Era una aut茅ntica casa antigua de muy curios descripci贸n, en la que abundaban las viejas tallas las vigas, los tablones, y que ten铆a una excelente antigua caja de escalera con una galer铆a o escales superior separada de la primera por una curiosa estacada de roble viejo o de caoba de Honduras. Es y seguir谩 siendo durante muchos a帽os una casa de notable pintoresquismo; y en la profundidad d los viejos tablones de caoba habitaba un misterio grave, como si fueran lagunas profundas de agua o,, cura, como las que sin duda hab铆an existido entre ellos cuando eran 谩rboles, dando al conjunto un car谩cter muy misterioso a la ca铆da de la noche.
Cuando nada m谩s bajar del coche el se帽or Goodchild y se帽or Idle se presentaron por primera vez en la puerta y penetraron en el sombr铆o y hermoso sal贸n, fueron recibidos por media docena d ancianos silenciosos vestidos de negro, todos exactamente igual, que se deslizaron escaleras arriba junto a los serviciales propietario y camarero, pero sin que pareciera que se estuvieran entrometiendo en su camino, o les importara si lo estaban haciendo no, y que se apartaron hacia la derecha y la izquierda de la vieja escalera cuando los hu茅spedes entraron en la sala de estar. Era un d铆a claro y brillante, pero al cerrar la puerta el se帽or Goodchild dijo:
—¿Qui茅n demonios son esos ancianos?
Y poco despu茅s, cuando ambos salieron y entraron, no observaron que hubiera anciano alguno. Desde entonces los ancianos no volvieron a reaparecer, ni siquiera uno de ellos. Los dos amigos hab铆an pasado una noche en la casa pero no hab铆an vuelto a verlos. El se帽or Goodchild pase贸 por la casa, revis贸 los pasillos y mir贸 en las puertas, pero no encontr贸 ning煤n anciano; por lo visto, ning煤n miembro del establecimiento echaba en falta a anciano alguno ni lo esperaba.
Otra circunstancia extra帽a llam贸 la atenci贸n de los dos amigos. Era que la puerta de la sala de estar no se quedaba quieta un cuarto de hora entero. La abr铆an con titubeos, o confiadamente, la abr铆an un poco, o mucho, pero siempre la volv铆an a cerrar de golpe sin una palabra de explicaci贸n. Los dos amigos estaban leyendo, o escribiendo, o comiendo, bebiendo, hablando o dormitando; la puerta se abr铆a siempre en un momento inesperado y ambos miraban hacia ella, la volv铆an a cerrar de nuevo y no ve铆an a nadie. Cuando esto hab铆a sucedido ya unas cincuenta veces, el se帽or Goodchild le dijo a su compa帽ero en tono de broma:
—Tom, empiezo a pensar que hab铆a algo raro en aquellos seis ancianos.
Lleg贸 la segunda noche y ellos estaban escribiendo desde hac铆a dos o tres horas; escrib铆an una parte de las perezosas notas de las que se han sacado estas perezosas p谩ginas. Hab铆an dejado de escribir, depositando las gafas sobre la mesa, entre ellos. La casa estaba cerrada y tranquila. Alrededor de la cabeza de Thomas Idle, que estaba acostado en su sof谩, se hallaban suspendidas guirnaldas de humo fragante Las sienes de Francis Goodchild se hallaban similarmente decoradas mientras estaba recostado hacia, atr谩s en su sill贸n, con las dos manos entrelazada: tras la cabeza y las piernas cruzadas.
Hab铆an estado hablando de varios temas, sin omitir el de los extra帽os ancianos, y se encontraban ocupados todav铆a en esa conversaci贸n cuando el se帽or Goodchild cambi贸 de actitud abruptamente a tiempo que se pon铆a a darle cuerda a su reloj. Empezaban a sentirse lo bastante adormecidos como par, dejar de hablar por una actividad tan ligera. Thomas ldle, que estaba hablando en ese momento, s, detuvo y pregunt贸:
—¿Qu茅 hora es?
—La una—contest贸 Goodchild.
Y como si hubiese ordenado algo a uno de lo, ancianos, y la orden fuera ejecutada con prontitud (y a decir verdad todas las 贸rdenes eran obedecida, as铆 en aquel excelente hotel), se abri贸 la puerta i apareci贸 en ella uno de los ancianos. No entr贸, sino que se qued贸 en pie con la mano en la puerta.
—¡Tom, por fin, uno de los seis! —exclam贸 el se帽or Goodchild con un susurro de sorpresa—. ¿En qu茅 puedo servirle, se帽or?
—¿En qu茅 puedo servirle, se帽or? —repiti贸 el anciano.
—Yo no llam茅.
—La campana lo hizo —replic贸 el anciano.
Dijo campana de un modo profundo y potente, como si se estuviera refiriendo a la campana de la iglesia.
—Creo que tuve el placer de verle ayer—coment贸 Goodchild.
—No puedo estar seguro de ello —fue la respuesta del ce帽udo anciano.
—Creo que me vio, ¿no le parece?
—¿Le vi? —pregunt贸 el anciano—. Claro que le vi. Pero veo a muchos que nunca me ven a m铆.
Era un anciano reservado, lento, terroso y estable. Un anciano cadav茅rico de lenguaje calibrado. Un anciano que parec铆a incapaz de pesta帽ear, como si le hubieran clavado los p谩rpados a la frente. Un anciano cuyos ojos, dos puntos de fuego, no ten铆an m谩s movimiento que el que le permitir铆a el hecho de tenerlos unidos con la nuca por unos tornillos que le atravesaran el cr谩neo y estuvieran remachados y sujetos por el exterior, entre su cabello gris.
La noche se hab铆a vuelto tan fr铆a para la capacidad sensorial del se帽or Goodchild que se estremeci贸. Coment贸 a la ligera, como excus谩ndose:
—Me da la impresi贸n de que hay alguien caminando sobre mi tumba.
—No —repuso el extra帽o anciano—. No hay nadie all铆.
El se帽or Goodchild mir贸 a ldle, pero 茅ste estaba con la cabeza envuelta en humo.
