«¿Edgar Allan Poe podr铆a vender sus historias si escribiera hoy en d铆a? Esta es una pregunta que por mucho tiempo ha intrigado a editores, autores, lectores y cr铆ticos de fantas铆a. Es una pregunta que he buscado responder de la 煤nica manera posible… escribiendo una historia de Poe de la manera que el mismo Poe podr铆a haberla escrito. No pretendo tener un d茅cimo de su talento o un d茅cimo de su genio... pero me he propuesto deliberadamente, en la medida de lo posible recrear su estilo. Los estudiosos de Poe reconocer谩n mi deliberada inclusi贸n de frases y porciones de La Ca铆da de la Casa Usher, y el lector casual las descubrir谩 con bastante facilidad. El resultado es, yo creo, una «historia de Poe» en un sentido m谩s bien 煤nico y especial... y uno que me dio un gran placer de escribir como tributo a la figura a la cual yo, como cualquier otro escritor de fantas铆a, le estoy en deuda.»
[Robert Bloch]
Durante la totalidad de un nublado, oscuro y silencioso d铆a en el oto帽o del a帽o, cuando las nubes colgaban opresivamente bajas en el cielo, yo hab铆a estado pasando solo, en autom贸vil, a trav茅s de una regi贸n particularmente l煤gubre del campo, y finalmente me encontr茅 a m铆 mismo, mientras las sombras de la noche avanzaban, a la vista de mi destino.
Admir茅 la escena frente a m铆 (la casa misma y las simples caracter铆sticas del paisaje de la regi贸n, las paredes descoloridas, las ventanas como ojos vac铆os, algunos juncos tupidos y unos pocos troncos blancos de 谩rboles podridos) con un sentimiento de absoluta confusi贸n mezclada con abatimiento. Me pareci贸 como si alguna vez antes hubiera visitado este sitio, o le铆do acerca de 茅l, quiz谩, en alg煤n cuento frecuentemente reexaminado. Y sin embargo, ciertamente no podr铆a ser as铆, ya que s贸lo tres d铆as hab铆an transcurrido desde que hab铆a conocido a Launcelot Canning y recibido una invitaci贸n para visitarlo en su residencia de Maryland.
Las circunstancias en las que conoc铆 a Canning eran simples; yo hab铆a asistido a un encuentro de bibli贸filos en Washington y le fui presentado por un amigo mutuo. Una conversaci贸n casual dio lugar a la discusi贸n absorbente e interesada cuando 茅l descubri贸 mi obsesi贸n con las obras de fantas铆a. Al enterarse de que yo me encontraba en vacaciones viajando sin itinerario fijo, Canning me apremi贸 para que me convirtiera en su hu茅sped por un d铆a y para examinar, a mi gusto, su inusual exhibici贸n de objetos de recuerdo.
—Siento, desde nuestra conversaci贸n, que tenemos mucho en com煤n —me dijo—. Para que lo sepa, se帽or, en mi amor a la fantas铆a no me inclino ante nadie. Es un gusto que tal vez hered茅 de mi padre y de su padre antes que 茅l, junto con sus considerables adquisiciones de ese g茅nero. No dudo que usted se ver谩 gratificado con lo que estoy preparado para mostrarle, ya que con la debida modestia, me permito designarme a m铆 mismo como el coleccionista m谩s destacado del mundo de las obras de Edgar Allan Poe.
Confieso que su invitaci贸n como tal no me cautiv贸, ya que no respaldo al adorador del h茅roe literario o al coleccionista erudito como tipo. Poseo un m谩s que pasajero inter茅s en los cuentos de Poe, pero mi inter茅s no se extiende al punto de indagar en qu茅 fecha exacta el Sr. Poe decidi贸 dejarse crecer un bigote, ni me interesar铆a excesivamente la oportunidad de examinar varios pelos preservados de semejante ap茅ndice hirsuto.
As铆 que fue m谩s bien la persona y personalidad de Launcelot Canning mismo lo que me motiv贸 a aceptar su ofrecimiento de hospitalidad. Ya que el hombre que propuso convertirse en mi anfitri贸n podr铆a 茅l mismo haber salido de las p谩ginas de un cuento de Poe. Su modo de hablar, como me he esforzado por indicar, estaba caracterizado por una cort茅s arrogancia tan frecuentemente ejemplificada en los h茅roes de Poe… y m谩s all谩 de toda certeza, su apariencia confirmaba el parecido.
Launcelot Canning ten铆a la cadav茅rica complexi贸n, los grandes, l铆quidos y luminosos ojos, los finos labios curvados, la nariz delicadamente modelada, la barbilla finamente moldeada, y el cabello oscuro similar a telara帽as de un t铆pico protagonista de Poe.
Fue este fen贸meno el que incit贸 mi aceptaci贸n y lo que me indujo a viajar a su propiedad de Maryland la cual, ahora me doy cuenta, en s铆 misma manifestaba una cualidad Poe-茅tica propia, inherente en las im谩genes de los juncos grises, las espantosas ramas de los 谩rboles, y las ventanas como ojos vac铆os de la mansi贸n de la melancol铆a. Lo 煤nico que le faltaba era un estanque y un foso… y mientras me preparaba para entrar a la vivienda, medio esperaba encontrar all铆 dentro los techos tallados, los oscuros tapices, los pisos de 茅bano y los fantasmag贸ricos trofeos her谩ldicos tan vivamente descriptos por el autor de Cuentos de lo Grotesco y lo Arabesco.
