¡Esp茅rame all谩! Yo ir茅 a encontrarte
en el profundo valle.
(Henry King, obispo de Chichester,
Funerales en la muerte de su esposa)
¡Hombre misterioso, de aciago destino! ¡Exaltado por la brillantez de tu imaginaci贸n, ardido en las llamas de tu juventud! ¡Otra vez, en mi fantas铆a, vuelvo a contemplarte! De nuevo se alza ante m铆 tu figura… ¡No, no como eres ahora, en el fr铆o valle, en la sombra!, sino como debiste de ser, derrochando una vida de magn铆fica meditaci贸n en aquella ciudad de confusas visiones, tu Venecia, El铆seo del mar, amada de las estrellas, cuyos amplios balcones de los palacios de Palladio contemplan con profundo y amargo conocimiento los secretos de sus silentes aguas. ¡S铆, lo repito: como debiste de ser! Sin duda hay otros mundos fuera de 茅ste, otros pensamientos que los de la multitud, otras especulaciones que las del sofista. ¿Qui茅n, entonces, podr铆a poner en tela de juicio tu conducta? ¿Qui茅n te reprochar铆a tus horas visionarias, o denunciar铆a tu modo de vivir como un despilfarro, cuando no era m谩s que la sobreabundancia de tus inagotables energ铆as?
Fue en Venecia, bajo la arcada cubierta que llaman el Ponte di Sospiri, donde encontr茅 por tercera o cuarta vez a la persona de quien hablo. Las circunstancias de aquel encuentro acuden confusamente a mi recuerdo. Y, sin embargo, veo… ¡ah, c贸mo olvidar!… la profunda medianoche, el Puente de los Suspiros, la belleza femenina y el genio del romance que erraba por el angosto canal.
Venecia estaba extra帽amente oscura. El gran reloj de la Piazza hab铆a dado la quinta hora de la noche italiana. La plaza del Campanile se mostraba silenciosa y vac铆a, mientras las luces del viejo Palacio Ducal extingu铆anse una tras otra. Volv铆a a casa desde la Piazzetta, siguiendo el Gran Canal. Cuando mi g贸ndola lleg贸 ante la boca del canal de San Marcos, o铆 desde sus profundidades una voz de mujer, que exhalaba en la noche un alarido prolongado, hist茅rico y terrible. Me incorpor茅 sobresaltado, mientras el gondolero dejaba resbalar su 煤nico remo y lo perd铆a en la profunda oscuridad, sin que le fuera posible recobrarlo. Quedamos as铆 a merced de la corriente, que en ese punto se mueve desde el canal mayor hacia el peque帽o. Semejantes a un pesado c贸ndor de negras alas nos desliz谩bamos blandamente en direcci贸n al Puente de los Suspiros, cuando mil antorchas, llameando desde las ventanas y las escalinatas del Palacio Ducal, convirtieron instant谩neamente aquella profunda oscuridad en un l铆vido d铆a preternatural.
Escapando de los brazos de su madre, un ni帽o acababa de caer desde una de las ventanas superiores del elevado edificio a las profundas y oscuras aguas del canal, que se hab铆an cerrado silenciosas sobre su v铆ctima. Aunque mi g贸ndola era la 煤nica a la vista, muchos arriesgados nadadores hab铆anse precipitado ya a la corriente y buscaban vanamente en su superficie el tesoro que, ¡ay!, s贸lo habr铆a de encontrarse en el abismo. En las grandes losas de m谩rmol negro que daban entrada al palacio, apenas a unos pocos pelda帽os sobre el agua, ve铆ase una figura que nadie ha podido olvidar jam谩s despu茅s de contemplarla. Era la marquesa Afrodita, la adoraci贸n de toda Venecia, la m谩s alegre y hermosa de las mujeres -all铆 donde todas eran bellas-, la joven esposa del viejo e intrigante Mentoni y madre del hermoso ni帽o, su primer y 煤nico v谩stago que, sumido en las profundidades del agua l贸brega, estar铆a recordando amargamente las dulces caricias de su madre y agotando su d茅bil vida en los esfuerzos por llamarla.
