I
Javier se adelant贸 por un segundo:
—¡Pito! —grit贸, ya de pie.
La tensi贸n se quebr贸 violentamente, como una explosi贸n. Todos est谩bamos parados: el doctor Ab谩salo ten铆a la boca abierta. Enrojec铆a, apretando los pu帽os. Cuando, recobr谩ndose, levantaba una mano y parec铆a a punto de lanzar un serm贸n, el pito son贸 de verdad. Salimos corriendo con estr茅pito, enloquecidos, azuzados por el graznido de cuervo de Amaya, que avanzaba volteando carpetas.
El patio estaba sacudido por los gritos. Los de cuarto y tercero hab铆an salido antes, formaban un gran c铆rculo que se mec铆a bajo el polvo. Casi con nosotros, entraron los de primero y segundo; tra铆an nuevas frases agresivas, m谩s odio. El c铆rculo creci贸. La indignaci贸n era un谩nime en la Media. (La Primaria ten铆a un patio peque帽o, de mosaicos azules, en el ala opuesta del colegio.)
—Quiere fregarnos, el serrano.
—S铆. Maldito sea.
Nadie hablaba de los ex谩menes finales. El fulgor de las pupilas, las vociferaciones, el esc谩ndalo indicaban que hab铆a llegado el momento de enfrentar al director. De pronto, dej茅 de hacer esfuerzos por contenerme y comenc茅 a recorrer febrilmente los grupos: «¿nos friega y nos callamos?». «Hay que hacer algo». «Hay que hacerle algo».
Una mano f茅rrea me extrajo del centro del c铆rculo.
—T煤 no —dijo Javier—. No te metas. Te expulsan. Ya lo sabes.
—Ahora no me importa. Me las va a pagar todas. Es mi oportunidad, ¡ves? Hagamos que formen.
En voz baja fuimos repitiendo por el patio, de o铆do en o铆do: «formen filas», «a formar, r谩pido».
—¡Formemos las filas! —El vozarr贸n de Raygada vibr贸 en el aire sofocante de la ma帽ana. Muchos, a la vez, corearon:
—¡A formar! ¡A formar!
Los inspectores Gallardo y Romero vieron entonces, sorprendidos, que de pronto deca铆a el bullicio y se organizaban las filas antes de concluir el recreo. Estaban apoyados en la pared, junto a la sala de profesores, frente a nosotros, y nos miraban nerviosamente. Luego se miraron entre ellos. En la puerta hab铆an aparecido algunos profesores; tambi茅n estaban extra帽ados. El inspector Gallardo se aproxim贸:
—¡Oigan! —grit贸, desconcertado—. Todav铆a no…
—Calla —repuso alguien, desde atr谩s—. ¡Calla, Gallardo, maric贸n!
Gallardo se puso p谩lido. A grandes pasos, con gesto amenazador, invadi贸 las filas. A su espalda, varios gritaban: «¡Gallardo, maric贸n!».
—Marchemos —dije—. Demos vueltas al patio. Primero los de quinto.
Comenzamos a marchar. Tacone谩bamos con fuerza, hasta dolernos los pies. A la segunda vuelta —form谩bamos un rect谩ngulo perfecto, ajustado a las dimensiones del patio—Javier, Raygada, Le贸n y yo principiamos:
—Ho-ra-rio; ho-ra-rio; ho-ra-rio…
El coro se hizo general.
—¡M谩s fuerte! —prorrumpi贸 la voz de alguien que yo odiaba: Lu—. ¡Griten!
De inmediato, el vocer铆o aument贸 hasta ensordecer.
—Ho-ra-rio; ho-ra-rio; ho-ra-rio…
Los profesores, cautamente, hab铆an desaparecido cerrando tras ellos la puerta de la Sala de Estudios. Al pasar los de quinto junto al rinc贸n donde Teobaldo vend铆a fruta sobre un madero, dijo algo que no o铆mos. Mov铆a las manos, como alent谩ndonos. «Puerco», pens茅.
Los gritos arreciaban. Pero ni el comp谩s de la marcha, ni el est铆mulo de los chillidos, bastaban para disimular que est谩bamos asustados. Aquella espera era angustiosa. ¿Por qu茅 tardaba en salir? Aparentando valor a煤n, repet铆amos la frase, mas hab铆an comenzado a mirarse unos a otros y se escuchaban, de cuando en cuando, agudas risitas forzadas. «No debo pensar en nada, me dec铆a. Ahora no». Ya me costaba trabajo gritar: estaba ronco y me ard铆a la garganta. De pronto, casi sin saberlo, miraba el cielo: persegu铆a a un gallinazo que planeaba suavemente sobre el colegio, bajo una b贸veda azul, l铆mpida y profunda, alumbrada por un disco amarillo en un costado, como un lunar. Baj茅 la cabeza, r谩pidamente.
Peque帽o, amoratado, Ferrufino hab铆a aparecido al final del pasillo que desembocaba en el patio de recreo. Los pasitos breves y chuecos, como de pato, que lo acercaban interrump铆an abusivamente el silencio que hab铆a reinado de improviso, sorprendi茅ndome. (La puerta de la sala de profesores se abre; asoma un rostro diminuto, c贸mico. Estrada quiere espiarnos: ve al director a unos pasos; velozmente, se hunde; su mano infantil cierra la puerta.) Ferrufino estaba frente a nosotros: recorr铆a desorbitado los grupos de estudiantes enmudecidos. Se hab铆an deshecho las filas; algunos corrieron a los ba帽os, otros rodeaban desesperadamente la cantina de Teobaldo. Javier, Raygada, Le贸n y yo quedamos inm贸viles.