Tampoco, al entrar al hogar de Launcelot Canning, me encontr茅 demasiado decepcionado en mis expectativas. Fiel tanto a la atmosf茅rica cualidad de la decr茅pita mansi贸n como a mis propios fant谩sticos presentimientos, la puerta fue abierta en respuesta a mis golpes por un valet que me condujo, en silencio, a trav茅s de oscuros e intrincados pasillos hasta el estudio de su amo.
El cuarto en el que me hall茅 era muy amplio y de gran altura. Las ventanas eran largas, estrechas y puntiagudas y se hallaban a una distancia tan grande del negro piso de roble como para ser en conjunto inaccesibles desde el interior. Tenues destellos de luz te帽ida de carmes铆 se abr铆an paso a trav茅s de los cristales entramados, y serv铆an para hacer que los objetos m谩s prominentes se distinguieran lo suficiente; el ojo, sin embargo, luchaba en vano para tratar de alcanzar los m谩s remotos 谩ngulos de la c谩mara o los recovecos de los techos abovedados y ornamentados con l铆neas. Oscuros tapices colgaban desde lo alto de las paredes. El moblaje en general era numeroso, inc贸modo, antiguo y andrajoso. Muchos libros e instrumentos musicales yac铆an dispersos por el lugar, pero fracasaban en otorgarle alguna vitalidad a la escena.
En lugar de eso, hac铆an m谩s clara esa peculiar cualidad de casi recuerdo; era como si me encontrara una vez m谩s, luego de una prolongada ausencia, en un escenario familiar. He le铆do, he imaginado, he so帽ado o en realidad he contemplado antes este escenario.
A mi entrada, Launcelot Canning se levant贸 de un sof谩 en el cual hab铆a estado tendido y me salud贸 con una vivaz calidez que ten铆a mucho en ella, pens茅 en un principio, de exagerada cordialidad.
Sin embargo su tono, mientras hablaba del objeto de mi visita, de su ardiente deseo de verme y del placer que esperaba que yo le ofreciera en una discusi贸n de nuestros mutuos intereses, pronto disip贸 mi equivocada idea.
Launcelot Canning me dio la bienvenida con el extasiado entusiasmo de un coleccionista nato… y llegu茅 a darme cuenta que 茅l era, de hecho, justamente eso. Ya que la colecci贸n de Poe que prontamente propuso develar ante m铆 era en realidad su patrimonio.
Al comienzo, revel贸, el n煤cleo de la presente acumulaci贸n hab铆a comenzado con su abuelo, Christopher Canning, un respetado comerciante de Baltimore. Casi ochenta a帽os antes hab铆a sido uno de los principales mecenas de las artes en su comunidad y como tal, tuvo en parte un papel decisivo en arreglar el traslado del cuerpo de Poe a la esquina sudeste del Cementerio Presbiteriano en las calles Fayette y Green, donde un adecuado monumento podr铆a ser erigido. Este evento ocurri贸 en el a帽o 1875 y fue unos pocos a帽os antes de eso que Canning sent贸 las bases de la colecci贸n Poe.
—Gracias a su empe帽o —me inform贸 su nieto—, hoy soy el afortunado poseedor de una copia de virtualmente cada esp茅cimen de las obras publicadas de Poe. Si pasa por aqu铆 —y me condujo a un apartado rinc贸n del abovedado estudio, pasando los oscuros tapices, a una estanter铆a que se elevaba remotamente hacia el sombr铆o techo— me complacer谩 corroborar esa afirmaci贸n. Aqu铆 hay una copia de Al Aaraaf, Tamerl谩n y otros Poemas en la edici贸n de 1829 y aqu铆 hay una edici贸n a煤n anterior de Tamerl谩n y otros Poemas de 1827. La edici贸n de Boston, la cual, como usted indudablemente sabe, est谩 valuada hoy en 15.000 d贸lares. Puedo asegurarle que el Abuelo Canning no se separ贸 de semejante suma a fin de apoderarse de esta rareza.
Exhibi贸 los vol煤menes con un aire que mezclaba el orgullo y la codicia, lo cual es a menudo caracter铆stico del coleccionista y que de ning煤n modo debe confundirse ni con el esnobismo literario o con la avaricia corriente. Percat谩ndome de esto, permanec铆 impaciente mientras 茅l exhib铆a m谩s tesoros: copias del Philadelphia Saturday Courier que conten铆an relatos tempranos, vol煤menes encuadernados de The Messenger durante el per铆odo de Poe como editor, la Graham's Magazine, ediciones del New York Sun y el New York Mirror ostentando, respectivamente, El Camelo del Globo y El Cuervo, y archivos de The Gentleman's Magazine. Subiendo a una peque帽a escalera de biblioteca, me baj贸 la edici贸n de Lea y Blanchard de Cuentos de lo Grotesco y lo Arabesco, el Primer Libro del Conquili贸logo, el Eureka de Putnam y, finalmente, el librillo de papel publicado en 1943 y vendido a doce centavos y medio, titulado Los Poemas en Prosa de Edgar A. Poe: una baratija insignificante conteniendo dos historias y que hoy se cotiza en $50,000.
