La puerta en el muro - H. G. Wells - Amantes de la literatura

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8.13.2025

La puerta en el muro - H. G. Wells


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La puerta en el muro es un cuento del autor britanico H.G. Wells, publicado por primera vez en la edici贸n de julio de 1906 del peri贸dico The Daily Chronicle. Narra la historia de Lionel Wallace, un exitoso pol铆tico brit谩nico que, siendo ni帽o, descubre una misteriosa puerta en un muro que lo conduce a un jard铆n encantado, lleno de belleza, dicha y seres bondadosos. Desde entonces, su vida ha estado marcada por la nostalgia de aquel mundo perdido y por la tensi贸n entre los deberes del mundo real y el anhelo de regresar a ese lugar ideal.

La puerta en el muro
H. G. Wells 
[Cuento completo]

Hace menos de tres meses, durante una velada propicia a las confidencias, Lionel Wallace me cont贸 esta historia de La Puerta en el Muro. Y en aquel momento pens茅 que, en lo que a 茅l concern铆a, era ver铆dica.

Me la narr贸 con una simplicidad de convicci贸n tan directa, que no pude menos que creerle. Pero a la ma帽ana siguiente, en mi propio departamento, me hall茅 al despertar en una atm贸sfera distinta; y mientras tendido en la cama recordaba las cosas que me hab铆a relatado, pero desprovistas ahora del encanto de su voz grave y lenta, desvinculadas de la luz del quinqu茅 que ca铆a sobre la mesa, del 谩mbito de sombras que nos circundaba y de todos aquellos objetos agradables y relucientes —el postre, las copas, la manteler铆a de la cena que acab谩bamos de compartir— que constitu铆an un mundo peque帽o y brillante, totalmente aislado de las realidades cotidianas, me parecieron francamente incre铆bles.

—Son invenciones… —me dije, y a帽ad铆—: Pero ¡qu茅 notables!… Jam谩s lo hubiera imaginado, y menos en 茅l.

M谩s tarde, mientras sentado en la cama tomaba el t茅, trat茅 de explicar el sabor a realidad de sus imposibles reminiscencias (era ese sabor a realidad lo que me dejaba perplejo), suponiendo que de alg煤n modo suger铆an, mostraban, transmit铆an (no s茅 qu茅 palabra utilizar) experiencias que de otra manera era imposible referir.

Pues bien, ya no recurro a esa explicaci贸n. Mis dudas se han disipado. Creo ahora, como cre铆 cuando me cont贸 el episodio, que Wallace hizo todo lo posible por develar ante m铆 la verdad de su secreto. Pero no pretendo adivinar si realmente vio o si crey贸 ver, si fue el poseedor de un inestimable privilegio o la v铆ctima de un sue帽o fant谩stico. Inclusive las circunstancias de su muerte, que aventaron para siempre mis dudas, no aclaran ese dilema.

El lector juzgar谩 por s铆 mismo.

He olvidado qu茅 comentario, qu茅 cr铆tica formulada por m铆 al azar, impuls贸 a un hombre tan reticente a depararme su confianza. Creo que quiso defenderse contra una acusaci贸n de tibieza o de irresponsabilidad en relaci贸n con un gran movimiento p煤blico, en el que su actitud me hab铆a defraudado. Lo cierto es que bruscamente intent贸 justificarse.

—Tengo una preocupaci贸n… —dijo.

»S茅 —prosigui贸 despu茅s de una pausa—, que he sido negligente. Lo cierto es que… No se trata de un caso de fantasmas o de aparecidos, pero es una cosa dif铆cil de decir, Redmond. Estoy hechizado. Acosado por algo que despoja de inter茅s a las cosas, que me llena de ansias…».

Se interrumpi贸, refrenado por esa timidez inglesa que tan a menudo nos asalta cuando queremos hablar de cosas conmovedoras, graves o bellas.

—T煤 fuiste alumno de Saint Althestan hasta el 煤ltimo a帽o —dijo, y por un instante esto me pareci贸 enteramente desvinculado del tema—. Bueno…

Hizo una nueva pausa. Despu茅s, vacilante al principio, con m谩s soltura luego, empez贸 a hablarme de aquello que hab铆a oculto en su vida: el persistente recuerdo de una belleza y una felicidad que llenaban su coraz贸n de insaciables anhelos, y que tornaba opacos, tediosos y vanos todos los intereses y el espect谩culo de la vida mundana.

Ahora que poseo la clave, todo parece visiblemente escrito en su rostro. Tengo una fotograf铆a suya en la que ese despego ha sido captado e intensificado. Me recuerda lo que de 茅l dijo una vez una mujer, una mujer que lo hab铆a amado mucho: «De pronto pierde todo inter茅s. Se olvida de los dem谩s. No le importa nada de los dem谩s, aunque est茅n a su lado».

Sin embargo, Wallace no era siempre igualmente ap谩tico, y cuando pon铆a su atenci贸n en algo pod铆a ser un hombre muy exitoso. En realidad, su carrera est谩 jalonada de 茅xitos. Me dej贸 atr谩s hace mucho tiempo; se remont贸 muy por encima de m铆 y se hizo de un renombre que yo jam谩s pude lograr. A煤n no hab铆a cumplido cuarenta a帽os, y ahora dicen que si hubiera vivido habr铆a ocupado un alto puesto en el gobierno y quiz谩 habr铆a integrado el nuevo gabinete.

En la escuela me superaba siempre sin esfuerzo, como la cosa m谩s natural. Cursamos juntos la mayor parte de nuestros estudios en el Colegio de Saint Althestan, en West Kensington. Entramos a la par en el colegio, pero 茅l egres贸 mucho m谩s adelantado, con un diluvio de becas y brillantes calificaciones, a pesar de que yo hice una carrera bastante buena. Y fue en aquella escuela donde o铆 hablar de la Puerta en el Muro por primera vez; la segunda, fue un mes antes de su muerte.

Para 茅l, al menos, la Puerta en el Muro era una puerta aut茅ntica, que a trav茅s de una pared verdadera conduc铆a a realidades inmortales. De eso estoy ahora convencido.

