La reina de las nieves, un cuento de Hans Christian Andersen
(Historia en siete episodios)
PRIMER EPISODIO
Trata del espejo y del trozo de espejo
Atenci贸n, que vamos a empezar. Cuando hayamos llegado al final de esta parte sabremos m谩s que ahora; pues esta historia trata de un duende perverso, uno de los peores, ¡como que era el diablo en persona! Un d铆a estaba de muy buen humor, pues hab铆a construido un espejo dotado de una curiosa propiedad: todo lo bueno y lo bello que en 茅l se reflejaba se encog铆a hasta casi desaparecer, mientras que lo in煤til y feo destacaba y a煤n se intensificaba. Los paisajes m谩s hermosos aparec铆an en 茅l como espinacas hervidas, y las personas m谩s virtuosas resultaban repugnantes o se ve铆an en posici贸n invertida, sin tronco y con las caras tan contorsionadas, que era imposible reconocerlas; y si uno ten铆a una peca, pod铆a tener la certeza de que se le extender铆a por la boca y la nariz. Era muy divertido, dec铆a el diablo. Si un pensamiento bueno y piadoso pasaba por la mente de una persona, en el espejo se reflejaba una risa sard贸nica, y el diablo se retorc铆a de puro regocijo por su ingeniosa invenci贸n. Cuantos asist铆an a su escuela de brujer铆a -pues manten铆a una escuela para duendes- contaron en todas partes que hab铆a ocurrido un milagro; desde aquel d铆a, afirmaban, pod铆a verse c贸mo son en realidad el mundo y los hombres. Dieron la vuelta al Globo con el espejo, y, finalmente, no qued贸 ya un solo pa铆s ni una sola persona que no hubiese aparecido desfigurada en 茅l. Luego quisieron subir al mismo cielo, deseosos de re铆rse a costa de los 谩ngeles y de Dios Nuestro Se帽or. Cuanto m谩s se elevaban con su espejo, tanto m谩s se re铆a 茅ste sarc谩sticamente, hasta tal punto que a duras penas pod铆an sujetarlo. Siguieron volando y acerc谩ndose a Dios y a los 谩ngeles, y he aqu铆 que el espejo tuvo tal acceso de risa, que se solt贸 de sus manos y cay贸 a la Tierra, donde qued贸 roto en cien millones, qu茅 digo, en billones de fragmentos y a煤n m谩s. Y justamente entonces caus贸 m谩s trastornos que antes, pues algunos de los pedazos, del tama帽o de un grano de arena, dieron la vuelta al mundo, deteni茅ndose en los sitios donde ve铆an gente, la cual se reflejaba en ellos completamente contrahecha, o bien se limitaban a reproducir s贸lo lo irregular de una cosa, pues cada uno de los min煤sculos fragmentos conservaba la misma virtud que el espejo entero. A algunas personas, uno de aquellos pedacitos lleg贸 a met茅rseles en el coraz贸n, y el resultado fue horrible, pues el coraz贸n se les volvi贸 como un trozo de hielo. Varios pedazos eran del tama帽o suficiente para servir de cristales de ventana; pero era muy desagradable mirar a los amigos a trav茅s de ellos. Otros fragmentos se emplearon para montar anteojos, y cuando las personas se calaban estos lentes para ver bien y con justicia, huelga decir lo que pasaba. El diablo se re铆a a reventar, divirti茅ndose de lo lindo. Pero algunos pedazos diminutos volaron m谩s lejos. Ahora vas a o铆rlo.
SEGUNDO EPISODIO
Un ni帽o y una ni帽a
En la gran ciudad, donde viven tantas personas y se alzan tantas casas que no queda sitio para que todos tengan un jardincito -por lo que la mayor铆a han de contentarse con cultivar flores en macetas-, hab铆a dos ni帽os pobres que ten铆an un jard铆n un poquito m谩s grande que un tiesto. No eran hermano y hermana, pero se quer铆an como si lo fueran. Los padres viv铆an en las buhardillas de dos casas contiguas. En el punto donde se tocaban los tejados de las casas, y el canal贸n corr铆a entre ellos, se abr铆a una ventanita en cada uno de los edificios; bastaba con cruzar el canal贸n para pasar de una a otra de las ventanas.
Los padres de los dos ni帽os ten铆an al exterior dos grandes cajones de madera, en los que plantaban hortalizas para la cocina; en cada uno crec铆a un peque帽o rosal, y muy hermoso por cierto. He aqu铆 que a los padres se les ocurri贸 la idea de colocar los cajones de trav茅s sobre el canal贸n, de modo que alcanzasen de una a otra ventana, con lo que parec铆an dos paredes de flores. Zarcillos de guisantes colgaban de los cajones, y los rosales hab铆an echado largas ramas, que se curvaban al encuentro una de otra; era una especie de arco de triunfo de verdor y de flores. Como los cajones eran muy altos, y los ni帽os sab铆an que no deb铆an subirse a ellos, a menudo se les daba permiso para visitarse; entonces, sentados en sus taburetes bajo las rosas, jugaban en buena paz y armon铆a.
En invierno, aquel placer se interrump铆a. Con frecuencia, las ventanas estaban completamente heladas. Entonces los chiquillos calentaban a la estufa monedas de cobre, y, aplic谩ndolas contra el hielo que cubr铆a al cristal, despejaban en 茅l una mirilla, detr谩s de la cual asomaba un ojo cari帽oso y dulce, uno en cada ventana; eran los del ni帽o y de la ni帽a; 茅l se llamaba Carlos, y ella, Margarita. En verano era f谩cil pasar de un salto a la casa del otro, pero en invierno hab铆a que bajar y subir muchas escaleras, y adem谩s nevaba copiosamente en la calle. Es un enjambre de abejas blancas – dec铆a la abuela, que era muy viejecita.
-¿Tienen tambi茅n una reina? -pregunt贸 un d铆a el chiquillo, pues sab铆a que las abejas de verdad la tienen.
-¡Claro que s铆! -respondi贸 la abuela-. Vuela en el centro del enjambre, con las m谩s grandes, y nunca se posa en el suelo, sino que se vuelve volando a la negra nube. Algunas noches de invierno vuela por las calles de la ciudad y mira al interior de las ventanas, y entonces 茅stas se hielan de una manera extra帽a, cubri茅ndose como de flores.
-¡S铆, ya lo he visto! -exclamaron los ni帽os a d煤o; y entonces supieron que aquello era verdad.
-¿Y podr铆a entrar aqu铆 la reina de las nieves? -pregunt贸 la muchachita.
-D茅jala que entre -dijo el peque帽o-. La pondr茅 sobre la estufa y se derretir谩.
Pero la abuela le acarici贸 el cabello y se puso a contar otras historias.
Aquella noche, estando Carlitos en su casa medio desnudo, se subi贸 a la silla que hab铆a junto a la ventana y mir贸 por el agujerito. Fuera ca铆an algunos copos de nieve, y uno de ellos, el mayor, se pos贸 sobre el borde de uno de los cajones de flores; fue creciendo y creciendo, y se transform贸, finalmente, en una doncella vestida con un exquisito velo blanco hecho como de millones de copos en forma de estrella. Era hermosa y distinguida, pero de hielo, de un hielo cegador y centelleante, y, sin embargo, estaba viva; sus ojos brillaban como l铆mpidas estrellas, pero no hab铆a paz y reposo en ellos. Hizo un gesto con la cabeza y una se帽a con la mano. El ni帽o, asustado, salt贸 al suelo de un brinco; en aquel momento pareci贸 como si delante de la ventana pasara volando un gran p谩jaro. Fue una sensaci贸n casi real.
Al d铆a siguiente hubo helada con el cielo sereno, y luego vino el deshielo; despu茅s apareci贸 la primavera. Luci贸 el sol, brotaron las plantas, las golondrinas empezaron a construir sus nidos; se abrieron las ventanas, y los ni帽os pudieron volver a su jardincito del canal贸n, encima de todos los pisos de las casas.
En verano, las rosas florecieron con todo su esplendor. La ni帽a hab铆a aprendido una canci贸n que hablaba de rosas, y en ella pensaba al mirar las suyas; y la cant贸 a su compa帽ero, el cual cant贸 con ella:
«Florecen en el valle las rosas,
Bendito seas, Jes煤s, que las haces tan hermosas».
Y los peque帽os, cogidos de las manos, besaron las rosas y, dirigiendo la mirada a la clara luz del sol divino, le hablaron como si fuese el Ni帽o Jes煤s. ¡Qu茅 d铆as tan hermosos! ¡Qu茅 bello era todo all谩 fuera, junto a los lozanos rosales que parec铆an dispuestos a seguir floreciendo eternamente!
Carlos y Margarita, sentados, miraban un libro de estampas en que se representaban animales y pajarillos, y entonces -el reloj acababa de dar las cinco en el gran campanario- dijo Carlos:
-¡Ay, qu茅 pinchazo en el coraz贸n! ¡Y algo me ha entrado en el ojo!
La ni帽a le rode贸 el cuello con el brazo, y 茅l parpadeaba, pero no se ve铆a nada.
-Creo que ya sali贸 -dijo; pero no hab铆a salido. Era uno de aquellos granitos de cristal desprendidos del espejo, el espejo embrujado. Bien se acuerdan de 茅l, de aquel horrible cristal que volv铆a peque帽o y feo todo lo grande y bueno que en 茅l se reflejaba, mientras hac铆a resaltar todo lo malo y pon铆a de relieve todos los defectos de las cosas. Pues al pobre Carlitos le hab铆a entrado uno de sus trocitos en el coraz贸n. ¡Qu茅 poco tardar铆a 茅ste en volv茅rsela como un t茅mpano de hielo! Ya no le dol铆a, pero all铆 estaba.