Canning me inform贸 de este 煤ltimo dato y, de hecho, sigui贸 haciendo comentarios sobre cada art铆culo que presentaba. No hab铆a duda de que era tanto un erudito como un coleccionista de Poe, y sus palabras informaban sobre los andrajosos espec铆menes del Broadway Journal y el Godey's Lady's Book con una singular fascinaci贸n no necesariamente inherente a las poco convincentes hojas de sus contenidos.
—Tengo una gran deuda con la obsesi贸n del Abuelo Canning —observ贸, bajando de la escalera y reuni茅ndose conmigo frente a los estantes—. No es del todo una violaci贸n a la confianza admitir que su inter茅s en Poe alcanz贸 el punto de una obsesi贸n, y quiz谩 eventualmente el de una absoluta man铆a. El conocimiento, ¡ay!, me temo que es de propiedad p煤blica. A comienzos de los setentas 茅l construy贸 esta casa, y estoy bastante seguro que usted ha sido lo suficientemente observador para notar que en s铆 misma es casi una r茅plica de una t铆pica mansi贸n al estilo de Poe. Este era su estudio, y era aqu铆 donde acostumbraba a estudiar con detenimiento los libros, las cartas y los numerosos recuerdos de la vida de Poe.
»Qu茅 impuls贸 a un comerciante retirado a dedicarse tan fan谩ticamente a un pasatiempo, no puedo decirlo. Baste con decir que virtualmente se retir贸 del mundo y de todos los dem谩s intereses normales. Mantuvo una voluminosa y extensa correspondencia con ancianos hombres y mujeres que hab铆an conocido a Poe durante su vida, hizo peregrinajes a Fordham, envi贸 a sus agentes a West Point, a Inglaterra y Escocia y a virtualmente cada lugar en el cual Poe hubiera puesto su pie durante su vida. Adquiri贸 cartas y recuerdos como regalos, los compr贸 y, me temo, los rob贸, si ning煤n otro medio de adquirirlos resultaba viable.
Launcelot Canning sonri贸 y asinti贸 con la cabeza.
—¿Todo esto le suena extra帽o? Le confieso que alguna vez yo tambi茅n lo hall茅 casi incre铆ble, como el fragmento de una novela. Ahora, tras haber pasado a帽os aqu铆, he perdido mi propia objetividad.
—S铆, es extra帽o —respond铆—. Pero, ¿est谩 usted seguro que no hubo alguna oscura raz贸n personal para el inter茅s de su abuelo? ¿Conoci贸 a Poe de ni帽o o estuvo asociado con alguno de sus amigos? ¿Hab铆a quiz谩 una lejana relaci贸n no revelada?
Al mencionar la 煤ltima palabra, Canning se sobresalt贸 visiblemente y un estremecimiento de agitaci贸n se extendi贸 por su semblante.
—¡Ah! —exclam贸— All铆 expresa usted mi propia convicci贸n m谩s 铆ntima. Una relaci贸n… seguramente debe haber habido alguna, estoy moralmente, instintivamente seguro que el Abuelo Canning sent铆a o sab铆a que se encontraba relacionado a Edgar Poe por lazos de sangre. Ninguna otra cosa podr铆a explicar su fuerte inter茅s inicial, su defensa continua de Poe en las controversias literarias de la 茅poca y su per铆odo final de melancol铆a en un mundo de enga帽o e ilusi贸n.
»Y sin embargo 茅l nunca pronunci贸 una afirmaci贸n o hizo una denuncia en papel… y yo he buscado en vano en la colecci贸n de cartas la m谩s m铆nima pista.
»Es curioso que usted haya adivinado tan pronto una sospecha sostenida no s贸lo por m铆 mismo sino tambi茅n por mi padre. 脡l era s贸lo un ni帽o en la 茅poca de la muerte de mi Abuelo Canning, pero las circunstancias del caso dejaron una profunda impresi贸n en su naturaleza sensible. A pesar de haber sido retirado de inmediato de esta casa y llevado a la casa de los parientes de su madre en Baltimore, no perdi贸 tiempo en regresar tras entrar en posesi贸n de su herencia apenas llegado a la madurez. Afortunadamente, encontr谩ndose en posesi贸n de una considerable renta, fue capaz de dedicar su vida entera a ampliar la investigaci贸n. El nombre de Arthur Canning es conocido a煤n en el mundo de la cr铆tica literaria, pero por alguna raz贸n 茅l prefiri贸 continuar su erudito an谩lisis de la carrera de Poe en la intimidad.Creo que esta preferencia fue dictada por una sensibilidad interior; que 茅l estaba empe帽ado en desenterrar alguna informaci贸n que pudiera probar el parentesco de su padre, el suyo y para el caso, el m铆o propio con Edgar Poe.
—¿Dice que su padre tambi茅n era un coleccionista? —lo inst茅.
—Una afirmaci贸n que estoy preparado para respaldar —replic贸 mi anfitri贸n, mientras me conduc铆a a otro rinc贸n del estudio amortajado de sombras—. Pero primero, ¿aceptar铆a un vaso de vino?