La marquesa permanec铆a sola. Sus diminutos y plateados pies desnudos resplandec铆an en el negro espejo de m谩rmol que pisaba. Su cabello, que conservaba a medias el peinado del baile, rodeaba entre una lluvia de diamantes su cl谩sica cabeza, llena de bucles parecidos al jacinto joven. Una t煤nica alba como la nieve y semejante a la gasa parec铆a ser la 煤nica protecci贸n de sus delicadas formas; pero el aire estival de aquella medianoche era caliente, denso, est谩tico, y aquella imagen estatuaria tampoco hac铆a el menor movimiento que alterara los pliegues de la vestidura como de vapor que la envolv铆a, tal como el pesado m谩rmol envuelve la imagen de Niobe. Y, sin embargo, ¡cosa extra帽a!, sus grandes y brillantes ojos no miraban hacia abajo, en direcci贸n a la tumba donde su mejor esperanza hab铆a sido sepultada, sino que aparec铆an como clavados en una direcci贸n por completo diferente. La prisi贸n de la antigua Rep煤blica es, seg煤n creo, el edificio m谩s majestuoso de Venecia; pero, ¿c贸mo pod铆a aquella dama contemplarlo tan fijamente, mientras all铆 abajo se estaba ahogando su 煤nico hijo? Un negro, l煤gubre nicho hall谩base situado exactamente frente a la ventana del aposento de la marquesa. ¿Qu茅 pod铆a haber, pues, en sus sombras, en su arquitectura, en sus solemnes cornisas cubiertas de hiedra, que la dama no hubiera contemplado mil veces antes? ¡Oh, desatino! ¿Qui茅n no recuerda que, en momentos como 茅se, la mirada, semejante a un espejo trizado, multiplica las im谩genes de su desolaci贸n y ve en innumerables lugares lejanos la pena m谩s cercana?
Varios escalones m谩s arriba que la marquesa y dentro del arco de la compuerta se ve铆a a Mentoni, todav铆a con su traje de fiesta, semejante a un s谩tiro. Ocup谩base por momentos de rasguear las cuerdas de una guitarra y parec铆a ennuy茅 en extremo, mientras, de cuando en cuando, daba instrucciones para el salvamento de su hijo. Estupefacto y despavorido, no hab铆a podido moverme de la posici贸n en que me colocara al escuchar el grito; segu铆a de pie y deb铆 de presentar a ojos del agitado grupo una apariencia ominosa y espectral, mientras pasaba, p谩lido y r铆gido, en aquella f煤nebre g贸ndola.
Todos los esfuerzos parec铆an vanos. Los m谩s decididos en la b煤squeda empezaban a cansarse y se entregaban a una profunda tristeza. Poca esperanza quedaba ya de salvar al ni帽o (¡y cu谩nto m谩s desesperada estar铆a la madre!). Pero entonces, desde el interior de aquel oscuro nicho que he mencionado como parte integrante de la prisi贸n de la antigua Rep煤blica -y que quedaba frente a las ventanas de la marquesa-, una silueta embozada avanz贸 hasta las luces y, luego de hacer una pausa al borde del abismo l铆quido, zambull贸se de cabeza en el canal. Un minuto despu茅s, al emerger llevando en sus brazos al ni帽o que a煤n respiraba y alzarse en los pelda帽os de m谩rmol del lado de la marquesa, la empapada capa se solt贸 de sus hombros y, cayendo a sus pies, mostr贸 a los estupefactos espectadores la graciosa figura de un hombre joven, cuyo nombre resonaba entonces en toda Europa.
Ni una palabra pronunci贸 el salvador. Pero la marquesa… ¡Ah, ya iba a recibir a su hijo! ¡Ya iba a estrechar en sus brazos el peque帽o cuerpo y reanimarlo con sus caricias! Mas, ¡ay!, los brazos de otro lo alzaban, los brazos de otro se lo llevaban, lo introduc铆an en el palacio. ¿Y la marquesa?… Sus labios, sus hermosos labios temblaban; las l谩grimas se arracimaban en sus ojos, esos ojos que, como el acanto de Plinio, eran «suaves y casi l铆quidos». S铆, las l谩grimas se agolpaban en sus ojos, y de pronto todo el cuerpo de aquella mujer se estremeci贸 con un temblor que le ven铆a del alma… ¡Y la estatua recobr贸 vida! Vi s煤bitamente c贸mo la palidez marm贸rea de sus facciones, el alentar de su seno y la pureza de sus blancos pies se anegaban en una incontenible marea carmes铆. Y un leve temblor agit贸 su delicado cuerpo, como la brisa gentil de N谩poles agita los plateados lirios en el campo.
