El templo: Un relato de H.P. Lovecraft - Amantes de la literatura

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10.09.2022

El templo: Un relato de H.P. Lovecraft



Yo, Karl Heinrich Graf von Altberg-Ehrenstein, capit谩n de corbeta de la Armada Imperial Alemana y al mando del submarino U-29, el d铆a 20 de agosto de 1917, deposito esta botella y este informe en el oc茅ano Atl谩ntico, en una situaci贸n que me es desconocida, pero que probablemente ronda los 20° de latitud norte y los 35° de longitud oeste, donde mi nave yace averiada en el fondo del oc茅ano. Llevo esto a cabo porque es mi deseo dar a la luz p煤blica ciertos hechos ins贸litos; dado que seguramente no sobrevivir茅 para entregar en persona estas noti­cias, ya que las circunstancias que concurren en torno a m铆 son tan amenazadoras como extraordinarias, e incluyen no s贸lo la aver铆a fatal del U-29, sino incluso el flaquear de mi f茅rrea volun­tad germ谩nica en una forma de lo m谩s desastrosa.

En la tarde del 18 de junio, tal y como comunicamos por radio al U-61, que se dirig铆a a Kiel, torpedeamos al carguero brit谩nico Victory, que se dirig铆a de Nueva York a Liverpool, en latitud 45° 1G norte y longitud 28° 34' oeste, permitiendo a la tripulaci贸n embarcar en sus botes para obtener una buena fil­maci贸n con destino a los archivos del Almirantazgo. El barco se hundi贸 de forma bastante teatral, a pique por la proa, con la popa alz谩ndose sobre las aguas hasta que todo el casco enfil贸 perpendicularmente hacia el fondo del mar. Nuestra c谩mara no perdi贸 detalle, y me pesa que una pel铆cula tan buena no pueda llegar a Berl铆n. Despu茅s hundimos a ca帽onazos los botes salvavidas y nos sumergimos.

Cuando emergimos, al ocaso, descubrimos el cuerpo de un marino en cubierta, aferr谩ndose de una forma curiosa a la barandilla. El pobre hombre era joven, bastante moreno y muy agraciado; seguramente griego o italiano, y con certeza tripulante del Victory. Sin duda hab铆a buscado refugio en la misma nave que se hab铆a visto forzada a destruir la suya... una v铆ctima m谩s de la injusta guerra de agresi贸n que los malditos perros ingleses llevan a cabo contra la patria. Nuestros hombres le registraron en busca de recuerdos y hallaron en su bolsillo una pieza de marfil sumamente extra帽a, tallada en forma de una cabeza juvenil coronada de laureles. El otro comandante, el teniente Klenze, cre铆a que aquello era muy antiguo y de gran valor art铆stico, por lo que se apropi贸 de ella. C贸mo hab铆a podido llegar a las manos de un vulgar marinero era algo que ninguno de los dos pod铆a imaginar.

Al arrojar al muerto por la borda tuvieron lugar dos inci­dentes que perturbaron grandemente a la tripulaci贸n. Los hombres le hab铆an cerrado los ojos, pero, al desprenderlo de la barandilla, 茅stos se abrieron, y muchos sufrieron la extra帽a ilusi贸n de que miraban fijamente y en son de burla a Schmidt y Zimmer, que se hallaban inclinados sobre el cad谩ver. El contramaestre M眉ller, un hombre de edad al que le habr铆a ido mejor de no ser un supersticioso rufi谩n alsaciano, se alter贸 tanto por la impresi贸n que estuvo observando el cuerpo en el agua, y jura que, tras sumergirse algo, coloc贸 los brazos en la posici贸n del nadador y se impuls贸 bajo las aguas hacia el sur. Tanto a Klenze como a m铆 nos desagradaron tales muestras de ignorancia campesina, y reprendimos severamente a los hombres, sobre todo a M眉ller.

Al d铆a siguiente se cre贸 un verdadero problema debido a la indisposici贸n de varios miembros de la tripulaci贸n. Evidentemente, se ve铆an aquejados por alg煤n tipo de tensi贸n nerviosa provocada por nuestro largo periplo, y hab铆an sufrido malos sue帽os. Varios de ellos parec铆an aturdidos y obnubilados; y tras cerciorarme que ninguno de ellos fing铆a su debilidad, les relev茅 de sus funciones. El mar se hallaba bastante picado, as铆 que bajamos a una profundidad donde las olas nos resultaran un problema menor. All铆 permanecimos en una calma relativa, a pesar de la aparici贸n de alguna corriente misteriosa de rumbo sur que no pudimos encontrar en nuestras cartas. Los gemidos de los enfermos resultaban positivamente fastidiosos, pero ya que no parec铆an desmoralizar al resto de la tripulaci贸n, nos abs­tuvimos de tomar medidas dr谩sticas. Ten铆amos la intenci贸n de permanecer en aquella posici贸n e interceptar al buque de l铆nea Dacia, consignado en la informaci贸n recibida de nuestros agentes de Nueva York.