—No tengan miedo —dije, pero nadie me oy贸 porque simult谩neamente hab铆a dicho el director:
—Toque el pito, Gallardo.
De nuevo se organizaron las hileras, esta vez con lentitud. El calor no era todav铆a excesivo, pero ya padec铆amos cierto sopor, una especie de aburrimiento. «Se cansaron» —murmur贸 Javier—. Malo. Y advirti贸, furioso:
—¡Cuidado con hablar!
Otros propagaron el aviso.
—No —dije—. Espera. Se pondr谩n como fieras apenas hable Ferrufino.
Pasaron algunos segundos de silencio, de sospechosa gravedad, antes de que fu茅ramos levantando la vista, uno por uno, hac铆a aquel hombrecito vestido de gris. Estaba con las manos enlazadas sobre el vientre, los pies juntos, quieto.
—No quiero saber qui茅n inici贸 este tumulto —recitaba. Un actor: el tono de su voz, pausado, suave, las palabras casi cordiales, su postura de estatua, eran cuidadosamente afectadas. ¿Habr铆a estado ensay谩ndose solo, en su despacho?
—Actos como 茅ste son una verg眉enza para ustedes, para el colegio y para m铆. He tenido mucha paciencia, demasiada, 贸iganlo bien, con el promotor de estos des贸rdenes, pero ha llegado al l铆mite…
¿Yo o Lu? Una interminable lengua de fuego lam铆a mi espalda, mi cuello, mis mejillas a medida que los ojos de toda la Media iban girando hasta encontrarme. ¿Me miraba Lu? ¿Ten铆a envidia? ¿Me miraban los coyotes? Desde atr谩s, alguien palme贸 mi brazo dos veces, alent谩ndome. El director habl贸 largamente sobre Dios, la disciplina y los valores supremos del esp铆ritu. Dijo que las puertas de la direcci贸n estaban siempre abiertas, que los valientes de verdad deb铆an dar la cara.
—Dar la cara —repiti贸; ahora era autoritario—, es decir, hablar de frente, hablarme a m铆.
—¡No seas imb茅cil! —dije, r谩pido—. ¡No seas imb茅cil!
Pero Raygada ya hab铆a levantado su mano al mismo tiempo que daba un paso a la izquierda, abandonando la formaci贸n. Una sonrisa complaciente cruz贸 la boca de Ferrufino y desapareci贸 de inmediato.
—Escucho, Raygada…—dijo.
A medida que 茅ste hablaba, sus palabras le inyectaban valor. Lleg贸 incluso, en un momento, a agitar sus brazos dram谩ticamente. Afirm贸 que no 茅ramos malos y que am谩bamos el colegio y a nuestros maestros, record贸 que la juventud era impulsiva. En nombre de todos, pidi贸 disculpas. Luego tartamude贸, pero sigui贸 adelante:
—Nosotros le pedimos, se帽or director, que ponga horarios de ex谩menes como en a帽os anteriores…
—Se call贸, asustado.
—Anote, Gallardo —dijo Ferrufino—. El alumno Raygada vendr谩 a estudiar la pr贸xima semana todos los d铆as, hasta las nueve de la noche.
—Hizo una pausa—El motivo figurar谩 en la libreta: por rebelarse contra una disposici贸n pedag贸gica.
—Se帽or director…—Raygada estaba l铆vido.
—Me parece justo —susurr贸 Javier—. Por bruto.
II
Un rayo de sol atravesaba el sucio tragaluz y ven铆a a acariciar mi frente y mis ojos, me invad铆a de paz. Sin embargo, mi coraz贸n estaba algo agitado y a ratos sent铆a ahogos. Faltaba media hora para la salida; la impaciencia de los muchachos hab铆a deca铆do un poco. ¿Responder铆an, despu茅s de todo?
—Si茅ntese, Montes —dijo el profesor Zambrano—. Es usted un asno.
—Nadie lo duda —afirm贸 Javier, a mi costado—. Es un asno.
¿Habr铆a llegado la consigna a todos los a帽os? No quer铆a martirizar de nuevo mi cerebro con suposiciones pesimistas, pero a cada momento ve铆a a Lu, a pocos metros de mi carpeta, y sent铆a desasosiego y duda, porque sab铆a que en el fondo iba a decidirse, no el horario de ex谩menes, ni siquiera una cuesti贸n de honor, sino una venganza personal. ¿C贸mo descuidar esta ocasi贸n feliz para atacar al enemigo que hab铆a bajado la guardia?
—Toma —dijo a mi lado, alguien—. Es de Lu.
«Acepto tomar el mando, contigo y Raygada». Lu hab铆a firmado dos veces. Entre sus nombres, como un peque帽o borr贸n, aparec铆a con la tinta brillante a煤n, un signo que todos respet谩bamos: la letra C, en may煤scula, encerrada en un c铆rculo negro. Lo mir茅: su frente y su boca eran estrechas; ten铆a los ojos rasgados, la piel hundida en las mejillas y la mand铆bula pronunciada y firme. Me observaba seriamente; acaso pensaba que la situaci贸n le exig铆a ser cordial.
En el mismo papel respond铆: «Con Javier». Ley贸 sin inmutarse y movi贸 la cabeza afirmativamente.
—Javier —dije.
—Ya s茅 —respondi贸—. Est谩 bien. Le haremos pasar un mal rato.
