La muerte de Halpin Frayser - Ambrose Bierce - Amantes de la literatura

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10.04.2025

La muerte de Halpin Frayser - Ambrose Bierce


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I

Porque la muerte provoca cambios m谩s importantes de lo que com煤nmente se cree. Aunque, en general, es el esp铆ritu el que, tras desaparecer, suele volver y es en ocasiones contemplado por los vivos (encarnado en el mismo cuerpo que pose铆a en vida), tambi茅n ha ocurrido que el cuerpo haya andado errante sin el esp铆ritu. Quienes han sobrevivido a tales encuentros manifiestan que esas macabras criaturas carecen de todo sentimiento natural, y de su recuerdo, a excepci贸n del odio. Asimismo, se sabe de algunos esp铆ritus que, habiendo sido benignos en vida, se transforman en malignos despu茅s de la muerte. — Hali.

Una oscura noche de verano, un hombre que dorm铆a en un bosque despert贸 de un sue帽o del que no recordaba nada. Levant贸 la cabeza y, despu茅s de fijar la mirada durante un raro en la oscuridad que le rodeaba, dijo: «Catherine Larue». No agreg贸 nada m谩s; ni siquiera sab铆a por qu茅 hab铆a dicho eso.

El hombre se llamaba Halpin Frayser. Viv铆a en Santa Helena, pero su paradero actual es desconocido, pues ha muerto. Quien tiene el h谩bito de dormir en los bosques sin otra cosa bajo su cuerpo que hojarasca y tierra h煤meda, arropado 煤nicamente por las ramas de las que han ca铆do las hojas y el cielo del que la tierra procede, no puede esperar vivir muchos a帽os, y Frayser ya hab铆a cumplido los treinta y dos. Hay personas en este mundo, millones, y con mucho las mejores, que consideran tal edad como avanzada: son los ni帽os. Para quienes contemplan el periplo vital desde el puerto de partida, la nave que ha recorrido una distancia considerable parece muy pr贸xima a la otra orilla. Con todo, no est谩 claro que Halpin Frayser muriera por estar a la intemperie.

Hab铆a pasado todo el d铆a buscando palomas y caza por el estilo en las colinas que hay al oeste del valle de Napa. Avanzada la tarde, el cielo se cubri贸 y Frayser no supo orientarse. Aunque lo m谩s apropiado hubiera sido descender, como todo el que se pierde sabe, la ausencia de senderos se lo impidi贸 y la noche le sorprendi贸 en el bosque. Incapaz de abrirse camino en la oscuridad a trav茅s de las matas de manzanita y otras plantas silvestres, confuso y rendido por el cansancio, se ech贸 debajo de un gran madro帽o donde el sue帽o le invadi贸 r谩pidamente. Ser铆a horas m谩s tarde, justo en la mitad de la noche, cuando uno de los misteriosos mensajeros divinos que se dirig铆a hacia el oeste por la l铆nea del alba, abandonar铆a las Filas de las nutridas huestes celestiales y pronunciar铆a en el o铆do del durmiente la palabra que le har铆a incorporarse y nombrar, sin saber por qu茅, a alguien que no conoc铆a.


Halpin Frayser no ten铆a mucho de fil贸sofo ni de hombre de ciencia. El hecho de que al despertar de un profundo sue帽o hubiera pronunciado un nombre desconocido, del que apenas se acordaba, no le result贸 lo bastante curioso para analizarlo. Le pareci贸, eso s铆, extra帽o y, tras un ligero escalofr铆o, en atenci贸n a la extendida opini贸n del momento sobre la frialdad de las noches, se acurruc贸 de nuevo y se volvi贸 a dormir; pero esta vez su sue帽o s铆 iba a ser recordado.

So帽贸 que iba por un camino polvoriento cuya blancura resaltaba en la oscuridad de una noche de verano. No sab铆a de d贸nde ven铆a aquel camino ni ad贸nde iba, ni tampoco por qu茅 lo recorr铆a, pero todo parec铆a de lo m谩s normal y natural, como suele ocurrir en los sue帽os: en el pa铆s que hay m谩s all谩 del lecho las sorpresas no turban y la raz贸n descansa. Enseguida lleg贸 a una bifurcaci贸n: del primer camino part铆a otro que parec铆a intransitado desde hac铆a tiempo porque, en opini贸n de Frayser, deb铆a conducir a alg煤n lugar maldito. Empujado por una imperiosa necesidad, y sin la menor vacilaci贸n, lo sigui贸.

Seg煤n avanzaba, lleg贸 a la conclusi贸n de que por all铆 rondaban criaturas invisibles cuyas formas no consegu铆a adivinar. Unos murmullos entrecortados e incoherentes, que a pesar de ser emitidos en una lengua extra帽a Frayser comprendi贸 en parte, surgieron de los 谩rboles laterales. Parec铆an fragmentos de una monstruosa conjura contra su cuerpo y su alma.

