Por: Julio Ram贸n Ribeyro
Cuando Memo Garc铆a se mud贸 la quinta era nueva, sus muros estaban impecablemente pintados de rosa, las enredaderas eran apenas peque帽as matas que buscaban 谩vidamente el espacio y las palmeras de la entrada sobrepasaban con las justas la talla de un hombre corpulento. A帽os m谩s tarde el c茅sped se amarill贸, las palmeras, al crecer, dominaron la avenida con su penacho de hojas polvorientas y manadas de gatos salvajes hicieron su madriguera entre la madreselva, las campanillas y la lluvia de oro. Memo entonces hab铆a ya perdido su abundante cabello oscuro, parte de sus dientes, su andar se hizo m谩s lento y moroso, sus h谩bitos de solter贸n m谩s reiterativos y pr谩cticamente rituales. Las paredes del edificio se descascararon y las rejas de madera de las casas exteriores se pudrieron y despintaron. La quinta envejeci贸 junto con Memo, presenci贸 nacimientos, bodas y entierros y entr贸 en una 茅poca de decadencia que, por ello mismo, la hab铆a impregnado de cierta majestad.
Todo el balneario hab铆a adem谩s cambiado. De lugar de reposo y ba帽os de mar, se hab铆a convertido en una ciudad moderna, cruzada por anchas avenidas de asfalto. Las viejas mansiones republicanas de las avenidas Pardo, Benavides, Grau, Ricardo Palma, Leuro y de los malecones hab铆an sido implacablemente demolidas para construir en los solares edificios de departamentos de diez y quince pisos, con balcones de vidrio y garajes subterr谩neos. Memo recordaba con nostalgia sus paseos de anta帽o por calles arboladas de casas bajas, calles perfumadas, tranquilas y silenciosas, por donde rara vez cruzaba un autom贸vil y donde los ni帽os pod铆an jugar todav铆a al f煤tbol. El balneario no era ya otra cosa que una prolongaci贸n de Lima, con todo su tr谩fico, su bullicio y su aparato comercial y burocr谩tico. Quienes amaban el sosiego y las flores se mudaron a otros distritos y abandonaron Miraflores a una nueva clase media laboriosa y sin gusto, prol铆fica y ostentosa, que ignoraba los h谩bitos antiguos de cortesan铆a y de paz y que fund贸 una urbe vocinglera y sin alma, de la cual se sent铆an rid铆culamente orgullosos.
Memo ocup贸 desde el comienzo y para siempre un departamento al fondo de la quinta, en el pabell贸n transversal de dos pisos, donde se alojaba la gente m谩s modesta. Ocupaba en la planta alta una pieza con cocina y ba帽o, extremadamente apacible, pues limitaba por un lado con el jard铆n de una mansi贸n vecina y por el otro con un departamento similar al suyo, pero utilizado como dep贸sito por un inquilino invisible. De este modo llevaba all铆, especialmente desde que se jubil贸, una vida que se podr铆a calificar de paradisiaca. Sin parientes y sin amigos, ocupaba sus largos d铆as en menudas tareas como coleccionar estampillas, escuchar 贸peras en una vieja vitrola, leer libros de viajes, evocar escenas de su infancia, lavar su ropa blanca, dormir la siesta y hacer largos paseos, no por la parte nueva de la ciudad, que lo aterraba, sino por calles como Alcanfores, La Paz, que a煤n conservaban si no la vieja prestancia se帽orial algo de placidez provinciana.
Su vida, en una palabra, estaba definitivamente trazada. No esperaba de ella ninguna sorpresa. Sab铆a que dentro de diez o veinte a帽os tendr铆a que morirse y solo adem谩s, como hab铆a vivido solo desde que desapareci贸 su madre. Y gozaba de esos a帽os p贸stumos con la conciencia tranquila: hab铆a ganado honestamente su vida —sellando documentos durante un cuarto de siglo en el Ministerio de Hacienda—, hab铆a evitado todos los problemas relativos al amor, el matrimonio, la paternidad, no conoc铆a el odio ni la envidia ni la ambici贸n ni la indigencia y, como a menudo pensaba, su verdadera sabidur铆a hab铆a consistido en haber conducido su existencia por los senderos de la modestia, la moderaci贸n y la mediocridad.
Pero, como es sabido, nada en esta vida est谩 ganado ni adquirido. En el recodo m谩s dulce e inocente de nuestro camino puede haber un 谩spid escondido. Y para Memo Garc铆a los proyectos ed茅nicos que se hab铆a forjado para su vejez se vieron alterados por la aparici贸n de do帽a Francisca Morales.
Primero fue el ruido de un ca帽o abierto, luego un canturreo, despu茅s un abrir y cerrar de cajones lo que le revelaron que hab铆a alguien en la pieza vecina, esa pieza desocupada cuyo silencio era uno de los fundamentos de su tranquilidad. Ese d铆a hab铆a estado ausente durante muchas horas y bien pod铆a entretanto haberse producido, sin que 茅l lo presenciara, alguna mudanza en la quinta. Para comprobarlo sali贸 al balc贸n que corr铆a delante de los departamentos, justo en el momento en que una se帽ora gorda, casi enana, de cutis oscuro, asomaba con un pa帽uelo amarrado en la cabeza y una jaula vac铆a en la mano. Le bast贸 verla para dar media vuelta y entrar nuevamente a su casa tirando la puerta, al mismo tiempo que ella lo imitaba. Apenas hab铆an tenido tiempo para mirarse a los ojos, pero les hab铆a bastado ese fragmento de segundo para reconocerse, identificarse y odiarse.
Memo permaneci贸 un momento indeciso, pose铆do por un sentimiento nuevo, acompa帽ado de vagos y puramente te贸ricos deseos homicidas, pero luego resolvi贸 que el 煤nico partido a tomar era espiar a su vecina. Por intuici贸n sab铆a que la 煤nica manera de derrotar a un enemigo —y esa se帽ora gorda lo era— consist铆a en conocer escrupulosamente su vida, dominar por el intelecto sus secretos m谩s rec贸nditos y descubrir sus aspectos m谩s vulnerables.
Al cabo de una semana de observaci贸n descubri贸 que se levantaba a las seis de la ma帽ana para ir a misa, que hab铆a puesto una tarjeta en la puerta donde se le铆a Francisca Viuda de Morales, que hac铆a sus compras en la pulper铆a de la esquina, que no recib铆a visitas, que algunas tardes iba a curiosear tiendas al Parque, que usaba un sombrero de anchas alas y un traje negro muy largo para ir probablemente al cementerio y que el resto del d铆a dorm铆a, cos铆a, le铆a y canturreaba en su cuarto o en el balc贸n sentada en una vieja mecedora.
