasmo en su voz exclu铆a cualquier otra suposici贸n. La cordialidad de su bienvenida tambi茅n sirvi贸 para confirmarme en mi intenci贸n de no hablar de los rumores que hab铆a escuchado, y proceder a una investigaci贸n sobre el Necronomic贸n en mi propio tiempo. Record茅 que justo antes de la muerte de su t铆o, Tuttle hab铆a estado trabajando en un tratado filol贸gico relacionado con el desarrollo de la lengua de los indios Sac.
—Ya cenaste, supongo —dijo Tuttle, gui谩ndome por el pasillo hasta la biblioteca.
Dije que hab铆a comido en Arkham.
Dej贸 la l谩mpara sobre una mesa llena de libros, apartando algunos papeles. Invit谩ndome a sentar, volvi贸 a ocupar el asiento que evidentemente hab铆a dejado para responder a mi llamada. Vi ahora que estaba algo desali帽ado y que se hab铆a dejado crecer la barba. Tambi茅n hab铆a ganado m谩s peso, sin duda como consecuencia de la erudici贸n estrictamente impuesta, con todo el confinamiento en la casa y la falta de ejercicio f铆sico que ello conlleva.
—¿C贸mo le va al tratado sobre los Sac? —pregunt茅.
—He dejado eso a un lado —dijo brevemente—. Puedo retomarlo m谩s tarde. Por el momento me he topado con algo mucho m谩s importante, a煤n no puedo decir qu茅 tan importante.
Ahora vi que los libros sobre la mesa no eran los tomos acad茅micos habituales que hab铆a visto en su escritorio de Ipswich, pero con cierta aprensi贸n observ茅 que eran los libros condenados por instrucciones expl铆citas del t铆o de Tuttle. Una mirada a los espacios vac铆os en los estantes prohibidos lo corrobor贸.
Tuttle se volvi贸 hacia m铆 casi con entusiasmo y baj贸 la voz como si temiera que lo oyeran.
—De hecho, Haddon, es colosal, una haza帽a gigantesca de la imaginaci贸n; s贸lo por esto, ya no estoy seguro de que sea imaginativo. Me preguntaba acerca de esa cl谩usula en el testamento de mi t铆o. No pod铆a entender por qu茅 querr铆a que destruyeran esta casa, y supuse correctamente que la raz贸n deb铆a estar en esos libros que conden贸 tan cuidadosamente —hizo un gesto con la mano hacia los incunables que ten铆a delante—. As铆 que los examin茅, y puedo decirte que descubr铆 cosas de una extra帽eza tan incre铆ble, un horror tan bizarro, que a veces dudo en profundizar en el misterio. Francamente, Haddon, es el asunto m谩s extravagante con el que me he encontrado, y debo decir que involucr贸 una investigaci贸n considerable, aparte de estos libros que coleccion贸 el t铆o Amos.
—Me atrevo a decir que has tenido que viajar mucho.
Sacudi贸 la cabeza.
—Nada, aparte de un viaje a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic. El hecho es que descubr铆 que tambi茅n me los pod铆an entregar por correo. ¿Recordar谩s esos papeles del t铆o? Bueno, descubr铆 entre ellos que el t铆o Amos pag贸 cien mil por cierto manuscrito encuadernado… en piel humana, junto con una l铆nea cr铆ptica: adem谩s de la promesa. Empec茅 a preguntarme qu茅 promesa podr铆a haber hecho el t铆o Amos. Inmediatamente proced铆 a buscar el nombre del hombre que le hab铆a vendido el libro, y lo encontr茅 con su direcci贸n: un sacerdote chino del interior del T铆bet. Le escrib铆. Su respuesta me lleg贸 hace una semana.
Se inclin贸 y rebusc贸 brevemente entre los papeles de su escritorio, hasta que encontr贸 lo que buscaba y me lo entreg贸.
—Escrib铆 en nombre de mi t铆o, no confiando del todo en la transacci贸n, y escrib铆, adem谩s, como si hubiera olvidado o tuviera la esperanza de eludir la promesa —continu贸—. Su respuesta es tan cr铆ptica como la anotaci贸n de mi t铆o. De hecho, as铆 fue, porque el papel arrugado que me entregaron ten铆a, en una letra extra帽a y forzada, una sola l铆nea, sin firma ni fecha: Proporcionar un refugio para Aquel que no debe ser Nombrado.
Me atrevo a decir que mir茅 a Tuttle con mi asombro claramente reflejado en mis ojos, porque sonri贸 antes de responder.
—No significa nada para ti, ¿eh? Tampoco para m铆 cuando lo vi por primera vez. Para comprender lo que sigue debes conocer al menos un breve esbozo de la mitolog铆a —si es que es s贸lo mitolog铆a— en la que se enra铆za este misterio. Aparentemente, mi t铆o Amos lo cre铆a todo, ya que las diversas notas esparcidas en los m谩rgenes de sus libros proscritos revelan un conocimiento mucho mayor que el m铆o.
»Aparentemente, la mitolog铆a surge de una fuente com煤n con nuestro propio G茅nesis, pero solo por un parecido muy peque帽o; a veces me siento tentado a decir que esta mitolog铆a es mucho m谩s antigua que cualquier otra; ciertamente, en sus implicaciones va mucho m谩s all谩, siendo c贸smica y sin edad, porque sus seres son de dos naturalezas, y s贸lo dos: los Antiguos y los Mayores. Dioses del bien c贸smico, y del mal c贸smico que llevan muchos nombres, y ellos mismos son de diferentes grupos, como si estuvieran asociados con los elementos y, sin embargo, trascendi茅ndolos: porque est谩n los Seres del Agua, escondidos en las profundidades; los del Aire que son los acechadores primarios m谩s all谩 del tiempo; los de la Tierra, horribles supervivencias animadas de eones lejanos.
»Hace un tiempo incre铆ble los Antiguos desterraron a todos los Malignos, aprision谩ndolos en muchos lugares; pero con el tiempo estos Malignos engendraron secuaces infernales que se dispusieron a prepararse para su regreso a la grandeza. Los Antiguos no tienen nombre, pero su poder es, y aparentemente siempre, ser谩 lo suficientemente grande como para controlar el de los dem谩s.