脡l llen贸, no vasos sino verdaderos jarros, de una gran garrafa y brindamos el uno por el otro con silencioso aprecio. Quiz谩 sea innecesario que comente que el vino era un fino Amontillado, a帽ejo.
—Ahora, pues —dijo Launcelot Canning—, la especial competencia de mi padre en la investigaci贸n de Poe consist铆a en la acumulaci贸n y estudio de cartas.
Abriendo una serie de grandes cajas o gavetas debajo de los estantes, extrajo archivo tras archivo de folios de papel encerado y en el espacio de la siguiente media hora examin茅 la correspondencia de Edgar Poe, cartas a Henry Herring, al Doctor Snodgrass, Sarah Shelton, James P. Moss, Elizabeth Poe, misivas a la Sra. Rockwood, Helen Whitman, Anne Lynch, John Pendleton Kennedy, notas a la Sra. Richmond, a John Allan, a Annie, a su hermano Henry, una profusi贸n de documentos, una verdadera cornucopia epistolar.
Durante el transcurso de mi examen mi anfitri贸n aprovech贸 la ocasi贸n para volver a cargar nuestros jarros con vino y el intoxicante trago comenz贸 a hacer efecto, ya que no hab铆amos comido y yo ni siquiera hab铆a pensado en la comida, tan absorto estaba en las amarillentas p谩ginas que iluminaban el pasado de Poe.
Aqu铆 hab铆a ingenio, erudici贸n, cr铆tica literaria; aqu铆 estaban las confundidas efusiones sentimentales de una mente perdida en la bebida y la desesperaci贸n; aqu铆 estaba el borrador del proyecto de un cuento, los fragmentos de un poema; aqu铆 estaba un lastimero grito de liberaci贸n y una apolog铆a a la belleza viviente; aqu铆 estaba una respuesta digna a una carta de reclamo y un pronunciamiento editorial para un admirador; aqu铆 hab铆a amor, odio, orgullo, rabia, serenidad celestial, penitencia abyecta, autoridad, maravilla, resoluci贸n, gozo y melancol铆a que enfermaba el alma.
Aqu铆 estaba el talentoso orador, el borracho tartamudeante, el esposo amoroso, el amante desesperado, el editor orgulloso, el pobre indigente, el grandioso so帽ador, el andrajoso realista, el investigador cient铆fico, el ingenuo metaf铆sico, el hijastro dependiente, el esp铆ritu libre y sin l铆mites, el escritorzuelo, el poeta, el enigma que fue Edgar Allan Poe.
Nuevamente los jarros se llenaron y vaciaron.
Beb铆 profundamente con mis labios y con mis ojos a煤n m谩s profundamente..
Por primera vez el verdadero entusiasmo de Launcelot Canning se comunic贸 a mis propias sensibilidades… adivin茅 la eterna fascinaci贸n hallada en la consideraci贸n de Poe el escritor y Poe el hombre; 茅l que escribi贸 la Tragedia, vivi贸 la Tragedia, fue la Tragedia; 茅l que escribi贸 el Misterio, vivi贸 y muri贸 en el Misterio y que hoy se alza sobre la escena literaria como el Misterio encarnado.
Y como un Misterio permaneci贸 Poe, a pesar del cuidadoso estudio de las cartas realizado por Arthur Canning.
—Mi padre no aprendi贸 nada —me confi贸 mi anfitri贸n— a煤n cuando reuni贸, como puede ver aqu铆, una colecci贸n como para deleitar el coraz贸n de un Mabbott o un Quinn. As铆 que su b煤squeda se extendi贸. Para esa 茅poca yo era lo bastante mayor como para compartir tanto sus intereses como sus pesquisas. Venga.
Y me condujo hacia un cofre ornamentado que descansaba bajo las ventanas contra la pared oeste del estudio.
Arrodill谩ndose, abri贸 la cerradura del repositorio y luego extrajo, en una r谩pida y maravillosa sucesi贸n, una serie de objetos, cada uno de los cuales hac铆a alarde de una 铆ntima conexi贸n con la vida de Poe.
Hab铆a souvenirs de su juventud y de su 茅poca escolar en otras partes (un libro que us贸 durante su estancia en West Point), recuerdos de sus d铆as como cr铆tico teatral en la forma de programas teatrales, una pluma usada durante su per铆odo editorial, un abanico del que alguna vez fue due帽a su esposa-ni帽a, Virginia, un broche de la Sra. Clemm, una profusi贸n de objetos incluyendo art铆culos tan diversos como un juego de pa帽uelos para el cuello y, bastante curiosamente, la maltratada y manchada flauta de Poe.
Volvimos a beber y reconozco que el vino era potente. El semblante de Canning permanec铆a cadav茅ricamente p谩lido, pero, por otra parte, hab铆a una especie de loca hilaridad en sus ojos, una evidente histeria contenida en toda su conducta. A la larga, de la dispersa pila de curiosidades, acab茅 extrayendo y examinando una cajita de caracter铆sticas nada extraordinarias, tras lo cual me vi obligado a preguntar por su historia y qu茅 papel hab铆a jugado en la vida de Poe.
—¿En la vida de Poe?
Un visible estremecimiento convulsion贸 los rasgos de mi anfitri贸n, luego pas贸 r谩pidamente a transformarse en una mueca, un rictus de diversi贸n.