Mal que bien comenz贸 a sospechar que se trataba de una vecina soportable, que alteraba apenas sus h谩bitos y dotaba m谩s bien a su soledad de un decorado sonoro hecho de los muros m谩s inocuos, hasta la vez que se le ocurri贸, como suced铆a cada diez o quince d铆as, escuchar una de sus 贸peras en su vitrola de cuerda. Apenas Caruso hab铆a atacado su aria preferida sinti贸 en la pared un ruido seco. ¿Alg煤n descuido de su vecina? Pero al poco rato el ruido se repiti贸 y cuando Memo volvi贸 a poner el disco los golpes se hicieron insistentes. “¿Va a quitar esa m煤sica de porquer铆a?”. Memo qued贸 helado. Nadie en la vida lo hab铆a interpelado de esa manera. No solo era un insulto p茅rfido contra su persona sino una ofensa a su cantor favorito. Sin hacer caso continu贸 escuchando a Caruso. Pero la voz de contralto de su vecina se impuso: “Pedazo de malcriado, ¿no se da cuenta que me molesta con esos chillidos?”. Memo qued贸 un momento callado y al fin apretando los pu帽os y los dientes grit贸: “¡Agu谩ntelos!”. A mala hora. Ya no fueron golpes espor谩dicos los que removieron la pared, sino un martilleo insoportable, hecho seguramente con el metal de una cacerola. Memo estuvo a punto de ceder, pero adivinando que una primera concesi贸n lo llevar铆a al sometimiento absoluto, aument贸 el volumen de su vitrola y prosigui贸 escuchando impasible su 贸pera. La vieja continu贸 golpeando y refunfu帽ando y al fin cansada se fue de su casa tirando la puerta.
Este primer incidente alarm贸 un poco a Memo, pero al mismo tiempo halag贸 su vanidad, no se hab铆a dejado impresionar por esas bravatas y al final hab铆a salido con su gusto. Una vecina vieja y gorda no iba a mudar su rutina ni a menguar su tranquilidad. En los d铆as siguientes continu贸 escuchando 贸peras, sin que la vecina pudiera imped铆rselo. Despu茅s de algunas protestas como “¡Ya empieza usted con su fregadera! ¡Me quiere volver loca!”, optaba por irse de paseo hasta el atardecer. Memo tuvo la impresi贸n de que el enemigo ced铆a terreno y que esa primera batalla estaba pr谩cticamente ganada.
Una tarde vio llegar a do帽a Pancha con una enorme caja de cart贸n, que lo intrig贸. Estuvo tentado primero de salir al corredor y espiarla por la ventana, pero finalmente opt贸 por pegar el o铆do a la pared. La escuch贸 canturrear y deambular por la pieza desplazando muebles. Al poco rato una voz de hombre llen贸 la habitaci贸n vecina. Era alguien que hablaba de las ventajas de fijador de cabello Glostora. Memo se desplom贸 en su sill贸n: ¡un aparato de radio! El locutor anunciaba ahora el programa “Una hora en el tr贸pico”. Y la hora en el tr贸pico empez贸 con la voz aflautada de un cantante de boleros. Memo escuch贸 dos o tres canciones sin atinar a moverse, pero cuando se inici贸 la siguiente avanz贸 hacia la vitrola y coloc贸 su Caruso. Su vecina aument贸 el volumen y Memo la imit贸. A煤n no se hab铆an dado cuenta, pero hab铆a empezado la guerra de las ondas.
脡sta dur贸 interminables d铆as. Do帽a Pancha hab铆a descubierto un arma m谩s poderosa que la m煤sica bailable: el radioteatro. Su habitaci贸n se llen贸 de exclamaciones, llantos, quejidos, mallas de una historia que se prolongaba de tarde en tarde y en la cual, mal que bien, Memo hab铆a terminado por reconocer algunos personajes siempre arruinados o atacados por enfermedades incurables, pero incapaces de morir. Como le pareci贸 indecente enfrentar a Verdi con tales adefesios, hizo una inspecci贸n por una disquer铆a y lleg贸 cargado de viejas marchas militares. Desde entonces cada vez que do帽a Pancha prend铆a su aparato para sintonizar un episodio de su novela, Memo hac铆a sonar los clarines de la marcha de Uchumayo o los redobles de tambor de la carga de Jun铆n. Fue una lucha grandiosa. Do帽a Pancha hac铆a esfuerzos in煤tiles por evitar que bombos y cornetas contaminaran el mon贸logo dram谩tico de la hija abandonada o los lamentos del viejo padre ofendido en su honra. La equiparidad de fuerzas hizo que esta guerra fuera insostenible. Ambos terminaron por concluir un armisticio t谩cito. Memo fue paulatinamente acortando sus emisiones y bajando su volumen, lo mismo que do帽a Pancha. Al fin optaron por escuchar sus aparatos discretamente o por encenderlos cuando el vecino hab铆a salido. En definitiva, hab铆a sido un empate.
Este conflicto fue seguido por un largo periodo de calma, en el cual cada contrincante, despu茅s de tanto esfuerzo desplegado, pareci贸 entregarse con delicias a los placeres de la paz recobrada. Como cada cual conoc铆a los h谩bitos del otro, procuraban no encontrarse jam谩s en las escaleras ni en la galer铆a. Esto los obligaba sin embargo a vivir continuamente pendientes el uno del otro. Y fue as铆 como Memo not贸 que su vecina hab铆a iniciado un vasto plan de embellecimiento de su habit谩culo. El interior deb铆a haberlo remozado, pues la vio pasar con latas de pintura. Pero luego —y esto era imposible no verlo— ampli贸 sus proyectos decorativos hacia la galer铆a. Su vieja mecedora la forr贸 con una cretona floreada y en la baranda que corr铆a frente a su departamento coloc贸 una docena de macetas vac铆as. 脡stas fueron progresivamente llen谩ndose de plantas. Detr谩s de su visillo, Memo vio surgir con asombro claveles, rosas, siemprevivas, dalias y geranios. Do帽a Pancha no cumpl铆a esta labor en silencio, sino repitiendo entre dientes que algunas personas no sab铆an lo que era “vivir decentemente”, que ten铆an su casa como unos “verdaderos chanchos” y que cuando viv铆a su marido hab铆a estado acostumbrada siempre a tener un jard铆n.
