El horror oculto - H. P. Lovecraf⁣t - Amantes de la literatura

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4.04.2025

El horror oculto - H. P. Lovecraf⁣t



I. La sombra en la chimenea

Los truenos estremec铆an el aire la noche que fui a la mansi贸n deshabitada, en lo alto de la Monta帽a de las Tempestades, a buscar el horror oculto. No iba solo, porque la temeridad no formaba parte entonces de ese amor a lo grotesco y lo terrible que ha adoptado por carrera la b煤squeda de horrores extra帽os en la literatura y en la vida. Ven铆an conmigo dos hombres fieles y musculosos a quienes hab铆a mandado llamar cuando lleg贸 el momento; hombres que desde hac铆a mucho tiempo me acompa帽aban en mis horribles exploraciones por sus aptitudes singulares. Salimos del pueblo secretamente a fin de evitar a los periodistas que a煤n quedaban, despu茅s del tremendo p谩nico del mes anterior: la muerte solapada y pesadillesca. M谩s tarde, pens茅, podr铆an ayudarme; pero en ese momento no les quer铆a a mi alrededor.

Ojal谩 me hubiese impulsado Dios a dejarles compartir esa b煤squeda conmigo, para no haber tenido que soportar solo el secreto tanto tiempo, por temor a que el mundo me creyese loco, o enloqueciese todo 茅l ante las demoniacas implicaciones del caso. Ahora que me he decidido a contarlo, no sea que el rumiarlo en silencio me con vierta en un man铆aco, quisiera no haberlo ocultado jam谩s. Porque yo, s贸lo yo, s茅 qu茅 clase de horror se ocultaba en esa monta帽a espectral y desolada.

Recorrimos en un peque帽o autom贸vil millas de montes y bosques primordiales, hasta que nos detuvo la boscosa ladera. El campo ten铆a un aspecto m谩s siniestro de lo habitual, de noche y sin la acostumbrada multitud de investigadores, as铆 que a menudo nos sent铆amos tentados de utilizar las l谩mparas de acetileno, pese a que pod铆an llamar la atenci贸n. No resultaba un paisaje saludable a oscuras; creo que habr铆a notado su morbosidad aun cuando hubiese ignorado el terror que all铆 acechaba. No hab铆a animales salvajes: son prudentes cuando la muerte anda cerca. Los viejos arboles marcados por los rayos parec铆an anormalmente grandes y retorcidos, y prodigiosamente espeso y febril el resto de la vegetaci贸n, mientras que unos extra帽os mont铆culos y peque帽as elevaciones en tierra cubierta de maleza y fulgurita me hac铆an pensar en serpientes y cr谩neos humanos hinchados y de proporciones gigantescas.

El horror hab铆a estado oculto en la Monta帽a de las Tempestades durante mal de un siglo. De esto me enter茅 en seguida por las noticias de los peri贸dicos sobre la cat谩strofe que hab铆a hecho que el mundo se fijara en esta regi贸n. Se trata de una remota y solitaria elevaci贸n de esa parte de Catskills donde la civilizaci贸n holandesa penetr贸 d茅bil y transitoriamente en otro tiempo, dejando al retroceder unas cuantas mansiones ruinosas y una poblaci贸n degenerada de colonos advenedizos que crearon m铆seras aldeas en las aisladas laderas. Raramente era visitada esta zona por la gente normal, hasta que se constituy贸 la polic铆a estatal; y a煤n ahora la polic铆a montada se limita a pasar de tarde en tarde. El horror, sin embargo, goza de antigua tradici贸n en todos los pueblos vecinos; y es el principal tema de conversaci贸n en las tertulias de los pobres mestizos que a veces abandonan sus valles para ir a cambiar sus cestos artesanales por art铆culos de primera necesidad, ya que no pueden cazar, criar ganado ni cultivar la tierra.

El horror oculto moraba en la desierta y apartada mansi贸n Martense, la cual coronaba la elevada pero gradual eminencia cuya propensi贸n a las frecuentes tormentas le vali贸 el nombre de Monta帽a de las Tempestades. Pues durante un centenar de a帽os, la antigua casa de piedra, rodeada de 谩rboles, hab铆a sido tema de historias incre铆blemente descabelladas y monstruosa mente horrendas; historias sobre una muerte sigilosa, solapada, colosal que emerg铆a al exterior en verano. Con gimoteante insistencia, los colonos advenedizos contaban historias sobre un demonio que cog铆a a los caminantes solitarios, despu茅s del anochecer, y se los llevaba o los abandonaba en un espantoso estado de semidevorado desmembramiento, mientras que otras veces hablaban de rastros de sangre que conduc铆an a la lejana mansi贸n.

Algunos dec铆an que los truenos sacaban al horror oculto de su morada, y otros que el trueno era su voz Fuera de esta apartada regi贸n, nadie cre铆a en estas consejas contradictorias y dispares, con sus incoherentes y extravagantes descripciones de un demonio vislumbrado; sin embargo, ning煤n campesino ni aldeano dudaba que la mansi贸n Martense daba cobijo a una macabra entidad. La historia local imped铆a semejante duda; sin embargo, cuando corr铆a entre los aldeanos alg煤n rumor especialmente dram谩tico, los que iban a inspeccionar el edificio no encontraban nunca nada. Las abuelas contaban extra帽as consejas sobre el espectro Martense; consejas concernientes a la propia familia Martense, a la extra帽a disimilitud hereditaria de sus ojos, a sus monstruosos y antiguos anales, y al asesinato que hab铆a ocasionado su maldici贸n.

El terror que me hab铆a llevado a m铆 al lugar era la s煤bita y portentosa confirmaci贸n de las leyendas m谩s delirantes de los monta帽eses. Una noche de verano, tras una tormenta de una violencia sin precedentes, la comarca se despert贸 con una desbandada de colonos advenedizos que ninguna ilusi贸n podr铆a haber originado. La horda miserable de nativos chillaba y contaba gimoteando que un horror indescriptible se hab铆a abatido sobre ellos, cosa que nadie puso en duda. No lo hab铆an visto, pero hab铆an o铆do tales alaridos en una de las aldeas, que inmediatamente supieron que la muerte reptante la hab铆a visitado. Por la ma帽ana, los ciudadanos y la polic铆a estatal siguieron a los sobrecogidos monta帽eses al lugar que, seg煤n dec铆an, hab铆a visitado la muerte.

Y en efecto, la muerte estaba all铆.

El terreno en el que se asentaba uno de los poblados de colonos se hab铆a hundido a consecuencia de un rayo, destruyendo varias de las chozas malolientes; pero a este da帽o comprensible se superpon铆a una devastaci贸n org谩nica que lo volv铆a insignificante. De unos setenta y cinco nativos que poblaban el lugar, no encontraron ni a uno solo con vida. La tierra revuelta estaba cubierta de sangre y de piltrafas huma nas que revelaban con demasiada elocuencia los estragos de unas garras y unos dientes infernales; sin embargo, ning煤n rastro visible se alejaba del lugar de la carnicer铆a. Todo el mundo convino en seguida en que hab铆a sido ocasionada por alguna bestia feroz; a nadie se le ocurri贸 resucitar la acusaci贸n de que tales muertes misteriosas no eran sino s贸rdidos asesinatos habituales en las comunidades decadentes.

S贸lo cuando descubrieron la ausencia entre los muertos de unas veintiocho personas renaci贸 tal acusaci贸n; y aun as铆, resultaba dif铆cil explicar la matanza de cincuenta por la mitad de ese n煤mero. Pero el hecho era que, en una noche de verano, hab铆a ca铆do un rayo de los cielos y hab铆a sembrado la muerte en la aldea, dejando los cad谩veres horriblemente mutilados, mordidos y ara帽ados.

