Una voz en la noche - William Hope Hodgson - Amantes de la literatura

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10.05.2025

Una voz en la noche - William Hope Hodgson


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Era un noche oscura y sin estrellas. La falta de viento nos ten铆a detenidos en el Pac铆fico Norte. No s茅 cu谩l era nuestra posici贸n exacta, pues durante un semana fatigosa y jadeante el sol hab铆a permanecido oculto detr谩s de un tenue neblina que parec铆a flotar sobre nosotros, aunque a veces descend铆a para envolver el mar que nos rodeaba.

Ante la falta de viento, hab铆amos sujetado en posici贸n firme la ca帽a del tim贸n y yo era el 煤nico hombre que se encontraba en cubierta. La tripulaci贸n, que consist铆a en dos marineros y un grumete, dorm铆a en su camarote de proa, mientras Will —mi amigo y a la vez patr贸n de nuestra peque帽a embarcaci贸n— se hallaba en su litera de popa, en el lado de babor. De pronto, surgi贸 un llamada de entre las tinieblas que nos rodeaban:
—¡Eh, de la goleta!

Fue tan inesperada, que la sorpresa me impidi贸 contestar inmediatamente. Volvi贸 a o铆rse la llamada; un voz curiosamente gutural e inhumana nos llamaba desde alguna parte del mar tenebroso, por el lado de babor.

—¡Eh, de la goleta!

—¡Eh! —grit茅, despu茅s de reponerme un poco de mi sorpresa— ¿Qu茅 sois? ¿Qu茅 quer茅is?

—No tem谩is —contest贸 la voz extra帽a, que probablemente hab铆a captado cierto tono de confusi贸n en la m铆a—. No soy m谩s que un hombre... anciano.

La pausa result贸 extra帽a, pero hasta m谩s adelante no le encontrar铆a sentido.

—Si es as铆, ¿por qu茅 no atracas a nuestro costado? —pregunt茅 con cierta sequedad, pues no me gustaba la insinuaci贸n de que me hab铆a mostrado un tanto confundido.

—No... no puedo. Ser铆a peligroso. Yo...

La voz enmudeci贸 y todo volvi贸 a quedar en silencio.

—¿Qu茅 quieres decir? —pregunt茅, cada vez m谩s asombrado— ¿Por qu茅 ser铆a peligroso? ¿D贸nde est谩s?

Escuch茅 durante un momento, pero no hubo respuesta. Y entonces, un sospecha s煤bita e indefinida, aunque no sab铆a de qu茅, se apoder贸 de m铆. Me acerqu茅 r谩pidamente a la bit谩cora y saqu茅 la l谩mpara encendida. Al mismo tiempo golpe茅 la cubierta con el tac贸n para despertar a Will. Luego me aproxim茅 de nuevo al costado y proyect茅 el haz de luz amarilla hacia la silenciosa inmensidad que hab铆a m谩s all谩 de nuestra borda. Al hacerlo, o铆 un grito leve y sofocado y luego un chapoteo, como si alguien acabase de sumergir los remos precipitadamente. Pese a ello, no puedo decir que viera nada con certeza, excepto, me pareci贸, que el primer destello de luz hab铆a iluminado algo en el agua, all铆 donde ahora no hab铆a nada.

—¡Eh! —llam茅— ¿Qu茅 broma es 茅sta?

Pero lo 煤nico que o铆 fueron los confusos ruidos de un embarcaci贸n que se alejaba de nosotros y se internaba en la noche. Entonces o铆 la voz de Will que ven铆a de popa.

—¿Qu茅 pasa, George?

—¡Ven aqu铆, Will! —dije.

—¿De qu茅 se trata? —pregunt贸, cruzando la cubierta.

Le cont茅 el raro incidente que acababa de producirse. 脡l me hizo varias preguntas; luego, tras un momento de silencio, hizo bocina con las manos y llam贸: ¡Ah, del barco!

Desde mucha distancia nos lleg贸 d茅bilmente un r茅plica y mi compa帽ero repiti贸 su llamada. Al poco, despu茅s de un breve silencio, el sonido apagado de unos remos fue acerc谩ndose a nosotros y, al o铆rlo, Will volvi贸 a llamar. Esta vez hubo respuesta.

—Apagad la luz.

