Historia del guerrero y de la cautiva - Jorge Luis Borges - Amantes de la literatura

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4.04.2025

Historia del guerrero y de la cautiva - Jorge Luis Borges



En la p谩gina 278 del libro La poes铆a (Bari, 1942), Croce, abreviando un texto latino del historiador Pablo el Di谩cono, narra la suerte y cita el epitafio de Droctulft; estos me conmovieron singularmente, luego entend铆 por qu茅. Fue Droctulft un guerrero lombardo que en el asedio de Ravena abandon贸 a los suyos y muri贸 defendiendo la ciudad que antes hab铆a atacado. Los raveneses le dieron sepultura en un templo y compusieron un epitafio en el que manifestaron su gratitud (“contespsit caros, dum nos amat ille, parentes”) y el peculiar contraste que se advert铆a entre la figura atroz de aquel b谩rbaro y su simplicidad y bondad:

Terribilis viste facies mente benignus,
Longaque robusto pectores barba fuit!¹

Tal es la historia del destino de Droctulft, b谩rbaro que muri贸 defendiendo a Roma, o tal es el fragmento de su historia que pudo rescatar Pablo el Di谩cono. Ni siquiera s茅 en qu茅 tiempo ocurri贸: si al promediar el siglo VI, cuando los longobardos desolaron las llanuras de Italia; si en el VIII, antes de la rendici贸n de Ravena. Imaginemos (este no es un trabajo hist贸rico) lo primero.

Imaginemos, sub specie aeternitatis, a Droctulft, no al individuo Droctulft, que sin duda fue 煤nico e insondable (todos los individuos lo son), sino al tipo gen茅rico que de 茅l y de otros muchos como 茅l ha hecho la tradici贸n, que es obra del olvido y de la memoria. A trav茅s de una oscura geograf铆a de selvas y de ci茅nagas, las guerras lo trajeron a Italia, desde las m谩rgenes del Danubio y del Elba, y tal vez no sab铆a que iba al Sur y tal vez no sab铆a que guerreaba contra el nombre romano. Quiz谩 profesaba el arrianismo, que mantiene que la gloria del Hijo es reflejo de la gloria del Padre, pero m谩s congruente es imaginarlo devoto de la Tierra, de Hertha, cuyo 铆dolo tapado iba de caba帽a en caba帽a en un carro tirado por vacas, o de los dioses de la guerra y del trueno, que eran torpes figuras de madera, envueltas en ropa tejida y recargadas de monedas y ajorcas. Ven铆a de las selvas inextricables del jabal铆 y del uro; era blanco, animoso, inocente, cruel, leal a su capit谩n y a su tribu, no al universo. Las guerras lo traen a Ravena y ah铆 ve algo que no ha visto jam谩s, o que no ha visto con plenitud. Ve el d铆a y los cipreses y el m谩rmol. Ve un conjunto, que es m煤ltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna de esas f谩bricas (lo s茅) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocar铆a una maquinaria compleja, cuyo fin ignor谩ramos, pero en cuyo dise帽o se adivinara una inteligencia inmortal. Quiz谩 le basta ver un solo arco, con una incomprensible inscripci贸n en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelaci贸n, la Ciudad. Sabe que en ella ser谩 un perro, o un ni帽o, y que no empezar谩 siquiera a entenderla, pero sabe tambi茅n que ella vale m谩s que sus dioses y que la fe jurada y que todas las ci茅nagas de Alemania. Droctulft abandona a los suyos y pelea por Ravena. Muere, y en la sepultura graban palabras que 茅l no hubiera entendido:

Contempsit caros, dum nos amat ille, parentes,
Hanc patriam reputans esse, Ravenna, sham.

No fue un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos); fue un iluminado, un converso. Al cabo de unas cuantas generaciones, los longobardos que culparon al tr谩nsfuga procedieron como 茅l; se hicieron italianos; lombardos y acaso alguno de su sangre —Aldiger— pudo engendrar a quienes engendraron al Alighieri… Muchas conjeturas cabe aplicar al acto de Droctulft; la m铆a es la m谩s econ贸mica; si no es verdadera como hecho, lo ser谩 como s铆mbolo.

Cuando le铆 en el libro de Croce la historia del guerrero, esta me conmovi贸 de manera ins贸lita y tuve la impresi贸n de recuperar, bajo forma diversa, algo que hab铆a sido m铆o. Fugazmente pens茅 en los jinetes mogoles que quer铆an hacer de la China un infinito campo de pastoreo y luego envejecieron en las ciudades que hab铆an anhelado destruir; no era esta la memoria que yo buscaba. La encontr茅 al fin; era un relato que le o铆 alguna vez a mi abuela inglesa, que ha muerto.