¿Al director o a Lu? Iba a pregunt谩rselo, pero me distrajo el silbato que anunciaba la salida. Simult谩neamente se elev贸 el griter铆o sobre nuestras cabezas, mezclado con el ruido de las carpetas removidas. Alguien —¿C贸rdoba, quiz谩? —silbaba con fuerza, como queriendo destacar.
—¿Ya saben? —dijo Raygada, en la fila—. Al Malec贸n.
—¡Qu茅 vivo! —exclam贸 uno—. Est谩 enterado hasta Ferrufino.
Sal铆amos por la puerta de atr谩s, un cuarto de hora despu茅s que la Primaria. Otros lo hab铆an hecho ya, y la mayor铆a de alumnos se hab铆a detenido en la calzada, formando peque帽os grupos. Discut铆an, bromeaban, se empujaban.
—Que nadie se quede por aqu铆 —dije.
—¡Conmigo los coyotes! —grit贸 Lu, orgulloso.
Veinte muchachos lo rodearon.
—Al Malec贸n —orden贸—, todos al Malec贸n.
Tomados de los brazos, en una l铆nea que un铆a las dos aceras, cerramos la marcha los de quinto, obligando a apresurarse a los menos entusiastas a codazos.
Una brisa tibia, que no lograba agitar los secos algarrobos ni nuestros cabellos, llevaba de un lado a otro la arena que cubr铆a a pedazos el suelo calcinado del Malec贸n. Hab铆an respondido. Ante nosotros —Lu, Javier, Raygada y yo—, que d谩bamos la espalda a la baranda y a los interminables arenales que comenzaban en la orilla contraria del cauce, una muchedumbre compacta, extendida a lo largo de toda la cuadra, se manten铆a serena, aunque a veces, aisladamente, se escuchaban gritos estridentes.
—¿Qui茅n habla? –pregunt贸 Javier.
—Yo —propuso Lu, listo para saltar a la baranda.
—No—dije—. Habla t煤, Javier.
Lu se contuvo y me mir贸, pero no estaba enojado.
—Bueno —dijo; y agreg贸, encogiendo los hombros—: ¡Total!
Javier trep贸. Con una de sus manos se apoyaba en un 谩rbol encorvado y reseco y con la otra se sosten铆a de mi cuello. Entre sus piernas, agitadas por un leve temblor que desaparec铆a a medida que el tono de su voz se hac铆a convincente y en茅rgico, ve铆a yo el seco y ardiente cauce del r铆o y pensaba en Lu y en los coyotes. Hab铆a sido suficiente apenas un segundo para que pasara a primer lugar; ahora ten铆a el mando y lo admiraban, a 茅l, ratita amarillenta que no hac铆a seis meses imploraba mi permiso para entrar en la banda. Un descuido infinitamente peque帽o, y luego la sangre, corriendo en abundancia por mi rostro y mi cuello, y mis brazos y piernas inmovilizadas bajo la claridad lunar, incapaces ya de responder a sus pu帽os.
—Te he ganado —dijo, resollando—. Ahora soy el jefe. As铆 acordamos.
Ninguna de las sombras estiradas en c铆rculo en la blanda arena, se hab铆a movido. S贸lo los sapos y los grillos respond铆an a Lu, que me insultaba. Tendido todav铆a sobre el c谩lido suelo, atin茅 a gritar:
—Me retiro de la banda. Formar茅 otra, mucho mejor.
Pero yo y Lu y los coyotes que continuaban agazapados en la sombra, sab铆amos que no era verdad.
—Me retiro yo tambi茅n —dijo Javier.
Me ayudaba a levantarme. Regresamos a la ciudad, y mientras camin谩bamos por las calles vac铆as, yo iba limpi谩ndome con el pa帽uelo de Javier la sangre y las l谩grimas.
—Habla t煤 ahora —dijo Javier. Hab铆a bajado y algunos lo aplaud铆an.
—Bueno —repuse y sub铆 a la baranda.
Ni las paredes del fondo, ni los cuerpos de mis compa帽eros hac铆an sombra. Ten铆a las manos h煤medas y cre铆 que eran los nervios, pero era el calor. El sol estaba en el centro del cielo; nos sofocaba. Los ojos de mis compa帽eros no llegaban a los m铆os: miraban el suelo y mis rodillas. Guardaban silencio. El sol me proteg铆a.
—Pediremos al director que ponga el horario de ex谩menes, lo mismo que otros a帽os. Raygada, Javier, Lu y yo formamos la Comisi贸n. La Media est谩 de acuerdo, ¿no es verdad?
La mayor铆a asinti贸, moviendo la cabeza. Unos cuantos gritaron: «S铆», «S铆».
—Lo haremos ahora mismo —dije—. Ustedes nos esperar谩n en la Plaza Merino.
Echamos a andar. La puerta principal del colegio estaba cerrada. Tocamos con fuerza; escuch谩bamos a nuestra espalda un murmullo creciente. Abri贸 el inspector Gallardo.
—¿Est谩n locos? —dijo—. No hagan eso.
—No se meta —lo interrumpi贸 Lu—. ¿Cree que el serrano nos da miedo?
—Pasen —dijo Gallardo—. Ya ver谩n.
III
Sus ojillos nos observaban minuciosamente. Quer铆a aparentar sorna y despreocupaci贸n, pero no ignor谩bamos que su sonrisa era forzada y que en el fondo de ese cuerpo rechoncho hab铆a temor y odio. Frunc铆a y despejaba el ce帽o, el sudor brotaba a chorros de sus peque帽as manos moradas. Estaba tr茅mulo:
—¿Saben ustedes c贸mo se llama esto? Se llama rebeli贸n, insurrecci贸n. ¿Creen ustedes que voy a someterme a los caprichos de unos ociosos? Las insolencias las aplasto…
Bajaba y sub铆a la voz. Lo ve铆a esforzarse por no gritar. «¿Por qu茅 no revientas de una vez?, pens茅. ¡Cobarde!».