¿Por qu茅 se sonrojaba la dama? No hay respuesta a tal pregunta. Verdad es que, al abandonar, con el apresuramiento y el terror de un coraz贸n materno la intimidad de su boudoir, la marquesa hab铆a olvidado aprisionar sus menudos pies en chinelas y cubrir sus hombros venecianos con el manto que les correspond铆a… ¿Qu茅 otra raz贸n pod铆a tener para sonrojarse as铆? ¿Y la mirada de esos ojos que imploraban desesperadamente? ¿Y el tumulto del agitado seno? ¿Y la convulsiva presi贸n de aquella mano temblorosa que, en momentos en que Mentoni retornaba al palacio, se pos贸 accidentalmente sobre la mano del desconocido? ¿Y qu茅 raz贸n pod铆a haber para aquellas palabras en voz baja, en voz tan extra帽amente baja, aquellas palabras sin sentido que la dama murmur贸 presurosamente en el instante de despedirlo?
-Has vencido -dijo, a menos que el murmullo del agua me enga帽ara-. Has vencido… Una hora despu茅s de la salida del sol… ¡As铆 sea!
* * *
El tumulto se hab铆a apaciguado, murieron las luces en el interior del palacio y el desconocido, a quien yo, sin embargo, hab铆a reconocido, permanec铆a solo en la escalinata. Estremeci贸se con inconcebible agitaci贸n y sus ojos miraron en todas direcciones buscando una g贸ndola. No pod铆a menos de ofrecerle la m铆a, y la acept贸. Luego de obtener un remo en una compuerta, continuamos juntos hasta su residencia, mientras mi hu茅sped recobraba r谩pidamente el dominio de s铆 mismo y se refer铆a a nuestra superficial relaci贸n en t茅rminos de gran cordialidad.
Frente a ciertos temas, me gusta ser minucioso. La persona del desconocido -permitidme llamarlo as铆, ya que lo era todav铆a para el mundo entero-, la persona del desconocido constituye uno de esos temas. Su estatura era algo inferior a la mediana, aunque en momentos de intensa pasi贸n su cuerpo crec铆a como para desmentir esa afirmaci贸n. La liviana y esbelta simetr铆a de su figura antes anunciaba la vivaz actividad demostrada en el Puente de los Suspiros, que la herc煤lea fuerza que, en ocasiones de mayor peligro, hab铆a desplegado sin aparente esfuerzo. Su boca y ment贸n eran los de una deidad; los ojos, singulares, ardientes, enormes, l铆quidos, de una tonalidad fluctuando entre el puro casta帽o y el m谩s intenso y brillante azabache; una profusi贸n de cabello negro y rizado, bajo el cual se destacaba una frente de no com煤n anchura, que por momentos resplandec铆a como marfil iluminado; tales eran sus rasgos, tan cl谩sicamente regulares que jam谩s he visto otros semejantes, salvo, quiz谩, en las im谩genes del emperador C贸modo. Y, sin embargo, su rostro era de esos que todo hombre ha visto en alg煤n momento de su vida, pero que no ha vuelto a encontrar nunca m谩s. No ten铆a nada peculiar, ninguna expresi贸n predominante que fijar en la memoria; un rostro visto e instant谩neamente olvidado, pero olvidado con un vago y continuo deseo de recordarlo otra vez. Y no porque el esp铆ritu de cada r谩pida pasi贸n no dejara de imprimir su propia y clara imagen en el espejo de aquel rostro; pero el espejo, al igual que todos los espejos, perd铆a todo vestigio de la pasi贸n apenas desaparec铆a.
Al despedirnos la noche de aquella aventura me pidi贸, de una manera que me pareci贸 urgente, que no dejara de visitarlo muy temprano por la ma帽ana. Poco despu茅s de la salida del sol llegu茅 a su Palazzo, uno de aquellos enormes edificios de sombr铆a y fant谩stica pompa que se alzan sobre las aguas del Gran Canal, en la vecindad del Rialto. Fui conducido por una ancha escalinata de mosaico hasta un aposento cuyo incomparable esplendor irrump铆a por las puertas abiertas, con lujo tal que me ceg贸 y me confundi贸.