Los despavoridos campesinos relacionaron inmediatamente esta atrocidad con la embrujada mansi贸n Mar tense, aunque los pueblos se encontraban a m谩s de tres millas de distancia. La patrulla de la polic铆a se mostr贸 m谩s esc茅ptica: incluy贸 la mansi贸n tan s贸lo rutinaria mente en sus investigaciones, y la descart贸 por completo al encontrarla vac铆a. Las gentes del campo y de los pueblos, sin embargo, registraron el lugar con minuciosidad; volcaron cuanto encontraron en la casa, sondearon los estanques y las fuentes, registraron los matorrales, y dieron una batida por el bosque de los alrededores. Pero todo fue in煤til: la muerte no hab铆a dejado otro rastro que la misma destrucci贸n.

Al segundo d铆a de investigaci贸n, los peri贸dicos comentaron el caso extensamente, despu茅s de invadir los reporteros la Monta帽a de las Tempestades. La describieron con mucho detalle, e inclu铆an numerosas entre vistas que confirmaban la historia de horror que contaban las viejas de la comarca. Al principio segu铆 las cr贸nicas sin mucho entusiasmo, ya que soy experto en esta clase de horrores; pero una semana despu茅s, percib铆 una atm贸sfera que despert贸 extra帽amente mi inter茅s; de modo que el 5 de agosto de 1921 me inscrib铆 entre los reporteros que abarrotaban el hotel de Lefferts Corners, el pueblo m谩s pr贸ximo a la Monta帽a de las Tempestades, y cuartel general reconocido de los investigadores. Tres semanas despu茅s, la deserci贸n de los reporteros me dejaba en libertad para empezar una exhaustiva exploraci贸n de acuerdo con las pesquisas e informaciones detalladas que hab铆a ido recogiendo entretanto.

As铆 que esta noche de verano, mientras retumbaba distante la tormenta, dej茅 el silencioso autom贸vil, emprend铆 la marcha con mis dos compa帽eros armados, y recorr铆 el 煤ltimo trecho sembrado de mont铆culos, hasta la Monta帽a de las Tempestades, enfocando la luz de una linterna el茅ctrica hacia las paredes grises y espectrales que empezaban a asomar entre robles gigantescos. En esta morbosa soledad de la noche, bajo la balanceante iluminaci贸n, el enorme edificio cuadrado mostraba oscuros signos d茅 terror que el d铆a no llegaba a revelar; sin embargo, no experiment茅 la menor vacilaci贸n, ya que me impulsaba una irrevocable decisi贸n de comprobar cierta teor铆a. Estaba convencido de que los truenos hac铆an salir de alg煤n lugar secreto al demonio de la muerte, e iba dispuesto a comprobar si dicho demonio era una entidad corp贸rea o una pestilencia vaporosa.

Previamente, hab铆a inspeccionado a fondo las ruinas; de modo que ten铆a bien trazado mi plan: elegir铆a como puesto de observaci贸n la vieja habitaci贸n de Jan Martense, cuyo asesinato desempe帽a un importante papel en las leyendas rurales de la regi贸n. Intu铆a vagamente que el aposento de esta antigua v铆ctima era el lugar m谩s indicado para mis prop贸sitos. La habitaci贸n, que medir铆a unos veinte pies de lado, conten铆a, al igual que las dem谩s habitaciones, restos de lo que en otro tiempo hab铆a sido mobiliario. Estaba en el segundo piso, en el 谩ngulo sudeste del edificio, y ten铆a un inmenso ventanal orientado hacia el este, y una ventana estrecha que daba al mediod铆a, ambos vanos desprovistos de cristales y contraventanas. En el lado opuesto al ventanal hab铆a una enorme chimenea holandesa, con azulejos que representaban al hijo pr贸digo, y frente a la ventana estrecha, una gran cama adosada a la pared.

Mientras los amortiguados truenos iban en aumento, dispuse los detalles de mi plan. Primero at茅 en el ante pecho del ventanal, una junto a otra, tres escalas de cuerda que hab铆a tra铆do conmigo. Sab铆a que llegaban a una distancia conveniente respecto de la yerba, ya que las hab铆a probado. Luego, entre los tres, entramos arrastrando el armaz贸n de una cama de otra habitaci贸n, y lo colocamos de lado contra la ventana. Echamos encima ramas de abeto, y nos dispusimos a descansar, con nuestras autom谩ticas preparadas, descansando dos mientras vigilaba el tercero. As铆 ten铆amos asegurada la huida, fuera cual fuese la direcci贸n por la que surgiera el demonio. Si nos atacaba desde el interior de la casa, estaban las escalas del ventanal; si ven铆a del exterior, pod铆amos salir por la puerta y la escalera. Seg煤n lo que sab铆amos, no nos perseguir铆a mucho tiempo, en el peor de los casos.

Llevaba yo vigilando de las doce de la noche a la una cuando, a pesar del ambiente siniestro de la casa, la ventana sin protecci贸n y los truenos y rel谩mpagos cada vez m谩s cercanos, me sent铆 dominado por un sue帽o invencible. Estaba entre mis dos compa帽eros: George Bennett se encontraba al lado de la ventana, y William Tobey al de la chimenea. Bennett se hab铆a dormido, vencido por la misma an贸mala somnolencia que sent铆a yo, de modo que design茅 a Tobey para la siguiente guardia, a pesar de que cabeceaba. Era extra帽a la fijeza con que observaba yo la chimenea. La creciente tormenta debi贸 de influir en mis sue帽os, pues en el breve rato que me dorm铆 sufr铆 visiones apocal铆pticas. Una de las veces casi me despert茅, probablemente porque el hombre que dorm铆a junto a la ventana hab铆a estirado un brazo sobre mi pecho. No me encontraba lo bastante despierto como para comprobar si Tobey cumpl铆a su obligaci贸n como centinela, aunque sent铆a un claro desasosiego a este respecto. Nunca hab铆a tenido una sensaci贸n tan acusadamente opresiva de la presencia del mal. Despu茅s, deb铆 de quedarme dormido otra vez, porque mi mente sali贸 de un caos fantasmal, cuando la noche se volvi贸 espantosa, traspasada de chillidos que superaban todas mis experiencias y delirios anteriores.

En aquellos gritos, el m谩s profundo terror y agon铆a humanos ara帽aban desesperada e insensatamente las puertas de 茅bano del olvido. Despert茅 para encontrarme ante la roja locura y la burla sat谩nica, mientras reverberaba y se retiraba cada vez m谩s, hacia perspectivas inconcebibles, aquella angustia f贸bica y cristalina. No hab铆a luz; pero por el hueco que not茅 a mi derecha, comprend铆 que Tobey se hab铆a ido, s贸lo Dios sab铆a d贸nde. Sobre mi pecho, a煤n pesaba el brazo del durmiente de mi izquierda. Luego se produjo un rel谩mpago, el rayo sacudi贸 la monta帽a entera, ilumin贸 las criptas m谩s oscuras de la a帽osa arboleda, y desgarr贸 el m谩s viejo de los 谩rboles retorcidos. Ante el fucilazo demon铆aco del rayo, el durmiente se incorpor贸 de repente, y en ese instante la claridad que entr贸 por la ventana proyect贸 su sombra v铆vidamente contra la chimenea, de la que yo no con segu铆a apartar los ojos un momento.

