Resumn y análisis literario de "El sueño del pongo" de José María Arguedas - Amantes de la literatura

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viernes, febrero 13, 2026

Resumn y análisis literario de "El sueño del pongo" de José María Arguedas


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Un hombrecito se encaminó a la casa hacienda de su patrón. Como era siervo, iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente, en la gran residencia. Era pequeño de cuerpo, miserable de ánimo, débil, todo lamentable, con sus ropas viejas. El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludó en el corredor de la residencia. ¿Eres gente u otra cosa? Le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio.

Humillándose, el pongo no contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie. "A ver", dijo el patrón, "por lo menos sabrá lavar ollas; siquiera podrá manejar la escoba, con esas sus manos que parecen que no son nada".

"Llévate esta inmundicia", ordenó al mandón de la hacienda. Arrodillándose, el Pongo besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina. El hombrecito tenía el cuerpo pequeño; sus fuerzas eran, sin embargo, como las de un hombre común.

Todo cuanto le ordenaban hacer, lo hacía bien, pero había un poco de espanto en su rostro. Algunos siervos se reían de verlo así; otros lo compadecían. Huérfano de huérfanos, hijo del viento, de la luna, debe ser el frío de sus ojos, el corazón pura tristeza, había dicho la mestiza cocinera al verlo.

El hombrecito no hablaba con nadie, trabajaba y callado comía; sí, papacito, sí, mamacita, era cuanto solía decir. Quizá a causa de tener una cierta expresión de espanto, y por su ropa tan haraposa, y acaso también porque no quería hablar. El patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito.

Al anochecer, cuando los siervos se reunían para rezar el Ave María en el corredor de la casa hacienda, en esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo, delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo. Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara, y así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara. "Creo que eres perro, ladra", le decía.

El hombrecito no podía ladrar. "Ponte en cuatro patas", le ordenaba entonces. El pongo obedecía y daba unos pasos en cuatro pies.

"Trota de costado, como perro", seguía ordenándole el hacendado. El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna. El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía todo el cuerpo.

"¡Regresa!" le gritaba, cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor. El Pongo volvía, corriendo de costadito; llegaba fatigado. Algunos de sus semejantes siervos rezaban, mientras tanto el Ave María, despacio, como viento interior en el corazón.

"¡Alza las orejas ahora, vizcacha! ¡Vizcacha eres!" mandaba el señor al hombrecito. "¡Siéntate en dos patas! ¡Empalma las manos!" Como si el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos cuando permanecen quietos, como orando sobre las rocas, pero no podía alzar las orejas. Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor.

"Recemos el Padre Nuestro", decía luego el patrón a sus indios, que esperaban en fila. El Pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar, porque no estaba en el lugar que le correspondía, ni ese lugar correspondía a nadie. En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se dirigían al cacerío de la hacienda.

"¡Vete, pancita!" solía ordenar después el patrón al pongo, y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto, lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos. Pero, una tarde, a la hora del Ave María, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al Pongo con sus densos ojos; ese, ese hombrecito, habló muy claramente.

Su rostro seguía un poco espantado. Gran señor, dame tu licencia, padrecito mío, quiero hablarte, dijo. El patrón no oyó lo que oía.

—¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro? —preguntó.

—Es a ti a quien quiero hablarte —repitió el Pongo. 

—Habla, si puedes —contestó el hacendado.

—Padre mío, señor mío, corazón mío —empezó a hablar el hombrecito—. Soñé anoche que habíamos muerto los dos, juntos, juntos habíamos muerto. 

—¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio, le dijo el gran patrón.

—Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos los dos juntos, desnudos ante nuestro gran padre San Francisco. 

—¿Y después? —Habla —ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad. Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro gran padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden, no sabemos hasta qué distancia.

A ti y a mí nos examinaba, besando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío. ¿Y tú? No puedo saber cómo estuve, gran señor.

Yo no puedo saber lo que valgo. Bueno, sigue contando. Entonces, después, nuestro padre dijo con su boca: "De todos los ángeles, el más hermoso que venga".

A ese incomparable que lo acompañe otro pequeño, que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro y la copa de oro llena de la miel de la chancaca más transparente. Y entonces, preguntó el patrón, los indios ciervos oían, oían al pongo con atención, sin cuenta, pero temerosos.

Dueño mío, apenas nuestro gran padre San Francisco dio la orden, apareció un ángel brillante, alto como el sol. Vino hasta llegar delante de nuestro padre, caminando despacio. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de luz suave como el resplandor de las flores.

Traía en las manos una copa de oro. Y entonces, repitió el patrón: "Ángel mayor, cubre a este caballero con la miel que está en la copa de oro. Que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre".

Diciendo, ordenó nuestro gran padre. Y así, el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, engulló tu cuerpecito todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te quedaste, solo, en el resplandor del cielo; la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro transparente.

Así tenía que ser, dijo el patrón. Y luego preguntó: "¿Y a ti, cuándo tú brillabas en el cielo?". Nuestro gran padre San Francisco volvió a ordenar: que de todos los ángeles del cielo venga el que menos vale, el más ordinario.

Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano. Y entonces, un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro gran padre. Llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande.