—Que me cuelguen si la apago —musit茅, pero Will me dijo que hiciera lo que ordenaba la voz, as铆 que met铆 la luz debajo de las amuradas.

—Acercaros m谩s —dijo Will.

Siguieron oy茅ndose los remos. Luego, cuando parec铆an estar a un media docena de brazas, cesaron de nuevo.

—¡Atracad al costado! —exclam贸 Will— ¡A bordo no tenemos nada que deba daros miedo!

—Promete que no mostrar谩s la luz.

—¿Qu茅 te pasa? —pregunt茅— ¿Por qu茅 sientes ese temor infernal a la luz?

—Porque... —empez贸 a decir la voz y enmudeci贸 de repente.

—Porque, ¿qu茅? —pregunt茅 en seguida. Will me puso un mano en el hombro.

—C谩llate durante un minuto, viejo —dijo—. Ya me encargo yo de 茅l.

Se inclin贸 m谩s sobre la borda.

—Oiga usted, se帽or —dijo—. Todo esto es muy extra帽o..., acercarse a nosotros de esta manera, en medio del bendito Pac铆fico. ¿C贸mo vamos a saber que no se trae algo raro entre manos? Dice que est谩 solo. ¿C贸mo podemos saberlo si no le vemos? ¿C贸mo... eh? ¿Qu茅 tiene contra la luz, si puede saberse?

Cuando Will termin贸 de hablar, volv铆 a o铆r el ruido de remos y luego la voz, pero ahora proced铆a de m谩s lejos y su tono reflejaba una desesperanza y un patetismo tremendos.

—Lo siento... ¡Lo siento! No quer铆a molestaros, pero es que tengo hambre..., y ella tambi茅n.

La voz se apag贸 y hasta nosotros lleg贸 el ruido de los remos sumergi茅ndose irregularmente.

—¡Alto! —grit贸 Will— No quiero ahuyentarte. ¡Vuelve! Esconderemos la luz, si a ti no te gusta.

Will se volvi贸 hacia m铆:

—Todo esto resulta muy extra帽o, pero creo que no hay nada que temer.

Hab铆a un interrogante en su tono y le contest茅:

—Yo tampoco. El pobre diablo habr谩 naufragado por aqu铆 cerca y se habr谩 vuelto loco.

El sonido de los remos iba acerc谩ndose.

—Vuelve a guardar la l谩mpara en la bit谩cora —dijo Will; luego se inclin贸 sobre la borda y aguz贸 el o铆do.

Dej茅 la l谩mpara en su sitio y volv铆 a su lado. El ruido de los remos ces贸 a un docena de metros aproximadamente.

—¿No quieres atracar de costado ahora? —pregunt贸 Will con voz tranquila— He vuelto a meter la l谩mpara en la bit谩cora.

—No.... no puedo —repuso la voz—. No me atrevo a acercarme m谩s. Ni siquiera me atrevo a pagar las... las provisiones.

-Eso no importa —dijo Will, titubeando luego—. Toma toda la comida que quieras.

Volvi贸 a titubear.

—¡Eres muy bueno! —exclam贸 la voz— Que Dios, que todo lo comprende, te recompense por tu...

La voz se quebr贸 roncamente.

—¿La.... la se帽ora? —dijo de pronto Will— ¿Est谩...?

—La he dejado en la isla —dijo la voz.

—¿Qu茅 isla? —terci茅 yo.

—No s茅 c贸mo se llama —contest贸 la voz—. Ojal谩... —empez贸 a decir, pero se call贸 s煤bitamente.

—¿No podr铆amos enviar un barca en su busca? —pregunt茅 a Will.

—¡No! —dijo la voz con un 茅nfasis extraordinario— ¡Dios m铆o! ¡No! —Hubo un breve pausa; luego, en un tono que hac铆a pensar en un reproche merecido, a帽adi贸-— Me he aventurado a causa de nuestra necesidad... Porque su agon铆a me atormentaba.

—¡Soy un bruto despistado! —exclam贸 Will— Aguarda un minuto, seas quien seas, y en seguida te traigo algo.

Al cabo de un par de minutos volvi贸 con los brazos cargados de los m谩s variados comestibles. Se detuvo ante la borda.

—¿No puedes acercarte a recogerlo? —pregunt贸.

—No.... no me atrevo —replic贸 la voz.