-¿Por qu茅 lloras? -pregunt贸 el ni帽o-. ¡Qu茅 fea te pones! No ha sido nada. ¡Uf! -exclam贸 de pronto-, ¡aquella rosa est谩 agusanada! Y mira c贸mo est谩 tumbada. No valen nada, bien mirado. ¡Qu茅 quieres que salga de este caj贸n! -y pegando una patada al caj贸n, arranc贸 las dos rosas.
-Carlos, ¿qu茅 haces? -exclam贸 la ni帽a; y al darse 茅l cuenta de su espanto, arranc贸 una tercera flor, se fue corriendo a su ventana y huy贸 de la cari帽osa Margarita.
Al comparecer ella m谩s tarde con el libro de estampas, le dijo Carlos que aquello era para ni帽os de pecho; y cada vez que abuelita contaba historias, sal铆a 茅l con alguna tonter铆a. Siempre que pod铆a, se situaba detr谩s de ella, y, cal谩ndose unas gafas, se pon铆a a imitarla; lo hac铆a con mucha gracia, y todos los presentes se re铆an. Pronto supo remedar los andares y los modos de hablar de las personas que pasaban por la calle, y todo lo que ten铆an de peculiar y de feo. Y la gente exclamaba: -¡Tiene una cabeza extraordinaria este chiquillo -. Pero todo ven铆a del cristal que por el ojo se le hab铆a metido en el coraz贸n; esto explica que se burlase incluso de la peque帽a Margarita, que tanto lo quer铆a.
Sus juegos eran ahora totalmente distintos de los de antes; eran muy juiciosos. En invierno, un d铆a de nevada, se present贸 con una gran lupa, y sacando al exterior el extremo de su chaqueta, dej贸 que se depositasen en ella los copos de nieve.
-Mira por la lente, Margarita -dijo; y cada copo se ve铆a mucho mayor, y ten铆a la forma de una magn铆fica flor o de una estrella de diez puntas; daba gusto mirarlo.
-¡F铆jate qu茅 arte! -observ贸 Carlos-. Es mucho m谩s interesante que las flores de verdad; aqu铆 no hay ning煤n defecto, son completamente regulares. ¡Si no fuera porque se funden!
Poco m谩s tarde, el ni帽o, con guantes y su gran trineo a la espalda, dijo al o铆do de Margarita:
-Me han dado permiso para ir a la plaza a jugar con los otros ni帽os -y se march贸.
En la plaza no era raro que los chiquillos m谩s atrevidos atasen sus trineos a los coches de los campesinos, y de esta manera paseaban un buen trecho arrastrados por ellos. Era muy divertido. Cuando estaban en lo mejor del juego, lleg贸 un gran trineo pintado de blanco, ocupado por un personaje envuelto en una piel blanca y tocado con un gorro, blanco tambi茅n. El trineo dio dos vueltas a la plaza, y Carlos corri贸 a atarle el suyo, dej谩ndose arrastrar. El trineo desconocido corr铆a a velocidad creciente, y se intern贸 en la calle m谩s pr贸xima; el conductor volvi贸 la cabeza e hizo una se帽a amistosa a Carlos, como si ya lo conociese. Cada vez que Carlos trataba de soltarse, el conductor le hac铆a un signo con la cabeza, y el peque帽o se quedaba sentado. Al fin salieron de la ciudad, y la nieve empez贸 a caer tan copiosamente, que el chiquillo no ve铆a siquiera la mano cuando se la pon铆a delante de los ojos; pero la carrera continuaba. 脡l solt贸 r谩pidamente la cuerda para desatarse del trineo grande pero de nada le sirvi贸; su peque帽o veh铆culo segu铆a sujeto, y corr铆an con la velocidad del viento. Se puso a gritar, pero nadie lo oy贸; continuaba nevando intensamente, y el trineo volaba, pegando de vez en cuando violentos saltos, como si salvase fosos y setos. Carlos estaba aterrorizado; quer铆a rezar el Padrenuestro, pero s贸lo acud铆a a su memoria la tabla de multiplicar.
Los copos de nieve eran cada vez mayores, hasta que, al fin, parec铆an grandes pollos blancos. De repente dieron un salto a un lado, el trineo se detuvo, y la persona que lo conduc铆a se incorpor贸 en el asiento. La piel y el gorro eran de pura nieve, y ante los ojos del chiquillo se present贸 una se帽ora alta y esbelta, de un blanco resplandeciente. Era la Reina de las Nieves.
-Hemos corrido mucho –dijo-, pero, ¡qu茅 fr铆o! M茅tete en mi piel de oso.
Prosigui贸, y lo sent贸 junto a ella en su trineo y lo envolvi贸 en la piel. A 茅l le pareci贸 que se hund铆a en un torbellino de nieve.
-¿Todav铆a tienes fr铆o? –le pregunt贸 la se帽ora, bes谩ndolo en la frente. ¡Oh, sus labios eran peor que el hielo, y el beso se le entr贸 en el coraz贸n, que ya de suyo estaba medio helado! Tuvo la sensaci贸n de que iba a morir, pero no dur贸 m谩s que un instante; luego se sinti贸 perfectamente, y dej贸 de notar el fr铆o.
«¡Mi trineo! ¡No olvides mi trineo!», pens贸 茅l de pronto; pero estaba atado a uno de los pollos blancos, el cual echo a volar detr谩s de ellos con el trineo a la espalda. La Reina de las Nieves dio otro beso a Carlos, y Margarita, la abuela y todos los dem谩s se borraron de su memoria.
-No te volver茅 a besar -dijo ella-, pues de lo contrario te matar铆a.
Carlos la mir贸; era muy hermosa; no habr铆a podido imaginar un rostro m谩s inteligente y atractivo. Ya no le parec铆a de hielo, como antes, cuando le hab铆a estado haciendo se帽as a trav茅s de la ventana. A los ojos del ni帽o era perfecta, y no le inspiraba temor alguno. Le cont贸 que sab铆a hacer c谩lculo mental, hasta con quebrados; que sab铆a cu谩ntas millas cuadradas y cu谩ntos habitantes ten铆a el pa铆s. Ella lo escuchaba sonriendo, y Carlos empez贸 a pensar que tal vez no sab铆a a煤n bastante. Y levant贸 los ojos al firmamento, y ella emprendi贸 el vuelo con 茅l, hacia la negra nube, entre el estr茅pito de la tempestad; el ni帽o se acord贸 de una vieja canci贸n. Pasaron volando por encima de ciudades y lagos, de mares y pa铆ses; debajo de ellos aullaban el g茅lido viento y los lobos, y centelleaba la nieve; y encima volaban las negras y ruidosas cornejas; pero en lo m谩s alto del cielo brillaba, grande y blanca, la luna, y Carlos la estuvo contemplando durante toda la larga noche. Al amanecer se qued贸 dormido a los pies de la Reina de las Nieves.
TERCER EPISODIO
El jard铆n de la hechicera
Pero, ¿qu茅 hac铆a Margarita, al ver que Carlos no regresaba? ¿D贸nde estar铆a el ni帽o? Nadie lo sab铆a, nadie pudo darle noticias. Los chicos de la calle contaban que lo hab铆an visto atar su trineo a otro muy grande y hermoso que entr贸 en la calle, y sali贸 por la puerta de la ciudad. Todos ignoraban su paradero; corrieron muchas l谩grimas, y tambi茅n Margarita llor贸 copiosa y largamente. Despu茅s la gente dijo que hab铆a muerto, que se habr铆a ahogado en el r铆o que pasaba por las afueras de la ciudad.
¡Ah, qu茅 d铆as de invierno m谩s largos y tristes! Y lleg贸 la primavera, con su sol confortador.
-Carlos muri贸; ya no lo tengo -dijo la peque帽a Margarita.
-No lo creo -respondi贸 el sol.
-Est谩 muerto y ha desaparecido -dijo la ni帽a a las golondrinas.
-¡No lo creemos! -replicaron 茅stas; y al fin la propia Margarita lleg贸 a no creerlo tampoco.
-Me pondr茅 los zapatos colorados nuevos -dijo un d铆a-. Los que Carlos no ha visto a煤n, y bajar茅 al r铆o a preguntar por 茅l.
Era a煤n muy temprano. Dio un beso a su abuelita, que dorm铆a, y, calz谩ndose los zapatos rojos, sali贸 sola de la ciudad, en direcci贸n al r铆o.
-¿Es cierto que me robaste a mi compa帽ero de juego? Te dar茅 mis zapatos nuevos si me lo devuelves.
Y le pareci贸 como si las ondas le hiciesen unas se帽as raras. Se quit贸 los zapatos rojos, que le gustaban con delirio, y los arroj贸 al r铆o; pero cayeron junto a la orilla, y las leves ondas los devolvieron a tierra. Se habr铆a dicho que el r铆o no aceptaba la prenda que ella m谩s quer铆a, porque Carlos no estaba en 茅l. Pero Margarita, pensando que no hab铆a echado los zapatos lo bastante lejos, se subi贸 a un bote que flotaba entre los juncos y, avanzando hasta su extremo, arroj贸 nuevamente los zapatos al agua. Pero result贸 que el bote no estaba amarrado y, con el movimiento producido por la ni帽a, se alej贸 de la orilla. Al darse cuenta la ni帽a, quiso saltar a tierra, pero antes que pudiera llegar a popa, la embarcaci贸n se hab铆a separado ya cosa de una vara de la ribera y segu铆a alej谩ndose a velocidad creciente.