—¿Que no hay nadie all铆? —dijo Goodchild.
—No hay nadie en su tumba, se lo aseguro —contest贸 el anciano.
Hab铆a entrado y cerrado la puerta, y ahora se sent贸. No se dobl贸 para sentarse como hacen las otras personas, sino que dio la impresi贸n de hundirse mientras estaba erguido, como si cayera en un cuerpo de agua, hasta que la silla le detuvo.
—Mi amigo, el se帽or Idle —dijo Goodchild, deseoso de introducir a una tercera persona en la conversaci贸n.
—Estoy al servicio del se帽or Idle —dijo el anciano sin mirarle.
—Si vive usted aqu铆 desde hace tiempo —empez贸 a decir Francis Goodchild.
—As铆 es.
—Entonces quiz谩 pueda aclararnos una cuesti贸n acerca de la cual mi amigo y yo dud谩bamos esta ma帽ana. Han ahorcado criminales en el castillo, ¿no es as铆?
—As铆 lo creo —contest贸 el anciano.
—¿Les colocan con el rostro vuelto hacia esa noble vista?
—Te colocan la cabeza de cara al muro del castillo —repuso el otro—. Cuando est谩s colgado, ves que sus piedras se expanden y contraen violentamente, y una expansi贸n y contracci贸n similares parecen tener lugar en tu propia cabeza y en tu pecho. Luego se produce una acometida de fuego y un terremoto, y el castillo salta por el aire y t煤 caes por un precipicio.
Daba la impresi贸n de que le molestaba la corbata. Se llev贸 la mano a la garganta y movi贸 el cuello de un lado a otro. Era un anciano cuya cara estaba como hinchada, y la nariz vuelta e inm贸vil hacia un lado, como si tuviera un peque帽o gancho insertado en esa ventanilla. El se帽or Goodchild se sent铆a muy inc贸modo y empez贸 a pensar que la noche era calurosa, en lugar de fr铆a.
—Una potente descripci贸n, se帽or —coment贸.
—Una sensaci贸n potente —le corrigi贸 el anciano.
El se帽or Goodchild volvi贸 a mirar al se帽or Thomas Idle, pero Thomas estaba boca arriba con el rostro atento y vuelto hacia el anciano, sin hacer se帽al alguna de reconocimiento. En ese momento le pareci贸 al se帽or Goodchild que unos hilos de fuego sal铆an de los ojos del anciano en direcci贸n a los suyos, y que se quedaban all铆. (El se帽or Goodchild, al escribir el presente relato de su experiencia, afirma con la mayor solemnidad que ten铆a la poderosa sensaci贸n de que desde ese momento le obligaban a mirar al anciano a trav茅s de esos dos hilos de fuego).
—Debo dec铆rselo —afirm贸 el anciano con una mirada p茅trea y fantasmal.
—¿Qu茅? —pregunt贸 Francis Goodchild.
—Usted sabe d贸nde sucedi贸. ¡Ah铆!
El se帽or Goodchild no pudo saber en ese momento, ni nunca lo sabr谩, si el anciano se帽alaba a la habitaci贸n de arriba, o a la de abajo, o a cualquier habitaci贸n de la antigua casa, o una habitaci贸n de alguna otra casa antigua de esa vieja ciudad. Se sinti贸 confundido por la circunstancia de que el 铆ndice de la mano derecha del anciano parec铆a introducirse en uno de los hilos de fuego, encenderse el propio dedo y hacer una embestida de fuego en el aire, como si se帽alara hacia alg煤n lugar. Y tras se帽alar, deshizo el gesto.
—Usted sabe que ella era una novia —dijo el anciano.
—S茅 que todav铆a env铆an tarta nupcial —coment贸 el se帽or Goodchild titubeando—. Esta atm贸sfera me resulta oprimente.
Ella era una novia, hab铆a dicho el anciano. Era una joven hermosa, de cabellos blondos y ojos grandes que no ten铆a car谩cter ni prop贸sito. Una nada d茅bil, cr茅dula, incapaz e indefensa. No como su madre. No, no. Lo que reflejaba era el car谩cter del padre.
La madre se hab铆a preocupado de asegur谩rselo todo para ella, para su propia vida, cuando el padre de esta joven (una ni帽a en aquel momento) muri贸 (de un desvalimiento total, no de otra enfermedad) y entonces 茅l renov贸 la amistad que en otro tiempo hab铆a tenido con la madre. Por dinero hab铆a dejado el campo libre al hombre de cabellos blondos y ojos grandes (o la no entidad). Pudo tolerar eso por dinero. Y quer铆a una compensaci贸n en dinero.
Por ello regres贸 al lado de aquella mujer, la madre, volvi贸 a enamorarla, bail贸 a su alrededor y se someti贸 a sus caprichos. Ella descarg贸 sobre 茅l todo capricho que tuviera, o pudiera inventar. Y 茅l lo soportaba. Y cuanto m谩s lo soportaba, m谩s quer铆a una compensaci贸n en dinero, y m谩s decidido estaba a obtenerlo.
¡Pero ay! Antes de que la obtuviera, ella le enga帽贸. En uno de sus estados imperiosos, se qued贸 congelada y no volvi贸 a descongelarse. Una noche se llev贸 las manos a la cabeza, lanz贸 un grito, se qued贸 r铆gida, permaneci贸 en esa actitud varias horas y muri贸. Y 茅l no hab铆a obtenido, todav铆a, una compensaci贸n en dinero. ¡Qu茅 el infierno se la llevase! Ni un solo penique.
La hab铆a odiado durante toda esa segunda relaci贸n y hab铆a ansiado vengarse de ella. Falsific贸 entonces la firma de ella en un documento en el que dejaba todo lo que ten铆a a su hija, de diez a帽os entonces, a quien traspasaba absolutamente todas sus propiedades, y se designaba a s铆 mismo como el tutor de la hija. Cuando desliz贸 el documento bajo la almohada de la cama en la que yac铆a ella, se inclin贸 sobre un o铆do sordo de la muerta y susurr贸:
—Orgullosa amante, hace tiempo que hab铆a decidido que, viva o muerta, me compensar铆as con dinero.