»Entre los Malignos aparentemente hay conflicto a menudo, como entre seres menores. Los Seres de Agua se oponen a los de Aire; los Seres de Fuego se oponen a los de la Tierra, pero sin embargo, juntos odian y temen a los Dioses Mayores y siempre esperan derrotarlos en alg煤n momento. Entre los papeles de mi t铆o Amos hay muchos nombres temibles: Gran Cthulhu, el Lago de Hali, Tsathoggua, Yog-Sothoth, Nyarlathotep, Azathoth, Hastur el Inefable, Yuggoth, Aldones, Thale, Aldebar谩n, las H铆ades, Carcosa y otros: y es posible dividir algunos de estos nombres en clases vagamente sugerentes a partir de aquellas notas, aunque muchos presentan misterios insolubles que no puedo esperar penetrar todav铆a; y otros, tambi茅n, est谩n escritos en un idioma que no conozco, junto con s铆mbolos y signos cr铆pticos y extra帽amente aterradores.
»Por lo que he aprendido, es posible saber que el Gran Cthulhu es de los Seres del Agua, as铆 como Hastur es de los Seres que acechan en los espacios estelares. En esta mitolog铆a, el Gran Cthulhu fue desterrado a un lugar bajo los mares de la Tierra, mientras que Hastur fue arrojado al espacio exterior, a ese lugar donde cuelgan las estrellas negras, que se indica como Aldebar谩n de las H铆ades, lugar mencionado por Chambers, aun cuando repite la Carcosa de Bierce.
»En vista de esta comunicaci贸n del sacerdote en el T铆bet, un hecho debe surgir claramente: Aquel que no debe ser Nombrado no puede ser otro que Hastur.
El repentino cese de su voz me sobresalt贸; hab铆a algo hipn贸tico en su ansioso susurro, y tambi茅n algo que me llen贸 de una convicci贸n mucho m谩s all谩 del poder de las palabras de Paul Tuttle. En alg煤n lugar, en lo profundo de los recovecos de mi mente, se hab铆a tocado una cuerda, una conexi贸n mnemot茅cnica que no pod铆a descartar ni rastrear, y que me dej贸 con una sensaci贸n de edad ilimitada, un puente c贸smico hacia otro lugar y tiempo.
—Eso parece l贸gico —dije al fin, con cautela.
—¡L贸gico! Haddon, lo es —exclam贸.
—Admito que s铆 —dije—, ¿entonces qu茅?
—Bueno —prosigui贸 r谩pidamente—, hemos concedido que mi t铆o Amos prometi贸 preparar un refugio en preparaci贸n para el regreso de Hastur desde cualquier regi贸n del espacio exterior que ahora lo aprisiona. D贸nde est谩 ese refugio, o qu茅 clase de lugar puede ser, no ha sido mi preocupaci贸n hasta ahora, aunque puedo adivinarlo, tal vez. Este no es el momento de hacer conjeturas y, sin embargo, parecer铆a, a partir de otras pruebas disponibles, que se pueden hacer algunas deducciones. La primera y m谩s importante es de naturaleza doble: ergo, algo imprevisto impidi贸 el regreso de Hastur en vida de mi t铆o —aqu铆 me mir贸 con una franqueza inusual—. En cuanto a la evidencia de esta manifestaci贸n, preferir铆a no entrar en ella en este momento. Baste decir que creo que tengo esa evidencia a mano. Vuelvo a mi premisa original.
»Entre las pocas anotaciones marginales hechas por mi t铆o, hay dos o tres especialmente notables en el Texto de R'lyeh; de hecho, a la luz de lo que se sabe o se puede adivinar justificadamente, son notas siniestras y ominosas.
Hablando as铆, abri贸 el antiguo manuscrito y se dirigi贸 a un lugar bastante cercano al comienzo de la narraci贸n.
—Ahora esc煤chame, Haddon —dijo, y me levant茅 y me inclin茅 sobre 茅l para mirar la letra ar谩cnida, casi ilegible, de Amos Tuttle—. Observa la l铆nea de texto subrayada: Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’ nagl fhtagn, y lo que sigue en la letra inconfundible de mi t铆o: ¿Sus secuaces preparando el camino, y 茅l ya no sue帽a? (WT: 28/2), y en una fecha m谩s reciente, a juzgar por el temblor de su mano, la 煤nica abreviatura: Inns Obviamente, esto no significa nada sin una traducci贸n del texto. Pon atenci贸n a la notaci贸n entre par茅ntesis. Resolv铆 su significado como una referencia a una revista popular, Weird Tales, de febrero de 1928. La tengo aqu铆.
Abri贸 la revista contra el texto sin sentido, ocultando parcialmente las l铆neas que hab铆an comenzado a adquirir una extra帽a atm贸sfera sobrenatural, y all铆, debajo de la mano de Paul Tuttle, estaba la primera p谩gina de una historia que obviamente pertenec铆a a esta incre铆ble mitolog铆a. El t铆tulo, cubierto solo en parte por su mano, era La llamada de Cthulhu, de H. P. Lovecraft. Pero Tuttle no se entretuvo en la primera p谩gina; se meti贸 de lleno en el coraz贸n de la historia antes de hacer una pausa y presentar la l铆nea id茅ntica e ilegible que yac铆a junto a la escritura enredada de Amos Tuttle en el Texto de R'lyeh sobre el que reposaba la revista. Y all铆, solo un p谩rrafo m谩s abajo, apareci贸 lo que pretend铆a ser una traducci贸n del idioma completamente desconocido del Texto: En su casa en R'lyeh, el muerto Cthulhu espera so帽ando.
—Ah铆 lo tienes —continu贸 Tuttle con cierta satisfacci贸n—. Cthulhu tambi茅n esper贸 el momento de su resurgimiento. Claramente mi t铆o se ha preguntado si Cthulhu todav铆a yace so帽ando, y despu茅s de esto, ha escrito y subrayado dos veces una abreviatura que solo puede representar Innsmouth. Esto, junto con las cosas espantosas medio insinuadas en esta historia reveladora que pretende ser solo ficci贸n, abre una perspectiva de horror no so帽ado, de maldad ancestral.
—¡Santo cielo! —exclam茅 involuntariamente—. ¿Seguramente no creer谩s que esta fantas铆a ha cobrado vida?
Tuttle se volvi贸 y me dirigi贸 una mirada extra帽amente distante.
—Lo que yo piense no importa, Haddon —respondi贸 gravemente—. Pero hay una cosa que me gustar铆a saber: ¿qu茅 pas贸 en Innsmouth? ¿Qu茅 ha sucedido all铆 durante d茅cadas? ¿Por qu茅 este otrora puerto pr贸spero se ha hundido en el olvido, la mitad de sus casas vac铆as, su propiedad pr谩cticamente sin valor? ¿Y por qu茅 fue necesario que los hombres del gobierno volaran fila tras fila de las viviendas y almacenes frente al mar? Por 煤ltimo, ¿por qu茅 raz贸n terrenal enviaron un submarino para torpedear los espacios marinos m谩s all谩 del Arrecife del Diablo, justo a las afueras de Innsmouth?