—Esta cajita, y usted notar谩 c贸mo, por cierto designio del destino o forzada coincidencia, tiene una semejanza con la caja que 茅l mismo concibi贸 y describi贸 en su cuento Berenice, esta cajita est谩 relacionada con su muerte, m谩s que con su vida. Es, de hecho, la misma caja que mi abuelo Christopher Canning abrazaba con fuerza contra su pecho cuando lo hallaron ca铆do por all铆.
Otra vez el estremecimiento, otra vez la mueca.
—Pero qu茅dese. A煤n no le he contado los detalles. Quiz谩 le interesar铆a ver el lugar en que Christopher Canning sufri贸 el ataque; ya le he contado de su locura, pero no hice m谩s que sugerir la 铆ndole de sus desvar铆os. Usted ha sido paciente conmigo, m谩s que paciente. Su comprensi贸n ser谩 recompensada, ya que percibo que se le pueden confiar por completo los hechos.
Qu茅 otras revelaciones estaba Canning preparado para hacer, no podr铆a decirlo, pero su actitud era tal que bastaba para inspirar una vaga ansiedad e inquietud en mi pecho.
Tras advertir mi inquietud ri贸 brevemente y apoy贸 una mano sobre mi hombro.
—Venga, esto podr铆a interesarle como aficionado a la fantas铆a —dijo—. Pero primero, otro trago para acelerar nuestro viaje.
Sirvi贸, bebimos, y entonces nos condujo desde esa c谩mara abovedada, por los silenciosos pasillos, por la escalera y por los recovecos m谩s profundos del edificio hasta que alcanzamos lo que parec铆a una mazmorra, con su piso y el interior de un largo pasaje abovedado cuidadosamente revestidos de cobre. Nos detuvimos frente a una maciza puerta de hierro. Nuevamente experment茅 en el aspecto de esta escena un elemento evocativo de reconocimiento o recuerdo.
La intoxicaci贸n de Canning era tal que malinterpret贸 (o eligi贸 malinterpretar) mi reacci贸n.
—No tiene porqu茅 temer —me asegur贸—. Nada ha ocurrido aqu铆 desde aquel d铆a, hace casi setenta a帽os atr谩s, cuando sus sirvientes lo descubrieron tendido frente a esta puerta, con la cajita fuertemente apretada contra su pecho; ca铆do y en un estado de delirio del cual nunca sali贸. Por seis meses se consumi贸, un desesperado man铆aco delirando salvajemente, desde el mismo momento en que lo descubrieron hasta el momento en que muri贸, balbuceando sus visiones del caballo gigantesco, la agrietada casa derrumb谩ndose dentro del estanque, el gato negro, el pozo, el p茅ndulo, el cuervo sobre el busto p谩lido, el coraz贸n palpitante, los dientes nacarados y la semil铆quida masa de repugnante, detestable putrefacci贸n de la cual emanaba una voz.
»No fue eso lo 煤nico que balbuce贸 —me confi贸 Canning,y aqu铆 su voz se hundi贸 en un susurro que reverber贸 a trav茅s del corredor revestido de cobre y contra la puerta de hierro—. 脡l insinu贸 otras cosas mucho peores que la fantas铆a; de una horrorosa realidad sobrepasando a todos los espectros de Poe. Por primera vez mi padre y los sirvientes se enteraron del prop贸sito del cuarto que hab铆a construido m谩s all谩 de esta puerta de hierro… y se enteraron tambi茅n de lo que Christopher Canning hab铆a hecho para establecer su t铆tulo como el principal coleccionista de Poe del mundo.
»Luego volvi贸 a balbucear de la muerte de Poe, treinta a帽os antes, en mil ochocientos cuarenta y nueve, del entierro en el Cementerio Presbiteriano y del traslado del ata煤d en mil ochocientos setenta y cuatro a la esquina donde se hab铆a erigido el monumento. Como le cont茅 y se sab铆a en ese entonces, mi abuelo hab铆a desempe帽ado un papel p煤blico impulsando ese traslado. Pero entonces nos enteramos de la parte privada, nos enteramos de que hab铆a un monumento y una tumba, pero no un ata煤d en la tierra que hab铆a debajo del supuesto lugar de descanso de Poe. El ata煤d reposaba ahora en el cuarto secreto al extremo de este corredor. Es por esa raz贸n que el cuarto, la casa misma, hab铆an sido construidos.
»Se lo digo, 茅l hab铆a robado el cuerpo de Edgar Allan Poe, y tal como lo grit贸 a toda voz en su locura final, ¿no lo convert铆a eso, de hecho, en el coleccionista m谩s grande de Poe?
»Su objetivo final nunca fue develado, pero mi padre hizo un significativo descubrimiento, la cajita apretada contra el pecho de Christopher Canning conten铆a una porci贸n de los huesos desmenuzados, el aut茅ntico polvo que era todo lo que quedaba del cad谩ver de Poe.
Mi anfitri贸n se estremeci贸 y dio la vuelta. Me condujo a lo largo de ese pasillo del horror, escaleras arriba, al estudio. Silenciosamente, llen贸 nuestros jarros y yo beb铆 tan apresuradamente, tan profundamente, tan desesperadamente como 茅l.
