El crimen del otro - Horacio Quiroga - Amantes de la literatura

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8.01.2025

El crimen del otro - Horacio Quiroga


Horacio Quiroga

El crimen del otro es un cuento del escritor uruguayo Horacio Quiroga, publicado en 1904, es tanto un homenaje como una parodia de la obra del escritor estadounidense Edgar Allan Poe. Relata la amistad entre dos j贸venes que comparten una intensa afici贸n por los cuentos del autor norteamericano. En largas sesiones de lectura y discusiones exaltadas, conversan sobre la locura, los sue帽os y sus personajes favoritos de Poe. Sin embargo, la admiraci贸n literaria pronto se vuelve obsesi贸n, y lo que comienza como entusiasmo compartido adquiere un car谩cter inquietante que termina por alterar profundamente su relaci贸n.

El crimen del otro
Horacio Quiroga
[Cuento completo]

La aventura que voy a contar data de cinco a帽os atr谩s. Yo sal铆a entonces de la adolescencia. Sin ser lo que se llama un nervioso, pose铆a en el m谩s alto grado la facultad de gesticular, arrastr谩ndome a veces a extremos de tal modo absurdos que llegu茅 a inspirar, mientras hablaba, verdaderos sobresaltos. Este desequilibrio entre mis ideas —las m谩s naturales posibles— y mis gestos —los m谩s alocados posibles— divert铆a a mis amigos, pero s贸lo a aquellos que estaban en el secreto de esas locuras sin igual. Hasta aqu铆 mis nerviosismos, y no siempre. Luego entra en acci贸n mi amigo Fortunato, sobre quien versa todo lo que voy a contar.

Poe era en aquella 茅poca el 煤nico autor que yo le铆a. Ese maldito loco hab铆a llegado a dominarme por completo; no hab铆a sobre la mesa un solo libro que no fuera de 茅l. Toda mi cabeza estaba llena de Poe, como si la hubieran vaciado en el molde de Ligeia. ¡Ligeia! ¡Qu茅 adoraci贸n ten铆a por este cuento! Todos e intensamente: Valdemar, que muri贸 siete meses despu茅s; Dupin, en procura de la carta robada; las Sras. de Espanaye, desesperadas en su cuarto piso; Berenice, muerta a traici贸n, todos, todos me eran familiares. Pero entre todos, el Tonel del Amontillado me hab铆a seducido como una cosa 铆ntima m铆a: Montresor, El Carnaval, Fortunato, me eran tan comunes que le铆a ese cuento sin nombrar ya a los personajes; y al mismo tiempo envidiaba tanto a Poe que me hubiera dejado cortar con gusto la mano derecha por escribir esa maravillosa intriga.  —Sentado en casa, en un rinc贸n, pas茅 m谩s de cuatro horas leyendo ese cuento con una fruici贸n en que entraba sin duda mucho de adverso para Fortunato. Dominaba todo el cuento, pero todo, todo, todo. Ni una sonrisa por ah铆, ni una premura en Fortunato se escapaba a mi perspicacia. ¿Qu茅 no sab铆a ya de Fortunato y su deplorable actitud?

A fines de diciembre le铆 a Fortunato algunos cuentos de Poe. Me escuch贸 amistosamente, con atenci贸n sin duda, pero a una legua de mi ardor. De aqu铆 que al cansancio que yo experiment茅 al final, no pudo compar谩rsele el de Fortunato, privado durante tres horas del entusiasmo que me sosten铆a.

Esta circunstancia de que mi amigo llevara el mismo nombre que el del h茅roe del Tonel del Amontillado me desilusion贸 al principio, por la vulgarizaci贸n de un nombre puramente literario; pero muy pronto me acostumbr茅 a nombrarle as铆, y aun me extralimitaba a veces llam谩ndole por cualquiera insignificancia: tan expl铆cito me parec铆a el nombre. Si no sab铆a el Tonel de memoria, no era ciertamente porque no lo hubiera o铆do hasta cansarse. A veces en el calor del delirio le llamaba a 茅l mismo Montresor, Fortunato, Luchesi, cualquier nombre de ese cuento: y esto produc铆a una indescriptible confusi贸n de la que no llegaba a coger el hilo en largo rato.

Dif铆cilmente me acuerdo del d铆a en que Fortunato me dio pruebas de un fuerte entusiasmo literario. Creo que a Poe pu茅dese sensatamente atribuir ese ins贸lito af谩n, cuyas consecuencias fueron exaltar a tal grado el 谩nimo de mi amigo que mis predilecciones eran un fr铆o desd茅n al lado de su fanatismo. ¿C贸mo la literatura de Poe lleg贸 a hacerse sensible en la ruda capacidad de Fortunato? Recordando, estoy dispuesto a creer que la resistencia de su sensibilidad, lucha diaria en que todo su organismo inconscientemente entraba en juego, fue motivo de sobra para ese desequilibrio, sobre todo en un ser tan profundamente inestable como Fortunato.

