Carmilla - Sheridan Le Fanu - Amantes de la literatura

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5.30.2024

Carmilla - Sheridan Le Fanu



Viv铆amos en Estiria, en un castillo. No es que nuestra fortuna fuera principesca, pero en aquel rinc贸n del mundo era suficiente una peque帽a renta anual para poder llevar una vida de gran se帽or. En cambio, en nuestro pa铆s y con nuestros recursos s贸lo habr铆amos podido llevar una existencia acomodada. Mi padre es ingl茅s y yo, naturalmente, tengo un apellido ingl茅s, pero no he visto nunca Inglaterra.

Mi padre serv铆a en el ej茅rcito austr铆aco. Cuando alcanz贸 la edad del retiro, con su reducido patrimonio pudo adquirir aquella peque帽a residencia feudal, rodeada de varias hect谩reas de tierra.

No creo que exista nada m谩s pintoresco y solitario. El castillo est谩 situado sobre una suave colina y domina un extenso bosque. Una carretera angosta y abandonada pasa por delante de nuestro puente levadizo, que nunca he visto levantar: en su foso nadan los cisnes entre las blancas corolas de los nen煤fares.

Dominando este conjunto se levanta la amplia fachada del castillo con sus numerosas ventanas, sus torres y su capilla g贸tica. Delante del castillo se extiende el pintoresco bosque; a la derecha, la carretera discurre a lo largo de un puente g贸tico tendido sobre un torrente que serpentea a trav茅s del bosque.

He dicho que es un lugar muy solitario. Juzgad vosotros mismos si digo la verdad. Mirando desde la puerta de entrada hacia la carretera, el bosque que rodea nuestro castillo se extiende quince millas a la derecha y doce a la izquierda. El pueblo habitado m谩s pr贸ximo est谩 en esa 煤ltima direcci贸n, a una distancia aproximada de siete millas.

El castillo m谩s cercano y de cierta notoriedad hist贸rica es el del general Spieldorf, a unas veinte millas a la derecha.

He dicho «el pueblo habitado m谩s pr贸ximo», porque al oeste, s贸lo a tres millas, en direcci贸n al castillo del general Spieldorf, hay un pueblecito en ruinas con su iglesia g贸tica tambi茅n en ruinas; all铆 est谩n las tumbas, casi ocultas entre piedras y follaje, de la orgullosa familia Karstein, extinguida hace tiempo. La familia Karstein pose铆a anta帽o el desolado castillo que, desde la espesura del bosque, domina las silenciosas ruinas del pueblo.

Hay una leyenda que explica por qu茅 fue abandonado por sus habitantes este extra帽o y melanc贸lico paraje. Pero ya hablar茅 de ella m谩s adelante.

El n煤mero de habitantes de nuestro castillo era muy exiguo. Excluyendo a los criados y a los habitantes de los edificios anexos, est谩bamos solamente mi padre, el hombre m谩s simp谩tico del mundo, pero de edad bastante avanzada, y yo, que en la 茅poca en que ocurrieron los hechos que voy a narrar ten铆a solamente diecinueve a帽os.

Mi padre y yo constitu铆amos toda la familia. Mi madre, de una familia noble de Estiria, muri贸 cuando yo era a煤n una ni帽a. Sin embargo, tuve una inmejorable ama, la se帽ora Perrodon, de Berna. Era la tercera persona en nuestra modesta mesa. La cuarta era la se帽orita Lafontaine, una dama en toda la extensi贸n de la palabra, que ejerc铆a las funciones de institutriz, para completar mi educaci贸n.

Algunas muchachas amigas m铆as ven铆an de vez en cuando al castillo y, algunas veces, yo les devolv铆a la visita. 脡stas eran nuestras habituales relaciones sociales. Naturalmente, tambi茅n recib铆amos visitas imprevistas de «vecinos». Por vecinos se entienden a las personas que habitaban dentro de un radio de cuatro o cinco leguas.

Puedo aseguraros que, en general, era una vida muy aislada.

El primer acontecimiento que me produjo una terrible impresi贸n y que a煤n ahora sigue grabado en mi mente, es al propio tiempo uno de los primeros sucesos de mi vida que puedo recordar.

La nursery, como la llam谩bamos, aunque era s贸lo para m铆, estaba en una habitaci贸n grandiosa del 煤ltimo piso del castillo, y ten铆a el techo inclinado, con molduras de madera de casta帽o. Tendr铆a yo unos seis a帽os cuando una noche, despert谩ndome de improviso, mir茅 a mi alrededor y no vi a la camarera de servicio. Cre铆 que estaba sola. No es que tuviera miedo… pues era una de aquellas afortunadas ni帽as a quienes han evitado expresamente las historias de fantasmas y los cuentos de hadas, que vuelven a los ni帽os temerosos ante una puerta que chirr铆a o ante la sombra danzante que produce sobre la pared cercana la luz incierta de una vela que se extingue. Si me ech茅 a llorar fue seguramente porque me sent铆 abandonada; pero, con gran sorpresa, vi al lado de mi cama un rostro bell铆simo que me contemplaba con aire grave. Era una joven que estaba arrodillada y ten铆a sus manos bajo mi manta. La observ茅 con una especie de placentero estupor, y ces茅 en mi lloriqueo. La joven me acarici贸, se ech贸 en la cama a mi lado y me abraz贸, sonriendo. De repente, me sent铆 calmada y contenta, y me dorm铆 de nuevo.

De s煤bito, me despert茅 con la escalofriante sensaci贸n de que dos agujas me atravesaban el pecho profunda y simult谩neamente. Profer铆 un grito. La joven dio un salto hacia atr谩s, cayendo al suelo, y me pareci贸 que se escond铆a debajo de la cama.

Por primera vez sent铆 miedo y me puse a gritar con todas mis fuerzas. La ni帽era, la camarera y el ama acudieron precipitadamente, pero cuando les cont茅 lo que me hab铆a ocurrido estallaron en risas, a la vez que trataban de tranquilizarme. Aunque yo era solamente una ni帽a, recuerdo sus rostros p谩lidos y su angustia mal disimulada. Las vi buscar debajo de la cama, por todos los rincones de la habitaci贸n, en el armario, y o铆 a mi ama susurrar a la ni帽era:

—¡Mira! Alguien se ha echado en la cama, junto a la ni帽a. A煤n est谩 caliente.

Recuerdo que la camarera me acarici贸 y que las tres mujeres examinaron mi pecho, en el punto donde yo les dije que hab铆a sentido la punzada. Me aseguraron que no se ve铆a ninguna se帽al.

El d铆a siguiente lo pas茅 en un continuo estado de terror: no pod铆a quedarme sola un instante, ni siquiera a plena luz del d铆a.

Recuerdo a mi padre junto a mi cama, habl谩ndome en tono festivo, as铆 como preguntando a la ni帽era y ri茅ndose de sus respuestas. Luego hac铆a muecas, me abrazaba y me aseguraba que todo hab铆a sido un sue帽o sin importancia.

Pero yo no estaba tranquila, porque sab铆a que la visita de aquella extra帽a criatura no hab铆a sido un sue帽o.

He olvidado todos mis recuerdos anteriores a este acontecimiento, y muchos de los posteriores, pero la escena que acabo de describir aparece vivida en mi mente como los cuadros de una fantasmagor铆a surgiendo de la oscuridad.

Una tarde de verano, particularmente apacible, mi padre me pidi贸 que le acompa帽ara a dar un paseo por el maravilloso bosque que se extiende ante el castillo.

—El general Spieldorf no vendr谩 a visitarnos, como esper谩bamos —me dijo, durante el paseo.

Nuestro vecino deb铆a pasar varias semanas en el castillo. Con 茅l deb铆a venir tambi茅n su joven sobrina y pupila, la se帽orita Reinfelt. Yo no conoc铆a a la se帽orita Reinfelt, pero me la hab铆an descrito como una joven encantadora. Qued茅 muy desilusionada ante la noticia que acababa de darme mi padre; mucho m谩s de lo que pueda imaginar alguien que viva habitualmente en la ciudad. Aquella visita, y la nueva amistad que seguramente hab铆a de surgir de ella, hab铆a sido objeto diario de mis pensamientos durante muchas semanas.

—¿Cu谩ndo vendr谩n? —pregunt茅.

—El pr贸ximo oto帽o. Dentro de un par de meses —respondi贸 mi padre, y a帽adi贸—: Me alegro, querida, de que no hayas conocido a la se帽orita Reinfelt.

—¿Por qu茅? —inquir铆, molesta y curiosa al mismo tiempo.

—Porque la pobre muchacha ha muerto.

Qued茅 sumamente impresionada. El general Spieldorf dec铆a en su 煤ltima carta, seis o siete semanas antes, que su sobrina no se encontraba muy bien, pero nada hac铆a pensar en la posibilidad, ni siquiera remota, de un grave peligro.

—Aqu铆 tienes la carta del general —continu贸 mi padre, entreg谩ndomela—. Me parece que est谩 muy trastornado. Indudablemente, cuando escribi贸 la carta se hallaba muy excitado.

Nos sentamos en un banco de piedra, junto al sendero de los tilos. El sol desaparec铆a con todo su melanc贸lico esplendor detr谩s del horizonte selv谩tico, y el torrente que discurr铆a junto a nuestra mansi贸n reflejaba el colorido escarlata del cielo, cada vez m谩s p谩lido.

La carta del general Spieldorf era tan ins贸lita y apasionada, que la rele铆 detenidamente para comprender su sentido. Quiz谩s el dolor hab铆a trastornado su mente.

Dec铆a as铆:

«He perdido a mi querida sobrina: la quer铆a como a una hija. La he perdido, y solamente ahora lo s茅 todo. Ha muerto en la paz de la inocencia y en la fe de un futuro bendito. El monstruo que ha traicionado nuestra ciega hospitalidad ha sido el culpable de todo. Cre铆 recibir en mi casa a la inocencia, a la alegr铆a, a una compa帽铆a querida para mi Berta, ¡Dios m铆o! ¡Qu茅 loco he sido! Consagrar茅 los d铆as que me quedan de vida a la caza y destrucci贸n del monstruo. S贸lo me gu铆a una d茅bil luz. Maldigo mi ceguera y mi obstinaci贸n… todo… Es demasiado tarde. En estos momentos no puedo escribir ni hablar con serenidad; estoy demasiado trastornado. En cuanto est茅 mejor me dedicar茅 a la b煤squeda e ir茅 posiblemente hasta Viena. Dentro de un par de meses, hacia el oto帽o, ir茅 a visitaros, si es que a煤n estoy vivo. Al propio tiempo os contar茅 lo que ahora no tengo fuerzas para escribir. Adi贸s. Rogad por m铆, queridos amigos».

Aqu铆 terminaba la carta. Si bien yo no hab铆a conocido a Berta Reinfelt, mis ojos se llenaron de l谩grimas. La noticia de su muerte me impresion贸 much铆simo.

Devolv铆 a mi padre la carta del general. El sol se hund铆a cada vez m谩s en el ocaso y la tarde era dulce y clara. Paseando bajo la tibia luz del atardecer, nos entretuvimos haciendo c谩balas sobre el posible sentido de las incoherentes y violentas afirmaciones de aquella carta. En el puente levadizo encontramos a la se帽orita Lafontaine y a la se帽ora Perrodon, que hab铆an salido a admirar el magn铆fico claro de luna.

Frente a nosotros se extend铆a el prado por el cual nos hab铆amos paseado. A la izquierda, el camino discurr铆a bajo unos venerables 谩rboles y desaparec铆a en la espesura del bosque. A la derecha, la carretera pasaba sobre un puente severo y pintoresco a la vez, junto al cual se ergu铆a una torre en ruinas. En el fondo del prado, una ligera neblina delimitaba el horizonte con un velo transparente, y de cuando en cuando se ve铆an brillar las aguas del torrente a la luz de la luna.

Lo mismo a mi padre que a m铆, nos seduc铆a lo pintoresco y nos quedamos contemplando en silencio la espl茅ndida llanura que se extend铆a ante nosotros. Las dos buenas se帽oras, a pocos pasos, discut铆an acerca del paisaje y hablaban de la luna.

La se帽ora Perrodon era m谩s bien gruesa y ve铆a todas las cosas desde un punto de vista rom谩ntico. La se帽orita Lafontaine pretend铆a ser psic贸loga y algo m铆stica. Aquella tarde afirm贸 que la intensa luminosidad de la luna estaba en relaci贸n directa con una especial actividad espiritual. Los efectos de una luna llena como aqu茅lla pod铆an ser m煤ltiples. Influ铆a en los sue帽os, en la locura, en la gente nerviosa y hasta en los hechos materiales.

—Esta noche —dijo—, la luna est谩 llena de influjos magn茅ticos. Mirad c贸mo brillan las ventanas con un resplandor plateado, como si unas manos invisibles hubieran iluminado las estancias para recibir hu茅spedes espectrales.

En aquel momento, el ins贸lito rumor de las ruedas de un carruaje y del galope de muchos caballos sobre la carretera atrajo nuestra atenci贸n. Parec铆a aproximarse descendiendo de la colina que dominaba el viejo puente; muy pronto, un peque帽o tropel desemboc贸 por aquel punto. Primero cruzaron el puente dos caballeros, luego apareci贸 un carruaje tirado por cuatro corceles, y finalmente otros dos caballeros que cerraban el cortejo.

Parec铆a el coche de una persona de rango. Nuestra atenci贸n qued贸 prendida en aquel espect谩culo inusitado, que no tard贸 en hacerse a煤n m谩s interesante, porque, cuando apenas hab铆an pasado la curva del puente, uno de los caballos del tiro se desboc贸 y, contagiando su p谩nico a los otros, arranc贸 a todo el tiro con un galope desenfrenado, irrumpiendo entre los caballeros que preced铆an al carruaje y avanzando hacia nosotros con la violencia y la furia de un hurac谩n.

En aquel momento culminante, la escena adquiri贸 caracteres de tragedia, debido a unos gritos femeninos procedentes del interior del veh铆culo.

Mi padre permaneci贸 en silencio, mientras nosotras lanz谩bamos exclamaciones de terror. El final no se hizo esperar. El punto de enlace de la carretera con el puente levadizo estaba delimitado a un lado por un soberbio tilo, y al otro por una cruz de piedra. Los caballos, que marchaban a una velocidad vertiginosa, se desviaron asustados al ver la cruz, arrastrando las ruedas contra las ra铆ces salientes del 谩rbol. Asustada por lo que pod铆a ocurrir, me tap茅 el rostro con las manos, no resistiendo la idea de ver c贸mo la carroza se sal铆a del camino. En aquel mismo instante o铆 el grito de mis compa帽eras, que estaban un poco m谩s adelantadas que yo. Abr铆 los ojos, impulsada por la curiosidad, y contempl茅 una escena sumamente confusa. Dos caballos yac铆an en el suelo. El carruaje estaba volcado, apoyado sobre uno de sus lados, con dos ruedas al aire. Los hombres se afanaban arreglando el veh铆culo, de cuyo interior hab铆a salido una se帽ora de aspecto autoritario, que retorc铆a nerviosamente entre sus manos un pa帽uelo. Ayudamos a salir del carruaje a una joven, al parecer desmayada. Mi padre se hab铆a acercado a la se帽ora de m谩s edad, sombrero en mano, ofreci茅ndole ayuda y cobijo en el castillo. La se帽ora no parec铆a o铆r nada, y s贸lo ten铆a ojos para la fr谩gil muchachita que hab铆a sido reclinada en el respaldo de un banco.

Me acerqu茅. La joven hab铆a perdido el conocimiento, pero sin duda estaba con vida. Mi padre, que se preciaba de tener algunos conocimientos m茅dicos, le tom贸 el pulso y asegur贸 a la se帽ora, que se hab铆a presentado a s铆 misma como madre de la joven, que la pulsaci贸n, si bien d茅bil e irregular, era perceptible. La se帽ora junt贸 sus manos y alz贸 los ojos al cielo, al parecer en un moment谩neo transporte de gratitud; luego, repentinamente, se desahog贸 haciendo gestos teatrales, que, sin embargo, son espont谩neos en cierto tipo de personas. Era una mujer de buen ver, que en su juventud debi贸 haber sido seductora. Delgada, aunque no flaca, iba vestida de terciopelo negro. Su p谩lida fisonom铆a conservaba una expresi贸n orgullosa y autoritaria, a pesar de la agitaci贸n, del momento.