—¿Qu茅 pod铆a hacer mi padre? Confesar la verdad servir铆a para crear un esc谩ndalo p煤blico. 脡l opt贸 en cambio por mantenerse en silencio; por dedicar su propia vida a estudiar en retiro. Naturalmente la conmoci贸n lo afect贸 profundamente; seg煤n s茅 茅l nunca entr贸 al cuarto que hay m谩s all谩 de la puerta de hierro y, de hecho, yo no supe del cuarto o sus contenidos hasta la hora de su muerte... y no fue sino hasta algunos a帽os m谩s tarde que yo mismo encontr茅 la llave entre sus pertenencias. Pero yo hall茅 la llave y la historia fue inmediata y completamente corroborada. ¡Ahora yo soy el coleccionista m谩s grande de Poe... ya que 茅l yace en la mazmorra de abajo, mi eterno trofeo!
Esta vez yo serv铆 el vino. Mientras lo hac铆a, not茅 por primera vez la inminencia de una tormenta, la impetuosa furia de sus r谩fagas sacudiendo las ventanas y los ecos de sus truenos rodando y retumbando por los corredores carcomidos por el tiempo de la vieja casa .
La salvaje, excesiva vivacidad con que mi anfitri贸n escuchaba (o aparentaba escuchar) esos sonidos no me tranquilizaba para nada... ya que su reciente revelaci贸n me llev贸 a sospechar de su cordura.
Que el cuerpo de Edgar Allan Poe hab铆a sido robado, que esta mansi贸n hab铆a sido construida para hospedarlo, que se encontraba ciertamente guardado como una reliquia en una cripta de abajo, que abuelo, padre y nieto hab铆an morado aqu铆 solos, apartados, esclavizados a un secreto sepulcral, estaba m谩s all谩 de la convicci贸n racional. Y a煤n as铆, rodeado ahora por la noche y la tormenta, en un entorno arrancado de la propias fantas铆as fren茅ticas de Poe, no pod铆a estar seguro. Aqu铆 el pasado segu铆a vivo, el mism铆simo esp铆ritu de los relatos de Poe exhalaba su corrupci贸n sobre la escena.
Mientras el trueno resonaba, Launcelot Canning busc贸 la flauta de Poe y, ya sea en desaf铆o a la tormenta o como un burl贸n acompa帽amiento, 茅l toc贸; sopl谩ndola con ebria persistencia, con espectral atonalidad, con una estridencia que destrozaba los nervios. Al chillido de ese infernal instrumento, el trueno a帽ad铆a un contrapunto de carcajadas.
Inc贸modo, indeciso e inquieto, me retir茅 hacia las sombras de las estanter铆as en el extremo m谩s alejado del cuarto y distra铆damente repas茅 los t铆tulos de una fila de antiguos tomos. Aqu铆 estaba la Quiromancia de Robert Fludd, el Directorium Inquisitorum, un raro y curioso libro in quarto g贸tico que era el manual de una iglesia olvidada; e indeciso entre los vol煤menes de investigaci贸n seudocient铆fica, especulaci贸n teol贸gica y varios incunables, hall茅 t铆tulos que hicieron que me detuviera y horrorizara. El De Vermis Mysteriis y el Liber Eibon, tratados de demonolog铆a, de brujer铆a, de hechicer铆a, deterior谩ndose lentamente en sus encudernaciones deshechas. Los libros eran viejos pero no estaban polvorientos. Hab铆an sido le铆dos…
—¿Los ha le铆do?
Fue como si Canning adivinara mis m谩s profundos pensamientos. 脡l hab铆a dejado a un lado su flauta y se hab铆a acercado a m铆, lanzando risitas como en un permanente ebrio desaf铆o a la tormenta. Extra帽os ecos y estampidos sonaron a trav茅s de los largos corredores de la casa y curiosos sonidos chirriantes amenazaron con ahogar sus palabras y su risa.
—¿Los ha le铆do? —repiti贸 Canning—. Yo los estudio. S铆, yo tambi茅n he ido m谩s lejos que mi abuelo y que mi padre. Fui yo quien consigui贸 los libros que pose铆an la clave y fui yo quien hall贸 la clave. Una clave m谩s dif铆cil de descubrir y m谩s importante que la llave de la b贸veda de abajo. A menudo me pregunto si el mismo Poe tuvo acceso a estos mismos tomos, si supo los mismos secretos. Los secretos de la tumba… y de lo que yace m谩s all谩; y de lo que puede ser invocado si uno posee la clave.
Se alej贸 a los tropezones y regres贸 con vino.
—Beba —dijo—. Beba por la noche y la tormenta.
Rechac茅 el vaso ofrecido.
—Suficiente —dije—, debo partir.
¿Fue mi imaginaci贸n o vi que el miedo congelaba sus facciones? Canning atenaz贸 mi brazo y exclam贸.
—¡No, qu茅dese conmigo! ¡Esta no es una noche en la cual estar solo, le juro que no soporto el pensamiento de estar solo, ya no soporto m谩s estar solo!
Sus incoherentes balbuceos se mezclaron con el trueno y los ecos, retroced铆 y lo confront茅.
—Contr贸lese —le aconsej茅—. Confiese que esto es un enga帽o, una elaborada impostura preparada para complacer sus caprichos.