A primera hora de la tarde salimos a la superficie y descubrimos la mar menos gruesa. El humo de un buque de guerra flo­taba en el horizonte norte, pero la distancia a la que nos hall谩bamos y nuestra capacidad de inmersi贸n nos manten铆an a salvo. Lo que m谩s nos preocupaban eran las habladur铆as del contramaestre M眉ller, que se hac铆an m谩s estrafalarias al caer la noche. Se hallaba en un estado infantil, aborrecible, y farfullaba acerca de fantas铆as sobre cuerpos muertos flotando al otro lado de las portillas; cuerpos que le miraban fijamente, y que 茅l, a pesar de lo hinchados que estaban, hab铆a reconocido por haberlos visto morir durante alguna de nuestras victoriosas haza帽as germ谩nicas. Y dec铆a que su jefe era el joven hallado y arrojado al mar. Era algo grosero y an贸malo, as铆 que pusimos grilletes a M眉ller y mandamos que le dieran unos buenos latigazos. Los hombres no se mostraron muy conformes con tal castigo, pero la disciplina es fundamental. Incluso rechazamos la petici贸n de un comit茅 encabezado por el marinero Zimmer, que ped铆a que la curiosa cabeza tallada en marfil fuera arrojada al mar.

El 20 de junio, los marineros Bohm y Schmidt, que hab铆an ca铆do enfermos el d铆a antes, se volvieron locos furiosos. Sent铆 que no hubiera ning煤n m茅dico entre nuestros oficiales, ya que las vidas alemanas resultan preciosas, pero los constantes desvar铆os de ambos acerca de una terrible maldici贸n eran de lo m谩s da帽ino para la disciplina, as铆 que hubimos de tomar una decisi贸n severa. La tripulaci贸n encaj贸 este hecho de forma sombr铆a, aunque eso pareci贸 apaciguar a M眉ller, que de ah铆 en adelante no volvi贸 a dar problemas. Le liberamos por la tarde y volvi贸 en silencio a sus ocupaciones.

La semana siguiente estuvimos todos muy nerviosos, esperando al Dacia. La tensi贸n creci贸 con la desaparici贸n de M眉ller y Zimmer, que sin duda se suicidaron v铆ctimas de los temores que parec铆an atormentarlos, aunque nadie los vio en el instante de saltar al mar. Yo me sent铆a relativamente contento de librarme de M眉ller, ya que aun su silencio hab铆a afectado negativamente a la tripulaci贸n. Todos parec铆an dados ahora al silencio, como albergando secretos temores. Muchos estaban enfermos, pero ninguno hab铆a enloquecido. El teniente Menze, crispado por la tensi贸n, se alteraba ante cualquier minucia... como, por ejemplo, un banco de delfines que merodeaba en n煤mero cada vez mayor en torno a U-29, o la creciente intensidad de esa corriente sur que no aparec铆a en ninguna de nuestras cartas.

A la postre se hizo evidente que se nos hab铆a escapado el Dacia. Avatares as铆 no son raros, y nos sent铆amos m谩s complacidos que defraudados, ya que ahora se nos orde­naba regresar a Wilhelmshaven. El mediod铆a del 28 de junio arrumbamos al noreste y, pese a alg煤n enredo bastante c贸mico con la inaudita masa de delfines, nos pusimos en marcha.

La explosi贸n en la sala de m谩quinas a las dos de la tarde nos pill贸 completamente desprevenidos. No se hab铆a descubierto ning煤n defecto de las m谩quinas o negligencia de los hombres; pero aun as铆, sin previo aviso, la nave se vio sacudida de punta a punta por una explosi贸n colosal. El teniente Klenze se abalanz贸 hacia la sala de m谩quinas, descubriendo que el dep贸sito de com­bustible y la mayor parte de la maquinaria estaba destrozada, asimismo los maquinistas Raabe y Schneider hab铆an resultado muertos en el acto.

En un instante nuestra situaci贸n se hab铆a vuelto cr铆tica, ya que aunque los regeneradores qu铆micos estaban intactos, y aunque pod铆amos usar los aparatos para emerger y sumergirnos, y abrir las escotillas mientras tuvi茅ramos aire comprimido y bater铆a, nos ve铆amos incapacitados para propulsarnos o pilotar el submarino. Buscar la salvaci贸n en los botes salvavi­das significaba ponernos a nosotros mismos en manos de ene­migos irracionalmente resentidos contra nuestra gran naci贸n alemana, y nuestra radio hab铆a estado fall谩ndonos desde que, debido al asunto del Victoria, nos pusimos en contacto con otro U-boat de la Armada Imperial.