En una hermosa noche de verano se abri贸 a m铆 su alma en esta nueva faz. Est谩bamos en la azotea, sentados en sendos sillones de tela. La noche c谩lida y enervante favorec铆a nuestros proyectos de errabunda meditaci贸n. El aire estaba d茅bilmente oloroso por el gas de la usina pr贸xima. Debajo nuestro clareaba la luz tranquila de las l谩mparas tras los balcones abiertos. Hacia el este, en la bah铆a, los farolillos coloridos de los buques cargaban de cambiantes el agua muerta como un vasto terciopelo, f贸sforos luminosos que las olas mansas sosten铆an temblando, fijos y paralelos a lo lejos, rotos bajo los muelles. El mar, de azul profundo, susurraba en la orilla. Con las cabezas echadas atr谩s, las frentes sin una preocupaci贸n, so帽谩bamos bajo el gran cielo lleno de estrellas, cruzado solamente de lado a lado —en aquellas noches de evoluci贸n naval— por el brusco golpe de luz de un crucero en vigilancia.

—¡Qu茅 hermosa noche! —murmur贸 Fortunato—. Se siente uno m谩s irreal, leve y vagante como una boca de ni帽o que a煤n no ha aprendido a besar…

Gust贸 la frase, cerrando los ojos.

—El aspecto especial de esta noche —prosigui贸— tan quieta, me trae a la memoria la hora en que Poe llev贸 al altar y dio su mano a lady Rowena Tremani贸n, la de ojos azules y cabellos de oro, Tremani贸n de Tremaine. Igual fosforescencia en el cielo, igual olor a gas…

Medit贸 un momento. Volvi贸 la cabeza hacia m铆, sin mirarme:

—¿Se ha fijado en que Poe se sirve de la palabra locura, ah铆 donde su suelo es m谩s grande? En Ligeia est谩 doce veces.

No recordaba haberla visto tanto, y se lo hice notar.

—¡Bah! no es cuesti贸n de que la ponga tantas veces, sino de que en ciertas ocasiones, cuando va a subir muy alto, la frase ha hecho ya notar esa disculpa de locura que traer谩 consigo el vuelo de poes铆a.

Como no comprend铆a claramente, me puse de pie, encogi茅ndome de hombros. Comenc茅 a pasearme con las manos en los bolsillos. —No era la 煤nica vez que me hablaba as铆. Ya dos d铆as antes hab铆a pretendido arrastrarme a una interpretaci贸n tan novedosa de El Cameleopardo que hube de mirarle con atenci贸n, asustado de su carrera vertiginosa. Seguramente hab铆a llegado a sentir hondamente: ¡pero a costa de qu茅 peligros!

Al lado de ese franco entusiasmo, yo me sent铆a viejo, escudri帽ador y malicioso. Era en 茅l un desborde de gestos y ademanes, una cabeza l铆rica que no sab铆a ya c贸mo oprimir con la mano la frente que volaba. Hac铆a frases. Creo que nuestro caso se pod铆a resumir en la siguiente situaci贸n: —en un cuarto donde estuvi茅ramos con Poe y sus personajes, yo hablar铆a con 茅ste, de 茅stos, y en el fondo Fortunato y los h茅roes de las Historias extraordinarias charlar铆an entusiasmados de Poe. Cuando lo comprend铆 recobr茅 la calma, mientras Fortunato prosegu铆a su vagabundaje l铆rico sin ton ni son:

—Algunos triunfos de Poe consisten en despertar en nosotros viejas preocupaciones musculares, dar un car谩cter de excesiva importancia al movimiento, coger al vuelo un adem谩n cualquiera y desordenarlo insistentemente hasta que la constancia concluya por darle una vida bizarra.

—Perd贸n —le interrump铆—. Niego por lo pronto que el triunfo de Poe consista en eso. Despu茅s, supongo que el movimiento en s铆 debe ser la locura de la intenci贸n de moverse…

Esper茅 lleno de curiosidad su respuesta, atisb谩ndole con el rabo del ojo.

—No s茅 —me dijo de pronto con la voz velada como si el suave roc铆o que empezaba a caer hubiera llegado a su garganta—. Un perro que yo tengo sigue y ladra cuadras enteras a los carruajes. Como todos. Les inquieta el movimiento. Les sorprende tambi茅n que los carruajes sigan por su propia cuenta a los caballos. Estoy seguro de que si no obran y hablan racionalmente como nosotros, ello obedece a una falla de la voluntad. Sienten, piensan, pero no pueden querer. Estoy seguro.