—¿Enga帽o? ¿Impostura? Qu茅dese y se lo probar茅 m谩s all谩 de toda duda —y diciendo esto, Launcelot Canning se agach贸 y abri贸 un peque帽o caj贸n ubicado en la pared por debajo y a un lado de las estanter铆as—. Esto deber铆a compensarlo por su inter茅s en mi historia y en Poe —murmur贸—. Sepa que es usted la primera persona, aparte de m铆 mismo, que vislumbra estos tesoros.
Me pas贸 un fajo de manuscritos en sencillo papel blanco; documentos escritos con una tinta curiosamente similar a la que hab铆a advertido cuando le铆a las cartas de Poe. Las p谩ginas estaban abrochadas juntas en grupos y por un momento s贸lo repas茅 los t铆tulos.
—El Gusano de Medianoche, por Edgar Poe —le铆 en voz alta—. La Cripta —exhal茅—. Y aqu铆, Las Nuevas Aventuras de Arthur Gordon Pym —y en mi agitaci贸n estuve a punto de dejar caer las preciosas p谩ginas—. ¿Son estos lo que parecen ser… los cuentos in茅ditos de Poe?
Mi anfitri贸n hizo una reverencia.
—Sin publicar, sin descubrir, desconocidos, excepto para m铆… y para usted.
—Pero esto no puede ser —protest茅—. Seguramente debe haber habido una menci贸n de ellos en alguna parte, en la propias cartas de Poe o en las de sus contempor谩neos. Debe haber habido alguna pista, una indicaci贸n, en alguna parte, en alg煤n lugar, de alguna manera.
El trueno se mezcl贸 con mis palabras y el trueno hizo eco en la respuesta a gritos de Canning.
—¿Se atreve a presumir una impostura? ¡Entonces compare! —volvi贸 a agacharse y sac贸 un folio encerado de cartas—. Tome, ¿no es esta la aut茅ntica escritura de Edgar Poe? Mire la caligraf铆a de la carta, luego la de los manuscritos. ¿Puede usted decir que no fueron escritas por la mism铆sima mano?
Mir茅 la escritura; me maravill茅 ante las posibilidades de una falsificaci贸n de un monoman铆aco. ¿Podr铆a Launcelot Canning, una v铆ctima de desorden mental, simular de manera tan minuciosa la mano de Poe?
—¡Lea, entonces! —grit贸 Canning a trav茅s del trueno—. ¡Lea y atr茅vase a decir que esos cuentos fueron escritos por alguien m谩s que Edgar Poe, cuyo genio desaf铆a la corrupci贸n del Tiempo y el Gusano Conquistador!
Le铆 una l铆nea o dos, sosteniendo el manuscrito de m谩s arriba cerca de mi ojos que se esforzaban bajo la oscilante luz de la vela; pero incluso con la parpadeante iluminaci贸n not茅 lo que me relat贸 la 煤nica, incontrovertible verdad. Ya que el papel, el papel curiosamente no amarillento, pose铆a una visible marca de agua; el nombre de una firma de bien conocidas papeler铆as y la fecha… 1949.
Haciendo a un lado el fajo me esforc茅 para recobrar la compostura mientras me apartaba de Launcelot Canning. Ya que ahora sab铆a la verdad; sab铆a que, cien a帽os despu茅s de la muerte de Poe, una semblanza de su esp铆ritu a煤n viv铆a en la distorsionada alma de Canning. Encarnaci贸n, reencarnaci贸n, ll谩menlo como quieran; Canning era, en su propia mente irracional, Edgar Allan Poe.
Los ecos ahogados y apagados del trueno que ven铆an desde una remota porci贸n de la mansi贸n se entremezclaban con el inaudible bullir de mi propia confusi贸n interna, al tiempo que me volv铆a y me dirig铆a precipitadamente a mi anfitri贸n.
—¡Confiese! —exclam茅—. ¿No es verdad que usted ha escrito estos cuentos, imagin谩ndose a s铆 mismo como la encarnaci贸n de Poe? ¿No es verdad que sufre usted de un singular delirio nacido de la soledad y de su eterna preocupaci贸n acerca del pasado; que usted ha alcanzado una fase caracterizada por la convicci贸n de que Poe a煤n vive en su propia persona?
Lo invadi贸 un fuerte estremecimiento y una sonrisa enfermiza tembl贸 en sus labios al tiempo que respond铆a:
—¡Tonto! Le digo que he dicho la verdad. ¿Puede dudar de la evidencia de sus sentidos? ¡Esta casa es real, la colecci贸n de Poe existe y las historias existen… existen, lo juro, tan ciertamente como el cuerpo que yace en la cripta de abajo!
Levant茅 la cajita de la mesa y quit茅 a tapa.
—No es as铆 —le contest茅—. Usted dijo que su abuelo fue encontrado con la caja apretada contra su pecho, frente a la puerta de la b贸veda, y que conten铆a el polvo de Poe. Sin embargo no puede eludir el hecho de que la caja est谩 vac铆a —lo enfrent茅 furiosamente—. Adm铆talo, la historia es una invenci贸n, una novela. El cuerpo de Poe no yace bajo esta casa, ni estas son sus obras in茅ditas, escritas durante su vida y ocultas.