Me pareci贸 detectar en ella un tono de anhelo sofocado, como si su due帽o reprimiera alg煤n deseo mortal. Y entonces se me ocurri贸 que aquella criatura vieja e infeliz sufr铆a realmente necesidad de lo que Will ten铆a en los brazos y, pese a ello, debido a alg煤n temor ininteligible, se absten铆a de acercarse velozmente al costado de nuestra peque帽a goleta y recogerlo. Y junto con este convencimiento rel谩mpago, lleg贸 el conocimiento de que el invisible no estaba loco, sino que afrontaba con cordura alg煤n horror intolerable.

—¡Maldita sea, Will! —dije, lleno de muchos sentimientos, entre los que predominaba un solidaridad inmensa— Trae un caja. Meteremos la comida en ella y se la haremos llegar flotando.

As铆 lo hicimos, empujando la caja con un bichero hacia la oscuridad. Al cabo de un minuto lleg贸 a nuestros o铆dos un leve exclamaci贸n del invisible y entonces supimos que ten铆a la caja en su poder. Poco despu茅s se despidi贸 de nosotros y nos lanz贸 un bendici贸n que, de ello estoy seguro, no nos vino nada mal. Luego, sin m谩s, o铆mos que los remos se alejaban en la oscuridad.

—Mucha prisa en irse —coment贸 Will, quiz谩s un tanto ofendido.

—Espera —repliqu茅—. No s茅 por qu茅, pero me parece que volver谩. Seguramente esos alimentos le hac铆an much铆sima falta.

—Y a la dama tambi茅n —dijo Will. Guard贸 silencio durante un momento, luego prosigui贸-— Es lo m谩s raro que me ha pasado desde que me dedico a la pesca.

—S铆 —dije yo, y me puse a reflexionar.

Y as铆 fue pasando el tiempo: un hora, y otra, y Will segu铆a conmigo, pues la extra帽a aventura le hab铆a quitado todo deseo de dormir. Hab铆an transcurrido ya las tres cuartas partes de la tercera hora cuando nuevamente o铆mos ruido de remos en el silencio del oc茅ano.

—¡Escucha! —dijo Will, con un leve tono de excitaci贸n en la voz.

—Lo que imaginaba. Ya vuelve —musit茅.

El ruido de los remos al sumergirse era cada vez m谩s cercano y me fij茅 en que los golpes de remo eran m谩s firmes y duraban m谩s. Era verdad que necesitaban los alimentos. El ruido ces贸 a poca distancia del costado de la goleta y la voz extra帽a lleg贸 de nuevo a nosotros a trav茅s de las tinieblas:
—¡Eh, de la goleta!
—¿Eres t煤? —pregunt贸 Will.

—S铆 —replic贸 la voz—. Me he ido repentinamente, pero es que la necesidad era grande. La se帽ora les est谩 agradecida aqu铆 en la tierra. Pero m谩s lo estar谩 pronto en...en el cielo.

Will empez贸 a decir algo con voz desconcertada, pero sus palabras se hicieron confusas y opt贸 por callarse. Yo no dije nada. Me sent铆a maravillado por aquellas pausas curiosas, y adem谩s de mi maravilla, me embargaba un gran solidaridad. La voz continu贸:
—Nosotros... ella y yo, hemos hablado mientras compart铆amos el fruto de la ternura de Dios y de vosotros.

Will le interrumpi贸, pero sin coherencia.

—Os suplico que no menospreci茅is vuestro acto de caridad cristiana de esta noche —dijo la voz—. Cercioraros de que no haya escapado a Su atenci贸n.

Se call贸 y durante un minuto entero rein贸 el silencio. Luego la voz volvi贸 a o铆rse:
—Hemos hablado juntos de lo... de lo que ha ca铆do sobre nosotros. Hab铆amos pensado salir, sin dec铆rselo a nadie, del terror que ha entrado en nuestras vidas. Ella, igual que yo, cree que los acontecimientos de esta noche obedecen a alg煤n designio especial y que es deseo de Dios que os contemos todo lo que hemos sufrido desde... desde...

—¿S铆? —dijo Will quedamente.

—Desde el hundimiento del Albatross.

—¡Ah! —exclam茅 involuntariamente— Zarp贸 de Newcastle rumbo a Frisco hace unos seis meses y no ha vuelto a saberse de 茅l.