Se hab铆a parado. Una mancha gris flotaba en torno de sus manos, apoyadas sobre el vidrio del escritorio. De pronto su voz ascendi贸, se volvi贸 谩spera:
—¡Fuera! Quien vuelva a mencionar los ex谩menes ser谩 castigado.
Antes que Javier o yo pudi茅ramos hacerle una se帽al, apareci贸 entonces el verdadero Lu, el de los asaltos nocturnos a las rancher铆as de la Tablada, el de los combates contra los zorros en los m茅danos.
—Se帽or director…
No me volv铆 a mirarlo. Sus ojos oblicuos estar铆an despidiendo fuego y violencia, como cuando luchamos en el seco cauce del r铆o. Ahora tendr铆a tambi茅n muy abierta su boca llena de babas, mostrar铆a sus dientes amarillos.
—Tampoco nosotros podemos aceptar que nos jalen a todos porque usted quiere que no haya horarios. ¿Por qu茅 quiere que todos saquemos notas bajas? ¿Por qu茅…?
Ferrufino se hab铆a acercado. Casi lo tocaba con su cuerpo. Lu, p谩lido, aterrado, continuaba hablando:
—… estamos ya cansados…
—¡C谩llate!
El director hab铆a levantado los brazos y sus pu帽os estrujaban algo.
—¡C谩llate! —repiti贸 con ira—. ¡C谩llate, animal! ¡C贸mo te atreves!
Lu estaba ya callado, pero miraba a Ferrufino a los ojos como si fuera a saltar s煤bitamente sobre su cuello: «Son iguales, pens茅. Dos perros».
—De modo que has aprendido de 茅ste.
Su dedo apuntaba a mi frente. Me mord铆 el labio: pronto sent铆 que recorr铆a mi lengua un hilito caliente y eso me calm贸.
—¡Fuera! —grit贸 de nuevo—. ¡Fuera de aqu铆! Les pesar谩.
Salimos. Hasta el borde de los escalones que vinculaban el colegio San Miguel con la Plaza Merino se extend铆a una multitud inm贸vil y anhelante. Nuestros compa帽eros hab铆an invadido los peque帽os jardines y la fuente; estaban silenciosos y angustiados. Extra帽amente, entre la mancha clara y est谩tica aparec铆an blancos, diminutos rect谩ngulos que nadie pisaba. Las cabezas parec铆an iguales, uniformes, como en la formaci贸n para el desfile. Atravesamos la plaza. Nadie nos interrog贸; se hac铆an a un lado, dej谩ndonos paso y apretaban los labios. Hasta que pisamos la avenida, se mantuvieron en su lugar. Luego, siguiendo una consigna que nadie hab铆a impartido, caminaron tras de nosotros, al paso sin comp谩s, como para ir a clases.
El pavimento herv铆a, parec铆a un espejo que el sol iba disolviendo. «¿Ser谩 verdad?», pens茅. Una noche calurosa y desierta me lo hab铆an contado, en esta misma avenida, y no lo cre铆. Pero los peri贸dicos dec铆an que el sol, en algunos apartados lugares, volv铆a locos a los hombres y a veces los mataba.
—Javier —pregunt茅—. ¿T煤 viste que el huevo se fre铆a solo, en la pista?
Sorprendido, movi贸 la cabeza.
—No. Me lo contaron.
—¿Ser谩 verdad?
—Quiz谩s. Ahora podr铆amos hacer la prueba. El suelo arde, parece un brasero.
En la puerta de La Reina apareci贸 Alberto. Su pelo rubio brillaba hermosamente: parec铆a de oro. Agit贸 su mano derecha, cordial. Ten铆a muy abiertos sus enormes ojos verdes y sonre铆a, Tendr铆a curiosidad por saber a d贸nde marchaba esa multitud uniformada y silenciosa, bajo el rudo calor.
—¿Vienes despu茅s? —me grit贸.
—No puedo. Nos veremos a la noche.
—Es un imb茅cil —dijo Javier—. Es un borracho.
—No —afirm茅—. Es mi amigo. Es un buen muchacho.
IV
—D茅jame hablar, Lu —le ped铆, procurando ser suave. Pero ya nadie pod铆a contenerlo. Estaba parado en la baranda, bajo las ramas del seco algarrobo: manten铆a admirablemente el equilibrio y su piel y su rostro recordaban un lagarto.
—¡No! —dijo agresivamente—. Voy a hablar yo.
Hice una se帽a a Javier. Nos acercamos a Lu y apresamos sus piernas. Pero logr贸 tomarse a tiempo del 谩rbol y zafar su pierna derecha de mis brazos; rechazado por un fuerte puntapi茅 en el hombro tres pasos atr谩s, vi a Javier enlazar velozmente a Lu de las rodillas, y alzar su rostro y desafiarlo con sus ojos que her铆a el sol salvajemente.
—¡No le pegues! —grit茅. Se contuvo, temblando, mientras Lu comenzaba a chillar:
—¿Saben ustedes lo que nos dijo el director? Nos insult贸, nos trat贸 como a bestias. No le da su gana de poner los horarios porque quiere fregarnos. Jalar a todo el colegio y no le importa. Es un…
Ocup谩bamos el mismo lugar que antes y las torcidas filas de muchachos comenzaban a cimbrearse. Casi toda la Media continuaba presente. Con el calor y cada palabra de Lu crec铆a la indignaci贸n de los alumnos. Se enardec铆an.