Margarita, en extremo asustada, rompi贸 a llorar, pero nadie la oy贸 aparte los gorriones, los cuales, no pudiendo llevarla a tierra, se echaron a volar a lo largo de la orilla, piando como para consolarla: «¡Estamos aqu铆, estamos aqu铆!». El bote avanzaba, arrastrado por la corriente, y Margarita permanec铆a descalza y silenciosa; los zapatitos rojos flotaban en pos de la barca, sin poder alcanzarla, pues 茅sta navegaba a mayor velocidad.
Las dos orillas eran muy hermosas, con lindas flores, viejos 谩rboles y laderas en las que pac铆an ovejas y vacas; pero no se ve铆a ni un ser humano.
«Acaso el r铆o me conduzca hasta Carlitos», pens贸 Margarita, y aquella idea le devolvi贸 la alegr铆a. Se puso en pie y estuvo muchas horas contemplando la hermosa ribera verde, hasta que lleg贸 frente a un gran jard铆n plantado de cerezos, en el que se alzaba una casita con extra帽as ventanas de color rojo y azul. Por lo dem谩s, ten铆a el tejado de paja, y fuera hab铆a dos soldados de madera, con el fusil al hombro.
Margarita los llam贸, creyendo que eran de verdad; pero como es natural, no respondieron; se acerc贸 mucho a ellos, pues el r铆o impel铆a el bote hacia la orilla.
La ni帽a volvi贸 a llamar m谩s fuerte, y entonces sali贸 de la casa una mujer muy vieja, muy vieja, que se apoyaba en una muletilla; llevaba, para protegerse del sol, un gran sombrero pintado de bell铆simas flores.
-¡Pobre peque帽a! -dijo la vieja-. ¿C贸mo viniste a parar a este r铆o caudaloso y r谩pido que te ha arrastrado tan lejos?
Y, entrando en el agua, la mujer sujet贸 el bote con su muletilla, tir贸 de 茅l hacia tierra y ayud贸 a Margarita a desembarcar.
Se alegr贸 la ni帽a de volver a pisar tierra firme, aunque la vieja no dejaba de inspirarle cierto temor.
-Ven y cu茅ntame qui茅n eres y c贸mo has venido a parar aqu铆 -dijo la mujer.
Margarita se lo explic贸 todo, mientras la mujer no cesaba de menear la cabeza diciendo: «¡Hm, hm!». Y cuando la ni帽a hubo terminado y preguntado a la vieja si por casualidad hab铆a visto a Carlitos, respondi贸 茅sta que no hab铆a pasado por all铆, pero que seguramente vendr铆a. No deb铆a afligirse y s铆, en cambio, probar las cerezas, y contemplar sus flores, que eran m谩s hermosas que todos los libros de estampas, y adem谩s cada una sab铆a un cuento. Tom贸 a Margarita de la mano y entr贸 con ella en la casa, cerrando la puerta tras de s铆.
Las ventanas eran muy altas, y los cristales, de colores: rojo, azul y amarillo, por lo que la luz del d铆a resultaba muy extra帽a. Sobre la mesa hab铆a un plato de exquisitas cerezas, y Margarita comi贸 todas las que le vinieron en gana, con permiso de la due帽a. Mientras com铆a, la vieja la peinaba con un peine de oro, y el pelo se le iba ensortijando y formando un precioso marco dorado para su carita cari帽osa, redonda y rosada.
-¡Siempre he suspirado por tener una ni帽a bonita como t煤 -dijo la vieja-. ¡Ya ver谩s qu茅 bien lo pasamos las dos juntas!
Y mientras segu铆a peinando el cabello de Margarita, 茅sta iba olvid谩ndose de su amiguito Carlos, pues la vieja pose铆a el arte de hechicer铆a, aunque no fuera una bruja perversa. Practicaba su don s贸lo para satisfacer alg煤n antojo, y le habr铆a gustado quedarse con Margarita. Por eso sali贸 a la rosaleda y, extendiendo la muletilla hacia todos los rosales, magn铆ficamente floridos, hizo que todos desaparecieran bajo la negra tierra, sin dejar se帽al ni rastro. Tem铆a la mujer que Margarita, al ver las rosas, se acordase de las suyas y de Carlitos y escapase.
Entonces condujo a la ni帽a al jard铆n. ¡Dios santo! ¡Qu茅 fragancia y esplendor! Crec铆an all铆 todas las flores imaginables; las propias de todas las estaciones aparec铆an abiertas y magn铆ficas; ning煤n libro de estampas pod铆a compar谩rsele. Margarita se puso a saltar de alegr铆a y estuvo jugando hasta que el sol se ocult贸 tras los altos cerezos. Entonces fue conducida a una bonita cama, con almohada de seda roja llena de p茅talos de violetas, y se durmi贸 y so帽贸 cosas como s贸lo las sue帽a una reina el d铆a de su boda.
Al d铆a siguiente volvi贸 a jugar al sol con las flores, y de este modo transcurrieron muchos d铆as. Margarita conoc铆a todas las flores, y a pesar de las muchas que hab铆a, le parec铆a que faltaba una, sin poder precisar cu谩l. En una ocasi贸n en que estaba sentada contemplando el sombrero de la vieja, que ten铆a pintadas tantas flores, vio tambi茅n la m谩s bella de todas: la rosa. La vieja se hab铆a olvidado de borrarla del sombrero cuando hizo desaparecer las restantes bajo tierra. Pero, ya se sabe, uno no puede estar en todo.
-Ahora que caigo en ello -exclam贸 Margarita-, ¿no hay rosas aqu铆?
Y se puso a recorrer los arriates, busca que busca, pero no hab铆a ninguna. Entonces se sent贸 en el suelo y rompi贸 a llorar; sus l谩grimas ardientes ca铆an sobre un lugar donde se hab铆a hundido uno de los rosales, y cuando humedecieron el suelo, brot贸 de pronto el rosal, tan florido como en el momento de desaparecer, y Margarita lo abraz贸, y bes贸 sus rosas, y le volvieron a la memoria las preciosas de su casa y, con ellas, Carlitos.
-¡Ay, c贸mo me he entretenido! -exclam贸 la ni帽a-. Yo iba en busca de Carlos. ¿No saben d贸nde est谩? -pregunt贸 a las rosas-. ¿Creen que est谩 vivo o que est谩 muerto?
-Muerto no est谩 -respondieron las rosas-. Nosotras hemos estado debajo de la tierra, donde moran todos los muertos, pero Carlos no estaba.
-Gracias -dijo Margarita, y, dirigi茅ndose a las otras flores, mir贸 sus c谩lices y les pregunt贸-: ¿Saben por ventura d贸nde est谩 Carlos?
Pero todas las flores tomaban el sol, ensimismadas en sus propias historias. Margarita oy贸 much铆simas, pero ninguna dec铆a nada de Carlos.
¿Qu茅 dec铆a, pues, la azucena de fuego?
-Oye el tambor: «¡Bum, bum!». Son s贸lo dos notas, siempre «¡bum! ¡bum!». Escucha el pla帽ido de las mujeres. Escucha la llamada de los sacerdotes. Envuelta en su largo manto rojo, la mujer est谩 sobre la pira; las llamas la rodean, as铆 como a su esposo muerto. Pero la mujer hind煤 piensa en el hombre vivo que est谩 entre la multitud: en 茅l, cuyos ojos son m谩s ardientes que las llamas; en 茅l, el ardor de cuyos ojos agita su coraz贸n m谩s que el fuego, que pronto reducir谩 su cuerpo a cenizas. ¿Puede la llama del coraz贸n perecer en la llama de la hoguera?
-No comprendo una palabra de lo que dices -exclam贸 Margarita.
-Pues 茅ste es mi cuento -replic贸 la azucena.
¿Qu茅 dijo la campanilla?
-M谩s arriba del sendero de monta帽a se alza un antiguo castillo. La espesa siempreviva crece en torno de los vetustos muros rojos, hoja contra hoja, rodeando la terraza. All铆 mora una hermosa doncella que, inclin谩ndose sobre la balaustrada, mira constantemente al camino. No hay en el rosal una rosa m谩s fresca que ella; ninguna flor de manzano arrancada por el viento flota m谩s ligera que ella; el crujido de su ropaje de seda dice: «¿No viene a煤n?».
-¿Te refieres a Carlos? -pregunt贸 Margarita.
-Yo hablo tan s贸lo de mi leyenda, de mi sue帽o -respondi贸 la campanilla.
¿Qu茅 dice el rompenieves?
-Entre unos 谩rboles hay una larga tabla, colgada de unas cuerdas; es un columpio. Dos lindas chiquillas -sus vestidos son blancos como la nieve, y en sus sombreros flotan largas cintas de seda verde- se balancean sentadas en 茅l. Su hermano, que es mayor, est谩 tambi茅n en el columpio, de pie, rodeando la cuerda con un brazo para sostenerse, pues tiene en una mano una escudilla, y en la otra, una paja, y est谩 soplando pompas de jab贸n. El columpio no para, y las pompas vuelan, con bellas irisaciones; la 煤ltima est谩 a煤n adherida al canutillo y se tuerce al impulso del viento, pues el columpio sigue oscilando. Un perrito negro, ligero como las pompas de jab贸n, se levanta sobre las patas traseras; tambi茅n 茅l quer铆a subir al columpio. Pasa volando el columpio, y el perro cae, ladrando furioso, y las pompas estallan. Un columpio, una esferita de espuma que revienta; ¡茅sta es mi canci贸n!
-Acaso sea bonito eso que cuentas, pero lo dices de modo tan triste, y adem谩s no hablas de Carlitos.