—S铆 —contest贸 la voz—. Pero unos grados al norte de la l铆nea le sorprendi贸 un terrible tempestad y qued贸 desarbolado. Al hacerse de d铆a, se vio que el barco hac铆a agua por todas partes y, finalmente, cuando amain贸 el temporal, los marineros huyeron en los botes, dejando..., dejando a una joven dama... mi prometida..., y a m铆 mismo, en los restos del naufragio.

»Nosotros est谩bamos bajo cubierta, reuniendo algunas de nuestras pertenencias, cuando ellos se fueron. A causa del miedo se comportaron de un modo muy cruel, y cuando subimos a cubierta eran ya unas formas peque帽as en el horizonte. Mas no desesperamos, sino que nos pusimos a construir un peque帽a balsa. En ella colocamos lo poco que cab铆a, incluyendo un poco de agua y algunas galletas. Luego, como el barco estaba ya casi del todo sumergido, nos subimos a la balsa y nos alejamos de 茅l.

»Fue m谩s tarde cuando me d铆 cuenta de que parec铆amos estar en medio de alguna marea o corriente que nos alejaba del barco, de tal modo que al cabo de tres horas, seg煤n mi reloj, dejamos de ver su casco, aunque los m谩stiles rotos siguieron siendo visibles durante un poco m谩s. Luego, hacia el crep煤sculo, se levant贸 un niebla que dur贸 toda la noche. Al d铆a siguiente continu谩bamos envueltos por la niebla, y el tiempo permanec铆a encalmado.

»Durante cuatro d铆as navegamos a la deriva bajo esta extra帽a niebla hasta que, al anochecer del cuarto d铆a, lleg贸 a nuestros o铆dos el murmullo de unos lejanos rompientes. Poco a poco el ruido fue haci茅ndose m谩s claro y, al poco de la medianoche, pareci贸 que sonaba a ambos lados y en un espacio no muy grande. Las olas levantaron la balsa varias veces y luego nos encontramos en aguas tranquilas, con el ruido de los rompientes a nuestras espaldas.

»Al hacerse de d铆a, vimos que nos encontr谩bamos en un especie de laguna grande; pero poco vimos de ella en ese momento, pues cerca de nosotros, por detr谩s, el casco de un gran velero asom贸 entre la niebla. Como si estuvi茅ramos de com煤n acuerdo, los dos nos postramos de rodillas y dimos gracias a Dios, pues cre铆amos que era el final de nuestras desventuras. Nos quedaba mucho por aprender. La balsa se acerc贸 al barco y gritamos que nos subieran a bordo, mas nadie contest贸. Al poco, la balsa roz贸 el costado del barco y, viendo que de 茅l colgaba un soga, la as铆 y empec茅 a subir. Pero me cost贸 mucho subir por culpa de un especie de masa gris y viscosa que cubr铆a la soga y que pintaba unas manchas l铆vidas en el costado del barco.

»Finalmente, llegu茅 a la borda y salt茅 a cubierta. Vi que estaba llena de manchas grises, algunas de las cuales formaban n贸dulos de varios palmos de altura, pero yo pensaba m谩s en la posibilidad de que a bordo hubiera gente que en lo que ve铆an mis ojos. Grit茅, pero nadie contest贸. Entonces me acerqu茅 a la puerta que hab铆a debajo de la cubierta de popa, la abr铆 y me asom茅 a su interior. Percib铆 un fuerte olor a aire enrarecido, por lo que adivin茅 al instante que all铆 dentro no hab铆a nada vivo y, sabiendo esto, me apresur茅 a cerrar la puerta, pues de repente me sent铆 solo.

»Volv铆 al costado por donde hab铆a subido a bordo. Mi..., mi amada segu铆a en la balsa, sentada tranquilamente. Al ver que la estaba mirando desde arriba, me pregunt贸 si hab铆a alguien a bordo. Le contest茅 que el barco parec铆a abandonado desde hac铆a mucho tiempo, pero que, si quer铆a aguardar un poquito, buscar铆a un escalera o algo que pudiera usar para subir a bordo. Luego, un vez juntos, registrar铆amos todo el barco. Unos momentos despu茅s, encontr茅 un escalera de cuerda en el otro extremo del barco. Me la llev茅 al costado por donde hab铆a subido y, al cabo de un minuto, mi amada estaba junto a m铆. Juntos exploramos las cabinas y camarotes en la parte de popa, mas en ninguna parte encontramos se帽ales de vida. Aqu铆 y all谩, en el interior de las cabinas, encontramos manchas de aquella masa extra帽a, pero, como dijo mi amada, iba a resultar f谩cil limpiarlas.