Y as铆 solo quedaban ya dos. 脡l y la hermosa y est煤pida hija de cabellos blondos y ojos grandes, que despu茅s se convertir铆a en la novia.
脡l la someti贸 a disciplina. En una casa retirada, oscura y oprimente, la someti贸 a disciplina con una mujer vigilante y poco escrupulosa.
—Mi digna dama —le dijo—: tiene ante usted una mente que ha de ser formada, eme ayudar谩 a formarla?
Acept贸 el encargo. Pues tambi茅n quer铆a compensaci贸n en dinero, y la hab铆a obtenido.
La joven fue formada para que tuviera miedo de 茅l, y en la convicci贸n de que no podr铆a escaparse. Desde el principio se le ense帽贸 a considerarlo como a su futuro esposo, al hombre que deb铆a casarse con ella, el destino que la ensombrec铆a, la certidumbre resignada de que nunca podr铆a escapar. La pobre tonta era como cera blanca y blanda en las manos de ellos, y adopt贸 la forma con la que la modelaron. se endureci贸 con el tiempo. Se convirti贸 en parte de si misma. Inseparable de s铆 misma hasta el punto d que esa forma solo se separar铆a de ella si le quitara la vida.
Durante once a帽os hab铆a habitado en la casa o: cura y su tenebroso jard铆n. 脡l ten铆a celos incluso d la luz y el aire que llegaban hasta ella, y procuraba mantenerla apartada. Ceg贸 las amplias chimenea: ocult贸 las peque帽as ventanas, dej贸 que una hiedra de fuertes tallos se esparciera a su capricho por la fachada de la casa, que el musgo se acumulara en lo frutales sin podar que hab铆a en el jard铆n de muro rojos, que la hierba creciera sobre sus senderos ver des y amarillos. La rode贸 de im谩genes de pena y desolaci贸n. Procur贸 que estuviera llena de miedo hacia el lugar y las historias que sobre 茅l le contaban, luego, con el pretexto de corregirla, la dejaba sola c la obligaba a que se encogiera en la oscuridad Cuando la mente de la joven se encontraba m谩s deprimida y llena de terrores, entonces sal铆a 茅l de uno de los lugares en los que se ocultaba para vigilarla, se presentaba como su 煤nico recurso.
As铆, siendo desde su ni帽ez la 煤nica encarnaci贸n que se presentaba ante su vida con el poder de obligar y el poder de aliviar, el poder de atar y el pode de soltar, quedaba asegurada la ascendencia sobre la debilidad de la joven. Ten铆a ella veinti煤n a帽os y veinti煤n d铆as cuando 茅l llev贸 a la tenebrosa casa a su boba, asustada y sumisa novia de tres semanas.
Para entonces hab铆a despedido ya a la institutriz, lo que le faltaba por hacer lo har铆a mejor solo, y una noche lluviosa llegaron al escenario de su prolongada preparaci贸n. Ella se volvi贸 hacia 茅l en el umbral con la lluvia goteando desde el porche y dijo:
—¡Ay, se帽or, ah铆 est谩 el reloj de la muerte sonando para m铆!
—¡Muy bien! ¿Y qu茅 si as铆 fuera? —respondi贸 茅l. —¡Ay, se帽or! ¡Tr谩teme amablemente y tenga piedad de m铆! Le suplico que me perdone. ¡Si me perdona har茅 cualquier cosa que usted quiera!
Eso se hab铆a convertido en la cantinela constante de la pobre tonta: “le suplico que me perdone. Perd贸neme.”
No merec铆a ni que la odiara, solo sent铆a desprecio por ella. Pero ella hab铆a estado mucho tiempo en su camino, y hac铆a tambi茅n tiempo que 茅l ya se hab铆a cansado, el trabajo estaba cerca del final y ten铆a que realizarlo.
—¡Est煤pida, sube las escaleras! —exclam贸 茅l.
Ella obedeci贸 inmediatamente, murmurando: “har茅 todo lo que usted desee. Cuando entr贸 en el dormitorio de la novia, habi茅ndose retrasado un poco por las fuertes cerraduras que ten铆a la puerta principal pues estaban solos en la casa, ya que hab铆a dispuesto que el personal de servicio tuviera libre el d铆a), la encontr贸 acobardada en la esquina m谩s lejana, y all铆 de pie se apretaba contra las tablas de la pared como si quisiera meterse entre ellas. Ten铆a su cabello blondo alborotado sobre el rostro, y sus ojos grandes le miraban con un terror vago.
—¿De qu茅 tienes miedo? Ven y si茅ntate a mi lado. —Har茅 todo lo que quiera. Le suplico que me perdone, se帽or. ¡Perd贸neme! —le dijo con su mon贸tona cantinela, tal como acostumbraba.
—Ellen, ma帽ana tendr谩s que escribir esto, de propio pu帽o y letra. Tambi茅n procurar谩s que otros te vean atareada en hacerlo. Cuando lo hayas escrito todo perfectamente, y corregido todos los errores, llama a dos personas que haya en la casa y firma con tu nombre delante de ellos. Despu茅s m茅tetelo en el pecho para que est茅 a salvo, y cuando ma帽ana por la noche me vuelva a sentar aqu铆, me lo das.
As铆 lo har茅 todo, con el m谩ximo cuidado. Har茅 todo lo que usted desee.
—Entonces no tiembles ni vaciles.
—Har茅 todo lo posible para evitarlo… ¡si usted me perdona!
Al d铆a siguiente ella se sent贸 en el escritorio e hizo todo tal como se lo hab铆an pedido. Con frecuencia 茅l entraba y sal铆a de la habitaci贸n, para observarla, y la ve铆a siempre escribiendo lenta y laboriosamente: repiti茅ndose en voz alta las palabras que copiaba, con una apariencia totalmente mec谩nica, y sin preocuparse ni esforzarse por entenderlas, salvo de cumplir el encargo. 脡l vio que segu铆a las 贸rdenes que hab铆a recibido en todos los aspectos; y por la noche, cuando estaban a solas de nuevo en el mismo dormitorio de la novia, 茅l acerc贸 su silla junto al hogar, ella se le acerc贸 t铆midamente desde su distante asiento, sac贸 el papel del pecho y se lo puso a 茅l en la mano.