¿Qu茅 dec铆an los jacintos?
-脡ranse tres bellas hermanas, exquisitas y transparentes. El vestido de una era rojo; el de la segunda, azul, y el de la tercera, blanco. Cogidas de la mano bailaban al borde del lago tranquilo, a la suave luz de la luna. No eran elfos, sino seres humanos. El aire estaba impregnado de dulce fragancia, y las doncellas desaparecieron en el bosque. La fragancia se hizo m谩s intensa; tres f茅retros, que conten铆an a las hermosas muchachas, salieron de la espesura de la selva, flotando por encima del lago, rodeados de luci茅rnagas, que los acompa帽aban volando e ilumin谩ndolos con sus lucecitas tenues. ¿Duermen acaso las doncellas danzarinas, o est谩n muertas? El perfume de las flores dice que han muerto; la campana vespertina llama al oficio de difuntos.
-¡Qu茅 tristeza me causas! -dijo Margarita-. ¡Tu perfume es tan intenso! No puedo dejar de pensar en las doncellas muertas. ¡Ay!, ¿estar谩 muerto Carlitos? Las rosas estuvieron debajo de la tierra y dijeron que no.
-¡Cling, clang! -sonaban los c谩lices de los jacintos-. No doblamos por Carlitos, no lo conocemos. Cantamos nuestra propia pena, la 煤nica que conocemos.
Y Margarita pas贸 al bot贸n de oro, que asomaba por entre las verdes y brillantes hojas.
-¡C贸mo brillas, solecito! -le dijo-. ¿Sabes d贸nde podr铆a encontrar a mi compa帽ero de juegos?
El bot贸n de oro desped铆a un hermos铆simo brillo y miraba a Margarita. ¿Qu茅 canci贸n sabr铆a cantar? Tampoco se refer铆a a Carlos. No sab铆a qu茅 decir.
-El primer d铆a de primavera, el sol del buen Dios luc铆a en una peque帽a alquer铆a, prodigando su ben茅fico calor; sus rayos se deslizaban por las blancas paredes de la casa vecina, junto a las cuales crec铆an las primeras flores amarillas, semejantes a ascuas de oro al contacto de los c谩lidos rayos. La anciana abuela estaba fuera, sentada en su silla; la nieta, una linda muchacha que serv铆a en la ciudad, acababa de llegar para una breve visita y bes贸 a su abuela. Hab铆a oro, oro puro del coraz贸n en su beso. Oro en la boca, oro en el alma, oro en aquella hora matinal. Ah铆 tienes mi cuento -concluy贸 el bot贸n de oro.
-¡Mi pobre, mi anciana abuelita! -suspir贸 Margarita-. Sin duda me echa de menos y est谩 triste pensando en m铆, como lo estaba pensando en Carlos. Pero volver茅 pronto a casa y lo llevar茅 conmigo. De nada sirve que pregunte a las flores, las cuales saben s贸lo de sus propias penas. No me dir谩n nada.
Y se arregaz贸 el vestidito para poder andar m谩s r谩pidamente; pero el lirio de Pascua le golpe贸 en la pierna al saltar por encima de 茅l. Se detuvo la ni帽a y, considerando la alta flor amarilla, le pregunt贸:
– ¿Acaso t煤 sabes algo? -y se agach贸 sobre la flor. ¿Qu茅 le dijo 茅sta?
-Me veo a m铆 misma, me veo a m铆 misma. ¡Oh, c贸mo huelo! Arriba, en la peque帽a buhardilla, est谩, medio desnuda, una peque帽a bailarina, que ora se sostiene sobre una pierna, ora sobre las dos, recorre con sus pies todo el mundo, pero es s贸lo una ilusi贸n. Vierte agua de la tetera sobre un pedazo de tela que sostiene: es su corpi帽o, ¡la limpieza es una gran cosa! El blanco vestido cuelga de un gancho; fue tambi茅n lavado en la tetera y secado en el tejado. Se lo pone, se pone alrededor del cuello el chal azafranado, y as铆 resalta m谩s el blanco del vestido. ¡Arriba la pierna! ¡Mira qu茅 alardes hace sobre un tallo! ¡Me veo a m铆 misma, me veo a m铆 misma! ¡Oh esto es magn铆fico!
-¡Y qu茅 me importa eso a m铆! -dijo Margarita-. ¿A qu茅 viene esa historia?
Y ech贸 a correr hacia el extremo del jard铆n.
La puerta estaba cerrada, pero ella forceje贸 con el herrumbroso cerrojo hasta descorrerlo; se abri贸 por fin, y la ni帽a se lanz贸 al vasto mundo con los pies descalzos. Por tres veces se volvi贸 a mirar, pero nadie la persegu铆a. Al fin, fatigad铆sima, se sent贸 sobre una gran piedra, y al dirigir la mirada a su alrededor se dio cuenta de que el verano hab铆a pasado y de que estaba ya muy avanzado el oto帽o, cosa que no hab铆a podido observar en el hermoso jard铆n, donde siempre brillaba el sol, y las flores crec铆an en todas las estaciones.
-¡Dios m铆o, c贸mo me he retrasado! -dijo Margarita-. ¡Estamos ya en oto帽o; tengo que darme prisa!
Y se puso en pie para reemprender su camino.
Pobres piececitos suyos, ¡qu茅 heridos y cansados! A su alrededor todo parec铆a fr铆o y desierto; las largas hojas de los sauces estaban amarillas, y el roc铆o se desprend铆a en grandes gotas. Ca铆an las hojas unas tras otras; s贸lo el endrino ten铆a a煤n fruto, pero era 谩spero y contra铆a la boca. ¡Ay, qu茅 gris y dif铆cil parec铆a todo en el vasto mundo!.
CUARTO EPISODIO
El pr铆ncipe y la princesa
Margarita no tuvo m谩s remedio que tomarse otro descanso. Y he aqu铆 que en medio de la nieve, en el sitio donde se hab铆a sentado, salt贸 una gran corneja que llevaba buen rato all铆 contemplando a la ni帽a y bamboleando la cabeza. Finalmente, le dijo:
-¡Crac, crac, buenos d铆as, buenos d铆as!
No sab铆a decirlo mejor, pero sus intenciones eran buenas, y le pregunt贸 ad贸nde iba tan sola por aquellos mundos de Dios. Margarita comprendi贸 muy bien la palabra «sola» y el sentido que encerraba. Cont贸, pues, a la corneja toda su historia y luego le pregunt贸 si hab铆a visto a Carlos.
La corneja hizo un gesto significativo con la cabeza y respondi贸:
-¡A lo mejor!
-¿C贸mo? ¿Crees que lo has visto? -exclam贸 la ni帽a, besando al ave tan fuertemente que por poco la ahoga.
-¡Cuidado, cuidado! -protest贸 la corneja-. Me parece que era Carlitos. Sin embargo, te ha olvidado por la princesa.
-¿Vive con una princesa? -pregunt贸 Margarita.
-S铆, escucha -dijo la corneja-; pero me resulta dif铆cil hablar tu lengua. Si entendieses la nuestra, te lo podr铆a contar mejor.
-Lo siento, pero no la s茅 -respondi贸 Margarita-. Mi abuelita s铆 la entend铆a, y tambi茅n la lengua de las pes. ¡Qu茅 l谩stima, que yo no la aprendiera!
-No importa -contest贸 la corneja-. Te lo contar茅 lo mejor que sepa; claro que resultar谩 muy deficiente.
Y le explic贸 lo que sab铆a.
-En este reino en que nos encontramos, vive una princesa de lo m谩s inteligente; tanto, que se ha le铆do todos los peri贸dicos del mundo, y los ha vuelto a olvidar. Ya ves si es lista. Uno de estos d铆as estaba sentada en el trono -lo cual no es muy divertido, seg煤n dicen-; el hecho es que se puso a canturrear una canci贸n que dec铆a as铆: «¿Y si me buscara un marido?». «Oye, eso merece ser meditado», pens贸, y tom贸 la resoluci贸n de casarse. Pero quer铆a un marido que supiera responder cuando ella le hablara; un marido que no se limitase a permanecer plantado y lucir su distinci贸n; esto era muy aburrido. Convoc贸 entonces a todas las damas de la Corte, y cuando ellas oyeron lo que la Reina deseaba, se pusieron muy contentas. «¡Esto me gusta! -exclamaron todas-; hace unos d铆as que yo pensaba tambi茅n en lo mismo». Te advierto que todo lo que digo es verdad -observ贸 la corneja-. Lo s茅 por mi novia, que tiene libre entrada en palacio; est谩 domesticada.
La novia era otra corneja, claro est谩. Pues una corneja busca siempre a una semejante y, naturalmente, es siempre otra corneja.
-Los peri贸dicos aparecieron enseguida con el monograma de la princesa dentro de una orla de corazones. Pod铆a leerse en ellos que todo joven de buen parecer estaba autorizado a presentarse en palacio y hablar con la princesa; el que hablase con desenvoltura y sin sentirse intimidado, y desplegase la mayor elocuencia, ser铆a elegido por la princesa como esposo. Puedes creerme -insisti贸 la corneja-, es verdad, tan verdad como que estoy ahora aqu铆. Acudi贸 una multitud de hombres, todo eran aglomeraciones y carreras, pero nada sali贸 de ello, ni el primer d铆a ni el segundo. Todos hablaban bien mientras estaban en la calle; pero en cuanto franqueaban la puerta de palacio y ve铆an los centinelas en uniforme plateado y los criados con librea de oro en las escaleras, y los grandes salones iluminados, perd铆an la cabeza. Y cuando se presentaban ante el trono ocupado por la princesa, no sab铆an hacer otra cosa que repetir la 煤ltima palabra que ella dijera, y esto a la princesa no le interesaba ni pizca. Era como si al llegar al sal贸n del trono se les hubiese metido rap茅 en el est贸mago y hubiesen quedado aletargados, no despertando hasta encontrarse nuevamente en la calle; entonces recobraban el uso de la palabra. Y hab铆a una enorme cola que llegaba desde el palacio hasta la puerta de la ciudad. Yo estaba tambi茅n, como espectadora. Y pasaban hambre y sed, pero en el palacio no se les serv铆a ni un vaso de agua. Algunos, m谩s listos, se hab铆an tra铆do bocadillos, pero no creas que los compartieran con el vecino. Pensaban: «Mejor que tenga cara de hambriento, as铆 no lo querr谩 la princesa».