»Al final, convencidos ya de que no hab铆a nadie en la popa, nos dirigimos a proa caminando por entre los repugnantes n贸dulos grises de aquella extra帽a sustancia. Tambi茅n registramos la parte de proa y averiguamos que, efectivamente, salvo nosotros no hab铆a nadie a bordo. Ya sin ninguna duda al respecto, volvimos a proa y procedimos a instalarnos tan c贸modamente como nos fue posible. Entre los dos pusimos orden y limpiamos dos de las cabinas y despu茅s mir茅 si en el barco hab铆a algo comestible. No tard茅 en comprobar que as铆 era y mi coraz贸n dio gracias a Dios por su bondad. Adem谩s, descubr铆 d贸nde estaba la bomba de agua dulce y, tras repasarla, comprob茅 que el agua era potable, aunque ten铆a un sabor desagradable.

»Durante varios d铆as permanecimos a bordo del barco, sin tratar de llegar a la playa. Trabaj谩bamos afanosamente para hacer de aqu茅l un lugar habitable. Sin embargo, ya entonces empez谩bamos a darnos cuenta de que nuestra suerte era a煤n menos deseable de lo que hubiera cabido imaginar, pues, aunque, como primera medida, rascamos las manchas de aquella sustancia que hab铆a en el suelo y las paredes de los camarotes y el sal贸n, en el plazo de veinticuatro horas recuperaban casi su tama帽o original, lo cual no s贸lo nos desalentaba, sino que nos inspiraba un vaga sensaci贸n de inquietud. Con todo, no est谩bamos dispuestos a darnos por vencidos, as铆 que volv铆amos a poner manos a la obra y no s贸lo rasc谩bamos la masa, sino que los sitios donde hab铆a estado los reg谩bamos profusamente con 谩cido carb贸lico, pues en la despensa hab铆a encontrado una lata llena. Sin embargo, al final de la semana, la sustancia volv铆a a presentar toda su fuerza y, adem谩s, se hab铆a propagado a otros lugares, como si nosotros, al tocarla, hubi茅ramos permitido que los g茅rmenes se esparcieran.

»Al despertar en la ma帽ana del s茅ptimo d铆a, mi amada se encontr贸 con que un peque帽a porci贸n de la misteriosa sustancia crec铆a en su almohada, cerca de su cara. Al verlo, se visti贸 a toda prisa y vino a m铆. En aquel momento me encontraba yo en la cocina, encendiendo el fuego para el desayuno.

»Ven conmigo, John, dijo, y me condujo a popa. Al ver lo que crec铆a en su almohada, me estremec铆 y en aquel mismo instante decidimos abandonar en seguida el barco y ver si pod铆amos instalarnos m谩s c贸modamente en tierra firme.

»R谩pidamente recogimos nuestras escasas pertenencias y entonces vi que incluso entre ellas hab铆a aparecido la masa, pues en uno de los chales de mi amada, cerca del borde, hab铆a un poco. Tir茅 la prenda por la borda, sin decirle nada a ella. La balsa segu铆a en el costado del barco, pero como era demasiado dif铆cil gobernarla, ech茅 al agua un bote peque帽o que colgaba de lado a lado de popa y a bordo del mismo nos dirigimos a la playa. Mas al acercarnos a ella, poco a poco me d铆 cuenta de que la vil masa que nos hab铆a hecho abandonar el barco empezaba a cubrir todo cuanto hab铆a en tierra. En algunos sitios formaba mont铆culos horribles, fant谩sticos, que casi parec铆an moverse, como si albergaran alg煤n tipo de vida silenciosa, cuando el viento pasaba sobre ellos. En otras partes tomaba la forma de dedos inmensos, mientras que en otras se limitaba a extenderse, lisa, viscosa y traicionera. En algunos sitios hac铆a pensar en 谩rboles enanos y grotescos, llenos de nudos y pliegues extraordinarios... Y todo ello se mov铆a a ratos, horriblemente.

