Los eucaliptos - Julio Ramón Ribeyro

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Entre mi casa y el mar, hace veinte años, había campo abierto. Bastaba seguir la acequia de la calle Dos de Mayo, atravesar potreros y corralones, para llegar al borde del barranco. Un desfiladero cavado en el hormigón conducía a "La Pampilla", playa desierta frecuentada solo por los pescadores.

Los sábados íbamos allí, acompañados de la sirvienta y de los perros. En la playa estrecha y pedregosa —apenas un zócalo entre el barranco y el mar— pasábamos largas horas desenterrando patillos muertos, recogiendo conchas y caracoles. Los perros corrían por la orilla, ladrando alegremente al océano. Por las paredes del acantilado trepaba el musgo, la yerba salvaje, y caía un agua fina que bebíamos en la cueva de la mano.
Matilde, nuestra sirvienta, iba siempre a la cabeza del grupo. A pesar de ser una moza, sabía multitud de cosas extrañas, como la gente crecida en el campo. Preparaba trampas para los gorriones, distinguía las matas de ortiga entre la maleza o los panales de avispas en las grietas de un muro. En el trayecto recogía flores de mastuerzo para regalar a Benito, el pescador. Ambos se retiraban luego por el desfiladero hasta una arena sucia donde se enterraban. A veces los seguíamos para espiarlos o merodeábamos en torno suyo lanzando piedras a los abismos.

Más tarde, cuando conocimos la huaca Juliana, nos olvidamos del mar. La huaca estaba para nosotros cargada de misterio. Era una ciudad muerta, una ciudad para los muertos. Nunca nos atrevimos a esperar en ella el atardecer. Bajo la luz del sol era acogedora y nosotros conocíamos de memoria sus terraplenes y el sabor de su tierra, donde se encontraban pedazos de alfarería. A la hora del crepúsculo, sin embargo, cobraba un aspecto triste, parecía enfermarse y nosotros huíamos, despavoridos, por sus faldas. Se hablaba de un tesoro escondido, de una bola de fuego que alumbraba la luna. Había, además, leyendas sombrías de hombres muertos con la boca llena de espuma.
La gente del pueblo llamaba a nuestro barrio "Matagente". En aquella época no había alumbrado público. De noche las calles eran tenebrosas y nosotros las recorríamos alumbrándonos con linternas. A veces íbamos hasta el "Mar del Plata", viejo caserón abandonado sobre la avenida Pardo. A través de su verja de madera observábamos el jardín donde la yerba crecía en desorden invadiendo los caminos y las gradas de piedra. Perdidas en el follaje se veían estatuas de yeso sin brazos, sin nariz, sucias de polvo y de excrementos de ave. Algunas habían caído de su pedestal y yacían semienterradas entre la hojarasca. Nunca supimos a quién pertenecía esa casa ni qué sucedía en su interior. Sus persianas estaban siempre cerradas. En sus cornisas anidaban las palomas.

Además de los ficus de la avenida Pardo, de los laureles de la Costanera, de las moreras de las calles trasversales, en nuestro barrio había eucaliptos. La casa del millonario Gutiérrez estaba rodeada de una cincuentena de estos árboles enormes que crecían desde el siglo anterior, quizá desde la guerra con Chile. Ni los hombres más viejos de Santa Cruz sabían quién los había plantado. Sus poderosas raíces levantaban la calzada, abrían grietas en la tierra. Sus ramas crujían con el viento y cada cierto tiempo alguna se desprendía y caía sobre la pista con un ruido de cataclismo. En menos de diez minutos desaparecía. De todos los corralones acudía la gente del pueblo con hachas, con machetes, con cuchillos y la destrozaban para fabricar leña, como se descuartiza una res.

Estos árboles eran como los genios tutelares del lugar. Ellos le daban a nuestra calle el aspecto pacífico de un rincón de provincia. Su tupido follaje nos protegía del sol en el verano, nos resguardaba de la polvareda cuando soplaba el viento. Nosotros nos trepábamos a sus troncos como monos. Conocíamos su gruesa corteza por cuyos nudos brotaba una goma olorosa. Sus hojas se renovaban todo el año y caían, rojas, amarillas, plateadas, sobre nuestro jardín. Sus copas, donde cantaban las cuculíes, se veían desde la huaca, desde el mar, porque nuestros árboles eran los más arrogantes de todo el balneario. Tan solo en el parque había un pino soberbio del cual estábamos celosos.
Bajo los eucaliptos desfilaron todos los personajes pintorescos de Santa Cruz. Cuando veíamos aparecer al loco Saavedra con su hoz en la mano y su costal de yerbas a la espalda, escalábamos sus troncos y desde lo alto, inmunes a su cólera, nos burlábamos de su extravío. El pasaba hablando solo, cantando y al divisarnos nos amenazaba con su hoz y se atrevía a lanzamos terrones que se destrozaban en el aire. Luego tocaba los timbres de las casas, pidiendo comida. Algunos le soltaban los perros, otros le daban monedas de cobre que él convertía en alcohol.