—No s茅 nada de eso —respond铆.
Pero 茅l no hizo caso; su voz se elev贸 un poco, insegura y temblorosa, y dijo:
—Puedo dec铆rtelo, Haddon. Es incluso como ha escrito mi t铆o Amos: ¡El gran Cthulhu ha resucitado!
Por un momento me estremec铆; luego dije:
—Pero es a Hastur a quien esperaba.
—Precisamente —asinti贸 Tuttle con voz entrecortada y profesional—. Me gustar铆a saber qui茅n o qu茅 es lo que camina en la tierra en las horas oscuras cuando Fomalhaut se ha levantado y las H铆ades est谩n en el este.
Cambi贸 bruscamente de tema; comenz贸 a hacerme preguntas sobre m铆 y mi pr谩ctica, y poco despu茅s, cuando me levant茅 para irme, me pidi贸 que me quedara a pasar la noche. Acced铆 con cierta renuencia, despu茅s de lo cual 茅l parti贸 de inmediato para prepararme una habitaci贸n. Aprovech茅 la oportunidad para examinar su escritorio en busca del Necronomic贸n que faltaba en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic. No estaba, pero lo encontr茅 en un estante. Lo estaba examinando para asegurarme de su identidad, cuando Tuttle volvi贸 a entrar en la habitaci贸n. Sus r谩pidos ojos se clavaron en el libro que ten铆a en las manos y sonri贸 a medias.
—Me gustar铆a que le llevaras eso al doctor Llanfer cuando te vayas por la ma帽ana, Haddon —dijo con indiferencia—. Ahora que he copiado el texto, ya no tengo m谩s uso para 茅l.
—Lo har茅 con mucho gusto —dije, aliviado de que el asunto pudiera resolverse tan f谩cilmente.
Poco despu茅s me retir茅 a la habitaci贸n del segundo piso. Me acompa帽贸 hasta la puerta, y all铆 se detuvo brevemente, inseguro de hablar. Se volvi贸 una o dos veces, me dio las buenas noches antes de decir lo que pesaba en sus pensamientos:
—Por cierto, si escuchas algo en la noche, no te alarmes, Haddon. Sea lo que sea, es inofensivo, hasta el momento.
No fue hasta que se hubo ido que me di cuenta del significado de lo que hab铆a dicho y de la forma en que lo hab铆a dicho. Esto era una confirmaci贸n de los salvajes rumores que hab铆an penetrado en Arkham. Me desnud茅 lenta y pensativamente, y me puse el pijama que Tuttle me hab铆a preparado, sin desviarme ni un instante de la preocupaci贸n por la extra帽a mitolog铆a de los libros antiguos de Amos Tuttle. Nunca fui r谩pido para emitir juicio, y no lo har铆a ahora. Estaba claro para m铆 que Tuttle estaba m谩s que medio convencido de su verdad.
Esto en s铆 mismo era m谩s que suficiente para hacerme pensar, ya que Paul Tuttle se hab铆a distinguido por la minuciosidad de sus investigaciones, y sus art铆culos publicados no hab铆an sido cuestionados ni por el m谩s m铆nimo detalle. Como resultado de enfrentar estos hechos, estaba preparado para admitir que hab铆a alguna base para la mitolog铆a que Tuttle me hab铆a esbozado, pero en cuanto a su verdad, por supuesto que no estaba en posici贸n para comprometerme incluso dentro de los confines de mi propia mente; porque una vez que un hombre concede o condena una cosa dentro de su mente, es doblemente dif铆cil deshacerse de su conclusi贸n, por muy desacertada que pueda resultar posteriormente.
Pensando esto me met铆 en la cama. La noche se hab铆a profundizado, aunque pod铆a ver a trav茅s de la delgada cortina que las estrellas estaban afuera, Andr贸meda en lo alto del este y las constelaciones de oto帽o comenzando a ascender por el cielo.
Estaba al borde del sue帽o cuando volv铆 a despertarme por un sonido que hab铆a estado presente durante alg煤n tiempo, pero que acababa de llegar a m铆 con todo su significado: el paso levemente tembloroso de una criatura gigantesca que hac铆a vibrar la casa, aunque el sonido no proced铆a del interior de la casa, sino del este, y por un confuso momento pens茅 en algo que hab铆a surgido del mar y caminaba por la orilla sobre la arena mojada.
Pero esta ilusi贸n pas贸 cuando me levant茅 y escuch茅 con m谩s atenci贸n. Por un momento no hubo sonido alguno; luego volvi贸 a sonar, irregularmente, entrecortado: un paso, una pausa, dos pasos en una sucesi贸n bastante r谩pida, un extra帽o ruido de succi贸n. Perturbado, me levant茅 y me acerqu茅 a la ventana abierta. La noche era c谩lida; a lo lejos, al nordeste, un faro trazaba un arco en el cielo, y desde el lejano norte llegaba el d茅bil zumbido de un avi贸n nocturno. Ya era pasada la medianoche; bajo en el este brillaban Aldebar谩n y las Pl茅yades, pero en ese momento, como lo hice m谩s tarde, no relacion茅 las perturbaciones que escuch茅 con la aparici贸n de las H铆ades sobre el horizonte.
Los extra帽os sonidos, mientras tanto, continuaron sin cesar, y pronto me di cuenta de que en verdad se estaban acercando a la casa, por muy lento que fuera su avance. Que ven铆an de la direcci贸n del mar no pod铆a dudarlo, porque en este lugar no hab铆a configuraciones de la tierra que pudieran haber desviado cualquier sonido del foco direccional. Empec茅 a pensar de nuevo en esos sonidos que hab铆amos o铆do mientras el cuerpo de Amos Tuttle yac铆a en la casa, aunque entonces no recordaba que as铆 como las H铆ades ahora yac铆an bajas en el este, entonces se estaban poniendo en el oeste. Si hab铆a alguna diferencia en la forma de su acercamiento, no pude determinarlo, a menos que las perturbaciones presentes parec铆an m谩s cercanas, pero no era tanto una cercan铆a f铆sica como una cercan铆a ps铆quica. La convicci贸n de esto era tan fuerte que comenc茅 a sentir una creciente inquietud no exenta de miedo. Empec茅 a experimentar una inquietud salvaje, un deseo de compa帽铆a; y fui r谩pidamente a la puerta de mi habitaci贸n, la abr铆 y sal铆 en silencio al vest铆bulo en busca de mi anfitri贸n.