—¡Qu茅 desgracia la m铆a! —exclam贸, retorci茅ndose las manos—. Estoy efectuando un viaje que es cuesti贸n de vida o muerte. Una hora de retraso puede tener consecuencias irreparables. No es posible que mi hija pueda restablecerse del golpe recibido y continuar un viaje cuya duraci贸n no es posible prever. Deber茅 dejarla forzosamente en el trayecto. No quiero correr el riesgo de llegar con retraso. ¿A qu茅 distancia se encuentra el pueblo m谩s pr贸ximo? Es necesario que la lleve hasta all铆, para recogerla a mi regreso. ¡Y pensar que tendr茅 que pasar por lo menos tres meses sin ver a mi querida hija, sin tener noticias suyas!

Tir茅 a mi padre de la chaqueta y le susurr茅 al o铆do:

—Padre, dile que la deje con nosotros… Me gustar铆a mucho. Hazlo por m铆.

—Si la se帽ora quiere confiar su hija a los cuidados de la m铆a y de nuestra ama, la se帽ora Perrodon, si permite que su hija se quede con nosotros, bajo mi responsabilidad, hasta su regreso, lo consideraremos como un gran honor y tendremos para ella los cuidados y la devoci贸n que el deber de la hospitalidad imponen —dijo mi padre solemnemente.

—No puedo aceptarlo —respondi贸 la desconocida, con mucha circunspecci贸n—; ser铆a abusar demasiado de su amabilidad.

—Al contrario, nos har铆a un gran favor. Precisamente vendr铆a a llenar un inesperado vac铆o. Hoy mismo, mi hija ha sufrido una gran desilusi贸n, debido a la noticia de que se ha frustrado una visita que esper谩bamos. Si conf铆a su hija a nuestros cuidados, ser谩 su mejor consuelo.

En el aspecto y actitudes de aquella se帽ora hab铆a algo tan especial e imponente, y en cierto sentido fascinante, que, aun prescindiendo del s茅quito que la acompa帽aba, daba la impresi贸n de ser una persona de rango.

Entretanto, el carruaje hab铆a sido levantado y los caballos, ya calmados, estaban de nuevo enganchados.

La se帽ora dirigi贸 a su hija una mirada que a m铆 no me pareci贸 afectuosa, como era de esperar despu茅s de la terrible escena, y seguidamente llam贸 a mi padre con un gesto y se apartaron unos pasos de nosotros. Mientras hablaba, la se帽ora mantuvo una expresi贸n fr铆a y grave, muy poco acorde con su anterior conducta.

Conversaron unos minutos; luego, la se帽ora regres贸 y dio unos pasos hacia su hija, que yac铆a entre los brazos de la se帽ora Perrodon. Se arrodill贸 a su lado y le susurr贸 algo al o铆do. La bes贸 apresuradamente y luego entr贸 precipitadamente en el carruaje, cerrando la portezuela, mientras los postillones trepaban al pescante y los batidores espoleaban sus caballos. Los postillones hicieron restallar sus l谩tigos y los caballos se lanzaron al galope; el carruaje desapareci贸 entre una nube de polvo, seguido de los dos caballeros que cerraban el cortejo.

Seguimos con la mirada su carrera hasta que desapareci贸 definitivamente entre la niebla y dej贸 de o铆rse el chirrido de sus ruedas y fragor de los cascos de los caballos lanzados al galope.

Para demostrar que no hab铆amos sido v铆ctimas de una alucinaci贸n quedaba entre nosotros la muchacha, que precisamente en aquel momento estaba recobrando el sentido. No pude verla, porque ten铆a el rostro vuelto hacia la parte opuesta al lugar donde yo me encontraba, pero o铆 su voz muy dulce, que preguntaba en tono suplicante:

—¿D贸nde est谩 mi madre? ¿D贸nde estoy? No veo el carruaje…

La se帽ora Perrodon contest贸 a sus preguntas lo mejor que pudo, y, paulatinamente, la joven fue recordando lo que hab铆a sucedido. Al enterarse de que nadie hab铆a sufrido el menor da帽o, qued贸 muy aliviada. Pero cuando le dijimos que su madre la hab铆a dejado a nuestro cuidado y que tardar铆a unos tres meses en regresar a buscarla, se ech贸 a llorar. Iba a acercarme a ella para ayudar a la se帽ora Perrodon en sus esfuerzos por consolarla, pero la se帽orita Lafontaine me detuvo, diciendo:

—No se acerque a ella, se帽orita. En el estado en que se encuentra, no podr铆a soportar m谩s de una persona a la vez.

Pens茅 que podr铆a visitarla en cuanto la hubieran acomodado en su habitaci贸n. Entretanto, mi padre hab铆a enviado en busca del m茅dico que viv铆a a unas dos leguas de distancia, y orden贸 preparar una habitaci贸n para alojar a la muchacha.

La desconocida se puso en pie y, apoy谩ndose en el brazo de la se帽ora Perrodon, cruz贸 lentamente el puente levadizo y entr贸 en nuestro jard铆n. La camarera la acompa帽贸 inmediatamente a la habitaci贸n que le hab铆a sido destinada.

—¿Le agrada nuestra invitada? —pregunt茅 a la se帽ora Perrodon—. D铆game qu茅 impresi贸n le ha causado.

—Me agrada mucho —contest贸—. Creo que es la muchacha m谩s bonita que he visto en toda mi vida. Tiene aproximadamente la edad de usted y es verdaderamente encantadora.

—¿No se han dado cuenta de que en el carruaje hab铆a otra persona? —intervino la se帽orita Lafontaine—. Una mujer que ni siquiera ha asomado la cabeza.

No, no la hab铆amos visto. La se帽orita Lafontaine nos describi贸 a un extra帽o personaje, vestido de negro, con un turbante rojo en la cabeza, que miraba continuamente por la ventanilla, haciendo gestos y muecas de desprecio en direcci贸n a las dos mujeres. Ten铆a unos ojos saltones y sus dientes salientes parec铆an los de una arp铆a.

—¿Han notado ustedes el desagradable aspecto que ten铆an los sirvientes? —pregunt贸 a su vez la se帽ora Perrodon.

—S铆 —convino mi padre—, parec铆an mastines. Nunca hab铆a visto tipos como 茅sos. Espero que cuando crucen el bosque no desvalijen a la se帽ora. Pero, deben ser unos bribones muy h谩biles. Lo han arreglado todo en un momento.

—Quiz谩s estaban cansados del largo viaje —dijo la se帽ora Perrodon—. Adem谩s de su aspecto poco recomendable, ten铆an la cara demacrada y parec铆an estar furiosos. Debo confesar que han despertado mi curiosidad, pero conf铆o en que la muchacha nos lo explicar谩 todo ma帽ana, cuando se encuentre mejor.

—No creo que lo haga —dijo mi padre con una sonrisa ambigua, como si supiera m谩s de lo que dec铆a.

Esto excit贸 mi curiosidad por saber lo que la se帽ora vestida de negro le hab铆a dicho a mi padre en el curso de la breve conversaci贸n que sostuvieron. Apenas me qued茅 a solas con 茅l intent茅 sonsacarle. Mi padre no se hizo rogar.

—No hay ning煤n motivo para que te lo oculte. La se帽ora me dijo que tem铆a dejarnos a su hija, porque se trata de una muchacha de salud delicada y tiene los nervios alterados, aunque no padece ataques ni alucinaciones.

—¿No te parece algo raro que te dijera esto? No ten铆a ninguna necesidad de aclarar ese extremo…

—De todos modos, eso es lo que me dijo —me interrumpi贸 mi padre—. Me explic贸 que est谩 efectuando un largo viaje, de vital importancia para ella. Est谩 obligada a viajar con la mayor rapidez y discreci贸n posibles. Dentro de tres meses vendr谩 a recoger a su hija. Entretanto, no debe decir nada acerca de su personalidad y del lugar adonde se dirige. Al pronunciar la palabra «discreci贸n», la ha subrayado con una pausa, mir谩ndome a los ojos con cierta dureza. Creo que es importante. ¿Has visto lo de prisa que se ha marchado? Espero no haber cometido una tonter铆a al hacerme cargo de esa muchacha.

Aunque el m茅dico no lleg贸 hasta la una de la madrugada, no pude irme a la cama. Cuando el doctor regres贸 al sal贸n, su informe fue muy optimista. La paciente se hab铆a levantado y su pulsaci贸n era regular. No ten铆a ninguna herida y el trauma nervioso no hab铆a dejado huella. Nada se opon铆a a que yo la visitara, si ella lo consent铆a. En consecuencia, le envi茅 recado por medio de la camarera, pregunt谩ndole si pod铆a hacerle una breve visita.

La camarera regres贸 inmediatamente, diciendo que la joven se alegrar铆a mucho con mi visita. No perd铆 un solo instante.

Hab铆amos alojado a nuestra invitada en una de las habitaciones m谩s hermosas del castillo. La joven estaba recostada, a la luz de los candelabros, en la cabecera de la cama. Su graciosa figura aparec铆a envuelta en una bata de seda recamada de flores y orlada con una cinta de raso que su madre le hab铆a echado a los pies, cuando a煤n estaba en el suelo.

Pero, apenas me acerqu茅 a la cama para saludarla, algo me hizo enmudecer y retroceder unos pasos.

Tratar茅 de explicarme. El rostro que ten铆a ante m铆 era el mismo que se me hab铆a aparecido durante aquella terrible noche de mi infancia, el rostro que tanto me hab铆a impresionado y sobre cuya aparici贸n hab铆a reflexionado durante a帽os, horroriz谩ndome en secreto.

Era un rostro encantador, y su expresi贸n conservaba la melanc贸lica dulzura que ten铆a cuando lo vi por primera vez. De repente, se ilumin贸 con una sonrisa, como si tambi茅n la joven acabara de reconocer a una vieja amiga.

Se produjo un silencio que dur贸 unos instantes. Finalmente, la joven habl贸: yo no pod铆a hacerlo.

—¡Qu茅 raro! —exclam贸—. Hace unos a帽os vi tu rostro en sue帽os, y desde entonces me ha obsesionado de tal modo, que no he podido olvidarlo.

—S铆 que es curioso —dije, tratando de sobreponerme al horror que me hab铆a impedido pronunciar una palabra hasta aquel momento—. Tambi茅n yo te vi hace unos a帽os —doce, exactamente—, no s茅 si en un sue帽o o en la realidad. Y tampoco he podido olvidar tu rostro desde entonces.

Su sonrisa se hizo m谩s dulce y desapareci贸 el aire de curiosidad que hab铆a notado en los primeros momentos en la joven. Me sent铆 m谩s confiada, y cumpl铆 con mis deberes de anfitriona, d谩ndole la bienvenida a nuestro hogar y expres谩ndole la satisfacci贸n que a todos los de la casa, y especialmente a m铆, nos hab铆a producido su imprevista llegada. Mientras hablaba, le cog铆 la mano. Yo era algo t铆mida, hecho muy comprensible si se tiene en cuenta la soledad en que viv铆a, pero aquella situaci贸n especial me hizo elocuente, casi audaz. La joven apret贸 s煤bitamente mi mano y la estrech贸 entre las suyas, mir谩ndome con sus ojos brillantes. Sonroj谩ndose, sonri贸 de nuevo y contest贸 a mi saludo. Aunque yo no me hab铆a recobrado del todo de mi primera impresi贸n, me sent茅 a su lado y la joven me dijo:

—Ante todo, es necesario que te cuente c贸mo y d贸nde te vi por primera vez. Es realmente extraordinario que nos hayamos so帽ado mutuamente tal como somos ahora, a pesar de que el sue帽o tuvo lugar cuando 茅ramos unas ni帽as. Yo no ten铆a m谩s de seis a帽os. Despert茅 de repente de un sue帽o agitado y me pareci贸 encontrarme en una habitaci贸n muy distinta a mi nursery, una estancia cuyas paredes estaban revestidas de madera de color oscuro y que aparec铆a llena de camas, sillas y otros muebles. Recuerdo que las camas estaban vac铆as y que en la habitaci贸n no hab铆a nadie m谩s que yo. Contempl茅 la habitaci贸n con gran curiosidad, admirando, entre otras cosas, un gran candelabro de hierro de dos brazos que reconocer铆a entre mil si volviera a verlo. Luego me sub铆a a una de las camas para llegar hasta la ventana, pero en aquel mismo instante o铆 un llanto procedente de una de las camas. Entonces fue cuando te vi. Eras tal como ahora te veo, una muchacha bell铆sima, de cabellos dorados y enormes ojos azules. Tambi茅n tus labios eran los mismos. Tu modo de mirar me conquist贸 inmediatamente. Salt茅 a la cama y te abrac茅; creo que nos quedamos dormidas durante un rato. Me despert贸 un grito: te hab铆as despertado y estabas chillando. Me asust茅 y ca铆 al suelo, donde perd铆 el conocimiento. Cuando recobr茅 el sentido me hallaba de nuevo en mi casa, en mi habitaci贸n. Nunca he podido olvidar tu rostro. No es posible que todo aquello fuese un simple sue帽o. Realmente, la muchacha que vi eres t煤.

Le cont茅 entonces mi visi贸n, que suscit贸 en mi nueva amiga una admiraci贸n que no me pareci贸 simulada.

—No s茅 cu谩l de las dos se asust贸 m谩s —dijo, sonriendo—. Si no hubieras sido tan encantadora, creo que me habr铆a asustado m谩s… ¿No te parece que lo mejor ser谩 pensar que nos conocimos hace doce a帽os y que, por tanto somos viejas amigas? Yo, por lo menos, creo que desde nuestra infancia est谩bamos predestinadas a serlo. Y por mi parte nunca he tenido una verdadera amiga. ¿La encontrar茅 ahora?

Suspir贸, y me mir贸 apasionadamente con sus hermosos ojos negros. En realidad, aquella joven me atra铆a de un modo inexplicable, pero al propio tiempo me inspiraba una indefinible repulsi贸n. Sin embargo, pese a lo contradictorio de mis sentimientos, lo que predominaba era la atracci贸n. Aquella joven desconocida —hasta cierto punto— me interesaba y me conquistaba. ¡Era tan hermosa y fascinante! Recuerdo que not茅 en ella cierto cansancio y me apresur茅 a desearle las buenas noches. A帽ad铆:

—Ser谩 mejor que esta noche duerma una camarera contigo. Fuera, en el pasillo, me aguarda una sirvienta. Es muy seria y no te molestar谩.

—Eres muy amable —respondi贸 la joven—, pero si hay otra persona en mi habitaci贸n no puedo dormir. No necesito ayuda, y quiero confesarte una peque帽a debilidad m铆a: tengo horror a los ladrones. En cierta ocasi贸n, mi casa fue desvalijada y asesinaron a dos camareras. Desde entonces tengo la costumbre de cerrar la puerta con llave. Tendr谩s que disculparme, pero no puedo evitarlo.

Durante un rato me retuvo entre sus brazos; luego me susurr贸 al o铆do:

—Buenas noches, querida. Me desagrada separarme de ti, pero es hora de descansar. Hasta ma帽ana. No pasaremos mucho rato separadas.

Se dej贸 caer sobre la almohada, suspirando, mientras sus hermosos ojos me contemplaban con expresi贸n amorosa y melanc贸lica. Suspir贸 de nuevo.

—Buenas noches, amiga m铆a.

Los j贸venes se enamoran y encari帽an al primer impulso. Me lisonjeaba el evidente afecto que me demostraba aquella joven, aunque me parec铆a que yo no hab铆a hecho nada para merecerlo. Me encant贸 la confianza que me hab铆a demostrado desde el primer momento. Parec铆a indudable que est谩bamos predestinadas a ser amigas 铆ntimas.

Lleg贸 el d铆a siguiente, y volvimos a vernos. Su compa帽铆a me hac铆a feliz por muchas razones. A la luz del d铆a no hab铆a perdido su encanto. Era, sin duda, la m谩s hermosa criatura que jam谩s hab铆a visto, y el desagradable recuerdo que conservaba de su aparici贸n en el curso de mi sue帽o infantil se hab铆a trocado en una placentera sensaci贸n.

La joven me confes贸 que tambi茅n ella hab铆a experimentado un sobresalto al reconocerme, y el mismo sentimiento de repulsi贸n que se mezclaba a mi simpat铆a. Las dos nos re铆mos de nuestro asombro.