Ese documento le conced铆a todas las posesiones de la joven en caso de que muriera. Coloc贸 a la joven ante 茅l, cara a cara, para poder mirarla fijamente, y le pregunt贸 con numerosas y claras palabras, ni m谩s ni menos que las necesarias, si sab铆a lo que iba a pasar. Hab铆a manchas de tinta en el pecho de su vestido blanco, y hac铆a que su rostro pareciera todav铆a m谩s marchito, y sus ojos m谩s grandes, cuando asinti贸 con la cabeza. Hab铆a manchas de tinta en la mano que extendi贸 ante 茅l poni茅ndose de pie, con la que se alis贸 y arregl贸 nerviosamente su falda blanca.
La cogi贸 por el brazo, la mir贸 al rostro todav铆a con mayor fijeza y atenci贸n, y le dijo:
—¡Y ahora, muere! He terminado contigo.
Ella se encogi贸 y lanz贸 un grito bajo y reprimido.
—No voy a matarte. No pondr茅 en peligro mi vida por ti. ¡Muere!
Y a partir de ese momento, un d铆a tras otro, una noche tras otra se sent贸 delante de ella, en su tenebroso dormitorio, pronunciando la palabra o transmiti茅ndosela con la mirada. Siempre que levantaba sus ojos grandes y carentes de significado desde las manos en las que enterraba la cabeza hasta la figura r铆gida que estaba sentada en la silla con los brazos cruzados y la frente enarcada, le铆a en los ojos del hombre: “¡muere! Cuando ca铆a dormida, agotada, recuperaba estremecida la conciencia oyendo en susurros: “¡muere! Cuando ca铆a en su viejo ruego de ser perdonada, la respuesta era a煤n: “¡muere! Despu茅s de haber pasado despierta y sufriendo la larga noche, cuando el sol naciente llameaba en la habitaci贸n sombr铆a, o铆a como saludo:
—¿Un d铆a m谩s y no te has muerto? ¡Muere! Encerrada en la des茅rtica mansi贸n, apartada d toda la humanidad y entregada a esa lucha sin respiro alguno, lleg贸 a esta conclusi贸n, que ella, o 茅l, ten铆an que morir. 脡l lo sab铆a muy bien, y por ello con centr贸 su fuerza contra la debilidad de la mujer Una hora tras otra la sujetaba por un brazo hasta que 茅ste se pon铆a negro, y le ordenaba que muriera Y sucedi贸, una ma帽ana ventosa, antes del amanecer. 脡l calcul贸 que deb铆an ser las cuatro y media pero no pod铆a estar seguro porque se hab铆a olvidado de darle cuerda al reloj y se hab铆a parado. Ella se hab铆a apartado de 茅l durante la noche con gritos repentinos y fuertes, los primeros que hab铆a expresa do as铆, y 茅l tuvo que taparle la boca con las manos Desde ese momento ella se hab铆a quedado quieta en la esquina entablada en la que se hab铆a dejado caer,, 茅l la hab铆a dejado y hab铆a vuelto a su silla, sent谩ndose con los brazos cruzados y la frente ce帽uda.
M谩s p谩lida bajo la p谩lida luz, m谩s incolora que, nunca en el amanecer plomizo, la vio acercarse arrastr谩ndose por el suelo hacia 茅l: una ruina p谩lida deformada por los cabellos, el vestido y los ojos salvajes, impuls谩ndose hacia delante con una man铆 doblada e irresuelta.
—¡Ay, perd贸neme! Har茅 cualquier cosa. ¡Ay, se帽or, le ruego que me diga que puedo vivir!
—¡Muere!
—¿Tan decidido est谩? ¿No hay esperanza para m铆?
—¡Muere!
Ella tens贸 sus grandes ojos por la sorpresa y el miedo; la sorpresa y el miedo se transformaron en reproche; y el reproche en una nada vac铆a. Estaba hecho. Al principio 茅l no se sinti贸 muy seguro, salvo de que el sol de la ma帽ana estaba colgando joyas en los cabellos de la joven. Vio el diamante, la esmeralda y el rub铆 brillando en peque帽os puntos mientras la miraba, hasta que la levant贸 y la dej贸 sobre la cama.
Fue enterrada enseguida, y ahora todos se hab铆an ido y 茅l hab铆a tenido su compensaci贸n.
Ten铆a pensado viajar. Eso no significaba que quisiera malgastar su dinero, pues era un hombre ahorrativo y amaba terriblemente el dinero (en realidad, m谩s que cualquier otra cosa), pero se hab铆a cansado de la casa desolada y deseaba volverle la espalda y olvidarla. Sin embargo, la casa val铆a dinero, y el dinero no deb铆a tirarse. Decidi贸 venderla antes de partir. Para que no pareciera tan en ruinas y obtener as铆 un precio mejor, contrat贸 algunos trabajadores para que asearan el jard铆n, cubierto de malas hierbas; para que cortaran el tronco muerto, podaran la hiedra que ca铆a en enormes masas sobre las ventanas y el frente de la casa, y para que limpiaran los caminos, en los que la hierba llegaba hasta la mitad de la pierna.
脡l mismo trabaj贸 con ellos. Trabaj贸 m谩s tiempo que ellos, y una tarde, al oscurecer, se qued贸 trabajando a solas con el hocejo en la mano. Era una tarde de oto帽o y la novia llevaba ya cinco semanas muerta.
“Est谩 oscureciendo demasiado para seguir trabajando —se dijo a s铆 mismo—. Terminar茅 por hoy Detestaba la casa y le horrorizaba entrar en ella Contempl贸 el porche oscuro, que le aguardaba como si fuera una tumba y comprendi贸 que era una casa maldita. Cerca del porche, y cerca de donde t estaba, hab铆a un 谩rbol cuyas ramas ondulaban frente al mirador del dormitorio de la novia, donde todo hab铆a sucedido. De pronto el 谩rbol se meci贸 le sobresalt贸. Volvi贸 a moverse, aunque la noche era tranquila. Al levantar la vista y mirar hacia 茅l, vi una figura entre las ramas.