Y se enter贸 de su existencia muy temprano, cuando era apenas un chiquillo de cinco o seis a帽os. Recuerdo que al hacerme depositario de su secreto, con pausada gravedad, efectu贸 los c谩lculos y razonamientos necesarios para determinar la fecha.

—Hab铆a una enredadera de Virginia, de color carmes铆, un color carmes铆 uniforme y brillante, contra la pared blanca, bajo los rayos luminosos y ambarinos del sol. Esto, de alg煤n modo, forma parte de la impresi贸n que retengo, aunque no s茅 exactamente por qu茅. Y en el limpio pavimento, frente a la puerta verde, hab铆a hojas de casta帽os de Indias, en parte verdes y en parte amarillas, pero no pardas ni sucias, de modo que eran hojas reci茅n ca铆das. De ah铆 deduzco que transcurr铆a el mes de octubre. Nadie mejor que yo puede saberlo, pues todos los a帽os vigilo la ca铆da de las hojas de los casta帽os.

»Si estoy acertado en eso, yo ten铆a por aquella 茅poca cinco a帽os y cuatro meses».

Hab铆a sido, seg煤n 茅l, un chico m谩s bien precoz; aprendi贸 a hablar a edad anormalmente temprana, y era tan sano y «formal», como dice la gente, que gozaba de un grado de libertad que la mayor铆a de los ni帽os solo alcanzan a los siete u ocho a帽os. Su madre muri贸 cuando 茅l ten铆a dos, y qued贸 al cuidado, menos vigilante y autoritario, de una institutriz.

Su padre era un abogado severo y preocupado, que le prestaba escasa atenci贸n, aunque esperaba grandes cosas de 茅l. A pesar de toda su viveza de ingenio, creo que la vida le resultaba gris y opaca. Y un d铆a empez贸 a vagabundear.

No recordaba en particular la negligencia que le permiti贸 escapar, ni cu谩l de los caminos de West Kensington eligi贸. Todo eso se hab铆a desvanecido entre los incurables borrones de la memoria. Mas la pared blanca y la puerta verde persist铆an n铆tidamente.

Seg煤n lo que recordaba de aquella experiencia infantil, ya al ver por primera vez la puerta experiment贸 una extra帽a emoci贸n, una atracci贸n, un deseo de encaminarse a ella, abrirla y entrar. Y al mismo tiempo tuvo la absoluta certeza de que ceder a esa atracci贸n era imprudente o perverso; una de las dos cosas: no sab铆a cu谩l. Cosa extra帽a, insisti贸 en afirmar que, a menos que la memoria le jugase una curiosa trampa, supo desde el primer momento que la puerta no ten铆a cerrojo y que pod铆a entrar f谩cilmente.

Me parece ver la cara de aquel chico, atra铆do y rechazado.

Y tambi茅n se le hizo evidente, aunque nunca me explic贸 por qu茅, que su padre se encolerizar铆a mucho si atravesaba esa puerta.

Wallace me describi贸 con todo detalle esos momentos de vacilaci贸n. Pas贸 de largo ante la puerta y luego, con las manos en los bolsillos y tratando puerilmente de silbar, sigui贸 caminando hasta sobrepasar el extremo del muro. All铆 recuerda haber visto varias tiendas sucias, en particular la de un plomero y decorador, donde se amontonaban en polvoriento desorden ca帽os de loza de barro, plomo en l谩minas, canillas, muestrarios de empapelados y tarros de pintura. Se detuvo, fingiendo examinar esas cosas, y codiciando, deseando apasionadamente la puerta verde.

Entonces, seg煤n me dijo, experiment贸 una r谩faga de emoci贸n. Corri贸 hasta la puerta verde, temeroso de volver a vacilar. La embisti贸 con el brazo extendido y la oy贸 cerrarse a sus espaldas. De este modo, casi sin pensarlo, entr贸 en el jard铆n que ha inquietado el resto de sus d铆as.

Le result贸 muy dif铆cil a Wallace describirme la impresi贸n exacta que recibi贸 al encontrarse en aquel jard铆n.

Hab铆a algo en el aire mismo que regocijaba, que infund铆a una sensaci贸n de liviandad, de dicha y bienestar; que daba a todos los colores una nitidez, una luminosidad sutil y perfecta. Al entrar, se experimentaba una exquisita felicidad, esa felicidad que raramente se siente en este mundo y solo cuando se es joven y alegre. All铆 todo era hermoso…

Wallace se qued贸 meditando antes de proseguir. —Pues bien —dijo con el acento irresoluto del hombre que hace una pausa antes de referir algo incre铆ble—, hab铆a all铆 dos grandes panteras… S铆, panteras moteadas. Y no tuve miedo. Hab铆a un sendero largo y ancho, con canteros de aristas de m谩rmol a ambos lados, y esas dos bestias enormes y aterciopeladas jugaban all铆 con una pelota. Una alz贸 la cabeza y se acerc贸 a m铆, con cierta curiosidad al parecer. Lleg贸 a mi lado, frot贸 muy suavemente su oreja tibia y redonda contra la mano que yo le tend铆a y comenz贸 a ronronear.

»Te aseguro que era un jard铆n encantado. ¿Y su tama帽o? ¡Oh! Se extend铆a, inconmensurable, en todas direcciones. Creo que a la distancia hab铆a colinas. Solo Dios sabe qu茅 hab铆a sido de West Kensington. Y en cierto modo era como un regreso al hogar.