—Sabemos que nos odia. No nos entendemos con 茅l. Desde que lleg贸, el colegio no es un colegio. Insulta, pega. Encima quiere jalarnos en los ex谩menes.
Una voz aguda y an贸nima lo interrumpi贸:
—¿A qui茅n le ha pegado?
Lu dud贸 un instante. Estall贸 de nuevo:
—¿A qui茅n? —desafi贸— ¡Ar茅valo, que te vean todos la espalda!
Entre murmullos, surgi贸 Ar茅valo del centro de la masa. Estaba p谩lido. Era un coyote. Lleg贸 hasta Lu y descubri贸 su pecho y espalda. Sobre sus costillas, aparec铆a una gruesa franja roja.
—¡Esto es Ferrufino! —La mano de Lu mostraba la marca mientras sus ojos escrutaban los rostros at贸nitos de los m谩s inmediatos. Tumultuosamente, el mar humano se estrech贸 en torno a nosotros; todos pugnaban por acercarse a Ar茅valo y nadie o铆a a Lu, ni a Javier y Raygada que ped铆an calma, ni a m铆, que gritaba: «¡es mentira! —no le hagan caso —¡es mentira!». La marea me alej贸 de la baranda y de Lu. Estaba ahogado. Logr茅 abrirme camino hasta salir del tumulto. Desanud茅 mi corbata y tom茅 aire con la boca abierta y los brazos en alto, lentamente, hasta sentir que mi coraz贸n recuperaba su ritmo.
Raygada estaba junto a m铆. Indignado, me pregunt贸:
—¿Cu谩ndo fue lo de Ar茅valo?
—Nunca.
—¿C贸mo?
Hasta 茅l, siempre sereno, hab铆a sido conquistado. Las aletas de su nariz palpitaban vivamente y ten铆a apretados los pu帽os.
—Nada —dije—, no s茅 cu谩ndo fue.
Lu esper贸 que decayera un poco la excitaci贸n. Luego, levantando su voz sobre las protestas dispersas:
—¿Ferrufino nos va a ganar? —pregunt贸 a gritos; su pu帽o col茅rico amenazaba a los alumnos—. ¿Nos va a ganar? ¡Resp贸ndanme!
—¡No! —prorrumpieron quinientos o m谩s—. ¡No! ¡No!
Estremecido por el esfuerzo que le impon铆an sus chillidos, Lu se balanceaba victorioso sobre la baranda.
—Que nadie entre al colegio hasta que aparezcan los horarios de ex谩menes. Es justo. Tenemos derecho. Y tampoco dejaremos entrar a la Primaria.
Su voz agresiva se perdi贸 entre los gritos. Frente a m铆, en la masa erizada de brazos que agitaban jubilosamente centenares de boinas a lo alto, no distingu铆 uno solo que permaneciera indiferente o adverso.
—¿Qu茅 hacemos?
Javier quer铆a demostrar tranquilidad. Pero sus pupilas brillaban.
—Est谩 bien —dije—. Lu tiene raz贸n. Vamos a ayudarlo.
Corr铆 hac铆a la baranda y trep茅.
—Adviertan a los de Primaria que no hay clases a la tarde —dije—. Pueden irse ahora. Qu茅dense los de quinto y los de cuarto para rodear el colegio.
—Y tambi茅n los coyotes —concluy贸 Lu, feliz.
VII
—Tengo hambre —dijo Javier.
El calor hab铆a atenuado. En el 煤nico banco 煤til de la Plaza Merino recib铆amos los rayos de sol, filtrados f谩cilmente a trav茅s de unas cuantas gasas que hab铆an aparecido en el cielo, pero casi ninguno transpiraba.
Le贸n se frotaba las manos y sonre铆a: estaba inquieto.
—No tiembles —dijo Amaya—. Est谩s grandazo para tenerle miedo a Ferrufino.
—¡Cuidado! —La cara de mono de Le贸n hab铆a enrojecido y su ment贸n sobresal铆a—. ¡Cuidado, Amaya! —Estaba de pie.
—No peleen —dijo Raygada tranquilamente—. Nadie tiene miedo. Ser铆a un imb茅cil.
—Demos una vuelta por atr谩s —propuse a Javier.
Contorneamos el colegio, caminando por el centro de la calle. Las altas ventanas estaban entreabiertas y no se ve铆a a nadie tras ellas, ni se escuchaba ruido alguno.
—Est谩n almorzando —dijo Javier.
—S铆. Claro.
En la vereda opuesta, se alzaba la puerta principal del Salesiano. Los medios internos estaban apostados en el techo, observ谩ndonos. Sin duda, hab铆an sido informados.
—¡Qu茅 muchachos valientes! —se burl贸 alguien.
Javier los insult贸. Respondi贸 una lluvia de amenazas. Algunos escupieron, pero sin acertar. Hubo risas. «Se mueren de envidia», murmur贸 Javier.
En la esquina vimos a Lu. Estaba sentado en la vereda, solo, y miraba distra铆damente la pista. Nos vio y camin贸 hac铆a nosotros. Parec铆a contento.
—Vinieron dos churres de primero —dijo—. Los mandamos a jugar al r铆o.
—¿S铆? —dijo Javier—. Espera media hora y ver谩s. Se va a armar el gran esc谩ndalo.
Lu y los coyotes custodiaban la puerta trasera del colegio. Estaban repartidos entre las esquinas de las calles Lima y Arequipa. Cuando llegamos al umbral del callej贸n, conversaban en grupo y re铆an. Todos llevaban palos y piedras.