He dicho que hab铆a en ella muchas cosas que me fascinaban, pero tambi茅n otras que me desagradaban.

Empezar茅 por describirla f铆sicamente: era de estatura mediana, delgada y de formas muy armoniosas. Aparte de que sus movimientos eran l谩nguidos —verdaderamente muy l谩nguidos—, nada en su aspecto denotaba que estuviera enferma. Ten铆a una tez sonrosada y luminosa, y sus facciones eran peque帽as y correctas. Sus ojos eran negros y brillantes, sus cabellos realmente espl茅ndidos: no he visto nunca una cabellera tan larga y sedosa como la suya cuando la soltaba sobre sus hombros. A menudo sumerg铆a mi mano entre sus cabellos y re铆a tontamente ante lo ins贸lito de su peso. Eran unos cabellos m贸rbidos y vivos, de color casta帽o oscuro con reflejos dorados. Me gustaba sentirlos en mi mano y luego soltarlos mientras mi amiga, sentada en un sill贸n, hablaba sin cesar. Me gustaba retorcerlos, entrelazarlos, jugar con ellos. ¡Cielo santo! ¡Si lo hubiese sabido todo!

He se帽alado que algunas de sus particularidades no me convenc铆an. He dicho que la confianza que me hab铆a otorgado desde el primer momento me hab铆a conquistado. No obstante, todo cuanto hac铆a referencia a ella misma, a su madre o a cualquier aspecto de su vida particular o familiar, despertaba en la joven una extra帽a reticencia. Desde luego, no era razonable por mi parte insistir en esos aspectos, y tal vez no me portaba bien. Mi obligaci贸n era la de respetar la solemne orden dada a mi padre por la se帽ora vestida de negro. Pero la curiosidad es un sentimiento que carece de escr煤pulos, y ninguna muchacha soporta de buen grado verse desilusionada por lo que le interesa: ¿Qu茅 pod铆a haber de malo en el hecho de que mi amiga me contara lo que tan ardientemente deseaba saber? ¿Acaso no ten铆a confianza en mi sentido del honor? ¿Por qu茅 no me cre铆a cuando le aseguraba que jam谩s divulgar铆a una sola palabra de lo que me dijera?

Su persistente negativa, acompa帽ada siempre de una sonrisa, me parec铆a una actitud totalmente en desacuerdo con su edad. No puedo decir que el hecho fuera motivo de discusiones entre nosotras, porque resultaba imposible enfadarse con la joven. Tal vez lo inconveniente, e incluso descort茅s, fuera mi insistencia, pero me sent铆a realmente acuciada por la curiosidad.

Sus explicaciones no me aclaraban nada, o por lo menos eso cre铆a yo. Pueden resumirse en tres vagas revelaciones.

La primera era su nombre: Carmilla.

La segunda, que los miembros de su familia eran nobles o intelectuales.

Y la tercera, que su casa estaba situada a occidente de la nuestra.

No me dijo su apellido, ni sus t铆tulos nobiliarios, ni el nombre de sus propiedades, ni siquiera la regi贸n donde viv铆a. Y no es que yo la atosigara continuamente con mis preguntas: me limitaba, simplemente, a intercalarlas siempre que la ocasi贸n era propicia. Prefer铆a las f贸rmulas indirectas. Una o dos veces, en realidad, la ataqu茅 frontalmente. Pero, cualquiera que fuese la t谩ctica que empleaba, el resultado era siempre el mismo: un rotundo fracaso. Los reproches y las caricias no serv铆an de nada, aunque debo confesar que sab铆a eludir las preguntas con una evidente destreza, y que parec铆a francamente disgustada por no poder satisfacer mi curiosidad. Siempre que se planteaba una de estas situaciones, me echaba los brazos al cuello, me estrechaba contra su pecho y apoyaba su mejilla en la m铆a, murmur谩ndome al o铆do:

—Querida, s茅 que tu coraz贸n se siente herido. No me juzgues cruel: me limito a obedecer una ley ineludible que constituye mi fuerza y mi debilidad. Si tu coraz贸n est谩 herido, el m铆o sangra con el tuyo. En medio de mi gran tristeza, vivo de tu exuberante vida, y t煤 morir谩s, morir谩s dulcemente por la m铆a. Es algo inevitable. Y as铆 como yo me acerco a ti, t煤, a tu vez, te acercar谩s a otros y aprender谩s el 茅xtasis de la crueldad, que es una forma del amor. No intentes saber nada m谩s de m铆 ni de mi vida, pero ten confianza con todo tu amor.

Y despu茅s de haber hablado con una voz suave, queda, me estrechaba entre sus brazos, y sus labios, bes谩ndome tiernamente, me inflamaban las mejillas.

Aquella excitaci贸n y aquel lenguaje me resultaban incomprensibles. Intentaba eludir sus abrazos, no demasiado frecuentes, pero me faltaban energ铆as. Sus palabras resonaban en mis o铆dos como una canci贸n de cuna y dome帽aban mi resistencia sumergi茅ndome en una especie de sopor, del cual s贸lo despertaba cuando me libraba de sus brazos. Aquellas incomprensibles expansiones no me gustaban. Experimentaba una extra帽a y tumultuosa sensaci贸n que, si bien en cierto sentido me resultaba agradable, me inundaba al mismo tiempo de temor y de repulsi贸n. Siempre que ten铆a lugar una de esas escenas me sent铆a sumamente turbada, y, al tiempo que aumentaba el placer que me produc铆a, aumentaba tambi茅n mi repugnancia.

—S茅 que lo que acabo de explicar podr谩 parecer parad贸jico, pero no puedo expresar de otra forma lo que sent铆a.

Han transcurrido diez a帽os desde que tuvieron lugar aquellos hechos, y la mano me tiembla a煤n al escribir acerca de la situaci贸n en que inconscientemente me vi envuelta.

A veces, despu茅s de un largo per铆odo de indiferencia, mi extra帽a y bell铆sima amiga me cog铆a s煤bitamente la mano, estrech谩ndomela con pasi贸n. Se sonrojaba y me miraba con ojos ora l谩nguidos, ora de fuego. Su conducta era tan semejante a la de un enamorado, que me produc铆a un intenso desasosiego. Deseaba evitarla, y al propio tiempo me dejaba dominar. Carmilla me cog铆a entre sus brazos, me miraba intensamente a los ojos, sus labios ardientes recorr铆an mis mejillas con mil besos y con un susurro apenas audible, me dec铆a:

—Ser谩s m铆a… debes ser m铆a… T煤 y yo debemos ser una sola cosa, y para siempre.

Despu茅s se echaba hacia atr谩s, apoy谩ndose en el respaldo del sill贸n, cubri茅ndose los ojos con las manos; y yo me sent铆a trastornada en lo m谩s profundo de mi ser.

—¿Qu茅 quieres decir con tus palabras? —intentaba saber—. ¿Te recuerdo acaso a alguna persona a la que amaste mucho? No me gusta que me hables as铆. Cuando lo haces no pareces la misma. Y tampoco yo me reconozco a m铆 misma cuando me miras y me hablas de este modo.

No hallaba una explicaci贸n satisfactoria a aquellas efusiones. Sin embargo, no parec铆an afectadas, ni falsas. Indudablemente, se trataba de una explosi贸n espont谩nea de un instinto o sentimiento reprimido.

¿Acaso Carmilla sufr铆a alucinaciones? ¿Estar铆a loca, a pesar de lo que afirm贸 su madre antes de marcharse? ¿O se trataba, simplemente, de una argucia rom谩ntica? En m谩s de una ocasi贸n hab铆a le铆do la historia de un joven que se introduc铆a en casa de su amada vestido de mujer y con la ayuda de una aventurera… ¿Ser铆a 茅ste el caso? La hip贸tesis: lisonjeaba mi vanidad, pero no ten铆a la menor consistencia. Durante largos per铆odos de tiempo, yo no representaba absolutamente nada para Carmilla, la cual se limitaba a dirigirme alguna mirada ardiente, eso s铆. Y aparte de aquellos fugaces momentos de excitaci贸n, sus modales eran absolutamente femeninos. Sus costumbres, por otra parte, eran bastante raras. Generalmente, se levantaba muy tarde, nunca antes del mediod铆a. Entonces tomaba 煤nicamente una taza de chocolate, muy caliente. A continuaci贸n pase谩bamos, juntas un rato, muy corto, ya que no tardaba en sentirse fatigada; regres谩bamos al castillo o nos sent谩bamos en un banco, debajo de los 谩rboles. Lo m谩s curioso era que su languidez f铆sica no iba nunca acompa帽ada de postraci贸n mental. Su conversaci贸n era siempre chispeante y vivaz.

De cuando en cuando hac铆a alguna vaga alusi贸n a su hogar, a su infancia o a alg煤n recuerdo de su existencia, y a trav茅s de sus palabras se adivinaba que sus h谩bitos y costumbres eran muy dispares a los nuestros. De esas ocasionales alusiones llegu茅 a colegir que su pa铆s natal estaba mucho m谩s lejos de lo que hab铆a cre铆do al principio.

Una tarde en que nos hall谩bamos sentadas bajo los 谩rboles, desfil贸 ante nosotros un cortejo f煤nebre. Se trataba del entierro de una muchacha muy bonita y a la cual yo conoc铆a porque era hija del guarda forestal. El pobre hombre marchaba detr谩s del f茅retro que conten铆a los restos de su querida y 煤nica hija y parec铆a tener el coraz贸n destrozado. Le segu铆an algunos aldeanos, cantando un himno funerario.

Cuando el cortejo pas贸 delante nuestro me puse en pie en se帽al de respeto, y un铆 mi voz a las suyas. Mi amiga me tir贸 rudamente del vestido y yo me volv铆, sorprendida. En tono irritado, me dijo:

—¿Es que no te das cuenta de lo desafinado de sus voces?

—Pues a m铆 me parece un canto muy dulce —respond铆, molesta por aquella intempestiva intromisi贸n, y porque tem铆a que los acompa帽antes del entierro observaran nuestra discusi贸n.

El canto continu贸.

—¡Me destrozan los t铆mpanos! —exclam贸 Carmilla en tono rabioso, tap谩ndose los o铆dos con las manos—. Detesto los entierros y los funerales. ¡Cu谩ntas cosas in煤tiles! Porque t煤 has de morir, todos han de morir, y todos, despu茅s de la muerte, son mucho m谩s felices. ¡Regresemos a casa!

—Mi padre ha ido tambi茅n al cementerio. ¿Lo sab铆as?

—No, no me importa. Ni siquiera s茅 qui茅n es el muerto —replic贸 mientras sus ojos centelleaban.

—Se trata de aquella muchacha que hace unos quince d铆as crey贸 haber visto un fantasma. Desde entonces ha ido empeorando, y ayer por la ma帽ana falleci贸.

—No me hables de fantasmas: esta noche no podr铆a dormir.

—Espero que no haya una epidemia por estos alrededores. Existen algunos s铆ntomas —continu茅—. La mujer del pastor muri贸 hace una semana, y tambi茅n dijo que hab铆a notado una extra帽a opresi贸n en el cuello, como si alguien tratara de ahogarla. Mi padre dice que esas alucinaciones son frecuentes en los casos de fiebres epid茅micas. La mujer se hallaba perfectamente el d铆a anterior, pero despu茅s de aquella noche se debilit贸 inesperadamente y al cabo de una semana falleci贸.

—Bien, supongo que ya habr谩n terminado con los cantos f煤nebres. Nuestros o铆dos ya no se ver谩n torturados, de nuevo. Todas estas cosas me ponen nerviosa. Si茅ntate a mi lado, m谩s cerca. C贸geme la mano. Apri茅tala fuerte, m谩s fuerte…

Nos hab铆amos retirado unos pasos y Carmilla se sent贸 en un banco. Su semblante se hab铆a transformado de tal modo, que me asust茅. Se hab铆a puesto p谩lida. Sus dientes rechinaban y apretaba los labios, sacudida por un continuo escalofr铆o. Todas sus energ铆as parec铆an empe帽adas en luchar contra aquel ataque. Finalmente, profiri贸 un ahogado grito y se tranquiliz贸 paulatinamente, superada la crisis de histerismo.

—Esto sucede cuando se agobia a la gente con himnos funerarios —dijo—. No me sueltes, me siento ya mucho mejor.

Tal vez para desvanecer la profunda impresi贸n que me hab铆a producido el verla sumida en aquella crisis, mientras regres谩bamos a casa se mostr贸 muy animada y parlanchina.

Aquello pas贸 como una nube de verano. Pero a煤n tuve ocasi贸n de asistir a una nueva explosi贸n de c贸lera de Carmilla.

Cierto d铆a est谩bamos contemplando el paisaje desde uno de los grandes ventanales del sal贸n, cuando vimos a un vagabundo que cruzaba el puente levadizo, encamin谩ndose hacia el patio del castillo. Le conoc铆a perfectamente. Cada seis meses ven铆a al castillo.

Era un jorobado, y su rostro ten铆a la expresi贸n mordaz que suele verse en los hombres que son v铆ctimas de una deformidad f铆sica. Llevaba una barbita oscura y puntiaguda y al sonre铆r abr铆a la boca de oreja a oreja, mostrando unos dientes blanqu铆simos. Vest铆a con una zamarra de piel de b煤falo, adornada con numerosas cintas y campanillas. De su espalda colgaban una linterna y dos cajas cuyo contenido me era ya conocido: en una de ellas guardaba una salamandra, y en la otra una mandr谩gora. Llevaba tambi茅n un viol铆n, una caja de amuletos contra el mal de ojo y varios estuches de contenido diverso. Se apoyaba en un bast贸n de madera negra, con una contera de cobre. Iba acompa帽ado de un perro esquel茅tico que le segu铆a fielmente a todas partes. Pero el animal se detuvo en medio del puente levadizo, eriz贸 el pelo y prorrumpi贸 en l煤gubres aullidos, neg谩ndose a avanzar.

Entretanto, el vagabundo hab铆a llegado al centro del patio y, quit谩ndose el grotesco sombrero, se inclin贸 en una c贸mica reverencia. Luego empu帽贸 el viol铆n y empez贸 a tocar una alegre melod铆a, acompa帽谩ndola con un canto tan desafinado y unos pasos de danza tan c贸micos, que me ech茅 a re铆r a pesar de lo mucho que me hab铆an impresionado los siniestros aullidos del perro.

—¿Desean las se帽oritas comprar un amuleto contra el vampiro, que seg煤n he o铆do decir merodea por estos alrededores como un lobo? —dijo el vagabundo, dejando caer el sombrero al suelo—. La gente muere por doquier, pero yo tengo un talism谩n que no falla; s贸lo hay que coserlo a la almohada, y cuando el vampiro se presenta puede uno re铆rse de 茅l en sus propias barbas.

Los amuletos consist铆an en unas cintas de papel transparente, con cifras y dibujos cabal铆sticos.

Inopinadamente, Carmilla compr贸 un talism谩n y yo la imit茅. El vagabundo nos observaba y nosotras sonre铆amos divertidas; al menos yo. Pero, de repente, mientras nos miraba, los ojos del vagabundo —unos avispados ojos azules— parecieron descubrir algo que por un instante atrajo su atenci贸n. Inmediatamente sac贸 un estuche de cuero repleto de toda clase de peque帽os instrumentos de acero.

—Mire, se帽orita —me dijo, mostr谩ndome el estuche—, adem谩s de algunas actividades menos 煤tiles, practico la de dentista. ¿Quieres callarte de una vez, animalucho? Si no paras de aullar, la se帽orita no oir谩 lo que le digo. Como le iba diciendo, soy dentista, y su amiga tiene los dientes m谩s afilados que he visto en mi vida; largos, afilados, puntiagudos como una lanza, como un alfiler. S铆, los he visto perfectamente: son unos dientes peligrosos. Yo entiendo de estas cosas, y aqu铆 estoy con mi lima, mi punz贸n y mis pinzas. Se los dejar茅 redondeados y bonitos. Si la se帽orita consiente, en vez de dientes de pez tendr谩 una dentadura digna de su belleza. ¿Se ha enfadado la se帽orita? ¿He sido demasiado atrevido? ¿La he ofendido?

Carmilla, en efecto, le miraba con una expresi贸n de odio. Se apart贸 de la ventana, acus谩ndome:

—¿Y permites que ese charlat谩n me insulte de ese modo? ¿D贸nde est谩 tu padre? Quiero pedirle que lo eche del castillo. Mi padre hubiera ordenado que le apalearan, para quemarlo luego vivo.