¿Ad贸nde iba a llegar aquel muchacho, tan manso un mes atr谩s? Su frente estrecha y blanca se dirig铆a al cielo. Hablaba con tristeza, tan puro de imaginaci贸n que sent铆 una tibia fiebre de azuzarle. Suspir茅 hondamente:

—¡Oh Fortunato! —Y abr铆 los brazos al mar como una griega antigua.— Permanec铆 as铆 diez segundos, seguro de que iba a provocarle una repetici贸n infinita del mismo tema. En efecto, habl贸, habl贸 con el coraz贸n en la boca, habl贸 todo lo que despertaba en aquella encrespada cabeza. Antes le dije algo sobre la locura en t茅rminos generales. Creo que sobre la facultad de escapar milagrosamente al movimiento durante el sue帽o.

—El sue帽o —cogi贸 y sigui贸— o, m谩s bien dicho, el ensue帽o durante el sue帽o, es un estado de absoluta locura. Nada de conciencia, esto es, la facultad de presentarse a s铆 mismo lo contrario de lo que se est谩 pensando y admitirlo como posible. La tensi贸n nerviosa que rompe las pesadillas tendr铆a el mismo objeto que la ducha en los locos: el chorro de agua provoca esa tensi贸n nerviosa que llevar谩 al equilibrio, mientras en el ensue帽o esa misma tensi贸n quiebra, por decirlo as铆, el eje de la locura. En el fondo el caso es el mismo: prescindencia absoluta de oposici贸n. La oposici贸n es el otro lado de las cosas. De las dos conciencias que tienen las cosas, el loco o el so帽ador s贸lo ve una: la afirmativa o la negativa. Los cuerdos se acogen primero a la probabilidad, que es la conciencia loca de las cosas. Por otra parte, los sue帽os de los locos son perfectamente posibles. Y esta misma posibilidad es una locura, por dar car谩cter de realidad a esa inconsciencia: no la niega, la cree posible.

Hay casos sumamente curiosos. S茅 de un juicio donde el reo ten铆a en la parte contraria la acusaci贸n de un testigo del hecho. Le preguntaban: Vd. vio tal cosa? El testigo respond铆a: s铆. Ahora bien, la defensa alegaba que siendo el lenguaje una convenci贸n, era solamente posible que en el testigo la palabra s铆 expresara afirmaci贸n. Propon铆a al jurado examinar la curiosa adaptaci贸n de las preguntas al monos铆labo del testigo. En pos de 茅stas, hubiera sido imposible que el testigo dijera: no (entonces no ser铆a afirmaci贸n, que era lo 煤nico de que se trataba, etc., etc.).

¡Valiente Fortunato! Habl贸 todo esto sin respirar, firme con su palabra, los ojos seguros en que ard铆an como v铆rgenes todas estas castas locuras. Con las manos en los bolsillos, recostado en la balaustrada, le ve铆a discurrir. Miraba con profunda atenci贸n, eso s铆, un ligero v茅rtigo de cuando en cuando. Y a煤n creo que esta atenci贸n era m谩s bien una preocupaci贸n m铆a.

De repente levantamos la cabeza: el foco de un crucero azot贸 el cielo, barri贸 el mar, la bah铆a se puso clara con una l铆vida luz de tormenta, sacudi贸 el horizonte de nuevo, y puso en manifiesto a lo lejos, sobre el agua ardiente de esta帽o, la fila inm贸vil de acorazados.

Distra铆do, Fortunato permaneci贸 un momento sin hablar. Pero la locura, cuando se le estrujan los dedos, hace piruetas incre铆bles que dan v茅rtigos, y es fuerte como el amor y la muerte. Continu贸:

—La locura tiene tambi茅n sus mentiras convencionales y su pudor. No negar谩 Vd. que el empe帽o de los locos en probar su raz贸n sea una de aqu茅llas. Un escritor dice que tan ardua cosa es la raz贸n que aun para negarla es menester razonar. Aunque no recuerdo bien la frase, algo de ello es. Pero la conciencia de una meditaci贸n razonable s贸lo es posible recordando que 茅sta podr铆a no ser as铆. Habr铆a comparaci贸n, lo que no es posible trat谩ndose de una soluci贸n —uno de cuyos t茅rminos causales es reconocidamente loco. Ser铆a tal vez un proceso de idea absoluta. Pero bueno es recordar que los locos jam谩s tienen problemas o hallazgos: tienen ideas. —Continu贸 con aquella su sabidur铆a de maestro y de recuerdos despertados a saz贸n:

—En cuanto al pudor, es innegable. Yo conoc铆 un muchacho loco, hijo de un capit谩n, cuya sinraz贸n hab铆a dado en manifestarse como ciencia qu铆mica. Cont谩banme sus parientes que aqu茅l le铆a de un modo asombroso, escrib铆a p谩ginas inacabables, daba a entender, por monos铆labos y confidencias vagas, que hab铆a hallado la ineficacia cabal de la teor铆a at贸mica (creo que se refer铆a en especial a los 贸xidos de manganeso. Lo raro es que despu茅s se habl贸 seriamente de esas inconsecuencias del ox铆geno). El tal loco era perfectamente cuerdo en lo dem谩s, cerr谩ndose a las requisitorias enemigas por medio de silbidos, pst y levantamientos del bigote. Gozaba del triste privilegio de creer que cuantos con 茅l hablaban quer铆an robarle su secreto. De aqu铆 los prudentes silbidos que no afirmaban ni negaban nada.

Ahora bien, yo fui llamado una tarde para ver lo que de s贸lido hab铆a en esa desvariada raz贸n. Confieso que no pude orientarme un momento a trav茅s de su mirada de perfecto cuerdo, cuya 煤nica locura consist铆a entonces en silbar y extender suavemente el bigote, pobre cosa. Le habl茅 de todo, demostr茅 una ignorancia crasa para despertar su orgullo, llegu茅 hasta exponerle teor铆a tan extravagante y absurda que dud茅 si esa locura a alta presi贸n ser铆a capaz de ser comprendida por un simple loco. Nada hall茅. Respond铆a apenas: —es verdad… son cosas… pst… ideas… pst… pst… — Y aqu铆 estaban otra vez las ideas en toda su fuerza.

Desalentado le dej茅. Era imposible obtener nada de aquel fino diplom谩tico. Pero un d铆a volv铆 con nuevas fuerzas, dispuesto a dar a toda costa con el secreto de mi hombre. Le habl茅 de todo otra vez, no obten铆a nada. Al fin, al borde del cansancio, me di cuenta de pronto de que durante 茅sa y la anterior conferencia yo hab铆a estado muy acalorado con mi propio esfuerzo de investigaci贸n y habl茅 en demas铆a; hab铆a sido observado por el loco. Me calm茅 entonces y dej茅 de charlar. La cuesti贸n ces贸 y le ofrec铆 un cigarro. Al mirarme inclin谩ndose para cogerlo, me alis茅 los bigotes lo m谩s suavemente que me fue posible. Dirigi贸me una mirada de soslayo y movi贸 la cabeza sonriendo. Apart茅 la vista, mas atento a sus menores movimientos. Al rato no pudo menos que mirarme de nuevo, y yo a mi vez me sonre铆 sin dejar el bigote. El loco se seren贸 por fin y habl贸 todo lo que deseaba saber.

Yo hab铆a estado dispuesto a llegar hasta el silbido; pero con el bigote bast贸.

La noche continuaba en paz. Los ruidos se perd铆an en aislados estremecimientos, el rodar lejano de un carruaje, los cuartos de hora de una iglesia, un ¡oh茅! en el puerto. En el cielo puro las constelaciones ascend铆an; sent铆amos un poco de fr铆o. Como Fortunato parec铆a dispuesto a no hablar m谩s, me sub铆 el cuello del saco, frot茅 r谩pidamente las manos, y dej茅 caer como una bala perdida.

Era perfectamente loco.

Al otro lado de la calle, en la azotea, un gato negro caminaba tranquilamente por el pretil. Debajo nuestro dos personas pasaron. El ruido claro sobre el adoqu铆n me indic贸 que cambiaban de vereda, se alejaron hablando en voz baja. Me hab铆a sido necesario todo este tiempo para arrancar de mi cabeza un sinn煤mero de ideas que al m谩s insignificante movimiento se hubieran desordenado por completo. La vista fija se me iba. Fortunato decrec铆a, decrec铆a hasta convertirse en un rat贸n que yo miraba. El silbido desesperado de un tren expreso correspondi贸 exactamente a ese monstruoso rat贸n. Rodaba por mi cabeza una enorme distancia de tiempo y un pesad铆simo y vertiginoso girar de mundos. Tres llamas cruzaron por mis ojos, seguidas de tres dolorosas puntadas de cabeza. Al fin logr茅 sacudir eso y me volv铆:

—¿Vamos?

—Vamos. Me pareci贸 que ten铆a un poco de fr铆o.

Estoy seguro de que lo dijo sin intenci贸n: pero esta misma falta de intenci贸n me hizo temer no s茅 qu茅 horrible extrav铆o.

