Es imposible que tales potencias o seres hayan sobrevivido... hayan
sobrevivido a una 茅poca infinitamente remota donde... la conciencia
se manifestaba, quiz谩, bajo cuerpos y formas que ya hace tiempo se
retiraron ante la marea de la ascendiente humanidad... formas de
las que s贸lo la poes铆a y la leyenda han conservado un fugaz recuerdo
con el nombre de dioses, monstruos, seres m铆ticos de toda clase y
especie...
Algernon Blackwood
1. El bajorrelieve de arcilla
No hay en el mundo fortuna mayor, creo, que la incapacidad de la mente humana para relacionar entre s铆 todo lo que hay en ella. Vivimos en una isla de pl谩cida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho da帽o hasta ahora; pero alg煤n d铆a la uni贸n de esos disociados conocimientos nos abrir谩 a la realidad, y a la endeble posici贸n que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelaci贸n, o huiremos de esa funesta luz, refugi谩ndonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas. Algunos te贸sofos han sospechado la majestuosa grandeza del ciclo c贸smico del que nuestro mundo y nuestra raza no son m谩s que fugaces incidentes. Han se帽alado extra帽as supervivencias en t茅rminos que nos helar铆an la sangre si no estuviesen disfrazados por un blando optimismo. Pero no son ellos los que me han dado la fugaz vis贸n de esos dones prohibidos, que me estremecen cuando pienso en ellos, y me enloquecen cuando sue帽o con ellos. Esa visi贸n, como toda temible visi贸n de la verdad, surgi贸 de una uni贸n casual de elementos diversos; en este caso, el art铆culo de un viejo peri贸dico y las notas de un profesor ya fallecido. Espero que ning煤n otro logre llevar a cabo esta uni贸n; yo, por cierto, si vivo, no a帽adir茅 voluntariamente un s贸lo eslab贸n a tan espantosa cadena. Creo, por otra parte, que el profesor hab铆a decidido, tambi茅n, no revelar lo que sab铆a, y que si no hubiese muerto repentinamente, hubiera destruido sus notas.
Tuve por primera vez conocimiento de este asunto en el invierno de 1926-1927, a la muerte de mi t铆o abuelo, George Gammel Angell, profesor honorario de lenguas sem铆ticas de la Universidad de Brown, Povidence, Rhode Island. El profesor Angell era una autoridad vastamente conocida en materia de antiguas inscripciones y a 茅l hab铆an recurrido con frecuencia los conservadores de los m谩s importantes museos. Muchos deben por lo tanto recordar su desaparici贸n, acaecida a la edad de noventa y dos a帽os. Las oscuras razones de su muerte aumentaron a煤n m谩s el inter茅s local. El profesor hab铆a muerto mientras volv铆a del barco de Newport, y, seg煤n afirman los testigos, luego de recibir el empell贸n de un marinero negro. 脡ste hab铆a surgido de uno de los curiosos y sombr铆os pasajes situados en la falda abrupta de la colina que une los muelles a la casa del muerto, en la Calle Williams. Los m茅dicos, incapaces de descubrir alg煤n desorden org谩nico, concluyeron, luego de un perplejo cambio de opiniones, que la muerte deb铆a atribuirse a una oscura lesi贸n del coraz贸n, determinada por el r谩pido ascenso de una cuesta excesivamente empinada para un hombre de tantos a帽os. En ese entonces no vi ning煤n motivo para disentir de ese diagn贸stico, pero hoy tengo mis dudas… y algo m谩s que dudas.
Como heredero y ejecutor de mi t铆o abuelo, viudo y sin hijos, era de esperar que yo examinara sus papeles con cierta atenci贸n. Traslad茅 con ese prop贸sito todos sus archivos y cajas a mi casa de Boston. El material ordenado por m铆 ser谩 publicado en su mayor parte por la Sociedad Norteamericana de Arqueolog铆a; pero hab铆a una caja que me pareci贸 sumamente enigm谩tica, y sent铆 siempre repugnancia a mostr谩rsela a otros. Estaba cerrada, y no encontr茅 la llave hasta que se me ocurri贸 examinar el llavero que el profesor llevaba siempre consigo. Logr茅 abrirla entonces, pero me encontr茅 con otro obst谩culo mayor y a煤n m谩s impenetrable. ¿Qu茅 significado pod铆an tener ese curioso bajorrelieve de arcilla, y esas notas, fragmentos y recortes de viejos peri贸dicos? ¿Se hab铆a convertido mi t铆o, en sus 煤ltimos a帽os, en un devoto de las m谩s superficiales imposturas? Resolv铆 buscar al exc茅ntrico escultor que hab铆a alterado la paz mental del anciano.
El bajorrelieve era un rect谩ngulo tosco de dos cent铆metros de espesor y de unos treinta o cuarenta cent铆metros cuadrados de superficie; indudablemente de origen moderno. Los dibujos, sin embargo, no eran nada modernos, ni por su atm贸sfera ni por su sugesti贸n; pues aunque las rarezas del cubismo y el futurismo sean numerosas y extravagantes, no suelen reproducir esa cr铆ptica regularidad de la escritura prehist贸rica. Y la mayor parte de los dibujos parec铆a ser ciertamente alguna especie de escritura. A pesar de mi familiaridad con los papeles y colecciones de mi t铆o, no logr茅 identificarla, ni sospechar siquiera alguna remota relaci贸n.
Sobre esos supuestos jerogl铆ficos hab铆a una figura de car谩cter evidentemente representativo, aunque la ejecuci贸n impresionista imped铆a comprender su naturaleza. Parec铆a una especie de monstruo, o el s铆mbolo de un monstruo, o una forma que s贸lo una fantas铆a enfermiza hubiese podido concebir. Si digo que mi imaginaci贸n, algo extravagante, se represent贸 a la vez un pulpo, un drag贸n y la caricatura de un ser humano, no traicionar茅 el esp铆ritu del dibujo. Sobre un cuerpo escamoso y grotesco, provisto de alas rudimentarias, se alzaba una cabeza pulposa y coronada de tent谩culos; pero era el contorno general lo que la hac铆a m谩s particularmente horrible. Detr谩s de la figura se embozaba una arquitectura cicl贸pea.
Las notas que acompa帽aban a este curioso objeto, adem谩s de unos recortes de peri贸dicos, hab铆an sido escritas por el profesor mismo y no ten铆an pretensiones literarias. El documento en apariencia m谩s importante estaba encabezado por las palabras EL CULTO DE CTHULHU, escritas cuidadosamente en caracteres de imprenta para evitar todo error en la lectura de un nombre tan desconocido. El manuscrito se divid铆a en dos secciones: la primera ten铆a el siguiente t铆tulo: “1925, Sue帽o y obra on铆rica de H. A. Wilcox, Calle Thomas 7, Providence, R.I.”, y la segunda: “Informe del inspector John R. Legrasse. Calle Bienville 121, Nueva Orle谩ns, a la Sociedad Norteamericana de Arqueolog铆a, 1928. Notas del mismo y del profesor Webb”. Las otras notas manuscritas eran todas muy breves: relatos de sue帽os curiosos de diferentes personas, o citas de libros y revistas teos贸ficos (principalmente La At谩ntida y la Lemuria perdida de W. Scott-Elliot), y el resto comentarios acerca de la supervivencia de las sociedades y cultos secretos, con referencia a pasajes de tratados mitol贸gicos y antropol贸gicos como la La rama dorada de Frazer, y El culto de las brujas en Europa Occidental de la se帽orita Murray. Los recortes de peri贸dicos alud铆an principalmente a casos de alienaci贸n mental y a crisis de demencia colectiva en la primavera de 1925.
La primera parte del manuscrito principal relataba una historia muy curiosa. Parece que el 1° de marzo de 1925 un joven delgado, moreno, de aspecto neur贸tico y presa de gran excitaci贸n, hab铆a visitado al profesor Angell con el singular bajorrelieve de arcilla, entonces todav铆a fresco y h煤medo. En su tarjeta se le铆a el nombre de Henry Anthony Wilcox, y mi t铆o hab铆a reconocido en 茅l al hijo menor de una excelente familia, con la que estaba ligeramente relacionado. Wilcox, que desde hac铆a un tiempo estudiaba dibujo en la Escuela de Bellas Artes de Rhode Island, y que viv铆a en el hotel Fleur de Lys muy cerca de esta instituci贸n, era un joven precoz de genio indudable, pero muy exc茅ntrico. Desde su infancia hab铆a llamado la atenci贸n por las historias y sue帽os extra帽os que se complac铆a en relatar. Se denominaba a s铆 mismo “f铆sicamente hipersensitivo”; pero la gente seria de la vieja ciudad comercial lo consideraba simplemente “raro”. No hab铆a frecuentado nunca a los de su propia clase y poco a poco hab铆a ido retir谩ndose de toda actividad social. Actualmente s贸lo era conocido por algunos estetas de otras ciudades. La Asociaci贸n Art铆stica de Providence, deseosa de preservar su conservadorismo, lo hab铆a desahuciado.
En aquella visita, dec铆a el manuscrito, el escultor hab铆a pedido bruscamente la ayuda de los conocimientos arqueol贸gicos de su hu茅sped para identificar los jerogl铆ficos. El joven hablaba de un modo pomposo y descuidado que imped铆a simpatizar con 茅l. Mi t铆o le respondi贸 con sequedad, pues la evidente edad de la tableta exclu铆a toda posible relaci贸n con las ciencias arqueol贸gicas. La r茅plica del joven Wilcox, que impresion贸 bastante a mi t铆o como para que la reprodujera palabra por palabra, tuvo ese 茅nfasis po茅tico que caracterizaba sin duda su conversaci贸n habitual.
-Es nueva, es cierto -le dijo-, pues la hice anoche mientras so帽aba con extra帽as ciudades; y los sue帽os son m谩s viejos que la cavilosa Tiro, la contemplativa Esfinge o Babilonia, guarnecida de jardines.