»Al principio nos pareci贸 que en toda la costa que hab铆a a nuestro alrededor no quedaba ni un solo lugar que no estuviera oculto bajo aquella horrible sustancia; pero m谩s tarde pudimos comprobar que nos equivoc谩bamos, pues al navegar siguiendo la costa, a cierta distancia, vimos un peque帽a extensi贸n de algo que parec铆a arena fina y all铆 desembarcamos. No era arena. Lo que era no lo s茅. Lo 煤nico que he podido observar es que sobre ella no crece la masa, mientras que nada m谩s que 茅sta aparece en todas partes, salvo all铆 donde esa tierra que parece arena dibuja extra帽os senderos entre la gris desolaci贸n, que es en verdad un espect谩culo terrible de ver.

»Es dif铆cil haceros comprender c贸mo nos animamos al encontrar un sitio que aparec铆a absolutamente libre de aquella sustancia. En 茅l depositamos nuestras pertenencias. Luego volvimos al barco para recoger las cosas que parec铆a que 铆bamos a necesitar. Entre otras cosas, logr茅 llevarme a tierra un de las velas del barco, con la que constru铆 dos tiendas peque帽as, las cuales, pese a tener un forma muy irregular, cumpl铆an su cometido. En ellas viv铆amos y ten铆amos almacenadas las cosas que necesit谩bamos, y durante varias semanas todo fue bien, sin que sufri茅ramos ning煤n percance digno de se帽alar. A decir verdad, nos sent铆amos muy felices... porque.... porque est谩bamos juntos.

»Fue en el pulgar de la mano derecha de mi amada donde apareci贸 la primera porci贸n de sustancia gris. No era m谩s que un peque帽a mancha circular, muy parecida a un lunar gris. ¡Dios m铆o! ¡Qu茅 temor embarg贸 mi coraz贸n cuando ella me la ense帽贸! La lavamos entre los dos, roci谩ndola con 谩cido carb贸lico y agua. Al d铆a siguiente, por la ma帽ana, volvi贸 a ense帽arme la mano. La mancha gris, parecida a un verruga, volv铆a a ser visible. Durante un rato estuvimos mir谩ndonos en silencio. Luego, todav铆a sin mediar palabra, nos pusimos a eliminarla de nuevo. Est谩bamos a la mitad de la operaci贸n cuando de pronto mi amada dijo: ¿Qu茅 es eso que tienes en la cara, amado m铆o? Su voz reflejaba inquietud.

»Alc茅 la mano para tocarme la cara.

»¡Ah铆! Debajo del cabello junto a la oreja. un poco hacia el frente.

»Mi dedo se pos贸 en el lugar que me indicaba y entonces lo supe.

»Primero acabemos de curarte el pulgar, dije. Y ella se someti贸 s贸lo porque tem铆a tocarme antes de que se lo hubiese limpiado. Termin茅 de lavarle y desinfectarle el pulgar y entonces ella hizo lo propio con mi cara. Al terminar, nos sentarnos y estuvimos hablando durante un rato; hablamos de muchas cosas, pues en nuestras vidas acababan de irrumpir pensamientos inesperados y terribles. De pronto, sentimos miedo de algo peor que la muerte. Hablamos de cargar el bote con provisiones y agua y hacernos a la mar; pero por diversas causas 茅ramos impotentes y... la sustancia ya nos hab铆a atacado. Decidimos quedarnos y que Dios hiciera con nosotros su voluntad. Nosotros esperar铆amos.

»Pas贸 un mes, dos meses, tres meses, y las manchas iban creciendo, a la vez que aparec铆an otras. Pero segu铆amos esforz谩ndonos por luchar contra el miedo, tanto es as铆 que sus progresos eran lentos, relativamente hablando. De vez en cuando nos aventur谩bamos a volver al barco en busca de cosas que nos hac铆an falta. All铆 comprobamos que la sustancia crec铆a de modo persistente. Uno de los n贸dulos de la cubierta principal no tard贸 en llegar a la altura de mi cabeza. Para entonces ya hab铆amos abandonado toda esperanza de salir de la isla. Nos d谩bamos cuenta de que, padeciendo de aquel mal, no nos permitir铆an volver con los dem谩s seres humanos.