Aunque ya estaba muy avanzada la noche, el bosque interminable se encontraba ba帽ado por una luz tr茅mula que, al no tener punto de difusi贸n, no proyectaba sombras. Un charco formado en la rodada de una carreta emit铆a un reflejo carmes铆 que llam贸 su atenci贸n. Se agach贸 y hundi贸 la mano en 茅l. Al sacarla, sus dedos estaban manchados. ¡Era sangre! Sangre que, como pudo observar entonces, le rodeaba por todas partes: los helechos que bordeaban profusamente el camino mostraban gotas y salpicaduras sobre sus grandes hojas; la tierra seca que delimitaba las rodadas parec铆a haber sido rociada por una lluvia roja. Sobre los troncos de los 谩rboles hab铆a grandes manchas de aquel color inconfundible, y la sangre goteaba de sus hojas como si fuera roc铆o.

Frayser contemplaba todo esto con un temor que no parec铆a incompatible con la satisfacci贸n de un deseo natural. Era como si todo aquello se debiera a la expiaci贸n de un crimen que no pod铆a recordar, pero de cuya culpabilidad era consciente. Y este sentimiento acrecentaba el horror de las amenazas y misterios que le rodeaban. Pas贸 revista a su vida para evocar el momento de su pecado, pero todo fue en vano. En su cabeza se entremezclaron confusamente im谩genes de escenas y acontecimientos, pero no consigui贸 vislumbrar por ning煤n lado lo que tan ansiosamente buscaba. Este fracaso aument贸 su espanto; se sent铆a como el que asesina en la oscuridad sin saber a qui茅n ni por qu茅. Tan horrorosa era la situaci贸n —la misteriosa luz alumbraba con un fulgor amenazador tan terrible, tan silencioso; las plantas malignas, los 谩rboles, a los que la tradici贸n popular atribuye un car谩cter melanc贸lico y sombr铆o, se confabulaban tan abiertamente contra su sosiego; por todas partes surg铆an murmullos tan sobrecogedores y lamentos de criaturas tan manifiestamente ultraterrenas— que no la pudo soportar por m谩s tiempo y, haciendo un gran esfuerzo por romper el maligno hechizo que condenaba sus facultades al silencio y la inactividad, lanz贸 un grito con toda la fuerza de sus pulmones. Su voz se deshizo en una multitud de sonidos extra帽os y fue perdi茅ndose por los confines del bosque hasta apagarse. Entonces todo volvi贸 a ser como antes. Pero hab铆a iniciado la resistencia y se sent铆a con 谩nimos para proseguirla.

—No voy a someterme sin ser escuchado —dijo—. Puede que tambi茅n haya poderes no malignos transitando por este maldito camino. Les dejar茅 una nota con una s煤plica. Voy a relatar los agravios y persecuciones que yo, un indefenso mortal, un penitente, un poeta inofensivo, estoy sufriendo.

Halpin Frayser era poeta del mismo modo que penitente, s贸lo en sue帽os.

Sac贸 del bolsillo un peque帽o cuaderno rojo con pastas de piel, la mitad del cual dedicaba a anotaciones, pero se dio cuenta de que no ten铆a con qu茅 escribir. Arranc贸 una ramita de un arbusto y, tras mojarla en un charco de sangre, comenz贸 a escribir con rapidez. Apenas hab铆a rozado el papel con la punta de la rama, una sorda y salvaje carcajada estall贸 en la distancia y fue aumentando mientras parec铆a acercarse; era una risa inhumana, sin alma, t茅trica, como el grito del colimbo solitario a medianoche al borde de un lago; una risa que concluy贸 en un aullido espantoso en sus mismos o铆dos y que se fue desvaneciendo lentamente, como si el maldito ser que la hab铆a producido se hubiera retirado de nuevo al mundo del que proced铆a. Pero Frayser sab铆a que no era as铆: aquella criatura no se hab铆a movido y estaba muy cerca.