No comprendo c贸mo me encuentro vivo todav铆a, y en mi sano juicio. No me lo explico; porque la sombra que vi en la chimenea no era la de George Bennett, ni de ninguna criatura humana, sino una blasfema anormalidad de los m谩s profundos cr谩teres del infierno; una abominaci贸n indecible e informe que mi mente no lleg贸 a captar por completo, ni hay pluma que la pueda describir. Un segundo despu茅s, me encontraba solo en la mansi贸n maldita, temblando, balbuceando. George Bennett y William Tobey hab铆an desaparecido sin dejar rastro, ni siquiera de lucha. Nunca m谩s volvi贸 a saberse de ellos.

II. Un muerto en la tormenta

Despu茅s de aquella espantosa experiencia en la mansi贸n inmersa en la espesura tuve que guardar cama, agotado de los nervios, en el hotel de Lefferts Corners. No recuerdo exactamente c贸mo me las arregl茅 para llegar al autom贸vil, ponerlo en marcha, y regresar secretamente al pueblo; no conservo conciencia clara de nada, salvo de unos 谩rboles de gigantescos brazos, el fragor demon铆aco de los truenos, y sombras caronianas entre los bajos mont铆culos que punteaban y rayaban la regi贸n. Mientras temblaba y meditaba sobre lo que proyectaba aquella sombra enloquecedora, comprend铆 que al fin hab铆a vislumbrado uno de los supremos horrores de la tierra, uno de esos males innominados de los vac铆os exteriores cuyos d茅biles y demon铆acos zarpazos o铆mos a veces en el borde m谩s remoto del espacio, contra los que la piadosa limitaci贸n de nuestra vista finita nos tiene misericordiosamente inmunizados.

No me atrev铆a a analizar o identificar la sombra que hab铆a percibido. Un ser hab铆a permanecido tendido entre la ventana y yo, aquella noche, y me estremec铆a cada vez que, irreprimiblemente, mi conciencia trataba de clasificarlo. Ojal谩 hubiese gru帽ido, ladrado o re铆do entre dientes... al menos eso habr铆a aliviado mi abismal terror. Pero permaneci贸 en silencio. Hab铆a dejado descansar un brazo —un miembro en todo caso— pesadamente sobre mi pecho... Por supuesto, era org谩nico, o lo hab铆a sido... Jan Martense, cuya habitaci贸n hab铆a invadido yo, estaba enterrado cerca de la mansi贸n... Deb铆a encontrar a Bennett y a Tobey, si a煤n viv铆an... ¿Por qu茅 se los hab铆a llevado, y me hab铆a dejado a m铆?... La somnolencia es invencible, y los sue帽os son espantosos...

Al poco tiempo, comprend铆 que deb铆a contar mi historia a alguien; de lo contrario, me desmoronar铆a completamente. Ya hab铆a decidido no abandonar la b煤squeda del horror oculto; porque en mi atolondrada ignorancia, me parec铆a que esa incertidumbre era peor que el pleno conocimiento, por terrible que este pudiera ser. De modo que decid铆 en mi fuero interno qu茅 camino seguir, a qui茅n escoger para hacerle part铆cipe de mis confidencias, y c贸mo descubrir al ser que hab铆a aniquilado a dos hombres, y hab铆a proyectado una sombra pesadillesca. A quienes conoc铆a principalmente en Lefferts Corners era a los periodistas, algunos de los cuales a煤n segu铆an recogiendo los 煤ltimos ecos de la tragedia. Decid铆 escoger como compa帽ero a uno de ellos; y cuanto m谩s lo pensaba, m谩s inclinado me sent铆a por un tal Arthur Munroe, un hombre moreno y delgado de unos treinta y cinco a帽os, cuya formaci贸n, gustos, inteligencia y temperamento parec铆an distinguirle como persona que no se sujetaba a las ideas y experimentos convencionales.

Una tarde de primeros de septiembre, Arthur Munroe escuch贸 mi historia. Desde el principio se mostr贸 interesado y comprensivo; y cuando termin茅, analiz贸 y abord贸 la cuesti贸n con gran agudeza y juicio. Su con se jo, adem谩s, fue eminentemente pr谩ctico, ya que sugiri贸 que aplaz谩semos nuestra visita a la mansi贸n Mar-tense hasta haber obtenido m谩s datos hist贸ricos y geogr谩ficos. A sugerencia suya, salimos en busca de datos sobre la terrible familia Martense, y descubrimos a un hombre que pose铆a un diario maravillosamente ilustrado y ancestral. Hablamos tambi茅n largamente con aquellos mestizos de la monta帽a que no hab铆an huido, en el terror y la confusi贸n, a laderas m谩s remotas, y acordamos efectuar, antes de nuestra empresa final, un registro completo y definitivo de los lugares relaciona dos con las distintas tragedias de las leyendas de los colonos.

Los resultados de esta exploraci贸n no fueron al principio muy alentadores, aunque una vez clasificados, parecieron revelar un dato bastante significativo; a saber: que el n煤mero de horrores registrados era bastante m谩s elevado en zonas relativamente pr贸ximas a la casa, o conectaban con ella mediante franjas de espesura morbosamente superdesarrollada. Es cierto que hab铆a excepciones; en efecto, el horror que hab铆a llegado a o铆 dos del mundo hab铆a tenido lugar en un espacio pe lado, igualmente distante de la mansi贸n y de cualquier bosque vecino a ella.

En cuanto a la naturaleza y aspecto del horror oculto, nada pudimos sacarles a los asustados y est煤pidos moradores de las chozas. Lo mismo dec铆an que era una serpiente como que se trataba de un gigante, un demonio de los truenos, un murci茅lago, un buitre, o un 谩rbol que caminaba. Nos pareci贸 fundado suponer, sin embargo, que se trataba de un organismo vivo enorme mente sensible a las tormentas el茅ctricas; y aunque algunas de las historias hablaban de alas, concluimos que su aversi贸n a los espacios abiertos hac铆a m谩s probable que estuviese dotado de locomoci贸n terrestre. Lo 煤nico verdaderamente incompatible con esta hip贸tesis era la rapidez a la que tal criatura deb铆a desplazarse para cometer todas las fechor铆as que se le atribu铆an.

Al tratar m谩s a los colonos, descubrimos que eran extraordinariamente amables en muchos aspectos. Eran simples animales que descend铆an poco a poco en la escala de la evoluci贸n debido a su desafortunada ascendencia y a su aislamiento embrutecedor. Ten铆an miedo de los forasteros, pero poco a poco se fueron acostumbrando a nosotros; al final nos ayudaron much铆simo cuando talamos todos los grupos de 谩rboles y derribamos todos los tabiques de la mansi贸n, en nuestra b煤squeda del horror oculto. Cuando les pedimos que nos ayudasen a buscar a Bennett y a Tobey, se mostraron sinceramente afligidos; porque si bien quer铆an ayudarnos, estaban convencidos de que ambas v铆ctimas hab铆an desaparecido de este mundo tan completamente como las gentes que ellos hab铆an perdido. Por supuesto, sab铆amos perfectamente que hab铆a muerto o desaparecido gran n煤mero de 茅stas gentes, as铆 como que los animales salvajes hab铆an sido exterminados ha c铆a mucho tiempo; y tem铆amos que ocurrieran nuevas tragedias.

A mediados de octubre nos encontr谩bamos perplejos debido a nuestra falta de progresos. Como las no ches eran tranquilas, no se produc铆an agresiones demon铆acas de ning煤n g茅nero; y la total carencia de resulta dos en el registro de la casa y del campo casi nos inclinaba a atribuir al horror oculto una naturaleza no material. Tem铆amos que llegara el tiempo fr铆o y nos interrumpiera nuestras investigaciones, ya que todos coincid铆an en que, en general, el demonio permanec铆a tranquilo durante el invierno: El caso es que nos dominaba una especie de desesperada premura en la 煤ltima inspecci贸n diurna de la aldea visitada por el horror; aldea ahora deshabitada, a causa del miedo de los colonos.