»¿C贸mo explicarte? Apenas estuvo la puerta cerrada a mi espalda, olvid茅 el camino con las hojas ca铆das de los casta帽os, los coches de alquiler y los carros de los mercaderes; olvid茅 esa especie de atracci贸n gravitatoria que me ce帽铆a a la disciplina y la obediencia en casa de mi padre; olvid茅 todas las dudas y temores, olvid茅 la discreci贸n, olvid茅 todas las 铆ntimas realidades de esta vida. En un instante me convert铆 en un ni帽o feliz, maravillosamente feliz en otro mundo. Era un mundo diferente, con una luz m谩s tibia, penetrante y suave; con una tenue y clara alegr铆a en el aire; con hebras de nubes acariciadas por el sol en lo azul del cielo. Y ante m铆 se extend铆a acogedoramente ese camino largo y ancho, con canteros sin malezas a ambos lados, donde esplend铆an flores que nadie cuidaba y jugaban aquellas dos grandes panteras. Sin temor puse las manos sobre su pelaje suave, acarici茅 sus orejas redondas y los sensitivos pliegues debajo de sus orejas, y jugu茅 con ellas, y era como si me diesen la bienvenida a mi hogar. Esta sensaci贸n de retorno al hogar era muy aguda. De pronto apareci贸 en el sendero una muchacha alta y rubia, se acerc贸 sonriendo a recibirme, dijo: “¿Y bien?”, y me alz贸 y me bes贸, y despu茅s me baj贸 y me llev贸 de la mano; yo no sent铆a asombro sino la deliciosa impresi贸n de que todo estaba bien, de que volv铆an a mi memoria cosas felices que de alg煤n modo extra帽o olvidara.

»Recuerdo una ancha escalinata de pelda帽os rojos, que apareci贸 a mi vista entre espigas de delfinios, por donde subimos hasta entrar en una gran avenida sombreada por 谩rboles muy viejos, oscuros y frondosos. A todo lo largo de esta avenida, entre los troncos rojos y hendidos, hab铆a suntuosos bancos de m谩rmol, y estatuas, y mans铆simas palomas blancas.

»Por esta avenida me llev贸 mi amiga, bajando el rostro para mirarme (a煤n recuerdo los rasgos agradables, la barbilla exquisitamente modelada de su rostro dulce y bondadoso), haci茅ndome preguntas con voz suave y placentera, cont谩ndome cosas; bellas cosas, estoy seguro, aunque nunca pude recordarlas… De pronto baj贸 de un 谩rbol un mono capuchino, muy limpio, con un pelaje pardo rojizo y bondadosos ojos casta帽os; se acerc贸 a nosotros, corri贸 a mi lado y me mir贸 sonriendo, y luego se encaram贸 a mi hombro. Y los dos seguimos caminando, muy felices».

Hizo una pausa.

—Prosigue —le dije.

—Recuerdo peque帽as cosas. Recuerdo que pasamos junto a un anciano que meditaba entre laureles, junto a un lugar que alegraban las cotorras, y que atravesando una columnata ancha y sombreada entramos en un palacio espacioso y fresco, lleno de agradables fuentes, de bellas cosas, hechas a la medida de las promesas y los deseos del coraz贸n.

»Y hab铆a muchas cosas y mucha gente; a algunos a煤n los recuerdo con claridad, a otros m谩s vagamente; pero todos eran hermosos y buenos. De alg煤n modo, no se c贸mo, entend铆 que todos eran bondadosos conmigo, que se alegraban de tenerme all铆, y me colmaban de alegr铆a con sus gestos, con el roce de sus manos, con la bienvenida y el amor de sus ojos».

—Sigue.

Estuvo cavilando unos instantes.

—Encontr茅 compa帽eros de juegos. Eso significaba mucho para m铆, porque yo era un ni帽o solitario. Se dedicaban a deliciosos juegos en un prado cubierto de c茅sped, donde hab铆a un reloj de sol tratado con flores. Y jugar era amarnos…

»Pero —es extra帽o— hay una laguna en mis memorias. No recuerdo cu谩les eran esos juegos. Nunca pude recordarlo. M谩s tarde he pasado largas horas esforz谩ndome, incluso con l谩grimas, por rememorar la forma de esa felicidad. He tratado de recrearla, solo en mi cuarto. In煤tilmente. Lo 煤nico que retengo es aquella sensaci贸n de dicha y los dos amados amigos que con m谩s frecuencia me acompa帽aban.

»Luego vino una mujer sombr铆a y morena, de rostro grave y p谩lido, con ojos so帽adores; una mujer sombr铆a, que vest铆a una suave y larga t煤nica de p谩lida p煤rpura y llevaba un libro; me llam贸 por se帽as y llev贸me aparte a una galer铆a, aunque mis compa帽eros no quer铆an que me marchase e interrumpiendo sus juegos se quedaron mirando mientras yo me alejaba.

»—¡Vuelve pronto! —gritaban—. ¡Vuelve pronto con nosotros!

»Mir茅 el rostro de la mujer, pero ella no les prestaba atenci贸n. Su expresi贸n era muy dulce y grave.

»Me llev贸 a un banco de la galer铆a, y yo permanec铆 de pie a su lado, presto a mirar el libro cuando lo abriera sobre sus rodillas.

»Abri茅ronse las p谩ginas, se帽al贸las con el dedo y yo mir茅 maravillado, porque en las vivientes p谩ginas de ese libro me vi… era la historia de mi vida y en ella figuraban todas las cosas que me hab铆an acontecido desde que naciera. Maravilloso, porque las paginas de ese libro no eran im谩genes, ¿comprendes?, sino realidades».

Wallace hizo una pausa solemne y me mir贸, vacilando.

—Adelante —le dije—. Comprendo.

—Eran realidades… s铆, deb铆an serlo; las personas se mov铆an, y los objetos iban y ven铆an con ellas; mi amada madre, a quien casi olvidara; despu茅s mi padre, severo y r铆gido; los criados, mi cuarto, todas las cosas familiares de mi casa. Luego la puerta de entrada, y las calles ajetreadas donde iban y ven铆an los veh铆culos. Yo observaba y me maravillaba, y tornaba a mirar casi incr茅dulo el rostro de la mujer, volcaba las p谩ginas, salteando 茅sta y aqu茅lla para ver m谩s y m谩s de ese libro, hasta que al fin me descubr铆 merodeando vacilando ante la puerta verde enclavada en el largo muro blanco, y sent铆 renovados el miedo y el conflicto interior.

»—¿Y despu茅s? —exclam茅, y habr铆a vuelto la p谩gina siguiente, pero la mano fr铆a de la mujer me detuvo.