Desde la hora del accidente hasta el 2 de julio derivamos constantemente hacia el sur, sin hacer ning煤n plan ni encontrar nave alguna. Los delfines todav铆a rodeaban el U-29, una cir­cunstancia digna de rese帽ar, habida cuenta de la distancia reco­rrida. En la ma帽ana del 2 de julio avistamos un buque de guerra que enarbolaba colores estadounidenses, y los hombres se agitaron deseosos de rendirse. Al final, el teniente Klenze hubo de usar su arma contra un marinero llamado Traube que incitaba a tal acto antigerm谩nico con especial virulencia. Eso apacigu贸 de momento a la tripulaci贸n y nos sumergimos sin ser avistados.

Durante la tarde siguiente, una gran bandada de aves mari­nas lleg贸 desde el sur y el mar comenz贸 a tornarse amenazador. Cerrando escotillas, aguardamos acontecimientos hasta com­prender que deb铆amos sumergirnos o perecer entre las olas mon­ta帽osas. La electricidad y la presi贸n de aire menguaba, e intent谩bamos evitar cualquier uso innecesario de nuestros escasos recursos mec谩nicos; pero en este caso no hab铆a opci贸n. No baja­mos demasiado, y cuando la mar se calm贸 horas m谩s tarde, decidimos retornar a la superficie.

Aqu铆, no obstante, surgi贸 un nuevo contratiempo, ya que la nave no respondi贸 a nuestra gu铆a, a pesar de todos los esfuerzos realizados por los mec谩nicos. Seg煤n cund铆a el p谩nico entre los hombres atrapados en esa pri­si贸n submarina, algunos de ellos comenzaron a murmurar con­tra la imagen de marfil del teniente Klenze, pero la visi贸n de una pistola autom谩tica les aplac贸. Tuvimos ocupados a los pobres diablos tanto como pudimos, trasteando entre la maqui­naria, aunque bien sab铆amos que todo eso era in煤til.

Klenze y yo sol铆amos turnarnos para dormir, y durante mi periodo de sue帽o, sobre las cinco de la ma帽ana M4 de julio, se desat贸 abiertamente el mot铆n. Los seis cerdos de marineros supervivientes, sospechando que est谩bamos perdidos, estallaron bruscamente en una furia maniaca, motivada por nuestro rechazo a rendirnos dos d铆as antes al buque de guerra yanqui, y se sumieron en un delirio de improperios y destrucci贸n. Rug铆an como los animales que eran, y romp铆an indiscriminadamente mobiliario e instrumental, vociferando sobre insensateces tales como la maldici贸n de la imagen de marfil y el joven moreno muerto que nos miraba y se alejaba nadando. El teniente Klenze parec铆a paralizado e incapaz de respuesta, que es lo que cabr铆a esperar de un renano blando y afeminado. Mat茅 a los seis hom­bres, pues fue necesario, y me asegur茅 de que no sobreviviera ninguno.

Arrojamos los cuerpos a trav茅s de las escotillas dobles y nos quedamos a solas en el U-29. Klenze parec铆a muy nervioso y beb铆a en demas铆a. Yo estaba dispuesto a seguir con vida tanto como fuera posible, empleando el generoso dep贸sito de provi­siones y el suministro qu铆mico de ox铆geno, que no hab铆an sufrido de las locas payasadas de aquellos malditos puercos de marineros. Nuestras agujas, bar贸metros y otros instrumentos de precisi贸n estaban destruidos, por lo que de ah铆 en adelante cualquier c谩lculo ser铆a meramente estimado, basado en nuestros cro­n贸metros, almanaques y la deriva estimada a juzgar por algunos objetos que pod铆amos atisbar a trav茅s de las troneras o desde la torreta.

Por fortuna ten铆amos estibadas bater铆as capaces a煤n de largo uso, tanto por alumbrado interior como para empleo del foco. A menudo barr铆amos con 茅ste alrededor de la nave, pero tan s贸lo ve铆amos delfines nadando paralelos a nuestro propio rumbo de deriva. Yo me sent铆a interesado desde el punto de vista cient铆fico en aquellos delfines, ya que aunque el Delph铆nus delphis com煤n es un cet谩ceo incapaz de sobrevivir sin aire, observ茅 durante cerca de dos horas a uno de esos nadadores y no lo vi abandonar en ning煤n momento su inmersi贸n.

Con el tiempo, Klenze y yo llegamos a la conclusi贸n de que segu铆amos derivando hacia el sur, sumergi茅ndonos m谩s y m谩s. Reparando en la fauna y flora marinas, le铆mos mucho al res­pecto en los libros que yo me hab铆a llevado conmigo para los ratos de ocio. No pude evitar el observar, no obstante, la defi­ciente preparaci贸n cient铆fica de mi compa帽ero. Su intelecto no era prusiano, sino dado a fantas铆as y especulaciones sin valor. La inminencia de nuestra muerte le afectaba de forma curiosa y con frecuencia hablaba arrepentido sobre los hombres, mujeres y ni帽os que hab铆a enviado al fondo, olvidando que todo eso resulta noble para alguien que sirve al estado alem谩n.