Sin embargo, en cuanto no tuvo ante sus ojos al hombre que la hab铆a insultado su c贸lera desapareci贸 tan r谩pidamente como hab铆a surgido; al cabo de unos instantes hab铆a olvidado ya al jorobado y sus extravagantes palabras.

Aquella misma tarde, mi padre lleg贸 muy excitado. Nos cont贸 que se hab铆a presentado otro caso parecido a los anteriores y de los cuales ya he hablado. La hermana de un colono de nuestra finca, que viv铆a a una milla de distancia de nuestro castillo, hab铆a enfermado repentinamente. Dec铆a que hab铆a sido atacada por un ser monstruoso, y su estado se agravaba, lenta pero inexorablemente.

—En rigor —dijo mi padre—, todo esto puede ser atribuido a causas naturales. Esos infelices se sugestionan con narraciones inveros铆miles, y de este modo provocan sus alucinaciones.

—No deja de ser una cosa terrible —observ贸 Carmilla.

—Desde luego —asinti贸 mi padre.

—Me asusta pensar que puedo ser v铆ctima de una alucinaci贸n semejante. Aunque s贸lo fuera una alucinaci贸n, ha de ser tan horrible como si se tratara de un hecho real.

—Estamos en las manos de Dios —afirm贸 mi padre—. Nada puede ocurrir sin su consentimiento, y todo terminar谩 bien para aquellos que le aman. Es nuestro Creador. 脡l nos ha hecho y cuidar谩 de nosotros.

—Yo creo —replic贸 Carmilla— que todas las cosas suceden por imperativo de la naturaleza. Y que la enfermedad que se propaga por la comarca es tambi茅n cosa de la naturaleza. ¿No le parece?

—Hoy vendr谩 el m茅dico —dijo mi padre, eludiendo contestar a la pregunta de la muchacha—. Me gustar谩 saber qu茅 opina el doctor de este fen贸meno, y qu茅 nos aconseja.

—Los m茅dicos nunca me han servido para nada —replic贸 Carmilla.

—¿Has estado enferma? —le pregunt茅.

—M谩s enferma de lo que t煤 hayas estado jam谩s.

—¿Hace mucho tiempo?

—S铆, mucho: lo he olvidado todo, excepto el dolor y la debilidad.

—Entonces, ser铆as muy joven…

—Creo que s铆. Pero, no hablemos m谩s de esto. No quieras hacer sufrir a tu amiga.

Me mir贸 l谩nguidamente a los ojos y, cogi茅ndome del talle, me sac贸 de la habitaci贸n.

—¿Por qu茅 se divierte tanto tu padre asust谩ndome? —me pregunt贸, una vez estuvimos fuera, temblando ligeramente.

—No lo creas, querida, no es esa su intenci贸n.

—Y t煤, ¿est谩s asustada?

—Lo estar铆a si pensara que tambi茅n nosotras corremos el mismo peligro que esa pobre gente.

—¿Te asusta la idea de la muerte?

—Desde luego, a todo el mundo le asusta esa idea.

—¿Crees, por ejemplo, que es espantoso morir mientras se ama? Dos amantes que mueren juntos… y de este modo pueden vivir juntos para siempre… Las muchachas no son m谩s que orugas y s贸lo se transforman en mariposas cuando llega el verano. Entretanto, son cris谩lidas y larvas, cada una con sus formas e inclinaciones particulares. Hay un cierto se帽or Buffon que as铆 lo cuenta.

Por la noche vino el m茅dico y se encerr贸 con mi padre en su despacho, donde permanecieron durante largo rato. Era un m茅dico con mucha experiencia, de unos sesenta a帽os. Su rasurado rostro aparec铆a tan liso como la superficie de una calabaza. Cuando sal铆an del despacho, o铆 que mi padre dec铆a, riendo:

—Me admira o铆r esas palabras en boca de un hombre tan sensato como usted. ¿Qu茅 opina, entonces, de los hipogrifos y de los dragones?

Tambi茅n el m茅dico se re铆a, sacudiendo la cabeza.

—En todo caso, la vida y la muerte han sido siempre un misterio y sabemos muy poco acerca de lo que puede suceder.

Se alejaron charlando y ya no pude o铆r nada m谩s. En aquel momento ignoraba cu谩les hab铆an sido las hip贸tesis aventuradas por el doctor, pero ahora creo adivinarlas.


Una tarde lleg贸 de Gratz el hijo del restaurador de cuadros, transportando en su carro dos grandes cajas llenas de cuadros. Su llegada constituy贸 un verdadero acontecimiento. Las cajas quedaron en el atrio; los criados se encargaron del joven y lo acompa帽aron a la cocina para que le dieran de cenar. Luego se uni贸 a nosotros en el atrio grande, donde nos hab铆amos reunido previamente para abrir las cajas.

Carmilla estaba sentada y miraba distra铆damente los viejos cuadros, casi todos retratos, que hab铆an sido enviados a restaurar. Mi madre pertenec铆a a una antigua familia h煤ngara, y la mayor parte de los cuadros proced铆an de mi familia materna. Mi padre iba leyendo en una lista los t铆tulos de los cuadros, y el artesano los iba sacando de las cajas. Ignoro el valor que pod铆an tener, aunque eran antiguos y algunos muy curiosos Yo los ve铆a por primera vez en mi vida, ya que la humedad y el polvo hab铆an ocultado las telas durante mucho tiempo.

—No hab铆a visto nunca este cuadro —coment贸 mi padre, se帽alando la tela que el restaurador ten铆a en la mano—. Aqu铆, en un 谩ngulo, figura el nombre, que pude descifrar antes de enviarlo al restaurador: Marcia Karstein. Lleva la fecha de 1768. Ser谩 interesante ver lo que ha surgido ahora…

Me acord茅 de aquel cuadro. Se trataba de una peque帽a tela, sin marco, de forma cuadrangular y tan ennegrecida por el paso del tiempo que jam谩s pudimos contemplar a aquella Marcia Karstein, si es que en realidad se trataba de su retrato.

El restaurador exhibi贸 la tela con evidente orgullo. Era una joven de rostro hermos铆simo, y qued茅 asombrada por la viveza de su expresi贸n. Pero lo que m谩s me asombr贸 fue su extraordinario parecido con Carmilla.

—¿Te das cuenta, querida? —le pregunt茅—. Esto es un verdadero milagro. Eres t煤 misma, viva y sonriendo. S贸lo le falta hablar. ¿No te parece extraordinario? ¡Mira, pap谩! Tiene tambi茅n un peque帽o lunar en la garganta…

Mi padre esboz贸 una sonrisa y dijo:

—Realmente, es de un parecido extraordinario.

Pero, ante mi sorpresa, no prest贸 mayor atenci贸n al hecho y continu贸 su tarea con el restaurador. Por mi parte, sent铆a aumentar mi admiraci贸n a medida que contemplaba el retrato.

—¿Me permites que lo cuelgue en mi habitaci贸n, pap谩? —le ped铆 a mi padre.

—Desde luego, querida —dijo—. Me alegra que te guste. Debe ser m谩s hermoso de lo que yo cre铆a, si es que se parece tanto a tu amiga.

Carmilla no pareci贸 haber o铆do el cumplido. Estaba retrepada en un sill贸n y me contemplaba fijamente con sus hermosos ojos, con la boca ligeramente entreabierta y sonriendo como en 茅xtasis.

—Ahora s铆 que puede leerse bien el nombre —dije—. No es Marcia. Parece escrito con letras de oro. El nombre es Mircalla, condesa de Karstein. Encima del nombre hay una peque帽a corona, y debajo una inscripci贸n: «Anno Domini 1698». Yo desciendo de los Karstein.

—¡Ah! —exclam贸 l谩nguidamente Carmilla—. Tambi茅n yo creo que soy una descendiente lejana de esa familia. ¿Viven a煤n algunos de sus miembros?

—No creo que exista nadie que lleve el apellido. La familia qued贸 extinguida a ra铆z de la guerra civil, hace much铆simo tiempo. Las ruinas del castillo se encuentran a s贸lo unas leguas de aqu铆.

—Muy interesante —murmur贸 distra铆damente Carmilla—. Pero, mira qu茅 hermoso claro de luna tenemos hoy. —Mir贸 a trav茅s de la entornada puerta—. ¿Y si fu茅semos a dar un paseo?

—Esta noche me recuerda la de tu llegada —dije.

Carmilla suspir贸, esbozando una sonrisa.

Se puso en pie y salimos al patio cogidas por la cintura. Anduvimos lentamente y en silencio hasta el puente levadizo. Ante nuestros ojos se extend铆a una hermosa llanura, ba帽ada por la luz de la luna.

—¿De modo que recuerdas a煤n el d铆a de mi llegada? —me susurr贸 Carmilla al o铆do—. ¿Te alegra tenerme aqu铆?

—Soy muy feliz, querida Carmilla —respond铆.

—Y has pedido que te dejaran colgar aquel cuadro en tu habitaci贸n —murmur贸 mi amiga con un suspiro. Luego me apret贸 m谩s estrechamente con el brazo que ce帽铆a mi talle y apoy贸 su cabeza en mi hombro.

—¡Qu茅 rom谩ntica eres, Carmilla! —exclam茅—. Cuando me cuentes la historia de tu vida, estoy segura de que ser谩 como si me leyeras una novela de amor.

Me bes贸 silenciosamente.

—Estoy convencida, Carmilla, de que has estado enamorada —prosegu铆—. Y me atrever铆a a afirmar que sigues preocupada por alg煤n asunto amoroso.

—Nunca me he enamorado, y nunca me enamorar茅 —afirm贸 Carmilla—. A no ser que me enamore de ti…

A la luz de la luna, aparec铆a m谩s hermosa que nunca. Tras dirigirme una extra帽a y t铆mida mirada, ocult贸 la cara en mi cuello, entre mis cabellos, respirando agitadamente; parec铆a a punto de estallar en sollozos y me apretaba la mano, temblando. Su m贸rbida mejilla quemaba contra la m铆a. Murmur贸:

—¡Querida! Yo vivo en ti, y t煤 morir谩s en m铆. ¡Te quiero tanto!

Me separ茅 de ella. Carmilla me miraba ahora con unos ojos de los que hab铆an desaparecido el fuego y la vida. Y como si saliera de un sue帽o, a帽adi贸:

—Regresemos. V谩monos a casa.

—Me parece que est谩s enferma, Carmilla; deber铆as tomar un vasito de vino —le dije.

—S铆, creo que s铆. Ahora me encuentro mucho mejor. Dentro de unos minutos estar茅 completamente bien. S铆, tomar茅 un vaso de vino. —Y, acerc谩ndose a la puerta, a帽adi贸—: D茅jame mirar un instante; quiz谩 sea la 煤ltima vez que veo la luna contigo.

—¿De veras te sientes mejor, Carmilla? —pregunt茅.

Por un instante, tem铆 que se hubiera contagiado de aquella extra帽a epidemia que azotaba la comarca.

—Pap谩 se apenar铆a mucho si supiera que te encuentras mal y no lo dices. Nuestro m茅dico es un hombre muy inteligente.

—Todos sois excesivamente buenos conmigo. Pero lo que yo tengo no es cosa de m茅dicos. No estoy enferma, sino solamente un poco d茅bil. El menor esfuerzo me deja agotada. Pero me recobro muy f谩cilmente. ¿Ves? Ya estoy bien.

As铆 lo parec铆a. Seguimos charlando durante un rato, y Carmilla se mostr贸 muy animada. El resto de aquella tarde transcurri贸 sin que se produjera ninguna reca铆da en lo que yo llamaba su «exaltaci贸n».

Las ardientes miradas de Carmilla, su modo absurdo de expresarse, me asustaban a veces, lo confieso.

Pero aquella noche ocurri贸 algo que deb铆a provocar un cambio radical en el curso de mis pensamientos.

Acompa帽茅 a Carmilla a su habitaci贸n, como de costumbre, y me qued茅 charlando con ella mientras se preparaba para acostarse.

—Creo que llegar谩 un d铆a —dije— en que tendr谩s una absoluta confianza en m铆.

Se volvi贸, sonriente, pero no contest贸.

—No contestas —le dije—, porque no puedes darme una respuesta satisfactoria, ¿verdad? No deber铆a hab茅rtelo sugerido…

—Tienes perfecto derecho a hacerlo —replic贸 Carmilla—. Te quiero mucho, y te considero merecedora de recibir todas mis confidencias, puedes creerlo. Pero estoy atada a una promesa, m谩s atada que una religiosa a sus votos, y no puedo hablar de m铆, ni siquiera contigo. Pero se acerca el momento en que lo sabr谩s todo. Me juzgar谩s cruel y ego铆sta, muy ego铆sta, pero recuerda que el amor es siempre as铆. Cuanto m谩s intensa es la pasi贸n, m谩s ego铆sta resulta. No puedes imaginarte lo celosa que estoy de ti. T煤 has de venir conmigo; has de quererme hasta la muerte. O puede que me odies, da lo mismo. Pero ven conmigo y 贸diame a trav茅s de la muerte y del m谩s all谩. En mi vocabulario no existe la palabra «indiferencia».

—Ya est谩s otra vez diciendo cosas que no tienen sentido —objet茅.

—Soy extravagante, tonta y caprichosa. Pero tranquil铆zate: en adelante hablar茅 cuerdamente. ¿Has bailado alguna vez?

—No. Debe ser encantador, ¿verdad?

—Casi lo he olvidado. Hace tantos a帽os…

Me ech茅 a re铆r.

—No eres tan vieja como todo eso… No puedes haber olvidado a煤n tu primer baile.

—S贸lo haciendo un gran esfuerzo puedo recordarlo. Lo veo todo a trav茅s de algo que se interpone entre el recuerdo y yo, como una cortina tupida y, al mismo tiempo, transparente. Aquella noche estaba como muerta en mi cama. Me hirieron aqu铆 —se toc贸 el pecho— y nunca he vuelto a ser la misma.

—¿Has estado a punto de morir?

—S铆. Un amor cruel, un amor caprichoso hab铆a invadido mi vida. El amor exige sacrificios. Y en los sacrificios corre la sangre. Ahora deja que me abandone al sue帽o. Estoy muy cansada. ¿C贸mo podr茅 levantarme a cerrar la puerta con llave?

Le di las buenas noches y sal铆 de la estancia con una sensaci贸n de inquietud.

Los delirios de las personas nerviosas son contagiosos, y casi siempre acaban por ser imitadas por los que tienen un temperamento af铆n. Tambi茅n yo hab铆a adoptado las costumbres de Carmilla; cerraba con llave la puerta de mi habitaci贸n, sugestionada por su fant谩stico miedo a unos hipot茅ticos agresores nocturnos, asesinos o ladrones. Tambi茅n, como Carmilla, inspeccionaba minuciosamente mi habitaci贸n cada noche, antes de acostarme, para asegurarme de que no hab铆a nadie escondido en ella.

Despu茅s de tomar todas aquellas prudentes medidas, me acost茅 y me qued茅 dormida casi inmediatamente. Ten铆a una luz encendida en mi habitaci贸n. Era una antigua costumbre, de cuya inutilidad nadie hab铆a podido convencerme. S贸lo as铆 pod铆a descansar tranquila. Pero los sue帽os atraviesan los muros de piedra, iluminan las habitaciones vac铆as y oscurecen las iluminadas, y los personajes que intervienen en el sue帽o entran y salen a placer, burl谩ndose de los cerrojos.