Pero entonces, de inmediato, se dio a conocer un nuevo descubrimiento. Mientras estuve en mi habitaci贸n, los sonidos que hab铆a escuchado parec铆an indiscutiblemente provenir del este, a pesar de los temblores d茅biles, casi intangibles, que parec铆an estremecerse a trav茅s de la vieja casa; pero aqu铆, en la oscuridad del vest铆bulo, adonde hab铆a ido sin luz de ning煤n tipo, me di cuenta de que los sonidos y los temblores emanaban por igual de abajo, no de ning煤n lugar de la casa, en realidad, sino debajo, elev谩ndose desde lugares subterr谩neos. Mi tensi贸n nerviosa aument贸, y me cost贸 orientarme en la oscuridad, cuando percib铆 desde la direcci贸n de la escalera un d茅bil resplandor que sub铆a desde abajo. Me acerqu茅 de inmediato, sin hacer ruido y, mirando por encima de la barandilla, vi que la luz proven铆a de una l谩mpara que Paul Tuttle sosten铆a en la mano.
Estaba de pie en el vest铆bulo inferior, vestido con su bata, aunque estaba claro para m铆, incluso desde donde estaba, que no se hab铆a cambiado. La luz que ca铆a sobre su rostro revelaba la intensidad de su atenci贸n; su cabeza estaba un poco inclinada hacia un lado en actitud de escuchar, y permaneci贸 inm贸vil mientras yo lo miraba desde arriba.
—¡Paul! —llam茅 en un susurro 谩spero.
Levant贸 la vista al instante y vio mi rostro atrapado en la luz en su mano.
—¿Lo oyes? —pregunt贸.
—S铆, ¿qu茅 diablos es?
—Lo he escuchado antes —dijo—. Baja.
Baj茅 al sal贸n inferior, donde me qued茅 un momento bajo su mirada penetrante e interrogante.
—¿No tienes miedo, Haddon?
Negu茅 con la cabeza.
—Entonces ven conmigo.
Dio media vuelta y encabez贸 el camino hacia la parte trasera de la casa, donde descendi贸 a los s贸tanos. Todo este tiempo los sonidos iban subiendo de volumen; era como si se hubieran acercado m谩s a la casa, de hecho, casi como si estuvieran directamente debajo, y ahora era obvio un claro temblor en el edificio, no solo en las paredes y los soportes, sino uno con el estremecimiento y la sacudida de la tierra alrededor: era como si una profunda perturbaci贸n subterr谩nea hubiera elegido este lugar en la superficie de la tierra para manifestarse. Pero Tuttle no se inmut贸, sin duda porque ya lo hab铆a experimentado antes. Pas贸 directamente por el primer y segundo s贸tano a un tercero, algo m谩s bajo que los dem谩s, y aparentemente de construcci贸n m谩s reciente, pero, como los dos primeros, construido con bloques de piedra caliza fijados en cemento.
En el centro de este subs贸tano se detuvo y se qued贸 escuchando en silencio. Los sonidos hab铆an llegado a tal punto que parec铆a como si la casa estuviera atrapada en un v贸rtice de agitaci贸n volc谩nica sin sufrir la destrucci贸n de sus soportes; porque el temblor y el estremecimiento, el crujido y el gemido de las vigas sobre nosotros daban evidencia de la tremenda presi贸n ejercida dentro de la tierra debajo de nosotros, e incluso el piso de piedra del s贸tano parec铆a vivo bajo mis pies descalzos. Pero ahora estos sonidos parecieron retroceder a un segundo plano, aunque en realidad no disminuyeron en absoluto, y solo presentaron esta ilusi贸n debido a nuestra creciente familiaridad con ellos y porque nuestros o铆dos se sintonizaron con otros sonidos, estos tambi茅n elev谩ndose desde abajo como desde una gran distancia, pero trayendo consigo una insidiosa infernalidad en las implicaciones que crecieron sobre nosotros.
Porque los primeros silbidos no eran lo suficientemente claros como para justificar cualquier conjetura sobre su origen, y no fue hasta que escuch茅 durante alg煤n tiempo que se me ocurri贸 que proced铆an de algo vivo, consciente, pues pronto se convirtieron en groseros y chocantes balbuceos, indistintos e ininteligibles incluso cuando pod铆an o铆rse con claridad. Para entonces, Tuttle hab铆a dejado la l谩mpara, se hab铆a arrodillado y yac铆a medio tendido en el suelo con la oreja pegada a la piedra.
Hice lo mismo, y descubr铆 que los sonidos de abajo eran s铆labas m谩s reconocibles, aunque no menos sin sentido. Al principio, no escuch茅 m谩s que aullidos incoherentes y aparentemente inconexos, a los que se intercalaban cantos: ¡I盲! ¡ I盲!... Shub-Niggurath!... ¡ Cthulhu fhtagn! ¡I盲! ¡I盲, Cthulhu!
La palabra Cthulhu era claramente audible, a pesar de la furia del sonido creciente a su alrededor; pero la palabra que sigui贸 parec铆a algo m谩s larga que fhtagn; era como si se hubiera a帽adido una s铆laba extra y, sin embargo, no pod铆a estar seguro de que no hubiera estado all铆 todo el tiempo, porque pronto se hizo m谩s clara, y Tuttle sac贸 de un bolsillo su libreta y su l谩piz y escribi贸:
—Est谩n diciendo Cthulhu naf-fhtagn.
A juzgar por la expresi贸n de sus ojos, ligeramente euf贸ricos, esto evidentemente le transmiti贸 algo, pero para m铆 no signific贸 nada, aparte reconocer que parte de aquello ya lo hab铆a le铆do en el Texto de R'lyeh, y posteriormente en el relato de la revista, donde su traducci贸n parecer铆a haber indicado que las palabras significaban: Cthulhu espera so帽ando. Mi evidente ignorancia de su significado aparentemente le record贸 a mi anfitri贸n que su conocimiento filol贸gico superaba con creces al m铆o, ya que sonri贸 sombr铆amente y susurr贸:
—No puede ser otra cosa que una construcci贸n negativa.
Incluso entonces no entend铆 de inmediato que las voces subterr谩neas no dec铆an lo que yo hab铆a pensado, sino: ¡Cthulhu ya no espera so帽ando!