Al cabo comenz贸 a desvariar ostensiblemente, observando durante horas su imagen de marfil y tramando fant谩sticas historias acerca de cosas perdidas y olvidadas bajo el mar. A veces, a modo de expe­rimento psicol贸gico, azuzaba tales desvar铆os para escuchar sus interminables citas po茅ticas y relatos acerca de barcos hundidos. Lo sent铆a de veras, ya que aborrezco ver sufrir a un alem谩n, pero no resultaba una buena compa帽铆a para morir. Por mi parte me sent铆a orgulloso, sabedor de que la patria honrar铆a mi memoria y que mis hijos ser铆an educados para ser hombres como yo.

El 9 de agosto vislumbramos el suelo del oc茅ano y, con el foco, lanzamos sobre 茅l un potente rayo. Se trataba de una vasta planicie ondulante, cubierta en su mayor parte de algas y salpi­cado por las conchas de peque帽os moluscos. Aqu铆 y all谩 hab铆a fangosos objetos de formas inquietantes, festoneados de algas e incrustados de percebes, que Klenze supuso antiguos buques hundidos. Algo lo alter贸; un pico de s贸lida materia, sobresa­liendo del lecho del oc茅ano entorno a un metro, con alrededor de medio metro de ancho, lados planos y suaves superficies superiores que. converg铆an en 谩ngulo sumamente obtuso. Yo dije que aquel pico deb铆a tratarse de un afloramiento rocoso, pero Klenze cre铆a haber visto tallas en su superficie. Tras un momento comenz贸 a temblar y apart贸 la vista como si tuviese miedo, aunque sin dar otra explicaci贸n de que se sent铆a sobrecogido ante las dimensiones, oscuridad, lejan铆a, antig眉edad y misterio de los abismos oce谩nicos.

Su cerebro estaba fatigado, pero yo soy siem­pre un alem谩n y no tard茅 en advertir dos cosas; una que el U-29 aguantaba admirablemente la presi贸n del mar, y otra que los peculiares delfines segu铆an en torno nuestro, incluso a una pro­fundidad donde la mayor铆a de los naturalistas consideran impo­sible la vida para organismo superiores. Parec铆a evidente que yo hab铆a sobrestimado nuestra profundidad, pero aun as铆 est谩ba­mos lo bastante abajo como para que aquel fen贸meno resultara notable. Nuestra velocidad de deriva hacia el sur, seg煤n lo med铆a por el suelo del oc茅ano, era m谩s o menos la estimada mediante los organismos con los que nos hab铆amos cruzado en niveles superiores. A las tres y cuarto de la tarde del 12 de agosto, el pobre Klenze enloqueci贸 completamente. Hab铆a estado en la torreta usando el reflector, antes de precipitarse en la biblioteca, donde yo estaba leyendo, y su rostro lo traicion贸 instant谩neamente.

—¡脡l nos llama! ¡脡l nos llama! ¡Lo oigo! ¡Tenemos que acudir! —mientras hablaba cogi贸 de la mesa la imagen de marfil, se la meti贸 en el bolsillo y atenaz贸 mi brazo en un intent贸 por arrastrarme escaleras arriba hasta la cubierta.

En un momento comprend铆 que pretend铆a abrir la escotilla y lanzarse en mi compa帽铆a al exterior, una extravagancia suicida y asesina para la que yo no estaba preparado. Cuando retroced铆 y trat茅 de apaciguarlo se volvi贸 a煤n m谩s violento.

—Vamos ahora... no esperemos mas; es mejor arrepentirse y lograr el perd贸n que desafiar y ser condenado.

Entonces yo abandon茅 el intento de calmarlo y lo acus茅 de estar loco... loco de atar. Pero 茅l se mantuvo inconmovible y gritaba:

—¡Si estoy loco, estoy de suerte! ¡Qu茅 los dioses se apiaden del hombre que en su contumacia permanezca cuerdo hasta el fin! ¡Ven y enloquece ahora que 茅l a煤n nos llama benevolentemente!

Aquel exabrupto pareci贸 aliviar una presi贸n en su mente, ya que al terminar se torn贸 m谩s comedido, pidi茅ndome que le dejase ir solo en caso de no querer acompa帽arle. Mi obligaci贸n resultaba clara. Era un alem谩n, pero tan s贸lo un renano y un plebeyo, y ahora se hab铆a convertido en un loco potencialmente peligroso. Accediendo a su petici贸n suicida me librar铆a en el acto de alguien que era m谩s bien amenaza que compa帽铆a. Le ped铆 que me cediera la imagen de marfil antes de marcharse, pero tal petici贸n despert贸 en 茅l una hilaridad tan desaforada que no me atrev铆 a insistir.