Aquella noche tuve un sue帽o que fue el comienzo de una extra帽a angustia. No podr铆a llamarlo una obsesi贸n, porque ten铆a la certeza de que estaba dormida, de que me hallaba en mi habitaci贸n y yac铆a en mi cama. Vi, o cre铆 ver, la habitaci贸n con sus muebles de siempre, pero m谩s a oscuras; a los pies de mi cama se mov铆a algo escurridizo, que no pude distinguir claramente. De repente, me di cuenta de que se trataba de un animal grande y negro, como cubierto de holl铆n. Parec铆a un monstruoso gato. Tendr铆a aproximadamente un metro y medio de longitud, y lo deduje porque cuando se paseaba al pie de la cama ocupaba toda su anchura. Se paseaba como una fiera enjaulada. Me sent铆 tan aterrorizada, que no ten铆a fuerzas ni para gritar. Los pasos del animal eran cada vez m谩s r谩pidos, y la habitaci贸n se oscurec铆a por momentos. Not茅 que algo se encaramaba a mi cama. Unos ojos enormes se acercaron a los m铆os y de pronto sent铆 un penetrante dolor en el pecho, como si me hubiesen clavado dos alfileres. Me despert茅 con un grito. La habitaci贸n estaba iluminada por la luz que dejaba encendida cada noche, y a los pies de mi cama hab铆a una figura femenina vestida de negro y con la cabellera ca铆da en cascada sobre los hombros. Estaba inm贸vil como una estatua. No se o铆a ning煤n rumor, ni siquiera el de su respiraci贸n. La mir茅, y la figura pareci贸 moverse; se desliz贸 hasta la puerta, que estaba abierta, y desapareci贸. Inmediatamente, me sent铆 como liberada de un gran peso y pude moverme y respirar. Mi primer pensamiento fue que Carmilla hab铆a querido gastarme una broma y que yo me hab铆a olvidado de cerrar la puerta. Pero me levant茅 y la encontr茅 cerrada por dentro, como siempre. La idea de abrirla me aterrorizaba. Volv铆 a acostarme y escond铆 la cabeza debajo de las s谩banas, m谩s muerta que viva.

Al d铆a siguiente no quise quedarme sola ni un momento. Deb铆 de hab茅rselo contado todo a mi padre, pero no lo hice por dos motivos opuestos. Primero, porque tem铆 que se burlase de mi historia y me dol铆an sus burlas; y, segundo, porque tem铆 que creyese que tambi茅n yo era v铆ctima de aquella misteriosa enfermedad que se propagaba por la comarca. Mi padre ten铆a el coraz贸n d茅bil y no quer铆a asustarlo.

Pero se lo cont茅 todo a la se帽ora Perrodon y a la se帽orita Lafontaine. Las dos se dieron cuenta de que me hallaba en un estado de anormal excitaci贸n. La se帽orita Lafontaine se ech贸 a re铆r, pero vi que la se帽ora Perrodon me miraba preocupada.

—A prop贸sito —dijo la se帽orita Lafontaine, riendo—; en el camino de los tilos, detr谩s de la habitaci贸n de la se帽orita Carmilla, hay fantasmas.

—¡Tonter铆as!, —exclam贸 la se帽ora Perrodon, la cual debi贸 encontrar inoportuna aquella asociaci贸n de ideas—. ¿Qui茅n le ha contado esa historia, querida?

—Martin dice que ha ido dos veces a reparar la vieja balaustrada antes del amanecer, y siempre ha visto la misma figura de mujer andando por el camino de los tilos.

—No le diga nada a Carmilla —supliqu茅—. Su ventana da al camino, y es una muchacha m谩s impresionable a煤n que yo.

Aquel d铆a, Carmilla se levant贸 m谩s tarde que de costumbre.

—Esta noche me he asustado mucho —dijo—. Estoy segura de haber visto algo horrible. Menos mal que ten铆a el amuleto que le compr茅 al pobre jorobado. ¡Y pensar que lo trat茅 tan mal! He so帽ado que una cosa negra se acercaba a mi cama, y me he despertado aterrorizada. Durante unos segundos, he visto realmente una figura negra al lado de la chimenea, pero he tocado el amuleto que guardo debajo de la almohada y la figura ha desaparecido. Estoy convencida de que, si se hubiese acercado m谩s, habr铆a terminado degollada como aquellas pobres mujeres…

—Bien, escucha lo que voy a contarte…

Le cont茅 mi aventura nocturna. Pareci贸 asustarse.

—¿Y ten铆as el amuleto contigo? —me pregunt贸.

—No. Lo met铆 en un jarr贸n de porcelana del sal贸n, pero esta noche me lo llevar茅 a la cama, ya que t煤 crees tanto en su eficacia.


Despu茅s de tanto tiempo, no acierto a comprender c贸mo pude dominar mi terror y dormir sola en mi habitaci贸n aquella noche. Recuerdo perfectamente que puse el amuleto debajo de mi almohada y que me qued茅 casi inmediatamente dormida, con un sue帽o mucho m谩s profundo que la noche anterior.

Tambi茅n la noche siguiente fue tranquila. Dorm铆 profundamente y sin sue帽os, pero me despert茅 cansada y melanc贸lica; aunque no puedo decir que fuese una sensaci贸n desagradable.

—Tambi茅n yo he pasado una noche magn铆fica —me dijo Carmilla por la ma帽ana—. He cosido el amuleto a mi camis贸n. La noche anterior lo ten铆a demasiado lejos. Estoy segura de que todo es pura imaginaci贸n. Cre铆a que los sue帽os eran engendrados en nosotros por el esp铆ritu del mal, pero el m茅dico me dijo que no es cierto. Se trata de una fiebre o una enfermedad que llama a la puerta, y al no poder pasar deja aquella se帽al de alarma.

—¿Y por qu茅 crees en la eficacia del amuleto?

—Supongo que est谩 empapado en alguna droga que sirve de ant铆doto contra la malaria.

—Pero ¿act煤a solamente sobre el cuerpo?

—Desde luego. ¿Crees que los esp铆ritus mal茅ficos se asustar铆an de unas cintas de colores o de un poco de perfume barato? No, seguro que no. Esos males flotan en el aire, atacan primero a los nervios y luego infectan el cerebro, pero antes de que puedan instalarse definitivamente, el ant铆doto entra en acci贸n y los destruye. Estoy convencida de que 茅se ha sido el efecto del amuleto. No se trata de magia, sino de un remedio natural.

Durante algunas noches m谩s dorm铆 perfectamente. Pero cada ma帽ana sent铆a el mismo cansancio, y todo el d铆a estaba dominada por la misma sensaci贸n de languidez. Me parec铆a haber cambiado. Una extra帽a melancol铆a se apoderaba de m铆. La idea de la muerte se abr铆a camino en mi mente. El estado en que me hallaba sumida era triste, pero tambi茅n dulce. Y, de todos modos, fuera lo que fuese, mi alma lo aceptaba. No quer铆a admitir que estaba enferma, ni dec铆rselo a mi padre; ni llamar al m茅dico.

Durante aquellos d铆as, Carmilla me prodig贸 sus atenciones mucho m谩s que antes y sus momentos de «exaltaci贸n» fueron tambi茅n m谩s frecuentes.

Sin darme cuenta la enfermedad se hab铆a apoderado de m铆, la enfermedad m谩s extra帽a que jam谩s haya afectado a un ser mortal. Me acostumbraba cada vez m谩s a la sensaci贸n de impotencia que invad铆a todo mi ser. La primera transformaci贸n que descubr铆 en m铆 era casi placentera: algo parecido a la curva que inicia el descenso al infierno. Mientras dorm铆a experimentaba una vaga y curiosa sensaci贸n. Generalmente era un s煤bito temblor, agradable, helado, como el que se experimenta cuando uno se ba帽a en un r铆o y nada contra la corriente. Una serie de sue帽os que parec铆an interminables segu铆an al temblor, pero eran sue帽os tan confusos que nunca consegu铆a recordar, despu茅s, ni el escenario, ni los personajes, ni sus actos. Me dejaban una sensaci贸n de terror y de cansancio, como si acabara de realizar un gran esfuerzo mental o de correr un grave peligro. Los 煤nicos recuerdos que me quedaban de todos esos sue帽os eran la sensaci贸n de haber permanecido en un lugar tenebroso, la de haber conversado con gente a la que no pod铆a ver y el eco de una voz femenina tan profunda que parec铆a hablarme desde muy lejos: una voz que me intimidaba y me sojuzgaba siempre. A veces sent铆a el roce de una mano que me acariciaba las mejillas; otras, la presi贸n de unos labios ardientes que me besaban, m谩s apasionadamente a medida que los besos descend铆an hacia mi garganta. All铆 sent铆a el 煤ltimo beso. Mi coraz贸n lat铆a m谩s de prisa, mi respiraci贸n se hac铆a m谩s entrecortada. Luego experimentaba una sensaci贸n de ahogo y, en medio de una terrible convulsi贸n, perd铆a la consciencia.

Estos terribles hechos me suced铆an ahora tres veces a la semana y dejaban en m铆 una profunda huella. Estaba p谩lida, el c铆rculo morado que rodeaba mis ojos era cada vez m谩s visible y mi languidez aumentaba d铆a a d铆a.

Mi padre me preguntaba frecuentemente si me encontraba mal, pero con una obstinaci贸n que ahora me parece inexplicable, le aseguraba una y otra vez que estaba perfectamente bien. En cierto sentido, era verdad. No sent铆a dolor alguno ni pod铆a quejarme de ning煤n malestar f铆sico. Mi dolencia me parec铆a imaginaria y, por penosos que fueran mis sufrimientos, los cultivaba amorosamente y en secreto.

Carmilla se quejaba de sue帽os y de sensaciones febriles parecidas a las m铆as, aunque menos alarmantes. Si hubiera sido capaz de comprender mi situaci贸n, habr铆a pedido ayuda y consejo de rodillas. Pero el narc贸tico de una influencia insospechada obraba en m铆 y mis sentidos estaban embotados.

Hablar茅 ahora de un sue帽o que me condujo a un extra帽o descubrimiento.

Una noche, en vez de la solitaria voz que o铆a en el vac铆o, o铆 otra voz m谩s dulce y m谩s tierna, y al mismo tiempo m谩s terrible, que dec铆a: «Tu madre te advierte que tengas cuidado con el asesino». En el mismo instante apareci贸 inesperadamente una luz y vi a Carmilla de pie cerca de mi cama, embutida en su blanco camis贸n completamente manchado de sangre.

Me despert茅 sobresaltada, convencida de que Carmilla hab铆a sido asesinada. Salt茅 de la cama pidiendo socorro. La se帽ora Perrodon y la se帽orita Lafontaine salieron de sus habitaciones, alarmad铆simas, y encendieron una l谩mpara del rellano de la escalera. Les cont茅 lo que me hab铆a sucedido e insist铆 en ver a Carmilla. Acudimos a su dormitorio y la llamamos a trav茅s de la puerta. No respondi贸, a pesar de nuestros gritos, y el hecho nos alarm贸 a todas, ya que la puerta estaba cerrada por dentro. Regresamos a mi habitaci贸n y agitamos furiosamente la campanilla que hab铆a a la cabecera de mi cama. Si mi padre hubiese dormido en nuestro mismo piso le hubi茅semos llamado inmediatamente, pero dorm铆a en el piso bajo, fuera del alcance de nuestras voces, y para llegar hasta su habitaci贸n era necesario organizar una expedici贸n para la cual ninguna de nosotras se sent铆a con fuerzas. Los criados llegaron corriendo. Entretanto, nos hab铆amos puesto una bata y calzado unas zapatillas. Volvimos a la habitaci贸n de Carmilla, y, despu茅s de llamarla de nuevo repetidas veces, orden茅 a los criados que forzaran la puerta. Una vez abierta, penetramos en el dormitorio: todo estaba en orden, tal como lo hab铆a visto al dar las buenas noches a Carmilla. Pero mi amiga hab铆a desaparecido.

Al ver que la 煤nica se帽al de desorden en la habitaci贸n era la producida por nuestra irrupci贸n, nos tranquilizamos un poco y no tardamos en recobrar el buen sentido y en despedir a los criados. La se帽orita Lafontaine aventur贸 la opini贸n de que Carmilla, despertada repentinamente al sentir que forzaban la puerta, se hab铆a asustado y se hab铆a escondido debajo de la cama o dentro del armario: era natural que no saliera mientras el mayordomo y los criados se hallaran en la habitaci贸n. La llamamos de nuevo, pero no respondi贸. Eso aument贸 nuestra perplejidad y nuestra zozobra. Examinamos las ventanas, pero estaban cerradas. Supliqu茅 a Carmilla, si estaba escondida, que no prolongara por m谩s tiempo aquella burla y acabara con nuestra ansiedad, saliendo de su escondite. Pero todo fue en vano. Era evidente que no estaba en el dormitorio, ni en el tocador. Yo estaba intrigad铆sima. Tal vez Carmilla hab铆a descubierto un pasadizo secreto… El viejo guarda dec铆a que exist铆a uno en el castillo, pero nadie recordaba d贸nde, exactamente. El misterio se aclarar铆a, indudablemente, pero de momento est谩bamos perplejas.

Eran las cuatro de la madrugada y prefer铆 pasar el resto de la noche en la habitaci贸n de la se帽ora Perrodon. Pero la luz del d铆a no trajo la soluci贸n al enigma: Carmilla hab铆a desaparecido. Mi padre estaba desesperado, pensando en lo que iba a ocurrir cuando regresara la madre de la muchacha… Yo tambi茅n estaba desesperada, pero mi desesperaci贸n ten铆a otras causas.

Transcurri贸 la ma帽ana en medio de la mayor alarma y agitaci贸n. Se habl贸 incluso de rastrear el r铆o. Lleg贸 el mediod铆a y la situaci贸n no hab铆a cambiado. A eso de la una se me ocurri贸 echar otro vistazo a la habitaci贸n de Carmilla. Llegu茅 all铆 y mi asombro no tuvo l铆mites: ¡Carmilla estaba en su habitaci贸n, mir谩ndose al espejo! No pod铆a creer en lo que estaban viendo mis ojos. Mi amiga me llam贸 con un gesto. En su rostro se le铆a el miedo. Corr铆 hacia ella, la abrac茅 y bes茅 repetidas veces, y luego me precipit茅 hacia la campanilla y la agit茅 desesperadamente para que acudieran todos y se tranquilizaran.

—¡Querida Carmilla! —exclam茅—. ¿Qu茅 te ha sucedido? ¿D贸nde has estado?

—Ha sido una noche prodigiosa —me respondi贸—. Despu茅s de cerrar la puerta del dormitorio, como de costumbre, me acost茅. He dormido sin interrupci贸n y sin sue帽os, pero al despertar me he encontrado sobre el div谩n del tocador, con su puerta abierta y la de la habitaci贸n forzada. ¿C贸mo es que no me he despertado? Tiene que haberse producido un gran alboroto, y yo tengo el sue帽o muy ligero… ¿C贸mo puede ser que me haya encontrado fuera de mi cama sin haberme enterado de nada?

Entretanto, hab铆an llegado mi padre, la se帽ora Perrodon, la se帽orita Lafontaine y varios criados. Naturalmente, Carmilla fue asediada a preguntas, pero su respuesta fue siempre la misma. Mi padre daba vueltas por la habitaci贸n, sumido, al parecer, en hondas reflexiones. Vi que Carmilla le segu铆a con la mirada, y en sus ojos hab铆a una expresi贸n preocupada. Finalmente, mi padre despidi贸 a los criados, se acerc贸 a mi amiga y, cogi茅ndola delicadamente por la mano, la condujo hasta el div谩n, donde se sentaron.

—¿Me permites que te haga una pregunta, querida? —inquiri贸 mi padre.

—Desde luego. Tiene usted perfecto derecho a preguntar lo que quiera, siempre que no traspase los l铆mites impuestos por mi madre.

—Bien, querida, no hablaremos de lo que tu madre me prohibi贸, sino de lo ocurrido esta noche. Te has levantado de la cama y has salido de la habitaci贸n, sin despertarte. Y todo esto estando puertas y ventanas cerradas por dentro. Tengo una teor铆a, pero antes quiero hacerte una pregunta.

Todos conten铆amos la respiraci贸n.

—La pregunta es 茅sta: ¿eres son谩mbula?

—No, ahora no. Pero lo fui en mi infancia.

—Ya. Y, en aquella 茅poca, ¿te levantabas con frecuencia de la cama en sue帽os?

—S铆. Por lo menos, as铆 me lo dec铆a mi ni帽era.

Mi padre sonri贸, asintiendo.

—Lo ocurrido tiene una f谩cil explicaci贸n. Carmilla es son谩mbula; abre la puerta y no deja, como de costumbre, la llave en la cerradura, sino que, siempre en sue帽os, cierra por la parte de afuera y se lleva la llave. Luego recorre las veinticinco habitaciones de este piso, y quiz谩 tambi茅n las de las otras plantas. Esta casa est谩 llena de escondrijos, de desvanes y de trastos viejos. Se tardar铆a una semana en explorarla a fondo. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—S铆, pero no del todo —respondi贸 Carmilla.

—¿Y c贸mo explicas, pap谩, que se haya despertado en el tocador, que yo hab铆a registrado minuciosamente?