-Pero, ¿y Carlos, y Carlitos? -pregunt贸 Margarita-. ¿Cu谩ndo lleg贸? ¿Estaba entre la multitud?
-Espera, espera, ya saldr谩 Carlitos. El tercer d铆a se present贸 un personajito, sin caballo ni coche, pero muy alegre. Sus ojos brillaban como los tuyos, ten铆a un cabello largo y hermoso, pero vest铆a pobremente.
-¡Era Carlos! -exclam贸 Margarita, alborozada-. ¡Oh, lo he encontrado!
Y dio una palmada.
-Llevaba un peque帽o morral a la espalda -prosigui贸 la corneja. -No, deb铆a de ser su trineo -replic贸 Margarita-, pues se march贸 con el trineo.
-Es muy posible -admiti贸 la corneja-, no me fij茅 bien; pero lo que s铆 s茅, por mi novia domesticada, es que el tal individuo, al llegar a la puerta de palacio y ver la guardia en uniforme de plata y a los criados de la escalera en librea dorada, no se turb贸 lo m谩s m铆nimo, sino que, salud谩ndoles con un gesto de la cabeza, dijo: «Debe ser pesado estarse en la escalera; yo prefiero entrar». Los salones eran un ascua de luz; los consejeros privados y de Estado andaban descalzos llevando fuentes de oro. Todo era solemne y majestuoso. Los zapatos del reci茅n llegado cruj铆an ruidosamente, pero 茅l no se inmut贸.
-¡Es Carlos, sin duda alguna! -repiti贸 Margarita-. S茅 que llevaba zapatos nuevos. O铆 crujir sus suelas en casa de abuelita.
-¡Ya lo creo que cruj铆an! -prosigui贸 la corneja-, y nuestro hombre se present贸 alegremente ante la princesa, la cual estaba sentada sobre una gran perla, del tama帽o de un torno de hilar. Todas las damas de la Corte, con sus doncellas y las doncellas de las doncellas, y todos los caballeros con sus criados y los criados de los criados, que a su vez ten铆an asistente, estaban colocados en semic铆rculo; y cuanto m谩s cerca de la puerta, m谩s orgullosos parec铆an. Al asistente del criado del criado, que va siempre en zapatillas, uno casi no se atreve a mirarlo; tal es la altivez con que se est谩 junto a la puerta.
-¡Debe ser terrible -exclam贸 Margarita-. ¿Y vas a decirme que Carlos se cas贸 con la princesa?
-De no haber sido yo corneja me habr铆a quedado con ella, y esto que estoy prometido. Parece que 茅l habl贸 tan bien como lo hago yo cuando hablo en mi lengua; as铆 me lo ha dicho mi novia domesticada. Era audaz y atractivo. No se hab铆a presentado para conquistar a la princesa, sino s贸lo para escuchar su conversaci贸n. Y la princesa le gust贸, y ella, por su parte, qued贸 muy satisfecha de 茅l.
-S铆, seguro que era Carlos -dijo Margarita-. ¡Siempre ha sido tan inteligente! F铆jate que sab铆a calcular de memoria con quebrados. ¡Oh, por favor, ll茅vame al palacio!
-¡Ni帽a, qu茅 pronto lo dices! -replic贸 la corneja-. Tendr茅 que consultarlo con mi novia domesticada; seguramente podr谩 aconsejarnos, pues de una cosa estoy seguro: que jam谩s una chiquilla como t煤 ser谩 autorizada a entrar en palacio por los procedimientos reglamentarios.
-¡S铆, me dar谩n permiso! -afirm贸 Margarita-. Cuando Carlos sepa que soy yo, saldr谩 enseguida a buscarme.
-Agu谩rdame en aquella cuesta -dijo la corneja, y, salud谩ndola con un movimiento de la cabeza, se alej贸 volando.
Cuando regres贸, anochec铆a ya.
-¡Rah! ¡rah! -grit贸-. Ella me ha encargado que te salude, y ah铆 va un panecillo que sac贸 de la cocina. All铆 hay mucho pan, y t煤 debes de estar hambrienta. No es posible que entres en el palacio; vas descalza; los centinelas en uniforme de plata y los criados en librea de oro no te lo permitir谩n. Pero no llores, de un modo u otro te introducir谩s. Mi novia conoce una escalerita trasera que conduce al dormitorio, y sabe d贸nde hacerse con las llaves.
Se fueron al jard铆n, a la gran avenida donde las hojas ca铆an sin parar; y cuando en el palacio se hubieron apagado todas las luces una tras otra, la corneja condujo a Margarita a una puerta trasera que estaba entornada.
¡Oh, c贸mo le palpitaba a la ni帽a el coraz贸n, de angustia y de anhelo! Le parec铆a como si fuera a cometer una mala acci贸n, y, sin embargo, s贸lo quer铆a saber si Carlos estaba all铆. Que estaba, era casi seguro; y en su imaginaci贸n ve铆a sus ojos inteligentes, su largo cabello; lo ve铆a sonre铆r c贸mo antes, cuando se reun铆an en casa entre las rosas. Sin duda estar铆a contento de verla, de enterarse del largo camino que hab铆a recorrido en su busca; de saber la aflicci贸n de todos los suyos al no regresar 茅l. ¡Oh, qu茅 miedo, y, a la vez, qu茅 contento!
Llegaron a la escalera, iluminada por una lamparilla colocada sobre un armario. En el suelo esperaba la corneja domesticada, volviendo la cabeza en todas direcciones. Mir贸 a Margarita, que la salud贸 con una inclinaci贸n, tal como le ense帽ara la abuelita.
-Mi prometido me ha hablado muy bien de usted, se帽orita -dijo la corneja domesticada-. Su biograf铆a, como vulgarmente se dice, o sea, la historia de su vida, es, por otra parte, muy conmovedora. Haga el favor de coger la l谩mpara, y yo guiar茅. Lo mejor es ir directamente por aqu铆, as铆 no encontraremos a nadie.
-Tengo la impresi贸n de que alguien nos sigue – exclam贸 Margarita; en efecto, algo pas贸 con un silbido; eran como sombras que se deslizaban por la pared, caballos de flotantes melenas y delgadas patas, cazadores, caballeros y damas cabalgando.
-Son sue帽os nada m谩s -dijo la corneja-. Vienen a buscar los pensamientos de Su Alteza para llev谩rselos de caza. Tanto mejor, as铆 podr谩 usted contemplarla a sus anchas en la cama. Pero conf铆o en que, si es usted elevada a una condici贸n honor铆fica y distinguida, dar谩 pruebas de ser agradecida.
-No hablemos ahora de eso -intervino la corneja del bosque.
Llegaron al primer sal贸n, tapizado de color de rosa, con hermosas flores en las paredes. Pasaban all铆 los sue帽os rumoreando, pero tan vertiginosos, que Margarita no pudo ver a los nobles personajes. Cada sal贸n superaba al anterior en magnificencia; era para perder la cabeza. Al fin llegaron al dormitorio, cuyo techo parec铆a una gran palmera con hojas de cristal, pero cristal precioso; en el centro, de un grueso tallo de oro, colgaban dos camas, cada una semejante a un lirio. En la primera, blanca, dorm铆a la princesa; en la otra, roja, Margarita deb铆a buscar a Carlos. Separ贸 una de las hojas encarnadas y vio un cuello moreno. ¡Era Carlos! Pronunci贸 su nombre en voz alta, acercando la l谩mpara -los sue帽os volvieron a pasar veloces por la habitaci贸n-, 茅l se despert贸, volvi贸 la cabeza y… ¡no era Carlos!
El pr铆ncipe se le parec铆a s贸lo por el pescuezo, pero era joven y guapo. La princesa, parpadeando por entre la blanca hoja de lirio, pregunt贸 qu茅 ocurr铆a. Margarita rompi贸 a llorar y le cont贸 toda su historia y lo que por ella hab铆an hecho las cornejas.
¡Pobre peque帽a! -exclamaron los pr铆ncipes; elogiaron a las cornejas y dijeron que no estaban enfadados, aunque aquello no deb铆a repetirse. Por lo dem谩s, recibir铆an una recompensa.
¿Prefieren marcharse libremente -pregunt贸 la princesa- o quedarse en palacio en calidad de cornejas de Corte, con derecho a todos los desperdicios de la cocina?
Las dos cornejas se inclinaron respetuosamente y manifestaron que optaban por el empleo fijo, pues pensaban en la vejez y en que ser铆a muy agradable contar con algo positivo para cuando aqu茅lla llegase.