La desventurada aldea no ten铆a nombre siquiera, y estaba enclavada en una hondonada protegida, aunque sin 谩rboles, entre d¿s elevaciones llamadas respectiva mente Cone Mountain y Maple Hill. Se encontraba m谩s cerca de Maple Hill que de Cone Mountain, y algunas de las toscas viviendas eran simples cuevas practicadas en la falda de la primera de las elevaciones. Geogr谩ficamente, se encontraba a unas dos millas al noroeste de la Monta帽a de las Tempestades, y a tres de la mansi贸n rodeada de robles. El espacio entre la aldea y la mansi贸n, unas dos millas y cuarto desde el l铆mite de la aldea, era enteramente campo raso y consist铆a en una llanura casi horizontal, quitando algunos mont铆culos de escasa elevaci贸n y aspecto sinuoso, y cuya vegetaci贸n la constitu铆a casi exclusivamente la yerba y unos cuantos matorrales muy dispersos. Tras estudiar la topograf铆a de esta zona, concluimos finalmente que el demonio debi贸 de llegar por Cone Mountain, cuya pro longaci贸n hacia el sur, cubierta de bosque, llegaba a poca distancia de la estribaci贸n m谩s occidental de la Monta帽a de las Tempestades. Atribuimos de manera concluyente la elevaci贸n del terreno a un corrimiento de tierra desde Maple Hill, en cuya ladera destacaba un 谩rbol corpulento y solitario, desgarrado por el rayo que hab铆a hecho surgir al demonio.

Despu茅s de repasar minuciosamente por vig茅sima vez o m谩s cada pulgada del devastado pueblo, experimentamos un desaliento unido a nuevos y vagos temo res. Resultaba muy raro, aun cuando lo extra帽o y lo espantoso eran cosas corrientes, toparnos con un escenario tan completamente carente de huellas, despu茅s de tan sobrecogedores sucesos; y and谩bamos bajo un cielo cada vez m谩s oscuro y plomizo, con ese ardor tr谩gico y sin rumbo que es consecuencia a la vez de un sentimiento de futilidad y de necesidad de hacer algo. 脥bamos atentos a los m谩s peque帽os detalles; entramos nuevamente en cada una de las casas, inspeccionamos otra vez las cuevas, registramos el pie de las laderas adyacentes, entre las zarzas, en busca de madrigueras y cuevas, pero sin resultado. Sin embargo, como digo, sent铆amos en torno nuestro un temor vago y entera mente nuevo, como si unos grifos gigantescos y alados nos observaran desde los abismos transc贸smicos.

A medida que avanzaba la tarde, se hac铆a m谩s dif铆cil distinguir los objetos; y o铆mos el rumor de una tormenta que se estaba formando sobre la Monta帽a de las Tempestades. Naturalmente este rumor, producido en semejante lugar, nos anim贸, aunque no tanto como si hubiese sido de noche; y con esta esperanza abandonamos la b煤squeda sin rumbo y nos dirigimos a la aldea habitada m谩s pr贸xima, a fin de reunir un grupo de colonos para que nos ayudasen en nuestros registros. Aunque t铆midos, algunos de los m谩s j贸venes se sintieron lo suficientemente inspirados por nuestra protectora direcci贸n como para prometernos ayuda.

Pero no hab铆amos hecho m谩s que dar media vuelta, cuando empez贸 a caer una lluvia tan intensa y torrencial, que no tuvimos m谩s remedio que buscar refugio. La extra帽a y casi nocturna oscuridad del cielo nos hac铆a tropezar continuamente; pero guiados por los frecuentes rel谩mpagos y nuestro detallado conocimiento de la aldea, llegamos en seguida a la 煤ltima caba帽a del lugar, llena de goteras: una combinaci贸n heterog茅nea de troncos y tablas, cuya puerta y ventanuco asomaban hacia Maple Hill. Atrancamos la puerta, contra la furia del viento y de la lluvia, y pusimos el tosco postigo de la ventana que nuestros frecuentes registros nos hab铆an ense帽ado d贸nde encontrar. Resultaba l煤gubre estar sentados all铆, sobre unos cajones desvencijados, en la m谩s absoluta oscuridad, pero encendimos nuestras pipas y nos alumbramos a veces con las linternas de bolsillo que llev谩bamos. De cuando en cuando, ve铆amos los rel谩mpagos a trav茅s de las grietas de la pared; la tarde se estaba volviendo tan oscura que cada rel谩mpago resultaba tremendamente v铆vido.

Esta tormentosa vigilia me record贸 de forma estremecedora mi horrible noche en la Monta帽a de las Tempestades. Me volvi贸 al pensamiento aquel extra帽o interrogante que de forma intermitente me repet铆a desde entonces, y una vez m谩s me pregunt茅 por qu茅 el demonio, al acercarse a los tres hombres que vigil谩bamos desde la ventana o desde el exterior, se hab铆a llevado a los de los lados, dejando al del centro para el final, en que una gigantesca centella lo hab铆a hecho huir. ¿Por qu茅 no hab铆a cogido a sus v铆ctimas en un orden natural, y habr铆a sido yo el segundo, cualquiera que fuese la direcci贸n por la que hubiera empezado? ¿Con qu茅 clase de tent谩culos los apres贸? ¿O sab铆a que era yo el jefe y decidi贸 reservarme un destino peor que a mis compa帽eros?

En medio de estas reflexiones, como para intensificar铆as dram谩ticamente, cay贸 un tremendo rayo cerca de nosotros, al que sigui贸 un ruido de corrimiento de tierra. Al mismo tiempo, se levant贸 un viento furioso cuyo aullido fue aumentando de forma demon铆aca. Tu vimos la seguridad de que hab铆a ca铆do fulminado otro 谩rbol de Maple Hill, y Munroe se levant贸 del caj贸n donde estaba sentado y se acerc贸 al ventanuco para comprobar el destrozo. Al quitar el postigo, el viento y la lluvia penetraron aullando de forma ensordecedora, y no pude o铆r lo que dec铆a; pero esper茅, mientras 茅l se asomaba tratando de abarcar el pandemonium. Gradualmente, la calma, el viento y la dispersi贸n de la inusitada oscuridad nos hizo comprender que se alejaba la tormenta. Yo hab铆a esperado que durase hasta la noche, cosa que nos ayudar铆a en nuestra b煤squeda; pero un furtivo rayo de sol que penetr贸 por un agujero de la madera, detr谩s de m铆, disip贸 mis esperanzas.

Le dije a Munroe que era mejor dejar que entrase un poco de luz, aunque cayesen m谩s chaparrones, as铆 que desatranqu茅 la puerta y la abr铆. El terreno, afuera, era una extra帽a extensi贸n de barrizales, charcos y peque帽os mont铆culos producidos por el reciente corrimiento de tierra; pero no vi nada que justificase el inter茅s que manten铆a a mi compa帽ero asomado a la ventana sin decir nada. Me acerqu茅 a 茅l y le toqu茅 en el hombro; pero no se movi贸. Luego, al sacudirle en broma y volverle hacia m铆, sent铆 los zarcillos estranguladores de un horror canceroso cuyas ra铆ces alcanzaban pasados infinitos y abismos insondables de la noche que late m谩s all谩 del tiempo.

Arthur Munroe estaba muerto. Y en lo que quedaba de su masticada y perforada cabeza no hab铆a ya cara.