Memo escuchaba estas palabras sin inmutarse, pero termin贸 por darse cuenta que eran el inicio de hostilidades much铆simo m谩s sutiles. Do帽a Pancha quer铆a imponerse a 茅l, ya que no por la fuerza, al menos por el gusto y la ostentaci贸n. Memo no ten铆a ninguna pasi贸n por las flores, de modo que renunci贸 a emular a su vecina en este sentido, pero record贸 haber visto en sus libros de viajes fotograf铆as de arbustos ex贸ticos. En una florer铆a del parque descubri贸 un helecho sembrado en su caja de madera y haciendo un dispendio lo adquiri贸. Como era imposible ponerlo sobre la baranda, no tuvo m谩s remedio que colocarlo en la galer铆a, al lado de su puerta. Durante horas esper贸 que do帽a Pancha llegara de la calle. Al fin la vio subir pufando las escaleras y detenerse asombrada ante el arbusto que inesperadamente adornaba el balc贸n. Largo rato estuvo examinando la planta con una expresi贸n de asco y al fin soltando la carcajada se retir贸 a su cuarto.
Memo, que esperaba verla palidecer de envidia, se sinti贸 decepcionado. Haciendo una nueva pesquisa por las florer铆as compr贸 esta vez un peque帽o cipr茅s que instal贸 tambi茅n en la galer铆a, al otro lado de la puerta, lo que tampoco pareci贸 impresionar a do帽a Pancha. Finalmente complet贸 su colecci贸n con un cactus serrano que instal贸 en su macet贸n contra la balaustrada. Fue solo esta planta la que provoc贸 en do帽a Pancha un fruncimiento de nariz, una mueca de estupor y un adem谩n de abatimiento, que Memo interpret贸 como la m谩s inconfesable envidia. Y para redondear su ofensiva, cada vez que regaba su huerta port谩til no dejaba de decir en voz alta: “Geranios, florecitas de pacotilla. Dalias que apestan a caca. Hay que ser huachafo, tener el gusto estragado. La distinci贸n est谩 en los arbustos de otros climas, en la gran vegetaci贸n que nos da la idea de estar en la campi帽a. Las plantas en maceta, para los peluqueros”.
La rivalidad de las plantas se hubiera limitado a una simple escaramuza sin mayor consecuencia, si es que para llegar a su departamento do帽a Pancha no tuviera que pasar frente al de Memo. Y sus plantas iban creciendo. El cipr茅s hab铆a engrosado y tend铆a a dirigir sus ramas hacia el centro del pasaje, mientras el cactus serrano prolong贸 sus brazos en la misma direcci贸n. De este modo, lo que antes era un corredor amplio y despejado se hab铆a convertido en una peque帽a selva que era necesario atravesar con precauciones.
Una ma帽ana que do帽a Pancha sali贸 apurada a misa se enganch贸 el vestido con una espina. Memo fue despertado por sus gritos: “¡Esto no puede seguir as铆! ¡El viejo me quiere asfixiar con sus 谩rboles! Quiere cerrarme el paso de mi casa. Ha llenado esto de cosas inmundas”. Y al notar que el vuelo de su traje ten铆a una rasgadura vol贸 de un carterazo una rama del cactus.
Memo esper贸 pacientemente que bajara las escaleras. Cuando la vio desaparecer sali贸 a la galer铆a, inspeccion贸 detenidamente las macetas y eligiendo los claveles dio un golpe con la mano y el tiesto cay贸 al jard铆n de los bajos.
Al d铆a siguiente Memo not贸 que a su cactus le faltaba otro de sus brazos y esa misma noche, esperando que do帽a Pancha se durmiera, ech贸 a los bajos su maceta con dalias.
Las represalias no se hicieron esperar: Memo comprob贸 que a su cipr茅s le hab铆an cortado la gu铆a, conden谩ndolo en adelante a ser un cipr茅s enano. Presa de furor envi贸 esa noche al jard铆n las dos macetas de siemprevivas. A la ma帽ana siguiente —do帽a Pancha deb铆a haber madrugado— su helecho estaba partido por la mitad. Memo vacil贸 entonces si val铆a la pena proseguir esa guerra secreta de golpes de mano nocturnos y silenciosos: ella los conduc铆a a la destrucci贸n rec铆proca. Pero jug谩ndose el todo por el todo esper贸 como de costumbre que llegara la medianoche y sali贸 a la galer铆a dispuesto a destruir esta vez la m谩s preciada joya de su vecina: su maceta con rosas. Cuando se acercaba a la balaustrada, la puerta del lado se abri贸 y surgi贸 do帽a Pancha en bata: “¡Ya lo vi, sinverg眉enza, viejo marica, quiere hacer trizas mi jard铆n!”. “Me estoy paseando, zamba grosera. Todo el mundo tiene derecho a caminar por el balc贸n”. “Mentira, si ya estaba a punto de empujar mi maceta. Lo he visto por la ventana, pedazo de mequetrefe. Ingeniero dice la tarjeta que hay en su puerta. ¡Qu茅 va a ser usted ingeniero! Habr谩 sido barrendero, flaco asqueroso”. “Y usted es una zamba sin educaci贸n. Deb铆an echarla de la quinta por bocasucia”. “Soy yo la que lo voy a hacer echar. Lo voy a llevar a los tribunales por da帽os a la propiedad”. Los insultos continuaron, subiendo cada vez m谩s de tono. Algunas luces se encendieron en la quinta. Memo, temeroso siempre del esc谩ndalo, opt贸 por retirarse, despu茅s de lanzar una 煤ltima injuria que hab铆a tenido hasta entonces en reserva: “¡Negra!”. Cuando entraba a su cuarto la vieja se deshac铆a en improperios, amenaz谩ndolo con un hijo que viv铆a en Venezuela y que estaba a punto de llegar: “¡Lo va a hacer pedazos, empleadito de mierda!”.
Memo concili贸 tarde el sue帽o, temiendo que do帽a Pancha arrasara esa noche el resto de su boscaje. Pero a la ma帽ana siguiente comprob贸 que no hab铆a pasado nada. 脡l tampoco tuvo 谩nimo para reanudar la contienda. Los intercambios de insultos parec铆a haberlos aliviado. Entraron a un nuevo periodo de paz.
Memo pas贸 unos d铆as sosegados, observando por la ventana a su vecina ocupada en sus trajines cotidianos, regar el resto de sus flores, barrer y baldear la galer铆a, ir de compras o a misa. Una ma帽ana la vio salir con sombrero, llevando en la mano una peque帽a maleta. En vano esper贸 que llegara al atardecer o en la noche. La habitaci贸n vecina estaba terriblemente silenciosa. Memo coligi贸 que do帽a Pancha deb铆a haber partido hacia alguna de esas estaciones de ba帽os termales, uno de esos lugares donde los viejos se re煤nen en pandilla con la esperanza de retardar la hora de la cita con la muerte. Entonces respir贸 a sus anchas, pudo poner de nuevo sus 贸peras a todo volumen, pasearse en pijama por la galer铆a, fumar hasta tarde apoyado en la balaustrada y hasta darse el lujo de sentarse una tarde en la mecedora de su vecina.