»—¿Despu茅s? —insist铆 forcejeando suavemente con la mano de la mujer, tirando de sus dedos con toda la fuerza de mis a帽os infantiles, y cuando ella cedi贸 y pas贸 la p谩gina, se inclin贸 sobre m铆 como una sombra y me bes贸 en la frente.

»Pero en aquella p谩gina no aparec铆a el jard铆n encantado, ni las panteras, ni la muchacha que me hab铆a llevado de la mano, ni los amigos que no hab铆an querido dejarme ir.

»Ve铆ase una calle larga y gris de West Kensington, a esa hora fr铆a del atardecer, antes de encenderse los faroles; y yo me encontraba ah铆, peque帽o y desdichado, llorando a gritos, a pesar de mis esfuerzos por dominarme; y lloraba porque no pod铆a volver junto a los amados compa帽eros de juegos que me hab铆an gritado: “¡Vuelve con nosotros! ¡Vuelve pronto con nosotros!”. Yo estaba ah铆.

»Y ya no era la p谩gina de un libro, sino la cruda realidad; aquel sitio encantado y la mano que intentaba detenerme, la mano de esa madre grave a cuyas rodillas estuve pegado, hab铆an desaparecido. ¿D贸nde estaban ahora?».

Wallace call贸 nuevamente y permaneci贸 un rato con los ojos clavados en el fuego.

—¡Oh! ¡La congoja de ese regreso! —murmur贸.

—¿Y bien? —dije al cabo de uno o dos minutos.

—De vuelta en este mundo gris, yo era un pobre desdichado. Al comprender en toda su magnitud lo que me hab铆a sucedido, me entregu茅 a una pena irredimible. Y a煤n llevo en m铆 la verg眉enza, la humillaci贸n de ese llanto en p煤blico y del oprobioso retorno a mi casa. Veo nuevamente a ese anciano caballero de ben茅volo aspecto, un anciano con lentes de oro, que se detuvo para hablarme… punz谩ndome antes con la punta de su paraguas. «¡Pobre chico! —dijo—. ¿Est谩s extraviado?».

»¡Y yo hab铆a nacido en Londres, y ten铆a m谩s de cinco a帽os! Se empe帽贸 en llamar a un polic铆a, joven y bondadoso, y en rodearme de curiosos y llevarme a casa. Sollozando, observado por todo el mundo, temeroso, sal铆 de aquel jard铆n encantado para volver al umbral de la casa de mi padre.

»Eso es todo cuanto recuerdo de mi visi贸n del jard铆n… el jard铆n que a煤n ahora me obsesiona. Naturalmente, no puedo expresar esa inefable condici贸n de transl煤cida irrealidad, esa diferencia en relaci贸n con los objetos comunes de nuestra experiencia que imperaba all铆; pero eso… eso es lo que ocurri贸. Si fue un sue帽o, estoy seguro de que he so帽ado despierto y que ha sido un sue帽o extraordinario… ¡Hum! Desde luego, hubo un interrogatorio terrible, por parte de mi t铆a, mi padre, la nodriza, la institutriz, todos…

»Trat茅 de explicarles, y por primera vez mi padre me dio una paliza por embustero. M谩s tarde intent茅 contar el caso a mi t铆a, y ella volvi贸 a castigarme por reincidir perversamente.

»M谩s tarde se prohibi贸 a todos escucharme, o铆r una sola palabra del asunto. Hasta me quitaron por un tiempo los libros de cuentos de hadas… porque yo era demasiado “imaginativo”. ¿Eh? ¡S铆, llegaron a eso! Mi padre era de la vieja escuela… Y mi historia qued贸 encerrada dentro de m铆. Yo la susurraba a mi almohada: mi almohada que a menudo estaba h煤meda y salada de llanto bajo mis labios murmurantes. Y a mis oraciones preestablecidas, menos fervientes, agregaba siempre esta s煤plica de todo coraz贸n: “¡Te ruego, Se帽or, que me hagas so帽ar con el jard铆n! ¡Oh, ll茅vame nuevamente al jard铆n! ¡Ll茅vame al jard铆n!”. A menudo, en efecto, so帽茅 con 茅l. Quiz谩 he agregado elementos al sue帽o, quiz谩 lo he alterado, no s茅… Debes comprender que esto no es m谩s que una tentativa de reconstruir una experiencia muy temprana sobre recuerdos fragmentarios. Entre 茅stos y otras memorias subsiguientes de mi infancia, hay una laguna.

»Lleg贸 un momento en que me pareci贸 imposible que alguna vez tornara a hablar de aquella prodigiosa vislumbre».

Formul茅 una pregunta obvia.

—No —respondi贸—. Que yo recuerde, nunca, en aquellos primeros a帽os, intent茅 reencontrar el camino que conduc铆a al jard铆n. Ahora esto me parece extra帽o, pero pienso que despu茅s de aquella malaventura acaso se vigilaron con m谩s cuidado mis movimientos, para impedir que me extraviase. No, s贸lo cuando lo conoc铆 intent茅 buscar nuevamente el jard铆n. Y creo que hubo una 茅poca, aunque ahora parezca incre铆ble, en que lo olvid茅 totalmente; puede haber sido alrededor de los ocho o nueve a帽os. ¿Recuerdas cuando yo era un chiquillo en Saint Althestan’s?

—S铆, recuerdo.

—¿Y alguna vez, en ese entonces, di indicios de poseer un sue帽o secreto?

II

Alz贸 la mirada con una repentina sonrisa.

—¿Alguna vez jugaste conmigo al «Paso del Noroeste»? No, naturalmente, t煤 no te acercabas a m铆.

»Era de esa clase de juegos —prosigui贸— que ocupan el d铆a entero a todo chico imaginativo. La idea era descubrir un “Paso del Noroeste” para llegar a la escuela[1]. El camino habitual no presentaba dificultades; el juego consist铆a en buscar un camino que no fuera sencillo, saliendo de casa diez minutos antes en alguna direcci贸n imprevista, y abri茅ndose paso hasta la meta a trav茅s de calles desconocidas.