Una extra帽a sensaci贸n comenz贸 a apoderarse lentamente tanto de su cuerpo como de su esp铆ritu. No pod铆a asegurar qu茅 sentido, de ser alguno, era el afectado; era como una intuici贸n, como una extra帽a certeza de que algo abrumador, malvado y sobrenatural, distinto de las criaturas que le rondaban y superior a ellas en poder, estaba presente. Sab铆a que era aquello lo que hab铆a lanzado esa cruel carcajada, y ahora se aproximaba; pero desconoc铆a por d贸nde y no se atrev铆a a hacer conjeturas. Sus miedos iniciales hab铆an desaparecido y se hab铆an fundido con el inmenso pavor del que era presa. A esto se a帽ad铆a una 煤nica preocupaci贸n: completar su s煤plica dirigida a los poderes ben茅ficos que, al cruzar el bosque hechizado, podr铆an rescatarle si se le negaba la bendici贸n de ser aniquilado. Escrib铆a con una rapidez inusitada y la sangre de la improvisada pluma parec铆a no agotarse. Pero en medio de una frase sus manos se negaron a continuar, sus brazos se paralizaron y el cuaderno cay贸 al suelo. Impotente para moverse o gritar, se encontr贸 contemplando el rostro cansado y macilento de su madre que, con los ojos de la muerte, se ergu铆a p谩lida y silenciosa en su mortaja.

II

En su juventud, Halpin Frayser hab铆a vivido con sus padres en Nashville, Tennessee. Los Frayser ten铆an una posici贸n acomodada en la sociedad que hab铆a sobrevivido al desastre de la guerra civil. Sus hijos hab铆an tenido las oportunidades sociales y educativas propias de su 茅poca y posici贸n, y hab铆an desarrollado unas formas educadas y unas mentes cultivadas. Halpin, que era el m谩s joven y enclenque, estaba un poquito mimado; en 茅l se hac铆a patente la doble desventaja del mimo materno y de la falta de atenci贸n paterna. Frayser pare era lo que todo sure帽o de buena posici贸n debe ser: un pol铆tico. Su pa铆s, o mejor dicho, su regi贸n y su estado le llevaban tanto tiempo y le exig铆an una atenci贸n tan especial que s贸lo pod铆a prestar a su familia unos o铆dos algo sordos a causa del clamor y del griter铆o, incluido el suyo, de los l铆deres pol铆ticos.

El joven Halpin era un muchacho so帽ador, indolente y bastante sentimental, m谩s amigo de la literatura que de las leyes, profesi贸n para la que hab铆a sido educado. Aquellos parientes suyos que cre铆an en las modernas teor铆as de la herencia ve铆an en el muchacho al difunto Myron Bayne, su bisabuelo materno, quien de ese modo volv铆a a recibir los rayos de la luna, astro por cuya influencia Bayne lleg贸 a ser un poeta de reconocida val铆a en la 茅poca colonial. Aunque no siempre se observaba, s铆 era digno de observaci贸n el hecho de no considerar un verdadero Frayser a aquel que no poseyera con orgullo una suntuosa copia de las obras po茅ticas de su antecesor (editadas por la familia y retiradas hac铆a tiempo de un mercado no muy favorable); sin embargo, y de forma incomprensible, la disposici贸n a honrar al ilustre difunto en la persona de su sucesor espiritual era m谩s bien escasa: Halpin era considerado la oveja negra que pod铆a deshonrar a todo el reba帽o en cualquier momento poni茅ndose a balar en verso. Los Frayser de Tennessee eran gente pr谩ctica, no en el sentido popular de dedicarse a tareas orientadas por la ambici贸n, sino en el de despreciar aquellas cualidades que apartan a un hombre de la beneficiosa vocaci贸n pol铆tica.

Para hacer justicia al joven Halpin, hay que confesar que, aunque 茅l encarnaba fielmente la mayor铆a de las caracter铆sticas mentales y morales atribuidas por la tradici贸n hist贸rica y familiar al famoso bardo colonial, s贸lo se le consideraba depositario del don y arte divinos por pura deducci贸n. No s贸lo no hab铆a cortejado jam谩s a la musa sino que, a decir verdad, habr铆a sido incapaz de escribir correctamente un verso para escapar a la muerte. Sin embargo nadie sab铆a cu谩ndo esa dormida facultad podr铆a despertar y hacerle ta帽er la lira.

Mientras tanto, el muchacho resultaba bastante in煤til. Entre 茅l y su madre exist铆a una gran comprensi贸n, pues la se帽ora era, en secreto, una ferviente disc铆pula de su abuelo; pero, con el tacto digno de elogio en personas de su sexo (algunos calumniadores prefieren llamarlo astucia), siempre hab铆a procurado ocultar su afici贸n a todos menos a aquel que la compart铆a. Este delito com煤n constitu铆a un lazo m谩s entre ellos. Si bien es cierto que en su infancia Halpin era un mimado de su madre, hay que decir que 茅l hab铆a hecho todo lo posible porque as铆 fuera. A medida que se acercaba al grado de virilidad caracter铆stico del sure帽o, a quien le da igual la marcha de las elecciones, la relaci贸n con su hermosa madre —a quien desde ni帽o llamaba Katy— se fue haciendo m谩s fuerte y tierna cada a帽o. En esas dos naturalezas rom谩nticas se manifestaba de un modo especial un fen贸meno a veces olvidado: el predominio del elemento sexual en las relaciones humanas, que refuerza, embellece y dulcifica todos los lazos, incluso los consangu铆neos. Eran tan inseparables que quienes no los conoc铆an, al observar su comportamiento, los tomaban a menudo por enamorados.