No ignoraba que mi conocido era rico. Los rumores circulantes se refer铆an a sus bienes en t茅rminos que yo me hab铆a atrevido a calificar de rid铆culas exageraciones. Pero, cuando mir茅 en torno, no pude creer que la riqueza de un europeo hubiese sido capaz de proporcionar la principesca magnificencia que ard铆a y brillaba en todas partes.
Aunque, como ya he dicho, ya hab铆a salido el sol, el aposento segu铆a profusamente iluminado. Juzgu茅 por esta circunstancia, as铆 como por la expresi贸n de fatiga del rostro de mi amigo, que no se hab铆a acostado en toda la noche.
Tanto la arquitectura como la ornamentaci贸n de la c谩mara ten铆an por finalidad evidente la de deslumbrar y confundir. Poca atenci贸n se hab铆a prestado a lo que t茅cnicamente se denomina armon铆a, o a las caracter铆sticas nacionales. La mirada erraba de objeto en objeto, sin detenerse en ninguno, fueran los grotesques de los pintores griegos, las esculturas de las mejores 茅pocas italianas, o las pesadas tallas del r煤stico Egipto. Ricas colgaduras, en todos los 谩ngulos del aposento, vibraban bajo los acentos de una suave y melanc贸lica m煤sica cuyo origen era imposible adivinar. Los sentidos quedaban oprimidos por la mezcla de diversos perfumes que brotaban de extra帽os incensarios convolutos, junto con m煤ltiples lenguas oscilantes y resplandecientes de fuegos violeta y esmeralda. Los rayos del sol que apenas asomaban ca铆an sobre aquel conjunto a trav茅s de ventanas formadas por un solo cristal carmes铆. Saltando de un lado a otro, en mil refracciones, desde las cortinas que bajaban de sus cornisas como cataratas de plata fundida, los rayos del astro rey se mezclaban por fin con la luz artificial y ca铆an en masas vencidas y temblorosas sobre una alfombra tejida con riqu铆simo oro de Chile, que daba la impresi贸n de l铆quido.
-¡Ja, ja, ja! -ri贸 el se帽or de aquel palacio, ofreci茅ndome asiento y tendi茅ndose en una otomana-. Bien veo -agreg贸 al advertir que no alcanzaba a adaptarme inmediatamente a la biens茅ance de un recibimiento tan singular-, bien veo que est谩 usted asombrado de mi c谩mara, mis estatuas, mis pinturas, la originalidad de mi concepci贸n en materia de arquitectura y tapicer铆a… ¿Verdad que se siente como embriagado frente a mi magnificencia? Pero, perd贸neme usted, querido se帽or -y aqu铆 el tono de su voz descendi贸 hasta tocar el esp铆ritu mismo de la cordialidad-, perd贸neme mi poco caritativa risa. ¡Parec铆a usted tan completamente asombrado! Por lo dem谩s, ciertas cosas son a tal punto c贸micas, que uno tiene que re铆r o morirse. ¡Morirse de risa debe ser el m谩s glorioso de todos los fines! Sir Thomas More…, ¡y qu茅 hombre era sir Thomas More!…, muri贸 ri茅ndose, como usted sabe. En los Absurdos de Ravisius Textor hay una larga lista de personajes que terminaron de la misma magn铆fica manera. Y ha de saber usted -continu贸, pensativo- que en Esparta (que se llama ahora Palaeochori), hacia el oeste de la ciudadela, entre un caos de ruinas apenas visibles, existe una especie de socle, en el cual todav铆a son legibles las letras 螞螒危螠. Indudablemente, forman parte de 螜螘螞螒危螠螒. Ahora bien, en Esparta se alzaban mil templos y altares dedicados a mil divinidades distintas. ¡Qu茅 extraordinariamente raro que el altar de la Risa sea el 煤nico que ha sobrevivido a los dem谩s! Pero en este momento -agreg贸, mientras su voz y su actitud variaban extra帽amente- no tengo derecho de estar alegre a expensas de usted. Y no me extra帽a que se haya quedado estupefacto al entrar. Europa no es capaz de producir nada tan hermoso como mi peque帽o gabinete real. El resto de las habitaciones no se le parecen para nada; son simples ultras de insipidez a la moda. Pero esto es mejor que la moda, ¿no le parece? Y, sin embargo, bastar铆a que vieran este aposento para que se iniciara la moda m谩s furiosa… entre aquellos, claro est谩, que pudieran pagarla al precio de su entero patrimonio. Pero me he cuidado de semejante profanaci贸n. Salvo una persona, es usted el 煤nico ser humano, fuera de m铆 y de mi valet, que ha sido admitido en los misterios de estos aposentos reales desde el d铆a en que fueron adornados como puede verlo…
Me inclin茅 en se帽al de agradecimiento, ya que aquel lujo sobrecogedor, los perfumes, la m煤sica y la inesperada excentricidad del tono y la actitud de mi hu茅sped me imped铆an expresar con palabras lo que de otra manera hubieran constituido un elogio.