Entonces le pregunt茅 si deseaba dejar alg煤n recuerdo o un mech贸n de cabello con destino a su familia en Alemania, por si se daba el caso de que yo fuera rescatado, pero de nuevo prorrumpi贸 en esa extra帽a risa. As铆 que mientras 茅l sub铆a la escalerilla, yo acud铆 a las palancas y, guardando el per­tinente intervalo, accion茅 la maquinaria que le envi贸 a la muerte. Cercior谩ndome luego de que no se hallaba a bordo, dirig铆 el foco alrededor tratando de lograr un postrer vistazo, ya que deseaba comprobar si la presi贸n del agua lo hab铆a aplastado, tal y como debiera te贸ricamente haber ocurrido, o si por el contrario el cuerpo no hab铆a sido afectado, tal y como suced铆a con aquellos extraordinarios delfines. No logr茅, de todos modos, localizar a mi finado compa帽ero, ya que los delfines se apeloto­naban en gran n煤mero en torno a la torreta.

Esa tarde lament茅 no haber tomado subrepticiamente la imagen de marfil del bolsillo del pobre Klenze en el momento en que me dej贸, ya que el recuerdo de aqu茅lla me fascinaba. Aun cuando no soy de temperamento art铆stico, no pod铆a olvidar la cabeza hermosa, juvenil, con su corona de hojas. Sent铆a bastante no tener con quien conversar. Klenze, aun no estando a mi altura intelectual, era mucho mejor que nada. Esa noche no dorm铆 bien, y me preguntaba cu谩ndo llegar铆a exactamente el fin. Desde luego, ten铆a muy pocas posibilidades de ser rescatado.

Al d铆a siguiente sub铆 a la torreta y comenc茅 la observaci贸n de costumbre con el foco. Hacia el norte el panorama era similar al de los cuatro d铆as que hab铆amos tardado en alcanzar el fondo, pero not茅 que la deriva del U-29 resultaba menos r谩pida. Seg煤n paseaba el rayo por el sur, advert铆 que el suelo oce谩nico a proa tomaba un pronunciado declive y en algunos sitios aparec铆an bloques de piedra curiosamente regulares, dispuesto como respondiendo a alguna planificaci贸n. La nave no bajaba paralela al fondo oce谩nico, por lo que me vi obligado a ajustar el foco para lograr un haz lo m谩s estrecho posible. Debido a la rapidez del cambio se desconect贸 un cable, lo que oblig贸 a una pausa de varios minutos mientras lo reparaba; pero al fin la luz se pro­yect贸, inundando el valle marino que ten铆a debajo.

No soy dado a emociones de ninguna especie, pero mi asombro fue may煤sculo al contemplar lo que hab铆a desvelado el resplandor el茅ctrico. Y sin embargo, estando empapado de la mejor Kultur prusiana, no deb铆 asombrarme, ya que la geolog铆a y la tradici贸n nos hablan sobre tremendas conmociones en 谩reas oce谩nicas y continentales. Lo que yo vi resultaba una extensa y elaborada panor谩mica de edificios en ruinas, todos construidos en una arquitectura magn铆fica aunque inclasificable, y en diver­sos estad铆os de conservaci贸n. La mayor parte parec铆a de m谩rmol, resplandeciendo blanquecino bajo los rayos del proyector, y el plano general resultaba el de una gran ciudad al fondo de un valle angosto, con gran n煤mero de templos y villas diseminados por las escarpadas laderas. Los tejados estaban ca铆dos y las columnas rotas, pero a煤n conservaban un aire de esplendor inmemorialmente antiguo que nada pod铆a opacar.

Enfrentado al fin con esa Atl谩ntida que yo previamente con­sideraba un mito total, ahora era el m谩s 谩vido de los explorado­res. Alguna vez hubo un r铆o en el fondo de ese valle, ya que mientras examinaba con m谩s detenimiento el lugar, pude ver restos de puentes y diques de piedra y m谩rmol, as铆 como terrazas y terraplenes que una vez fueran verdes y gratos. En mi entu­siasmo me volv铆 casi tan tonto como el pobre Klenze y tard茅 un rato en advertir que la corriente de rumbo sur hab铆a por fin cesado, permitiendo al U-29 bajar lentamente sobre la ciudad submarina, tal y como un aeroplano desciende sobre una ciudad en las tierras emergidas. Tambi茅n tard茅 en percatarme de que el banco de ins贸litos delfines se hab铆a esfumado.

En un par de horas la nave fue a descansar sobre una plaza pavimentada cerca de la pared rocosa del valle. A un lado pod铆a ver toda la ciudad descendiendo desde la plaza a la antigua orilla del r铆o; al otro lado, en una sobrecogedora proximidad, descubr铆 la fachada ricamente ornamentada y en perfecto estado de con­servaci贸n de un gran edificio, sin duda un templo excavado en roca viva. Tan s贸lo puedo conjeturar sobre la factura originaria de esa tit谩nica construcci贸n. La fachada, de inmensas dimensiones, cubre aparentemente una gran oquedad, ya que sus venta­nas son multitud y est谩n dispuestas por todos lados. En el cen­tro bosteza un gran p贸rtico, al que se accede mediante una imponente escalinata, y se halla circundado por exquisitas tallas, semejantes a escenas de bacanales en relieve.