El loco Saavedra prestaba un servicio a la comunidad. Con su hoz limpiaba la maleza de las acequias, desatoraba las esclusas y permitía circular el agua de los regadíos. Nadie sabía si este trabajo lo realizaba por capricho o por obligación. Siempre estaba sin zapatos, mojado, sucio de barro hasta las rodillas. Su única elegancia la constituían sus sombreros. Todas las semanas traía uno diferente: chambergos, gorras de marinero, boinas de colegial. Al final andaba sin camisa pero con un hermoso sombrero de copa.

A veces transcurrían semanas sin que se vieran trazas de su persona. El agua se rebalsaba e invadía los jardines particulares. Se decía, entonces, que había muerto. Pero cuando menos se le esperaba, reaparecía más pálido, más sucio, más trastornado. Sus resurrecciones nos llenaban de pavor porque siempre creíamos estar en presencia de su sombra. Con el tiempo se le vio con menos frecuencia. Matilde decía que donde la japonesa María bebía ron de quemar en vasos de cerveza. Por fin desapareció definitivamente. Una tarde vimos pasar un camión con un ataúd y un ramo de flores, seguido de una tropa de perros que ladraban. Se llevaban al loco al cementerio de Surquillo.

Más tarde, cuando se construyeron nuevas casas y el número de vecinos aumentó, formamos los chicos una verdadera pandilla. En razón de nuestro número nos atrevíamos a salir fuera del área de los eucaliptos y nos aventurábamos hasta la calle Enrique Palacios, en cuyos callejones vivían muchas familias del pueblo. Existía allí otra pandilla que nosotros llamábamos la pandilla de los "cholos". Ellos nos llamaban los "gringos" y nos tiraban piedras con sus hondas. Las riñas se sucedían. Muchas veces regresamos a casa con la cabeza rota. Nuestro barrio era, en realidad, como una pequeña aldea y las rivalidades de clase eran notorias. Había la gente del corralón, la gente del callejón, la gente de la quinta, la gente del chalet, la gente del palacete. Cada cual tenía su grupo, sus costumbres, su manera de vestir. Las distancias se guardaban estrictamente y ni aun en la época de los carnavales se perdía la noción de las jerarquías. Nosotros nos enfurecíamos cuando los negros mojaban a nuestras hermanas, así como los niños que usaban escarpines e iban a misa en automóvil, se ponían pálidos cuando les arrojábamos un globo con anilina.

En uno de los callejones de Enrique Palacios vivía don Santos, un hombre enigmático. Se decía que era el cholo más rico de todo el barrio, propietario de tiendas y corralones. Nunca nadie lo vio trabajar. Pasaba el día acodado en el mostrador de María, bebiendo pisco barato. Hacia el atardecer se llegaba a los eucaliptos y orinaba en sus troncos sus borracheras. Cuando nos veía pasar nos llamaba a su lado para contarnos su vida. Hablaba de París, del barrio Latino. Decía que él había vivido allí por el año veinte, que había tenido su "paletot" y usado un peinado a lo Valentino. Hablaba también de sus amigos diputados, de su cuenta corriente, de un banquete al cual estaba invitado precisamente esa noche. Al ver nuestros rostros escépticos, quedaba callado, se afligía y nos rogaba con voz lastimosa que le consiguiéramos un puesto.
- ¡Aunque sea de portero! —añadía, limpiándose una lágrima.

Con el tiempo, nuestro barrio se fue transformando. Bastó que pusieran luz eléctrica, que el servicio de agua potable se regularizara, para que las casas comenzaran a brotar de la tierra, como yerbas de estación. Por todo sitio se veían obreros cavando fosas para los cimientos, levantando muros, armando los encofrados. Los corralones fueron demolidos, los terrenos de desmonte arrasados. La gente del pueblo huía hacia los extramuros portando tablones y adobes para armar por otro lugar sus conventillos. Las grandes acequias fueron canalizadas y ya no pudimos hacer correr sobre su corriente nuestros barcos de papel. La hacienda "Santa Cruz" fue cediendo sus potreros donde se trazaban calles y se sembraban postes eléctricos. Hasta la huaca Juliana fue recortada y al final quedó reducida a un ridículo túmulo sin grandeza, sin misterio.

