El horror de Dunwich - H. P. Lovecraft (II PARTE) - Amantes de la literatura

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11.16.2023

El horror de Dunwich - H. P. Lovecraft (II PARTE)





Fue en Dunwich, en una granja grande y parcialmente deshabitada, elevada sobre una ladera a cuatro millas del pueblo y a una media de la casa m谩s cercana, donde el domingo 2 de febrero de 1913, a las 5 de la ma帽ana, naci贸 Wilbur Whateley. Esa fecha ha sido inolvidable, porque era el d铆a de la Candelaria y los vecinos escucharon ruidos resonantes y prolongados que proven铆an de la monta帽a. Sin olvidar el terror铆fico alboroto de los perros de la comarca, que no cesaron de ladrar en toda la noche. La madre de Wilbur pertenec铆a a la rama degradada de los Whateley. Era una mujer albina de treinta y cinco a帽os de edad, un tanto deforme y sin el menor atractivo. Viv铆a en compa帽铆a de su anciano y enloquecido padre, de quien se cuentan escalofriantes rumores sobre sus temibles actos de brujer铆a durante su juventud.

Lavinia Whateley no ten铆a marido, pero siguiendo la costumbre de la comarca, no hizo nada por repudiar al ni帽o y, en cuanto a la paternidad del reci茅n nacido, la gente especul贸lo de manera denigrante. Pero a la madre no le import贸 eso, estaba extra帽amente orgullosa de aquella criatura de tez morena y facciones de chivo que tanto contrastaban con su enfermizo semblante y sus ros谩ceos ojos de albina. .Cuentan que se le oyeron susurrar multitud de extra帽as profec铆as sobre las extraordinarias facultades de que estaba dotado el ni帽o y el impresionante futuro que le aguardaba. Lavinia siempre hab铆a sido una criatura solitaria a quien le encantaba correr por las monta帽as cuando se desataban tormentas con truenos ensordecedores. Gustaba de leer los voluminosos y a帽ejos libros que su padre hab铆a heredado tras dos siglos de existencia de los Whateley, libros que empezaban a caerse a pedazos por los  viejos y apolillados que estaban. Lavinia se entregaba a visiones alucinantes y grandiosas, a la vez que a singulares ocupaciones. Su tiempo libre apenas estaba reducido a los cuidados dom茅sticos en una casa en que ni los menores principios de orden y limpieza se observaban desde hac铆a tiempo. Nunca hab铆a ido a la escuela, pero sab铆a de memoria fragmentos inconexos de antiguas leyendas populares que el viejo Whateley le hab铆a contado.

Los vecinos de la localidad siempre tuvieron miedo de la solitaria granja a causa de la fama de brujo  Whateley, y de lamuerte violenta e inexplicable que sufri贸 su mujer cuando Lavinia apenas ten铆a  doce a帽os. Siempre solitaria y aislada, Lavinia entregaba su tiempo a imaginar y a ocuparse en diversos trabajos dom茅sticos que no inclu铆an ordenar ni limpiar el lugar donde habitaba.   

Sin embargo, la noche en que Wilbur naci贸 pudo o铆rse un grito espantoso, que retumb贸 incluso por encima de los ruidos de la monta帽a y de los ladridos de los perros, pero se sabe que ninguna partera o alg煤n m茅dico estuvieron presentes en el parto de Lavinia..

Los vecinos no supieron nada del parto hasta una semana despu茅s cuando vieron que el viejo Whateley recorri贸 en su trineo el camino nevado que separaba su casa y el condado de Dunwich. Cuando se encontr贸 con los aldeanos del lugar, reunidos en la tienda de Osborn, se puso a hablar de forma incoherente, parec铆a como si se hubiera producido en el anciano un cambio abrupto, como si se encontrara en una p茅rdidaperdida pasajera de entendimiento. Estaba transformado en un sujeto repletolleno de temor, repitiendo que la paternidad del reci茅n nacido ser铆a recordado a帽os despu茅s por quienes entonces escucharon sus palabras.

–No me interesa  lo que piense la gente.No existen  razones para creer que no hay otras personas diferentes a las diferente que se ven por estos lugares . Lavinia ha le铆do, pero no ha visto cosas que la mayor铆a de ustedes. Ella no es capaz de imaginar un mundo fuera de la granja. Espero que su hombre sea tan buen marido como el mejor que pueda encontrarse por esta parte de Aylesbury, y si supieran la mitad de cosas que yo s茅, no desear铆an mejor casamiento por la iglesia ni aqu铆 ni en ninguna otra parte. Escuchen bien esto que les digo: alg煤n d铆a todos escuchar谩n al hijo de Lavinia pronunciar el nombre de su padre en la cumbre de Sentinel Hill.