III. Qu茅 significaba el resplandor rojo

En la tormentosa noche del 8 de noviembre de 1921, con una linterna que proyectaba macabras sombras, cavaba yo, solo, como un idiota, en la sepultura de Jan Martense. Hab铆a empezado a cavar por la tarde porque se estaba formando una tormenta, y ahora que hab铆a oscurecido, y hab铆a estallado la tormenta sobre la lujuriante floresta, me sent铆a contento. Creo que mi mente estaba algo desquiciada a causa de los acontecimientos del 5 de agosto, la sombra demon铆aca de la casa, la tensi贸n y desencanto generales, y lo ocurrido en la aldea durante la tormenta de octubre. Despu茅s de aquello, tuve que cavar una sepultura para alguien cuya muerte no acababa de comprender. Sab铆a que los dem谩s no la entender铆an tampoco, de modo que les dej茅 que creyeran que Arthur Munroe se hab铆a extraviado. Le buscaron, pero no encontraron nada. Los colonos s铆 pod铆an haberlo comprendido, pero no me atrev铆 a asustarles aun m谩s. Me sent铆a extra帽a mente insensible. La impresi贸n sufrida en la mansi贸n me hab铆a afectado sin duda al cerebro, y no pod铆a pensar m谩s que en la b煤squeda del horror que ahora hab铆a alcanzado proporciones gigantescas en mi imaginaci贸n; b煤squeda que el destino de Arthur Munroe me hac铆a emprender ahora a solas y en secreto.

S贸lo el escenario de mis excavaciones habr铆a bastado para hacer saltar los nervios de un hombre corriente. Unos 谩rboles siniestros y primordiales de imp铆as pro porciones y formas grotescas acechaban por encima de m铆 como pilares de alg煤n infernal templo druida, al tiempo que amortiguaban los truenos, acallaban los aullidos del viento y frenaban la lluvia. Detr谩s de los heridos troncos del fondo, iluminados por los d茅biles resplandores de los filtrados rel谩mpagos, se alzaban las piedras h煤medas y cubiertas de hiedra de la deshabitada mansi贸n, mientras que algo m谩s cerca estaba el abandonado jard铆n holand茅s, con los paseos y arriates invadidos por una vegetaci贸n blancuzca, fungosa, f茅tida, hinchada, que jam谩s hab铆a visto yo a la luz del d铆a. Y m谩s cerca aun ten铆a el cementerio, donde unos 谩rboles deformes agitaban sus ramas insanas, mientras sus ra铆 ces desplazaban las losas imp铆as y succionaban el veneno de lo que yac铆a debajo.

Aqu铆 y all谩, bajo una capa de hojas marrones que se pudr铆an y supuraban en las oscuridades del bosque antediluviano, pod铆a distinguir el siniestro perfil de esos mont铆culos peque帽os que caracterizaban la regi贸n acribillada por los rayos. La historia me hab铆a guiado a esta arcaica sepultura. Porque era la historia, efectivamente, el 煤nico recurso que me quedaba, tras haber terminado todo lo dem谩s en sarc谩stico satanismo. Ahora estaba convencido de que el horror oculto no era un ser material, sino un espectro con fauces de lobo que cabalgaba sobre los rel谩mpagos de la medianoche. Y cre铆a, por los cientos de tradiciones loca les que Arthur Munroe y yo hab铆amos desenterrado en nuestras exploraciones, que era el espectro de Jan Martense, muerto en 1762. Y por esa raz贸n cavaba yo ahora, como un idiota en su sepultura.

La mansi贸n Martense hab铆a sido edificada en 1670 por Gerrit Martense, acaudalado mercader de Nueva Amsterdam a quien disgustaba el cambio del orden bajo el gobierno brit谩nico, y hab铆a construido este magn铆fico edificio en la cima de una boscosa elevaci贸n cuyo escenario solitario y singular era de su agrado. La 煤nica contrariedad importante con que tropez贸 en este paraje fueron las frecuentes tormentas de verano. Cuando eligi贸 este monte para edificar su mansi贸n, mynheer Martense atribuy贸 las numerosas perturbaciones naturales a las peculiaridades de aquel a帽o; pero con el tiempo, se dio cuenta de que la regi贸n era especialmente propensa a tales fen贸menos. Finalmente, viendo que estas tormentas le afectaban a la cabeza, acondicion贸 un s贸tano donde poder protegerse de los m谩s violentos pandemoniums. De los descendientes de Gerrit Martense se sabe me nos que de 茅l mismo, ya que todos fueron educados en el odio a la civilizaci贸n inglesa, y se les ense帽贸 a no tratar con los colonialistas que la aceptaban.

Sus vidas fueron enormemente retiradas, y la gente afirmaba que este aislamiento les volvi贸 torpes de palabra y comprensi贸n. Al parecer, todos estaban marcados por una extra帽a y hereditaria disimilitud en los ojos: ten铆an uno azul y el otro casta帽o. Sus contactos sociales se fueron haciendo cada vez m谩s escasos, hasta que finalmente acabaron cas谩ndose con la numerosa clase servil que viv铆a en sus tierras. Muchas de las familias multitudinarias degenera ron, cruzaron el valle, y fueron a mezclarse con la poblaci贸n mestiza que m谩s tarde producir铆a a los desdichados colonos. Los dem谩s siguieron unidos tercamente a la mansi贸n ancestral, volvi茅ndose cada vez m谩s exclusivistas y taciturnos, aunque adquiriendo una sensibilidad especial respecto de las frecuentes tormentas.

Casi toda esta informaci贸n lleg贸 al mundo exterior a trav茅s del joven Jan Martense, que movido por una especie de inquietud, se alist贸 en el ejercito colonial, cuando lleg贸 a la Monta帽a de las Tempestades la noticia de la Convenci贸n de Albany. El fue el primero de los descendientes de Gerrit que vio mundo; y al regresar en 1760, despu茅s de seis a帽os de campa帽a, su padre, sus t铆os y sus hermanos le odiaron como a un intruso, a pesar de sus ojos desiguales de Martense. Ya no pod铆a compartir las rarezas y prejuicios de los Martense, ni le excitaron las tormentas de la monta帽a como antes. En cambio, le deprim铆a el entorn贸; y escrib铆a a menudo a su amigo de Albany sobre sus proyectos de abandonar el techo paterno. En la primavera de 1763, Jonathan Gifford, el amigo de Jan Martense que viv铆a en Albany, se sinti贸 preocupado por su silencio; especialmente, por la situaci贸n y las peleas que sab铆a que hab铆a en la mansi贸n Martense.

Dispuesto a visitar personalmente a Jan, se intern贸 por las monta帽as a caballo. Su diario constata que lleg贸 a la Monta帽a de las Tempestades el 20 de septiembre, encontrando la mansi贸n en avanzado estado de decrepitud. Los sombr铆os Martense de extra帽os ojos, cuyo aspecto impuro y animal le impresion贸 sobremanera, le dijeron con acento torpe y gutural que Jan hab铆a muerto. Insistieron en que le hab铆a matado un rayo el oto帽o anterior; y ahora estaba enterrado detr谩s de los hundidos y abandonados jardines. Ense帽aron el lugar de la sepultura al visitante, unos palmos de tierra pelada y sin se帽ales. Hubo algo en la actitud de los Martense que despert贸 en Gifford un sentimiento de repugnancia y recelo; y una semana m谩s tarde regres贸 con una pala y un pico, dispuesto a abrir la fosa de nuevo. Encontr贸 lo que se hab铆a temido: un cr谩neo cruelmente aplastado como por unos golpes salvajes; de modo que regres贸 a Albany, y denunci贸 formal mente a los Mar tense de haber asesinado a un miembro de la familia.