Era la figura de un hombre joven. Miraba hacia abajo, mientras 茅l levantaba la vista; las ramas crujieron y se movieron; la figura descendi贸 r谩pida mente y se desliz贸 hasta hallarse frente a 茅l. Era u joven esbelto, aproximadamente de la edad de la novia, de largos cabellos de color casta帽o claro.
—¿Qu茅 tipo de ladr贸n eres t煤? —le pregunt贸 cogiendo al joven por el cuello.
El joven, al moverse para quedar libre, le lanz贸 un golpe con el brazo que le dio en la cara y la garganta. Se enzarzaron, pero el joven se liber贸 de 茅l retrocedi贸 gritando con gran ansiedad y horror:
—¡No me toques! ¡Antes preferir铆a que me toca el diablo!
Se qued贸 quieto, con el hocejo en la mano, mirando al joven. Pues la mirada del joven era como complemento de la 煤ltima mirada de la novia, y n hab铆a esperado volver a verla de nuevo.
—No soy un ladr贸n. Pero aunque lo fuera, no coger铆a una sola moneda de tu tesoro, aunque con ella pudiera comprarme las Indias. ¡Asesino!
—¿C贸mo?
—Hace ya casi cuatro a帽os que me sub铆 ah铆 por primera vez —dijo el joven se帽alando hacia el 谩rbol—. Me sub铆 ah铆 para verla. La vi. Habl茅 con ella. Y me he subido al 谩rbol muchas veces para verla y escucharla. Yo era un muchacho, escondido entre las ramas, cuando desde ese mirador me dio esto.
Le ense帽贸 una trenza de cabello blondo atada con una cinta de luto.
—Su vida fue una vida de lamentaciones —sigui贸 diciendo el joven—. Me dio esto como prenda y se帽al de que estaba muerta para todos salvo para ti. De haber tenido m谩s edad, o de haberla visto antes, la habr铆a salvado de ti. ¡Pero ya estaba atrapada en la tela de ara帽a la primera vez que me sub铆 al 谩rbol, y no pod铆a hacer ya nada para liberarla!
Al decir estas palabras tuvo un ataque de sollozos y llantos: d茅bilmente al principio, y luego m谩s apasionados.
—¡Asesino! Estaba subido al 谩rbol la noche en que la trajiste de nuevo aqu铆. Aqu铆, en el 谩rbol, la o铆 hablar de la muerte que vigilaba en la puerta. Por tres veces estuve en el 谩rbol mientras te encerrabas con ella, mat谩ndola lentamente. Desde el 谩rbol la vi yacer muerta sobre la cama. Desde el 谩rbol te he vigilado buscando pruebas y rastros de tu culpa. C贸mo lo hiciste sigue siendo un misterio para m铆, pero te perseguir茅 hasta que entregues tu vida al verdugo. Hasta ese momento no te librar谩s de m铆. ¡La amaba! No puedo conocer la piedad hacia ti. Asesino, ¡la amaba!
El joven, que hab铆a perdido el sombrero alba del 谩rbol, ten铆a la cabeza pelada. Se dirigi贸 hacia puerta. Para llegar hasta ella ten铆a que pasar junto asesino. Cab铆an, entre uno y otro, dos carruajes los antiguos, y el horror del joven, que se expresa abiertamente en todos los rasgos de su rostro y toe los miembros de su cuerpo, si茅ndole muy dif铆cil soportar, le hac铆a mantenerse a distancia. 脡l (me refiero al otro) no hab铆a movido ni mano ni pie des que se qued贸 quieto para mirar al muchacho. Ah铆 gir贸 para seguirle con la mirada. Cuando vio la m de color casta帽o claro ante 茅l, vio tambi茅n una curva rojiza que iba desde su mano hasta la cabeza del muchacho. Y vio tambi茅n desde el principio d贸nde hab铆a ca铆do, y digo hab铆a ca铆do y no caer铆a, pues percibi贸 claramente que todo hab铆a sucedido antes de c 茅l lo hiciera. Le abri贸 la cabeza y se qued贸 all铆, y el muchacho cay贸 boca arriba.
Por la noche enterr贸 el cuerpo, al pie del 谩rbol En cuanto sali贸 la luz de la ma帽ana, se dedic贸 a mover todo el terreno que hab铆a alrededor del 谩rbol a cortar y podar los matorrales y las hierbas que lo rodeaban. Cuando llegaron los trabajadores, no ha all铆 nada sospechoso; y por ello nada sospechara
Pero en un momento hab铆a desbaratado to, sus precauciones destruyendo el triunfo del p que durante tanto tiempo hab铆a preparado y c con tanto 茅xito hab铆a llevado a cabo. Se hab铆a desembarazado de la novia, adquiriendo su fortuna sin poner en peligro su vida; pero ahora, por una muerte con la que nada hab铆a ganado, se ver铆a obligado a vivir para siempre con una cuerda alrededor del cuello.
Desde ese momento vivi贸 encadenado a la casa de la tristeza y el horror, que no pod铆a soportar. Temeroso de venderla o abandonarla, para evitar que pudieran descubrir el cad谩ver, se vio obligado a vivir en ella. Contrat贸 como criados a dos viejos, un hombre y una mujer; y habit贸 en la casa, temi茅ndola. Durante mucho tiempo su mayor dificultad fue el jard铆n. ¿Deb铆a mantenerlo cuidado, tendr铆a que permitir que volviera a su antiguo estado de abandono, cu谩l ser铆a la manera en la que probablemente llamar铆a menos la atenci贸n?
Tom贸 una decisi贸n intermedia consistente en trabajarlo 茅l mismo, en las horas libres de la tarde, pidiendo luego al viejo que le ayudara; pero nunca le dejaba a 茅ste que trabajara solo. Y 茅l mismo hizo un emparrado junto al 谩rbol, para poder sentarse all铆 y ver que estaba a salvo.