Y comenz贸 a narrar una historia desordenada que, de pronto, despert贸 en mi t铆o un recuerdo. El anciano se mostr贸 febrilmente interesado. La noche anterior hab铆a habido un leve temblor de tierra -el m谩s violento de los que hab铆an sacudido Nueva Inglaterra en esos 煤ltimos a帽os- que hab铆a afectado terriblemente la imaginaci贸n de Wilcox. Ya en cama, y por primera vez en su vida, hab铆a visto en sue帽os unas ciudades cicl贸peas de enormes bloques de piedra y gigantescos y siniestros monolitos de un horror latente, que exudaban un limo verdoso. Muros y pilares estaban cubiertos de jerogl铆ficos, y de las profundidades de la tierra, de alg煤n punto indeterminado, ven铆a una voz que no era una voz, sino m谩s bien una sensaci贸n confusa que s贸lo la fantas铆a pod铆a traducir en esta uni贸n de letras casi imposibles: Cthulhu fhtagn.
Esta mezcla de letras fue la llave del recuerdo que excit贸 y perturb贸 al profesor Angell. Interrog贸 al escultor con minuciosidad cient铆fica, y estudi贸 con intensidad casi fren茅tica el bajorrelieve que el joven hab铆a estado esculpiendo en sue帽os, vestido s贸lo con su ropa de dormir, y temblando de fr铆o. Mi t铆o culp贸 a su avanzada edad, dijo Wilcox m谩s tarde, el no reconocer con rapidez los jerogl铆ficos y el dibujo. Muchas de sus preguntas le parecieron un poco fuera de lugar a su visitante, especialmente aquellas que trataban de relacionar a este 煤ltimo con sociedades y cultos extra帽os; y Wilcox no pudo entender por qu茅 mi t铆o le prometi贸 repetidamente guardar silencio si admit铆a ser miembro de una de las tan innumerables sectas paganas o m铆sticas. Cuando el profesor qued贸 al fin convencido de que Wilcox ignoraba de verdad toda doctrina o cultos secretos, le suplic贸 que no dejara de informarle acerca de sus sue帽os. Este pedido dio sus frutos, pues a partir de esa primera entrevista el manuscrito menciona las visitas diarias del joven y la descripci贸n de sorprendentes visiones nocturnas cuyo tema principal era siempre unas construcciones cicl贸peas de piedra, h煤medas y oscuras, y una voz o inteligencia subterr谩nea que gritaba una y otra vez, en enigm谩ticos y sensibles impactos, algo indescriptible. Los dos sonidos que se repet铆an con m谩s frecuencia eran los representados por las palabras Cthulhu y R’lyeh.
El 23 de marzo, continuaba el manuscrito, Wilcox falt贸 a la cita. Una investigaci贸n realizada en el hotel revel贸 que hab铆a sido atacado por una fiebre de origen desconocido y que lo hab铆an llevado a la casa de sus padres, en la Calle Waterman. Se hab铆a puesto a gritar en medio de la noche, despertando a varios artistas que viv铆an en el mismo hotel, y desde entonces hab铆a pasado alternativamente de la inconsciencia al delirio. Mi t铆o telefone贸 en seguida a la familia, y desde ese momento sigui贸 de cerca el caso, yendo a menudo a la oficina del doctor Tobey, en Thayer Street, m茅dico de cabecera del joven. La mente febril de Wilcox alimentaba, aparentemente, extra帽as im谩genes; el doctor se estremeci贸 al recordarlas. No s贸lo inclu铆an una repetici贸n de los sue帽os anteriores, sino tambi茅n una criatura gigantesca “de varios kil贸metros de altura” que caminaba o se mov铆a pesadamente. Wilcox nunca lo describ铆a en todos sus detalles, pero las pocas e incoherentes palabras que recordaba el doctor Tobey convencieron al profesor de que aqu茅l era el monstruo que el joven hab铆a intentado representar. Cuando Wilcox se refer铆a a su obra, a帽adi贸 el doctor, ca铆a en seguida, invariablemente, en una especie de letargo. Cosa rara, su temperatura no estaba nunca por encima de lo normal; sin embargo, su estado se parec铆a m谩s al de una fiebre violenta que al de un desorden del cerebro.
El 2 de abril a las tres de la tarde, la enfermedad ces贸 de pronto. Wilcox se sent贸 en la cama, asombrado de encontrarse en la casa de sus padres, e ignorando totalmente lo que hab铆a ocurrido en sus sue帽os o en la realidad desde el 22 de marzo. Como el m茅dico declarara que estaba curado, a los tres d铆as volvi贸 a su hotel. Pero ya no le fue de ninguna utilidad al profesor Angell. Junto con su enfermedad se hab铆an desvanecido todos aquellos sue帽os, y luego de o铆r durante una semana los relatos in煤tiles e irrelevantes de unas muy comunes visiones, mi t铆o dej贸 de anotar los pensamientos nocturnos del artista.
Aqu铆 terminaba la primera parte del manuscrito, pero las abundantes notas invitaban de veras a la reflexi贸n. S贸lo el escepticismo inveterado que informaba entonces mi filosof铆a puede explicar mi persistente desconfianza. Las notas describ铆an lo que hab铆an so帽ado diversas personas en el mismo per铆odo en que el joven Wilcox hab铆a tenido sus extra帽as revelaciones. Mi t铆o, parec铆a, hab铆a organizado r谩pidamente una vasta encuesta entre casi todos aquellos a quienes pod铆a interrogar sin parecer impertinente, pidiendo que le contaran sus sue帽os y le comunicaran las fechas de todas sus visiones notables. Las reacciones hab铆an sido variadas; pero el profesor recibi贸 m谩s respuestas que las que hubiese obtenido cualquier otro hombre sin la ayuda de un secretario. Aunque no conserv贸 la correspondencia original, las notas formaban un completo y muy significativo resumen. La aristocracia y los hombres de negocios -la tradicional “sal de la tierra” de Nueva Inglaterra- dieron un resultado casi completamente negativo, aunque hubo algunos pocos casos de informes de impresiones nocturnas, siempre entre el 13 de marzo y el 2 de abril, per铆odo de delirio de joven escultor. Los hombres de ciencia no fueron tampoco muy afectados, aunque por lo menos cuatro vagas descripciones suger铆an la visi贸n fugaz de extra帽os paisajes, y uno de ellos hablaba del temor a algo anormal.
Las respuestas m谩s pertinentes proced铆an de artistas y poetas, que si hubieran podido comparar sus notas hubieran sido presas del p谩nico. Ante la falta de las cartas originales, llegu茅 a sospechar que el compilador hab铆a estado haciendo preguntas insidiosas o hab铆a deformado el texto de la correspondencia para corroborar lo que hab铆a resuelto ver. Por eso persist铆 en la creencia de que Wilcox, conociendo de alg煤n modo los viejos documentos reunidos por mi t铆o, hab铆a estado enga帽谩ndolo. Estas respuestas de los artistas narraban una perturbadora historia. Entre el 28 de febrero y 2 de abril gran parte de ellos hab铆a tenido sue帽os muy curiosos, alcanzando su m谩xima intensidad en el tiempo del delirio del escultor. Una cuarta parte hablaba de escenas y sonidos semejantes a los descritos por Wilcox y algunos confesaban su terror ante una criatura gigantesca y sin nombre. Un caso, que las notas describ铆an con 茅nfasis, era particularmente triste. El sujeto, un arquitecto muy conocido, algo inclinado al ocultismo y la teosof铆a, se volvi贸 completamente loco la noche que llevaron al joven Wilcox a la casa de sus padres, y muri贸 meses despu茅s gritando que lo salvaran de alg煤n escapado habitante del infierno. Si mi t铆o hubiese conservado los nombres de estos casos, en vez de reducirlos a n煤meros, yo hubiera podido hacer alguna investigaci贸n personal. Pero, como estaban las cosas, s贸lo pude encontrar a unos pocos. Todos, sin embargo, confirmaron las notas. Me pregunt茅 a menudo si aquellos a quienes hab铆a interrogado el profesor Angell se hab铆an sentido tan intrigados como este grupo. Nunca les di explicaciones, y es mejor as铆.
Los recortes de prensa, como ya he dicho, trataban de casos de p谩nico, man铆a y excentricidad, siempre en el mismo per铆odo. El profesor Angell debi贸 de haber empleado una agenda de recortes, pues el n煤mero de estos extractos era prodigioso, y adem谩s proced铆an de todos los rincones del mundo. Uno describ铆a un suicidio nocturno en Londres: un hombre hab铆a saltado por una ventana luego de lanzar un grito horrible. En una confusa carta al editor de un peri贸dico sudamericano un fan谩tico anunciaba, apoy谩ndose en sus visiones, un futuro siniestro. Un despacho de California relataba que una colonia teos贸fica hab铆a comenzado a usar vestiduras blancas ante la proximidad de un “glorioso acontecimiento”, que no llegaba nunca, mientras las noticias de la India se refer铆an cautelosamente a una seria agitaci贸n de los nativos, producida a fines de marzo. Las org铆as vud煤es se hab铆an multiplicado en Hait铆, y en 脕frica se hab铆a hablado de unos cantos misteriosos. Los oficiales norteamericanos radicados en Filipinas hab铆an tenido ciertas dificultades con algunas tribus, y en la noche de 22 de marzo los polic铆as de Nueva York hab铆an sido molestados por levantinos hist茅ricos. Confusos rumores recorrieron tambi茅n el oeste de Irlanda, y un pintor llamado Ardois-Bonnot exhibi贸 en 1926, en el sal贸n de primavera de Par铆s, un blasfemo Paisaje de Sue帽o. En los asilos de alienados los des贸rdenes fueron tan numerosos que s贸lo un milagro logr贸 impedir que el cuerpo m茅dico advirtiera curiosas semejanzas y sacara apresuradas conclusiones. Una rara colecci贸n de recortes, de veras; apenas concibo hoy el crudo racionalismo con que los hice a un lado. Pero qued茅 convencido de que el joven Wilcox hab铆a tenido noticias de unos sucesos anteriores mencionados por el profesor.