El pr铆ncipe se levant贸 de la cama y la cedi贸 a Margarita; realmente no pod铆a hacer m谩s. Ella cruz贸 las manos, pensando: «¡Qu茅 buenas son las personas y los animales, despu茅s de todo!», y cerrando los ojos, se qued贸 dormida. Acudieron de nuevo todos los sue帽os, y crey贸 ver angelitos de Dios que guiaban un trineo en el que viajaba Carlos, el cual la saludaba con la cabeza. Pero todo aquello fue un sue帽o, y se desvaneci贸 en el momento de despertarse.
Al d铆a siguiente la vistieron de seda y terciopelo de pies a cabeza. La invitaron a quedarse en palacio, donde lo pasar铆a muy bien; pero ella pidi贸 s贸lo un cochecito con un caballo y un par de zapatitos, para seguir corriendo el mundo en busca de Carlos.
Le dieron zapatos y un manguito y la vistieron primorosamente, y cuando se dispuso a partir, hab铆a en la puerta una carroza nueva de oro puro; los escudos del pr铆ncipe y de la princesa brillaban en ella como estrellas. El cochero, criados y postillones -pues no faltaban tampoco los postillones-, llevaban sendas coronas de oro. Los pr铆ncipes en persona la ayudaron a subir al coche y le desearon toda clase de venturas. La corneja silvestre, que ya se hab铆a casado, la acompa帽贸 un trecho de tres millas, posada a su lado, pues no pod铆a soportar ir de espaldas. La otra corneja se qued贸 en la puerta batiendo de alas; no sigui贸 porque desde que contaba con un empleo fijo, sufr铆a de dolores de cabeza, pues com铆a con exceso. El interior del coche estaba acolchado con cosquillas de az煤car, y en el asiento hab铆a fruta y mazap谩n.
-¡Adi贸s, adi贸s! -gritaron el pr铆ncipe y la princesa; y Margarita lloraba, y lloraba tambi茅n la corneja-. Al cabo de unas millas se despidi贸 tambi茅n 茅sta, y result贸 muy dura aquella despedida. Se subi贸 volando a un 谩rbol, y permaneci贸 en 茅l agitando las negras alas hasta que desapareci贸 el coche, que reluc铆a como el sol.
QUINTO EPISODIO
La peque帽a bandolera
Avanzaban a trav茅s del bosque tenebroso, y la carroza reluc铆a como una antorcha. Su brillo era tan intenso, que los ojos de los bandidos no pod铆an resistirlo.
-¡Es oro, es oro! -gritaban, y, arremetiendo con furia, detuvieron los caballos, dieron muerte a los postillones, al cochero y a los criados y mandaron apearse a Margarita.
-Est谩 gorda, apetitosa, la alimentaron con nueces -dijo la vieja de los bandidos, que era barbuda y ten铆a unas cejas que le colgaban por encima de los ojos.
-Ser谩 sabrosa como un corderillo bien cebado. ¡Se me hace la boca agua! -y sac贸 su afilado cuchillo, que daba miedo de brillante que era.
-¡Ay! -grit贸 al mismo tiempo, pues su propia hija, que se le hab铆a subido a la espalda, acababa de pegarle un mordisco en la oreja; era salvaje y endiablada como ella sola.
-Maldita rapaza! -exclam贸 la madre, renunciando a degollar a Margarita.
-¡Jugar谩 conmigo! -dijo la ni帽a de los bandoleros.
-Me dar谩 su manguito y su lindo vestido, y dormir谩 en mi cama y peg贸 a la vieja otro mordisco, que la hizo saltar y dar vueltas, mientras los bandidos re铆an y dec铆an:
-¡C贸mo baila con su golfilla!
-¡Quiero subir al coche! -grit贸 la peque帽a salvaje, y hubo que complacerla, pues era malcriada y terca como ella sola. Ella y Margarita subieron al carruaje y salieron a galope a campo traviesa. La hija de los bandoleros era de la edad de Margarita, pero m谩s robusta, ancha de hombros y de piel morena. Ten铆a los ojos negros, de mirada casi triste. Rodeando a Margarita por la cintura, le dijo: – No te matar谩n mientras yo no me enfade contigo ¿Eres una princesa, verdad?
-No -respondi贸 Margarita, y le cont贸 todas sus aventuras y lo mucho que ansiaba encontrar a su Carlitos.
La otra la miraba muy seriamente; hizo un signo con la cabeza y dijo:
-No te matar谩n, aunque yo me enfade; entonces lo har茅 yo misma.
Y sec贸 los ojos de Margarita y meti贸 las manos en el hermoso manguito, tan blando y caliente.
El coche se detuvo; estaban en el patio de un castillo de bandoleros, todo 茅l derruido de arriba abajo. Cuervos y cornejas sal铆an volando de los grandes orificios, y enormes perros mastines, cada uno de los cuales parec铆a capaz de tragarse un hombre, saltaban sin ladrar, pues les estaba prohibido.
En la espaciosa sala, vieja y ahumada, ard铆a un gran fuego en el centro del suelo de piedra; el humo se esparc铆a por debajo del techo, buscando una salida. Coc铆a un gran caldero de sopa, al mismo tiempo que asaban liebres y conejos.
-Esta noche dormir谩s sola conmigo y con mis animalitos -dijo la hija de los bandidos.
Le dieron de comer y beber, y luego las dos ni帽as se apartaron a un rinc贸n donde hab铆a paja y alfombras. Encima, posadas en estacas y perchas, hab铆a un centenar de palomas, dormidas al parecer, pero que se movieron un poco al acercarse las chicas.
-Todas son m铆as -dijo la hija de los bandidos, y, sujetando una por los pies, la sacudi贸 violentamente, haciendo que el animal agitara las alas-. ¡B茅sala! -grit贸, apret谩ndola contra la cara de Margarita-. All铆 est谩n las palomas torcaces, las buenas piezas -y se帽al贸 cierto n煤mero de barras clavadas ante un agujero en la parte superior de la pared-. Tambi茅n son torcaces aquellas dos; si no las tenemos encerradas, escapan; y 茅ste es mi preferido -y as铆 diciendo, agarr贸 por los cuernos un reno, que estaba atado por un reluciente anillo de cobre en torno al cuello-. No hay m谩s remedio que tenerlo sujeto, de lo contrario huye. Todas las noches le hago cosquillas en el cuello con el cuchillo, y tiene miedo.
Y la chiquilla, sacando un largo cuchillo de una rendija de la pared, lo desliz贸 por el cuello del reno. El pobre animal todo era patalear, y la chica venga re铆rse. Luego meti贸 a Margarita en la cama con ella.
-¿Duermes siempre con el cuchillo a tu lado? -pregunt贸 Margarita, mirando el arma un si es no es nerviosa.
-¡Desde luego! -respondi贸 la peque帽a bandolera-. Nunca sabe una lo que puede ocurrir. Pero vuelve a contarme lo que me dijiste antes de Carlitos y por qu茅 te fuiste por esos mundos.
Margarita le repiti贸 su historia desde el principio, mientras las palomas torcaces arrullaban en su jaula y las dem谩s dorm铆an. La hija de los bandidos pas贸 un brazo en torno al cuello de Margarita, y, con el cuchillo en la otra mano, se puso a dormir y a roncar. Margarita, en cambio, no pod铆a pegar los ojos, pues no sab铆a si seguir铆a viva o si deb铆a morir. Los bandidos, sentados alrededor del fuego, cantaban y beb铆an, mientras la vieja no cesaba de dar volteretas. El espect谩culo resultaba horrible para Margarita.
En esto dijeron las palomas torcaces:
-¡Ruk, ruk!, hemos visto a Carlitos. Un pollo blanco llevaba su trineo, 茅l iba sentado en la carroza de la Reina de las Nieves, que volaba por encima del bosque cuando nosotras est谩bamos en el nido. Sopl贸 sobre nosotras y murieron todas menos nosotras dos. ¡Ruk, ruk!
-¿Qu茅 est谩n diciendo ah铆 arriba? -exclam贸 Margarita- ¿Ad贸nde iba la Reina de la Nieves? ¿Sab茅is algo?
-Al parecer se dirig铆a a Laponia, donde hay siempre nieve y hielo. Pregunta al reno atado ah铆.
-All铆 hay hielo y nieve, ¡qu茅 magn铆fico es aquello y qu茅 bien se est谩! -dijo el reno-. Salta uno con libertad por los grandes prados relucientes. All铆 tiene la Reina de las Nieves su tienda de verano; pero su palacio est谩 cerca del Polo Norte, en las islas que llaman Spitzberg.
-¡Oh, Carlos, Carlitos! -suspir贸 Margarita.
-¿No puedes estarte quieta? -la ri帽贸 la hija de los bandidos- ¿O quieres que te clave el cuchillo en la barriga?
A la ma帽ana siguiente Margarita le cont贸 todo lo que le hab铆an dicho las palomas torcaces; la muchacha se qued贸 muy seria, movi贸 la cabeza y dijo:
-¡Qu茅 m谩s da, qu茅 m谩s da! ¿Sabes d贸nde est谩 Laponia? -pregunt贸 al reno.
-¿Qui茅n lo sabr铆a mejor que yo? -respondi贸 el animal, y sus ojos desped铆an destellos-. All铆 nac铆 y me cri茅. ¡C贸mo he brincado por sus campos de nieve!
-¡Escucha! -dijo la muchacha a Margarita-. Ya ves que todos nuestros hombres se han marchado, pero mi madre sigue en casa. M谩s tarde empinar谩 el codo y echar谩 su siestecita; entonces har茅 algo por ti -. Saltando de la cama, cogi贸 a su madre por el cuello y, tir谩ndole de los bigotes, le dijo:
-¡Buenos d铆as, mi dulce chivo!
La vieja correspondi贸 a sus caricias con varios capirotazos que le pusieron toda la nariz amoratada; pero no era sino una muestra de cari帽o.