Conforme cambiaban las estaciones, y con ellas el 谩rbol, su mente percib铆a peligros siempre cambiantes. Cuando ten铆a hojas, pensaba que las ramas superiores estaban adoptando al crecer la forma de un hombre joven… que tomaban exactamente la forma de aquel joven, sentado en una horquilla que se mov铆a con el viento. Cuando ca铆an las hojas, pensaba que al caer del 谩rbol formaban letras sugerentes, o que tend铆an a amontonarse, sobre la tumba, formando un mont铆culo t铆pico de cementerio. Durante el invierno, cuando el 谩rbol estaba desnudo, cre铆a que las ramas mov铆an hacia 茅l el fantasma del golpe que hab铆a dado al joven, y le amenazaban abiertamente En la primavera, cuando la savia ascend铆a por tronco, se preguntaba si con ella no sub铆an part铆culas secas de sangre. De esa manera cada a帽o resultaba m谩s evidente que el anterior la figura del joven formada por hojas y agit谩ndose al viento.
Sin embargo, sigui贸 manejando m谩s y m谩s su dinero. Se dedicaba a negocios secretos, al negocio de oro en polvo, y a casi todos los negocios clandestinos que produc铆an grandes beneficios. En diez a帽o hab铆a multiplicado tantas veces su dinero que los comerciantes y transportistas que ten铆an tratos ce 茅l no ment铆an en absoluto cuando dec铆an que hab铆a incrementado su fortuna doce veces.
Hace cien a帽os que pose铆a esa riqueza, cuando gente pod铆a perderse f谩cilmente. Hab铆a o铆do que era el joven, por tener noticia de la b煤squeda que hab铆a organizado pero la b煤squeda fue abandona y el joven olvidado.
La ronda anual de cambios en el 谩rbol se hab铆a repetido diez veces desde que enterrara el cad谩ver pie del 谩rbol cuando se produjo en la zona una gran tormenta. Comenz贸 a medianoche y azot贸 la zona hasta la ma帽ana. Lo primero que oy贸 decir aquel ma帽ana al viejo criado fue que un rayo hab铆a golpeado el 谩rbol.
Hab铆a derribado el tronco de una manerasorprendente, parti茅ndolo en dos mitades marchitas una de ellas descansaba sobre la casa, y la otra sol una parte del viejo muro rojizo del jard铆n, en el que hab铆a abierto un boquete con la ca铆da. La fisura hab铆a abierto el 谩rbol hasta un poco por encima de la tierra, deteni茅ndose all铆. Exist铆a gran curiosidad por ver el 谩rbol, y al revivir sus antiguos miedos se sent贸 en su emparrado, como un anciano, a observar a la gente que acud铆a a verlo.
Empezaron a llegar r谩pidamente, y en tan gran n煤mero que cerr贸 la puerta del jard铆n y se neg贸 a dejar entrar a nadie. Pero unos cient铆ficos llegaron desde muy lejos para examinar el 谩rbol y en mala hora les dej贸 pasar… ¡que el diablo les confunda!
Los cient铆ficos quer铆an cavar hasta la ra铆ces para examinarlas atentamente, lo mismo que la tierra que hab铆a encima. ¡Jam谩s, mientras 茅l viviera! Le ofrecieron dinero por ello. ¡Ellos! Hombres de ciencia a los que podr铆a haber comprado por entero con un trazo de su pluma. Les ense帽贸 de nuevo la puerta del jard铆n, la cerr贸 y asegur贸 con una barra.
Pero estaban dispuestos a hacer lo que deseaban, por lo que sobornaron al viejo criado, un miserable desagradecido que se quejaba siempre al recibir su salario de que le estaba pagando poco, y se introdujeron en el jard铆n por la noche con linternas, picos y palas para cavar junto al 谩rbol. 脡l estaba acostado en la habitaci贸n de la torreta, al otro lado de la casa, pues no se hab铆a vuelto a ocupar el dormitorio de la novia, pero so帽贸 enseguida con picos y palas y se levant贸.
Acudi贸 junto a una ventana alta de aquel lado, desde donde pudo ver las linternas, a los cient铆ficos, y la tierra suelta formando un mont铆culo que 茅l mismo en otro tiempo hab铆a hecho y hab铆a vuelto a poner en el suelo, y finalmente, surgi贸 a la vista. ¡L, encontraron! Lo iluminaron un momento. Se inclinaron sobre 茅l hasta que uno de ellos dijo:
—El cr谩neo est谩 fracturado.
—Mira aqu铆 los huesos —a帽adi贸 otro.
—Y aqu铆 la ropa —replic贸 otro m谩s.
Y entonces el primero de ellos volvi贸 a cavar exclam贸:
—¡Un hocejo oxidado!
Al d铆a siguiente dio cuenta de que estaba sometido a una vigilancia estricta y de que no pod铆a i a parte alguna sin que le siguieran. Antes de que transcurriera una semana fue encarcelado y confinado. Gradualmente las circunstancias se fueros uniendo en su contra, con desesperada malicia y terrible ingenio. ¡Vea c贸mo es la justicia de los hombres, y c贸mo lleg贸 hasta 茅l! Acab贸 siendo acusado d haber envenenado a la joven en su dormitorio. ¡Precisamente 茅l, que cuidadosa y expresamente hab铆a evitado poner en peligro un cabello de su cabeza por causa de la novia, y que la hab铆a visto morir por su propia incapacidad!
Hubo dudas con respecto a cu谩l de los dos asesinatos deber铆a juzg谩rsele primero; pero eligieron el aut茅ntico, le consideraron culpable y le condenaron a muerte. ¡Infelices sedientos de sangre! Le habr铆a considerado culpable de cualquier cosa, tan decididos estaban a quitarle la vida.
Su dinero no pudo salvarle y fue ahorcado. 脡l soy yo, y fui ahorcado en el castillo de Lancaster de cara al muro hace ya cien a帽os.
Ante esa afirmaci贸n terrible el se帽or Goodchild trat贸 de levantarse y gritar. Pero las dos l铆neas de fuego que sal铆an de los ojos del anciano y llegaban a los suyos, le mantuvieron quieto y no pudo emitir un sonido. Sin embargo, su sentido del o铆do era agudo y pudo darse cuenta de que el reloj daba las dos. ¡Y en cuanto el reloj dio esa hora vio ante 茅l a dos ancianos!