Un d铆a, Halpin Frayser entr贸 en el tocador de su madre, la bes贸 en la frente y, despu茅s de jugar con un rizo de su pelo negro que hab铆a escapado de las horquillas, dijo, intentando aparentar tranquilidad:

—¿Te importar铆a mucho, Katy, si me fuera a California por unas semanas?

Era innecesario que Katy contestara con los labios a una pregunta para la que sus delatoras mejillas hab铆an dado ya una respuesta inmediata. Evidentemente le importaba y las l谩grimas que brotaron de sus grandes ojos marrones as铆 lo indicaban.

—Hijo m铆o —dijo mir谩ndole con infinita ternura—, deber铆a haber adivinado que esto ocurrir铆a. Anoche me pas茅 horas y horas en vela, llorando, porque el abuelo se me apareci贸 en sue帽os y, en pie, tan joven y guapo como en su retrato, se帽al贸 al tuyo en la misma pared. Cuando lo mir茅, no pude ver tus facciones: tu cara estaba cubierta con un pa帽o como el que se pone a los muertos. Tu padre, cuando se lo he contado, se ha re铆do de m铆; pero, querido, t煤 y yo sabemos que tales sue帽os no ocurren porque s铆. Se ve铆an, por debajo del pa帽o, las marcas de unos dedos sobre tu garganta. Perdona, pero no estamos acostumbrados a ocultarnos tales cosas. A lo mejor t煤 le das otra interpretaci贸n. Quiz谩 significa que no debes ir a California. O tal vez que debes llevarme contigo.

Hay que decir, a la luz de una prueba reci茅n descubierta, que esta ingeniosa interpretaci贸n no fue completamente aceptada por la mente, m谩s l贸gica, del joven. Por un momento tuvo el presentimiento de que aquel sue帽o presagiaba una calamidad m谩s sencilla e inmediata, aunque menos tr谩gica, que una visita a la costa del Pac铆fico: Halpin Frayser tuvo la impresi贸n de que iba a ser estrangulado en su patria chica.

—¿No hay balnearios de aguas medicinales en California —continu贸 la se帽ora Frayser, antes de que 茅l pudiera exponer el verdadero significado del sue帽o— en los que puedan curarse el reumatismo y la neuralgia? Mira qu茅 dedos tan r铆gidos; estoy casi segura de que hasta durmiendo me producen dolor.

Extendi贸 las manos para que las viera. El cronista es incapaz de se帽alar cu谩l fue el diagn贸stico que el joven prefiri贸 guardar para s铆 con una sonrisa, pero se siente en la obligaci贸n de a帽adir, de su cosecha, que nunca unos dedos parecieron menos r铆gidos y con menos apariencia de insensibilidad.

El resultado fue que, de estas dos personas con los mismos raros conceptos sobre el deber, una se fue a California, tal y como demandaba su clientela, y la otra se qued贸 en casa, obedeciendo as铆 al deseo, apenas consciente, de su marido.

Una oscura noche Halpin Frayser iba caminando por el puerto de San Francisco y, de un modo tan repentino como sorprendente, se vio convertido en marinero. Lo que ocurri贸 en realidad fue que le emborracharon y le arrastraron a bordo de un barco enorme que zarp贸 con destino a un pa铆s lejano. Pero sus desventuras no acabaron con el viaje, pues el barco encall贸 en una isla al sur del Pac铆fico y pasaron seis a帽os antes de que los supervivientes fueran rescatados por una goleta mercante y devueltos a San Francisco.

Aunque volv铆a con la bolsa vac铆a, Frayser no era menos orgulloso de lo que hab铆a sido en los a帽os anteriores, ya tan lejanos para 茅l. No quiso aceptar la ayuda de extra帽os, y fue mientras viv铆a con otro superviviente cerca de la ciudad de Santa Helena, en espera de noticias y dinero de su familia, cuando se le ocurri贸 salir a cazar y so帽ar.