La tranquilidad de Memo no dur贸 sin embargo mucho tiempo. Do帽a Pancha apareci贸 un d铆a con su maleta, rozagante y cobriza, lo que parec铆a corroborar que hab铆a estado de vacaciones. Ese d铆a Memo no sali贸 de su casa y se dedic贸 a espiarla, deseando casi que lo provocara con alguna impertinencia, a fin de tener un pretexto para elevar la voz y demostrar que estaba all铆, intacto y vigilante. Pero su vecina no le concedi贸 ninguna importancia. Se dedic贸 a reanimar su mustio jard铆n, a coser nuevas cortinas para su ventana y a escuchar sus radionovelas, pero a media voz, como si su periodo de descanso la hubiera persuadido de las ventajas de la convivencia pac铆fica.
Como lo tem铆a Memo —y en el fondo lo esperaba— esto era solo apariencia. La vieja deb铆a haber urdido durante su retiro alguna nueva estrategia. En esos d铆as Memo hab铆a contratado a una muchacha para que viniera una vez a la semana a lavarle la ropa. Era casi una ni帽a, un poco retardada y dura de o铆do. Cada vez que ven铆a, Memo se instalaba en su sill贸n, cog铆a un libro de viajes y mientras la f谩mula laboraba la vigilaba con un aire paternal y jubilado.
Do帽a Pancha no se percat贸 al comienzo de esta novedad. Pero a la tercera semana, al ver entrar donde su vecino a una mujer sola y permanecer all铆 largo rato, concibi贸 un montaje obsceno, se sinti贸 vicariamente ultrajada en su virtud y puso el grito en el cielo: “¡V茅anlo pues al inocent贸n! Tiene su barragana. A la vejez viruelas. ¡Trae mujeres a su cuarto!”. “¡Silencio, boca de desag眉e!”. “No me callar茅. Si quiere hacer cochinadas, h谩galas en la calle. Pero aqu铆 no. 脡ste es un lugar decente”. “¡Zamba grosera, chit贸n!”. “¡Es el bald贸n de la quinta!”, a帽adi贸 do帽a Pancha y no contenta con vociferar en su cuarto sali贸 al balc贸n, justo cuando la muchacha se retiraba. “¡No vuelvas donde ese viejo, es un corrompido! Ya ver谩s, te va a hundir en el fango”. La muchacha, sin entender bien, se alej贸 haci茅ndole reverencias, mientras Memo, que hab铆a salido a la puerta de su casa, se enfrent贸 por primera vez directamente con su vecina: “¡Es mi lavandera, vieja malpensada! Tiene usted el alma tan sucia como su boca. ¡Cu铆dese del demonio!”. Ambos levantaron la voz a tal extremo que apenas se escuchaban. Como de costumbre terminaron por darse la espalda y refugiarse en sus cuartos tirando la puerta.
Desde entonces do帽a Pancha no cej贸. Cada vez que ven铆a la lavandera se deshac铆a en insultos contra Memo. Nosotros, los habitantes de la quinta, comenzamos a darnos cuenta que esa banal enemistad entre vecinos hollaba el terreno del delirio. Probablemente do帽a Pancha hab铆a terminado por comprender que esa visitante era una inocente empleada, pero embarcada en su nueva ofensiva no quer铆a dar marcha atr谩s. Memo se limitaba a parar los golpes, pero su arsenal de injurias parec铆a haberse agotado. La situaci贸n, objetivamente, lo condenaba y ten铆a que mantenerse a la defensiva. Hasta que se le present贸 la ocasi贸n de pasar al ataque.
Fue cuando se le ator贸 a do帽a Pancha el lavadero de la cocina. Por m谩s esfuerzos que hizo no pudo reparar el desperfecto y se vio obligada a llamar a un gasfitero. Una tarde apareci贸 un japon茅s con su malet铆n de trabajo. Memo supuso que era un artesano del barrio y sospechaba a qu茅 ven铆a, pero no quiso desperdiciar la oportunidad de vengarse. Cuando el obrero se fue, sali贸 a la galer铆a e imitando a sus tenores preferidos improvis贸 un aria completamente destemplada: “¡La vieja tiene un amante! ¡Trae un hombre a su casa! Un japon茅s adem谩s. ¡Y obrero! ¡Y en la iglesia se da golpes de pecho, la hip贸crita! ¡Que se enteren todos aqu铆, do帽a Francisca viuda de Morales con un gasfitero!”. Do帽a Pancha ya estaba frente a 茅l, m谩s cerca que nunca. Cara contra cara, sin tocarse, gru帽铆an, babeaban, enronquec铆an de insultos, se fulminaban con la mirada, buscando cada cual la palabra mortal, definitiva. “¡Cobarde, pest铆fero, empleaducho!”, logr贸 articular do帽a Pancha, cuando Memo disparaba su 煤ltimo cartucho: “¡Vieja puta!”. Do帽a Pancha estuvo a punto de desplomarse. “¡Eso no! ¡Ya ver谩 cuando llegue mi hijo! Viene a vivir conmigo. Es rico adem谩s, no un pobret贸n como usted. ¡Lo aplastar谩 como a una cucaracha!”.
Y el hijo que viv铆a en Venezuela no era una invenci贸n. En efecto, lleg贸. Un taxi se detuvo un d铆a frente a la quinta y de 茅l descendi贸 un se帽or corpulento, de pies muy grandes y andar acompasado. El chofer lo ayud贸 a transportar hasta el departamento dos ba煤les claveteados, decorados con etiquetas de todos los hoteles del mundo.
Memo, impresionado por su talante, permaneci贸 unos d铆as recluido, tratando de no dar signos de vida. A trav茅s del visillo lo vio salir con do帽a Pancha, acompa帽谩ndola de compras o de paseo. Usaba camisas de colores chillones y corbatas floreadas. Su corpulencia sin embargo era un poco enga帽osa, pues Memo advirti贸 que a pesar de su gordura era p谩lido y daba a veces la impresi贸n de una extremada fragilidad. Era adem谩s de poco hablar, pues Memo trat贸 en vano, pegando el o铆do a la pared, de sorprender lo que hablaban. Sus veladas eran m谩s bien tristes, l谩nguidas y finalizaban al anochecer con un breve paseo por la galer铆a por donde discurr铆an silenciosamente.
Memo comprendi贸 que el hijo se aburr铆a y a帽oraba algo. Cuando su mam谩 se ausentaba, sal铆a al corredor y pasaba largo rato en la baranda junto a las macetas floridas, fumando y mirando el cielo opaco. A veces se aventuraba a pasearse por la galer铆a. Luego descendi贸 al jard铆n, para errar pensativo bajo las coposas palmeras. M谩s tarde, en las noches, se resolvi贸 a caminar solo por el balneario. Deb铆a llegar tarde, pues Memo lo escuch贸 varias veces desde la cama subir fatigadamente las escaleras.