Ahora ya no hab铆a ninguna cuesti贸n de creencia, porque las cosas que estaban ocurriendo no eran de origen humano y no admit铆an otra soluci贸n que una relacionada con la incre铆ble mitolog铆a que Tuttle me hab铆a expuesto recientemente. Y ahora, como si esta evidencia de sentir y o铆r no fuera suficiente, se hizo manifiesto un extra帽o olor f茅tido mezclado con un nauseabundo olor a pescado, aparentemente filtr谩ndose a trav茅s de la porosa piedra caliza.
Tuttle se dio cuenta de esto casi simult谩neamente, y me alarm茅 al observar en sus rasgos rastros de aprensi贸n m谩s fuertes que los que hab铆a notado hasta ahora. Yaci贸 un momento en silencio; luego se levant贸 sigilosamente, tom贸 la l谩mpara y sali贸 sigilosamente de la habitaci贸n, haci茅ndome se帽as para que lo siguiera. S贸lo cuando estuvimos de nuevo en el piso superior se atrevi贸 a hablar.
—Est谩n m谩s cerca de lo que pensaba —dijo, meditabundo.
—¿Es Hastur? —pregunt茅, nervioso.
Pero 茅l sacudi贸 su cabeza.
—No puede ser 茅l, porque el pasaje de abajo conduce s贸lo al mar y sin duda est谩 parcialmente lleno de agua. Por lo tanto, solo puede ser uno de los Seres del Agua, aquellos que se refugiaron all铆 cuando los torpedos destruyeron el Arrecife del Diablo m谩s all谩 de la evitada Innsmouth, Cthulhu, o aquellos que lo sirven, como los Mi-Go sirven en las heladas fortalezas, y los Tcho-Tcho. en las mesetas escondidas de Asia.
Como era imposible dormir, nos sentamos un rato en la biblioteca, mientras Tuttle hablaba de las cosas extra帽as que hab铆a encontrado en los viejos libros de su t铆o: se sent贸 esperando el amanecer mientras hablaba de la temida Meseta de Leng, de la Cabra Negra de los Bosques con Mil Cr铆as, de Azathoth y Nyarlathotep, el Mensajero Poderoso que camin贸 por los espacios estelares con la apariencia de un hombre; del horrible y diab贸lico Signo Amarillo, las torres encantadas y legendarias de la misteriosa Carcosa; del terrible Lloigor y del odiado Zhar; de la monstruosidad infernal del pa铆s del norte, el Caminante del Viento; de Ithaqua, de Chaugnar Faugn y N'gah-Kthun, de la desconocida Kadath y los hongos de Yuggoth, as铆 habl贸 durante horas mientras los sonidos de abajo continuaban y yo escuchaba con un miedo mortal. Y sin embargo, ese miedo era innecesario, porque con el amanecer las estrellas palidecieron, y el tumulto de abajo se apag贸 sutilmente, desvaneci茅ndose hacia el este y las profundidades del oc茅ano. Finalmente fui a mi habitaci贸n, ansioso, para vestirme y prepararme para mi partida.
Durante poco m谩s de un mes estuve de nuevo en camino a la finca Tuttle, v铆a Arkham, en respuesta a un mensaje urgente de Paul, en el que hab铆a garabateado con mano temblorosa una 煤nica palabra: ¡Ven!
Incluso si no hubiera escrito, deber铆a haber considerado mi deber regresar a la vieja casa en Aylesbury Road, a pesar de mi disgusto por la investigaci贸n de Tuttle. Esa ma帽ana encontr茅 en el peri贸dico una historia confusa sobre Arkham. No la habr铆a notado en absoluto si no hubiera sido por el titular: Indignaci贸n en el cementerio de Arkham, y debajo: Violaci贸n de la b贸veda de Tuttle. La historia en s铆 era breve y revelaba poco m谩s all谩 de la informaci贸n ya transmitida por los encabezados:
«Se descubri贸 temprano esta ma帽ana que los v谩ndalos hab铆an irrumpido y destruido parcialmente la b贸veda de los Tuttle en el cementerio de Arkham. Una pared est谩 destrozada casi sin posibilidad de reparaci贸n, y los ata煤des han sido removidos. Se ha informado que falta el ata煤d del difunto Amos Tuttle, pero no hemos podido obtener confirmaci贸n al momento de publicar este n煤mero.»
Inmediatamente despu茅s de leer este vago bolet铆n, fui presa de la m谩s fuerte aprensi贸n, no s茅 qu茅 fuente; sin embargo, sent铆 de inmediato que el ultraje perpetrado contra la b贸veda no era un crimen ordinario, y no pude evitar conectarlo en mi mente con los sucesos en la vieja casa Tuttle. Por lo tanto, hab铆a decidido ir a Arkham y, desde all铆, ver a Paul Tuttle. Su breve mensaje me alarm贸 a煤n m谩s, si cabe, y al mismo tiempo me convenci贸 de lo que tem铆a: que exist铆a alguna conexi贸n repugnante entre el ultraje del cementerio y las cosas que andaban debajo de la casa de Aylesbury Road. Al mismo tiempo me di cuenta de una profunda renuencia a dejar Boston, obsesionado con un miedo intangible al peligro invisible de una fuente desconocida. Aun as铆, el deber me obligaba a ir, y por mucho que lo evitara, deb铆a hacerlo.
Llegu茅 a Arkham a primera hora de la tarde y fui de inmediato al cementerio, en calidad de abogado, para determinar la magnitud de los da帽os causados. Se hab铆a establecido una guardia policial, pero se me permiti贸 examinar las instalaciones tan pronto como se revel贸 mi identidad. Descubr铆 que el informe del peri贸dico hab铆a sido sorprendentemente inadecuado, ya que la ruina de la b贸veda de Tuttle estaba pr谩cticamente completa, sus ata煤des expuestos al calor del sol, algunos de ellos abiertos, revelando huesos muertos hace mucho tiempo.
Si bien era cierto que el ata煤d de Amos Tuttle hab铆a desaparecido durante la noche, lo hab铆an encontrado a mediod铆a en un campo abierto a unas dos millas al este de Arkham, demasiado lejos de la carretera para haberlo llevado all铆. Una investigaci贸n hab铆a revelado ciertas muescas profundas a amplios intervalos en la tierra, ¡algunas de ellas de hasta cuarenta pies de di谩metro! Era como si una criatura monstruosa hubiera caminado por all铆, aunque confieso que me reserv茅 este pensamiento. Las impresiones en la tierra permanecieron como un misterio sobre el cual no arrojaron luz ni siquiera las conjeturas m谩s descabelladas en cuanto a su origen.