-Aqu铆 -dijo 茅l, levant谩ndose y apoy谩ndose en mi brazo, mientras 铆bamos de un lado a otro de la estancia-, aqu铆 hay pinturas desde los griegos hasta Cimabue, y de Cimabue hasta la hora actual. Muchas han sido escogidas, como puede usted ver, con muy poco respeto por las opiniones de los entendidos. Y, sin embargo, constituyen una decoraci贸n adecuada para un aposento como 茅ste. Hay asimismo algunos chefs d’oeuvre de grandes desconocidos… y aqu铆 figuran dibujos inconclusos de hombres que fueron celebrados en su d铆a y cuyos nombres han quedado reservados al silencio y a m铆, gracias a la perspicacia de las academias. ¿Qu茅 piensa usted -dijo, volvi茅ndose bruscamente mientras hablaba- de esta Madonna della Piet脿?
-¡Es la obra de Guido! -exclam茅 con todo el entusiasmo de mi esp铆ritu, pues hab铆a estado contemplando intensamente su incomparable hermosura-. ¡Es la obra de Guido! ¿C贸mo pudo usted obtenerla? ¡No cabe duda de que es en pintura lo que la Venus en escultura…!
-¡Ah! -dijo pensativamente-. Venus… la hermosa Venus… ¿La Venus de M茅dicis? ¿La de la peque帽a cabeza y el resplandeciente cabello? Parte del brazo izquierdo -aqu铆 su voz se torn贸 tan baja que me cost贸 o铆rla- y todo el derecho han sido restaurados; pienso que en la coqueter铆a de ese brazo derecho reside la quintaesencia de la afectaci贸n. ¡Para m铆, la Venus de Canova! El mismo Apolo es una copia… no cabe la menor duda… ¡Oh, est煤pido y ciego que soy, incapaz de alcanzar la tan mentada inspiraci贸n del Apolo! Perd贸neme usted, pero no puedo evitar…, ¡t茅ngame l谩stima!…, una preferencia por el Antinoo. ¿No fue S贸crates quien afirm贸 que el escultor encuentra su estatua en el bloque de m谩rmol? En ese caso, Miguel 脕ngel no se mostr贸 nada original en sus versos:
Non ha l’ottimo artista alcun concetto
Che un marmo solo in se non circonscriva.
Se ha afirmado -o deber铆a afirmarse- que en la actitud del verdadero gentleman cabe advertir siempre una diferencia con el comportamiento del hombre vulgar, sin que en el instante pueda precisarse en qu茅 consiste. Suponiendo que dicha observaci贸n se aplicara con toda su fuerza a la conducta exterior de mi amigo, aquella memorable ma帽ana sent铆 que correspond铆a referirla a煤n m谩s a su temperamento moral y a su car谩cter. Para definir esa peculiaridad de esp铆ritu que parec铆a apartarlo esencialmente del resto de los seres humanos, la llamar茅 un h谩bito de intenso y continuo pensamiento, que invad铆a incluso sus acciones m谩s triviales, penetraba en sus momentos de gozo y se entrelazaba con sus estallidos de alegr铆a, como los 谩spides que surgen de los ojos de las m谩scaras sonrientes en las cornisas de los templos de Pers茅polis.
No pude menos de observar, sin embargo, que, a pesar del tono alternado de liviandad y solemnidad que mi hu茅sped adoptaba para referirse a cuestiones de menuda importancia, hab铆a en 茅l una cierta vacilaci贸n, algo como un fervor nervioso en la acci贸n y la palabra, una inquieta excitabilidad de conducta que en todo momento me pareci贸 inexplicable y que a ratos lleg贸 a alarmarme. Con frecuencia, deteni茅ndose a mitad de una frase cuyo comienzo hab铆a aparentemente olvidado, qued谩base escuchando con la m谩s profunda atenci贸n, tal como si esperara la llegada de un visitante u oyera sonidos que s贸lo exist铆an en su imaginaci贸n.