Ante ellos se encuentran grandes columnas y frisos, ambos decorados con esculturas de belleza inexplicable, obviamente representando id铆licas escenas pastorales y procesiones de sacerdotes y sacerdo­tisas portando extra帽os objetos ceremoniales en honor de un dios radiante. El arte es de la m谩s asombrosa perfecci贸n, con concepciones impregnadas de helenismo, aunque curiosamente particulares. Emana una sensaci贸n de antig眉edad tremenda, como si se tratase del m谩s remoto y no del m谩s cercano antece­sor del arte griego. No tengo ninguna duda de que cada detalle de este masivo edificio fue labrado en la roca viva de nuestro planeta en la ladera de la colina.

Es evidentemente parte de la muralla del valle, aunque c贸mo pudo ser el inmenso interior alguna vez excavado no puedo ni imaginarlo. Quiz谩s su n煤cleo estuviese formado por una caverna o por una serie de ellas. Ni la edad ni su estado sumergido han corro铆do la pr铆stina belleza de este sobrecogedor templo, ya que de un templo debe tratarse, y hoy, tras miles de a帽os, reposa con todo su lustre e inviolado y en la noche y el silencio sin fin del abismo oce谩nico.

No puedo precisar el n煤mero de horas empleadas en la observaci贸n de la ciudad sumergida con sus edificios, arcos, estatuas y puentes, y el templo colosal repleto de belleza y misterio. Aunque sab铆a a la muerte pr贸xima, me consum铆a la curiosidad, y paseaba alrededor el rayo del proyector en ansiosa b煤s­queda. El haz de luz me permiti贸 llegar a conocer multitud de detalles, pero no pudo mostrarme nada m谩s all谩 de la puerta tras la bostezante entrada a el templo abierto en la roca, y al cabo del tiempo cort茅 la corriente, sabedor de que necesitaba ahorrar energ铆a. Los rayos resultaban ahora perceptiblemente m谩s d茅biles de lo que fueran durante las semanas de deriva. Mi deseo de explorar los misterios acu谩ticos iba en aumento, como aguzado por la creciente atenuaci贸n de la luz. ¡Yo, un alem谩n, deb铆a ser el primero en adentrarme en aquellos caminos olvidados por el tiempo!

Extraje y revis茅 una escafandra de profundidad, realizada en metal articulado, y prob茅 la luz port谩til y el regenerador de aire. Aunque resultar铆a problem谩tico manipular a solas las dobles escotillas, me cre铆a capaz de sobrepasar cualquier obst谩culo gracias a mi capacidad cient铆fica, y caminar realmente en persona por la ciudad muerta.

El 16 de agosto efectu茅 una salida del U-29 y me abr铆 paso dificultosamente a trav茅s de las calles llenas de ruinas y fango hacia el antiguo r铆o. No descubr铆 esqueletos ni restos humanos, pero recog铆 un tesoro de saber arqueol贸gico en forma de escul­turas y monedas. De todo esto no puedo hablar ahora, excepto para proclamar mi temor ante una cultura que se hallaba en la c煤spide de la gloria cuando los cavern铆colas vagaban por Europa y el Nilo corr铆a inexplorado hacia el mar. Otros, de la mano de este manuscrito, si finalmente llega a ser encontrado, podr谩n desvelar misterios que yo tan s贸lo alcanzo a vislumbrar. Volv铆 a la nave cuando mis bater铆as el茅ctricas comenzaron a flaquear, resuelto a explorar el templo de piedra al d铆a siguiente.

El 17, cuando mi impulso de penetrar en el misterio de el templo se hac铆a m谩s y m谩s acuciante, sufr铆 una enorme decepci贸n, ya que descubr铆 que los materiales necesarios para recargar la luz port谩til hab铆an resultado destruidos durante el mot铆n de aquellos puercos en julio. Mi indignaci贸n no conoci贸 l铆mites, aunque mi sensatez alemana me precav铆a contra aventurarme sin medios en un interior completamente a oscuras que pod铆a resultar la madriguera de cualquier indecible monstruo marino o un laberinto de corredores de entre cuyos recovecos nunca lograr铆a salir. Todo cuanto pod铆a hacer era volver el vacilante foco del U-29 y a su luz subir los pelda帽os de el templo y estudiar las tallas exteriores.