En esos d铆as Memo se cruz贸 por azar en la escalera con su vecina. Hizo lo posible por evitarla, pero ella lo interpel贸: “Ya no se le oye chistar, corderito, ahora que hay un hombre en casa. ¿No lo dec铆a? A ver, manifi茅stese, pues”.
Memo no sab铆a a煤n qu茅 partido tomar. Esa presencia varonil lo cohib铆a por un lado pero por otro despertaba su curiosidad. Una noche decidi贸 seguir a su vecino en una de sus salidas nocturnas. El gordo inici贸 una caminata oblicua, fue en direcci贸n del parque, pas贸 persign谩ndose frente a la parroquia, observ贸 con parsimonia una vieja residencia, tom贸 la alameda Ricardo Palma y, cosa que extra帽贸 a Memo, cruz贸 los rieles del tranv铆a rumbo a Surquillo. Este barrio siempre le hab铆a inspirado a Memo desconfianza. En muchas de sus calles se afincaban indigentes, borrachines, matones y rufianes. El gordo anduvo de un lado a otro, aparentemente desprevenido, hasta que entr贸 a una chingana de trasnochadores. Acodado en el mostrador pidi贸 una cerveza y al beber el primer trago su fisonom铆a se transform贸, abandon贸 todo lo que en ella hab铆a de inseguridad y de desarraigo, como la de un hombre que regresa a su hogar luego de una penosa aventura. Despu茅s de una segunda cerveza el gordo mir贸 con insistencia a un mancebo que beb铆a a su lado y trat贸 de buscarle conversaci贸n. 脡sta se entabl贸 y el gordo le invit贸 una cerveza. Memo no quiso seguir observando, pues se sinti贸 invadido por una invencible repugnancia. El gordo ofrec铆a cigarrillos a su vecino y ped铆a que le mostrara su mano para adivinarle las l铆neas de la fortuna.
Las conclusiones que Memo sac贸 de este incidente se las reserv贸 y no tuvo por el momento ocasi贸n de usarlas pues el hijo, as铆 como vino, se fue. Una ma帽ana se detuvo un taxi frente a la quinta, subi贸 el chofer y ayud贸 al gordo a llevar sus ba煤les hasta el auto. Do帽a Pancha estaba en la vereda con un pa帽uelo en la mano. La despedida fue larga y, tal como la presenci贸 Memo, extremadamente pat茅tica. Memo dedujo que el hijo regresaba a Venezuela, esta vez para siempre.
Do帽a Pancha pas贸 unos d铆as inactiva, despatarrada en su mecedora, viendo por encima de la baranda la quinta, sus enredaderas y esas gar煤as matinales que un invierno mediocre enviaba por bravata antes de despedirse. En esa 茅poca una de las palmeras de la entrada se desplom贸 causando susto, pero no da帽o a los transe煤ntes. La casa de la familia Chocano amaneci贸 un d铆a con los muros agrietados y sus ocupantes tuvieron que mudarse precipitadamente. Nadie se daba el trabajo de renovar el c茅sped del jard铆n central, que hab铆a terminado por convertirse en un lodazal. La quinta continuaba degrad谩ndose. Sus propietarios, un Banco, no hac铆an nada por repararla, esperaban que su decrepitud expulsar铆a a sus habitantes y que podr铆an as铆 construir un edificio moderno en su solar. Memo vio por primera vez aparecer ratones en los corredores.
Do帽a Pancha no tard贸 mucho en reponerse de la partida de su hijo. Su temperamento imaginativo y hacendoso la empuj贸 a colmar ese vac铆o con nuevas ocupaciones. Una ma帽ana Memo descubri贸 que en la jaula vac铆a que do帽a Pancha trajera el d铆a que se mud贸 y que desde entonces colgaba sobre el dintel de su puerta hab铆a un loro. Un loro enorme, verdirrojo, que lo observ贸 inmutable con sus ojos colorados. Memo dedujo de inmediato que esa adquisici贸n no era un mero pasatiempo sino una acci贸n dirigida contra su persona. Pero esta vez se enga帽贸, pues se trataba de un loro m谩s bien reservado que solo de cuando en cuando emit铆a un graznido met谩lico. Do帽a Pancha pasaba horas cambi谩ndole el agua de su tacita y d谩ndole de comer en el pico un choclo fresco.
Ese animal conten铆a sin embargo elementos de perturbaci贸n que no tardaron en manifestarse. En esos d铆as una estaci贸n de radio hab铆a convocado a un concurso, ofreciendo un premio de mil soles a quien presentara un loro que dijera “Naranjas Huando”. A partir de entonces do帽a Pancha se dedic贸 a ense帽arle a su perico esas palabras. Desde la ma帽ana se paraba en una silla bajo la jaula y repet铆a sin desmayar “Naranjas Huando, Naranjas Huando”, sin obtener del animal el menor eco.
Memo soport贸 los primeros d铆as esa cantaleta, confiado en que su vecina terminar铆a por desistir. Pero do帽a Pancha era de una tenacidad inquebrantable y la estupidez de su loro parec铆a redoblar su ardor. Sus lecciones se fueron haciendo m谩s sostenidas y estruendosas. Un d铆a no pudo m谩s y sali贸 a la galer铆a: “Vieja bellaca, ¿va a cerrar el pico?”. “Pico tendr谩 usted, cholo malcriado”. “脡ste no es un corral para traer animales”. “Y a usted, ¿c贸mo lo han dejado entrar en la quinta?”. “Animal ser谩 usted, una verdadera bestia para decirlo en una palabra. M谩s bruta que su loro”. “No me siga hablando as铆 que voy a llamar a la polic铆a”. “Que venga pues la polic铆a y ver谩 como hago que le metan al loro donde no le d茅 el sol”. “A m铆 hablarme de bocas. ¿No se ha visto la jeta en un espejo? Cara de poto”. “Asqueroso, t铆sico, pest铆fero”.
Estos altercados no impidieron que do帽a Pancha siguiera aleccionando a su loro. Cada d铆a Memo preparaba una bater铆a de agravios in茅ditos, pero que no hac铆an mella en su vecina. El loro, por otra parte, recompensando los esfuerzos de do帽a Pancha, sali贸 de su mutismo y demostr贸 tener una voz particularmente chillona, incapaz de articular la frase “Naranjas Huando”, pero de bordar en torno a esas s铆labas un estridente abecedario.
Memo comenz贸 a pensar que esta vez se hab铆a embarcado en una batalla sin salida o que tal vez era necesario replantear desde el comienzo toda su estrategia. Y al fin se le ocurri贸 la idea salvadora: as铆 como durante la guerra de las flores opuso a las macetas de su vecina su peque帽o jard铆n salvaje ahora era necesario enfrentar a su animal con otro animal. Y ya que en la quinta hab铆a ratones lo indicado era un gato.