Y un d铆a me encontr茅 extraviado en unas callejas de barrio pobre, m谩s all谩 de Campden Hill, y comenc茅 a pensar que por primera vez el juego me resultar铆a adverso y llegar铆a tarde a la escuela. Casi desesperado, me intern茅 por un camino que parec铆a un callej贸n sin salida, y en su extremo descubr铆 un pasaje. Lo recorr铆 apresuradamente, con renovada esperanza.

»—¡Todav铆a he de llegar a tiempo! —exclam茅 pasando ante una hilera de sucias tiendas que me parecieron inexplicablemente familiares. Y de pronto, ¡oh, prodigio!, ah铆 estaba el largo muro blanco y la puerta verde que conduc铆a al jard铆n encantado.

»Fue una revelaci贸n instant谩nea. ¡Eso quer铆a decir que el jard铆n, el maravilloso jard铆n no era un sue帽o!».

Hizo una pausa.

—Supongo que mi segunda experiencia de la puerta verde pone de manifiesto el mundo de distancia que hay entre la vida laboriosa de un escolar y la infinita holganza de una criatura. Sea como fuere, esta vez no se me ocurri贸 ni por un momento entrar directamente. No s茅 si comprendes… En primer t茅rmino, dominaba en mi esp铆ritu la idea de llegar a tiempo a la escuela; estaba decidido a no quebrar toda una trayectoria de puntualidad.

»Indudablemente, deb铆 experimentar alg煤n deseo de abrir la puerta… s铆. Deb铆 sentirlo. Pero me parece recordar que consider茅 la atracci贸n de la puerta simplemente como un nuevo obst谩culo para mi suprema decisi贸n de llegar a la escuela. Ese descubrimiento, desde luego, me interes贸 inmensamente: me fui con el pensamiento puesto en 茅l, pero me fui. La puerta no pudo refrenarme. Pas茅 de largo, corriendo; saqu茅 el reloj y comprob茅 que a煤n me quedaban diez minutos; poco m谩s tarde me encontraba bajando un declive, ya en sitios familiares.

»Llegu茅 a la escuela jadeante, es cierto, y empapado en sudor, pero a tiempo. Recuerdo que colgu茅 el abrigo y la gorra… Hab铆a pasado junto a la puerta y hab铆a seguido de largo. ¿Extra帽o, verdad?».

Me mir贸 pensativamente.

—Naturalmente, yo no sab铆a en aquel momento que la puerta no siempre estar铆a ah铆. La imaginaci贸n de un ni帽o es limitada.

»Supongo que me pareci贸 maravilloso que estuviera all铆 y que yo conociera el camino para volver a ella. Pero ya la escuela me impon铆a sus exigencias. Imagino que estuve muy distra铆do y desatento esa ma帽ana, recordando cuanto pod铆a de los extra帽os y hermosos seres a quienes pronto ver铆a nuevamente. Aunque parezca raro, no abrigaba la menor duda de que se alegrar铆an de verme… S铆, aquella ma帽ana deb铆 considerar ese jard铆n como un hermoso lugar al que uno pod铆a volver en los intervalos de una ardua carrera escol谩stica.

»Y en efecto, aquel d铆a no fui. El d铆a siguiente era semiferiado; quiz谩 eso influy贸. Quiz谩 tambi茅n, la distracci贸n elabor贸 en mi estado de 谩nimo ciertas imposiciones, reduciendo el margen de tiempo que en realidad necesitaba para mi excursi贸n. No lo s茅. Lo que s茅 es que ahora el jard铆n encantado dominaba a tal punto mis pensamientos, que ya no pude guardar el secreto.

»Lo confi茅 a un chico con aspecto de hur贸n, cuyo nombre no recuerdo. Lo apod谩bamos Squiff».

—Se llamaba Hopkins —dije.

—Eso es, Hopkins. No me fue agradable dec铆rselo. Ten铆a la impresi贸n de que en cierto modo revelar el secreto era contrariar determinadas reglas, pero se lo dije. 脡l sol铆a acompa帽arme en parte del trayecto a mi casa; era muy locuaz, y si no hubi茅ramos hablado del jard铆n encantado habr铆amos hablado de otra cosa, y a m铆 me resultaba intolerable pensar en otra cosa. Por eso se lo dije.

»Bueno, 茅l divulg贸 mi secreto. Al d铆a siguiente, en el recreo, me vi rodeado de media docena de chicos mayores que yo, que me fastidiaban y parec铆an muy curiosos por saber algo m谩s del jard铆n encantado. Estaba ese grandote de Fawcett, ¿lo recuerdas?, y tambi茅n Carnaby y Morley Reynolds. ¿T煤 tambi茅n, por casualidad? No, creo que lo recordar铆a…

»Un ni帽o es un ser de extra帽os sentimientos. Realmente creo que, a pesar de mi secreto disgusto conmigo mismo, en el fondo me sent铆a un poco halagado por llamar la atenci贸n de aquellos compa帽eros m谩s grandes que yo.

»Recuerdo en particular el placer que me caus贸 el elogio de Crashaw (¿recuerdas a Crashaw, que lleg贸 a alcalde y que era hijo de un compositor?); dijo que era el mejor embuste que hab铆a o铆do. Pero al mismo tiempo yo experimentaba un oscuro sentimiento de verg眉enza, realmente doloroso, por haber dejado escapar lo que a mi juicio era un secreto sagrado.

»Y esa bestia de Fawcett se permiti贸 una broma acerca de la muchacha vestida de verde…».

La voz de Wallace se hizo m谩s sorda al recuerdo de la humillaci贸n.

—Fing铆 no o铆r —continu贸—. Bueno, despu茅s Carnaby me llam贸 mentiroso y ri帽贸 conmigo cuando le dije que el episodio era ver铆dico. Afirm茅 que sab铆a d贸nde estaba la puerta y que en diez minutos pod铆a conducirlos a ella. Carnaby se mostr贸 ofensivamente virtuoso, y respondi贸 que tendr铆a que hacerlo y probar mis palabras o sufrir las consecuencias. ¿Carnaby nunca te retorci贸 el brazo? Entonces quiz谩 comprender谩s mi situaci贸n. Jur茅 que mi historia era cierta.