Cuando la vieja, tras unos copiosos tragos, se entreg贸 a la consabida siestecita, la hija llam贸 al reno y le dijo: – Podr铆a divertirme a煤n unas cuantas veces cosquille谩ndote el cuello con la punta de mi afilado cuchillo; ¡est谩s entonces tan gracioso! Pero es igual, te desatar茅 y te ayudar茅 a escapar, para que te marches a Laponia. Pero cuida de brincar con 谩nimos y de conducir a esta ni帽a al palacio de la Reina de las Nieves, donde est谩 su compa帽ero de juegos. Ya o铆ste su relato, pues hablaba bastante alto y t煤 escuchabas.
El reno peg贸 un brinco de alegr铆a. La muchacha mont贸 a Margarita sobre su espalda, cuidando de sujetarla fuertemente y d谩ndole una almohada para sentarse.
-As铆 est谩s bien -dijo-, ah铆 tienes tus botas de piel, pues hace fr铆o; pero yo me quedo con el manguito; es demasiado precioso. No te vas a helar por eso. Te dar茅 los grandes mitones de mi madre que te llegar谩n hasta el codo; p贸ntelos… as铆; ahora tus manos parecen las de mi madre.
Margarita lloraba de alegr铆a.
-No puedo verte lloriquear -dijo la hija de los bandidos-. Debes estar contenta; ah铆 tienes dos panes y un jam贸n para que no pases hambre.
At贸 las vituallas a la grupa del reno, abri贸 la puerta, hizo entrar todos los perros y, cortando la cuerda con su cuchillo, dijo al reno:
-¡A galope, pero mucho cuidado con la ni帽a!
Margarita alarg贸 las manos, cubiertas con los grandes mitones, hacia la muchachita, para despedirse de ella, y enseguida el reno emprendi贸 la carrera a campo traviesa, por el inmenso bosque, por pantanos y estepas, a toda velocidad. Aullaban los lobos y graznaban los cuervos; del cielo llegaba un sonido de «¡p-ff, p-ff!», como si estornudasen.
-¡Son mis auroras boreales! -dijo el reno-. Mira c贸mo brillan.
Y redobl贸 la velocidad, d铆a y noche. Se acabaron los panes y el jam贸n, y al fin llegaron a Laponia.
SEXTO EPISODIO
La lapona y la finesa
Hicieron alto frente a una casita de aspecto muy pobre. El tejado llegaba hasta el suelo, y la puerta era tan baja que, para entrar y salir, la familia ten铆a que arrastrarse. Nadie hab铆a en la casa, aparte una vieja lapona que coc铆a pescado en una l谩mpara de aceite. El reno cont贸 toda la historia de Margarita, aunque despu茅s de haber relatado la propia, que estimaba mucho m谩s importante. La ni帽a estaba tan aterida de fr铆o, que no pod铆a hablar.
-¡Pobres! -dijo la mujer lapona-. ¡Lo que les queda a煤n por andar! Tienen que correr centenares de millas antes de llegar a Finlandia, que es donde vive la Reina de las Nieves, y todas las noches enciende un castillo de fuegos artificiales. Escribir茅 unas l铆neas sobre un bacalao seco, pues papel no tengo, y lo entregar茅is a la finesa de all谩 arriba. Ella podr谩 informaros mejor que yo.
Y cuando Margarita se hubo calentado y saciado el hambre y la sed, la mujer escribi贸 unas palabras en un bacalao seco y, recomendando a la ni帽a que cuidase de no perderlo, lo at贸 al reno, el cual reemprendi贸 la carrera. «¡P-ff! ¡P-ff!», segu铆a rechinando en el cielo; y durante toda la noche lucieron magn铆ficas auroras boreales azules. Luego llegaron a Finlandia, y llamaron a la chimenea de la mujer finesa, ya que puerta no hab铆a.
La temperatura del interior era tan elevada, que la misma finesa iba casi desnuda; era menuda y en extremo sucia. Se apresur贸 a quitar los vestidos a Margarita, as铆 como los mitones y botas, ya que de otro modo el calor se le habr铆a hecho insoportable; puso un pedazo de hielo sobre la cabeza del reno y luego ley贸 las l铆neas escritas en el bacalao. Las ley贸 por tres veces, hasta que se las hubo aprendido de memoria, y a continuaci贸n ech贸 el pescado en el caldero de la sopa, pues era perfectamente comestible, y aquella mujer a todo le hallaba su aplicaci贸n.
Entonces el reno empez贸 a contar su historia y despu茅s la de Margarita. La mujer finesa se limitaba a pesta帽ear, sin decir una palabra.
-Eres muy lista -dijo el reno-. S茅 que puedes atar todos los vientos del mundo con una hebra. Cuando el marino suelta uno de los cabos, tiene viento favorable; si suelta otro, el viento arrecia, y si deja el tercero y el cuarto, entonces se levanta una tempestad que derriba los 谩rboles. ¿No querr铆as procurar a esta ni帽a un elixir que le d茅 la fuerza de doce hombres y le permita dominar a la Reina de las Nieves?
-¡La fuerza de doce hombres! -dijo la finesa-. No creo que sirviera de gran cosa.
Y, dirigi茅ndose a un anaquel, cogi贸 una piel arrollada y la desenroll贸. Hab铆a escritas en ella unas letras misteriosas, y la mujer se puso a leer con tanto esfuerzo, que el sudor le manaba de la frente.
Pero el reno rog贸 con tanta insistencia en pro de Margarita, y 茅sta mir贸 a la mujer con ojos tan suplicantes y llenos de l谩grimas, que la finesa volvi贸 a pesta帽ear y se llev贸 al animal a un rinc贸n, donde le dijo al o铆do, mientras le pon铆a sobre la cabeza un nuevo pedazo de hielo:
-En efecto, es verdad: Carlitos est谩 a煤n junto a la Reina de las Nieves, a pleno gusto y satisfacci贸n, persuadido de que es el mejor lugar del mundo. Pero ello se debe a que le entr贸 en el coraz贸n una astilla de cristal, y en el ojo, un granito de hielo. Hay que empezar por extra茅rselos; de lo contrario, jam谩s volver谩 a ser como una persona, y la Reina de las Nieves conservar谩 su poder sobre 茅l.
-¿Y no puedes t煤 dar alg煤n mejunje a Margarita, para que tenga poder sobre todas esas cosas?
-No puede darle m谩s poder que el que ya posee. ¿No ves lo grande que es? ¿No ves c贸mo la sirven hombres y animales, y lo lejos que ha llegado, a pesar de ir descalza? Su fuerza no puede recibirla de nosotros; est谩 en su coraz贸n, por ser una ni帽a cari帽osa e inocente. Si ella no es capaz de llegar hasta la Reina de las Nieves y extraer el cristal del coraz贸n de Carlos, nosotros nada podemos hacer. A dos millas de aqu铆 empieza el jard铆n de la Reina; t煤 puedes llevarla hasta all铆; d茅jala cerca de un gran arbusto que crece en medio de la nieve y est谩 lleno de bayas rojas, y no te entretengas cont谩ndole chismes; vu茅lvete aqu铆 enseguida.
Dicho esto, la finesa mont贸 a Margarita sobre el reno, el cual ech贸 a correr a toda velocidad.
-¡Oh, me dej茅 los zapatitos! ¡Y los mitones! -exclam贸 Margarita al sentir el fr铆o cortante; pero el reno no se atrevi贸 a detenerse y sigui贸 corriendo hasta llegar al arbusto de las bayas rojas. Una vez en 茅l, hizo que la ni帽a se apease y la bes贸 en la boca, mientras por sus mejillas resbalaban grandes y relucientes l谩grimas; luego emprendi贸 el regreso a galope tendido. La pobre Margarita se qued贸 all铆 descalza y sin guantes, en medio de aquella g茅lida tierra de Finlandia.
Ech贸 a correr de frente, tan deprisa como le era posible. Vino entonces todo un ej茅rcito de copos de nieve; pero no ca铆an del cielo, el cual aparec铆a completamente sereno y brillante por la aurora boreal. Los copos de nieve corr铆an por el suelo, y cuanto m谩s se acercaban, m谩s grandes eran. Margarita se acord贸 de lo grandes y bonitos que le hab铆an parecido cuando los contempl贸 a trav茅s de una lente; s贸lo que ahora eran todav铆a mucho mayores y m谩s pavorosos; ten铆an vida, eran los emisarios de la Reina de las Nieves. Presentaban las formas m谩s extra帽as; unos parec铆an enormes y feos erizos; otros, ara帽as apelotonadas que sacaban las cabezas; otros eran como gordos ositos de pelo hirsuto; pero todos ten铆an un brillo blanco y todos eran vivos.
Margarita rez贸 un Padrenuestro, y el fr铆o era tan intenso, que pod铆a ver su propia respiraci贸n, que le sal铆a de la boca en forma de vapor. Y el vapor se hac铆a cada vez m谩s denso, hasta adoptar la figura de angelitos radiantes, que iban creciendo a medida que se acercaban a la tierra; todos llevaban casco en la cabeza, y lanza y escudo en las manos. Su n煤mero crec铆a constantemente, y cuando Margarita hubo terminado su padrenuestro, la rodeaba todo un ej茅rcito. Con sus lanzas picaban los horribles copos, haci茅ndolos estallar en cien pedazos, y Margarita avanzaba segura y contenta.
Los 谩ngeles le acariciaban manos y pies, con lo que ella sent铆a menos el fr铆o; y se dirigi贸 r谩pidamente al palacio de la Reina de las Nieves.