Dos.
Los ojos de cada uno de ellos se conectaban con los suyos mediante dos pel铆culas de fuego; cada una exactamente igual a la otra; cada una dirigida hacia 茅l en el mismo instante; cada una rechinando los mismos dientes en la misma cabeza, con la misma nariz torcida por encima, y la misma expresi贸n difusa a su alrededor. Dos ancianos. Que no se diferenciaban en nada, igualmente discernibles, con la copia de la misma intensidad que el original, y el segundo tan real como el primero.
—¿A qu茅 hora lleg贸 a la puerta de abajo? —preguntaron los dos ancianos.
A las seis.
—¡Y hab铆a seis ancianos en las escaleras!
Despu茅s de que el se帽or Goodchild se limpiara el sudor de la frente, o intentara hacerlo, los dos ancianos dijeron con una sola voz y utilizando la primera persona del singular:
—Hab铆a sido anatomizado, pero todav铆a no hab铆an unido mi esqueleto para colgarlo en un gancho de hierro cuando empez贸 a susurrarse que la habitaci贸n de la novia estaba encantada. Estaba encantada, y yo estaba all铆. Nosotros est谩bamos all铆. Ella y yo lo est谩bamos. Yo, en la silla junto al hogar; ella, de nuevo una ruina p谩lida, arrastr谩ndose por el suelo hacia m铆. Pero no era yo el que hablaba ya, y la 煤nica palabra que ella me dec铆a desde la medianoche hasta el alba era: “¡vive!”
All铆 estaba, adem谩s, la juventud. En el 谩rbol plantado junto a la ventana. Entrando y saliendo con la luz de la luna, mientras el 谩rbol se inclinaba y estiraba. Desde siempre estuvo 茅l all铆, observ谩ndome en mi tormento; revel谩ndoseme a ratos, bajo las luces p谩lidas y las sombras pizarrosas por las que entra y sale, con la cabeza pelada y un hocejo clavado sesgadamente en su cabello.
En el dormitorio de la novia, todas las noches hasta el amanecer, exceptuando un mes al a帽o, por lo que ahora le dir茅, 茅l se esconde en el 谩rbol y ella viene hacia m铆 arrastr谩ndose por el suelo, acerc谩ndose siempre, sin llegar nunca, visible siempre como por la luz de la luna, tanto si 茅sta brilla como si no, diciendo siempre desde medianoche hasta el alba su 煤nica palabra: “¡vive!”
Pero en el mes en que me obligaron a abandonar esta vida, este mes presente de treinta d铆as, el dormitorio de la novia est谩 vac铆o y tranquilo. Pero no mi antiguo calabozo. No las habitaciones en las que durante diez a帽os habit茅 inquieto y temeroso. Entonces son 茅stas las que est谩n encantadas. A la una de la ma帽ana, soy lo que vio cuando el reloj dio esa hora: un anciano. A las dos de la ma帽ana, soy dos ancianos. Y tres a las tres. A las doce del mediod铆a soy doce ancianos, uno por cada ciento por ciento de mis beneficios. Y cada uno de los doce con doce veces mi capacidad de sufrimiento y agon铆a. Desde esa hora hasta las doce de la noche, yo, doce hombres que presagian angustia y miedo, aguardan la llegada del verdugo. ¡A las doce de la noche, yo, doce hombres desconectados, que oscilan invisibles fuera del castillo de Lancaster, con doce rostros frente al muro!
Cuando el dormitorio de la novia fue encantado por primera vez, se me hizo saber que este castigo no cesar铆a nunca hasta que pudiera dar a conocer su naturaleza y mi historia a dos hombres vivos al mismo tiempo. A帽os y a帽os aguard茅 la llegada de dos hombres vivos al dormitorio de la novia. Por medios que ignoro entr贸 en mi conocimiento la idea de que si dos hombres vivos con los ojos abiertos pod铆an estar en el dormitorio de la novia a la una de la ma帽ana, me ver铆an sentado en mi silla.
Finalmente, los murmullos seg煤n los cuales la habitaci贸n estaba espiritualmente turbada atrajeron a dos hombres a intentar la aventura. Apenas hab铆a aparecido en el hogar a medianoche (me present茅 all铆 como si el rayo me hubiera lanzado a la existencia), cuando les o铆 subir las escaleras. Despu茅s les vi entrar. Uno de ellos era un hombre activo, audaz y alegre, en el punto culminante de su vida, de unos cuarenta y cinco a帽os de edad; el otro, unos doce a帽os m谩s joven. Llevaban una cesta con provisiones y botellas. Les acompa帽aba una mujer joven con le帽a y carb贸n para encender el fuego. Una vez prendido 茅ste, e hombre activo, audaz y alegre la acompa帽贸 por el pasillo exterior a la habitaci贸n hasta estar seguro de que hab铆a bajado a salvo las escaleras, y regres贸 riendo.
Cerr贸 la puerta, examin贸 el dormitorio, sac贸, los contenidos de la cesta coloc谩ndolos en la mes situada delante del fuego, llen贸 las copas, comi贸 bebi贸. Su compa帽ero, tan alegre y confiado como, 茅l, hizo lo mismo: aunque 茅l era el jefe. Una vez ce nados, colocaron las pistolas sobre la mesa, se volvieron de cara al fuego y empezaron a fumar pipa de tabaco extranjero.
Hab铆an viajado juntos, hab铆an pasado junto mucho tiempo y ten铆an numerosos temas de conversaci贸n comunes. En mitad de la charla y las risas: el m谩s joven hizo referencia a que el jefe estaba dispuesto siempre para cualquier aventura; fuera aquella o cualquier otra. Le contest贸 con estas palabra;
—No es as铆, Dick; aunque no tema a nada m谩s me temo a m铆 mismo.
Su compa帽ero pareci贸 algo confuso con es respuesta, y le pregunt贸 que en qu茅 sentido y c贸mo, ten铆a miedo a s铆 mismo.