—Carmilla regres贸 cuando vosotras os hab铆ais ya marchado. Regres贸 dormida, naturalmente, y al despertarse se asombr贸 de encontrarse all铆. Ojal谩 todos los misterios tuvieran una explicaci贸n tan sencilla como 茅ste, Carmilla —a帽adi贸 mi padre, satisfecho.

En aquel momento, Carmilla estaba m谩s hermosa que nunca. Creo que fue entonces cuando mi padre compar贸 su aspecto con el m铆o, porque s煤bitamente dijo:

—Tienes muy mal aspecto, Laura.


Como sea que Carmilla no quer铆a que ninguna sirvienta pasara la noche en su habitaci贸n, mi padre orden贸 que uno de los criados durmiera delante de la puerta de su dormitorio, a fin de que la muchacha no pudiera salir sin ser vista por nadie.

Aquella noche transcurri贸 tranquila, y a la ma帽ana siguiente, el m茅dico, que mi padre hab铆a enviado a buscar sin yo saberlo, vino a visitarme. La se帽ora Perrodon me acompa帽贸 a la biblioteca, donde me aguardaba el doctor. Le expliqu茅 lo que me suced铆a de un tiempo a esta parte, y mientras avanzaba en mi relato not茅 que su aspecto se hac铆a m谩s pensativo. Nos hall谩bamos ante una ventana, uno al lado del otro. Cuando termin茅 de hablar se apoy贸 en la pared y me mir贸 con un inter茅s que dejaba traslucir cierto horror. Tras meditar unos instantes, mand贸 llamar a mi padre. 脡ste lleg贸 sonriendo, pero su sonrisa desapareci贸 al ver la expresi贸n preocupada del m茅dico. Inmediatamente se enfrascaron en una conversaci贸n que sostuvieron en voz baja, como si temiendo que la se帽ora Perrodon o yo, que nos manten铆amos apartadas, pudi茅ramos o铆r lo que hablaban. De pronto, mi padre volvi贸 los ojos hacia m铆. Estaba p谩lido y parec铆a intensamente preocupado.

—Laura, querida, ac茅rcate.

Obedec铆, sinti茅ndome alarmada por primera vez, ya que a pesar de mi creciente debilidad no cre铆a estar enferma.

—Me ha dicho usted antes que tuvo la sensaci贸n de que le clavaban dos alfileres en el cuello, la noche en que sufri贸 aquella pesadilla —me dijo el m茅dico—. ¿Le duele a煤n en el lugar donde sinti贸 los pinchazos?

—No, en absoluto —respond铆.

—¿Puede se帽alarme con el dedo el punto exacto?

—Debajo mismo de la garganta, aqu铆 —respond铆.

Llevaba un vestido de cuello alto, que cubr铆a la parte se帽alada.

—¿Quiere pedirle a su padre, por favor, que le desabroche el cuello? Es necesario que conozca todos los s铆ntomas.

Obedec铆: el punto se帽alado estaba unas dos pulgadas m谩s abajo del cuello.

—¡Dios m铆o! —exclam贸 mi padre, palideciendo.

—¿Se da usted cuenta? —inquiri贸 el m茅dico, con expresi贸n de triunfo.

—¿Qu茅 pasa? —pregunt茅, alarmada.

—Nada, se帽orita, no hay m谩s que una peque帽a marca azulada, tan diminuta como una cabeza de alfiler —dijo el m茅dico. Y, volvi茅ndose hacia mi padre, a帽adi贸—: Veremos lo que se puede hacer.

—¿Es peligroso? —insist铆, angustiada.

—No lo creo —respondi贸 el m茅dico—. Estoy convencido de que mejorar谩 r谩pidamente. Quisiera hablar con la se帽ora Perrodon —a帽adi贸, dirigi茅ndose a mi padre.

Mi padre llam贸 a la se帽ora Perrodon.

—La se帽orita Laura no se encuentra tan bien como ser铆a de desear —le dijo el m茅dico—. No creo que sea nada de cuidado. Sin embargo, hay que adoptar ciertas precauciones, en beneficio suyo. Es indispensable que no deje sola a la se帽orita Laura ni un solo instante. Por ahora, es el 煤nico remedio que puedo prescribir, pero deseo que cumpla mis instrucciones al pie de la letra. ¿Entendido?

Mi padre sali贸 para acompa帽ar al m茅dico. Les vi cruzar el puente levadizo, absortos en una animada discusi贸n. Luego vi c贸mo el m茅dico montaba a caballo, saludaba a mi padre y se alejaba hacia oriente.

Casi al mismo tiempo lleg贸 el correo de Dranfeld, con un paquete de correspondencia para mi padre.


Media hora despu茅s, mi padre se reuni贸 conmigo: ten铆a una carta en la mano.

—Es del general Spieldorf —dijo—. Llegar谩 ma帽ana, o quiz谩s hoy mismo.

Me entreg贸 la carta abierta, pero no parec铆a satisfecho como de costumbre cuando un hu茅sped, especialmente un buen amigo como el general, ven铆a a visitamos. Parec铆a estar ocult谩ndome algo.

—Querido pap谩, ¿quieres explic谩rmelo todo? —le dije, cogi茅ndole del brazo y mir谩ndole con expresi贸n suplicante—. ¿Qu茅 te ha dicho el m茅dico? ¿Me ha encontrado muy enferma?

—No, querida. Dice que te repondr谩s pronto. —Pero su tono era seco—. De todos modos, preferir铆a que nuestro amigo el general hubiese escogido otro momento para su visita.

—Pero… Dime, pap谩, ¿qu茅 enfermedad tengo?

—Ninguna. No me atormentes con tus preguntas —respondi贸.

Nunca hab铆a dado muestras de tanta irritaci贸n al hablar conmigo. Despu茅s se dio cuenta de que me hab铆a lastimado, y a帽adi贸:

—Lo sabr谩s todo dentro de un par de d铆as, es decir, sabr谩s lo que s茅 yo. Entretanto, no me hagas preguntas.

Dio media vuelta, dispuesto a marcharse, pero luego, antes de que yo tuviera tiempo de detenerme a pensar en lo raro que resultaba todo lo que estaba sucediendo, volvi贸 sobre sus pasos para decirme que quer铆a ir a Karstein y que hab铆a hecho preparar el carruaje para las doce. La se帽ora Perrodon y yo le acompa帽ar铆amos. Quer铆a visitar al sacerdote que viv铆a en aquel lugar, y, dado que Carmilla no le conoc铆a, pod铆a reunirse con nosotros m谩s tarde, cuando se levantara. Pod铆a venir en compa帽铆a de la se帽orita Lafontaine, la cual llevar铆a tambi茅n lo necesario para un almuerzo en las ruinas del castillo.

A las doce en punto nos pusimos en marcha. Pasado el puente levadizo giramos a la derecha y tomamos el camino que conduc铆a al pueblo deshabitado y a las ruinas del castillo de Karstein. Debido a lo accidentado del terreno, la carretera da muchas vueltas y serpentea ora junto a un precipicio, ora por la ladera de una colina, en una inagotable variedad de paisajes. En una de las innumerables revueltas del camino nos encontramos inesperadamente en presencia de nuestro amigo el general, que avanzaba a caballo hacia nosotros, seguido de su criado, tambi茅n a caballo. Tras las cordiales efusiones de bienvenida, pas贸 a ocupar el sitio que quedaba libre en nuestro carruaje y envi贸 el caballo al castillo con su criado.

Hab铆an transcurrido solamente diez meses desde la 煤ltima vez que le hab铆amos visto, pero su aspecto hab铆a cambiado como si hubiesen pasado diez a帽os. Una expresi贸n angustiada hab铆a sustituido a su habitual aire de tranquila serenidad. No era s贸lo la transformaci贸n que cabe esperar en una persona que ha sufrido un gran dolor: una especie de furor apasionado parec铆a haber contribuido a llevarle a la actual situaci贸n.

Apenas reemprendimos la marcha, el general comenz贸 a contarnos el enga帽o —seg煤n su propia expresi贸n— que hab铆a conducido a la muerte a su joven sobrina. De repente se dej贸 arrastrar por una ola de furor y de amargura, profiriendo invectivas contra las artes diab贸licas de que hab铆a sido v铆ctima. Mi padre, comprendiendo que deb铆an existir motivos extraordinarios para que el ecu谩nime general se expresara en aquellos t茅rminos, le pidi贸 que nos contara, si no le resultaba demasiado penoso, los hechos que justificaban tan violentas expresiones.

—Con mucho gusto —replic贸 el general—. Pero no van a creerlo.

—¿Y por qu茅 no? —inquiri贸 mi padre.

—Porque usted, amigo m铆o, s贸lo cree en lo que responde a sus prejuicios y a sus ilusiones. Tambi茅n yo era como usted. Pero ahora he aprendido algo m谩s.

—P贸ngame a prueba —insisti贸 mi padre—. Soy menos dogm谩tico de lo que usted cree. Adem谩s, me consta que usted basa siempre sus opiniones en pruebas fehacientes, y por lo tanto estoy dispuesto a respetar sus conclusiones.

—Tiene usted raz贸n: si he llegado a creer en la existencia de hechos prodigiosos, no ha sido a la ligera. Y puedo asegurarle que he sido v铆ctima de una verdadera conspiraci贸n sobrenatural.

Vi que mi padre, a pesar de su promesa, miraba al general con ojos que reflejaban evidentes dudas acerca de la capacidad intelectual de su viejo amigo. Afortunadamente, el general no se dio cuenta. Mir贸 con ojos impregnados de tristeza el paisaje selv谩tico que se extend铆a ante nosotros.

—¿Van ustedes a las ruinas de Karstein? —pregunt贸—. Curiosa coincidencia… Precisamente quer铆a pedirles que me acompa帽aran all铆. Quiero examinarlas detenidamente. ¿Es cierto que hay una capilla en ruinas con numerosas tumbas de aquella extinguida familia?

—S铆, y son muy interesantes —respondi贸 mi padre—. ¿Se propone usted, quiz谩, reivindicar su propiedad?

Mi padre hizo aquella pregunta en tono de broma, pero el general respondi贸 completamente en serio.

—De ning煤n modo —exclam贸 secamente—. Tengo la intenci贸n de exhumar algunos ejemplares de aquella hermosa raza. Espero, con la ayuda de Dios, llevar a cabo un piadoso sacrilegio que librar谩 a la tierra de algunos monstruos y permitir谩 dormir tranquilamente a personas de bien que tienen derecho a acostarse en paz, sin que sobre sus cabezas penda la amenaza de unos malvados asesinos.

Mi padre le mir贸 de nuevo. Pero esta vez no hab铆a desconfianza en su mirada, sino que trataba de ser penetrante y perspicaz.

—La casta de los Karstein —dijo— se extingui贸 hace mucho tiempo. Cien a帽os, por lo menos. Mi mujer descend铆a de los Karstein por l铆nea materna. Pero el apellido y el t铆tulo desaparecieron hace casi un siglo. El castillo est谩 en ruinas y el pueblo deshabitado; hace m谩s de cincuenta a帽os que no sale humo por sus chimeneas.

—Eso es lo que me han contado, exactamente. Y otras cosas que le asombrar谩n. Pero ser谩 mejor que lo cuente siguiendo un orden l贸gico. ¿Recuerda usted a mi sobrina? Era la muchacha m谩s hermosa del mundo, y hace s贸lo tres meses estaba a煤n viva.

Mi padre apret贸 afectuosamente la mano del general. Las l谩grimas llenaron los ojos del anciano, que no trat贸 de ocultarlas.

—Mi sobrina era el consuelo de mi vejez. Y ahora, todo ha terminado. No me queda mucho tiempo de vida, pero, con la ayuda de Dios, conf铆o en que antes de morir podr茅 prestar un gran servicio al g茅nero humano.

«La cosa empez贸 as铆: mi sobrina se preparaba con impaciencia para visitarles a ustedes. En el curso de aquellos preparativos, fuimos invitados a una fiesta ofrecida por mi viejo amigo el conde de Carlofed, cuyo castillo dista unas seis leguas del de Karstein. La noche en que empez贸 mi desgracia se celebr贸 un fastuoso baile de m谩scaras. El parque del castillo estaba iluminado con farolillos de colores, y los fuegos artificiales fueron de una magnificencia nunca vista. ¡Y qu茅 m煤sica! Usted ya sabe que la m煤sica es mi debilidad. Las mejores orquestas del mundo, y los mejores cantantes de 贸pera europeos. Nunca hab铆a asistido a una fiesta tan brillante, ni siquiera en Par铆s. Mi querida sobrina estaba hermos铆sima. No iba disfrazada. La emoci贸n y la alegr铆a pon铆an en su rostro un encanto indefinible. Me di cuenta de que otra joven, que vest铆a lujosamente y llevaba un antifaz, miraba a mi sobrina con especial inter茅s. La hab铆a visto ya al comienzo de la velada, en la terraza del castillo: estaba cerca de nosotros y su actitud demostraba un viv铆simo inter茅s. La acompa帽aba una dama, vestida con el mismo lujo y tambi茅n cubierta con un antifaz, que ten铆a el aire autoritario de una persona de rango.

»En aquel momento est谩bamos en un sal贸n. Mi pobre sobrina hab铆a bailado mucho y descansaba sentada en una silla, cerca de la puerta. Yo estaba sentado junto a ella. Las dos damas se acercaron a nosotros y la m谩s joven ocup贸 una silla vac铆a al lado de mi sobrina en tanto que la de m谩s edad ven铆a a sentarse junto a m铆. Empez贸 hablando consigo misma, como si estuviera refunfu帽ando. Luego, aprovech谩ndose de la impunidad que le confer铆a el antifaz, se dirigi贸 a m铆 en el tono de una antigua amiga, llam谩ndome por mi nombre. Sus palabras excitaron mi curiosidad. Se refiri贸 a las numerosas ocasiones en que nos hab铆amos encontrado, en la Corte o en alguna casa elegante. Hizo alusi贸n a incidentes que yo no recordaba, pero que al serme citados por ella acudieron de nuevo a mi memoria.

»Sent铆 que mi curiosidad iba en aumento. Deseaba ardientemente saber qui茅n se escond铆a detr谩s de aquel antifaz, mientras la dama parec铆a divertirse con el juego. Entretanto, la joven, a la cual la dama de m谩s edad llamaba con el extra帽o nombre de Millarca, hab铆a entablado conversaci贸n con mi sobrina. Se present贸 a s铆 misma diciendo que su madre era una antigua amiga m铆a, elogi贸 el vestido que llevaba mi ni帽a y alab贸 discretamente su belleza. La divirti贸 con sus agudas observaciones acerca de la gente que se api帽aba en el sal贸n, y al poco rato charlaban como si se conocieran de toda la vida. Luego, la joven desconocida se quit贸 al antifaz: ten铆a un rostro bell铆simo, de facciones tan agradables y seductoras que resultaba imposible escapar a su atractivo. Mi pobre sobrina qued贸 seducida al instante. Tambi茅n la desconocida parec铆a haber sido fascinada por mi sobrina. Por mi parte, vali茅ndome de la familiaridad que permite un baile de disfraces, dirig铆 algunas preguntas personales a mi interlocutora.

»—Me ha puesto usted en un brete —confes茅, riendo—. ¿Quiere ser clemente conmigo ahora? ¿Por qu茅 no me hace el honor de quitarse el antifaz, como ha hecho su hija?

»—Es una petici贸n descabellada —respondi贸—. ¡Pedir a una dama que renuncie a un privilegio! Por otra parte, no podr铆a usted reconocerme: han pasado demasiados a帽os desde que me vio por primera vez. Mire a mi hija Millarca y comprender谩 que ya no puedo ser joven. Prefiero que no tenga usted ocasi贸n de compararme con la imagen que conserva de m铆. Adem谩s, usted no lleva antifaz y no puede ofrecerme nada a cambio.

»—Recurro a su clemencia —dije.

»—Y yo a la suya —replic贸.

»—Por lo menos, ya que me ha honrado con su conversaci贸n, le ruego que me diga su nombre. ¿Debo llamarla se帽ora condesa?

»Se ech贸 a re铆r de buena gana y sin duda hubiera encontrado el medio de eludir mi pretensi贸n, de no haberse producido un hecho fortuito… aunque ahora estoy convencido de que todo hab铆a sido planeado minuciosamente.