2. El informe del inspector Legrasse
Los sucesos anteriores por los que mi t铆o diera tanta importancia al sue帽o del escultor y al bajorrelieve eran el tema de la segunda mitad del largo manuscrito. Ya una vez, parec铆a, el profesor Angell hab铆a visto los odiosos contornos del monstruo an贸nimo, hab铆a meditado sobre los desconocidos jerogl铆ficos, y hab铆a o铆do las s铆labas que s贸lo la palabra Cthulhu pod铆a traducir… Todo esto en circunstancias tan sobrecogedoras que no es raro que persiguiese al joven Wilcox con preguntas y ruegos. Esta experiencia anterior hab铆a ocurrido diecisiete a帽os antes, en 1908, mientras la Sociedad Norteamericana de Arqueolog铆a celebraba su consejo anual, en Saint-Louis. El profesor Angell, por su autoridad y sus m茅ritos, hab铆a desempe帽ado un papel importante en todas las deliberaciones, y a 茅l se acercaron varios profanos que aprovechaban la oportunidad de la convocatoria para hacer preguntas y plantear problemas.
El jefe de ese grupo no tard贸 en convertirse en centro de atracci贸n de todo el congreso. Era un hombre de aspecto muy com煤n, mediana edad, y que hab铆a hecho el viaje de Nueva Orle谩ns a Saint-Louis en busca de cierta informaci贸n que no hab铆a podido obtener en su distrito. Se llamaba John Raymond Legrasse y era inspector de polic铆a. Tra铆a consigo el objeto de su viaje: una estatuita de piedra, repugnante y grotesca, muy antigua aparentemente, cuyo origen no hab铆a logrado determinar.
No debe creerse que el inspector Legrasse se interesara por la arqueolog铆a. Todo lo contrario; su deseo de instruirse ten铆a como 煤nico origen razones puramente profesionales. La estatuita, 铆dolo, fetiche o lo que fuese, hab铆a sido capturada meses antes en los pantanos boscosos del sur de Nueva Orle谩ns, en el curso de una expedici贸n contra una presunta ceremonia vud煤. Tan singulares y odiosos eran los ritos, que la polic铆a comprendi贸 que se hallaba ante un culto totalmente ignorado, e infinitamente m谩s diab贸lico que los del vud煤. Los confusos e incre铆bles relatos arrancados por la fuerza a los prisioneros nada informaron sobre su posible origen. De ah铆 el deseo de la polic铆a de consultar a alguna autoridad para identificar as铆 el horrible s铆mbolo, y seguir las huellas del culto hasta sus fuentes.
El inspector Legrasse no hab铆a esperado que su pedido convocara una impresi贸n semejante. La aparici贸n de la curiosa estatuita bast贸 para excitar a los hombres de ciencia, y pronto todos rodearon al inspector para contemplar de cerca la diminuta figura cuya rareza y aspecto de genuina y abismal antig眉edad abr铆an perspectivas tan misteriosas y arcaicas. Nadie reconoci贸 la escuela escult贸rica de la que hab铆a nacido la estatua, y sin embargo centenares y hasta miles de a帽os parec铆an haberse posado en la oscura y verdosa superficie de aquella piedra desconocida.
La figura, que los miembros del congreso pasaron de mano en mano para estudiarla con m谩s minuciosidad, med铆a de unos veinte a veinticinco cent铆metros de altura y estaba finamente labrada. Representaba un monstruo de contornos vagamente antropoides, pero con una cabeza de pulpo cuyo rostro era una masa de tent谩culos, un cuerpo escamoso que suger铆a cierta elasticidad, cuatro extremidades dotadas de garras enormes, y un par de alas largas y estrechas en la espalda. Esta criatura, que exhalaba una malignidad antinatural, parec铆a ser de una pesada corpulencia, y estaba sentada en un pedestal o bloque rectangular, cubierto de indescriptibles caracteres. Las puntas de las alas rozaban el borde posterior del bloque, el asiento ocupaba el centro, mientras que las garras largas y curvas de las plegadas extremidades as铆an el borde anterior y descend铆an hasta un cuarto de la altura del pedestal. La cabeza de cefal贸podo se inclinaba hacia el dorso de las garras enormes que apretaban las elevadas rodillas. El conjunto daba una impresi贸n de vida anormal, m谩s sutilmente terror铆fico a causa de la imposibilidad de establecer su origen. Su vasta, pavorosa e incalculable edad era innegable; sin embargo, nada permit铆a relacionarlo con alg煤n tipo de arte de los comienzos de la civilizaci贸n.
El material de la estatua encerraba otro misterio. No hab铆a nada parecido, en la geolog铆a o la mineralog铆a, a aquella pieza jabonosa, verdinegra, de estr铆as doradas o iridiscentes. Los caracteres de la base eran igualmente desconcertantes, y ninguno de los miembros del congreso, a pesar de que representaban a la mitad de las autoridades mundiales en esta esfera, pudo descubrir el m谩s remoto parentesco ling眉铆stico. Tanto la figura como el material pertenec铆an a algo incre铆blemente lejano, totalmente distinto de la humanidad que conocemos: algo suger铆a, de un modo terrible, antiguos y profanos ciclos en los que nuestro mundo y nuestras concepciones no hab铆an participado.
Y, sin embargo, mientras los miembros del congreso sacud铆an la cabeza y se confesaban incapaces de resolver el misterio, uno de ellos crey贸 descubrir algo raramente familiar en la efigie y los jerogl铆ficos, y al fin, no sin reticencia, confes贸 lo que sab铆a. Este hombre era el hoy desaparecido William Channing Webb, profesor de antropolog铆a en la Universidad de Princeton y explorador de bastante renombre.
Cuarenta y ocho a帽os antes el profesor Webb hab铆a recorrido Groenlandia e Islandia en busca de ciertas inscripciones r煤nicas que hasta ese entonces no hab铆a podido descubrir. En la costa occidental de Groenlandia se hab铆a encontrado con una tribu degenerada de esquimales, cuya religi贸n, un culto demon铆aco curioso, lo hab铆a impresionado sobremanera por su faz deliberadamente sanguinaria y repulsiva. Era aquella una fe que los otros esquimales ignoraban casi del todo, y a la que se refer铆an estremeci茅ndose. Databa, dec铆an, de 茅pocas muy antiguas, anteriores al nacimiento del mundo. Junto a ritos an贸nimos y sacrificios humanos hab铆a invocaciones de origen tradicional dirigidas a un demonio supremo o tornasuk. El profesor Webb hab铆a o铆do esa invocaci贸n en boca de un viejo angekok, o brujo sacerdote, y la hab铆a transcrito fon茅ticamente, hasta donde era posible, en caracteres romanos. Pero lo que ahora parec铆a importante era el fetiche adorado en ese culto, y alrededor del cual bailaban los esquimales cuando la aurora boreal brillaba muy por encima de los acantilados de hielo. Era, declar贸 el profesor, un tosco bajorrelieve de piedra con una figura horrible y algunos caracteres misteriosos. Cre铆a recordar que se parec铆a, por lo menos en todos los rasgos esenciales, a la criatura bestial que ahora estaban examinando.
Este relato, recibido con asombro y sorpresa por los miembros del congreso, pareci贸 excitar al inspector Legrasse, que abrum贸 al profesor a preguntas. Habiendo copiado una invocaci贸n recitada por uno de los oficiantes del pantano, rog贸 al profesor Webb que tratase de recordar las s铆labas recogidas en Groenlandia. Sigui贸 una comparaci贸n exhaustiva de todos los detalles y un instante de sombr铆o silencio cuando el profesor y el detective convinieron en la virtual identidad de las frases. He aqu铆, en sustancia (la divisi贸n de las palabras fue establecida de acuerdo con las pausas tradicionales observadas por los oficiantes), lo que el brujo esquimal y los sacerdotes de Luisiana hab铆an cantado a sus 铆dolos:
Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.
Legrasse hab铆a tenido m谩s suerte que el profesor Webb, pues varios prisioneros le hab铆an revelado el sentido de esas palabras. Era algo as铆:
En su casa de R’lyeh el fallecido Cthulhu espera so帽ando.
Y entonces, respondiendo a un ruego general, el inspector relat贸 minuciosamente su experiencia con los fieles del pantano; veo ahora que mi t铆o dio gran importancia a esa historia. Ten铆a cierto parecido con las enso帽aciones m谩s extravagantes de los te贸sofos y los creadores de mitos, y revelaba una asombrosa imaginaci贸n de car谩cter c贸smico que nadie hubiese esperado entre parias y vagabundos.
El 1° de noviembre de 1907 la polic铆a de Nueva Orle谩ns hab铆a recibido un alarmado mensaje de la regi贸n pantanosa del Sur. Los colonos, gente primitiva, pero de buen natural, descendientes en su mayor parte de Laffite, eran presas del p谩nico a causa de algo desconocido que hab铆a invadido la regi贸n durante la noche. Se trataba en apariencia de un culto vud煤, pero de una especie m谩s terrible que todo lo que ellos conoc铆an. Desde que el mal茅volo tamtam hab铆a comenzado a sonar incesantemente en aquellos bosques oscuros donde nadie osaba aventurarse, hab铆an desaparecido varias mujeres y ni帽os. Se hab铆an o铆do gritos irracionales, chillidos desgarradores y cantos l煤gubres, y unas llamas diab贸licas hab铆an bailado en la espesura. Los vecinos, a帽ad铆a el aterrorizado mensajero, no pod铆an soportarlo.