III

La aparici贸n del bosque —esa cosa tan parecida y, sin embargo, tan distinta a su madre— era horrible. No despertaba ni amor ni anhelo en su coraz贸n; tampoco le tra铆a recuerdos agradables de los d铆as felices. En resumen, no le inspiraba ning煤n sentimiento especial, pues cualquier emoci贸n quedaba ahogada por el miedo. Intent贸 volverse y huir pero las piernas no le obedecieron: ni siquiera pod铆a levantar los pies del suelo. Los brazos le colgaban inertes en los costados; s贸lo conservaba el control de los ojos y no se atrev铆a a apartarlos de las apagadas 贸rbitas del espectro, del que sab铆a que no era un alma sin cuerpo, sino lo m谩s espantoso que aquel bosque hechizado pod铆a albergar: ¡un cuerpo sin alma! En su mirada vac铆a no hab铆a amor, piedad o inteligencia alguna, nada a lo que apelar. «No ha lugar a apelaci贸n», pens贸, rememorando absurdamente el lenguaje profesional tiempo atr谩s aprendido. Pero de su ocurrencia no se dedujo ning煤n alivio.

La aparici贸n continuaba frente a 茅l, a un paso, observ谩ndole con la torpe malevolencia de una bestia salvaje. Fue tan largo este momento que el universo envejeci贸, cargado de a帽os y culpas, y el bosque, triunfante tras aquella monstruosa culminaci贸n de terrores, desapareci贸 de su mente con todas sus im谩genes y sonidos. De pronto, el espectro extendi贸 sus manos y se abalanz贸 sobre 茅l con terrible ferocidad. Halpin recuper贸 sus energ铆as, pero no su voluntad: su poderoso cuerpo y sus 谩giles miembros, dotados de una vida propia, ciega e insensata, resistieron vigorosamente, pero su mente segu铆a hechizada. Por un instante vio ese incre铆ble enfrentamiento entre su inteligencia muerta y su organismo vivo como un simple espectador; esto, como se sabe, suele suceder en los sue帽os. Pero enseguida recobr贸 su identidad, y dando un salto hacia su interior, el valeroso aut贸mata recuper贸 de nuevo su voluntad rectora, tan expectante y agresiva como la de su detestable rival.

Pero ¿qu茅 mortal puede derrotar a una criatura hija de su propio sue帽o? La imaginaci贸n que crea al enemigo est谩 vencida de antemano; el resultado del combate es su misma causa. A pesar de sus esfuerzos, de una fortaleza y actividad que parec铆an in煤tiles, sinti贸 c贸mo unos dedos fr铆os se aferraban a su garganta. De espaldas sobre la tierra, vio, a un palmo de distancia, aquel rostro muerto y descarnado. Al instante todo se oscureci贸. Se oy贸 el sonido de tambores lejanos y el murmullo de voces bulliciosas, a los que sigui贸 un grito agudo y distante que redujo todo al silencio. Halpin Frayser so帽贸 que estaba muerto.

IV

Tras una noche templada y clara, la ma帽ana amaneci贸 con niebla. El d铆a anterior, hacia la media tarde, se hab铆a visto una cortina de vapor —el fantasma de una nube— que se acercaba a la ladera oeste del monte Santa Helena, a sus est茅riles alturas. Era una capa tan fina y transl煤cida, tan parecida a una fantas铆a hecha realidad que uno habr铆a exclamado: «¡Miren, miren, r谩pido: en un momento habr谩 desaparecido!».

Pero enseguida empez贸 a hacerse mayor y m谩s densa. Mientras un extremo se adher铆a a la monta帽a, el otro se elevaba cada vez m谩s por encima de los cerros. Al mismo tiempo se extend铆a hacia el norte y hacia el sur y se fund铆a con peque帽os jirones de niebla que, con la sensata intenci贸n de ser absorbidos, surg铆an de las laderas. Fue creciendo y creciendo hasta hacer imposible la visi贸n de la cumbre desde el valle, que qued贸 cubierto por un dosel gris y opaco. En Calistoga, que se extiende al pie de la monta帽a, donde el valle comienza, tuvieron una noche sin estrellas y una ma帽ana sin sol. La niebla se hund铆a cada vez m谩s y se extend铆a en direcci贸n sur, cubriendo rancho tras rancho hasta alcanzar la ciudad de Santa Helena, a nueve millas de distancia. El polvo se hab铆a asentado sobre el camino y los p谩jaros estaban posados en silencio sobre los 谩rboles empapados. La luz de la ma帽ana era p谩lida y fantasmal, sin color o brillo alguno.

Al despuntar el alba, dos hombres abandonaron la ciudad de Santa Helena en direcci贸n norte, hacia Calistoga. Aunque llevaban escopeta al hombro, nadie les habr铆a confundido con un par de cazadores; eran el ayudante del sheriff de Napa y un detective de San Francisco, Holker y Jaralson, respectivamente. Su misi贸n era cazar a un hombre.

—¿Est谩 muy lejos? —pregunt贸 Holker, mientras sus pisadas dejaban al descubierto la tierra seca que hab铆a bajo la superficie h煤meda del camino.