Lo busc贸 afanosamente por el barrio y encontr贸 al fin alguien que le cedi贸 un cap贸n negro, hura帽o, y un poco viejo. Los primeros d铆as el gato anduvo refugiado bajo el sill贸n y apenas se atrev铆a a salir para comer en la cocina o hacer su caca en una caja de arena. Luego, cediendo a la curiosidad, se aventur贸 por la pieza oliendo cada objeto y dej谩ndose incluso acariciar el lomo por su due帽o. Cuando Memo juzg贸 que ya hab铆a ganado su confianza le coloc贸 una cadenilla y sali贸 a pasearse con 茅l por la galer铆a.
Do帽a Francisca no dijo nada, pero comenz贸 a evaluar qu茅 inconvenientes podr铆a traerle la presencia de ese felino. Ella lo ve铆a chusco, demoniaco, con la cola demasiado larga, capaz de propagar enfermedades repugnantes. Pronto comenz贸 a quejarse, diciendo que apestaba, que se meaba en el muro de su casa. “Mentira —chillaba Memo—, solo orina en su caja. No se caga fuera de la jaula como su loro y llena todo de moscas”.
Las cosas no quedaron all铆. Cuando el gato se familiariz贸 m谩s con la casa, Memo le permiti贸 salir al corredor y tomar el sol al lado de su cipr茅s. Solo entonces el cap贸n repar贸 que en la jaula vecina hab铆a algo que se mov铆a. Se dedic贸 entonces durante horas a observar las evoluciones del pajarraco, intrigado por el galimat铆as que era todo lo que hab铆a aprendido de su due帽a. Do帽a Pancha not贸 que el gato se acercaba cada d铆a m谩s a la jaula. “¡Se quiere comer a mi loro! ¡Usted lo ha adiestrado para que lo mate!”. “A buena hora. Librar铆a a la quinta de una plaga”. “Si lo veo acercarse un cent铆metro m谩s, ese animal va a saber lo que es un escobazo”. “Y usted una patada en el trasero”. “¡Ya se abri贸 el alba帽al! ¡Ahora van a salir sapos y culebras!”. “Sapo ser谩 usted y una culebra es lo que yo deber铆a traer para que la estrangule”.
A pesar de las protestas de do帽a Pancha, Memo dej贸 que su gato siguiera pase谩ndose por la galer铆a. En buena cuenta hab铆a delegado a su felino la tarea de ocuparse de su vecina y pod铆a pasar as铆 largas horas leyendo tranquilamente en un sill贸n. Un d铆a sinti贸 caer en el balc贸n un chorro de agua y al poco rato su gato penetr贸 despavorido por la ventana completamente mojado. En el acto sali贸, cuando do帽a Pancha entraba a su casa con un balde.
“¡Ya la vi, zamba canalla! Abusando de un animal indefenso”. Do帽a Pancha asom贸: “Se hab铆a subido a mi ventana, iba a saltar a la jaula”. “No le creo. Adem谩s mi gato no quiere envenenarse mordiendo a ese p谩jaro inmundo”. “Viejo avaro, usted lo mata de hambre seguramente cuando quiere comerse a mi loro”. “Come mejor que usted, para que lo sepa, carne molida y sardinas”. “Por eso es que apesta a pescado podrido”.
Memo interrumpi贸 la discusi贸n pensando que su gato necesitaba socorro, mientras su vecina segu铆a refunfu帽ando, advirti茅ndole que en adelante no tolerar铆a amenazas contra su loro. El gato tiritaba acurrucado en un rinc贸n de la pieza. Memo lo sec贸 cuidadosamente con una toalla, lo envolvi贸 en una chompa y le coloc贸 una bolsa de agua caliente. El gato permaneci贸 unos d铆as encerrado, sin atreverse a salir. Pero m谩s puede la curiosidad que el castigo y asomando primero la nariz, luego el pescuezo termin贸 por implantarse otra vez en la galer铆a, vigilando al perico. Do帽a Pancha cumpli贸 su palabra y el felino recibi贸 un segundo chorro de agua fr铆a. Esta vez Memo, que no esperaba tal ofensa se abstuvo de toda reacci贸n, pero esa misma noche vel贸 y cuando su vecina dorm铆a sali贸, descolg贸 la jaula y la avent贸 con tal fuerza al jard铆n de los bajos que la jaula se despanzurr贸. El loro se fue volando.
Nunca Memo previ贸 las consecuencias de este gesto y por primera vez pens贸 que tal vez hab铆a ido demasiado lejos. Do帽a Pancha estaba a la ma帽ana siguiente aporreando la puerta de su cuarto y tan trastornada por lo ocurrido que apenas pod铆a hablar. Gorda, oscura, envuelta en sus anch铆simos vestidos, gesticulaba delante de 茅l, mov铆a los brazos, cerraba el pu帽o, se帽alaba su puerta, la baranda, el jard铆n, sin lograr convertir su c贸lera en palabras. Memo vio en su rostro abotagado los signos de un colapso inminente. “Usted se lo ha ganado”, se atrevi贸 a decir y do帽a Pancha solo pudo exclamar, pero con una carga de odio que lo aterroriz贸: “¡Miserable!”.
Sobrevinieron unos d铆as de paz forzosa. Do帽a Pancha, olvid谩ndose de Memo, sal铆a muy temprano en busca de su loro, preguntando en el barrio de puerta en puerta. Puso un aviso a la entrada de la quinta ofreciendo una recompensa por su hallazgo. El viejo p谩jaro sin embargo no se hab铆a ido muy lejos. Su larga cautividad lo hab铆a despojado de toda veleidad libertaria y hab铆a terminado por recalar en la rama de un ficus vecino, donde un transe煤nte lo ubic贸. Su captura fue un ejemplo de movilizaci贸n social. Do帽a Pancha concientiz贸 a la mayor铆a de los vecinos y hasta nosotros, observadores m谩s bien morosos, participamos en la aventura. Con escaleras, cuerdas y p茅rtigas tratamos de echarle mano. Cuando est谩bamos a punto de alcanzarlo se volaba a un 谩rbol contiguo. La persecuci贸n se prolong贸 durante d铆as de 谩rbol en 谩rbol y de cuadra en cuadra hasta que llegamos a las inmediaciones del parque. Al fin el loro encall贸 hambriento y fatigado en una florer铆a y do帽a Pancha pudo recobrarlo y con 茅l la tranquilidad y el honor perdidos. Esta vez lo instal贸 en una jaula de pie, met谩lica, roja e inexpugnable.