En las primeras horas de la tarde veinte polic铆as partieron en dos carricoches y un autom贸vil, guiados por el tembloroso colono. Cuando el camino se hizo intransitable abandonaron los veh铆culos y durante varios kil贸metros chapotearon en silencio a trav茅s de los espesos bosques de cipreses donde nunca penetraba la luz del d铆a. Ra铆ces tortuosas y nudos malignos de musgo espa帽ol retardaban la marcha, y de vez en cuando una pila de piedras h煤medas o los fragmentos de una pared en ruinas hac铆an m谩s depresiva aquella atm贸sfera que los 谩rboles deformados y las colonias de hongos contribu铆an a crear. Al fin apareci贸 un miserable conjunto de chozas, y los hist茅ricos colonos corrieron a agruparse alrededor de las vacilantes linternas. El apagado golpear de los tamtams se o铆a d茅bilmente a lo lejos, la brisa tra铆a muy de cuando en cuando un chillido que helaba la sangre. Un resplandor rojizo parec铆a filtrarse por entre el follaje p谩lido, m谩s all谩 de las interminables avenidas de la noche selv谩tica. A pesar de su repugnancia a quedarse nuevamente solos, todos los habitantes del lugar se negaron a avanzar un solo paso hacia la escena del culto maldito, de modo que el inspector Legrasse y sus diecinueve colegas tuvieron que aventurarse sin gu铆as por aquellas negras arcadas de horror donde ninguno de ellos hab铆a puesto el pie.
La regi贸n en que ahora entraba la polic铆a ten铆a tradicionalmente muy mala fama, y en su mayor parte no hab铆a sido explorada por hombres blancos. Algunas leyendas se refer铆an a un lago secreto en que viv铆a una colosal e informe criatura, algo parecida a un p贸lipo y de ojos fosforescentes, y, seg煤n los colonos, unos demonios de alas de murci茅lago sal铆an a medianoche de sus cavernas para adorar al monstruo. Afirmaban que 茅ste estaba all铆 desde antes que La Salle, de los indios, y aun de las bestias y p谩jaros del bosque. Era una verdadera pesadilla, y verlo significaba la muerte. Pero se aparec铆a en sue帽os a los hombres, y eso bastaba para que 茅stos se mantuviesen alejados. La org铆a vud煤 se desarrollaba en los l铆mites extremos del 谩rea aborrecida, pero aun as铆 el emplazamiento era bastante malo, y eso quiz谩 hab铆a aterrorizado a los colonos m谩s que los chillidos o incidentes.
S贸lo la poes铆a o la locura pod铆an haber reproducido los ruidos que oyeron los hombres de Legrasse mientras atravesaban lentamente el sombr铆o pantano, acerc谩ndose a la luz rojiza y a los apagados tamtams. Hay una cualidad vocal propia de las bestias; y nada m谩s terrible que o铆r una de ellas cuando el 贸rgano de donde proviene deber铆a emitir otra. Una furia animal y una licencia orgi谩stica se exacerbaban all铆 hasta alcanzar alturas demon铆acas con gritos y aullidos ext谩ticos que reverberaban en los bosques tenebrosos como r谩fagas pestilentes surgidas de los abismos del infierno. De vez en cuando cesaban los gritos y lo que parec铆a un coro de voces roncas entonaba la odiosa melopea1:
Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.
Por fin los hombres llegaron a un sitio donde el bosque era menos denso, y se encontraron de pronto en el lugar mismo de la escena. Cuatro trastabillaron, un quinto perdi贸 el conocimiento, y otros dos lanzaron un grito de horror que, por suerte, fue apagado por el tumulto salvaje de la org铆a. Legrasse roci贸 con agua pantanosa el rostro del hombre desvanecido, y luego todos contemplaron el espect谩culo fascinados por el horror.
En un claro natural del pantano se alzaba una isla verde de tal vez un acre de extensi贸n, desprovista de 谩rboles y bastante seca. All铆 saltaba y se retorc铆a una horda de anormalidades humanas m谩s indescriptibles que cualquiera de las que hubiese podido pintar un Sime o un Angarola. Sin ropas, esta h铆brida muchedumbre bramaba, rug铆a y se contorsionaba alrededor de una hoguera circular. De vez en cuando se abr铆an las cortinas de fuego y se pod铆a distinguir en el centro un bloque de granito de unos dos metros y medio de alto, en cuya cima, incongruente por su peque帽ez, se alzaba la funesta estatuita. En diez cadalsos instalados a intervalos regulares en un ancho c铆rculo que rodeaba la hoguera, con el monolito como centro, colgaban con la cabeza hacia abajo los cuerpos extra帽amente mutilados de los desaparecidos colonos. Dentro de este c铆rculo saltaba y rug铆a el anillo de fieles, movi茅ndose de izquierda a derecha en una bacanal interminable entre el c铆rculo de cad谩veres y el c铆rculo de fuego.
Pudo haber sido s贸lo la imaginaci贸n o pudo haber sido un simple eco, pero uno de los hombres, un impresionable espa帽ol, crey贸 o铆r que las invocaciones eran seguidas por unas respuestas antifonales que proced铆an de un lejano y sombr铆o lugar, situado en lo m谩s profundo de aquel bosque de leyenda. Este hombre, Joseph D. G谩lvez, a quien m谩s tarde encontr茅 e interrogu茅, era desbordantemente imaginativo. Lleg贸 a decir que hab铆a o铆do el d茅bil golpear de unas grandes alas y que hab铆a vislumbrado unos ojos luminosos y una enorme masa blanca detr谩s de los 谩rboles m谩s lejanos. Pero creo que estaba demasiado influido por las supersticiones locales.
La inactividad de los hombres paralizados fue comparativamente de poca duraci贸n. El deber venci贸 pronto todas las dudas, y aunque los celebrantes deb铆an de llegar al centenar, la polic铆a, confiada en sus armas de fuego, irrumpi贸 en medio de la horda. Durante cinco minutos el caos y el tumulto fueron indescriptibles. Hubo furiosos golpes, disparos y huidas. Pero finalmente Legrasse pudo contar cuarenta y siete prisioneros, a los que oblig贸 a vestirse r谩pidamente, y que rode贸 de polic铆as. Cinco de los celebrantes hab铆an muerto, y otros dos, muy malheridos, fueron transportados por sus c贸mplices en improvisadas parihuelas. La imagen del monolito fue sacada con todo cuidado y llevada por Legrasse.
Examinados en el cuartel de la polic铆a, luego de un viaje agotador, los prisioneros resultaron ser mestizos de muy baja ralea, y mentalmente d茅biles. Eran en su mayor parte marineros, y hab铆a algunos negros y mulatos, procedentes casi todos de las islas de Cabo Verde, que daban un cierto matiz vud煤 a aquel culto heterog茅neo. Pero no se necesitaron muchas preguntas para comprobar que se trataba de algo m谩s antiguo y profundo que un fetichismo africano. Aunque degradados e ignorantes, los prisioneros se mantuvieron fieles, con sorprendente consistencia, a la idea central de su aborrecible culto.
Adoraban, dijeron, a los Grandes Antiguos que eran muy anteriores al hombre y que hab铆an llegado al joven mundo desde el cielo. Esos Antiguos se hab铆an retirado ahora al interior de la tierra y al fondo del mar, pero sus cad谩veres se hab铆an comunicado en sue帽os con el primer hombre, quien invent贸 un culto que nunca hab铆a muerto. Este era ese culto, y los prisioneros dijeron que hab铆a existido siempre y que siempre existir铆a, ocult谩ndose en lejan铆as desiertas y lugares retirados hasta que el gran sacerdote Cthulhu saliese de su sombr铆a morada en la ciudad submarina de R’lyeh para reinar otra vez sobre la Tierra. Alg煤n d铆a vendr铆a, cuando los astros ocuparan una determinada posici贸n; y el culto secreto estar铆a all铆, esper谩ndolo.
Mientras tanto no pod铆an decir nada m谩s. Se trataba de un secreto que ni la tortura podr铆a arrancarles. La humanidad no era lo 煤nico consciente en la Tierra, pues hab铆a unas formas que emerg铆an de la sombra para visitar a sus escasos fieles. Pero 茅stas no eran los Grandes Antiguos. Ning煤n ser humano hab铆a visto a los Antiguos. El 铆dolo de piedra representaba al gran Cthulhu, pero nadie pod铆a decir si los otros eran o no como 茅l. Nadie era capaz de descifrar ahora la antigua escritura; muchas cosas se transmit铆an oralmente. La invocaci贸n ritual no era el secreto. 脡ste no se comunicaba nunca en voz alta. El canto significaba: “En su casa de R’lyeh el fallecido Cthulhu espera so帽ando”.
S贸lo dos de los prisioneros fueron juzgados bastante cuerdos y se les ahorc贸; el resto fue enviado a diversas instituciones. Todos negaron haber participado en los cr铆menes rituales, y afirmaron que los culpables de aquellas muertes eran los Alas-Negras que hab铆an venido hasta ellos desde su refugio inmemorial en el bosque encantado. Pero nada coherente se pudo saber de aquellos aliados misteriosos. Lo que la polic铆a logr贸 obtener sali贸 en su mayor parte de un viej铆simo mestizo llamado Castro, quien pretend铆a haber tocado puertos distantes y hablado con los jefes inmortales del culto en las monta帽as de China.
El viejo Castro recordaba fragmentos de odiosas leyendas que empeque帽ec铆an las especulaciones de los te贸sofos y hac铆an de nuestro mundo algo reciente y fugaz. En ciclos muy lejanos otros seres hab铆an gobernado la Tierra. Hab铆an vivido en grandes ciudades, y sus vestigios pod铆an encontrarse a煤n -le hab铆an dicho a Castro los inmortales de China- en unas piedras cicl贸peas de algunas islas del Pac铆fico. Hab铆an muerto much铆simo antes de la aparici贸n del hombre, pero hab铆a artes que podr铆an revivirlos cuando los astros volvieran a ocupar su justa posici贸n en los cielos de la eternidad. Estos seres, indudablemente, proced铆an de las estrellas y hab铆an tra铆do sus im谩genes con ellos.