»Un vez hubimos llegado a tal conclusi贸n, comprendimos que era necesario vigilar nuestras existencias de alimentos y agua, pues a la saz贸n no sab铆amos cu谩nto tiempo pasar铆amos all铆, aunque era posible que fuesen muchos a帽os. Esto me recuerda que ya os he dicho que soy un anciano. No es as铆 si nos atenemos a mis a帽os. Pero.... pero...

Se interrumpi贸, pero luego continu贸 hablando con cierta brusquedad:
—Como dec铆a, sab铆amos que ten铆amos que ir con cuidado con nuestros alimentos, pero ignor谩bamos que nos quedasen tan pocos. Fue un semana despu茅s cuando descubr铆 que todos los dem谩s dep贸sitos de pan..., que yo supon铆a llenos..., estaban vac铆os, y que, aparte de algunas latas de verduras y carne y algunas otras cosas, no ten铆amos nada para comer excepto el pan del dep贸sito que yo hab铆a abierto. Al descubrir esto, decid铆 hacer algo, lo que pudiese, y trat茅 de pescar en la laguna, pero no lo consegu铆. Entonces me sent铆 un tanto inclinado al desespero, hasta que se me ocurri贸 que pod铆a probar suerte fuera de la laguna, en mar abierto. Aqu铆 pescaba alg煤n que otro pez, pero con tan poca frecuencia que apenas resultaba suficiente para protegernos del hambre que nos amenazaba. Empec茅 a pensar que nuestra muerte sobrevendr铆a probablemente a causa del hambre y del crecimiento de la sustancia que se hab铆a apoderado de nuestros cuerpos.

»En ese estado se encontraban nuestros 谩nimos cuando el cuarto mes toc贸 a su fin. Entonces hice un descubrimiento en verdad horrible. Un ma帽ana, poco antes del mediod铆a, regres茅 del barco con un pedazo de galleta que quedaba en 茅l y vi que mi amada estaba sentada ante la entrada de la tienda, comiendo algo. ¿Qu茅 es, amada m铆a?, le pregunt茅 en el momento de saltar a tierra. Mas, al o铆r mi voz, pareci贸 un tanto confundida y, volvi茅ndose, con gesto furtivo arroj贸 algo hacia el lindero del peque帽o claro. Cay贸 m谩s cerca de lo que ella deseaba y yo, que empezaba a sentir un vaga sospecha, me acerqu茅 y lo recog铆. Era un trozo de la sustancia gris.

»Al acercarme a ella con aquello en la mano, se puso p谩lida como un cad谩ver y luego se ruboriz贸. Yo me sent铆a extra帽amente aturdido y asustado. ¡Querida m铆a! ¡Querida m铆a!, dije, incapaz de decir nada m谩s. Pero, al o铆r mis palabras, no pudo resistirlo y rompi贸 a llorar amargamente. Poco a poco, cuando se fue calmando, me confes贸 que lo hab铆a probado el d铆a anterior y que... le hab铆a gustado. La obligu茅 a arrodillarse y le hice prometer que no volver铆a a tocarlo, por grande que fuera nuestra hambre. Despu茅s de promet茅rmelo, me dijo que el deseo de comer de aquello le hab铆a sobrevenido de pronto y que, hasta el momento de sentir tal deseo, la sustancia no le hab铆a inspirado m谩s que un repulsi贸n infinita.

»Unas horas despu茅s, sinti茅ndome extra帽amente desasosegado, y muy consternado por lo que hab铆a descubierto, ech茅 a andar por uno de los senderos retorcidos que formaba aquella especie de tierra blanca que parec铆a arena y que cruzaba la sustancia gris. Ya me hab铆a aventurado por all铆 en otra ocasi贸n, aunque sin llegar muy lejos. Esta vez, hall谩ndome enfrascado en pensamientos que me llenaban de perplejidad, llegu茅 mucho m谩s lejos.