Oye, viejo, ordenó nuestro gran padre a ese pobre ángel. Embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído. Todo el cuerpo, de cualquier manera, cúbrelo como puedas, rápidamente.

Entonces, con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata, me cubrió de manera desigual el cuerpo. Así, como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado. Y aparecía avergonzado en la luz del cielo, apestando.

Así tenía que ser, afirmó el patrón. Continúa, o todo concluirá allí. No, padrecito mío, señor mío.

Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos los dos ante nuestro gran padre San Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti, ya a mí, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria, y luego dijo: "Todo cuanto los ángeles debían hacer con ustedes, ya está hecho". Ahora, llámense el uno al otro, despacio, por mucho tiempo.

El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora. Sus alas recuperaron su color negro y su gran fuerza. Nuestro padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.

Análisis literario

El sueño del pongo, del escritor peruano José María Arguedas, es un cuento nacido de una narración contada al autor por un campesino indígena del Cusco. Publicado en 1965, esta historia gira en torno al abuso y la crueldad de un patrón o hacendado hacia sus trabajadores indígenas.

En especial hacia el protagonista, un ciervo indio o pongo que, a pesar de trabajar incansablemente en la hacienda de su patrón, es maltratado y humillado por este al punto de ser rebajado a la condición de animal. "Creo que eres un perro", ladra, le decía, y más adelante le dice: "Alza las orejas, ahora vizcacha, vizcacha eres", mandaba el señor. "Hombrecito, siéntate en dos patas, empalma las manos". El pongo es símbolo de la indefensión, de la subordinación máxima ante un patrón que no le da la condición de dignidad.

Esta temática es transversal a toda la narrativa de Arguedas, en tanto vemos patente la explotación y degradación ejercida contra el subordinado, el sujeto andino, por parte del misti o blanco, aunque en el cuento podemos inferir que el patrón en realidad es mestizo. En el relato, es evidente que la humillación hacia el pongo por parte del patrón se da por pura diversión, o quizás también como un ejercicio de ostentación de poder, poder sobre el más indefenso. El patrón, en todo momento, quiere dejar en claro su posición de dominio, y también su capacidad para decidir la dignidad de sus súbditos.

Su palabra es la ley, y en el espacio donde ejerce su poder, es decir, la hacienda, este determina el valor de los que lo rodean. Sin embargo, el cuento no solo se reduce a mostrarnos la humillación del poderoso contra el desvalido; lo más significativo de esta historia se puede notar en el sueño que tiene el pongo; allí, en ese espacio ficticio anhelado, se da una especie de reivindicación simbólica. Tanto el patrón como el pongo han muerto y están desnudos frente a San Francisco, y quien examinando el corazón de cada uno, para que luego aparezcan ángeles.

Cada ángel va a mostrar el linaje de cada uno; el ángel mayor y el ángel pequeño pero bello serán para el patrón, y el más viejo y harapiento para el pongo. Estos, por orden de San Francisco, hacen algo que tiene gran importancia: por un lado, el pequeño y más bello embadurna de miel al patrón; el patrón cree que es lógico debido a su alcurnia: dorado, hermoso, blanco. El otro ángel, el viejo, embadurna de excremento al pongo, y el patrón cree que así debe ser; no obstante, es la orden final de San Francisco la que nos da el mensaje de una especie de justicia divina o poética.

Ahora, llámense el uno al otro despacio, por mucho tiempo. Vemos, pues, que ese lamerse es una forma de hacer justicia, ya que todo lo sufrido en vida por el pongo trae una recompensa en el más allá. Lamer la miel es lo más dulce, lo más sublime; es en suma una manera de reivindicar las vejaciones que ha sufrido el pongo.

En cambio, el patrón debe lamer el excremento, es decir, el símbolo de la consecuencia de sus actos vejatorios, de su soberbia y tiranía. Pero hay algo más; el espíritu reivindicatorio se ve presente también en la transformación del viejo ángel en uno más joven. El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza.

Nuestro padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera. Sin duda, esta última parte nos muestra simbólicamente el ánimo de protesta y resentimiento telúrico de los seres oprimidos, no solo por la tiranía de los patrones, sino por todo un sistema de opresión profundamente arraigado en la sociedad. Pues el poder del patrón no se sustenta en sí mismo, sino en la sociedad que avala y justifica dicho poder.

El cuento nos muestra que la verdadera injusticia es la normalización de la violencia y la discriminación que le da legitimidad a estas personas, al patrón, por ejemplo, para ejercer sobre los más desposeídos su tiranía. En este caso, al sujeto indígena, al cual se le despoja de su dignidad humana y se lo reduce a casi un animal, un perro, una vizcacha. En conclusión, el sueño del Pongo, aunque presenta una estructura sencilla, es un relato que aún se puede extrapolar a nuestra sociedad actual, presa de la discriminación y las desigualdades, donde la ciudadanía no alcanza a todos y el trato igualitario es todavía una utopía.

El mensaje del cuento, entonces, reside en la generación de una conciencia frente al abuso y una verdadera lucha por la justicia y la igualdad.

Fuente: Profesor Paolo Astorga

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