En 1872 mi abuelo Borges era jefe de las fronteras Norte y Oeste de Buenos Aires y Sur de Santa Fe. La comandancia estaba en Jun铆n; m谩s all谩, a cuatro o cinco leguas uno de otro, la cadena de los fortines; m谩s all谩, lo que se denominaba entonces la Pampa y tambi茅n Tierra Adentro. Alguna vez, entre maravillada y burlona, mi abuela coment贸 su destino de inglesa desterrada a ese fin del mundo; le dijeron que no era la 煤nica y le se帽alaron, meses despu茅s, una muchacha india que atravesaba lentamente la plaza. Vest铆a dos mantas coloradas e iba descalza; sus crenchas eran rubias. Un soldado le dijo que otra inglesa quer铆a hablar con ella. La mujer asinti贸; entr贸 en la comandancia sin temor, pero no sin recelo. En la cobriza cara, pintarrajeada de colores feroces, los ojos eran de ese azul desganado que los ingleses llaman gris. El cuerpo era ligero, como de cierva; las manos, fuertes y huesudas. Ven铆a del desierto, de Tierra Adentro y todo parec铆a quedarle chico: las puertas, las paredes, los muebles.

Quiz谩 las dos mujeres por un instante se sintieron hermanas, estaban lejos de su isla querida y en un incre铆ble pa铆s. Mi abuela enunci贸 alguna pregunta; la otra le respondi贸 con dificultad, buscando las palabras y repiti茅ndolas, como asombrada de un antiguo sabor. Har铆a quince a帽os que no hablaba el idioma natal y no le era f谩cil recuperarlo. Dijo que era de Yorkshire, que sus padres emigraron a Buenos Aires, que los hab铆a perdido en un mal贸n, que la hab铆an llevado los indios y que ahora era mujer de un capitanejo, a quien ya hab铆a dado dos hijos y que era muy valiente. Eso lo fue diciendo en un ingl茅s r煤stico, entreverado de araucano o de pampa, y detr谩s del relato se vislumbraba una vida feral: los toldos de cuero de caballo, las hogueras de esti茅rcol, los festines de carne chamuscada o de v铆sceras crudas, las sigilosas marchas al alba; el asalto de los corrales, el alarido y el saqueo, la guerra, el caudaloso arreo de las haciendas por jinetes desnudos, la poligamia, la hediondez y la magia. A esa barbarie se hab铆a rebajado una inglesa. Movida por la l谩stima y el esc谩ndalo, mi abuela la exhort贸 a no volver. jur贸 ampararla, jur贸 rescatar a sus hijos. La otra le contest贸 que era feliz y volvi贸, esa noche, al desierto. Francisco Borges morir铆a poco despu茅s, en la revoluci贸n del 74; quiz谩 mi abuela, entonces, pudo percibir en la otra mujer, tambi茅n arrebatada y transformada por este continente implacable, un espejo monstruoso de su destino…

Todos los a帽os, la india rubia sol铆a llegar a las pulper铆as de Jun铆n, o del Fuerte Lavalle, en procura de baratijas y “vicios”; no apareci贸, desde la conversaci贸n con mi abuela. Sin embargo, se vieron otra vez. Mi abuela hab铆a salido a cazar; en un rancho, cerca de los ba帽ados, un hombre degollaba una oveja. Como en un sue帽o, pas贸 la india a caballo. Se tir贸 al suelo y bebi贸 la sangre caliente. No s茅 si lo hizo porque ya no pod铆a obrar de otro modo, o como un desaf铆o y un signo.

Mil trescientos a帽os y el mar median entre el destino de la cautiva y el destino de Droctulft. Los dos, ahora, son igualmente irrecuperables. La figura del b谩rbaro que abraza la causa de Ravena, la figura de la mujer europea que opta por el desierto, pueden parecer antag贸nicos. Sin embargo, a los dos los arrebat贸 un 铆mpetu secreto, un 铆mpetu m谩s hondo que la raz贸n, y los dos acataron ese 铆mpetu que no hubieran sabido justificar. Acaso las historias que he referido son una sola historia. El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales.

A Ulrike von K眉hlmann
1. Tamb铆茅n Gibbon (Decline and Fall, XLV) transcribe estos versos.

FIN

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