—As铆 no —dije—. Si les pegan, los churres van a querer entrar de todos modos.
Lu rio.
—Ya ver谩n. Por esta puerta no entra nadie.
Tambi茅n 茅l ten铆a un garrote que ocultaba hasta entonces con su cuerpo. Nos lo ense帽贸, agit谩ndolo.
—¿Y por all谩? —pregunt贸.
—Todav铆a nada.
A nuestra espalda, alguien voceaba nuestros nombres. Era Raygada: ven铆a corriendo y nos llamaba agitando la mano fren茅ticamente. «Ya llegan, ya llegan —dijo, con ansiedad—. Vengan». Se detuvo de golpe diez metros antes de alcanzarnos. Dio media vuelta y regres贸 a toda carrera. Estaba excitad铆simo. Javier y yo tambi茅n corrimos. Lu nos grit贸 algo del r铆o. «¿El r铆o?, pens茅. No existe. ¿Por qu茅 todo el mundo habla del r铆o si s贸lo baja el agua un mes al a帽o?». Javier corr铆a a mi lado, resoplando.
—¿Podremos contenerlos?
—¿Qu茅? —Le costaba trabajo abrir la boca, se fatigaba m谩s.
—¿Podremos contener a la Primaria?
—Creo que s铆. Todo depende.
—Mira.
En el centro de la Plaza, junto a la fuente, Le贸n, Amaya y Raygada hablaban con un grupo de peque帽os, cinco o seis. La situaci贸n parec铆a tranquila.
—Repito —dec铆a Raygada, con la lengua afuera—. V谩yanse al r铆o. No hay clases, no hay clases. ¿Est谩 claro? ¿O paso una pel铆cula?
—Eso —dijo uno, de nariz respingada—. Que sea en colores.
—Miren —les dije—. Hoy no entra nadie al colegio. Nos vamos al r铆o. Jugaremos f煤tbol: Primaria contra Media. ¿De acuerdo?
—Ja, ja —rio el de la nariz, con suficiencia—. Les ganamos. Somos m谩s.
—Ya veremos. Vayan para all谩.
—No quiero —replic贸 una voz atrevida—. Yo voy al colegio.
Era un muchacho de cuarto, delgado y p谩lido. Su largo cuello emerg铆a como un palo de escoba de la camisa comando, demasiado ancha para 茅l. Era brigadier de a帽o. Inquieto por su audacia, dio unos pasos hac铆a atr谩s. Le贸n corri贸 y lo tom贸 de un brazo.
—¿No has entendido? —Hab铆a acercado su cara a la del chiquillo y le gritaba. ¿De qu茅 diablos se asustaba Le贸n?
—¿No has entendido, churre? No entra nadie. Ya, vamos, camina.
—No lo empujes —dije—. Va a ir solo.
—¡No voy! —grit贸—. Ten铆a el rostro levantado hac铆a Le贸n, lo miraba con furia—. ¡No voy! No quiero huelga.
—¡C谩llate, imb茅cil! ¿Qui茅n quiere huelga? —Le贸n parec铆a muy nervioso. Apretaba con todas sus fuerzas el brazo del brigadier. Sus compa帽eros observaban la escena, divertidos.
—¡Nos pueden expulsar! —El brigadier se dirig铆a a los peque帽os, se lo notaba atemorizado y col茅rico—. Ellos quieren huelga porque no les van a poner horario, les van a tomar los ex谩menes de repente, sin que sepan cu谩ndo. ¿Creen que no s茅? ¡Nos pueden expulsar! Vamos al colegio, muchachos.
Hubo un movimiento de sorpresa entre los chiquillos. Se miraban ya sin sonre铆r, mientras el otro segu铆a chillando que nos iban a expulsar. Lloraba.
—¡No le pegues! —grit茅, demasiado tarde. Le贸n lo hab铆a golpeado en la cara, no muy fuerte, pero el chico se puso a patalear y a gritar.
—Pareces un chivo —advirti贸 alguien.
Mir茅 a Javier. Ya hab铆a corrido. Lo levant贸 y se lo ech贸 a los hombros como un fardo. Se alej贸 con 茅l. Lo siguieron varios, riendo a carcajadas.
—¡Al r铆o! —grit贸 Raygada. Javier escuch贸 porque lo vimos doblar con su carga por la avenida S谩nchez Cerro, camino al Malec贸n.
El grupo que nos rodeaba iba creciendo. Sentados en los sardineles y en los bancos rotos, y los dem谩s transitando aburridamente por los peque帽os senderos asfaltados del parque, nadie, felizmente, intentaba ingresar al colegio. Repartidos en parejas, los diez encargados de custodiar la puerta principal, trat谩bamos de entusiasmarlos: «tienen que poner los horarios, porque si no, nos friegan. Y a ustedes tambi茅n, cuando les toque».
—Siguen llegando —me dijo Raygada—. Somos pocos. Nos pueden aplastar, si quieren.
—Si los entretenemos diez minutos, se acab贸 —dijo Le贸n—. Vendr谩 la Media y entonces los corremos al r铆o a patadas.
De pronto, un chico grit贸 convulsionado:
—¡Tienen raz贸n! ¡Ellos tienen raz贸n! —Y dirigi茅ndose a nosotros, con aire dram谩tico—: Estoy con ustedes.
—¡Buena! ¡Muy bien! —lo aplaudimos—. Eres un hombre.
Palmeamos su espalda, lo abrazamos.