»Por aquel entonces no hab铆a nadie en la escuela capaz de salvarlo a uno de las iras de Carnaby, aunque Crashaw quiso calmarlo. Pero Carnaby gozaba del juego. Yo me excit茅, sent铆 que mis orejas se pon铆an rojas, empec茅 a sentir miedo.

»Me comport茅 como un chico est煤pido, y el resultado fue que en lugar de dirigirme solo a mi jard铆n encantado, abr铆 la marcha —con las mejillas encendidas, las orejas encarnadas, los ojos febriles y el alma convertida en un ardor de angustia y miseria— seguido por un grupo de seis camaradas burlones, curiosos y amenazantes.

»Y no encontramos el muro blanco ni la puerta verde…».

—¿Quieres decir que…?

—Quiero decir simplemente que no pude encontrarla. A pesar m铆o.

»Y m谩s tarde, cuando pude volver solo, tampoco la encontr茅. Jam谩s la encontr茅. Ahora me parece que la estuve buscando siempre, en aquellos d铆as del colegio, pero sin hallarla nunca… nunca».

—¿Y los compa帽eros… se mostraron desagradables?

—Bestialmente… Carnaby celebr贸 una especie de consejo de guerra, me hizo juzgar acus谩ndome de embustero y malvado. Recuerdo que volv铆 a casa y sub铆 furtivamente a mi cuarto, para ocultar las huellas de las l谩grimas.

»Y segu铆 llorando hasta quedarme dormido, mas no por Carnaby, sino por el jard铆n, por la hermosa tarde que hab铆a anhelado, por las dulces y amigables mujeres, por los compa帽eritos que me aguardaban, por el juego que hab铆a ansiado aprender nuevamente, ese hermoso juego olvidado…

»Llegu茅 a creer firmemente que si no hubiera revelado el secreto… En fin, lo cierto es que despu茅s atraves茅 malos momentos: lloraba de noche y fantaseaba de d铆a. Durante dos bimestres dej茅 de estudiar y tuve malas notas. ¿Recuerdas? S铆, debes recordarlo.

»Fuiste t煤, al superarme en matem谩ticas, quien me lanz贸 nuevamente a la brecha».

III

Durante un rato mi amigo contempl贸 silenciosamente el rojo coraz贸n del fuego.

Despu茅s dijo:

—No volv铆 a verla hasta los diecisiete a帽os.

»Apareci贸 ante m铆 por tercera vez cuando me dirig铆a a Paddington, en camino a Oxford, donde deb铆a disputar una beca. Fue apenas una moment谩nea vislumbre. Iba arrellanado en el coche, fumando un cigarrillo y crey茅ndome sin duda un cabal hombre de mundo, cuando de s煤bito divis茅 la puerta y la pared y experiment茅 la certidumbre de cosas inolvidables y todav铆a asequibles.

»El carruaje sigui贸 de largo, traqueteando; tomado de sorpresa, no atin茅 a detenerlo antes de que se alejara bastante y doblara la esquina. Entonces viv铆 una extra帽a experiencia, un doble y divergente movimiento de mi voluntad: golpe茅 con los nudillos la portezuela del techo del carruaje y baj茅 el brazo para sacar mi reloj.

»—¡S铆, se帽or! —repuso vivamente el conductor.

»—Este… perdone… no es nada —repliqu茅—. Un error. No nos queda mucho tiempo. ¡Siga!

»Y seguimos…

»Gan茅 la beca. Y la noche en que supe la noticia me sent茅 junto al fuego en mi peque帽a habitaci贸n del piso alto, mi estudio, en casa de mi padre, cuando a煤n sonaban en mis o铆dos sus elogios (que nunca prodigaba) y sus sanos consejos; y mientras fumaba mi pipa favorita (esa formidable bulldog de la adolescencia) pens茅 en la puerta del largo muro blanco.

»Si me hubiera detenido —pens茅—, habr铆a perdido la beca, no hubiese entrado en Oxford, habr铆a echado a perder la brillante carrera que me aguarda. Ahora empiezo a ver mejor las cosas.

»As铆 estuve cavilando hondamente, pero sin dudar de que mi carrera era algo que merec铆a un sacrificio.

»Aquellos amados amigos, aquella atm贸sfera l铆mpida, 茅ranme muy caros, muy entra帽ables, pero remotos. Mis ambiciones se centraban ahora en el mundo. Miraba abrirse otra puerta: la puerta de mi carrera».

Una vez m谩s contempl贸 fijamente el fuego. Por un instante fugaz, el c谩rdeno resplandor destac贸 en su rostro un gesto de porfiada energ铆a, que enseguida se desvaneci贸.

—Pues bien —continu贸 con un suspiro—, he realzado mi carrera. He trabajado mucho, he trabajado duramente. Pero mil veces he so帽ado con el hechizado jard铆n y en cuatro ocasiones, a partir de aquel d铆a… he visto o columbrado su puerta. S铆, cuatro veces.

»Durante alg煤n tiempo este mundo me pareci贸 tan espl茅ndido e interesante, tan lleno de significado y oportunidades, que el semidesva铆do encanto del jard铆n resultaba, en comparaci贸n, muy tenue y remoto. ¿Acaso hay alguien que desee acariciar una pantera cuando va a cenar con hermosas mujeres y hombres ilustres? Cuando de Oxford regres茅 a Londres, yo era un hombre pujante, lleno de promesas que en parte se han cumplido. En parte. Y sin embargo, he tenido mis desenga帽os…

»Dos veces estuve enamorado. No me extender茅 sobre esto, pero en una ocasi贸n, cuando iba a ver a alguien que, yo bien sab铆a, dudaba de si me atrever铆a a ir, tom茅 al azar un atajo, una calle poco frecuentada cerca de Earl’s Court, y as铆 me hall茅 ante el muro blanco y la familiar puerta verde.