—Bastante cierto —la sonrisa de Canning era incre铆blemente espantosa—. El polvo desapareci贸 porque lo tom茅 y lo us茅… porque en la obras de hechicer铆a hall茅 las f贸rmulas, los arcanos por medio de los cuales pude levantar la carne, recrear el cuerpo desde las sales esenciales de la tumba. Poe no yace debajo de esta casa… ¡茅l vive! ¡Y los relatos son sus obras p贸stumas!
Acentuadas por el trueno, sus palabras se estrellaron contra mi consciencia.
—¡Ese fue el objetivo 煤ltimo de mi planeaci贸n, de mis estudios, de mi trabajo, de mi vida! ¡Levantar, por medio de hechicer铆a, el aut茅ntico esp铆ritu de Edgar Poe de la tumba, revestido y animado en la carne, ponerlo a morar y so帽ar y hacer su trabajo otra vez en las c谩maras secretas que constru铆 en las b贸vedas de abajo… y eso es lo que hice! ¡Robar un cuerpo no es m谩s que una broma macabra; lo m铆o es el logro de un verdadero genio!
La clara, hueca, met谩lica y estruendosa, aunque aparentemente amortiguada reverberaci贸n acompa帽ando sus palabras hizo que se girara en su asiento y enfrentara la puerta del estudio, de manera que yo no pude ver lo que ocurr铆a con su rostro… ni 茅l pudo leer mi propia reacci贸n a sus desvar铆os.
Sus palabras llegaron d茅bilmente a mis o铆dos a trav茅s del trueno que sacudi贸 la casa con una implacable garra; el viento que hac铆a vibrar las ventanas y temblar la llama de las velas del gran candelabro de plata envi贸 un suspiro que se elev贸 en un angustiado acompa帽amiento a su discurso.
—Se lo mostrar铆a, pero no me atrevo; ya que 茅l me odia tanto como odia la vida. Lo he encerrado en la b贸veda, solo, ya que los resucitados no tienen necesidad de comida ni bebida. Y se sienta all铆, la pluma movi茅ndose sobre el papel, movi茅ndose eternamente, volcando eternamente la maligna esencia de todo lo que supuso y sugiri贸 en vida y lo que aprendi贸 en la muerte. ¿No ve la tr谩gica desgracia de mi aprieto? Busqu茅 alzar su esp铆ritu de entre los muertos, entregarle otra vez su genio al mundo… y sin embargo estos cuentos, estos trabajos, est谩n cargados y llenos de un terror que no puede resistirse. ¡No pueden ser mostrados al mundo, 茅l no puede ser mostrado al mundo; al traer de vuelta al muerto he tra铆do de vuelta los frutos de la muerte!
Los ecos volvieron a sonar mientras me desplazaba hacia la puerta… impulsado, lo confieso, por el deseo de escapar de esta maldita casa y su maldito due帽o.
Canning atenaz贸 mi mano, mi brazo, mi hombro.
—¡No puede irse! —grit贸 por sobre la tormenta—. Habl茅 de su escape, pero, ¿no lo adivin贸? ¿No lo escucha a trav茅s del trueno… el rechinar de la puerta?
Lo empuj茅 a un lado y trastabill贸 volcando el candelabro, de modo que las llamas lamieron el alfombrado.
—¡Espere! —grit贸—. ¿No ha escuchado sus pasos en la escalera? ¡Loco, le digo que ahora 茅l est谩 parado tras la puerta!
Una r谩faga de viento, un fragor de llamas, un velo de humo se elevaron juntos a nuestro alrededor. Abriendo de par en par los inmensos paneles antiguos que Canning se帽alara, me tambale茅 dentro del pasillo.
Hablo de viento, de llamas, de humo… suficientes para oscurecer toda visi贸n. Hablo de los gritos de Canning y de truenos lo bastante fuertes como para ahogar todo sonido. Hablo de terror nacido del odio y de una desesperaci贸n suficiente como para destrozar mi cordura.
A pesar de esas cosas, nunca podr茅 borrar de mi consciencia… aquello que contempl茅 cuando escap茅 pasando la puerta y por el corredor.
All铆 tras la puerta estaba parada una figura alta y velada; una figura demasiado familiar, de rasgos p谩lidos, con una frente alta y abovedada, un bigote por sobre la boca. Mi breve visi贸n s贸lo dur贸 un instante, un instante durante el cual el hombre (el cad谩ver, la aparici贸n, la alucinaci贸n, ll谩menlo como quieran) avanz贸 hacia el interior de la c谩mara y apret贸 con fuerza a Canning contra su pecho en un abrazo inquebrantable. Juntas, las dos figuras se tambalearon en direcci贸n a las llamas, que se alzaron para ocultar para siempre la visi贸n.
De esa c谩mara y de esa mansi贸n hu铆 aterrado. La tormenta a煤n desataba afuera toda su c贸lera y ahora el fuego llegaba para reclamar la casa de Canning para s铆 mismo.
S煤bitamente una luz salvaje destell贸 a lo largo del camino frente a m铆 y me di vuelta para ver de d贸nde pudo haber venido un resplandor tan inusual… pero s贸lo eran las llamas, alz谩ndose para consumir con sobrenatural esplendor la mansi贸n, los secretos, del hombre que coleccionaba a Poe.

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