—¿La iglesia blanca? Como a media milla —contest贸 el otro—. Por cierto —a帽adi贸—, ni es una iglesia ni es blanca; se trata de una escuela abandonada, gris por los a帽os y el descuido. En otro tiempo, cuando era blanca, se realizaban en ella servicios religiosos. Tiene un cementerio que har铆a las delicias de un poeta. ¿Adivina usted por qu茅 mand茅 buscarle y le advert铆 que viniera armado?

—Oh, nunca se me ha ocurrido preguntarle sobre esos temas. S茅 que usted siempre informa en el momento oportuno. Pero si se trata de hacer conjeturas, creo que lo que usted quiere es que le ayude a detener a uno de los cad谩veres del cementerio.

—¿Se acuerda usted de Branscom? —pregunt贸 Jaralson, respondiendo al ingenio de su compa帽ero con la indiferencia que se merec铆a.

—¿El tipo que degoll贸 a su mujer? Ya lo creo. Me cost贸 una semana de trabajo y un mont贸n de d贸lares. Ofrecen quinientos de recompensa, pero no hemos conseguido echarle la vista encima. No querr谩 usted decir que…

—Exacto, lo han tenido bajo sus narices todo este tiempo. Por las noches viene al viejo cementerio de la iglesia blanca.

—¡Demonios! Es donde est谩 enterrada su mujer.

—Bueno, deber铆an ustedes haber supuesto que alg煤n d铆a tendr铆a la tentaci贸n de volver.

—Es el 煤ltimo lugar que se nos habr铆a ocurrido.

—Como ya hab铆an rastreado todos los dem谩s, al conocer su fracaso, le esper茅 all铆.

—¿Y le encontr贸?

—¡Maldita sea! 脡l me encontr贸 a m铆. El muy brib贸n me tom贸 la delantera: se me ech贸 encima y me hizo correr a gusto. Fue una suerte que no acabara conmigo. ¡Menudo p谩jaro! Me contentar铆a con la mitad de la recompensa, si es que usted necesita la otra mitad.

Holker se ech贸 a re铆r y dijo que sus acreedores estaban m谩s impacientes que nunca.

—Quer铆a sencillamente mostrarle el terreno y preparar un plan con usted —dijo el detective—. Cre铆 que, aunque fuera de d铆a, era mejor ir bien armados.

—Ese hombre debe de estar loco —dijo el ayudante del sheriff—. La recompensa es por su captura y condena. Si est谩 loco, no le condenar谩n.

El se帽or Holker, profundamente afectado por tal posibilidad, se detuvo involuntariamente un instante y reanud贸 la marcha con menos entusiasmo.

—Bueno, lo parece —asinti贸 Jaralson—. Debo admitir que nunca he visto un canalla con peor pinta: mal afeitado, con el pelo totalmente revuelto… Re煤ne todo lo peor de la vieja y honorable orden de los vagabundos. Pero he venido a por 茅l y no se me escapar谩. La gloria nos espera. Nadie m谩s sabe que est谩 a este lado de las Monta帽as de la Luna.

De acuerdo —dijo Holker—, Vamos all谩 e inspeccionemos el terreno donde pronto yacer谩s —a帽adi贸 empleando las palabras que en tiempos fueran tan usadas en las inscripciones funerarias—. Quiero decir, si es que el viejo Branscom llega a cansarse de usted y de su impertinente intromisi贸n. Por cierto, el otro d铆a o铆 decir que su verdadero nombre no es Branscom.

—Entonces ¿cu谩l es?

—No me acuerdo. Hab铆a perdido todo inter茅s por ese rufi谩n y no lo grab茅 en la memoria. Era algo como Pardee. La mujer a la que tuvo el mal gusto de degollar era viuda cuando 茅l la conoci贸. Hab铆a venido a California a buscar a unos parientes. Ya sabe, hay gente que lo hace. Pero bueno, usted ya conoce esa historia.

—Naturalmente.

—Pero si no sab铆a su verdadero nombre, ¿por qu茅 feliz inspiraci贸n encontr贸 la tumba? El mismo que me dijo el nombre coment贸 que est谩 grabado en la l谩pida.

—Yo no s茅 d贸nde est谩 esa tumba —contest贸 Jaralson, algo reacio a admitir su ignorancia acerca de un detalle tan importante en el plan—. He estado inspeccionando el lugar, nada m谩s. Precisamente identificar esa rumba es una parte del trabajo que hemos de realizar esta ma帽ana. Aqu铆 tenemos la iglesia blanca.