Ocurri贸 que, durante una de esas enso帽aciones o pausas de aparente abstracci贸n, me puse a hojear la hermosa tragedia del poeta y humanista Poliziano, Orfeo -la primera tragedia italiana-, que hab铆a encontrado a mi alcance sobre una otomana. Al hacerlo, descubr铆 un pasaje subrayado con l谩piz. Correspond铆a al final del tercer acto, y era un fragmento apasionadamente emocionante un pasaje que, aunque manchado de impurezas, no podr铆a ser le铆do por hombre alguno sin despertar en 茅l nuevos estremecimientos y hacer suspirar a las mujeres. Aquella p谩gina estaba borrosa de l谩grimas reci茅n vertidas y, en la parte en blanco del folio opuesto, le铆 los siguientes versos en ingl茅s, escritos con una letra tan diferente de la muy singular de mi amigo, que al principio me cost贸 darme cuenta de que era la misma:
T煤 fuiste para m铆, oh amor,
todo lo que mi esp铆ritu anhelaba,
isla verde en el mar,
fuente y santuario,
con guirnaldas de frutas y de flores,
oh amor, que fueron m铆as.
¡Ah hermoso sue帽o, por hermoso ef铆mero!
¡Ah estrellada Esperanza que surgiste
para pronto morir!
Una voz del futuro me reclama:
-¡Adelante!¡Adelante!-. Mas se cierne
sobre el pasado (¡negro abismo!) mi alma
medrosa, inm贸vil, muda.
¡Ay, ya no est谩 conmigo
la luz de mi existencia!
«Ya nunca… nunca… nunca»
(as铆 murmura el mar solemne
a las arenas de la playa),
ya nunca el 谩rbol roto dar谩 flores
ni el 谩guila muriente alzar谩 su vuelo.
Hoy mis d铆as son vanos
y mis nocturnos sue帽os
andan all谩 donde tus ojos grises
miran, donde pisan tus plantas,
¡oh, en qu茅 danzas et茅reas, a la orilla
de it谩licos arroyos!
¡Ay, en qu茅 aciago d铆a
por el mar te llevaron
rob谩ndote al amor, para entregarte
a caducos blasones mancillados!
¡Rob谩ndote a mi amor, a nuestra tierra
donde lloran los sauces en la niebla!
Que aquellos versos hubieran sido escritos en ingl茅s -idioma con el cual no cre铆a familiarizado a mi hu茅sped- me sorprendi贸 poco. Demasiado sab铆a la extensi贸n de sus conocimientos y el singular placer que experimentaba en ocultarlos a los dem谩s. Pero el lugar donde estaba fechado el poema me caus贸, debo admitirlo, no poca confusi贸n. La palabra original era Londres, y, aunque aparec铆a cuidadosamente tachada, pod铆a, sin embargo, ser descifrada por un ojo escrutador. He dicho que me caus贸 no poca confusi贸n, pues bien recordaba una conversaci贸n anterior con mi amigo durante la cual le preguntara si alguna vez hab铆a conocido en Londres a la marquesa de Mentoni (la cual resid铆a en aquella capital antes de su matrimonio); si no me equivoco, su respuesta me dio a entender que jam谩s hab铆a pisado la metr贸poli inglesa. Bien puedo mencionar de paso que muchas veces hab铆a o铆do decir (sin dar cr茅dito a un rumor, al parecer, tan improbable) que el hombre de quien hablo era no s贸lo por su nacimiento, sino por su educaci贸n, ingl茅s.
* * *
-Hay una pintura -dijo 茅l, sin advertir que yo hab铆a estado leyendo la tragedia- que todav铆a no ha visto usted.
Y, apartando una colgadura, descubri贸 un retrato de tama帽o natural de la marquesa Afrodita.
El arte humano no pod铆a haber hecho m谩s en el trazado de su belleza sobrehumana. La misma et茅rea figura que se alzaba ante m铆 la noche anterior en la escalinata del Palacio Ducal volv铆a a ofrecerse a mis ojos. Pero en la expresi贸n de su rostro, que resplandec铆a sonriente, se insinuaba -¡incomprensible anomal铆a!- esa incierta m谩cula de melancol铆a, que siempre ser谩 inseparable de la perfecci贸n de la hermosura.