El ejemplo cundi贸. Alguien dio un grito: «Yo tambi茅n». «Ustedes tienen raz贸n». Comenzaron a discutir entre ellos. Nosotros alent谩bamos a los m谩s excitados halag谩ndolos: «Bien, churre. No eres ning煤n marica».
Raygada se encaram贸 sobre la fuente. Ten铆a la boina en la mano derecha y la agitaba, suavemente.
—Lleguemos a un acuerdo —exclam贸—. ¿Todos unidos?
Lo rodearon. Segu铆an llegando grupos de alumnos, algunos de quinto de Media; con ellos formamos una muralla, entre la fuente y la puerta del colegio, mientras Raygada hablaba.
—Esto se llama solidaridad —dec铆a—. Solidaridad.
—Se call贸 como si hubiera terminado, pero un segundo despu茅s abri贸 los brazos y clam贸—: ¡No dejaremos que se cometa un abuso!
Lo aplaudieron.
—Vamos al r铆o —dije—. Todos.
—Bueno. Ustedes tambi茅n.
—Nosotros vamos despu茅s.
—Todos juntos o ninguno —repuso la misma voz. Nadie se movi贸.
Javier regresaba. Ven铆a solo.
—Esos est谩n tranquilos —dijo—. Le han quitado el burro a una mujer. Juegan de lo lindo.
—La hora —pidi贸 Le贸n—. D铆game alguien qu茅 hora es.
Eran las dos.
—A las dos y media nos vamos —dije—. Basta que se quede uno para avisar a los retrasados.
Los que llegaban se sumerg铆an en la masa de chiquillos. Se dejaban convencer r谩pidamente.
—Es peligroso –dijo Javier. Hablaba de una manera rara: ¿tendr铆a miedo?
—Es peligroso. Ya sabemos qu茅 va a pasar si al director se le antoja salir. Antes que hable, estaremos en las clases.
—S铆 —dije—. Que comiencen a irse. Hay que animarlos.
Pero nadie quer铆a moverse. Hab铆a tensi贸n, se esperaba que, de un momento a otro, ocurriera algo. Le贸n estaba a mi lado.
—Los de Media han cumplido —dijo—. F铆jate. S贸lo han venido los encargados de las puertas.
Apenas un momento despu茅s, vimos que llegaban los de Media, en grandes corrillos que se mezclaban con las olas de chiquillos. Hac铆an bromas. Javier se enfureci贸:
—¿Y ustedes? —dijo—. ¿Qu茅 hacen aqu铆? ¿A qu茅 han venido?
Se dirig铆a a los que estaban m谩s cerca de nosotros; al frente de ellos iba Antenor, brigadier de segundo de Media.
—¡Gu谩! —Antenor parec铆a muy sorprendido—. ¿Acaso vamos a entrar? Venimos a ayudarlos.
Javier salt贸 hac铆a 茅l, lo agarr贸 del cuello.
—¡Ayudarnos! ¿Y los uniformes? ¿Y los libros?
—Calla —dije—. Su茅ltalo. Nada de peleas. Diez minutos y nos vamos al r铆o. Ha llegado casi todo el colegio.
La Plaza estaba totalmente cubierta. Los estudiantes se manten铆an tranquilos, sin discutir. Algunos fumaban. Por la avenida S谩nchez Cerro pasaban muchos carros, que disminu铆an la velocidad al cruzar la Plaza Merino. De un cami贸n, un hombre nos salud贸 gritando:
—Buena, muchachos. No se dejen.
—¿Ves? —dijo Javier—. Toda la ciudad est谩 enterada. ¿Te imaginas la cara de Ferrufino?
—¡Las dos y media! —grit贸 Le贸n—. V谩monos. R谩pido, r谩pido.
Mir茅 mi reloj: faltaban cinco minutos.
—V谩monos —grit茅—. V谩monos al r铆o.
Algunos hicieron como que se mov铆an. Javier, Le贸n, Raygada y varios m谩s, gritando tambi茅n, comenzaron a empujar a unos y a otros. Una palabra se repet铆a sin cesar: «r铆o, r铆o, r铆o».
Lentamente, la multitud de muchachos principi贸 a agitarse. Dejamos de azuzarlos y, al callar nosotros, me sorprendi贸 por segunda vez en el d铆a, un silencio total. Me pon铆a nervioso. Lo romp铆:
—Los de Media, atr谩s —indiqu茅—. A la cola, formando fila…
A mi lado, alguien tir贸 al suelo un barquillo de helado, que salpic贸 mis zapatos. Enlazando los brazos, formamos un cintur贸n humano. Avanz谩bamos trabajosamente. Nadie se negaba, pero la marcha era lent铆sima. Una cabeza iba casi hundida en mi pecho. Se volvi贸: ¿c贸mo se llamaba? Sus ojos peque帽os eran cordiales.
—Tu padre te va a matar —dijo.
«Ah, pens茅. Mi vecino.»
—No —le dije—. En fin, ya veremos. Empuja.
Hab铆amos abandonado la Plaza. La gruesa columna ocupaba 铆ntegramente el ancho de la avenida. Por encima de las cabezas sin boinas, dos cuadras m谩s all谩, se ve铆a la baranda verde amarillenta y los grandes algarrobos de Malec贸n. Entre ellos, como puntitos blancos, los arenales.
El primero en escuchar fue Javier, que marchaba a mi lado. En sus estrechos ojos oscuros hab铆a sobresalto.
—¿Qu茅 pasa? —dije—. Dime.
Movi贸 la cabeza.
—¿Qu茅 pasa? —le grit茅—. ¿Qu茅 oyes?