No hab铆a pruebas legales, pero la noticia se propag贸 r谩pidamente por toda la regi贸n; y a partir de entonces, el mundo conden贸 a los Martense al aislamiento. Nadie quiso tratos con ellos, y evitaron su apartada residencia como un lugar maldito. Ellos, por su parte, se las arreglaron para vivir independientemente con el producto de sus tierras, puesto que las luces que ocasionalmente se ve铆an en la casa desde los montes lejanos atestiguaban que a煤n viv铆an. Dichas luces se estuvieron viendo hasta 4810; pero hacia el final, se hicieron muy infrecuentes. Entretanto, empez贸 a correr a prop贸sito de la mansi贸n de la monta帽a un sin fin de leyendas infernales. El lugar fue doblemente evitado, y dotado de toda clase de historias que la tradici贸n fue capaz de proporcionar. Sigui贸 sin ser visitada hasta 1816, en que la prolongada ausencia de luz en ella llam贸 la atenci贸n de los colonos. Una partida de hombres efectu贸 entonces un reconocimiento, encontrando la casa desierta y parcialmente en ruinas.

No descubrieron ning煤n esqueleto, as铆 que supusieron que se hab铆an marchado. Al parecer, el clan se hab铆a ido hacia varios a帽os, y los improvisados cobertizos revelaban lo numerosos que eran, antes de su emigraci贸n. Su nivel cultural hab铆a descendido much铆simo, como pro baba el deterioro del mobiliario y la vajilla de plata esparcida, sin duda abandonada mucho antes de que sus propietarios se marcharan; Pero aunque los temidos Martense se hab铆an ido, la encantada casa continu贸 causando temor; temor que se intensific贸 cuando nuevos y extra帽os rumores vinieron a inquietar a los decadentes monta帽eses. All铆 sigui贸, desierta, temida, y vinculada al espectro vengativo de Jan Martense. Y all铆 segu铆a a煤n, la noche en que cavaba yo en la sepultura dejan Martense.

He calificado de idiota mi prolongado cavar, y as铆 era, efectivamente, por su objeto y su m茅todo. No tard茅 en desenterrar el ata煤d dejan Martense —que ahora ya s贸lo conten铆a polvo y salitre—; pero en mis ansias furiosas por exhumar su fantasma, segu铆 cavando terca, irracional mente m谩s abajo de donde hab铆a reposado. Sabe Dios qu茅 era lo que yo esperaba encontrar... Yo s贸lo ten铆a conciencia de que cavaba en la sepultura de un hombre cuyo espectro acechaba por la noche.

Me es imposible decir qu茅 monstruosa profundidad hab铆a alcanzado cuando mi pala, y mis pies a continuaci贸n, hundieron el suelo que ten铆a debajo. Dadas las circunstancias, la impresi贸n fue tremenda; porque la existencia de un espacio subterr谩neo aqu铆 supon铆a una terrible confirmaci贸n de mis locas teor铆as. Mi ligera ca铆da me apag贸 el farol; pero saqu茅 una linterna de bolsillo y descubr铆 un peque帽o t煤nel horizontal que se internaba profundamente en ambas direcciones. Era lo bastante amplio como para poderse arrastrar por 茅l un hombre; y aunque nadie en su sano juicio habr铆a intentado meterse por all铆 en ese momento, me olvid茅 del peligro, la sensatez y la limpieza, en mi empe帽o por desenterrar el horror oculto. Escogiendo la direcci贸n hacia la casa, me introduje temerariamente a rastras por la estrecha madriguera, reptando a ciegas, de prisa, y alumbr谩ndome de tarde en tarde con la linterna que enfocaba delante de m铆.

¿Qu茅 palabras podr铆an describir el espect谩culo de un hombre perdido en el interior de la tierra infinitamente abismal, manoteando y retorci茅ndose sin aliento, avanzando insensatamente por profundas circunvoluciones de negrura inmemorial, sin una noci贸n clara de tiempo, seguridad, direcci贸n ni objetivo? Hay algo espantoso en todo ello, pero eso es lo que hice. Me arrastr茅 de ese modo durante tanto tiempo que la vida lleg贸 a parecerme un recuerdo remoto, y me identifiqu茅 con los topos y larvas de las tenebrosas profundidades. En efecto, fue una casualidad que, tras interminables contorsiones, se encendiese mi olvidada linterna al sacudirla, iluminando espectralmente la larga madriguera de barro endurecido que describ铆a una curva delante de mi. Hab铆a seguido avanzando de este modo durante un rato, y estaba la pila de la linterna casi agotada, cuando el pasadizo inici贸 una s煤bita y pronunciada cuesta arriba que me oblig贸 a modificar mis movimientos para avanzar.

Y al levantar la vista,, sin previo aviso, vi brillar a lo lejos dos reflejos demon铆acos de mi agonizante luz; dos reflejos candentes de funesto e inequ铆voco resplandor que agitaron en mi memoria recuerdos brumosos y enloquecedores. Me detuve autom谩ticamente, aunque sin voluntad para retroceder. Los ojos se acercaban, aunque s贸lo pude distinguir una garra del ser al que pertenec铆an. ¡Pero qu茅 garra! Luego, muy arriba, son贸 d茅bilmente un estampido que reconoc铆. Era el trueno violento de la monta帽a que estallaba con hist茅rica furia... Sin duda, llevaba un rato reptando hacia arriba, ya que ahora ten铆a la superficie bastante cerca. Y mientras estallaban los truenos amortiguados, aquellos ojos segu铆an mirando fijamente con perversidad.

Gracias a Dios, no supe entonces lo que era; de lo contrario, no habr铆a sobrevivido. Pero me salv贸 el mismo trueno que lo hab铆a invocado; porque tras una mortal espera, revent贸 en el cielo uno de esos frecuentes estampidos de la monta帽a cuyas huellas hab铆a observado yo aqu铆 y all谩, en forma de heridas de tierra removida y fulguritas de diversas dimensiones. Con furia cicl贸pea, se enterr贸, retorci茅ndose en la tierra, por encima de aquel detestable pozo, ceg谩ndome y ensordeci茅ndome, aunque no lleg贸 a hacerme perder el conocimiento. Segu铆 ara帽ando y avanzando desesperadamente en el caos de tierra que ca铆a y se deslizaba, hasta que la lluvia que me mojaba la cabeza me seren贸, y vi que hab铆a llegado a la superficie de un lugar familiar: una zona en pendiente y sin 谩rboles, en la ladera sur de la monta帽a. Los constantes rel谩mpagos iluminaban y sacud铆an el terreno revuelto y los restos del curioso mont铆culo que descend铆a de la parte superior y boscosa de la ladera; sin embargo, no hab铆a nada en todo aquel caos que indicase por d贸nde! hab铆a salido yo de la fatal catacumba.

Mi cerebro era un caos tan grande como la tierra; y cuando un rojo resplandor, a lo lejos, ilumin贸 el paisaje por el sur, apenas tuve conciencia del horror que acababa de soportar. Pero, cu谩ndo dos d铆as despu茅s los colonos me dije ron qu茅 significaba aquel resplandor rojo, mi horror fue m谩s grande que el que me hab铆a producido la zarpa y los ojos de la embarrada madriguera. En una aldea a veinte millas de distancia, hab铆a tenido lugar una org铆a de terror a continuaci贸n del rayo que me hab铆a permitido a m铆 salir de la tierra, y un ser indescriptible se hab铆a precipitado desde un 谩rbol a una choza de fr谩gil tejado. Hab铆a cometido una atrocidad; pero los colonos hab铆an prendido fuego a la choza fren茅ticamente, antes de que aquel ser pudiese escapar. Hab铆a cometido el estrago en el mismo instante en que la tierra se desplom贸 sobre la entidad de la garra y los ojos.

