Nos han dado la tierra - Juan Rulfo - Amantes de la literatura

Novedades

8.10.2025

Nos han dado la tierra - Juan Rulfo


cuento-nos-han-dado-la-tierra-juan-rulfo

Nos han dado la tierra es un cuento del autor mexicano Juan Rulfo, publicado por primera vez en la revista guadalajarense Pan en 1945. Narra la marcha de un grupo de campesinos que van a tomar posesi贸n de unas tierras que les entreg贸 el gobierno. Mientras caminan bajo un sol implacable, reflexionan sobre la inutilidad de los terrenos que les han sido asignados, donde ninguna semilla puede crecer. La historia describe detalladamente su lucha y resignaci贸n frente a un ambiente inh贸spito y la falta de esperanza en el porvenir.

Nos han dado la tierra
Juan Rulfo
[Cuento completo]

Despu茅s de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de 谩rbol, ni una semilla de 谩rbol, ni una ra铆z de nada, se oye el ladrar de los perros.

Uno ha cre铆do a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habr铆a despu茅s; que no se podr铆a encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero s铆, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.

Pero el pueblo est谩 todav铆a muy all谩. Es el viento el que lo acerca.

Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo as铆 como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde est谩 colgado el sol y dice:

-Son como las cuatro de la tarde.

Ese alguien es Melit贸n. Junto con 茅l, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atr谩s. Miro m谩s atr谩s y no veo a nadie. Entonces me digo: “Somos cuatro”. Hace rato, como a eso de las once, 茅ramos veintitantos, pero pu帽ito a pu帽ito se han ido desperdigando hasta quedar nada m谩s que este nudo que somos nosotros.

Faustino dice:

-Puede que llueva.

Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensamos: “Puede que s铆”.

No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor. Uno platicar铆a muy a gusto en otra parte, pero aqu铆 cuesta trabajo. Uno platica aqu铆 y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aqu铆 as铆 son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.

Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo m谩s y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna m谩s. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corri茅ndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empuj谩ndola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota ca铆da por equivocaci贸n se la come la tierra y la desaparece en su sed.

¿Qui茅n diablos har铆a este llano tan grande? ¿Para qu茅 sirve, eh?

Hemos vuelto a caminar. Nos hab铆amos detenido para ver llover. No llovi贸. Ahora volvemos a caminar. Y a m铆 se me ocurre que hemos caminado m谩s de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De haber llovido quiz谩 se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo s茅 que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.

No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni p谩jaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.

Y por aqu铆 vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes and谩bamos a caballo y tra铆amos terciada una carabina. Ahora no traemos ni siquiera la carabina.

Yo siempre he pensado que en eso de quitarnos la carabina hicieron bien. Por ac谩 resulta peligroso andar armado. Lo matan a uno sin avisarle, vi茅ndolo a toda hora con “la 30” amarrada a las correas. Pero los caballos son otro asunto. De venir a caballo ya hubi茅ramos probado el agua verde del r铆o, y paseado nuestros est贸magos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubi茅ramos hecho de tener todos aquellos caballos que ten铆amos. Pero tambi茅n nos quitaron los caballos junto con la carabina.

Vuelvo hacia todos lados y miro el llano. Tanta y tama帽a tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga. S贸lo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero nosotros, cuando tengamos que trabajar aqu铆, ¿qu茅 haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros nos dieron esta costra de tapetate para que la sembr谩ramos.

Nos dijeron:

-Del pueblo para ac谩 es de ustedes.

Nosotros preguntamos:

-¿El Llano?

– S铆, el llano. Todo el Llano Grande.

Nosotros paramos la jeta para decir que el llano no lo quer铆amos. Que quer铆amos lo que estaba junto al r铆o. Del r铆o para all谩, por las vegas, donde est谩n esos 谩rboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama Llano.

Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no ven铆a a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo:

-No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.

-Es que el llano, se帽or delegado…

-Son miles y miles de yuntas.

-Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.

-¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto all铆 llueva, se levantar谩 el ma铆z como si lo estiraran.

– Pero, se帽or delegado, la tierra est谩 deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como cantera que es la tierra del Llano. Habr铆a que hacer agujeros con el azad贸n para sembrar la semilla y ni aun as铆 es positivo que nazca nada; ni ma铆z ni nada nacer谩.

– Eso manifi茅stenlo por escrito. Y ahora v谩yanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra.

– Esp茅renos usted, se帽or delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el Llano… No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho… Esp茅renos usted para explicarle. Mire, vamos a comenzar por donde 铆bamos…

Pero 茅l no nos quiso o铆r.

As铆 nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo reto帽a y se levanta. Pero nada se levantar谩 de aqu铆. Ni zopilotes. Uno los ve all谩 cada y cuando, muy arriba, volando a la carrera; tratando de salir lo m谩s pronto posible de este blanco terregal endurecido, donde nada se mueve y por donde uno camina como reculando.

Melit贸n dice:

-Esta es la tierra que nos han dado.

Faustino dice:

-¿Qu茅?

Yo no digo nada. Yo pienso: “Melit贸n no tiene la cabeza en su lugar. Ha de ser el calor el que lo hace hablar as铆. El calor, que le ha traspasado el sombrero y le ha calentado la cabeza. Y si no, ¿por qu茅 dice lo que dice? ¿Cu谩l tierra nos han dado, Melit贸n? Aqu铆 no hay ni la tantita que necesitar铆a el viento para jugar a los remolinos.”

Melit贸n vuelve a decir:

-Servir谩 de algo. Servir谩 aunque sea para correr yeguas.

-¿Cu谩les yeguas? -le pregunta Esteban.

Yo no me hab铆a fijado bien a bien en Esteban. Ahora que habla, me fijo en 茅l. Lleva puesto un gab谩n que le llega al ombligo, y debajo del gab谩n saca la cabeza algo as铆 como una gallina.

S铆, es una gallina colorada la que lleva Esteban debajo del gab谩n. Se le ven los ojos dormidos y el pico abierto como si bostezara. Yo le pregunto:

-Oye, Teban, ¿de d贸nde pepenaste esa gallina?

-Es la m铆a- dice 茅l.

-No la tra铆as antes. ¿D贸nde la mercaste, eh?

-No la merqu茅, es la gallina de mi corral.

-Entonces te la trajiste de bastimento, ¿no?

-No, la traigo para cuidarla. Mi casa se qued贸 sola y sin nadie para que le diera de comer; por eso me la traje. Siempre que salgo lejos cargo con ella.

-All铆 escondida se te va a ahogar. Mejor s谩cala al aire.

脡l se la acomoda debajo del brazo y le sopla el aire caliente de su boca. Luego dice:

-Estamos llegando al derrumbadero.

Yo ya no oigo lo que sigue diciendo Esteban. Nos hemos puesto en fila para bajar la barranca y 茅l va mero adelante. Se ve que ha agarrado a la gallina por las patas y la zangolotea a cada rato, para no golpearle la cabeza contra las piedras.

Conforme bajamos, la tierra se hace buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que bajara por all铆; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Despu茅s de venir durante once horas pisando la dureza del Llano, nos sentimos muy a gusto envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a tierra.

Por encima del r铆o, sobre las copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes. Eso tambi茅n es lo que nos gusta.

Ahora los ladridos de los perros se oyen aqu铆, junto a nosotros, y es que el viento que viene del pueblo retacha en la barranca y la llena de todos sus ruidos.

Esteban ha vuelto a abrazar su gallina cuando nos acercamos a las primeras casas. Le desata las patas para desentumecerla, y luego 茅l y su gallina desaparecen detr谩s de unos tepemezquites.

-¡Por aqu铆 arriendo yo! -nos dice Esteban.

Nosotros seguimos adelante, m谩s adentro del pueblo.

La tierra que nos han dado est谩 all谩 arriba.

FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Todos los comentarios son revisados antes de su publicaci贸n por el administrador.