* * *

Esa noche, solo ya y calmado, pens茅 detenidamente. Fortunato me hab铆a trastornado, esto era verdad. Pero ¿me condujo 茅l al v茅rtigo en que me hab铆a enmara帽ado, dejando en las espinas, a guisa de c谩ndidos vellones de lana, cuatro o cinco ademanes r谩pidos que enseguida ocult茅? No lo creo. Fortunato hab铆a cambiado, su cerebro marchaba aprisa. Pero de esto al reconocimiento de mi superioridad hab铆a una legua de distancia. Este era el punto capital: yo pod铆a hacer mil locuras, dejarme arrebatar por una endemoniada l贸gica de gestos repetidos, dar en el blanco de una ocurrencia del momento y retorcerla hasta crear una verdad extra帽a, dejar de lado la m铆nima intenci贸n de cualquier movimiento vago y acogerse a la que podr铆a haberle dado un loco excesivamente detallista: todo esto y mucho m谩s pod铆a yo hacer. Pero en estos desenvolvimientos de una excesiva posesi贸n de s铆, virutas de torno que no imped铆an un centraje absoluto, Fortunato s贸lo pod铆a ver trastornos de sugesti贸n motivados por tal o cual ambiente propicio, de que 茅l se cre铆a sutil entrenador.

Pocos d铆as m谩s tarde me convenc铆 de ello. Pase谩bamos. Desde las cinco hab铆amos recorrido un largo trayecto —los muelles de Florida, las revueltas de los pasadizos, los puentes carboneros, la Universidad, el rompeolas que hab铆a de guardar las aguas tranquilas del puerto en construcci贸n, cuya tarjeta de acceso nos fue acordada gracias al recrudecimiento de amistad que en esos d铆as tuvimos con un amigo nuestro —ahora de luto— estudiante de ingenier铆a—. Fortunato gozaba esa tarde de una estabilidad perfecta, con todas sus nuevas locuras, eso s铆, pero tan en equilibrio como las del loco de un manicomio cualquiera. — Habl谩bamos de todo, los pa帽uelos en las manos, h煤medos de sudor. El mar sub铆a al horizonte, anaranjado en toda su extensi贸n: dos o tres nubes de amianto erraban por el cielo pur铆simo; hacia el Cerro de negro verdoso, el sol que acababa de trasponerlo circund谩balo de una aureola dorada.

Tres muchachos cazadores de cangrejos pasaron a lo largo del muro. Discutieron un rato. Dos continuaron la marcha saltando sobre las rocas con el pantal贸n a la rodilla; el otro se qued贸 tirando piedras al mar. Despu茅s de cierto tiempo exclam茅, como en conclusi贸n de alg煤n juicio interno provocado por la tal caza:

—Por ejemplo, bien pudiera ser que los cangrejos caminaran hacia atr谩s para acortar las distancias. Indudablemente el trayecto es m谩s corto.

No ten铆a deseos de descarrilarle. Dije eso por costumbre de dar vuelta a las cosas. Y Fortunato cometi贸 el lamentable error de tomar como locura m铆a lo que era entonces locura completamente del animal, y se dej贸 ir a corolarios por dem谩s sutiles y vanidosos.

Una semana despu茅s Fortunato cay贸. La llama que temblaba sobre 茅l se extingui贸, y de su aprendizaje inaudito, de aquel lindo cerebro desvariado que daba frutos amargos y jugosos como las plantas de un a帽o, no qued贸 sino una cabeza distendida y hueca, agotada en quince d铆as, tal como una muchacha que toc贸 demasiado pronto las ra铆ces de la voluptuosidad. Hablaba a煤n, pero disparataba. Si cog铆a a veces un hilo conductor, la misma inconsciente crispaci贸n de ahogado con que se sujetaba a 茅l, lo romp铆a. En vano trat茅 de encauzarle, haci茅ndole notar de pronto con el dedo extendido, y suspenso para lavar ese imperdonable olvido, el canto de un papel, una mancha diminuta del suelo. 脡l, que antes hubiera re铆do francamente conmigo, sintiendo la absoluta importancia de esas cosas as铆 vanidosamente aisladas, se ensa帽aba ahora de tal modo con ellas que les quitaba su car谩cter de belleza 煤nicamente moment谩nea y para nosotros.

Puesto as铆 fuera de carrera, el desequilibrio se acentu贸 en los d铆as siguientes. Hice un 煤ltimo esfuerzo para contener esa decadencia volviendo a Poe, causa de sus exageraciones. Pasaron los cuentos, Ligeia, El doble crimen. El gato. Yo le铆a, 茅l escuchaba. De vez en cuando le dirig铆a r谩pidas miradas: me devoraba constantemente con los ojos, en el m谩s santo entusiasmo.