Pero veamos ahora c贸mo lo pasaba Carlos, quien no pensaba, ni mucho menos, en Margarita, ni sospechaba siquiera que estuviese frente al palacio.
S脡PTIMO EPISODIO
Del palacio de la Reina de las Nieves y de lo que luego sucedi贸
Los muros del castillo eran de nieve compacta, y sus puertas y ventanas estaban hechas de cortantes vientos; hab铆a m谩s de cien salones, dispuestos al albur de las ventiscas, y el mayor ten铆a varias millas de longitud. Los iluminaba la refulgente aurora boreal, y eran todos ellos espaciosos, vac铆os, helados y brillantes. Nunca se celebraban fiestas en ellos, ni siquiera un peque帽o baile de osos, en que la tempestad hubiera podido actuar de orquesta y los osos polares, andando sobre sus patas traseras, exhibir su porte elegante. Nunca una reuni贸n social, con sus manotazos a la boca y golpes de zarpa; nunca un t茅 de blancas raposas: todo era desierto, inmenso y g茅lido en los salones de la Reina de las Nieves. Las auroras boreales flameaban tan n铆tidamente, que pod铆a calcularse con exactitud cu谩ndo estaban en su m谩ximo y en su m铆nimo. En el centro de aquella interminable sala desierta hab铆a un lago helado, roto en mil pedazos, tan iguales entre s铆 que el conjunto resultaba una verdadera obra de arte. En medio se sentaba la Reina de las Nieves cuando resid铆a en su palacio; dec铆a entonces que estaba sentada en el espejo de la raz贸n, y que 茅ste era el 煤nico y el mejor espejo del mundo.
Carlitos estaba amoratado de fr铆o, casi negro; pero no se daba cuenta, pues ella lo hab铆a hecho besar por la helada, y su coraz贸n era como un t茅mpano de hielo. Se entreten铆a arrastrando cortantes pedazos de hielo llanos y yuxtaponi茅ndolos de todas las maneras posibles para formar con ellos algo determinado, como cuando nosotros combinamos piezas de madera y reconstituimos figuras: lo que llamamos un rompecabezas. El muchacho obten铆a dise帽os extremadamente ingeniosos; era el gran rompecabezas helado de la inteligencia. Para 茅l, aquellas figuras eran perfectas y ten铆an grand铆sima importancia; y todo por el granito de hielo que ten铆a en el ojo. Combinaba figuras que eran una palabra escrita, pero de ning煤n modo lograba componer el 煤nico vocablo que le interesaba: ETERNIDAD. Sin embargo, la Reina de las Nieves le hab铆a dicho: -Si consigues componer esta figura, ser谩s se帽or de ti mismo y te regalar茅 el mundo entero y un par de patines por a帽adidura-. Pero no hab铆a modo.
-Tengo que marcharme a las tierras c谩lidas -dijo la Reina de las Nieves-. Quiero echar un vistazo a los pucheros de hierro. Se refer铆a a los volcanes que nosotros llamamos Etna y Vesubio. Les pondr茅 un poquit铆n de blanco, como corresponde; y adem谩s les ir谩 bien a los limones y a las uvas.
Y levant贸 el vuelo, dejando a Carlos solo en aquella sala helada y enorme, tan lejana, entregado a sus combinaciones con los pedazos de hielo, pensando y cavilando hasta sorberse los sesos. Permanec铆a inm贸vil y envarado; se le hubiera tomado por una estatua de hielo.
Y he aqu铆 que Margarita franque贸 la puerta del palacio. Soplaban en 茅l vientos cortantes, pero cuando la ni帽a rez贸 su oraci贸n vespertina, se calmaron como si les entrara sue帽o; y ella avanz贸 por las enormes salas fr铆as y desiertas: ¡all铆 estaba Carlos! Lo reconoci贸 enseguida, se le arroj贸 al cuello y, abraz谩ndolo fuertemente, exclam贸:
-¡Carlos! ¡Mi Carlitos querido! ¡Al fin te encontr茅!
Pero 茅l segu铆a inm贸vil, tieso y fr铆o; y entonces Margarita llor贸 l谩grimas ardientes, que cayeron sobre su pecho y penetraron en su coraz贸n, derritiendo el t茅mpano de hielo y destruyendo el trocito de espejo. 脡l la mir贸, y la ni帽a se puso a cantar:
Florecen en el valle las rosas.
¡Bendito seas, Jes煤s, que las haces tan hermosas!
Entonces Carlos prorrumpi贸 en l谩grimas; lloraba de tal modo, que el granito de espejo le sali贸 flotando del ojo. Reconoci贸 a la ni帽a y grit贸 alborozado:
-¡Margarita, mi querida Margarita! ¿D贸nde estuviste todo este tiempo? ¿Y d贸nde he estado yo?
Y miraba a su alrededor.
-¡Qu茅 fr铆o hace aqu铆! ¡Qu茅 grande es esto y qu茅 desierto!
Y se agarraba a Margarita, que de alegr铆a re铆a y lloraba a la vez. El espect谩culo era tan conmovedor, que hasta los t茅mpanos se pusieron a bailar, y cuando se sintieron cansados y volvieron a echarse, lo hicieron formando la palabra que, seg煤n la Reina de las Nieves, pod铆a hacerlo se帽or de s铆 mismo y darle el mundo entero y un par de patines adem谩s.
Margarita lo bes贸 en las mejillas, y 茅stas cobraron color; lo bes贸 en los ojos, que se volvieron brillantes como los de ella; lo bes贸 en las manos y los pies, y el ni帽o qued贸 sano y contento. Ya pod铆a volver la Reina de las Nieves; su carta de emancipaci贸n quedaba escrita con relucientes t茅mpanos de hielo.
Cogidos de la mano, los ni帽os salieron del enorme palacio, hablando de la abuelita y de las rosas del tejado; y dondequiera que fuesen, al punto amainaba el viento y sal铆a el sol. Al llegar al arbusto de las bayas rotas, vieron al reno que los aguardaba, en compa帽铆a de una hembra con las ubres llenas, que dio a los ni帽os su tibia leche y los bes贸 en la boca. Acto seguido condujeron a Carlos y Margarita a la casa de la mujer finesa, en cuya caldeada habitaci贸n se reconfortaron, y la mujer les indic贸 el camino de su patria. Hicieron tambi茅n escala en la choza de la lapona, que entretanto hab铆a cosido vestidos para ellos y reparado sus trineos.
La pareja de renos, saltando a su lado, los sigui贸 hasta la frontera del pa铆s, donde brotaba la primera hierba; all铆 se despidieron de los animales y de la lapona.
-¡Adi贸s! -se dijeron todos-. Y las primeras avecillas piaron, el bosque ten铆a yemas verdes, y de su espesor sali贸 un soberbio caballo, que Margarita reconoci贸 -era el que hab铆a tirado de la dorada carroza-, montado por una muchacha que llevaba la cabeza cubierta con un rojo y reluciente gorro, y pistolas al cinto. Era la hija de los bandidos, que harta de los suyos, se dirig铆a hacia el Norte, resuelta a encaminarse luego a otras regiones si aqu茅lla no la convenc铆a. Reconoci贸 inmediatamente a Margarita, y 茅sta a ella, con gran alegr铆a de ambas.
-¡Valiente mocito, que se march贸 tan lejos! -dijo a Carlitos- Me gustar铆a saber si te mereces que vayan a buscarte al fin del mundo.
Pero Margarita, d谩ndole unos golpecitos en las mejillas, le pregunt贸 por el pr铆ncipe y la princesa.
-Se fueron a otras tierras -dijo la muchacha.
-¿Y la corneja?
-La corneja muri贸. Ahora la domesticada es viuda y va con un hilo de lana negra en la pata; no hace m谩s que lamentarse, aunque todo es comedia. Pero cu茅ntame qu茅 fue de ti y c贸mo lo pescaste.
Margarita y Carlos se lo contaron.
-¡Y color铆n colorado, este cuento se ha acabado! -dijo la peque帽a bandolera; y, cogiendo a los dos de la mano, les prometi贸 visitarlos si alg煤n d铆a iba a su ciudad; dicho esto, se march贸 por esos mundos.
Carlos y Margarita continuaron cogidos de la mano, y, seg煤n avanzaban, surg铆a la primavera con flores y follaje; las campanas de las iglesias repicaban, y los ni帽os reconocieron las altas torres y la gran ciudad natal. Se dirigieron a la puerta de la abuelita, subieron las escaleras y entraron en el cuarto, donde todo segu铆a como antes, en su mismo lugar. El reloj dec铆a «¡tic, tac!», y las agujas giraban; pero al pasar la puerta se dieron cuenta de que se hab铆an vuelto personas mayores. Las rosas del terrado florec铆an entrando, por la abierta ventana, y a su lado estaban a煤n sus sillitas de ni帽os, Carlos y Margarita se sentaron cada cual en la suya, sin soltarse las manos. Hab铆an olvidado, como si hubiese sido un sue帽o de pesadilla, la magnificencia g茅lida y desierta del palacio de la Reina de las Nieves. La abuelita, sentada a la clara luz del sol de Dios, le铆a la Biblia en voz alta: «Si no se vuelven como los ni帽os, no entrar谩n en el reino de los cielos».
Carlos y Margarita se miraron a los ojos y de pronto comprendieron la vieja canci贸n:
Florecen en el valle las rosas.
¡Bendito seas, Jes煤s, que las haces tan hermosas!
Y permanecieron sentados, mayores y, sin embargo, ni帽os, ni帽os por el coraz贸n. Y lleg贸 el verano, el verano caluroso y bendito.
FIN

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