Esto puede deberse al hecho m谩s sorprendente que surgi贸 inmediatamente despu茅s del hallazgo del ata煤d: el cuerpo de Amos Tuttle hab铆a desaparecido y una b煤squeda en el terreno circundante no lo hab铆a revelado.
Finalmente part铆 hacia Aylesbury Road, neg谩ndome a pensar m谩s en esta incre铆ble informaci贸n hasta que hubiera hablado con Paul Tuttle.
Esta vez mi llamado a su puerta no fue respondido de inmediato, y hab铆a comenzado a preguntarme si le hab铆a pasado algo, cuando detect茅 un leve roce m谩s all谩 de la puerta, y casi de inmediato escuch茅 la voz apagada de Tuttle.
—¿Qui茅n es?
—Haddon —respond铆, y escuch茅 lo que pareci贸 ser un grito ahogado de alivio.
La puerta se abri贸, y no fue hasta que se hubo cerrado que me di cuenta de la oscuridad nocturna del vest铆bulo. La ventana del otro extremo hab铆a sido cerrada herm茅ticamente. Me abstuve de hacer la pregunta que vino a mis labios y me volv铆 hacia Tuttle.
Pas贸 alg煤n tiempo antes de que mis ojos dominaran la oscuridad, y luego fui consciente de una clara sensaci贸n de conmoci贸n; porque Tuttle hab铆a pasado de ser un hombre alto y erguido en su mejor momento a uno corpulento y encorvado, de apariencia tosca y levemente repulsiva. Sus primeras palabras me llenaron de gran alarma.
—R谩pido, Haddon —dijo—. No hay mucho tiempo.
—¿Qu茅 pasa, Paul? —pregunt茅.
Hizo caso omiso y abri贸 el camino hacia la biblioteca, donde una l谩mpara ard铆a d茅bilmente.
—He hecho un paquete con algunos de los libros m谩s valiosos de mi t铆o: el Texto R'lyeh, El Libro de Eibon, los Manuscritos Pnak贸ticos, y algunos otros. Estos deben ir a la biblioteca de la Universidad de Miskatonic por tu mano hoy, sin falta. En adelante, se considerar谩n propiedad de la biblioteca. Y aqu铆 hay un sobre que contiene instrucciones para ti, en caso de que no me comunique contigo personalmente o por tel茅fono, que tengo instalado aqu铆 desde tu 煤ltima visita, antes de las diez de la noche. Te alojar谩s, supongo, en Lewiston House. Ahora esc煤chame atentamente: si no te llamo por tel茅fono antes de las diez de la noche, debes seguir las instrucciones sin dudarlo. Te aconsejo que act煤es de inmediato y, dado que puedes considerarlas demasiado inusuales para proceder con rapidez, ya he telefoneado al juez Wilton y le he explicado que te he dejado algunas instrucciones extra帽as pero vitales, pero que quiero que lleves a cabo al pie de la letra.
—¿Qu茅 ha pasado, Paul? —pregunt茅.
Por un momento pareci贸 que hablar铆a libremente, pero solo sacudi贸 la cabeza y dijo:
—Todav铆a no lo s茅. No todo al menos. Pero esto es lo que puedo decir: ambos, mi t铆o y yo, cometimos un terrible error. Y me temo que ahora es demasiado tarde para rectificarlo. ¿Te has enterado de la desaparici贸n del cuerpo del t铆o Amos?
Asent铆.
—Ha aparecido.
Me qued茅 asombrado, ya que acababa de llegar de Arkham, y no me hab铆an impartido tal informaci贸n.
—¡Imposible! —exclam茅—. Todav铆a lo est谩n buscando.
—Ah, no importa —dijo extra帽amente—. No est谩 donde lo est谩n buscando. Est谩 aqu铆, al pie del jard铆n, donde el cuerpo fue abandonado cuando ya era in煤til.
Ante esto, levant贸 la cabeza de repente, y escuchamos el sonido de arrastrar de pies y gru帽idos que proven铆an de alg煤n lugar de la casa. En un momento se apag贸, y se volvi贸 de nuevo hacia m铆.
—El refugio —murmur贸, y solt贸 una risa enfermiza—. El t煤nel fue construido por el t铆o Amos, estoy seguro. Pero no era el refugio que Hastur quer铆a, aunque sirve a los secuaces de su medio hermano, el Gran Cthulhu.
Era casi imposible darme cuenta de que el sol brillaba afuera, porque la oscuridad de la habitaci贸n y la atm贸sfera de temor inminente que se cern铆a sobre m铆 se combinaron para dar a la escena una irrealidad, algo aparte del mundo del que acababa de llegar. Tambi茅n percib铆 en Tuttle un aire de expectaci贸n casi febril junto con una prisa nerviosa; sus ojos brillaban extra帽amente y parec铆an m谩s prominentes, sus labios parec铆an haberse engrosado, y su barba se hab铆a enmara帽ado en un grado que no hubiera cre铆do posible.
Escuch贸 ahora solo por un momento antes de volverse hacia m铆.
—Yo mismo necesito quedarme por el momento. No he terminado de minar el lugar, y eso debe hacerse —continu贸 err谩ticamente—. He descubierto que la casa descansa sobre una base naturalmente artificial, que debajo del lugar debe haber no solo el t煤nel, sino una estructura cavernosa, y creo que estas cavernas est谩n en su mayor parte llenas de agua, y tal vez habitadas —a帽adi贸 como una siniestra ocurrencia tard铆a—. Pero esto, por supuesto, en este momento es de poca importancia. No tengo miedo de lo que est谩 abajo, sino de lo que s茅 que est谩 por venir.
Una vez m谩s hizo una pausa para escuchar, y nuevamente llegaron a nuestros o铆dos sonidos vagos y distantes. Escuch茅 atentamente, oyendo un siniestro tanteo, como si una criatura estuviera tratando de abrir una puerta, y me esforc茅 por descubrir o adivinar su origen.
Al principio hab铆a pensado que el sonido emanaba de alg煤n lugar dentro de la casa, quiz谩s del 谩tico; porque parec铆a venir de arriba, pero me di cuenta de que no proced铆a de ning煤n lugar dentro de la casa, ni tampoco de ninguna parte de la casa exterior, sino que crec铆a de alg煤n lugar m谩s all谩 de eso, de un punto en el espacio m谩s all谩 de las paredes de la casa, un ruido que no estaba asociado en mi conciencia con ning煤n sonido material reconocible, sino que era m谩s bien una invasi贸n sobrenatural.