Estos Grandes Antiguos, continu贸 Castro, no eran de carne y hueso. Ten铆an forma -¿no lo probaba acaso esta imagen estelar?-, pero esa forma no era material. Cuando las estrellas eran propicias iban de mundo en mundo a trav茅s del cielo; pero cuando eran desfavorables, no pod铆an vivir. Pero aunque ya no viviesen, no hab铆an muerto en realidad. Yac铆an todos en casas de piedra en la gran ciudad de R’lyeh, preservada por los sortilegios del gran Cthulhu para el d铆a que las estrellas y la Tierra pudiesen recibir su gloriosa resurrecci贸n. Pero en esa 茅poca alguna fuerza exterior deb铆a ayudar a la liberaci贸n de sus cuerpos. Los conjuros que imped铆an que se descompusieran imped铆an tambi茅n que se moviesen, y los Antiguos ten铆an que contentarse con yacer y pensar en la oscuridad mientras transcurr铆an millones de a帽os. Conoc铆an todo lo que ocurr铆a en el mundo, pues su lenguaje consist铆a en la transmisi贸n del pensamiento. En ese mismo instante hablaban en sus tumbas. Cuando, luego de un caos infinito, aparecieron los primeros hombres, los Grandes Antiguos hablaron a los m谩s sensibles molde谩ndoles los sue帽os.
Aquellos primeros hombres, murmur贸 Castro, establecieron el culto con que se adoraba a los 铆dolos de los Grandes Antiguos; 铆dolos tra铆dos de estrellas oscuras en una 茅poca infinitamente lejana. Ese culto no morir铆a hasta que las estrellas volvieran a ser favorables. Los sacerdotes sacar铆an entonces al gran Cthulhu de su tumba para que reviviese a sus vasallos y volviera a asumir su reinado en la Tierra. Ese tiempo ser铆a f谩cil de conocer, pues entonces la humanidad se parecer铆a a los Grandes Antiguos: salvaje y libre, m谩s all谩 del bien y del mal, sin moral y sin ley. Y todos los hombres gritar铆an y matar铆an, y gozar铆an alegremente. Los Antiguos, liberados, ense帽ar铆an nuevos modos de gritar y matar y gozar, y el mundo entero arder铆a en un holocausto de libertad y 茅xtasis. Mientras tanto, el culto, con apropiados ritos, deb铆a conservar el recuerdo de aquellos d铆as antiguos y presagiar su retorno.
En los primeros tiempos algunos hombres escogidos hab铆an hablado en sue帽os con aquellos seres, pero luego algo hab铆a pasado. La gran ciudad de piedra de R’lyeh, con sus monolitos y sepulcros, se hab铆a hundido bajo las olas, y las aguas de los abismos, con ese misterio primigenio en que nadie hab铆a pensado ni siquiera en penetrar, hab铆an interrumpido esas citas espectrales. Pero los recuerdos no mor铆an, y los altos sacerdotes afirmaban que cuando los astros fuesen favorables la ciudad volver铆a a la superficie. Entonces los viejos esp铆ritus de la Tierra, mohosos y sombr铆os, saldr铆an de sus subterr谩neos y propagar铆an los rumores recogidos all谩, en olvidados fondos del oc茅ano. Pero de ellos el viejo Castro no se atrev铆a a hablar. Se interrumpi贸 de pronto y ni la persuasi贸n ni las sutilezas pudieron arrancarle otras informaciones. Tampoco quiso mencionar, curiosamente, el tama帽o de los Antiguos. En cuanto al culto, afirm贸 que su centro deb铆a encontrarse en los desiertos intransitados de Arabia, donde Irem, la ciudad de los Pilares, sue帽a a煤n intacta y secreta. No ten铆a relaci贸n alguna con la brujer铆a europea y s贸lo era conocido por sus miembros. Ning煤n libro alud铆a a 茅l, aunque los chinos inmortales dec铆an que en el Necronomic贸n del 谩rabe loco Abdul Alhazred hab铆a un sentido oculto que el iniciado pod铆a interpretar de muy diversas maneras, especialmente en el tan discutido d铆stico:
No est谩 muerto quien puede yacer eternamente,
y en 茅pocas extra帽as hasta la muerte puede morir.
Legrasse, profundamente impresionado, y no poco intrigado, hab铆a buscado sin 茅xito las filiaciones hist贸ricas del culto. Castro, aparentemente, hab铆a dicho la verdad al afirmar que era un secreto. Las autoridades de la Universidad de Tulane no pudieron arrojar luz alguna sobre el culto o la imagen, y ahora recurr铆a a las mayores autoridades y se encontraba nada menos que con el episodio de Groenlandia del profesor Webb.
El ferviente inter茅s que despert贸 el relato de Legrasse, corroborado por la presencia de la estatuita, tuvo alg煤n eco en las cartas que intercambiaron luego los miembros del congreso; pero apenas hay alguna menci贸n en el informe oficial. La prudencia es preocupaci贸n primordial de aquellos que se enfrentan a menudo a la charlataner铆a y la impostura. Legrasse prest贸 durante un tiempo la estatua al profesor Webb, pero a la muerte de este 煤ltimo le fue devuelta, y est谩 desde entonces en su casa. All铆 la he visto no hace mucho tiempo. Es de veras algo estremecedor, e indiscutiblemente parecida a la escultura labrada en sue帽os por el joven Wilcox.
No me asombr贸 que mi t铆o se hubiese excitado con el relato del joven. ¿Qu茅 pudo pensar al saber, ya enterado de la informaci贸n recog铆a por Legrasse, que un joven sensible no s贸lo hab铆a so帽ado la figura y los jerogl铆ficos de las im谩genes del pantano y de Groenlandia, sino que tambi茅n hab铆a o铆do en sue帽os tres de las palabras de la f贸rmula repetida por los maestros de Luisiana y los diab贸licos esquimales? Era natural que el profesor Angell hubiese iniciado instant谩neamente una minuciosa investigaci贸n, aunque yo en mi fuero interno sospechaba que el joven Wilcox hab铆a o铆do hablar del culto, y hab铆a inventado una serie de sue帽os para acrecentar el misterio ante los ojos de mi t铆o. El relato de los otros sue帽os y los recortes coleccionados por el profesor parec铆an corroborar la historia del joven; pero mi bien fundado racionalismo y la total extravagancia del asunto me llevaron a adoptar las conclusiones que estim茅 m谩s razonables. De modo que luego de estudiar otra vez el manuscrito y comparar las notas teos贸ficas y antropol贸gicas con la descripci贸n del culto que hab铆a hecho Legrasse, viaj茅 a Providence para ver al escultor e increparle el haberse burlado de tal modo de un sabio anciano.
Wilcox viv铆a a煤n, solo, en el Fleur de Lys de la Calle Thomas, desagradable imitaci贸n victoriana de la arquitectura bretona del siglo XVII. La fachada de estuco del hotel luc铆a ostentosamente entre las encantadoras casas coloniales y a la sombra del m谩s hermoso campanario georgiano que pudiera verse en Norteam茅rica. Encontr茅 a Wilcox en sus habitaciones, sumido en su labor, y comprend铆 en seguida, por las piezas que lo rodeaban, que su genio era profundo y aut茅ntico.
Creo que durante un tiempo Wilcox figurar谩 entre los grandes decadentes; pues ha cristalizado en arcilla, y reflejar谩 un d铆a en el m谩rmol, esas pesadillas y fantas铆as evocadas en prosa por Arthur Machen y que Clark Ashton Smith ha hecho visibles en versos y pinturas.
Moreno, fr谩gil y de aspecto un poco descuidado, Wilcox se volvi贸 l谩nguidamente y sin dejar su silla me pregunt贸 qu茅 deseaba. Cuando le dije qui茅n era, manifest贸 cierto inter茅s, pues mi t铆o hab铆a excitado su curiosidad al examinar sus raros sue帽os, aunque sin expresar las razones de ese examen. Sin sacarlo de su ignorancia, trat茅 prudentemente de hacerlo hablar.
Poco tiempo me bast贸 para convencerme de que era absolutamente sincero; hablaba de sus sue帽os de un modo inequ铆voco. Esos sue帽os, y su residuo subconsciente, hab铆an influido profundamente en su arte, y me mostr贸 una estatua m贸rbida cuyo modelado me estremeci贸, casi, por la fuerza de su oscura sugesti贸n. No recordaba haber visto el original excepto en el bajorrelieve creado durante un sue帽o, pero los contornos se hab铆an formado insensiblemente bajo sus manos. Era, sin duda, la forma gigantesca de la que hab铆a hablado en su delirio. Comprob茅 muy pronto que no sab铆a nada del culto, salvo lo que el constante interrogatorio de mi t铆o hab铆a dejado escapar, y trat茅 otra vez de concebir de qu茅 modo pod铆a haber recibido esas impresiones sobrenaturales.
Hablaba de sus sue帽os de un modo extra帽amente po茅tico, haci茅ndome ver con terrible claridad la ciudad cicl贸pea de piedra verde y musgosa -cuya geometr铆a, a帽adi贸 curiosamente, era totalmente err贸nea-, y o铆 otra vez con un temor expectante el subterr谩neo llamado mental: Cthulhu fhtagn, Cthulhu fhtagn.
Esas palabras figuraban en la temible invocaci贸n que evocaba el sue帽o-vigilia de Cthulhu en su b贸veda de piedra de R’lyeh, y a pesar de mis racionales ideas me sent铆 profundamente perturbado. Wilcox, era indudable, hab铆a o铆do hablar casualmente del culto, y lo hab铆a olvidado en seguida en la masa de las lecturas y concepciones igualmente fant谩sticas. M谩s tarde, en virtud de su impresionable car谩cter, el culto hab铆a encontrado un modo de expresi贸n subconsciente en los sue帽os, el bajorrelieve de arcilla y la estatua que yo estaba ahora contemplando. De modo que la supercher铆a hab铆a sido involuntaria. El joven ten铆a unos modales un poco afectados, y un poco vulgares, que me desagradaban de veras; pero yo ya estaba dispuesto a admitir tanto su genio como su honestidad. Me desped铆 amablemente, y le dese茅 todo el 茅xito que su talento promet铆a.