No sinti贸 absolutamente nada, estoy seguro. Repet铆a la lecci贸n demasiado sabida, y pens茅 en aquella manera de ense帽ar a bailar a los osos, de que hablan los titiriteros avezados: Fortunato ajustaba perfectamente en el marco del organillo. Deseando tocarle con fuego, le pregunt茅, distra铆do y jugando con el libro en el aire:

—¿Qu茅 efecto cree Vd. que le causar铆a a un loco la lectura de Poe?

Locamente temi贸 una estratagema por el jugueteo con el libro, en que estaba puesta toda su penetraci贸n.

—No s茅. —Y repiti贸— no s茅, no s茅, no s茅 bastante acalorado.

—Sin embargo, tiene que gustarles. ¿No pasa eso con toda narraci贸n dram谩tica o de simple idea, ellos que demuestran tanta afici贸n a las especulaciones? Probablemente vi茅ndose instigados en cualquier Coraz贸n revelador se desencadenar谩n por completo.

—¡Oh, no! —suspir贸—. Lo probable es que todos creyeran ser autores de tales p谩ginas. O simplemente, tendr铆an miedo de quedarse locos. —Y se llev贸 la mano a la frente, con alma de h茅roe.

Suspend铆 mis juegos malabares. Con el rabo del ojo me enviaba una miradilla vanidosa. Pretend铆 afrontarlo y me desvi茅. Sent铆 una sensaci贸n de fr铆o adelgazamiento en los tobillos y el cuello, me pareci贸 que la corbata, floja, se me desprend铆a.

—¡Pero est谩 loco! —le grit茅 levant谩ndome con los brazos abiertos—, ¡est谩 loco! —grit茅 m谩s. Hubiera gritado mucho m谩s pero me equivoqu茅 y saqu茅 toda la lengua de costado. Ante mi actitud, se levant贸 evitando apenas un salto, me mir贸 de costado, acerc贸se a la mesa, me mir贸 de nuevo, movi贸 dos o tres libros, y fue a fijar cara y manos contra los vidrios, tocando el tambor.

Entretanto yo estaba ya tranquilo y le pregunt茅 algo. En vez de responderme francamente, dio vuelta un poco la cabeza y me mir贸 a hurtadillas, si bien con miedo, envalentonado por el anterior triunfo. Pero se equivoc贸. Ya no era tiempo, deb铆a haberlo conocido. Su cabeza, en pos de un momento de loca inteligencia dominadora, se hab铆a quebrado de nuevo.

* * *

Un mes sigui贸. Fortunato marchaba r谩pidamente a la locura, sin el consuelo de que 茅sta fuera uno de esos anonadamientos espirituales en que la facultad de hablar se convierte en una sencilla persecuci贸n animal de las palabras. Su locura iba derecha a un idiotismo craso, imbecilidad de negro que pasea todas las ma帽anas por los patios del manicomio su cara pintada de blanco. A ratos atare谩bame en apresurar la crisis, descarg谩ndome del pecho, a grandes maneras, dolores intolerables; sent谩ndome en una silla en el extremo opuesto del cuarto, dejaba caer sobre nosotros toda una larga tarde, seguro de que al crep煤sculo iba a concluir por no verme. Ten铆a avances. A veces gozaba haci茅ndose el muerto, ri茅ndose de ello hasta llorar. Dos o tres veces se le cay贸 la baba. Pero en los 煤ltimos d铆as de febrero lo acometi贸 un irreparable mutismo del que no pude sacarle por m谩s esfuerzos que hice. Me hall茅 entonces completamente abandonado. Fortunato se iba, y la rabia de quedarme solo me hac铆a pensar en exceso.

Una noche de 茅stas, le cog铆 del brazo para caminar. No s茅 ad贸nde 铆bamos, pero estaba content铆simo de poder conducirle. Me re铆a despacio sacudi茅ndole del brazo. 脡l me miraba y se re铆a tambi茅n, contento. Una vidriera, repleta de caretas por el inminente Carnaval, me hizo recordar un baile para los pr贸ximos d铆as de alegr铆a, de que la cu帽ada de Fortunato me hab铆a hablado con entusiasmo.

—Y Vd., Fortunato, ¿no se disfrazar谩?

—S铆, s铆.

—Entiendo que iremos juntos.

—Divinamente.

—¿Y de qu茅 se disfrazar谩?

—¿Me disfrazar茅?…

—Ya s茅 —agregu茅 bruscamente—, de Fortunato.

—¿Eh? —rompi贸 茅ste, enormemente divertido.

—S铆, de eso.