»—¡Qu茅 extra帽o! —me dije—. Yo pensaba que este sitio estaba en Campden Hill. Es el lugar que nunca he podido encontrar, cuya b煤squeda es empresa m谩s ardua que contar los Stonehenge, el escenario de mis extra帽as fantas铆as.

»Y segu铆 de largo, firme en mi prop贸sito anterior. Aquella tarde la puerta verde no ten铆a poder sobre m铆.

»Experiment茅 apenas el moment谩neo impulso de probar el picaporte (s贸lo necesitaba para ello dar tres pasos a un costado), aunque en el fondo de mi coraz贸n estaba seguro de que se abrir铆a para m铆; pero despu茅s pens茅 que al hacerlo quiz谩 llegar铆a tarde a la cita en que estaba comprometido mi honor.

»M谩s tarde lament茅 mucho mi puntualidad; pens茅 que por lo menos pod铆a haberme asomado para hacer una se帽a amistosa a las panteras. Mas la experiencia me hab铆a ense帽ado ya que no deb铆a buscar tard铆amente lo que buscando no se puede encontrar. S铆, esta vez lo lament茅 mucho…

»Despu茅s pasaron a帽os de duro trabajo y no volv铆 a hallar la puerta hasta hace muy poco. Simult谩neamente con este reencuentro, he tenido la sensaci贸n de que algo as铆 como una delgada pel铆cula opaca empezaba a oscurecer mi mundo. La perspectiva de no volver jam谩s a ver esa puerta comenz贸 a parecerme triste y amarga.

»Quiz谩 estaba sufriendo las primeras consecuencias del exceso de trabajo, quiz谩 se apoderaba de m铆 el sentimiento de frisar ya en los cuarenta a帽os. No s茅. Pero es indudable que las cosas no tienen para m铆 ese vivo resplandor que facilita el esfuerzo; y esto me ocurre cuando deber铆a estar trabajando, participando en los nuevos acontecimientos pol铆ticos. Extra帽o, ¿verdad? La vida se me hace fatigosa, y sus frutos, cuando estoy a punto de obtenerlos, carentes de valor. Hace poco comenc茅 a desear intensamente el jard铆n. S铆… y tres veces he visto…».

—¿El jard铆n?

—No. La puerta. Y no he entrado. Se inclin贸 hacia m铆 sobre la mesa y su voz reflejaba una pena inmensa.

—Tres veces se me present贸 la oportunidad… ¡tres veces! Hab铆a jurado que si esa puerta volv铆a a ofrec茅rseme, entrar铆a por ella, saldr铆a de este polvo, de este calor, de este superfluo oropel de vanidades, de estas laboriosas futilezas.

»Entrar铆a para no volver nunca. Esta vez me quedar铆a… Lo hab铆a jurado, mas cuando lleg贸 el momento, no entr茅.

»Tres veces en un a帽o pas茅 ante esa puerta sin entrar. Tres veces en el ultimo a帽o.

»La primera fue la noche en que hubo aquel re帽ido debate sobre la Ley de Arrendamientos, en cuya votaci贸n el gobierno se salv贸 apenas por tres sufragios. ¿Recuerdas? Ninguno de nuestros partidarios, y quiz谩 muy pocos de nuestros rivales, pensaba que la sesi贸n pudiera levantarse durante la noche.

»Pero de pronto el debate se vino abajo como un castillo de naipes. Hotchkiss y yo est谩bamos cenando con su primo en Brentford; ambos hab铆amos abandonado el recinto. Nos llamaron por tel茅fono e inmediatamente nos pusimos en camino en el autom贸vil del primo. Llegamos apenas a tiempo, y en el trayecto pasamos ante el muro y la puerta, p谩lidos a la luz de la luna, manchados de un c谩lido amarillo al iluminarlos nuestros faros, pero inconfundibles.

»—¡Dios m铆o! —exclam茅.

»—¿Qu茅? —pregunt贸 Hotchkiss.

»—Nada —repuse.

»Y as铆 pas贸 el momento.

»—He realizado un gran sacrificio —dije, al entrar, al presidente del bloque.

»—Todos se han sacrificado —me respondi贸 y pas贸 de prisa a mi lado.

»No veo c贸mo pod铆a haber obrado de otro modo. Y mi pr贸ximo encuentro con la puerta ocurri贸 cuando corr铆a a la cabecera de mi padre, para dar a ese severo anciano el 煤ltimo adi贸s. Tambi茅n en esta oportunidad las exigencias de las circunstancias fueron imperativas. Pero la tercera vez la situaci贸n fue distinta. Sucedi贸 hace una semana, y al recordarlo a煤n me inunda un ardiente remordimiento. Estaba con Gurker y Ralphs… Ya no es un secreto, t煤 lo sabes, que he hablado con Gurker.

»Hab铆amos estado cenando en Frobisher’s y la conversaci贸n tom贸 un sesgo 铆ntimo. El problema del lugar que yo ocupar铆a en el nuevo ministerio escapaba a la 贸rbita de nuestra discusi贸n. S铆, si… Ahora todo eso est谩 arreglado.

»No conviene comentar el asunto todav铆a, pero no tengo por qu茅 ocultarte un secreto… S铆… Gracias, gracias. Pero deja que te cuente el resto de la historia.

»Aquella noche las cosas estaban un poco en el aire. Mi posici贸n era muy delicada. Yo ten铆a vivos deseos de conseguir una respuesta definida de Gurker, pero me estorbaba la presencia de Ralphs. Utilizaba toda mi capacidad mental para que esa conversaci贸n ligera y despreocupada no apuntase con demasiada evidencia al tema que me interesaba. Esto era indispensable. La actitud de Ralphs a partir de aquel momento ha justificado de sobra mi desconfianza… Yo sab铆a que Ralphs iba a dejarnos m谩s all谩 de Kensington High Street, y entonces podr铆a sorprender a Gurker abordando francamente el asunto. A veces uno tiene que recurrir a esas peque帽as estratagemas… Y fue entonces cuando all铆 adelante, en el l铆mite de mi campo visual, percib铆 una vez m谩s la pared blanca y la puerta verde.