El asunto del culto continu贸 fascin谩ndome y a veces imaginaba poder adquirir un gran renombre investigando su origen y relaciones. Visit茅 Nueva Orle谩ns, habl茅 con Legrasse y otros de los que hab铆an participado en aquella vieja expedici贸n, examin茅 la estatuita y hasta interrogu茅 a los prisioneros que todav铆a viv铆an. El viejo Castro, por desgracia, hab铆a muerto hac铆a varios a帽os. Lo que escuch茅 entonces de viva voz, aunque no fue m谩s que una confirmaci贸n detallada de los escritos de mi t铆o, acrecent贸 mi inter茅s, y tuve la seguridad de estar sobre la pista de una religi贸n muy antigua y secreta cuyo descubrimiento me convertir铆a en un antrop贸logo famoso. Mi actitud era a煤n entonces absolutamente materialista, como a煤n quisiera que lo fuese, y por una inexplicable perversidad mental rechac茅 la coincidencia de los sue帽os y los recortes coleccionados por el profesor Angell.
Hubo algo, sin embargo, que comenc茅 a sospechar y que ahora creo saber: la muerte de mi t铆o no fue nada natural. Cay贸 al suelo en la colina, en una de las estrechas callejuelas que part铆an de unos muelles donde abundaban los mestizos extranjeros, luego del descuidado empuj贸n de un marinero de tez oscura. Yo no hab铆a olvidado que los oficiales de Luisiana se distingu铆an por la mezcla de sangres y sus intereses marinos, y no me hubiera sorprendido conocer la existencia de agujas venenosas y m茅todos criminales secretos tan faltos de piedad como aquellas creencias y ritos misteriosos. Legrasse y sus hombres, es cierto, no hab铆an sido molestados; pero en Noruega acaba de morir un marino que ve铆a cosas. ¿No pudieron haber llegado a o铆dos siniestros las investigaciones realizadas por mi t铆o luego de encontrarse con el escultor? Creo hoy que el profesor Angell muri贸 porque sab铆a o quer铆a saber demasiado. Es posible que me espere un fin semejante, pues yo tambi茅n he aprendido mucho.
3. La locura del mar
Si el cielo decidiese alg煤n d铆a acordarme un insigne favor, borrar铆a totalmente de mi memoria el descubrimiento que hice, por simple casualidad, al echar una ojeada a una hoja de peri贸dico que recubr铆a un estante. Era un viejo n煤mero del Bolet铆n de Sidney del 18 de abril de 1925, con el cual no hubiese podido dar en mi vida cotidiana. Hab铆a pasado inadvertido hasta para la agencia de recortes que hab铆a estado coleccionando 谩vidamente durante esa 茅poca materiales para mi t铆o. Hab铆a yo casi abandonado mis investigaciones cerca de lo que el profesor llamaba el “culto de Cthulhu” y me encontraba de visita en casa de un docto amigo de Patterson, Nueva Jersey, conservador del museo local y mineralogista de renombre. Examinando un d铆a los ejemplares de reserva, amontonados en desorden en los estantes de una de las salas del fondo del museo, mi mirada se detuvo en la rara ilustraci贸n de uno de los peri贸dicos extendido bajo las piedras. Era el Bolet铆n de Sidney que he mencionado. Mi amigo ten铆a corresponsales en todos los pa铆ses extranjeros imaginables. La imagen era una fotograf铆a en sepia de una odiosa estatuita de piedra casi igual a la que Legrasse hab铆a encontrado en el pantano.
Despoj茅 vivamente a la hoja de su precioso contenido, le铆 el art铆culo con cuidado y lament茅 su brevedad. Lo que suger铆a, sin embargo, era de suma importancia para mi ya vacilante b煤squeda. Arranqu茅 cuidadosamente la noticia con el prop贸sito de ponerme en seguida en acci贸n. He aqu铆 el contenido:
Misterioso barco a la deriva rescatado en alta mar
El Vigilant arrib贸 remolcando a un yate neozeland茅s armado. Un muerto y un sobreviviente a bordo. Relatan combates furiosos y muertes en alta mar. Marinero rescatado se niega a dar detalles de la misteriosa experiencia. 脥dolo extra帽o hallado en su poder. Se iniciar谩 una investigaci贸n.
El carguero Vigilant de la compa帽铆a Morrison, procedente de Valpara铆so, arrib贸 esta ma帽ana a su puesto de amarre en la Bah铆a de Darling remolcando al yate Alert de Dunedin N.2 con serias aver铆as, pero dotado a煤n de un poderoso armamento. El yate fue avistado el 12 de abril a los 34°21′ de latitud sur, y a los 152°17′ longitud oeste, con un muerto y un sobreviviente a bordo.
El Vigilant dej贸 Valpara铆so el 25 de marzo, y el 2 de abril fue alejado considerablemente de su curso, en direcci贸n sur, por excepcionales tormentas y enormes olas. El 12 de abril avist贸 el buque a la deriva. En apariencia hab铆a sido abandonado, pero luego descubri贸 que llevaba un sobreviviente en estado de delirio, y un hombre muerto por lo menos desde hac铆a una semana.
El sobreviviente apretaba entre sus manos una piedra horrible de origen desconocido, de unos treinta cent铆metros de alto, cuyo origen los profesores de la Universidad de Sidney, la Sociedad Real y el museo de la Calle College no pudieron determinar, y que el hombre afirmaba haber descubierto en la cabina del yate, en un altarcito rudimentario.
Este hombre, ya recobrado, relat贸 una historia de pirater铆a y violencia sumamente extra帽a. Se trata de un noruego llamado Gustaf Johansen, de cierta cultura, segundo oficial en la goleta Emma de Auckland, que parti贸 para el Callao el 20 de febrero, con una tripulaci贸n de 20 hombres.
El Emma, dijo, fue retrasado y alejado considerablemente de su ruta por la tormenta del 1° de marzo, y el 22 del mismo mes a los 49°51′ de latitud sur y a los 128°54′ de longitud este encontr贸 al Alert conducido por una tripulaci贸n de canacos2 y mestizos de aspecto patibulario. El capit谩n Collins no obedeci贸 la orden de virar, y la tripulaci贸n del yate abri贸 fuego sin aviso con una bater铆a de ca帽ones de bronce particularmente pesada.
Los marineros del Emma, dijo el sobreviviente, se resistieron con valent铆a, y aunque la goleta comenz贸 a hundirse, pues varios proyectiles hab铆an alcanzado la l铆nea de flotaci贸n, lograron acercarse al enemigo y lo abordaron poni茅ndose a luchar en cubierta. Como los tripulantes del yate combat铆an de un modo torpe y cruel, tuvieron que matarlos a todos.
Tres de los hombres del Emma, incluso el capit谩n Collins y el primer oficial Gree, murieron; y los ocho restantes, bajo el mando del segundo oficial, Johansen, se pusieron a navegar en la direcci贸n seguida originalmente por el yate, a fin de descubrir por qu茅 motivo se les hab铆a ordenado cambiar de rumbo.
Al d铆a siguiente desembarcaron en una islita que no figuraba en ning煤n mapa. Seis de los hombres murieron all铆, aunque Johansen se mostr贸 particularmente reticente a este respecto y dijo que hab铆an ca铆do en una grieta entre las rocas.
M谩s tarde, parece, Johansen y sus compa帽eros volvieron al yate y trataron de hacerlo navegar, pero fueron vencidos por la tormenta del 2 de abril.
Desde ese d铆a hasta el 12 de abril, fecha en que fue recogido por el Vigilant, Johansen no recuerda nada, ni siquiera cu谩ndo muri贸 su compa帽ero William Briden. La muerte no se debi贸 aparentemente a otra causa que a privaciones.
Cables procedentes de Dunedin informan que el Alert era muy conocido como barco de carga y ten铆a muy mala reputaci贸n. Pertenec铆a a un curioso grupo de mestizos cuyas frecuentes incursiones nocturnas a los bosques atra铆an no poca curiosidad. Luego de la tormenta y los temblores de tierra del 1° de marzo se hab铆a hecho apresuradamente a la vela.
Nuestro corresponsal en Auckland afirma que el Emma y sus tripulantes gozaban de una excelente reputaci贸n y que Johansen es un hombre digno de toda confianza.
El almirantazgo va a iniciar una investigaci贸n sobre este asunto, durante la cual se tratar谩 de convencer a Johansen para que hable m谩s libremente.
Esto era todo, adem谩s de la diab贸lica imagen, ¡pero qu茅 pensamientos despert贸 en mi mente! Estas nuevas y preciosas noticias acerca del culto de Cthulhu probaban que 茅ste ten铆a fieles seguidores tanto en el mar como en la tierra. ¿Qu茅 motivo hab铆a impulsado a la h铆brida tripulaci贸n a ordenar el regreso del Emma mientras navegaban con su 铆dolo? ¿Qu茅 isla desconocida era aquella en que hab铆an muerto seis de los tripulantes, acerca de la cual el contramaestre Johansen se mostraba tan reticente? ¿Qu茅 resultado hab铆a tenido la investigaci贸n del almirantazgo y qu茅 se sab铆a del odioso culto en Dunedin? Y lo m谩s extraordinario, ¿qu茅 profunda y natural relaci贸n de hechos era esta que daba una significaci贸n maligna e innegable a los sucesos tan cuidadosamente anotados por mi t铆o?
El 1° de marzo -el 28 de febrero de acuerdo con el huso horario internacional- se hab铆an producido una tormenta y un terremoto. El Alert y su malencarada tripulaci贸n hab铆an dejado r谩pidamente Dunedin como obedeciendo un imperioso llamado, y en el otro extremo de la Tierra poetas y artistas hab铆an comenzado a so帽ar con una cicl贸pea ciudad submarina mientras un joven escultor modelaba, en sue帽os, la forma del terrible Cthulhu. El 23 de marzo la tripulaci贸n del Emma desembarcaba en una isla desconocida, perdiendo all铆 seis hombres; y en esa misma fecha los sue帽os de algunas personas alcanzaron su mayor intensidad y se oscurecieron con el terror de un monstruo maligno y gigantesco, mientras un arquitecto se volv铆a loco y un escultor ca铆a presa del delirio. ¿Y qu茅 pensar de esa tormenta del 2 de abril, fecha en que cesaron todos los sue帽os de la ciudad sumergida, y Wilcox sali贸 indemne de aquella fiebre extra帽a? ¿Qu茅 pensar igualmente de aquellas alusiones del viejo Castro a los Antiguos venidos de las estrellas y a su reino pr贸ximo, y a su culto, y a su gobierno de los sue帽os? ¿Estaba balance谩ndome en el borde de un abismo de horrores c贸smicos, insoportables para un ser humano? En todo caso no afectaron sino a la mente, pues el 2 de abril puso t茅rmino de alg煤n modo a la monstruosa amenaza que hab铆a sitiado el alma de los hombres.