El haz de luz entraba por la puerta en 谩ngulo ascendente, y yo escudri帽茅 esperando atisbar algo, pero todo fue en vano. Ni siquiera el techo era visible, y aunque sub铆 un pelda帽o o dos hacia el interior tras probar con un bast贸n el suelo, no me atrev铆 a continuar. Adem谩s, por primera vez en mi vida experiment茅 esa emoci贸n llamada miedo. Comenc茅 a comprender c贸mo se hab铆an desatado algunos de los estados de 谩nimo del pobre Klenze, ya que mientras el templo parec铆a reclamarme m谩s y m谩s, empec茅 a temer sus acuosos abismos con creciente terror ciego. De vuelta al submarino, apagu茅 las luces y me sent茅 a meditar en la oscuridad. Deb铆a preservar ahora la electricidad para las emergencias.

El s谩bado 18 lo pas茅 en total oscuridad, atormentado por pensamientos y recuerdos que amenazaban con vencer mi ger­m谩nica voluntad. Klenze se hab铆a vuelto loco y hab铆a muerto antes de alcanzar ese siniestro resto de un pasado inconcebible­mente remoto, y me hab铆a instado a marchar con 茅l. ¿Hab铆a, en efecto, preservado el Destino mi raz贸n s贸lo para arrastrarme irremisiblemente a un fin m谩s temible e inconcebible de lo que cualquier hombre pudiera so帽ar? Claramente, mis nervios estaban sometidos a una gran tensi贸n, y yo deb铆a librarme de esas aprensiones propias de un hombre m谩s d茅bil.

No pude dormir durante la noche del s谩bado y encend铆 las luces sin pensar en el porvenir. Resultaba deplorable que la elec­tricidad no fuese a durar tanto como el aire y las provisiones. Retom茅 mis ideas de suicidio y revis茅 mi pistola autom谩tica. Hac铆a la ma帽ana deb铆 dormirme con las luces encendidas, ya que cuando despert茅 ayer en la oscuridad fue para encontrarme con las bater铆as agotadas. Encend铆 varias cerillas, una tras otra, y lament茅 desesperado la imprevisi贸n que me hab铆a llevado a malgastar las pocas velas que port谩bamos. Tras apagarse la 煤ltima vela que me atrev铆 a gastar, me sent茅 en completa inmovilidad, sin luces. Mientras reflexionaba sobre el inevitable fin, mi cabeza volv铆a a los sucesos previos, y ca铆 en algo hasta ahora inadvertido que hubiera hecho temblar a un hombre m谩s d茅bil y supersticioso. La cabeza del dios radiante de las esculturas de el templo de piedra es la misma que la de la pieza tallada en marfil que ten铆a el marinero recogido del mar y que el pobre Klenze se llev贸 de vuelta consigo al mar.

Me sent铆a un poco estremecido ante tal coincidencia, pero no aterrado. Tan s贸lo el pensador de inferior categor铆a se apre­sura a explicar lo singular y lo complicado mediante el primitivo atajo hacia lo sobrenatural. La coincidencia resultaba extra帽a, pero yo estaba demasiado hecho al raciocinio como para conec­tar circunstancias que no admit铆an un nexo l贸gico, o asociar de alguna extraordinaria manera los desastrosos sucesos que me hab铆an llevado desde el asunto del Victoria a mi estado actual. Sinti茅ndome necesitado de sue帽o, tom茅 un sedante y me ase­gur茅 un poco m谩s de sue帽o. Mi estado nervioso qued贸 de mani­fiesto en mis sue帽os, ya que cre铆 escuchar gritos de gente aho­g谩ndose y ver rostros muertos apretujados contra las troneras de la nave. Y entre esos rostros muertos se encontraba el semblante vivo, burl贸n, del joven de la imagen de marfil.

Debo cuidar las anotaciones que registran mi despertar de hoy, ya que estoy trastornado y debe haber gran cantidad de alucinaci贸n entremezclada con los hechos. Mi caso resulta de lo m谩s interesante desde el punto de vista psicol贸gico, y lamento no poder ser sometido a observaci贸n por parte de la autoridad alemana competente. Al abrir los ojos mi primera sensaci贸n fue la de un invencible deseo de visitar el templo de piedra, un ansia que crec铆a a cada instante, aunque autom谩ticamente yo trataba de resistirme mediante las emociones de miedo que obraban en contra. Luego tuve la impresi贸n de una luz en medio de aquella oscuridad causada por las bater铆as consumidas, y cre铆 ver una especie de resplandor fosforescente en el agua a trav茅s del portillo que se abr铆a hacia el templo.