—Es muy f谩cil, Dick —le replic贸—. Hay aqu铆 ui fantasma que debe ser refutado. ¡Pues bien! No puedo responder de lo que provocar铆a mi fantas铆a si me hallara solo aqu铆, o de qu茅 trucos podr铆an hacer mi sentidos para enga帽arme si estuviera a merced d ellos. Pero en compa帽铆a de otro hombre, y especialmente de ti, Dick, consentir铆a en retar a todos lo fantasmas de los que en el universo se ha hablado.
—No ten铆a la vanidad de suponer que fuera de tanta importancia esta noche —respondi贸 el otro.
—De tanta que, por la raz贸n que te he dado, por nada del mundo me habr铆a ofrecido a pasar aqu铆 la noche a solas —replic贸 entonces el jefe, con mayor gravedad de la que hab铆a hablado hasta entonces. Faltaban pocos minutos para la una. El hombre m谩s joven hab铆a dejado caer la cabeza con su 煤ltimo comentario, y ahora la volvi贸 a dejar caer m谩s.
—¡Despierta, Dick! —exclam贸 el jefe alegremente—. Las horas peque帽as son las peores.
Lo intent贸, pero la cabeza volvi贸 a caerle sobre el pecho.
—¡Dick! —le presion贸 el jefe—. ¡Mant茅nte despierto!
—No puedo —murmur贸 el otro confusamente—. No s茅 qu茅 extra帽a influencia me est谩 afectando. No puedo.
Su compa帽ero le mir贸 con repentino horror y yo, aunque de una manera diferente, sent铆 tambi茅n un horror nuevo; pues estaba a punto de ser la una y sent铆 que estaba llegando el segundo vigilante, y que pesar铆a sobre m铆 la maldici贸n de tener que enviarle a dormir.
—Lev谩ntate y camina, Dick —grit贸 el jefe—. ¡Int茅ntalo!
De nada sirvi贸 que se colocara tras la silla del durmiente y lo agitara. Son贸 la una y yo me present茅 ante el hombre de m谩s edad, y 茅l permaneci贸 fijo ante m铆.
Me vi obligado a relatarle la historia a 茅l solo, sin esperanza de beneficio. Solo para 茅l fui un terrible fantasma que hac铆a una confesi贸n totalmente in煤til Comprend铆 que siempre ser铆a igual. Que dos hombres vivos juntos no llegar铆an nunca a liberarme Cuando aparezco, los sentidos de uno de los dos quedan trabados por el sue帽o; 茅l nunca me ver谩 ni me escuchar谩; siempre me comunicar茅 con un oyente solitario y nunca servir谩 de nada. ¡Ay dolor, dolor, dolor
Mientras los dos ancianos se frotaban las mano,, con esas palabras, surgi贸 en la mente del se帽or Goodchild la idea de que se hallaba en la situaci贸n terrible de estar pr谩cticamente a solas con el espectro, y que la inmovilidad del se帽or Idle se explicaba porque el encantamiento le hab铆a hecho quedarse dormido a la una. En el terror indescriptible que le produjo este descubrimiento repentino, se esforz贸 a m谩ximo para liberarse de los cuatro hilos de fuego, que acabaron por partirse dejando un camino abierto. Como ya no estaba atado, cogi贸 del sof谩 al se帽or Idle y baj贸 precipitadamente las escaleras con 茅l.
—¿Qu茅 sucede, Francis? —pregunt贸 el se帽or Idle—. Mi dormitorio no est谩 aqu铆 abajo. ¿Por qu茅 diantres me est谩s transportando? Ahora puedo andar con un bast贸n. No quiero que me transporten. D茅jame en el suelo.
El se帽or Goodchild lo dej贸 en el suelo del viejo sal贸n y le mir贸 con ojos enloquecidos.
—¿Qu茅 est谩s haciendo? ¿Lanz谩ndote como un idiota sobre alguien de tu propio sexo para rescatar le o perecer en el intento? —pregunt贸 el se帽or Idle con un tono bastante petulante.
—¡El anciano! —clam贸 el se帽or Goodchild aturdido—. ¡Y los dos ancianos!
—La 煤nica anciana a la que pienso que te refieres —empez贸 a responder desde帽osamente el se帽or ldle, al tiempo que a tientas se abr铆a camino por la escalera con la ayuda de su ancha balaustrada.
—Te aseguro, Tom —empez贸 a decirle el se帽or Goodchild ayud谩ndole a su lado—, que desde que te quedaste dormido…
—¡脡sa s铆 que es buena! —exclam贸 Thomas ldle—. ¡Si ni he cerrado un ojo!
Con la peculiar sensibilidad sobre el tema de la infeliz acci贸n de quedarse dormido fuera de la cama, destino de toda la humanidad, el se帽or ldle persisti贸 en esa declaraci贸n. La misma sensibilidad peculiar impuls贸 al se帽or Goodchild, al ser acusado del mismo crimen, a repudiarlo con honorable resentimiento. As铆 por el momento resultaba complicada la cuesti贸n del anciano y de los dos ancianos, y poco despu茅s se volver铆a imposible. El se帽or ldle dijo que todo era un l铆o formado por fragmentos reordenados de las cosas que hab铆a visto y pensando durante el d铆a. El se帽or Goodchild respondi贸 que c贸mo iba a ser as铆 si no se hab铆a dormido. El se帽or ldle a帽adi贸 que 茅l era el que no se hab铆a dormido, y que nunca se dormir铆a, mientras que el se帽or Goodchild, por regla general, estaba dormido siempre. En consecuencia, se separaron para el resto de la noche en la puerta de sus respectivos dormitorios, un poco enfadados. Las 煤ltimas palabras del se帽or Goodchild fueron que en esa real y tangible antigua sala de estar de la real y tangible posada (y supon铆a que el se帽or ldle no negar铆a la existencia de 茅sta), hab铆a tenido todas aquellas sensaciones y experiencias, que estaban ahora a una o dos l铆neas de completarse, y qu茅 茅l lo escribir铆a todo e imprimir铆a todas las palabras. El se帽or ldle replic贸 que lo hiciera si 茅se era su deseo… y lo era, y ahora est谩 ya escrito.
FIN

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