El brazo derecho de la marquesa aparec铆a doblado sobre el seno. Con el izquierdo mostraba, en la parte inferior del cuadro, un vaso de extra帽a factura. Un diminuto pie como de hada, apenas visible, parec铆a rozar la tierra; y, apenas discernible en la brillante atm贸sfera que parec铆a circundar y envolver su belleza, flotaba un par de alas de la m谩s delicada concepci贸n.
Mis ojos pasaron de la pintura a la figura de mi amigo, y las vigorosas palabras del Bussy d’Ambois de Chapman subieron instintivamente a mis labios:
Est谩 erguido
Como una estatua romana. ¡Y as铆 permanecer谩
Hasta que la muerte lo haya vuelto m谩rmol!
-¡Vamos! -exclam贸 por fin, volvi茅ndose hacia una mesa de plata maciza, ricamente esmaltada, sobre la cual aparec铆an algunas copas fant谩sticamente coloreadas, juntamente con dos grandes vasos etruscos, semejantes en su factura al extraordinario modelo que aparec铆a en la parte inferior del retrato, y llenos de lo que me pareci贸 ser Johannisberger.
-¡Vamos! -repiti贸 bruscamente-. Es muy temprano, pero lo mismo beberemos. S铆, ciertamente es temprano -continu贸 pensativo, en momentos en que un querub铆n descargaba su pesado martillo de oro, haciendo resonar la estancia con la primera hora posterior a la salida del sol-. ¡Oh, s铆, es temprano! Pero, ¿qu茅 importa? ¡Bebamos! ¡Brindemos como ofrenda a ese solemne sol que nuestras brillantes l谩mparas e incensarios se obstinan en someter!
Y, despu茅s de brindar conmigo, bebi贸 sucesivamente varias copas de vino.
-So帽ar -continu贸, recobrando el tono de su inconexa conversaci贸n-, so帽ar ha constituido el fin de mi vida. Por eso he construido, como ve usted, este lugar para los sue帽os. ¿Podr铆a haber creado uno mejor en pleno coraz贸n de Venecia? Cierto que lo que se percibe es una mezcla de ornamentaciones arquitect贸nicas. La castidad j贸nica se ve ofendida por las formas antediluvianas, y las esfinges egipcias se tienden sobre alfombras de oro. Sin embargo, el efecto s贸lo resulta incongruente para un esp铆ritu t铆mido. Las unidades, las convenciones de lugar y, sobre todo, de tiempo, son los espantajos que aterran a la humanidad y la apartan de la contemplaci贸n de las magnificencias. Yo mismo profes茅 en un tiempo ese rigor, pero semejante sublimaci贸n de la locura acab贸 por estragar mi alma. Lo que ahora me rodea es lo m谩s adecuado a mi prop贸sito. Como esos incensarios de arabescos, mi esp铆ritu se retuerce en el fuego, y el delirio de esta escena me prepara a las visiones m谩s exaltadas de esa tierra de sue帽os reales hacia donde voy a partir en seguida.
Det煤vose bruscamente, dej贸 caer la cabeza sobre el pecho y pareci贸 escuchar un sonido que mis o铆dos no percib铆an. Por fin, enderez谩ndose, mir贸 hacia arriba y prorrumpi贸 en los versos del obispo de Chichester:
¡Esp茅rame all谩! Yo ir茅 a encontrarte
En el profundo valle.
Un instante despu茅s, cediendo a la fuerza del vino, se dej贸 caer cuan largo era sobre una otomana.
Oy茅ronse pasos presurosos en la escalera y resonaron pesados golpes en la puerta. Me dispon铆a a impedir que volvieran a molestarnos cuando un paje de la casa de Mentoni irrumpi贸 en el aposento y grit贸, con palabras que la emoci贸n ahogaba y volv铆a incoherentes:
-¡Mi se帽ora… mi se帽ora… envenenada… envenenada…! ¡Oh la hermosa… la hermosa Afrodita!
Estupefacto, me precipit茅 a la otomana y trat茅 de que el durmiente recobrara el uso de los sentidos. Pero sus miembros estaban r铆gidos, l铆vidos los labios, y aquellos ojos brillantes aparec铆an ahora fijos para siempre por la muerte. Retroced铆 tambale谩ndome hasta la mesa y mi mano cay贸 sobre una copa rota y ennegrecida. Y la conciencia de la entera, de la terrible verdad, se abri贸 paso como un rayo en mi alma.
FIN

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