»—Mire… —empez贸 a decir, pero se vio interrumpida por la presencia de un caballero vestido de negro, de extra帽a apariencia y rostro exang眉e como el de un cad谩ver. Tampoco iba disfrazado. Se inclin贸 cort茅smente ante mi compa帽era y dijo:

»—¿Me permite la se帽ora condesa unas palabras en privado?

»Mi interlocutora se volvi贸 al instante hacia el reci茅n llegado, llev谩ndose un dedo a los labios para indicarle silencio. Luego, dirigi茅ndose a m铆, se disculp贸:

»—Le ruego que me guarde el asiento, general: regresar茅 en seguida.

»Se alej贸 en compa帽铆a del caballero vestido de negro. Vi c贸mo hablaban animadamente, antes de desaparecer entre la multitud.

»Mientras me torturaba tratando de identificar a la dama que tan amablemente parec铆a recordarme, regres贸 acompa帽ada del mismo caballero de rostro cadav茅rico. O铆 que este 煤ltimo le dec铆a: “Le advierto, condesa, que el carruaje espera en la puerta”. Y, tras inclinarse profundamente, desapareci贸.

»—¿De modo que la perdemos a usted, se帽ora condesa? Espero que ser谩 por poco tiempo —aventur茅. Y me inclin茅 a mi vez ante ella.

»—S铆, tengo que marcharme —respondi贸—. Y es posible que mi ausencia se prolongue unas semanas. Acabo de recibir noticias muy desagradables… Y usted, ¿ha recordado ya qui茅n soy?

»—Ya le he dicho que no.

»—Lo sabr谩, descuide. Pero no ahora. Somos amigos, m谩s 铆ntimos y m谩s antiguos de lo que usted sospecha. Pero ahora no le puedo revelar mi identidad. Dentro de tres semanas pasar茅 por su castillo. Entonces tendr茅 mucho gusto en que reanudemos nuestra vieja amistad. De momento, estoy muy preocupada por la noticia que acaban de darme. Tengo que recorrer m谩s de cien millas con la mayor rapidez posible. Y si no fuese por la reserva que me veo obligada a guardar acerca de mi identidad, le pedir铆a un favor… Mi pobre hija cay贸 del caballo durante una cacer铆a y fue arrastrada por el animal m谩s de una milla. Qued贸 con los nervios destrozados y nuestro m茅dico le recomend贸 descanso absoluto. Yo tendr茅 que viajar d铆a y noche, sin interrupci贸n. Est谩 en juego una vida… pero ya le hablar茅 de ello la pr贸xima vez que nos veamos.

»Y a continuaci贸n me pidi贸 el favor a que hab铆a aludido. Se trataba de alojar a su hija en mi casa durante su ausencia. Era una petici贸n un poco rara, por no decir atrevida. La condesa me desconcert贸 adelant谩ndose a todas mis posibles suspicacias, dici茅ndome que comprend铆a lo incorrecto de su proceder, pero que, conoci茅ndome como me conoc铆a, sab铆a que yo me har铆a cargo de lo ins贸lito de las circunstancias que la obligaban a comportarse de aquel modo. Y en aquel mismo instante, por una fatalidad que debi贸 ser tan premeditada c贸mo todo lo que estaba sucediendo, se acerc贸 mi sobrina pidi茅ndome que invitara a su nueva amiga Millarca a pasar unos d铆as en nuestra casa.

»En cualquier otra ocasi贸n hubiera salido del paso dici茅ndole que aguardara hasta que pudi茅semos enterarnos de la identidad de aquellas damas. Pero debo confesar que las facciones delicadas de la joven desconocida, con su extraordinario poder de fascinaci贸n, me hab铆an conquistado. De modo que consent铆 est煤pidamente en hacerme cargo de la muchacha mientras durase la ausencia de su madre.

»El caballero vestido de negro regreso en busca de mi interlocutora. Lo 煤ltimo que me pidi贸 la dama fue que no tratara de averiguar la identidad de la joven hasta su regreso.

»Luego susurr贸 algunas palabras al o铆do de su hija; la abraz贸 fr铆amente y se alej贸 acompa帽ada del f煤nebre personaje.

»A la ma帽ana siguiente Millarca se instal贸 en nuestra casa. En el fondo, me sent铆a satisfecho de haber encontrado a una joven tan agradable para que hiciera compa帽铆a a mi sobrina.

»Pero no tard贸 en surgir el reverso de la medalla. Al principio, Millarca se quejaba de una gran debilidad; estaba a煤n convaleciendo del accidente que hab铆a sufrido, y no sal铆a de su habitaci贸n antes del mediod铆a. Luego descubrimos de un modo casual que, a pesar de que cerraba siempre la puerta de su habitaci贸n con llave, no estaba en ella todas las horas que la cre铆amos all铆. Un d铆a, de madrugada, la vi andar bajo los 谩rboles, en direcci贸n a oriente: miraba como una persona en trance. Pens茅 que era son谩mbula. Pero esta hip贸tesis no resolv铆a las dudas que se me hab铆an planteado. ¿C贸mo sal铆a de la habitaci贸n, si estaba cerrada por dentro? ¿C贸mo sal铆a de la casa sin abrir puertas ni ventanas? Mientras me debat铆a en esta situaci贸n contradictoria, se me present贸 una preocupaci贸n m谩s grave.

»Mi sobrina languidec铆a de un modo misterioso. Empez贸 por tener espantosas pesadillas, luego dijo que recib铆a la visita de un espectro que a veces se parec铆a a Millarca y otras ten铆a el aspecto de una bestia inidentificable que daba vueltas alrededor de su cama. No tardaron en presentarse otros s铆ntomas: una sensaci贸n dolorosa debajo de la garganta, como si la pincharan con dos alfileres, la impresi贸n de que se ahogaba y una subsiguiente p茅rdida del conocimiento…».


¡Cu谩l no ser铆a mi emoci贸n al o铆r describir los s铆ntomas que yo misma hab铆a experimentado! Especialmente, despu茅s de haber o铆do la descripci贸n de las costumbres y caracter铆sticas de nuestra hermosa invitada, Carmilla.

Hab铆amos llegado al t茅rmino de nuestro viaje. Ante nosotros se extend铆an las ruinas de un pueblo, entre gigantescos 谩rboles.

Descendimos en silencio del carruaje; todos est谩bamos absortos en nuestros pensamientos. Subimos una empinada cuesta y nos encontramos ante el castillo de Karstein.

—He aqu铆 su palacio —dijo el general—. Era una estirpe malvada. Resulta dif铆cil creer que incluso despu茅s de muertos puedan seguir infectando a la humanidad con su horrible concupiscencia. Miren: all铆 est谩 la capilla.

Se帽al贸 un edificio de estilo g贸tico escondido entre el follaje.

—Oigo el hacha de un le帽ador muy cerca de aqu铆 —continu贸—. Quiz谩 pueda facilitarnos la informaci贸n que buscamos y se帽alarnos la tumba de Mircalla, condesa de Karstein. A veces, estos aldeanos conservan el recuerdo de las tradiciones locales acerca de las grandes familias…

—En casa tengo un retrato de Mircalla, condesa de Karstein —dijo mi padre—. ¿Le gustar铆a verlo?

—Desde luego. Pero tenemos tiempo de sobra —respondi贸 el general—. Creo haber visto el original, y espero convencerme despu茅s de explorar la capilla.

—¡C贸mo! —exclam贸 mi padre—. ¿Pretende haber visto a la condesa Mircalla? Pero ¡si hace m谩s de un siglo que muri贸!

—No est谩 tan muerta como la gente cree —replic贸 el general.

Cuando pas谩bamos por debajo del arco que daba acceso a la capilla g贸tica en ruinas, a帽adi贸:

—En los pocos a帽os que me quedan de vida s贸lo deseo tener ocasi贸n de una cosa: vengarme. Y, afortunadamente, la venganza puede realizarse a煤n por medio de un brazo mortal.

—¿De qu茅 venganza est谩 hablando? —pregunt贸 mi padre, cada vez m谩s asombrado.

—Quiero cortar la cabeza del monstruo —respondi贸 el general en un acceso de c贸lera, golpeando el suelo con el pie y alzando sus manos como si empu帽ara un hacha invisible y la blandiera ferozmente en el aire.

—¡Qu茅 es lo que dice! —grit贸 mi padre.

—Le cortar茅 la cabeza con un hacha, con una hoz, con cualquier herramienta que pueda servir para rebanarle el cuello a un criminal ¡Mirad! —grit贸, temblando de rabia—. Esta madera servir谩 de cepo. Veo que su hija est谩 cansada: d茅jela reposar.

Me dej茅 caer sobre un bloque de madera medio oculto entre los hierbajos que sal铆an por entre las losas del pavimento de la capilla. Entretanto, el general llam贸 al le帽ador que estaba podando las ramas secas de los 谩rboles, muy cerca de all铆. Se nos acerc贸 un viejo fornido, que llevaba un hacha en la mano, pero result贸 que no sab铆a nada acerca de aquellas ruinas. Sin embargo, nos inform贸 que conoc铆a a un guarda forestal que viv铆a a unas leguas de distancia y que podr铆a hablarnos de todas y cada una de las piedras de la capilla.

—¿Hace mucho tiempo que trabaja usted en este bosque? —le pregunt贸 mi padre.

—Hasta hace poco tiempo he sido le帽ador a las 贸rdenes del guarda forestal. Mi padre, mi abuelo y toda mi familia, durante generaciones, hemos tenido el mismo oficio. Podr铆a mostrarles las casas en que vivieron mis antepasados.

—¿Por qu茅 qued贸 deshabitado el pueblo?

—Porque recib铆a la visita de los espectros. Parece ser que los persiguieron hasta sus tumbas, exhumaron los cad谩veres con los medios acostumbrados y fueron destruidos en la forma habitual: decapitados, traspasados con un palo y quemados. Sin embargo, muchos aldeanos hab铆an perdido la vida. A pesar de todos los esfuerzos que se hicieron, a pesar de abrir tantas tumbas y de privar a tantos vampiros de su horrible existencia, el pueblo no qued贸 totalmente libre de la influencia diab贸lica. Pero un noble moravo, que vino a estudiar esta parte del pa铆s, oy贸 hablar de estos hechos y, siendo experto en la materia como otros muchos compatriotas suyos, se ofreci贸 para librar al pueblo de aquella obsesi贸n. Y he aqu铆 lo que hizo: una noche de luna llena, trep贸 a la torre de la capilla poco despu茅s de ponerse el sol. Se qued贸 all铆 de guardia hasta que vio salir al vampiro de la tumba y despojarse de su blanco sudario para dirigirse al pueblo, a fin de atormentar a sus habitantes. Una vez se hubo alejado el vampiro, el extranjero descendi贸 de la torre, recogi贸 el sudario y volvi贸 a encaramarse a su observatorio. Cuando el vampiro regres贸 de su expedici贸n y no encontr贸 el sudario en el lugar donde lo hab铆a dejado, empez贸 a aullar, enfurecido por la p茅rdida de su atav铆o f煤nebre. El moravo, entonces, llam贸 al vampiro y le desafi贸 a que subiera a lo alto de la torre para recuperar su sudario. El vampiro acept贸 el reto y empez贸 a trepar por el campanario. Pero cuando estaba a punto de alcanzar la cima, el moravo le golpe贸 con su sable en la cabeza, parti茅ndole el cr谩neo en dos y haci茅ndole caer al fondo de la capilla. Luego baj贸 de la torre, decapit贸 al vampiro y al d铆a siguiente entreg贸 la cabeza y el cuerpo a los aldeanos, que lo atravesaron con un palo y lo quemaron, seg煤n las reglas establecidas para estos casos. El noble moravo estaba autorizado por un documento de la familia Karstein a cambiar el emplazamiento de la tumba de la condesa Mircalla, cosa que hizo, sin que nadie sepa el lugar donde est谩 enterrada actualmente.

—¿Puede usted decirme d贸nde estaba antes? —pregunt贸 el general.

Pero el le帽ador deb铆a tener un trabajo urgente porque, olvid谩ndose de recoger su hacha, se march贸 sin contestar a la pregunta. Y mi padre y yo nos quedamos a escuchar el final del relato del general.

«Mi querida sobrina empeoraba a ojos vista. El m茅dico ignoraba la naturaleza exacta de su enfermedad. Al darse cuenta de mi preocupaci贸n, propuso una consulta con uno de los mejores m茅dicos de Gratz. Era un hombre que conoc铆a a fondo su profesi贸n y ten铆a mucha experiencia. Despu茅s de haber examinado a mi sobrina, los dos m茅dicos se encerraron en la biblioteca para conferenciar. Desde la habitaci贸n contigua pude o铆r sus voces, de un tono mucho m谩s violento de lo que cab铆a esperar en una discusi贸n puramente cient铆fica. Llam茅 a la puerta y entr茅. El viejo m茅dico de Gratz defend铆a su teor铆a. Su colega la impugnaba con evidente iron铆a, y de cuando en cuando no pod铆a evitar el re铆rse francamente de las sugerencias de su colega. Mi entrada interrumpi贸 la discusi贸n.

»—General —me dijo nuestro m茅dico—, parece ser que mi ilustre colega opina que tenemos m谩s necesidad de un brujo que de un m茅dico.

»—Perdone, perdone —replic贸 el viejo m茅dico de Gratz con evidente disgusto—. Dar茅 mi opini贸n —y a mi modo— en otra ocasi贸n. De momento, siento decirle que mi intervenci贸n no puede ser de ninguna utilidad. De todos modos, antes de marcharme tendr茅 el honor de hacerle una sugerencia.

»Se sent贸 ante una mesa y empez贸 a escribir.

»Parec铆a que la consulta no hab铆a dado resultado alguno. Me estaba paseando por el jard铆n, sumamente agitado, cuando se me acerc贸 el viejo m茅dico de Gratz. Se disculp贸 por molestarme y me dijo que, en conciencia, no pod铆a marcharse sin ofrecerme una explicaci贸n. Dijo que ten铆a la seguridad de no equivocarse: no exist铆a ninguna enfermedad con aquellos s铆ntomas, y la muerte de mi, sobrina era inminente. Le quedaba solamente un d铆a, tal vez dos, de vida. Si lograba detener el proceso fatal, quiz谩 pudiese recobrar las fuerzas. Pero, en su estado actual, bastar铆a otro ataque para extinguir la 煤ltima llama de vida.

»—¿Y de qu茅 naturaleza es el ataque a que alude usted? —le pregunt茅.

»—En esta nota se lo explico todo. Llame a un sacerdote y abra y lea la carta solamente en su presencia. Puede que no la comprenda, pero tenga en cuenta que es una cuesti贸n de vida o muerte. Si no encuentra un sacerdote inmediatamente, puede leerla usted solo.

»En los alrededores no hab铆a ning煤n sacerdote, por lo que me decid铆 a leer la carta. En cualquier otro momento me hubiese re铆do de su contenido. Pero ¡a cu谩ntas charlataner铆as se somete uno cuando est谩 en una situaci贸n apurada, cuando todos los medios conocidos han fracasado y est谩 en peligro la vida de un ser querido! El m茅dico dec铆a en su carta que la enferma recib铆a la visita de un vampiro. Las punzadas que hab铆a notado en la garganta hab铆an sido producidas por los dientes afilados y largos de uno de aquellos horripilantes seres. No cab铆a la menor duda, a帽ad铆a, dado el lugar donde se hab铆an producido los pinchazos, que se trataba de la mordedura t铆pica de un vampiro, cosa que confirmar铆a cualquier experto.

»Yo era bastante esc茅ptico en lo que respecta a la existencia de fantasmas y vampiros en general. En aquel momento, al pensar en la teor铆a expuesta por el anciano m茅dico, me dije a m铆 mismo que una gran erudici贸n y una despejada inteligencia pueden ir aliadas con la locura. Pero estaba tan desesperado, que decid铆 seguir las instrucciones contenidas en la carta.