Pronto nos vimos rodeados de casas. Las había de todos los estilos; la imaginación limeña no conocía imposibles. Se veían chalets estilo buque con ojos de buey y barandas de metal, casas californianas con tejados enormes para soportar a la tímida garúa; palacetes neoclásicos con recias columnas dóricas y frisos de cemento representando escudos inventados; no faltaban tampoco esas extrañas construcciones barrocas que reunían al mismo tiempo la ojiva del medioevo, el balcón de la colonia, el minarete árabe y la gruta romántica donde una virgen chaposa sonreía desde su yeso a los paseantes. Para llegar al barranco teníamos que atravesar calles y calles, contornear plazas, cuidarnos de los ómnibus y llevar a nuestros perros amarrados del pescuezo. Una baranda nos separaba del mar. Llegar allí era antes un viaje campestre, una expedición que solo realizaban los aventureros y los pescadores. Ahora los urbanitos descargaban allí su población dominical de fámulas y furrieles.

Los personajes pintorescos se disolvieron en la masa de vecinos. Por todo sitio se veía la mediocridad, la indiferencia. Don Santos desapareció, al igual que el loco Saavedra. A nuestro policía lo cambiaron de lugar. Nuestros perros fueron atropellados. Ya no se veía pasar al hombre que, con su canasta y su farol, pregonaba en las noches de invierno la "revolución caliente" ni tampoco a las vacas de la hacienda "Santa Cruz" que mugían y hacían sonar sus cascabeles. El viejo que vendía choclos remplazó su borrico por un triciclo. El primer cinema fue el símbolo de nuestro progreso, así como la primera iglesia, el precio de nuestra devoción. Solo nos faltaba tener un alcalde y un cabaret.

En medio de estas mudanzas había algo que permanecía siempre igual, que envejecía sin perder su fuerza: los eucaliptos. Nuestra mirada, huyendo de los tejados y de las antenas, encontraba reposo en su follaje. Su visión nos restituía la paz, la soledad. Nosotros habíamos crecido, habíamos ido descubriendo en estos árboles nuevas significaciones, le habíamos dado nuevos usos... Ya no nos trepábamos a sus ramas ni jugábamos a los escondidos tras sus troncos, pero hubo una época de perversidad en que espiábamos su copa con la honda tendida para abatir a las tórtolas. Más tarde nos dimos cita bajo su sombra y grabamos en sus cortezas nuestros primeros corazones.

Una mañana se detuvo frente a nuestra casa, un camión. De su caseta descendieron tres negros portando sierras, machetes y sogas. Por su aspecto, parecían desempeñar un oficio siniestro. La noticia de que eran podadores venidos de Chincha, circuló por el barrio. En un santiamén se encaramaron en los eucaliptos y comenzaron a cortar sus ramas. Su trabajo fue tan veloz que no tuvimos tiempo de pensar en nada. Solamente les bastó una semana para tirar abajo los cincuenta eucaliptos. Fue una verdadera carnicería. El tráfico se había suspendido. Nosotros, los que durante quince años habíamos crecido a la sombra de aquellos árboles, contemplamos el trabajo, desolados. Vimos caer uno a uno todos aquellos troncos: aquel donde se anidaban las arañas; aquel otro donde escondíamos soldados, papelitos; el grueso, el de la esquina, que sacudía su crin durante las ventoleras y saturaba el aire de perfumes. Cuando la sierra los dividió en trozos de igual longitud, nos dimos cuenta que había sucedido algo profundo; qué habían muerto como árboles para renacer como cosas. Sobre los camiones solo partieron una profusión de vigas rígidas a las que aguardaba algún tenebroso destino.

La ciudad progresó. Pero nuestra calle perdió su sombra, su paz, su poesía. Nuestros ojos tardaron mucho en acostumbrarse a ese nuevo pedazo de cielo descubierto, a esa larga pared blanca que orillaba toda la calle como una pared de cementerio. Nuevos niños vinieron y armaron sus juegos en la calle triste. Ellos eran felices porque lo ignoraban todo. No podían comprender por qué nosotros, a veces, en la puerta de la casa, encendíamos un cigarrillo y quedábamos mirando el aire, pensativos.

(Múnich, 1956)

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