Y le arranqu茅 de la vidriera. Hab铆a hallado una soluci贸n a mi inevitable soledad, tan precisa, que mis temores sobre Fortunato se iban al viento como un pa帽uelo. ¿Me iban a quitar a Fortunato? Est谩 bien. ¿Yo me iba a quedar solo? Est谩 bien. ¿Fortunato no estaba a mi completa disposici贸n? Est谩 bien. Y sacud铆a en el aire mi cabeza tan feliz. Esta soluci贸n pod铆a tener algunos puntos dif铆ciles; pero de ella lo que me seduc铆a era su perfecta adaptaci贸n a una famosa intriga italiana, bien conocida m铆a, por cierto, y sobre todo la gran facilidad para llevarla a t茅rmino. Segu铆 a su lado sin incomodarle. Marchaba un poco detr谩s de 茅l, cuidando de evitar las junturas de las piedras para caminar debidamente; tan bien me sent铆a.

Una vez en la cama, no me mov铆, pensando con los ojos abiertos. En efecto, mi idea era 茅sta: hacer con Fortunato lo que Poe hizo con Fortunato. Emborracharle, llevarle a la cueva con cualquier pretexto, re铆rse como un loco… ¡Qu茅 luminoso momento hab铆a tenido! Los disfraces, los mismos nombres. Y el endemoniado gorro de cascabeles… Sobre todo: ¡qu茅 facilidad! Y por 煤ltimo un hallazgo divino: como Fortunato estaba loco, no ten铆a necesidad de emborracharlo.

…………………………………………..

A las tres de la ma帽ana supuse pr贸xima la hora. Fortunato, completamente entregado a galantes devaneos, paseaba del brazo a una extraviada Ofelia, cuya cola, en sus largos pasos de loca, barr铆a furiosamente el suelo. Nos detuvimos delante de la pareja.

—¡Y bien, querido amigo! ¿No es Vd. feliz en esta atm贸sfera de desbordante alegr铆a?

—S铆, feliz —repiti贸 Fortunato alborozado.

Le puse la mano sobre el coraz贸n:

—¡Feliz como todos nosotros!

El grupo se rompi贸 a fuerza de risas. Mi amplio adem谩n de teatro las hab铆a conquistado.

Continu茅:

—Ofelia r铆e, lo que es buena se帽al. Las flores son un fresco roc铆o para su frente. —Le cog铆 la mano y agregu茅: —¿no siente Vd. en mi mano la Raz贸n Pura? Ver谩 Vd. curar谩, y ser谩 otra en su ancho, pesado y melanc贸lico vestido blanco… Y a prop贸sito, querido Fortunato: ¿no le evoca a Vd. esta galante Ofelia una criatura bien semejante en cierto modo? F铆jese Vd. en el aire, los cabellos, la misma boca ideal, el mismo absurdo deseo de vivir s贸lo por la vida… perd贸n —conclu铆 volvi茅ndome—: son cosas que Fortunato conoce bien.

Fortunato me miraba asombrado, arrugando la frente. Me inclin茅 a su o铆do y le susurr茅 apret谩ndole la mano:

—¡De Ligeia, mi adorada Ligeia!

—¡Ah s铆, ah s铆! —y se fue. Huy贸 al trote, volviendo la cabeza con inquietud como los perros que oyen ladrar no se sabe d贸nde.

A las tres y media march谩bamos en direcci贸n a casa. Yo llevaba la cabeza clara y las manos fr铆as; Fortunato no caminaba bien. De repente se cay贸, y al ayudarle se resisti贸 tendido de espaldas. Estaba p谩lido, miraba ansiosamente a todos lados. De las comisuras de sus labios pendientes ca铆an fluidas babas. De pronto se ech贸 a re铆r. Le dej茅 hacer un rato, esperando fuera una pasajera crisis de que a煤n podr铆a volver. Pero hab铆a llegado el momento: estaba completamente loco, mudo y sentado ahora, los ojos a todos lados, llorando a la luz de la luna en gruesas, dolorosas e incesantes l谩grimas, su asombro de idiota.

Le levant茅 como pude y seguimos la calle desierta. Caminaba apoyado en mi hombro. Sus pies se hab铆an vuelto hacia adentro.

Estaba desconcertado. ¿C贸mo hallar el gusto de los tiernos consejos que pensaba darle a semejanza del otro, mientras le ense帽aba con prolija amistad mi s贸tano, mis paredes, mi humedad y mi libro de Poe, que ser铆a el tonel en cuesti贸n? No habr铆a nada, ni el terror al fin cuando se diera cuenta. Mi esperanza era que reaccionase, siquiera un momento para apreciar debidamente la distancia a que nos 铆bamos a hallar. Pero segu铆a lo mismo. En cierta calle una pareja pas贸 al lado nuestro, ella tan bien vestida que el alma antigua de Fortunato tuvo un tard铆o estremecimiento y volvi贸 la cabeza. Fue lo 煤ltimo. Por fin llegamos a casa. Abr铆 la puerta sin ruido, le sostuve heroicamente con un brazo mientras cerraba con el otro, atravesamos los dos patios y bajamos al s贸tano. Fortunato mir贸 todo atentamente y quiso sacarse el frac, no s茅 con qu茅 objeto.