Eso despert贸 mi curiosidad, ya que yo no sab铆a de ning煤n organismo abisal capaz de emitir tal luminiscencia. Pero antes de poder investigar me lleg贸 una ter­cera impresi贸n que, a causa de su irracionalidad, me provoca serias dudas sobre la objetividad que cualquier cosa que puedan registrar mis sentidos. Era una ilusi贸n aural, una sensaci贸n de sones r铆tmicos y melodiosos, como una especie de c谩ntico 0 himno coral salvaje, aunque agradable. Convencido de mi abe­rraci贸n psicol贸gica y nerviosa, encend铆 algunas cerillas y tom茅 una exorbitante cantidad de soluci贸n de bromuro s贸dico, que pareci贸 calmarme hasta el punto de disipar la ilusi贸n de sonido. Pero persist铆a la fosforescencia y tuve dificultades para contener el pueril impulso de acercarme a la portilla y buscar su fuente. Resultaba horriblemente real y pronto pude descubrir con su ayuda los objetos familiares que me rodeaban, as铆 como el vaso vac铆o del bromuro s贸dico, del que no ten铆a ni previa impresi贸n visual ni idea sobre su posici贸n actual.

Esta 煤ltima circunstancia me hizo reflexionar y cruc茅 la estancia para tocar el vaso. Se hallaba en efecto en el lugar donde me parec铆a verlo. Ahora ya sab铆a que la luz era lo bastante real o parte de una alucinaci贸n tan fija y persistente que no pod铆a esperar que se esfumase, as铆 que abandonando toda reticencia sub铆 a la torreta para buscar la fuente luminosa. ¿Ser铆a quiz谩s otro U-boat, brind谩ndome una posibilidad de rescate?

Es comprensible que el lector no acepte nada de cuanto sigue como verdad objetiva, ya que los hechos suponen una transgresi贸n de la ley natural, siendo necesariamente creaciones subjetivas e irreales de mi mente trastornada. Cuando llegu茅 a la torreta, descubr铆 que el mar estaba en un estado muy apartado de la luminosidad que yo esperaba. No hab铆a fosforescencia ani­mal o vegetal en las cercan铆as, y la ciudad, bajando hasta el r铆o, resultaba invisible en la oscuridad. Lo que vi no era espectacular, ni grotesco o terror铆fico, pero ahuyent贸 el 煤ltimo vestigio de confianza en mi propio raciocinio, ya que la puerta de el templo submarino abierto en la colina rocosa se ve铆a brillantemente alum­brada con un resplandor titilante, como el de una gran llama cere­monial encendida en sus profundidades.

Los sucesos posteriores resultan ca贸ticos. Mientras contemplaba las puertas y ventanas tan extraordinariamente iluminadas, comenc茅 a sufrir las m谩s extravagantes visiones... visiones tan extravagantes que no me atrevo ni aun a consignarlas. Cre铆 discernir objetos en el templo —objetos tanto est谩ticos como en movimiento—, y me pareci贸 escuchar de nuevo el irreal c谩ntico que flotaba a mi alrededor al despertar. Y por encima de todo se alzaban pensamientos e im谩genes centrados en el joven del mar y la imagen marfile帽a cuya talla se ve铆a duplicada en los frisos y columnas de el templo que ten铆a ante los ojos. Pens茅 en el pobre Klenze, y me pregunt茅 si su cuerpo descansar铆a con la imagen que se llev贸 al mar. 脡l me hab铆a prevenido contra algo y yo no le hab铆a prestado atenci贸n... ya que era un palurdo renano que se volv铆a loco ante problemas que un prusiano era capaz de afron­tar sin dificultad.

El resto es muy sencillo. Mi impulso de ir y penetrar el templo se ha convertido ahora en una orden imperiosa e inexplicable que ya no puedo desobedecer. Mi propia voluntad germ谩­nica no basta ya para controlar mis actos, y la elecci贸n, en adelante, tan s贸lo ser谩 posible en asuntos menores. Tal locura es la que condujo a Menze a la muerte, acudiendo a cabeza descu­bierta y sin protecci贸n al oc茅ano; pero yo soy un prusiano y un hombre cabal, y utilizar茅 hasta el fin la poca voluntad que me resta. Al comprender que deb铆a marcharme, prepar茅 escafandra, casco y regenerador de aire para un uso inmediato, y al instante comenc茅 a escribir esta cr贸nica apresurada con la esperanza de que alg煤n d铆a pueda llegar al mundo. Guardar茅 el manuscrito en una botella y la confiar茅 al mar al abandonar para siempre el U-29.

No tengo miedo de nada, ni siquiera de las profec铆as del enloquecido Klenze. Lo que he visto no puede ser real, y s茅 que este trastorno de mi propia voluntad tan s贸lo puede llevarme a la muerte por asfixia una vez se me agote el aire. La luz de el templo es una completa ilusi贸n y morir茅 sosegadamente, como un alem谩n, en las oscuras y olvidadas profundidades. Esa risa demon铆aca que escucho mientras escribo procede 煤nicamente de mi propio cerebro debilitado. As铆 que me colocar茅 meticulo­samente la escafandra y ascender茅 resuelto los pelda帽os que con­ducen a ese santuario primigenio, ese silencioso enigma de la aguas insondadas y los a帽os olvidados.

FIN

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