A partir de entonces sucedi贸 algo extra帽o: entre el loro y el gato se estableci贸 una rara complicidad. Bastaba que el loro lanzara en la ma帽ana su primer graznido para que el gato saliera inmediatamente al corredor, empezara a hacer cabriolas, encorvar el lomo, enhiestar el rabo, dar saltos y volantines, hasta que fatigado terminaba por sentarse muy sosegado y ronroneando al lado de la jaula. El loro se pavoneaba en su columpio, improvisaba gorgoritos y cuando el gato se atrev铆a por juego a meter su mano peluda por las rejas, fing铆a el m谩s grande temor para luego acercarse y darle un inocuo picot贸n en la garra. En ese juego siempre repetido parec铆an encontrar un deleite infinito.
El acercamiento entre lo que antes hab铆an sido sus armas de combate no mengu贸 la pugna entre los vecinos. Pero 茅sta asumi贸 formas much铆simo m谩s rutinarias y triviales. Sin pretextos graves para enfrentarse, recurr铆an al insulto maquinal. Cada vez que se cruzaban en las escaleras o la galer铆a Memo dec铆a entre dientes: “Zamba cochina” y obten铆a como respuesta: “Cholo pulguiento”. A trav茅s del muro adem谩s se hab铆a entablado un di谩logo que se cumpl铆a rigurosamente. Con los a帽os do帽a Pancha sufr铆a de trastornos g谩stricos y soltaba muchos gases. Memo, atento a todos los ruidos, llevaba en voz alta una escrupulosa contabilidad: “Primer pedo”, “Segundo pedo” y como a fuerza de fumar 茅l tos铆a y escup铆a a menudo, do帽a Pancha respond铆a: “Ya empieza a echar gargajos el viejo t铆sico”, “Un pollo m谩s”. As铆, ambos nada olvidaban ni perdonaban y ocupaban sus d铆as seniles en una contienda m谩s bien disciplinada, cada vez menos feroz, que iba tomando el aspecto de una verdadera conversaci贸n.
Un d铆a el cielo raso de do帽a Francisca se agriet贸 y poco despu茅s en el muro de la fachada apareci贸 una fisura. La quinta segu铆a cay茅ndose a pedazos. Do帽a Pancha fue al Banco y trat贸 in煤tilmente de localizar al propietario. Le dijeron que era una sociedad an贸nima y que 茅sta la formaban un centenar de personas o, lo que era lo mismo, ninguna. Al fin logr贸 hacerse escuchar por un empleado quien le dijo que las reparaciones corr铆an por cuenta de los inquilinos y que si no pod铆a hacerlas se mudara. Poco despu茅s recibi贸 una notificaci贸n judicial dici茅ndole que si las aver铆as se agravaban se ver铆a obligada a dejar la casa.
Esto la sumi贸 en el m谩s grande terror. Por el alquiler antiguo que ella pagaba en ese lugar solo encontrar铆a un cuarto de esteras en una barriada. Cada ma帽ana pasaba revista al cielo raso y los muros temerosa de ver surgir una nueva grieta. Pero la quinta se desmoronaba caprichosamente, sin seguir ning煤n orden preestablecido. Otra de las palmeras de la entrada se derrumb贸, en los departamentos de los altos estallaron las ca帽er铆as inundando varios departamentos y las tejas de una casa exterior se vinieron abajo.
Memo no trat贸 esta vez de sacar ninguna ventaja de las dificultades de su vecina. Varias veces estuvo tentado de intercalar, en uno de sus cotidianos di谩logos murales, algo as铆 como “Que se le caiga el techo encima” o “Reviente, zamba, bajo la pared”, pero el temor de que el deterioro de la casa contigua se hiciera extensivo a la suya lo paralizaba. Esto no le imped铆a llevar el registro de los ruidos de su vecina y aparte de los gases hab铆a detectado en su respiraci贸n, en las noches, un ronquido que le dio p谩bulo a nuevas invectivas: “Ahora son los bronquios; las pulmon铆as se llevan a la tumba a las viejas gordas” o “Dentro de unos meses a Jauja, a respirar el aire de los desahuciados. As铆 me dejar谩 tranquilo, arp铆a”.
Una noche do帽a Pancha tosi贸 sin interrupci贸n, lo que redobl贸 las pullas de Memo y el pleito que tend铆a a empantanarse en la moderaci贸n recobr贸 su antiguo br铆o. “¡Asqueroso, insolente, no tiene respeto por una mujer de edad! A ver, ¿por qu茅 cuando estuvo mi hijo aqu铆 no levant贸 la voz? Se la pas贸 escondido bajo la cama, cobarde”. Por la mente de Memo pas贸 un viejo recuerdo y antes de que pudiera reprimirse grit贸: “S茅palo bien, ¡su hijo era un rosquete!”. En vano esper贸 la respuesta. En el resto de la noche solo escuch贸 toses, ronquidos y suspiros.
Al d铆a siguiente do帽a Pancha no sali贸 de su cuarto. Memo esper贸 en vano verla regresar de misa o ir de compras para colocarle, de pasada, una de sus habituales estocadas. El loro estuvo m谩s locuaz que de costumbre, probablemente esperando su choclo fresco y el gato trat贸 de entretenerlo en vano con sus moner铆as de viejo cap贸n. Memo permaneci贸 todo el tiempo al acecho, escuchando tan solo en la pieza contigua el carraspeo y el traj铆n de una persona agotada. En los d铆as siguientes el traj铆n se fue haciendo m谩s lento hasta que ces贸 por completo. Memo se alarm贸: ese silencio le parec铆a irreal, despojaba a su vida de todo un escenario que hab铆a sido minuciosa, arduamente montado durante a帽os.
Saliendo al balc贸n observ贸 al loro que yac铆a acurrucado en un rinc贸n de su jaula encamada y, lo que nunca hac铆a, se atrevi贸 a acercarse a la ventana de su vecina. Apenas vio su reflejo en los cristales dio un respingo. “Viejo idiota, ¿qu茅 hace all铆 espi谩ndome?”. “No estoy espiando a nadie. Ya le he dicho que el balc贸n es de todos los inquilinos”. “Ya que tiene usted dos patas, vaya a la botica y tr谩igame una aspirina”. “A la 煤ltima persona que le har茅 un favor ser谩 a usted. Reviente, zamba sucia”. “No es un favor, pedazo de malcriado, es una orden. Si no me hace caso va a caer sobre usted la maldici贸n de Dios”. “Esas maldiciones me importan un comino. B煤squese una sirvienta”.
Memo regres贸 a su cuarto y anduvo entre sus 谩lbumes de estampillas y sus libros de viajes tratando de entretenerse en algo. Pero nada lograba retener su atenci贸n, a no ser el silencio que lo cercaba. Al fin peg贸 la boca al muro y grit贸: “¡Le traer茅 la aspirina, bestia, pero lo hago solo por humanidad! Y aun as铆 cu铆dese, no vaya a ser que le ponga veneno”.