En el s贸tano de casa hab铆a un ancho agujero rebotado, cuyo destino en otro tiempo ignoro del todo. Med铆a tres metros de profundidad por dos de di谩metro. En d铆as anteriores hab铆a amontonado en un rinc贸n gran cantidad de tablas y piedras, apto todo para cerrar herm茅ticamente una abertura. All铆 conduje a Fortunato, y all铆 trat茅 de descenderle. Pero cuando le cog铆 de la cintura se desasi贸 violentamente, mir谩ndome con terror. ¡Por fin!

Contento, me frot茅 las manos. Toda mi alma estaba otra vez conmigo. Me acerqu茅 sonriendo y le dije al o铆do, con cuanta suavidad me fue posible:

—¡Es el pozo, mi querido Fortunato!

Me mir贸 con desconfianza, escondiendo las manos.

—¡Es el pozo… el pozo, querido amigo!

Entonces una luz p谩lida le ilumin贸 los ojos. Tom贸 de mi mano la vela, se acerc贸 cautelosamente al hueco, estir贸 el cuello y trat贸 de ver el fondo. Se volvi贸, interrogante.

—¡El pozo! —conclu铆 abriendo los brazos. Su vista sigui贸 mi adem谩n.

—¡Ah, no! me re铆 entonces, y le expres茅 claramente bajando las manos:

—¡El pozo!

Era bastante. Esta concreta idea, el pozo, concluy贸 por entrar en su cerebro completamente aislada y pura. La hizo suya: era el pozo. Fue feliz del todo.

Nada me quedaba casi por hacer. Le ayud茅 a bajar, y aproxim茅 mi seudo cemento. En pos de cada acci贸n acercaba la vela y le miraba. Fortunato se hab铆a acurrucado, completamente satisfecho. Una vez me chist贸.

—¿Eh? —me inclin茅. Levant贸 el dedo sagaz y lo baj贸 perpendicularmente. Comprend铆 y nos re铆mos con toda el alma.

De pronto me vino un recuerdo y me asom茅 r谩pidamente:

—¿Y el nitro? —Call茅 enseguida. En un momento ech茅 encima las tablas y piedras. Ya estaba cerrado el pozo y Fortunato dentro. Me sent茅 entonces, coloqu茅 la vela al lado y como El Otro, esper茅.

—¡Fortunato!

Nada: ¿Sentir铆a?

M谩s fuerte.

—¡Fortunato!

Y un grito sordo, pero horrible, subi贸 del fondo del pozo. Di un salto, y comprend铆 entonces, pero locamente, la precauci贸n de Poe al llevar la espada consigo. Busqu茅 una arma desesperadamente: no hab铆a ninguna. Cog铆 la vela y la estrell茅 contra el suelo. Otro grito subi贸, pero m谩s horrible. A mi vez aull茅:

—¡Por el Amor de Dios!

No hubo ni un eco. A煤n subi贸 otro grito y sal铆 corriendo y en la calle corr铆 dos cuadras. Al fin, me detuve, la cabeza zumbando.

¡Ah, cierto! Fortunato estaba metido dentro de su agujero y gritaba. ¿Habr铆a filtraciones?… Seguramente en el 煤ltimo momento palp贸 claramente lo que se estaba haciendo… ¡Qu茅 facilidad para encerrarlo! El pozo… era su pasi贸n. El otro Fortunato hab铆a gritado tambi茅n. Todos gritan porque se dan cuenta de sobra. —Lo curioso es que uno anda m谩s ligero que ellos…

Caminaba con la cabeza alta, dej谩ndome ir a ensue帽os en que Fortunato lograba salir de su escondrijo y me persegu铆a con iguales acechanzas… ¡Qu茅 sonrisa m谩s franca la suya!… Prest茅 o铆do… ¡Bah! buena hab铆a sido la idea de quien hizo el agujero. Y despu茅s la vela…

Eran las cuatro. En el centro barr铆an a煤n las 煤ltimas m谩quinas. Sobre las calles claras la luna muerta descend铆a. De las casas dormidas quien sabe por qu茅 tiempo, de las ventanas cerradas, ca铆a un vasto silencio. Y continu茅 mi marcha gozando las 煤ltimas aventuras con una fruici贸n tal que no ser铆a extra帽o que yo a mi vez estuviera un poco loco.

FIN

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