»S煤bitamente sal铆 de mi ensimismamiento al o铆r un ruido extra帽o y 谩spero a mi izquierda. Al volverme r谩pidamente vi que algo se mov铆a entre la masa que hab铆a cerca de m铆, y que presentaba unas formas extraordinarias. Se balanceaba de un modo precario, como si poseyera vida propia. De pronto, mientras mis fascinados ojos contemplaban aquello, pens茅 que se parec铆a de un modo grotesco a la figura de un ser humano deforme. Todav铆a estaba pensando en ello cuando se oy贸 un ruido desagradable, como si algo se estuviera rasgando, y vi que uno de los brazos, que m谩s bien parec铆an ramas, se estaba despegando de las masas grises que lo rodeaban y acerc谩ndose a m铆. La cabeza.... un especie de bola gris sin forma definida, se inclin贸 hacia m铆. Me qued茅 all铆 parado como un est煤pido y el brazo repugnante me roz贸 la cara. Profer铆 un grito de terror y retroced铆 apresuradamente unos pasos. En mis labios notaba un sabor dulz贸n. Pas茅 la lengua por ellos y al instante sent铆 que me embargaba un deseo inhumano. Me volv铆 y cog铆 un pu帽ado de sustancia. Luego m谩s Y... m谩s. Mi deseo era insaciable. Mientras devoraba la sustancia, el recuerdo del descubrimiento de la ma帽ana penetr贸 en el laberinto de mi cerebro. Dios lo hab铆a enviado. Tir茅 al suelo el fragmento que ten铆a en la mano. Luego, totalmente abatido y sinti茅ndome horriblemente culpable, regres茅 al peque帽o campamento.

»Creo que en cuanto puso sus ojos en m铆, ella lo adivin贸, merced a alguna intuici贸n maravillosa que el amor deb铆a de haberle dado. Su comprensi贸n silenciosa hizo que me resultara m谩s f谩cil confesarle mi repentina flaqueza, aunque omit铆 decirle la cosa extraordinaria que hab铆a ocurrido antes. Deseaba ahorrarle todo terror innecesario.

»Mas lo que hab铆a descubierto resultaba intolerable y hac铆a nacer un terror incesante en mi cerebro, pues no me cab铆a la menor duda de que hab铆a presenciado el fin de uno de los hombres que hab铆an llegado a la isla en el barco que estaba en la laguna. Y en aquel fin monstruoso hab铆a presenciado el nuestro propio. En lo sucesivo nos abstuvimos de aquel alimento abominable, aunque el deseo de comerlo se nos hab铆a metido en la sangre. Sin embargo, nuestro temible castigo era inminente, pues d铆a a d铆a, con un rapidez monstruosa, la sustancia fangosa iba apoder谩ndose de nuestros pobres cuerpos. Materialmente no pod铆amos hacer nada para detenerla, y as铆. .., nosotros.... que hab铆amos sido humanos, nos convertimos en... Bueno, cada d铆a importa menos. S贸lo. .., s贸lo que hab铆amos sido hombre y doncella.

»Y cada d铆a resulta m谩s terrible la lucha por resistirse al hambre, al deseo lujurioso de comer esa horrible sustancia. Hace un semana terminamos la galleta, y desde entonces he pescado tres peces. Me encontraba pescando aqu铆 esta noche cuando vuestra goleta surgi贸 de entre la niebla y casi se me ech贸 encima. Entonces os llam茅. El resto ya lo conoc茅is. Y que Dios os bendiga por vuestra bondad para con un par de pobres almas proscritas.

Se oy贸 el ruido de un remo al sumergirse, luego el de otro. Despu茅s, la voz habl贸 de nuevo y por 煤ltima vez, atravesando la niebla que la envolv铆a, fantasmal y l煤gubre:
—¡Que Dios os bendiga! ¡Adi贸s!
—¡Adi贸s! —gritamos al un铆sono con voz ronca y el coraz贸n rebosante de emociones.

Mir茅 a mi alrededor y not茅 que empezaba a amanecer. El sol lanz贸 un rayo aislado sobre el mar oculto; la luz mortecina perfor贸 la niebla y con un fuego melanc贸lico ilumin贸 la barca que se alejaba. Aunque no muy claramente, vi algo que cabeceaba entre los remos. Me hizo pensar en un esponja..., un esponja grande y gris que mov铆a la cabeza arriba y abajo... Los remos continuaron movi茅ndose. Eran grises... Igual que la barca... Y mis ojos buscaron in煤tilmente el lugar donde la mano se un铆a al remo. Mi mirada volvi贸 r谩pidamente a la cabeza. Se inclinaba hacia delante cuando los remos se mov铆an hacia atr谩s a causa del golpe. Luego los remos se hundieron, la barca sali贸 de la zona iluminada y la cosa se perdi贸 de vista en medio de la niebla, sin dejar de cabecear.

(Publicado en 1907 en la revista Blue Book Magazine)

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