Mir茅 a Tuttle y vi que su atenci贸n tambi茅n se dirig铆a a algo del exterior, porque ten铆a la cabeza algo levantada y sus ojos miraban m谩s all谩 de las paredes con una expresi贸n curiosamente embelesada, no sin miedo, pero tampoco sin un aire de espera impotente.
—Ese es el signo de Hastur —dijo en voz baja—. Cuando las H铆ades se eleven y Aldebar谩n aceche el cielo esta noche, 脡l vendr谩. El Otro estar谩 aqu铆 con Su pueblo de agua, los de las razas primitivas con branquias.
Luego se ech贸 a re铆r de repente, en silencio, y con una mirada astuta, medio loca, agreg贸:
—Y Cthulhu y Hastur luchar谩n aqu铆 mientras el Gran Ori贸n avance a zancadas sobre el horizonte, con Betelgueuse donde est谩n los Dioses Mayores, los Antiguos; ¡quienes son los 煤nicos que pueden bloquear los malvados dise帽os de estos engendros infernales!
Mi asombro ante sus palabras sin duda se reflej贸 en mi rostro y, a su vez, le hizo comprender la vacilaci贸n que sent铆, porque de repente su expresi贸n cambi贸, sus ojos se suavizaron, sus manos se entrelazaron y se abrieron con nerviosismo y su voz se volvi贸 m谩s natural.
—Pero tal vez esto te canse, Haddon —dijo—. No dir茅 m谩s, porque el tiempo se acorta. Se acerca la tarde, y dentro de poco la noche. Te ruego que no dudes en seguir las instrucciones que he esbozado en esta breve nota para sus ojos. Te encargo que las sigas impl铆citamente. Si es como temo, incluso eso puede ser in煤til; si no es as铆, te alcanzar茅 a tiempo.
Dicho esto, recogi贸 el paquete de libros, me lo puso en las manos y me condujo hasta la puerta, donde lo segu铆 sin protestar, pues estaba desconcertado ante la extra帽eza de sus acciones y la extra帽a atm贸sfera de inquietante horror que se aferraba a la casa. En el umbral se detuvo brevemente y me toc贸 el brazo con suavidad.
—Adi贸s, Haddon —dijo con amistosa intensidad.
Luego me encontr茅 en el p贸rtico bajo el resplandor de la luz del sol poniente, tan brillante que cerr茅 los ojos hasta que pude acostumbrarme de nuevo a su brillo, mientras sonaba la alegre risotada de un tard铆o p谩jaro en un poste de la cerca al otro lado de la calle, como para desmentir la atm贸sfera de horror sobrenatural detr谩s.
Llego a esa parte de mi narraci贸n en la que detesto embarcarme, no solo por lo incre铆ble de lo que debo escribir, sino porque puede ser, en el mejor de los casos, un relato vago e incierto, repleto de conjeturas. Si es inconexa se debe a las cosas primarias que acechan justo fuera de los l铆mites de la vida que conocemos, de supervivencia terrible y animada en los lugares ocultos de la Tierra.
No puedo decir cu谩nto aprendi贸 Tuttle de esos textos infernales que me confi贸. Cierto es que adivin贸 muchas cosas que no supo hasta demasiado tarde; de otras, reuni贸 indicios, aunque es dudoso que comprendiera completamente la magnitud de la tarea en la que se embarc贸 tan irreflexivamente cuando trat贸 de saber por qu茅 Amos Tuttle hab铆a querido la destrucci贸n deliberada de su casa y sus libros.
Tras mi regreso a las antiguas calles de Arkham, los acontecimientos se sucedieron con una rapidez indeseable. Dej茅 el paquete de libros con el doctor Llanfer en la biblioteca y me dirig铆 inmediatamente despu茅s a la casa del juez Wilton, donde tuve la suerte de encontrarlo. Estaba sentado a la mesa para cenar y me invit贸 a unirme a 茅l, lo cual hice, aunque no ten铆a ning煤n tipo de apetito, de hecho, la comida me parec铆a repugnante. Para entonces, todos los temores y las dudas intangibles que hab铆a albergado hab铆an llegado a un punto cr铆tico, y Wilton se dio cuenta de que estaba ante un hombre bajo una tensi贸n nerviosa inusual.
—Es curioso lo de la b贸veda de los Tuttle, ¿verdad? —aventur贸 astutamente, adivinando el motivo de mi presencia en Arkham.
—S铆, pero ni la mitad de curioso que lo del cuerpo de Amos Tuttle reposando al pie de su jard铆n —respond铆.
—Ciertamente —dijo sin ning煤n signo visible de inter茅s—. Me atrevo a decir que has venido de all铆 y s茅 de lo que hablas.
En ese momento, le cont茅 lo m谩s brevemente posible la historia, omitiendo solo algunos de los detalles m谩s improbables, pero sin lograr del todo despejar sus dudas. Se sent贸 durante un rato en pensativo silencio despu茅s de que hube terminado, mirando una o dos veces el reloj, que mostraba que ya eran pasadas las siete. Luego interrumpi贸 su enso帽aci贸n para sugerir que telefoneara a Lewiston House y arreglara una visita a la casa del juez Wilton. As铆 lo hice al instante, algo aliviado de que 茅l hubiera accedido a tomar el problema lo suficientemente en serio como para dedicarle la velada.
—En cuanto a la mitolog铆a — dijo, inmediatamente despu茅s de mi regreso a la habitaci贸n—, puede descartarse como la creaci贸n de una mente loca como la del 谩rabe Abdul Alhazred. Pero a la luz de las cosas que han sucedido en Innsmouth, no me gustar铆a comprometerme. Sin embargo, no estamos actualmente en sesi贸n. La preocupaci贸n inmediata es por el mismo Paul Tuttle. Propongo que examinemos sus instrucciones de inmediato.
Extraje el sobre y lo abr铆. Conten铆a una sola hoja de papel, con estas l铆neas cr铆pticas y ominosas:
«He minado la casa. Dir铆gete inmediatamente, sin demora, a la puerta oeste, a los arbustos del lado derecho del camino que viene de Arkham. All铆 he escondido el detonador. Mi t铆o Amos ten铆a raz贸n: deber铆a haberse hecho en primer lugar. Si me fallas, Haddon, entonces ante Dios sueltas sobre el campo un flagelo como el hombre nunca ha conocido y nunca volver谩 a ver, ¡si es que sobrevive!»
