La vieja inocencia - Mario Benedetti - Amantes de la literatura

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8.12.2025

La vieja inocencia - Mario Benedetti



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La vieja inocencia es un cuento del autor uruguayo Mario Benedetti, publicado por primera vez en 1999 en Buz贸n del tiempo. La historia sigue a un hombre mayor que escribe una carta a una antigua amiga de juventud y rememora el pasado desde la soledad de su vejez. Con un tono 铆ntimo y reflexivo, evoca con ternura los momentos compartidos, el paso del tiempo, las p茅rdidas y la distancia que los separa. Con un lenguaje directo y nost谩lgico, el relato entrelaza recuerdos personales con confesiones que se han ido posponiendo durante mucho tiempo y muestra c贸mo un instante del pasado puede persistir intacto en la memoria emocional de toda una vida.

La vieja inocencia
Mario Benedetti
[Cuento completo]

Querida Isabel: Me decid铆 a escribirte porque estamos viejos (al menos yo lo estoy), solos, y con un oc茅ano de por medio. Un oc茅ano que tambi茅n es de sucesos, guerras y paces, frustraciones, quereres y desquereres, urgencias y tardanzas. Te escribo porque ahora, aislado y medio tullido, tengo tiempo de sobra para recorrer parsimoniosamente mi curr铆culum, no el que solemos redactar para entrevistadores y universidades, sino el otro, el verdadero.

Por suerte, he ganado con mi trabajo lo suficiente como para tener un apartamento c贸modo y bastante amplio, con estantes llenos de libros que ya no puedo leer, y paredes con varios de los muchos cuadros que dej贸 mi mujer, pertinaz en su oficio/arte hasta s贸lo unos meses antes de morir. Son muestras de una t茅cnica correcta, impecable, con im谩genes que trasmiten sosiego y se solazan con la veracidad de sus colores. Nunca tuve el valor de confesarle que su pintura no me interesaba y tengo la impresi贸n de que ella(que no era nada tonta) supo captarlo con resignaci贸n. Creo, adem谩s, que no tuvo el coraje de decirme que mis sesudos ensayos filos贸ficos la dejaban indiferente. Pero gracias a ese intercambio de discreciones, convivimos y nos quisimos; moderadamente, es cierto, pero nos quisimos. Y no te oculto que su muerte signific贸 para m铆, no una cat谩strofe, pero s铆 una deshilachada tristeza.

Tuvimos dos hijos que hace diez a帽os se afincaron en Australia, donde fundaron una empresa (en Sidney) y les va bien, o al menos todo lo bien que les puede ir a dos expatriados voluntarios. All铆 se casaron, el mayor con una australiana y el menor con una chilena. Me escriben dos o tres veces por a帽o (para mi cumplea帽os, para Navidad), pero no volvieron al pa铆s, ni siquiera de visita. No se los reprocho: la distancia es enorme y los pasajes cuestan una fortuna. De ellos tengo tres nietos, pero s贸lo los conozco en fotograf铆as. Parecen lindos y saludables.

A lo largo de tantos a帽os vos y yo hemos vivido rec铆procamente ausentes. Ahora voy a cumplir 84 y vos deb茅s andar por los 82 ¿no? ¿Te sent铆s bien? S茅 que ten茅s una hija y que tampoco est谩 contigo, aunque reside y ense帽a en Liverpool, de modo que no la ten茅s tan lejos y me imagino que de vez en cuando atravesar谩 el Canal de la Mancha (sobre todo ahora que hay ferrocarril) para ir a verte. Te preguntar谩s c贸mo es que tengo tantos datos sobre vos. Los he ido obteniendo, al comp谩s de los a帽os, gracias a un amigo argentino, Edelberto Ruiz, al que seguramente conoc茅s, ya que al fallecimiento de tu marido qued贸 como albacea. Fue 茅l quien me proporcion贸 tu direcci贸n y hasta tu e-mail, pero no me entiendo con esas maquinarias, as铆 que he optado por el calmoso ritmo del correo, y ni siquiera le pondr茅 al sobre la etiqueta autoadhesiva de urgente, en la convicci贸n de que a nuestras edades ya no hay urgencias.

En realidad, resolv铆 escribirte, despu茅s de mucho repasar mi camino, porque llegu茅 a la conclusi贸n de que te debo el momento m谩s feliz y recordable de ese itinerario. Acaso vos tambi茅n te acuerdes (ojal谩), pero por las dudas te transcribir茅 lo que todav铆a es capaz de dictarme mi memoria, en cuyas repentinas lagunas es donde se nota especialmente mi edad vetusta (m谩s que en el uso de mi bast贸n o en el moderado alerta prost谩tico). Por suerte vos te has salvado (hasta ahora al menos) de los caprichos de mi olvido.

Tendr铆as catorce a帽os. Te recuerdo con toda nitidez, en la misa de los domingos, sentada siempre en la misma fila, nunca de rodillas, como ordenaba el cura, junto a tu madre que s铆 se hincaba. El pelo casta帽o te ca铆a sobre los hombros. Yo me situaba (tampoco me arrodillaba) dos hileras atr谩s. A veces, aprovechando que tu madre rezaba con los ojos cerrados, te volv铆as y nos mir谩bamos y nos sonre铆amos. Como dos tontos de 茅poca.

S贸lo despu茅s de tres o cuatro semanas de ese juego in煤til, una tarde, a la hora de la siesta, nos encontramos al borde de un camino vecinal. No hab铆a nadie a la vista y todo surgi贸 espont谩neamente. Mi primer saludo fue abrazarte y la primera respuesta tuya fue abrazarme. Sin decir una sola palabra, nos besamos y besamos interminablemente, y como el bosquecito de pinos quedaba tan al alcance, sin ponernos previamente de acuerdo corrimos hacia all铆. Adem谩s de los pinos hab铆a un espeso follaje.

Ah铆, sobre las hojas, nos estrenamos sexualmente, v铆rgenes y torpes pero encantados con nosotros mismos. ¿Te acord谩s ahora? ¿Qu茅 pas贸 despu茅s? ¿Por qu茅 no te volv铆 a ver ni en la capilla ni en el camino vecinal ni en el bosquecito, sitios que fui recorriendo como si fueran una cadena de santuarios? Alguien me dijo que, precisamente el d铆a siguiente a nuestro encuentro, te hab铆as ido con tus padres. ¿Ad贸nde? Nadie ten铆a noticias. ¿Acaso lo sab铆as cuando nos amamos? ¿Fue para no desperdiciar la 煤nica ocasi贸n de que dispon铆as? ¿O tus padres, fan谩ticos cat贸licos, se enteraron de algo y decidieron ipso facto arrancarte de las garras del humilde satan谩s pueblerino que era este servidor?

Hoy este viejo te hace justicia confirm谩ndote que nunca fue tan feliz como sobre aquellas hojas oto帽ales y c贸mplices. Durante esta larga vida que se acerca a su punto final, me he acostado con varias mujeres, pero esas brev铆simas relaciones extra conyugales (despu茅s de todo, no fueron tantas, meras oportunidades durante alg煤n largo stage universitario) significaron muy poca cosa. Desahogos sexuales, qu茅 menos, pero ni siquiera borradores de amor. Es curioso que en nuestro acto inaugural y clandestino no necesit谩ramos palabras, s贸lo hablamos con nuestros cuerpos incipientes, inocentes, ajenos a todo sentimiento de culpa, o, en todo caso, gozosos practicantes del mejor de los pecados. Gracias, Isabel, por aquel placer intacto. Gracias por alegrar todav铆a mi memoria octogenaria. Te abraza, Mat铆as.

FIN

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