El camino hab铆a estado bordeado por campos hasta entonces. Ahora, a la izquierda, se ve铆a un bosque de encinas y madro帽os, y unos abetos gigantescos cuya parte inferior era dif铆cil de distinguir entre la niebla. Los arbustos, bastante espesos, no llegaban a ser impracticables. Al principio Holker no ve铆a el edificio pero, al adentrarse en el bosque, sus vagos contornos, que parec铆an enormes y distantes, aparecieron entre la bruma. Unos cuantos pasos m谩s y ah铆 estaba, claramente visible, oscurecido por la humedad y de un tama帽o insignificante. Era la t铆pica escuela de aldea con un basamento de piedra y forma de caja de embalar. Ten铆a el tejado cubierto de musgo, y los cristales y marcos de las ventanas rotos. Su estado era ruinoso, pero no era una ruina, sino uno de los t铆picos suced谩neos californianos de lo que las gu铆as extranjeras llaman «monumentos del pasado». Tras un r谩pido vistazo a una construcci贸n tan poco interesante, Jaralson se dirigi贸 hacia la parte posterior, llena de maleza h煤meda.

—Le voy a mostrar d贸nde me sorprendi贸 —dijo—. 脡ste es el cementerio.

Por todas partes surg铆an peque帽os recintos con tumbas, en ocasiones no m谩s de una, entre los matorrales. Unas veces se las reconoc铆a por las piedras descoloridas y las tablas podridas que, cuando no estaban en el suelo, descansaban sobre sus cuatro 谩ngulos; otras, por las estacas carcomidas que las rodeaban y, m谩s raramente, por un mont铆culo de hojarasca bajo la que se pod铆an distinguir algunos cascotes. En muchos casos el lugar que acog铆a los restos de alg煤n pobre mortal —quien, con el paso del tiempo, hab铆a sido abandonado por el c铆rculo de sus afligidos amigos— no estaba indicado m谩s que por una depresi贸n en la tierra, m谩s duradera que la de sus propios deudos. Los senderos, si es que alguna vez los hubo, no hab铆an dejado huella alguna. Entre las tumbas crec铆an unos grandes 谩rboles que arrancaban con sus ra铆ces las cercas de los recintos. Por todas partes reinaba esa atm贸sfera de abandono y decadencia que en ning煤n otro sitio parece tan indicada y significativa como en una aldea de muertos olvidados.

Los dos hombres, con Jaralson a la cabeza, atravesaron los espesos matorrales; de pronto, aquel hombre decidido se detuvo y, tras levantar la escopeta a la altura del pecho, musit贸 una palabra de alerta y permaneci贸 con la vista clavada frente a 茅l. Su compa帽ero, en cuanto pudo librarse de la maleza, le imit贸 y, aunque no hab铆a visto nada, se puso en guardia ante lo que pudiera suceder. Un instante despu茅s Jaralson comenz贸 a avanzar cautelosamente, con Holker tras 茅l.

Bajo las ramas de un enorme abeto yac铆a un cuerpo sin vida. Los dos hombres, en silencio junto a 茅l, examinaron los detalles que en un primer momento suelen llamar la atenci贸n: el rostro, la actitud, la ropa: todo aquello que m谩s r谩pidamente responde a las mudas preguntas de una curiosidad sana.

El hombre estaba boca arriba, con las piernas separadas. Ten铆a un brazo extendido hacia arriba y el otro doblado en 谩ngulo con la mano cerca de la garganta. Sus pu帽os estaban fuertemente apretados, en actitud de desesperada pero in煤til resistencia a… no se sabe qu茅.

Junto a 茅l hab铆a una escopeta y un morral de cazador a trav茅s de cuyas mallas se ve铆an plumas de p谩jaros muertos. A su alrededor hab铆a rastros de una lucha encarnizada; unos peque帽os brotes de encina venenosa aparec铆an tronchados, sin hojas ni corteza. Alguien hab铆a acumulado con sus pies hojarasca en torno a sus piernas. Unas huellas de rodillas humanas aparec铆an junto a sus caderas.

La ferocidad de la lucha era evidente con solo observar la garganta y el rostro del cad谩ver. A diferencia del color blanco de su pecho y manos, aquellos ten铆an un color p煤rpura, casi negro. Sus hombros descansaban sobre una leve prominencia del terreno, lo que hac铆a que la cabeza cayera bruscamente hacia atr谩s, con los ojos en direcci贸n contraria a la de los pies. Una lengua, negra e hinchada, surg铆a de entre la espuma que llenaba su boca abierta. Sobre la garganta hab铆a unas marcas horribles: no eran las simples huellas de unos dedos, sino magulladuras y heridas producidas por unas manos fuertes que deb铆an de haberse hundido en la carne, manteniendo su terrible tenaza hasta mucho despu茅s de producir la muerte. El pecho, la garganta y el rostro estaban h煤medos; ten铆a la ropa empapada y unas gotas de agua, condensaci贸n de la niebla, salpicaban el pelo y el bigote.