IV. El horror en los ojos

Nada puede haber normal en la mente del que, sabiendo lo que yo sab铆a sobre los horrores de la Monta帽a de las Tempestades, va a solas en busca del terror que se ocultaba en dicho lugar. Era muy d茅bil garant铆a de seguridad f铆sica y mental, en este Aqueronte de demonismo multiforme, el hecho de que al menos dos de estas encarnaciones del terror hubiesen perecido; sin embargo, prosegu铆 mi b煤squeda con celo cada vez mayor, a medida que los sucesos y las revelaciones se hac铆an m谩s monstruosas. Cuando, dos d铆as despu茅s de mi espantosa exploraci贸n de la cripta de los ojos y la garra, me enter茅 de que un ser maligno hab铆a sobrevolado la aldea, a veinte millas de distancia, en el mismo instante en que los ojos se fijaban en mi, experiment茅 una aut茅ntica convulsi贸n de terror. Pero este terror estaba tan mezclado con una sensaci贸n grotesca y fascinada, que casi me result贸 placentero.

A veces, en las angustias de esas pesadillas en las que fuerzas invisibles se le llevan a uno, por encima de los tejados de extra帽as ciudades muertas, hacia el abismo burlesco de Nis, es un alivio, incluso un placer, gritar salvajemente y arrojarse voluntariamente, en medio del espantoso v贸rtice de on铆rica condenaci贸n, al primer abismo sin fondo que encuentra. Y eso es lo que ocurri贸, con la pesadilla ambulante de la Monta帽a de las Tempestades; el descubrimiento de que los monstruos hab铆an estado ocultos en dicho lugar me produjo finalmente unas ansias locas de zambullirme en la tierra de esa regi贸n maldita, cavar con las manos desnudas y sacar a la muerte que acechaba en cada pulgada del suelo ponzo帽oso.

En cuanto pude, fui a la tumba de Jan Martense y cav茅 en vano donde hab铆a cavado antes. Un desprendimiento de tierra hab铆a borrado sin duda toda huella del pasadizo subterr谩neo, y la lluvia hab铆a cegado de tal modo la excavaci贸n que no me fue posible averiguar hasta d贸nde hab铆a ahondado el d铆a anterior. Emprend铆 tambi茅n una penosa caminata a la aldea donde hab铆a ardido la devastadora criatura, aunque encontr茅 poca compensaci贸n a mi esfuerzo. En las cenizas de la desdichada choza descubr铆 varios huesos; pero evidente mente, ninguno pertenec铆a al monstruo. Los colonos dijeron que s贸lo hab铆a habido una v铆ctima; pero esto me pareci贸 una imprecisi贸n, ya que adem谩s de un cr谩neo humano completo, encontr茅 un fragmento 贸seo que parec铆a ser de otro cr谩neo en alg煤n tiempo humano.

Y aunque hab铆an visto la r谩pida ca铆da del monstruo, nadie fue capaz de describirme el aspecto de dicha criatura; quienes presenciaron el suceso dec铆an simplemente que era un demonio. Examin茅 el gran 谩rbol donde se hab铆a posado, pero no vi huellas de ninguna clase. Trat茅 de buscar alg煤n rastro en la espesura del bosque, pero en esta ocasi贸n no pude soportar la visi贸n de aquellos troncos morbosamente grandes, ni de aquellas ra铆ces que, como serpientes gigantescas, se retorc铆an perversamente antes de hundirse en la tierra.

Mi siguiente paso fue estudiar de nuevo con cuidado microsc贸pico la aldea deshabitada que con m谩s frecuencia hab铆a visitado la muerte, y donde Arthur Munroe hab铆a visto algo que no pudo contar. Aunque mis est茅riles inspecciones anteriores hab铆an sido extraordinariamente meticulosas, ahora te帽铆a nuevos datos que comprobar; pues la macabra excavaci贸n de la fosa me hab铆a convencido de que al menos en una de sus fases, la monstruosidad hab铆a sido una criatura del subsuelo. Esta vez, el 14 de noviembre, concentr茅 mi b煤squeda especialmente en las laderas de Cone Mountain y Maple Hill, que dominaban la desventurada aldea, prestando especial atenci贸n a la tierra desprendida del corrimiento que presentaba esta 煤ltima elevaci贸n. Durante el registro de la tarde no saqu茅 nada en claro; y empezaba a oscurecer cuando me encontraba en lo alto de Maple Hill contemplando la aldea, y la Monta帽a de las Tempestades, al otro lado del valle.

Hab铆a habido una espl茅ndida puesta de sol, y ahora sal铆a la luna, casi llena, derramando su resplandor plateado sobre el llano, la ladera distante de la monta帽a, y los extra帽os mont铆culos que se levantaban aqu铆 y all谩. Era un paisaje pac铆fico y arcaico; pero consciente de lo que se ocultaba en 茅l, lo odi茅. Odi茅 la luna burlona, el llano hip贸crita, la monta帽a supurante, y aquellos mont铆culos siniestros. Todo me parec铆a corrompido por un contagio abominable, e inspirado por una alianza nociva con poderes ocultos y anormales.

Luego, mientras contemplaba abstra铆do el panorama ba帽ado por la luna, me llamaron la atenci贸n la singular disposici贸n de determinados elementos topogr谩ficos de naturaleza. Aunque carec铆a de conocimientos s贸lidos de geolog铆a, me hab铆a sentido interesado desde el principio por las lomas y los extra帽os mont铆culos de la regi贸n. Hab铆a observado que estaban diseminados por una zona bastante extensa alrededor de la Monta帽a de las Tempestades, aunque eran menos abundantes en la llanura que en la cumbre de dicha elevaci贸n, donde las prehist贸ricas glaciaciones encontraron sin duda menos resistencias a sus sorprendentes y fant谩sticos caprichos. Ahora, a la luz de aquella luna baja que proyectaba alargadas sombras espectrales, me di cuenta con gran sorpresa que los diversos puntos y l铆neas del conjunto de mont铆culos guardaban una extra帽a relaci贸n con la cima de la Monta帽a de las Tempestades.

Dicha cima era indudablemente el centro del que part铆an de manera indefinida e irregular las l铆neas o filas de puntos, como si la imp铆a mansi贸n Martense hubiese extendido unos tent谩culos visibles de terror. La idea de semejan tes tent谩culos me produjo un inexplicable estremecimiento, y dej茅 de analizar mis motivos para creer que estos mont铆culos fueran fen贸menos glaciares. Cuanto m谩s lo pensaba, menos cre铆a que fuesen tal cosa; y ante mi mente recientemente iluminada comenzaron a surgir grotescas y horribles analog铆as basadas en aspectos superficiales y en mi experiencia bajo tierra. Antes de que me diese cuenta, hab铆a empezado a balbucear palabras fren茅ticas e incoherentes, hablando conmigo mismo: «¡Dios mio!... Son toperas... ese condenado lugar debe de ser una colmena... cuantos... aquella noche en la mansi贸n... cogieron a Bennett y a Tobey primero.., desde cada lado de donde est谩bamos...»

Luego empec茅 a cavar fren茅ticamente en el mont铆culo que ten铆a m谩s cerca; cav茅 con desesperaci贸n, temblando, pero casi alborozado; cav茅, y por 煤ltimo profer铆 un grito con insensata emoci贸n, al descubrir un t煤nel o madriguera exactamente igual al que hab铆a explorado aquella noche demon铆aca.