»Pasamos ante ella conversando. Yo pas茅 ante ella. Todav铆a puedo ver la sombra del aguzado perfil de Gurker, de su sombrero de copa inclinado sobre su prominente nariz, de los numerosos pliegues de su bufanda; y despu茅s mi propia sombra y la de Ralphs.

»Pas茅 a veinte pulgadas de esa puerta.

»¿Qu茅 ocurrir铆a —pens茅— si les diera las buenas noches y entrara?

»Y estaba ansioso por hablar a solas con Gurker.

»Asediado por un c煤mulo de problemas, me era imposible responder a esa pregunta.

»Pensar谩n que estoy loco —me dije—. Y si llegara a desaparecer… Misteriosa desaparici贸n de tan importante personaje pol铆tico.

»Esto influy贸 en m铆. Un millar de consideraciones mundanas inconcebiblemente mezquinas obraron sobre m铆 en esa crisis».

Me mir贸 con sonrisa apenada.

—Y aqu铆 estoy —dijo lentamente—. Aqu铆 estoy —repiti贸— y he perdido mi 煤ltima oportunidad. Tres veces en un a帽o se me brind贸 esa puerta… esa puerta que conduce a la paz, a la felicidad, a una belleza no so帽ada, a una bondad que ning煤n hombre puede imaginar.

»Y yo la he rechazado, Redmond, y no volver谩 a aparecer…».

—¿C贸mo lo sabes?

—Lo s茅. Lo s茅. Y ahora he quedado solo con mi trabajo, con los compromisos que tan fuertemente me retuvieron cuando lleg贸 el momento de la decisi贸n. T煤 dices que he tenido 茅xito, que he conseguido esa cosa vulgar, chillona, tediosa y envidiada que llaman 茅xito. ¡Y es cierto! —Ten铆a en la mano, en su mano poderosa, una nuez—. Si esto fuese mi 茅xito… —Y la aplast贸 entre los dedos y me mostr贸 los fragmentos desmenuzados.

»Te dir茅 una cosa, Redmond. Esa p茅rdida me est谩 destruyendo. Hace dos meses, hace casi diez semanas, que no hago trabajo alguno, salvo las tareas m谩s necesarias y urgentes. Mi alma est谩 llena de inextinguibles remordimientos.

»De noche, cuando creo que podr茅 pasar inadvertido, salgo y ambulo por las calles. S铆. Me pregunto qu茅 dir铆a la gente si lo supiera. ¡Un ministro del gabinete, la cabeza responsable de la m谩s importante de las reparticiones, errando solo… pensando… lament谩ndose a veces casi en voz alta… en busca de una puerta, de un jard铆n!».

IV

A煤n me parece ver su rostro m谩s bien p谩lido y el fuego extra帽o y sombr铆o que inundaba sus ojos. Esta noche lo recuerdo v铆vidamente. Rememoro sus palabras, su acento, mientras a煤n yace en mi sof谩 la Westminster Gazette de anoche con la noticia de su muerte. Hoy, a la hora del almuerzo, todos los socios del club comentaban el asunto. No hemos hablado de otra cosa.

Encontraron su cad谩ver ayer por la ma帽ana, muy temprano, en una profunda excavaci贸n pr贸xima a la estaci贸n de East Kensington. Es uno de los dos t煤neles construidos recientemente en las obras de prolongaci贸n del ferrocarril hacia el Sur.

Para impedir el acceso del p煤blico, est谩 protegido por una empalizada, sobre el camino real; y en esa empalizada hab铆a una puerta peque帽a, para dar paso a los obreros que viven en esa direcci贸n. La puerta qued贸 abierta, por culpa de un malentendido entre dos trabajadores, y Wallace entr贸 por ella.

Una legi贸n de preguntas, de enigmas, oscurecen mi esp铆ritu.

Al parecer, recorri贸 todo el camino a pie, desde el Parlamento (a menudo ha regresado caminando a su casa durante el 煤ltimo per铆odo de sesiones), y es as铆 como imagino su oscura silueta, absorta y decidida, avanzando por las calles desiertas y nocturnas. ¿Acaso los p谩lidos focos el茅ctricos dieron a los toscos tablones una semblanza de blancura? ¿Quiz谩 esa puerta fatal y abierta despert贸 en 茅l alg煤n recuerdo?

Y al fin y al cabo, ¿existi贸 alguna vez la puerta verde en el muro?

No lo s茅. He referido su historia tal como 茅l me la cont贸. A veces creo que Wallace fue simple v铆ctima de la conjunci贸n de ciertas alucinaciones raras, mas no sin precedentes, y de una trampa tendida por descuido; pero 茅sta no es la m谩s profunda de mis convicciones. Pensad, si quer茅is, que soy supersticioso y tonto; pero en el fondo estoy casi plenamente convencido de que Wallace pose铆a en verdad una facultad anormal, cierto sentido, algo (no s茅 c贸mo llamarlo) que bajo la apariencia de un muro y una pared le ofrec铆a una salida, un secreto y singular camino de evasi贸n que conduc铆a a otro mundo mucho m谩s hermoso. Si es as铆, dir茅is, esa facultad lo traicion贸 a 煤ltimo momento. Pero ¿realmente lo traicion贸? En ese punto roz谩is el m谩s 铆ntimo misterio de estos so帽adores, estos hombres imaginativos y visionarios. Nosotros vemos el mundo corriente y vulgar, vemos la empalizada y el foso. Para el juicio com煤n, Wallace sali贸 de un mundo de seguridades para internarse en la oscuridad, en el peligro, en la muerte. Pero ¿acaso 茅l participaba de ese juicio?

FIN

Nota del traductor: [1] La b煤squeda de una comunicaci贸n entre el Atl谩ntico y el Pac铆fico, en el hemisferio norte, ocup贸 a varias generaciones de exploradores. El «Paso del Noroeste» se encontr贸 finalmente en las zonas 谩rticas, pero result贸 tan intrincado que no se emple贸 como v铆a usual de comunicaci贸n entre ambos oc茅anos. De ah铆 el juego que menciona el autor.

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