Cuando regres贸 de la farmacia toc贸 la puerta de do帽a Francisca. “Un momento, cholo indecente, espere que me ponga la bata”. “¿Y cree que la voy a mirar? Lo 煤ltimo que se me ocurrir铆a: ¡una chancha calata!”. La puerta se entreabri贸 y asom贸 por ella la mano de do帽a Pancha. Memo deposit贸 el sobre con las aspirinas. “Un sol cincuenta. No va a querer adem谩s que le regale las medicinas”. “Ya lo s茅, flaco avaro. Espere”. La mano volvi贸 a asomar y arroj贸 al balc贸n un pu帽ado de monedas. “¿As铆 me paga el servicio? ¡S茅palo ya, no cuente en adelante conmigo, mu茅rase como una rata!”.
Pero esa noche cuando do帽a Pancha lo interpel贸 pidi茅ndole una taza de t茅 caliente Memo, despu茅s de deshacerse en improperios, se la prepar贸. Esta vez la comunicaci贸n se efectu贸 a trav茅s de la ventana. Memo tuvo apenas tiempo de entrever el rostro de su vecina, ajado, sombr铆o, fl谩ccido y violeta.
Al d铆a siguiente fue un caldo lo que do帽a Pancha exigi贸. Memo preparaba su propia comida, a veces la encargaba a una pensi贸n de donde se la tra铆an en un portaviandas, muy rara vez iba a un restor谩n. Ese d铆a no ten铆a caldo.
“¿Y por qu茅 no un pavo al horno, vieja gorrera?”. “Un caldo, he dicho”. Memo cogi贸 un poco de carne molida de su gato y prepar贸 una sustancia. Do帽a Pancha lo esperaba en la ventana, apoyada en el alf茅izar. Memo la volvi贸 a examinar y not贸 por primera vez que sus ojeras eran siniestras y que ten铆a dos enormes lunares de carne en la mejilla. Do帽a Pancha oli贸 el caldo: “De hueso, seguramente, miserable”. “De caca de gato, para que lo sepa”.
Al d铆a siguiente Memo se levant贸 temprano, fue a una pensi贸n cercana y encarg贸 para mediod铆a una doble raci贸n de caldo de gallina. Cuando se lo trajeron lo puso en el fog贸n para que se mantuviera caliente. Sentado en su sof谩 esper贸 que do帽a Pancha se manifestara. Pero dieron las dos de la tarde y no escuch贸 ning煤n pedido. “¿No hay hambre, vieja pedorra?”. M谩s tarde volvi贸 a interpelarla: “¡Eh, aqu铆 no estamos para aguantar caprichos! La sopa a sus horas o nada”. Como do帽a Pancha no contest贸, apag贸 la cocina y se ech贸 a dormir la siesta. Despert贸 al atardecer en medio de un gran silencio, puntuado solo a veces por el cacareo de un loro cada vez m谩s fam茅lico. Memo se entretuvo escuchando sus discos de Caruso, a un volumen intencionalmente elevado, pero a diferencia de otras 茅pocas no llegaron del otro lado ni protestas ni represalias. Cuando ya estaba oscuro volvi贸 a encender la cocina para calentar el caldo y sali贸 a la galer铆a. Otra vez se vio circundado por una calma irreal. El departamento de su vecina estaba apagado. Memo se pase贸 delante de 茅l taconeando fuerte sobre el enladrillado para hacer notar su presencia e interpelando al pajarraco: “Lorito de trapo sucio, a punto de estirar la pata, ¿no?”. Al fin, intrigado, se decidi贸 a dar unos golpes en la puerta y como no obtuvo respuesta la empuj贸. Estaba sin picaporte y cedi贸. En la oscuridad avanz贸 unos pasos, tropez贸 con algo y cay贸 de bruces. “Vieja bruja, ¿as铆 que poni茅ndome zancadillas, no?”. A gatas anduvo chocando con taburetes y mesas hasta que encontr贸 el conmutador de una l谩mpara y alumbr贸. Do帽a Pancha estaba tirada de vientre en medio del piso, con un frasco en la mano. El vuelo de su camis贸n estaba levantado, dejando al descubierto un muslo inmensamente gordo, cruzado de venas abultadas. El primer impulso de Memo fue salir disparado, pero en la puerta se contuvo. Agach谩ndose roz贸 con la mano ese cuerpo fr铆o y r铆gido. En vano trat贸 de levantarlo para llevarlo a la cama. Esos cien kilos de carne eran inamovibles.
“Ya lo dec铆a —mascull贸—, ten铆as que reventar as铆. ¿Y ahora qu茅 hago contigo? ¡Aun muerta tienes que seguir fregando! Dura como loza te has quedado, negra malcriada”. Su gato hab铆a aprovechado para entrar a husmear ese lugar no hollado y ol铆a la mano de do帽a Pancha. “¡Fuera de aqu铆, bestia carachosa!”, grit贸 Memo y como nunca le encaj贸 un puntapi茅 en las costillas. Con una r谩pida mirada escrut贸 la pieza y not贸 el desorden que deja una persona que bruscamente se ausenta: cajones abiertos, ropa tirada en las sillas, platos sucios en la cocina. Saliendo del cuarto fue a su casa, se puso su pijama, prob贸 un poco de caldo y se meti贸 a la cama. Pero le fue imposible conciliar el sue帽o. Cerca de medianoche se visti贸 y se dirigi贸 a la comisar铆a del parque para dar cuenta de lo sucedido.
En el resto de la noche y hasta la madrugada pasaron por el cuarto vecino polic铆as, el m茅dico forense, un sacerdote, algunos vecinos y dos monjitas que vistieron a la muerta. No hubo velatorio. Vino a llevarla al cementerio la carroza de los indigentes. Cuando en pleno d铆a sacaban el ata煤d de madera sin barnizar, Memo dud贸 si deb铆a o no hacer acto de presencia. Estuvo a punto de ponerse el saco, pero finalmente por desidia o por terquedad renunci贸.
Y desde entonces lo vimos m谩s solter贸n y solitario que nunca. Se aburr铆a en su cuarto silencioso, adonde hab铆an terminado por llegar las grietas de la pieza vecina. Pasaba largas horas en la galer铆a fumando sus cigarrillos ordinarios, mirando la fachada de esa casa vac铆a, en cuya puerta los propietarios hab铆an clavado dos maderos cruzados. Hered贸 el loro en su jaula colorada y termin贸, como era de esperar, regando las macetas de do帽a Pancha, cada ma帽ana, religiosamente, mientras entre dientes la segu铆a insultando, no porque lo hab铆a fastidiado durante tantos a帽os, sino porque lo hab铆a dejado, en la vida, es decir, puesto que ahora formaba parte de sus sue帽os.
FIN

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