Alg煤n atisbo de la verdad catacl铆smica debe haber comenzado a penetrar en mi mente en ese momento, porque cuando el juez Wilton se ech贸 hacia atr谩s, me mir贸 con curiosidad y pregunt贸:
—¿Qu茅 vas a hacer?
Respond铆 sin dudar:
—¡Voy a seguir esas instrucciones al pie de la letra!
Me mir贸 por un momento sin hacer comentarios; luego se inclin贸 ante lo inevitable y se acomod贸.
—Esperaremos juntos hasta las diez —dijo gravemente.
El acto final del incre铆ble horror que tuvo su punto focal en la casa Tuttle tuvo lugar un poco antes de las diez, y al principio nos sobrevino de una manera tan prosaica que el horror completo, cuando lleg贸, fue doblemente impactante y profundo. Pues a las diez menos cinco son贸 el tel茅fono. El juez Wilton lo tom贸 de inmediato, e incluso desde donde estaba sentado pude escuchar la voz agonizante de Paul Tuttle gritando mi nombre.
Tom茅 el tel茅fono del juez Wilton.
—Soy Haddon —dije con una calma que no sent铆a—. ¿Qu茅 pasa, Paul?
—¡Hazlo ahora! —grit贸—. Oh, Dios, Haddon… demasiado tarde. ¡Oh, Dios, el refugio! ¡El refugio! ...Conoces el lugar… ¡Oh, Dios, s茅 r谩pido!
Y luego sucedi贸 algo que nunca olvidar茅: la repentina y terrible degeneraci贸n de su voz, de modo que fue como si se hundiera en abismales pronunciaciones; porque los sonidos que llegaban a trav茅s del cable eran bestiales e inhumanos: balbuceos impactantes y sonidos crudos, brutales y babeantes, entre los cuales algunos de ellos se repet铆an una y otra vez, y escuch茅 con creciente horror el triunfal balbuceo antes de que se extinguiera:
—¡I盲! ¡I盲! ¡Hastur! ¡Hastur cfayak vulgtmm, vugtlagln vulgimm! ¡Ah, Shub-Niggurath! ¡U Hastur… ¡astur cf’tagn! ¡ I盲! ¡ I盲! ¡Has…
Luego, de repente, todos los sonidos se apagaron y me volv铆 para mirar las facciones aterrorizadas del juez Wilton. Con un efecto catastr贸fico, comprend铆 lo que Tuttle no hab铆a sabido hasta que fue demasiado tarde.
De inmediato solt茅 el tel茅fono. Corr铆 sin sombrero ni abrigo desde la casa a la calle, con la voz del juez Wilton llamando fren茅ticamente a la polic铆a desvaneci茅ndose en la noche detr谩s de m铆. Fui a una velocidad sobrenatural desde las sombr铆as calles de Arkham hasta Aylesbury Road, hasta el camino y la puerta, donde por un breve instante, mientras las sirenas sonaban detr谩s de m铆, vi la Casa Tuttle a trav茅s del huerto delineado en un infernal resplandor p煤rpura, hermoso pero sobrenatural y tangiblemente malvado.
Entonces presion茅 hacia abajo el detonador, y con un tremendo rugido, la vieja casa estall贸 en pedazos.
Me qued茅 aturdido unos instantes, consciente de la llegada de la polic铆a por la carretera al sur, antes de empezar a moverme para reunirme con ellos. Vi que la explosi贸n hab铆a provocado lo que Paul Tuttle hab铆a insinuado: la colapso de las cavernas subterr谩neas; porque la tierra misma se asentaba, se deslizaba hacia abajo, y las llamas que se hab铆an elevado silbaban y humeaban en el agua que brotaba de abajo.
Luego sucedi贸 lo otro, el 煤ltimo horror sobrenatural que misericordiosamente borr贸 lo que vi en los restos que sobresal铆an por encima de las aguas crecientes: la gran masa protopl谩smica que se elevaba desde el centro del lago que se formaba donde hab铆a estado la Casa Tuttle, y la cosa que vino a gritarnos a trav茅s del c茅sped antes de volverse hacia ese otro y comenzar una lucha tit谩nica por el dominio, interrumpida solo por la brillante explosi贸n de luz que parec铆a emanar del cielo del este como un rel谩mpago incre铆blemente poderoso: una tremenda descarga de energ铆a en forma de luz, de modo que por un terrible momento todo fue revelado, antes de que ap茅ndices como rel谩mpagos descendieran como una columna de luz, una agarrando la masa en las aguas, levant谩ndola en alto , y arroj谩ndolo mar adentro, la otro tomando esa segunda cosa del c茅sped y arroj谩ndola, una mancha oscura y menguante, al cielo, ¡donde se desvaneci贸 entre las estrellas eternas!
Y luego vino un silencio s煤bito, absoluto, c贸smico. Donde, un momento antes, hab铆a estado este milagro de luz, ahora solo hab铆a oscuridad y la l铆nea de 谩rboles recortada contra Betelgueuse y Ori贸n.
Por un instante no supe qu茅 era peor, si el caos del momento anterior o el absoluto silencio del presente; pero los peque帽os gritos de los hombres horrorizados me despabilaron, y entonces comprend铆 que ellos al menos no comprend铆an el horror secreto, la cosa que se levanta en las horas oscuras para acechar las profundidades sin fondo de la mente.
Es posible que hayan o铆do, como yo, ese silbido delgado, lejano, ese ulular enloquecedor del profundo e inconmensurable abismo del espacio c贸smico, el lamento que retroced铆a con el viento y las s铆labas que flotaban por las laderas del aire: Tekeli-li, tekeli-li, tekeli-li.
Y ciertamente vieron la cosa que ven铆a gritando hacia nosotros desde las ruinas que se hund铆an detr谩s, la caricatura distorsionada de un ser humano, con los ojos hundidos en masas espesas de carne escamosa, la cosa que agit贸 sus brazos sin huesos hacia nosotros como los ap茅ndices de un pulpo, ¡la cosa que chill贸 y balbuce贸 con la voz de Paul Tuttle!
Pero no pod铆an saber el secreto que s贸lo yo sab铆a, el secreto que Amos Tuttle podr铆a haber adivinado en las sombras de sus 煤ltimas horas, lo que Paul Tuttle tard贸 en aprender: que el refugio buscado por Hastur el Inefable, el refugio que prometi贸 a Aquel que no debe ser Nombrado, no era el t煤nel, ni la casa, sino el cuerpo y el alma del mismo Amos Tuttle, y, en su defecto, la carne viva y el alma inmortal de aquel que viv铆a en esa casa condenada en el Camino de Aylesbury.
Weird Tales, 1939

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