Despu茅s, recuerdo que ech茅 a correr con la pala en la mano; fue una carrera horrible por el campo lleno de mont铆culos iluminados por la luna y los escarpados precipicios cubiertos de bosque de las laderas; saltaba, gritaba y jadeaba, corriendo hacia la terrible mansi贸n Martense. Recuerdo que cav茅 insensatamente por todo el s贸tano invadido de zarzas; cav茅 tratando de descubrir el n煤cleo y el centro del maligno universo de mont铆culos. Y recuerdo tambi茅n c贸mo me re铆 al dar con el pasadizo: el agujero que hab铆a en la base de la vieja chimenea, donde crec铆a la espesa maleza y arrojaba extra帽as sombras a la luz de la 煤nica vela que casualmente llevaba encima. No sab铆a a煤n qu茅 se ocultaba en aquella colmena infernal, en espera de que un trueno lo despertara. Hab铆an muerto ya dos entidades; tal vez no quedaban m谩s. Pero a煤n sent铆a en m铆 la ardiente de terminaci贸n de llegar hasta el m谩s rec贸ndito secreto del terror, que de nuevo me parec铆a definido, material y org谩nico.

Mi indecisi贸n entre inspeccionar el pasadizo inmediatamente, solo, con mi linterna de bolsillo, o tratar de reunir un grupo de colonos para efectuar el registro, fue interrumpida un momento despu茅s por una s煤bita r谩faga de viento que me apag贸 la vela y me dej贸 completamente a oscuras. La luna hab铆a dejado de filtrar su resplandor a trav茅s de las grietas y aberturas que tema encima de m铆, y con una sensaci贸n de alarma presagiosa o铆 que se aproximaba el rumor siniestro y significativo de una tormenta. Una confusa asociaci贸n de ideas se apoder贸 de mi cerebro, impuls谩ndome a retroceder a tientas hacia el rinc贸n m谩s alejado del s贸tano. Mis ojos, sin embargo, no se apartaron un solo instante de la horrible abertura abierta en la base de la chimenea; y empec茅 a distinguir vagamente los ladrillos y la maleza, a medida que los lejanos rel谩mpagos lograban traspasar la espesura exterior y filtrarse por las grietas de lo alto de las paredes. Cada segundo sent铆a que me consum铆a una mezcla de miedo y de curiosidad. ¿Qu茅 har铆a surgir la tormenta... o quiz谩 no quedaba nada ya que pudiese surgir? Guiado por el resplandor de un rel谩mpago, me apost茅 tras un espeso matorral desde el que pod铆a ver la abertura sin delatar mi presencia.

Si el cielo es misericordioso, alg煤n d铆a borrar谩 de mi conciencia la escena que presenci茅 y me dejar谩 vivir mis 煤ltimos a帽os en paz. Ahora ya no puedo dormir por la noche, y tengo que tomar narc贸ticos cuando truena. Aquello sali贸 de pronto, inesperadamente; surgi贸 un demonio, escabull茅ndose como una rata de los abismos profundos e inimaginables, un jadeo infernal y un gru帽ido ahogado; luego, del agujero de la chimenea irrumpi贸 una vida multitudinaria y leprosa, un flujo nauseabundo, engendro nocturno de org谩nica corrupci贸n, m谩s devastadoramente horrenda que los m谩s negros conjuros de la locura y la morbosidad mortal. Bull铆a, herv铆a, se elevaba, borboteaba como una baba de serpientes, se contorsionaba al emerger del boquete, extendi茅ndose como un contagio s茅ptico, manando del s贸tano hacia todas las salidas... desbord谩ndose por el bosque maldito y tenebroso para derramar en 茅l el pavor, la locura y la muerte. S贸lo Dios sabe cu谩ntos eran... miles quiz谩.

Resultaba espantoso verlos brotar en esas cantidades a la luz intermitente de }os rel谩mpagos. Cuando empezaron a disminuir lo suficiente como para poderlos distinguir como organismos separados, vi que eran como demonios o simios deformes, enanos y peludos; caricaturas monstruosas y diab贸licas de la tribu de los monos. Eran espantosamente mudos; apenas se oy贸 un chillido cuando uno de los rezagados se volvi贸 con la habilidad de una larga pr谩ctica, saci贸 su hambre en un compa帽ero m谩s d茅bil. Los dem谩s se abalanzaron sobre los restos y los devoraron con babeante fruici贸n. Acto se guido, a pesar de mi aturdimiento, efecto d茅 mi repugnancia y mi pavor, triunf贸 mi morbosa curiosidad; y cuando la 煤ltima de las monstruosidades surgi贸 viscosamente de aquel mundo inferior de desconocida pesadilla, saqu茅 mi pistola autom谩tica y dispar茅, camuflando el estampido con los truenos.

Estridentes, escurridizas sombras torrenciales de vis cosa locura persigui茅ndose por los interminables y sangrientos corredores de cielo p煤rpura y fulgurante... fantasmas informes y mutaciones calidosc贸picas de un escenario macabro y recordado; bosques de robles monstruosos e hinchados cuyas ra铆ces se retuercen como culebras y succionan el jugo abominable de una tierra hirviente de demonios can铆bales; tent谩culos que emergen a tientas de subterr谩neos n煤cleos, dotados de poliposa perversi贸n... insanos rel谩mpagos por encima de muros infernales cubiertos por una hiedra maligna y arcadas demon铆acas ahogadas por una, vegetaci贸n fungosa... Bendito sea el cielo por haberme concedido el instinto que me gui贸 inconsciente a lugares donde habitan los hombres: el pueblo pac铆fico que dorm铆a bajo las pl谩cidas estrellas de claros cielos.

Al cabo de una semana me hab铆a recobrado lo bastante como para pedir de Albany una partida de hombres para que dinamitaran la mansi贸n Martense y la Cima entera de la Monta帽a de las Tempestades, cegaran todas las madrigueras y talaran determinados 谩rboles hinchados cuya mera existencia representaba un insulto a la cordura. Despu茅s de todo este trabajo, consegu铆 dormir un poco, aunque jam谩s me llegar谩 el verdadero descanso mientras recuerde el abominable secreto del horror oculto. Me seguir谩 obsesionando; porque, ¿qui茅n sabe si ha sido completa la exterminaci贸n, y si no existir谩n fen贸menos an谩logos en el resto del mundo? ¿Qui茅n, sabiendo lo que yo s茅, puede pensar en las cavernas desconocidas de la tierra sin sufrir espantosas pesadillas ante las futuras posibilidades? No puedo asomarme a un pozo ni a una entrada de metro sin estremecerme... ¿por qu茅 no me da el doctor algo que me haga dormir, o me calme de veras el cerebro cuando truena?

Lo que vi al resplandor de los rel谩mpagos, tras dispararle al ser indescriptible, fue tan simple que casi transcurri贸 un minuto, antes de darme cuenta y caer en un estado de delirio. Era un ser nauseabundo, un gorila blancuzco e inmundo, de colmillos afilados y amarillentos y pelo enmara帽ado; el 煤ltimo producto de la degeneraci贸n mam铆fera; el resultado espantoso del aisla miento, la multiplicaci贸n y la alimentaci贸n can铆bal en la superficie y en el subsuelo; la encarnaci贸n de todo lo que gru帽e, de todo lo ca贸tico que acecha temeroso detr谩s de la vida. Me hab铆a mirado al morir, y vi en sus ojos la misma extra帽a calidad de aquellos otros ojos que me hab铆an mirado en el subsuelo, removiendo en mi interior brumosos recuerdos. Uno de los ojos era azul, y el otro casta帽o. Eran los ojos disimilares que la vieja leyenda atribu铆a a los Martense. Y en un asfixiante cataclismo de inexpresable horror, comprend铆 qu茅 hab铆a sido de la desaparecida familia; la terrible casa de los Martense, enloquecida por las tormentas.

FIN

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