Los dos hombres observaron todo esto casi de un vistazo, sin hacer ning煤n comentario. Despu茅s Holker rompi贸 el silencio.

—¡Pobre diablo! Debi贸 de tener un final horroroso.

Jaralson, con la escopeta firmemente agarrada y el dedo en el gatillo, inspeccion贸 atentamente el bosque con la mirada.

—Esto es obra de un loco —dijo sin apartar la vista de la espesura—. La obra de Branscom… Pardee.

Algo que hab铆a en el suelo, semicubierto por las hojas, llam贸 la atenci贸n de E铆olker. Era un cuaderno rojo con pastas de piel. Lo cogi贸 y lo abri贸. Conten铆a hojas en blanco para anotaciones en la primera de las cuales estaba escrito el nombre «Halpin Frayser». Con tinta roja y garabateadas a lo largo de varias p谩ginas, aparec铆an las siguientes l铆neas, que E铆olker ley贸 en voz alta, mientras su compa帽ero segu铆a vigilando los oscuros confines de aquel entorno y escuchaba con aprensi贸n el gotear de los 谩rboles. Dec铆a as铆:
V铆ctima de alg煤n oculto maleficio, me encontr茅
entre las tinieblas crepusculares de un bosque encantado.
El cipr茅s y el mirto entrelazaban sus ramas
en simb贸lica y funesta hermandad.
El sauce cavilante murmuraba al tejo;
debajo, la mortal belladona y la ruda,
con siemprevivas trenzadas en extra帽as formas
funerarias, crec铆an junto a horribles ortigas.
No hab铆a ni cantos de p谩jaros ni zumbidos de abejas,
ni hojas suavemente mecidas por la fresca brisa.
El aire estaba estancado y el silencio era
un ser vivo que respiraba entre los 谩rboles.
Los esp铆ritus conspiradores murmuraban en las tinieblas,
de un modo inaudible, los secretos de Las tumbas.
Los 谩rboles sangraban y las hojas exhib铆an,
a la luz embrujada, un fulgor rojizo.
¡Grit茅! El hechizo, a煤n sin romper,
dominaba mi esp铆ritu y voluntad.
¡Desamparado, sin aliento ni esperanza,
luch茅 contra monstruosos presagios de maldad!
Al fin, lo invisible…

Holker se detuvo. No hab铆a nada m谩s. El manuscrito se interrump铆a a mitad de un verso.

—Suena a Bayne —dijo Jaralson, que, a su manera, era un hombre culto. Hab铆a dejado de vigilar y estaba observando el cad谩ver.

—¿Qui茅n es Bayne? —pregunt贸 Holker sin mucho inter茅s.

—Myron Bayne, un tipo que escribi贸 en la 茅poca colonial, hace m谩s de un siglo. Sus poemas eran tremendamente t茅tricos. Tengo sus obras completas. Este poema, por alg煤n error, no aparece en ellos.

—Hace fr铆o —dijo Holker—. V谩monos. Debemos avisar al juez de Napa.

Sin decir palabra, Jaralson sigui贸 a su compa帽ero. Al pasar junto a la elevaci贸n del terreno sobre la que descansaban la cabeza y los hombros del muerto, su pie tropez贸 con un objeto duro que hab铆a bajo la hojarasca. Era una l谩pida ca铆da sobre la que, con dificultad, se pod铆an leer las palabras «Catherine Larue».

—¡Larue, Larue! —exclam贸 Holker con excitaci贸n repentina—. 脡se es el verdadero nombre de Branscom, no Pardee. Y, ¡Dios m铆o!, ahora me acuerdo de todo: ¡el nombre de la mujer asesinada era Frayser!

—Aqu铆 hay algo que me huele muy mal —dijo el detective Jaralson—, No me gustan nada estas historias.

De entre la niebla —y al parecer desde muy lejos— les lleg贸 el sonido de una risa sofocada y desalmada, tan desprovista de alegr铆a como la de una hiena que ronda en la noche del desierto en busca de presa. Una risa que se elev贸 poco a poco y se fue haciendo cada vez m谩s n铆tida, fuerte y terrible, hasta que pareci贸 rozar los l铆mites del c铆rculo de visi贸n de los dos hombres. Era una risa tan sobrenatural, inhumana y diab贸lica que les produjo un pavor indescriptible. No movieron sus armas, ni siquiera pensaron en ellas: la amenaza de aquel horrible sonido no era de las que se combaten con ellas. Tras un grito culminante que pareci贸 sonar junto a sus o铆dos, comenz贸 a disminuir paulatinamente hasta que sus d茅biles notas, tristes y mec谩nicas, se extinguieron en el silencio, a una distancia enorme.

(1891)

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