Aquella tarde, luego de haber pasado el d铆a enviando telegramas y haciendo urgentes preparativos, me desped铆 de mi hu茅sped y tom茅 un tren para San Francisco. En menos de un mes llegu茅 a Dunedin, donde, sin embargo, descubr铆 que se sab铆a muy poco de los extra帽os miembros del culto que hab铆an vivido en las posadas marineras. El vagabundeo en los muelles era asunto demasiado com煤n, y no val铆a la pena mencionarlo; pero algo o铆 a prop贸sito de una expedici贸n terrestre realizada por estos mestizos durante la cual se escuch贸 el d茅bil golpear de unos tambores y se vio un fuego rojo en las colinas lejanas.
En Auckland me enter茅 de que Johansen hab铆a vuelto a Sidney, donde acababa de somet茅rsele a un in煤til interrogatorio, con el pelo totalmente cano, y que luego de vender su casita de la Calle West hab铆a regresado con su mujer a su viejo hogar, en Oslo. De su aventura no dijo a sus amigos m谩s de lo que ya sab铆an los oficiales del almirantazgo, y todo lo que pudieron hacer fue darme su nueva direcci贸n.
Volv铆 entonces a Sidney y habl茅 sin 茅xito con gente de mar y miembros de la corte. Vi el Alert en Circular Quay, en la bah铆a de Sidney, pero nada me revel贸 su casco. La imagen en cuclillas, de cabeza de pulpo, cuerpo de drag贸n, alas escamosas y pedestal con jerogl铆ficos, se conservaba en el museo de Hyde Park. La examin茅 con cuidado y descubr铆 que estaba exquisitamente labrada, y ten铆a el mismo profundo misterio, terrible antig眉edad y sobrenatural rareza de material que el ejemplar m谩s peque帽o de Legrasse. Para los ge贸logos, me dijo el conservador del museo, la estatua era un enigma monstruoso, y juraban que no hab铆a en el mundo una roca parecida. Record茅, estremeci茅ndome, lo que hab铆a dicho el viejo Castro a Legrasse a prop贸sito de los primeros Grandes Antiguos: “Vinieron de las estrellas y trajeron consigo sus im谩genes”.
Profundamente perturbado resolv铆 visitar al oficial Johansen en Oslo. Llegu茅 a Londres, me reembarqu茅 en seguida para la capital de Noruega, y un d铆a de oto帽o ech茅 pie a tierra en un limpio desembarcadero, a la sombra del Egeberg.
La casa de Johansen, descubr铆, estaba situada en la Ciudad Vieja del rey Harold Haardrada, que hab铆a conservado el nombre de Oslo durante los siglos en que la ciudad principal adoptara el nombre de Cristian铆a. Hice el corto viaje en un taxi y golpe茅 con el coraz贸n tembloroso la puerta de una casa vieja y limpia de frente enyesado. Sali贸 a recibirme una mujer de cara triste, vestida de negro, quien me comunic贸 en un ingl茅s vacilante que Gustav Johansen no era ya de este mundo.
No hab铆a sobrevivido mucho a su regreso, pues su aventura marina de 1925 le hab铆a destrozado la salud. La mujer no sab铆a m谩s que el p煤blico, pero Johansen hab铆a dejado un largo manuscrito, que trataba “asuntos t茅cnicos”, escrito en ingl茅s con la intenci贸n manifiesta de que su esposa no lo entendiese. Mientras paseaba por una callejuela, cerca del muelle de Gothenburg, un atado de viejos peri贸dicos, salido de la ventana de un altillo, lo golpe贸 y lo hizo caer. Dos marineros indios lo ayudaron en seguida a levantarse, pero el hombre muri贸 antes de que llegase la ambulancia. Los m茅dicos, incapaces de precisar la causa del deceso, lo hab铆an atribuido a un malestar del coraz贸n y a un debilitamiento general.
Sent铆 entonces que un oscuro terror, que no me abandonar铆a hasta que a m铆 tambi茅n me fuese acordado el eterno reposo, “accidentalmente” o por otro motivo, me traspasaba los huesos. Habiendo persuadido a la viuda de que mi conocimiento de esos “asuntos t茅cnicos” me autorizaba a poseer el manuscrito, me llev茅 el documento y comenc茅 a leerlo en el barco que me conduc铆a a Londres.
Era un relato simple, desordenado; un diario de mar redactado de memoria en que se intentaba recoger d铆a a d铆a aquel 煤ltimo y terrible viaje. No lo transcribir茅 literalmente a causa de sus oscuridades y redundancias, pero mi resumen bastar谩 para explicar por qu茅 el rumor de las aguas contra los costados del buque se me hizo tan intolerable que tuve que taponarme los o铆dos.
Johansen, gracias a Dios, no lo sab铆a todo, aunque vio la ciudad y el monstruo; pero yo ya no podr茅 dormir en paz mientras recuerde el horror que espera emboscado del otro lado de la vida, en el tiempo y el espacio, y aquellas malditas criaturas que vinieron de los astros m谩s antiguos y que sue帽an en las profundidades del mar, conocidas y favorecidas por un culto de pesadilla decidido a lanzarlas sobre nuestro planeta cada vez que alg煤n terremoto vuelva a elevar la monstruosa ciudad de piedra al aire y la luz del sol.
El viaje de Johansen hab铆a comenzado tal como lo declarara 茅l mismo ante el almirantazgo. El Emma hab铆a dejado Auckland en lastre el 20 de febrero, y sinti贸 todo el impacto de esa tempestad consecutiva al terremoto que arranc贸 a los abismos marinos el horror que pobl贸 los sue帽os de los hombres. Recobrado el gobierno, el buque naveg贸 favorablemente hasta encontrarse con el Alert el 22 de marzo (y sent铆 la pena del oficial al describir el bombardeo y el hundimiento de su nave). De los mestizos del yate, Johansen hablaba con un horror realmente significativo. Hab铆a algo abominable en ellos que hac铆a que su destrucci贸n pareciese casi un deber, y Johansen se sorprende ante la acusaci贸n de crueldad que contra 茅l y sus compa帽eros hizo la corte. Ya en el yate capturado, Johansen y sus hombres, impulsados por la curiosidad, prosiguen viaje hasta avistar una alta columna de piedra que emerge del oc茅ano, y a los 49°9′ de latitud oeste, y 126°43′ de longitud sur, se encuentran ante una costa barrosa, y una alba帽iler铆a cicl贸pea cubierta de algas que no puede ser sino la sustancia tangible del terror supremo del universo: la ciudad muerta de R’lyeh, construida hace millones de a帽os, antes de los comienzos de nuestra historia, por las enormes y espantosas criaturas que descendieron desde unos astros desconocidos. All铆 yacen el gran Cthulhu y sus compa帽eros, ocultos en unas b贸vedas verdes y h煤medas desde donde env铆an, luego de incalculables ciclos, pensamientos que aterrorizan a los hombres sensibles y reclaman imperiosamente a los fieles del culto que inicien el peregrinaje de la liberaci贸n y la restauraci贸n. El oficial Johansen ignoraba todo esto, ¡pero Dios sabe bien que hab铆a visto bastante!
Creo que emergi贸 de las aguas s贸lo la cima de la ciudadela, coronada por un enorme monolito, donde yace el gran Cthulhu. Cuando imagino el tama帽o de todo lo que puede esconder el fondo del oc茅ano, siento deseos de morir sin esperar ya m谩s. Johansen y sus hombres se sintieron aterrados ante la majestad c贸smica de esta h煤meda Babilonia habitada por demonios, y debieron sospechar, instintivamente, que no pertenec铆a ni a 茅ste ni a ning煤n otro planeta similar. En todas las l铆neas de la estremecida descripci贸n de Johansen se advierte el mismo pavor; ante el tama帽o indescriptible de los bloques de piedra verde, ante la altura vertiginosa del monolito labrado, ante la asombrosa identidad de esas colosales estatuas y bajorrelieves con la rara imagen encontrada en la sentina del Alert.
Sin conocer el futurismo, Johansen describe, al hablar de la ciudad, algo muy parecido a una obra futurista. En vez de referirse a una estructura definida, alg煤n edificio, se reduce a hablar de vastos 谩ngulos y superficies p茅treas… superficies demasiado grandes para ser de este mundo, y cubiertas por jerogl铆ficos e im谩genes horribles. Menciono estos 谩ngulos pues me recuerdan los sue帽os que me relat贸 Wilcox. El joven escultor afirm贸 que la geometr铆a de la ciudad de sus sue帽os era anormal, no euclidiana, y que suger铆a esferas y dimensiones distintas de las nuestras. Ahora un marino ilustrado ten铆a ante la terrible realidad la misma impresi贸n.
Johansen y sus hombres desembarcaron en la playa de esta monstruosa acr贸polis y se treparon, resbalando, por los tit谩nicos y musgosos escalones que ning煤n ser humano hubiera podido edificar. El sol mismo parec铆a deformado cuando se lo miraba a trav茅s de las miasmas polarizadas que emanaban de esta perversi贸n submarina; una amenaza tortuosa acechaba en esos 谩ngulos desconcertantes donde una segunda mirada descubr铆a una concavidad donde se hab铆a cre铆do ver la convexidad.
Todos los exploradores, aun antes de ver algo definido (salvo las rocas, los musgos y las algas) se sintieron presas de un indefinible terror. Todos habr铆an escapado si no hubiesen temido la burla de los otros, y s贸lo de mala gana se decidieron a buscar -vanamente, como comprendieron m谩s tarde- algo que sirviese de recuerdo.