»Me escond铆 en el tocador que comunicaba con el cuarto de la pobre enferma, alumbrada toda la noche por una vela, y esper茅 a que mi sobrina se durmiera. A trav茅s de la rejilla situada encima de la puerta del tocador miraba el sable que hab铆a colocado sobre una mesa, por prescripci贸n del m茅dico. Al cabo de un rato vi una forma oscura que se arrastraba a los pies de la cama y que se lanzaba s煤bitamente al cuello de mi sobrina, al tiempo que se transformaba en una gran masa palpitante. Me qued茅 como petrificado por espacio de unos segundos. Luego abr铆 la puerta del tocador, empu帽茅 el sable y me acerqu茅 a la cama. El monstruo se dej贸 caer al suelo y se qued贸 inm贸vil junto al lecho. Me miraba fijamente, con una expresi贸n de ferocidad en sus pupilas. A pesar de lo horrible de su aspecto, pude reconocer a Millarca. Descargu茅 el sable con todas mis fuerzas, pero el monstruo estaba ya junto a la puerta, ileso. Corr铆 detr谩s de 茅l, pero desapareci贸 como por ensalmo. Mi sable se rompi贸 contra la puerta. No s茅 c贸mo describir lo que sucedi贸 aquella horrible noche. Todos los moradores de la casa se despertaron y se pusieron en movimiento. El espectro de Millarca hab铆a desaparecido. Pero su v铆ctima se agrav贸 r谩pidamente y a primeras horas de la madrugada falleci贸».

El anciano general estaba descompuesto. Mi padre y yo permanecimos en silencio. Al cabo de un rato, mi padre avanz贸 por la capilla, leyendo cuidadosamente las inscripciones de las l谩pidas. El general, por su parte, se hab铆a apoyado en el muro y se enjug贸 los ojos con un pa帽uelo. Las voces familiares de Carmilla y de la se帽orita Lafontaine, que en aquel momento se acercaban, me reanimaron.

De repente, por debajo de un arco rematado por uno de aquellos monstruos grotescos que brotaban de la imaginaci贸n de los antiguos escultores g贸ticos, vi aparecer la seductora figura de Carmilla. Me puse en pie para contestar a su sonrisa, particularmente atractiva, cuando el viejo general lanz贸 un grito y se interpuso entre nosotras, blandiendo el hacha que el le帽ador se hab铆a dejado olvidada.

El rostro de Carmilla hab铆a sufrido una transformaci贸n brutal. Retrocedi贸. Pero, antes de que yo pudiera gritar, el general descarg贸 el hacha sobre ella con todas sus fuerzas. Carmilla pareci贸 inclinarse hacia delante a consecuencia del golpe, pero en realidad lo que hizo fue coger la mu帽eca del general con su delicada mano. El anciano se debati贸 vigorosamente, luchando por soltarse, pero se vio obligado a abrir la mano y dejar caer el hacha. Carmilla desapareci贸 como si se la hubiera tragado el aire. El general, tambale谩ndose, se apoy贸 en el muro. Sus cabellos estaban erizados y su rostro aparec铆a empapado en sudor. Estaba p谩lido como un muerto. Todo lo que acabo de contar sucedi贸 en un par de segundos. No s茅 si llegu茅 a perder el conocimiento. Lo primero que recuerdo despu茅s de la desaparici贸n de Carmilla es la voz de la se帽ora Perrodon, pregunt谩ndome:

—¿D贸nde est谩 la se帽orita Carmilla?

Por fin pude contestar que no lo sab铆a.

—Ha salido de aqu铆 hace un momento —dije, se帽alando la puerta por la cual hab铆a entrado la se帽ora Perrodon.

—Yo estaba all铆 y no la he visto.

Inmediatamente empez贸 a llamarla por su nombre, sin obtener respuesta.

—¿Se hace llamar Carmilla? —inquiri贸 el general, que no se hab铆a recobrado totalmente.

—Efectivamente —respond铆.

—Carmilla… Millarca… —murmur贸 茅l general—. No cabe ninguna duda, es la misma que en otro tiempo se llam贸 Mircalla de Karstein. Querida Laura, m谩rchese inmediatamente de esta tierra maldita. Creo que no ver谩 nunca m谩s a Carmilla.

Mientras el general pronunciaba estas palabras, entro en la capilla uno de los hombres m谩s extra帽os que he visto en mi vida. Era alto, delgado, muy cargado de hombros y vest铆a de negro. Ten铆a la tez morena y surcada de profundas arrugas. Llevaba un sombrero pasado de moda, adornado con una enorme pluma. Sus cabellos largos y grasientos ca铆an sobre su espalda. Andaba lentamente, arrastrando los pies. Usaba anteojos con montura de oro y su mirada se fijaba alternativamente en el techo de la capilla y en 茅l pavimento. Sus largos y delgados brazos oscilaban continuamente, como el p茅ndulo de un reloj.

—¡脡ste es mi hombre! —grit贸 el general al verlo, precipit谩ndose a su encuentro con manifiesta alegr铆a—. ¡Mi querido bar贸n! ¡Cu谩nto me alegra verle! No esperaba encontrarle tan pronto.

Llam贸 con un gesto a mi padre, que, entretanto, hab铆a regresado de su exploraci贸n, y le present贸 a aquel extra帽o personaje, llam谩ndole simplemente «bar贸n». Inmediatamente, los tres hombres se enfrascaron en una animada conversaci贸n. El desconocido sac贸 de su bolsillo un ra铆do plano y lo extendi贸 sobre el granito rosado de una tumba. Con un l谩piz, empez贸 a trazar l铆neas de un extremo a otro del plano, consultando con la vista determinados lugares de la capilla, lo cual me hizo suponer que se trataba de un plano del edificio en que nos hall谩bamos. Tambi茅n consultaba a menudo un cuaderno de notas sucio y amarillento, cuyas p谩ginas estaban llenas de una apretada escritura.

Los tres hombres acabaron por dirigirse hacia el lado opuesto a aquel en que yo me encontraba y luego empezaron a medir la distancia en pasos entre las tumbas. Finalmente, se detuvieron ante el muro y lo examinaron atentamente, levantando la hiedra que lo cubr铆a en aquel lugar. No tardaron en descubrir una l谩pida de m谩rmol, sobre la cual aparec铆an esculpidas unas letras.

Ayudados por el le帽ador, que hab铆a regresado en busca de su hacha, arrastraron hasta un lugar iluminado la enorme l谩pida. Se trataba, en efecto, del sepulcro de Millarca, condesa de Karstein. El general alz贸 las manos al cielo en silenciosa acci贸n de gracias.

—Ma帽ana —o铆 que dec铆a— vendr谩 el Comisario. Actuaremos de acuerdo con los preceptos legales.

Luego, encar谩ndose con el anciano de los lentes con montura de oro, le estrech贸 calurosamente las manos.

—¿C贸mo puedo agradecerle su ayuda, bar贸n? ¿C贸mo podr铆amos expresarle nuestra gratitud? Ha librado usted a esta comarca de una horrible plaga. Gracias a usted, hemos podido localizar al m谩s odioso de los monstruos.

Mi padre se acerc贸 a m铆 y me abraz贸 y bes贸 repetidas veces.

—Ya es hora de que regresemos a casa —dijo.

Sus palabras sonaron a mis o铆dos como m煤sica celestial, pues nunca me hab铆a sentido tan cansada como en aquel momento.

Una vez en el castillo, mi satisfacci贸n se troc贸 en espanto al descubrir que no hab铆a noticias de Carmilla. No me dieron ninguna explicaci贸n acerca de lo que hab铆a ocurrido en las ruinas del castillo, y era evidente que mi padre prefer铆a, por el momento, conservar el secreto.

La ausencia de Carmilla, que en aquellas circunstancias resultaba de lo m谩s siniestro, me ten铆a en vilo. Y mi inquietud aument贸 con los preparativos que se hicieron para pasar aquella noche. Dos sirvientas, adem谩s de la se帽ora Perrodon, se quedaron en mi habitaci贸n, en tanto que mi padre y uno de los criados montaban guardia ante la puerta.

Al d铆a siguiente, tuvieron lugar en la capilla de Karstein, con las formalidades de rigor, los actos previstos. Se abri贸 la tumba de la condesa de Karstein. El general y mi padre reconocieron en ella a la bell铆sima y p茅rfida invitada. A pesar de que llevaba enterrada m谩s de ciento cincuenta a帽os, sus facciones estaban llenas de vida. Ten铆a los ojos completamente abiertos. El cad谩ver no parec铆a haber sufrido el proceso de descomposici贸n.

Los dos m茅dicos que asist铆an a la ceremonia atestiguaron el hecho prodigioso de que el cad谩ver respiraba, aunque muy d茅bilmente, y que era posible captar los leves latidos de su coraz贸n. Los miembros conservaban su flexibilidad y la carne era el谩stica. El f茅retro de plomo estaba lleno de sangre, que empapaba al cad谩ver. Se trataba de un caso irrefutable de vampirismo. De acuerdo con las antiguas pr谩cticas, alzaron el cad谩ver y atravesaron su pecho con una estaca. Luego le cortaron la cabeza, y del cuello seccionado brot贸 un chorro de sangre. A continuaci贸n, colocaron el cuerpo y la cabeza sobre un mont贸n de le帽a y le prendieron fuego, hasta que no qued贸 m谩s que un mont贸n de cenizas. Las cenizas fueron dispersadas a los cuatro vientos, y a partir de entonces la regi贸n qued贸 libre de vampiros.

Mi padre conserva una copia del informe de la Comisi贸n Imperial, con la firma de todos los que presenciaron aquella horrible ceremonia. De este documento oficial he copiado la descripci贸n de la macabra escena.

No he contado estos hechos serenamente. ¡Oh, no! No puedo pensar en aquellos sucesos sin sentirme profundamente trastornada. Si no me lo hubieran solicitado tantas veces, nunca me hubiese decidido a escribir la historia de unos sucesos que destrozaron —quiz谩 para siempre— mis nervios, proyectando la sombra de aquel horror indecible que, a pesar de los a帽os transcurridos, contin煤a acos谩ndome d铆a y noche, haci茅ndome insoportable la soledad.

A帽adir茅 algunas palabras acerca del extra帽o bar贸n de Vordenburg, gracias a cuya erudici贸n fue posible el descubrimiento de la tumba de la condesa Mircalla.

Viv铆a en Gratz, de una peque帽a renta —todo lo que le quedaba de la fortuna de su familia—, y se dedicaba al estudio del vampirismo, en todas sus formas. Hab铆a le铆do todo lo que se hab铆a escrito sobre la materia: la Magia Posthuma, el Phlegon de mirabilibus, el Agustinus de cura pro mortuis, el Philosophicae et Christianae cogitationes de vampiriis, de John Christopher Heremberg, y muchos otros libros de los cuales s贸lo recuerdo algunos de los que prest贸 a mi padre.

Ten铆a un voluminoso archivo de todos los casos judiciales incoados por vampirismo, y de ellos hab铆a deducido algunos principios fundamentales acerca de los vampiros.

Por ejemplo, la palidez mortal que se atribuye a esa clase de espectros es pura ficci贸n literaria. En realidad, tanto en la tumba como cuando se muestran p煤blicamente tienen un aspecto saludable. Cuando se abre su f茅retro aparecen las mismas se帽ales que demostraron que la condesa de Karstein, fallecida siglo y medio antes, era un vampiro.

Lo m谩s inexplicable era y sigue siendo c贸mo pueden salir de su tumba y regresar a ella. La doble vida de los vampiros se mantiene gracias al sue帽o cotidiano en la tumba. Su monstruosa avidez de sangre de seres vivos les proporciona la energ铆a necesaria para subsistir durante las horas de vigilia. El vampiro est谩 propenso a ser v铆ctima de vehementes pasiones, parecidas a las del amor, ante determinadas personas. Pera obtener su sangre, pone en juego una paciencia infinita y recurre a toda clase de estratagemas a fin de superar los obst谩culos que le separan del objeto deseado. No desiste de su empresa hasta que su pasi贸n ha sido colmada y ha podido sorber la vida de la codiciada v铆ctima. Llegan incluso a contraer matrimonio con ella, prorrogando su placer criminal con el refinamiento de un epic煤reo. Pero con m谩s frecuencia se encamina directamente a su objetivo, vence por la fuerza y devora a su v铆ctima en un solo fest铆n.

Parece que el vampiro, algunas veces, debe sujetarse a determinadas condiciones. En el ejemplo que acabo de relatar, Mircalla deb铆a limitarse al uso de un nombre que, si no era siempre exactamente el suyo, deb铆a contener todas las letras que lo compon铆an: Mircalla, Carmilla, Millarca…

Mi padre explic贸 al bar贸n de Vordenburg, que fue nuestro hu茅sped durante un par de semanas, la historia del caballero moravo y del vampiro de la capilla de Karstein, y le pregunt贸 al bar贸n c贸mo hab铆a podido descubrir el emplazamiento exacto de la tumba, tanto tiempo ignorada, de la condesa Mircalla.

El bar贸n sonri贸 enigm谩ticamente. Mir贸 el estuche de sus anteojos, que ten铆a en la mano, lo sospes贸 unos instantes y luego, alzando de nuevo la mirada, dijo:

—Poseo muchos escritos y documentos de aquel notable personaje. El m谩s curioso es una especie de narraci贸n acerca de su visita a Karstein, que usted acaba de mencionar. Naturalmente, la leyenda deforma siempre los hechos. Es posible que le tomaran por un noble moravo, ya que se hab铆a cambiado de nombre. En realidad era un noble que hab铆a nacido en la Alta Estiria. En su juventud hab铆a sido el amante apasionado y predilecto de la bell铆sima Mircalla, condesa de Karstein. La muerte prematura de su amada le abism贸 en un dolor inconsolable. Creo necesario aclarar que los vampiros pueden multiplicarse y crecer, de acuerdo con una ley que rige para esos monstruos. Suponed un lugar completamente libre de esta amenaza. ¿C贸mo es que se presenta y desarrolla?

»Imaginen ustedes que un individuo, suficientemente perverso, se mata. En determinadas circunstancias, los suicidas pueden transformarse en vampiros. Este vampiro empieza a visitar a los seres vivos mientras duermen. Estos 煤ltimos se mueren y, una vez sepultados, se transforman casi invariablemente en vampiros. Eso fue lo que le sucedi贸 a la bell铆sima Mircalla, que era visitada por uno de esos monstruos. Mi antepasado Vordenburg, cuyo t铆tulo llevo, descubri贸 esta historia y en el curso de los estudios a los cuales se hab铆a dedicado profundiz贸 mucho en esta materia. Entre otras cosas, lleg贸 a la conclusi贸n de que se sospechaba del vampirismo de la condesa que, en vida, fue su 铆dolo. Se horroriz贸 ante la idea de que sus restos pudieran ser profanados en una p贸stuma ejecuci贸n. Dej贸 un curioso documento que demuestra que el vampiro, una vez privado de su doble existencia, queda condenado a otra a煤n m谩s terrible. Y decidi贸, en consecuencia, preservar de esa posibilidad a su amada Mircalla. Simulando un viaje de estudios, se traslad贸 a Karstein y consigui贸 hacer desaparecer el rastro y el recuerdo de la tumba de Mircalla. Pero, pasados unos a帽os y pr贸ximo el final de sus d铆as, pensando en el mundo que pronto iba a abandonar, consider贸 bajo otro aspecto lo que hab铆a hecho y se sinti贸 aterrado.

»Traz贸 los dise帽os y notas que me han servido de gu铆a, y confes贸 por escrito lo que hab铆a llevado a cabo. Tal vez pens贸 hacer algo m谩s positivo, pero la muerte se lo impidi贸. S贸lo vali茅ndose de la mano de uno de sus descendientes ha podido dirigir, demasiado tarde para muchos, la b煤squeda del monstruo».

M谩s tarde, en el curso de una conversaci贸n, a帽adi贸:

—Una de las pruebas del vampirismo es la fuerza de las manos. La fr谩gil mano de Mircalla apret贸 como dogal de acero la mano del general, cuando 茅ste levant贸 el hacha para matarla. La fuerza de la mano de un vampiro deja una huella indeleble en su presa, produciendo una atrofia que se cura s贸lo muy lentamente, y no en todos los casos.

La primavera siguiente la pas茅 en Italia con mi padre. Viajamos durante un a帽o. Necesit茅 mucho tiempo para que el horror de aquellos hechos fueran disolvi茅ndose en mi recuerdo. Incluso ahora, a muchos a帽os de distancia, la imagen de Carmilla se me aparece frecuentemente en sus diversos y cambiantes aspectos: unas veces es la hermos铆sima y l谩nguida joven; otras, el monstruo que vi en las ruinas del castillo… Y a menudo, en medio de una pesadilla, tiemblo de miedo porque me parece o铆r los leves pasos de Carmilla que se acercan a la puerta de mi habitaci贸n.

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