Logr茅 ver en ese instante un muchacho uniformado que cruzaba velozmente la Plaza Merino hac铆a nosotros. Los gritos del reci茅n llegado se confundieron en mis o铆dos con el violento vocer铆o que se desat贸 en las apretadas columnas de chiquillos, parejo a un movimiento de confusi贸n. Los que march谩bamos en la 煤ltima hilera no entend铆amos bien. Tuvimos un segundo de desconcierto; aflojando los brazos, algunos se soltaron. Nos sentimos arrojados hac铆a atr谩s, separados. Sobre nosotros pasaban centenares de cuerpos, corriendo y gritando hist茅ricamente. «¿Qu茅 pasa?», grit茅 a Le贸n. Se帽al贸 algo con el dedo, sin dejar de correr. «Es Lu, dijeron a mi o铆do. Algo ha pasado all谩. Dicen que hay un l铆o». Ech茅 a correr.
En la bocacalle que se abr铆a a pocos metros de la puerta trasera del colegio, me detuve en seco. En ese momento era imposible ver: oleadas de uniformes aflu铆an de todos lados y cubr铆an la calle de gritos y cabezas descubiertas. De pronto, a unos quince pasos, encaramado sobre algo, divis茅 a Lu. Su cuerpo delgado se destacaba n铆tidamente en la sombra de la pared que lo sosten铆a. Estaba arrinconado y descargaba su garrote a todos lados. Entonces, entre el ruido, m谩s poderosa que la de quienes lo insultaban y retroced铆an para librarse de sus golpes, escuch茅 su voz:
—¿Qui茅n se acerca? —gritaba—. ¿Qui茅n se acerca?
Cuatro metros m谩s all谩, dos coyotes, rodeados tambi茅n, se defend铆an a palazos y hac铆an esfuerzos desesperados para romper el cerco y juntarse a Lu. Entre quienes los acosaban, vi rostros de Media. Algunos hab铆an conseguido piedras y se las arrojaban, aunque sin acercarse. A lo lejos, vi asimismo a otros dos de la banda, que corr铆an despavoridos: los persegu铆a un grupo de muchachos con palos.
—¡C谩lmense! ¡C谩lmense! Vamos al r铆o.
Una voz nac铆a a mi lado, angustiosamente.
Era Raygada. Parec铆a a punto de llorar.
—No seas idiota —dijo Javier. Se re铆a a carcajadas—. C谩llate, ¿no ves?
La puerta estaba abierta y por ella entraban los estudiantes a docenas, 谩vidamente. Continuaban llegando a la bocacalle nuevos compa帽eros, algunos se sumaban al grupo que rodeaba a Lu y los suyos. Hab铆an conseguido juntarse. Lu ten铆a la camisa abierta; asomaba su flaco pecho lampi帽o, sudoroso y brillante; un hilillo de sangre le corr铆a por la nariz y los labios. Escup铆a de cuando en cuando y miraba con odio a los que estaban m谩s pr贸ximos. 脷nicamente 茅l ten铆a levantado el palo, dispuesto a descargarlo. Los otros lo hab铆an bajado, exhaustos.
—¿Qui茅n se acerca? Quiero ver la cara de ese valiente.
A medida que entraban al colegio, iban poni茅ndose de cualquier modo las boinas y las insignias del a帽o. Poco a poco, comenz贸 a disolverse, entre injurias, el grupo que cercaba a Lu. Raygada me dio un codazo:
—Dijo que con su banda pod铆a derrotar a todo el colegio—. Hablaba con tristeza—. ¿Por qu茅 dejamos solo a este animal?
Raygada se alej贸. Desde la puerta nos hizo una se帽a, como dudando. Luego entr贸. Javier y yo nos acercamos a Lu. Temblaba de c贸lera.
—¿Por qu茅 no vinieron? —dijo, fren茅tico, levantando la voz—. ¿Por qu茅 no vinieron a ayudarnos? 脡ramos apenas ocho, porque los otros…
Ten铆a una vista extraordinaria y era flexible como un gato. Se ech贸 velozmente hac铆a atr谩s, mientras mi pu帽o apenas rozaba su oreja y luego, con el apoyo de todo su cuerpo, hizo dar una curva en el aire a su garrote. Recib铆 en el pecho el impacto y me tambale茅. Javier se puso en medio.
—Ac谩 no —dijo—. Vamos al Malec贸n.
—Vamos —dijo Lu—. Te voy a ense帽ar otra vez.
—Ya veremos —dije—. Vamos.
Caminamos media cuadra, despacio, porque mis piernas vacilaban. En la esquina nos detuvo Le贸n.
—No peleen —dijo—. No vale la pena. Vamos al colegio. Tenemos que estar unidos.
Lu me miraba con sus ojos semicerrados. Parec铆a inc贸modo.
—¿Por qu茅 les pegaste a los churres? —le dije—. ¿Sabes lo que nos va a pasar ahora a ti y a m铆?
No respondi贸 ni hizo ning煤n gesto. Se hab铆a calmado del todo y ten铆a la cabeza baja.
—Contesta, Lu —insist铆—. ¿Sabes?
—Est谩 bien —dijo Le贸n—. Trataremos de ayudarlos. Dense la mano.
Lu levant贸 el rostro y me mir贸, apenado. Al sentir su mano entre las m铆as, la not茅 suave y delicada, y record茅 que era la primera vez que nos salud谩bamos de ese modo. Dimos media vuelta, caminamos en fila hac铆a el colegio. Sent铆 un brazo en el hombro. Era Javier.
Mercurio Peruano, 1957

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