Rodr铆guez, el portugu茅s, fue el primero en llegar a la base del monolito y les grit贸 a los otros lo que acababa de descubrir. Poco m谩s tarde los hombres contemplaron curiosamente una enorme puerta de piedra labrada con el ya familiar bajorrelieve del pulpo-drag贸n. Se parec铆a, dice Johansen, a la enorme puerta de un granero. Todos vieron all铆 una puerta, ya que estaba encuadrada en un umbral, un dintel y dos montantes, pero nadie pudo decidir si estaba situada horizontalmente, como la puerta de una trampa, o algo inclinada, como la puerta exterior de un altillo. Como lo hubiese dicho Wilcox, la geometr铆a del lugar era err贸nea. Uno no pod铆a estar seguro de que el mar y el suelo fueran horizontales, de modo que la posici贸n relativa de todo el resto parec铆a variar fant谩sticamente.
Briden presion贸 sobre la piedra en diversos sitios sin resultado. Luego Donovan palp贸 con delicadeza los bordes, apretando separadamente cada punto. Subi贸 con lentitud a lo largo de la grotesca moldura de piedra -puede decirse que subi贸 si se admite que la puerta no era al fin y al cabo horizontal-, y los hombres se preguntaron c贸mo una puerta pod铆a ser tan enorme. Al fin, muy suavemente, muy lentamente, la parte superior del panel comenz贸 a inclinarse hacia adentro, y todos vieron que la piedra se balanceaba.
Donovan se desliz贸 o trep贸 de alg煤n modo a lo largo de uno de los montantes, y los hombres se pusieron a observar el curioso retroceso de la puerta monstruosa. En este fant谩stico mundo de deformaciones prism谩ticas, la piedra se desplazaba anormalmente en diagonal, despreciando todas las leyes de la materia y la perspectiva.
La abertura mostraba una oscuridad casi material. Estas tinieblas ten铆an realmente una cualidad positiva, pues ocultaban algunas partes de las paredes interiores que deb铆an ser visibles. Al fin surgi贸 de aquella c谩rcel milenaria algo as铆 como una humareda que oscureci贸 la luz del sol mientras se elevaba hacia el cielo, empeque帽ecido y arrogado, con la ayuda de sus alas membranosas. El olor que sal铆a de aquellos abismos reci茅n abiertos era insoportable, y Hawkins, que ten铆a el o铆do fino, crey贸 o铆r all谩 abajo un sonido chapoteante e inmundo. Todos escucharon, y todos escuchaban a煤n cuando el monstruo se hizo visible, babeando y apretando su inmensidad verde y gelatinosa a trav茅s de la tenebrosa abertura hasta elevarse pesadamente en el aire corrompido de aquella ciudad de pesadilla.
La letra del pobre Johansen es apenas inteligible en esta parte. De los seis hombres que nunca llegaron al barco, cree que dos murieron simplemente de miedo en aquel instante maldito. El monstruo est谩 m谩s all谩 de toda posible descripci贸n. No hay lenguaje aplicable a ese abismo de horror inmemorial, a esa pavorosa contradicci贸n de todas las leyes de la materia, la fuerza y el orden c贸smicos. Una monta帽a que caminaba. ¡Dios! ¿Puede extra帽ar que en el otro lado de la Tierra enloqueciese un gran arquitecto, y que en aquel telep谩tico instante la fiebre devorara al pobre Wilcox? El monstruo de los 铆dolos, el verde y viscoso demonio venido de otros astros, hab铆a despertado para reclamar sus derechos. Las estrellas eran otra vez favorables, y lo que un viejo culto no hab铆a podido lograr por su voluntad, un pu帽ado de inocentes marineros lo hac铆a por accidente. Luego de millones y millones de a帽os el gran Cthulhu era libre otra vez.
Tres hombres fueron barridos por aquellas patas membranosas antes que nadie tuviese tiempo de volverse. Que descansen en paz, si hay alg煤n descanso en el universo. Eran Donovan, Guerrera y Angstrom. Parker resbal贸 mientras los otros tres sobrevivientes se precipitaban fren茅ticamente en un escenario infinito de rocas verdosas. Johansen jura que fue absorbido hacia arriba por un 谩ngulo que no deb铆a estar all铆; un 谩ngulo agudo que se hab铆a comportado como si fuese obtuso. De modo que s贸lo Briden y Johansen llegaron al bote, y se dirigieron desesperadamente hasta el Alert mientras la monta帽osa monstruosidad descend铆a por los escalones de piedra resbaladiza y se deten铆a, titubeando, a orillas del agua.
Las calderas hab铆an quedado funcionando a pesar de que todos hab铆an bajado a tierra, y bastaron unos pocos segundos de fren茅ticas corridas entre ruedas y motores para poner en marcha el Alert. Lentamente, entre los horrores distorsionados de esa escena indescriptible, la h茅lice comenz贸 a golpear las aguas. Mientras tanto, en la costa mortal, sobre aquellas construcciones que no eran de este mundo, el monstruo gigantesco venido de las estrellas emit铆a unos gritos inarticulados, como Polifemo al maldecir el veloz nav铆o de Ulises. En seguida, con m谩s audacia que los c铆clopes de la leyenda, el gran Cthulhu penetr贸 en las aguas e inici贸 la persecuci贸n con golpes que levantaron enormes olas. Briden volvi贸 la vista y enloqueci贸. Desde entonces ri贸 a intervalos hasta que la muerte lo alcanz贸 en su cabina mientras Johansen vagaba delirando de un lado a otro.
Pero Johansen no hab铆a abandonado la partida. Comprendiendo que el monstruo alcanzar铆a seguramente el Alert antes de que la presi贸n llegase al m谩ximo, resolvi贸 intentar algo desesperado, y, acelerando los motores, subi贸 r谩pidamente a la cubierta e hizo girar el tim贸n. En la superficie de las aguas hubo un remolino espumoso, y mientras crec铆a la presi贸n del vapor, el valiente noruego dirigi贸 el nav铆o contra aquella monta帽a gelatinosa que se alzaba sobre las sucias espumas como la popa de un gale贸n demon铆aco. La horrible cabeza de pulpo, envuelta en tent谩culos, llegaba casi hasta la punta del baupr茅s3; pero Johansen no retrocedi贸.
Hubo un estallido como el de un globo que se desinfla, un l铆quido inmundo como el que surge de un hendido pez luna, una hediondez que el cronista no se atrevi贸 a describir. Durante un instante una nube verde, acre y enceguecedora, envolvi贸 al buque, y un hervor maligno qued贸 a popa, donde -Dios del cielo- la esparcida plasticidad de aquella entidad celeste estaba recombin谩ndose y recobrando su forma primitiva, mientras el Alert se alejaba m谩s y m谩s, y ganaba velocidad.
Eso fue todo. Desde ese momento Johansen se content贸 con meditar sombr铆amente sobre el 铆dolo de la cabina y preparar unas pocas comidas para 茅l y su enloquecido compa帽ero, que re铆a a carcajadas. No trat贸 de dirigir el nav铆o; despu茅s de aquel incidente quedaba un gran vac铆o en su alma. Luego sobrevino la tormenta del 2 de abril, que termin贸 de nublar su conciencia. Recordaba confusamente infinitos abismos l铆quidos de espectrales paredes giratorias, vertiginosos desplazamientos por mundos huidizos en la cola de un cometa y saltos convulsivos de las profundidades del mar hasta la luna y luego otra vez hasta el mar, todo envuelto en el coro de carcajadas de las antiguas divinidades y de los verdes demonios del T谩rtaro, de alas de murci茅lago.
Luego de esas pesadillas vino el rescate, el Vigilant, el tribunal del almirantazgo, las calles de Dunedin y el largo viaje de retorno a la casa natal, junto al Egeberg. Nada pod铆a contar; pasar铆a por loco. Lo escribir铆a todo antes de morir, pero su mujer no deber铆a sospechar nada. La muerte ser铆a para 茅l beneficiosa s贸lo si borraba los recuerdos.
Tal era el documento que le铆. Lo he guardado en la caja de lata junto con el bajorrelieve de arcilla y los papeles del profesor Angell. Incluir茅 este relato, esta prueba de mi propia cordura donde se ha unido lo que espero que nunca volver谩 a unirse. He contemplado todo lo que en el universo puede haber de horroroso, y aun los cielos de la primavera y las flores del verano me parecer谩n desde ahora impregnados de veneno. Pero no creo que viva mucho. Como desaparecieron mi t铆o y el pobre Johansen, as铆 desaparecer茅 yo. Conozco demasiado y el culto todav铆a existe.
Cthulhu existe tambi茅n, supongo, en ese refugio de piedra que le sirve de abrigo desde que el sol era joven. Su ciudad maldita se ha hundido otra vez, pues el Vigilant naveg贸 por aquel lugar despu茅s de la tormenta de abril; pero sus ministros en la Tierra bailan a煤n, y cantan y matan en lugares aislados, alrededor de monolitos de piedra coronados de im谩genes. Cthulhu tuvo que haber sido atrapado por los abismos submarinos pues si no el mundo gritar铆a ahora de horror. ¿Qui茅n conoce el fin? Lo que ha surgido ahora puede hundirse y lo que se ha hundido puede surgir. La abominaci贸n espera y sue帽a en las profundidades del mar, y sobre las vacilantes ciudades de los hombres flota la destrucci贸n. Llegar谩 el d铆a… ¡pero no debo ni puedo pensarlo! Ruego que si no sobrevivo a este manuscrito, mis ejecutores testamentarios cuiden de que la prudencia sea mayor que la audacia e impidan que caiga bajo otros ojos.
1. Melopea: Canto mon贸tono.
2. Canaco o kanak: pueblo que vive principalmente en Nueva Caledonia, pero tambi茅n en Vanuatu, Australia, Pap煤a y Nueva Guinea.
3. Baupr茅s: Palo grueso colocado oblicuamente en la proa de un nav铆o.

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