Las 煤nicas personas que vieron a Wilbur durante su  primer mes de vida fueron el viejo Zacar铆as Whateley, de la rama a煤n no degenerada de los Whateley, y Mamie Bishop, la mujer con quien viv铆a desde hace dos a帽os Earl Sawyer. La visita de Mamie obedeci贸 a la pura curiosidad y las historias que cont贸 confirmaron sus observaciones; en tanto que Zacar铆as fue por all铆 a llevar un par de vacas de raza Alderney que el viejo Whateley le hab铆a comprado a su hijo Curtis. Dicha adquisici贸n marc贸 el comienzo de una larga serie de compras de ganado vacuno por parte de la familia del peque帽o Wilbur, que no finalizar铆a sino hasta 1928 –el a帽o en que el horror abati贸 Dunwich–, pero en ning煤n momento dio la impresi贸n de que el destartalado establo de Whateley estuviese lleno de ganado. A ello sigui贸 un periodo en que la curiosidad de ciertos vecinos los motivara a subir, a escondidas, hasta los pastos para contar las cabezas de los animales que pac铆an precariamente en la empinada ladera, justo por encima de la vieja granja. Jam谩s pudieron contar m谩s de diez o doce an茅micos y casi exang眉es ejemplares.

Deb铆a ser una plaga o enfermedad, originada quiz谩s en los insalubres pastos o transmitida por alg煤n hongo o madera contaminados del sucio establo, lo que produc铆a un aumento en de las tasas de mortalidad en el ganado de Whateley. Extra帽as heridas o llagas, semejantes a incisiones, aparec铆an en las vacas mientras pac铆an por aquellos contornos. Adem谩s, una o dos veces en el curso de los primeros meses de la vida de Wilbur, algunas personas que visitaron a los Whateley, creyeron ver llagas similares en la garganta del anciano canoso y sin afeitar y en la de su desali帽ada y desgre帽ada hija albina.

En la primavera que sigui贸 al nacimiento de Wilbur, Lavinia reanud贸 sus habituales recorridos por las monta帽as, llevando en sus desproporcionados brazos a su criatura de tez oscura. La curiosidad de los aldeanos hacia los Whateley disminuy贸 tras ver al reto帽o. A nadie se le ocurri贸 hacer el menor comentario sobre el portentoso desarrollo del reci茅n nacido, que era visible de un d铆a para otro. La realidad fue que Wilbur crec铆a a un ritmo impresionante, pues a los tres meses hab铆a alcanzado ya una talla y fuerza muscular que raramente se observa en ni帽os menores de un a帽o. Sus movimientos y hasta sus sonidos vocales mostraban una contenci贸n y ponderaci贸n demasiado singulares en una criatura de su edad.  Pr谩cticamente nadie se asombr贸 cuando, a los siete meses, comenz贸 a andar sin ayuda alguna, aunque con algunos tropezones, situaci贸n que al cabo de un mes hab铆a desaparecido por completo.

Al poco tiempo, exactamente en la v铆spera de todos los santos, las personas observaron una gran hoguera a medianoche, en la cima de Sentinel Hill. All铆 se levantaba la antigua piedra con forma de mesa en medio de un t煤mulo de antiguas osamentas. Por el pueblo corrieron toda clase de rumores a ra铆z de que Silas Bishop –de la rama no degradada de los Bishop– dijese haber visto al chico de los Whateley subiendo a toda prisa la monta帽a delante de su madre, justo una hora antes de que comenzaran las llamaradas.

Silas estaba buscando un ternero extraviado, pero casi olvid贸 la misi贸n que le hab铆a llevado all谩 al ver fugazmente, a la luz del farol que portaba, las dos figuras que corr铆an monta帽a arriba: madre e hijo se deslizaban sigilosamente por entre la maleza. Silas, que no sal铆a de su asombro, crey贸 ver que iban completamente desnudos. Al recordarlo posteriormente, no estaba del todo seguro por cuanto al ni帽o respecta, y cree que es posible que llevase una especie de cintur贸n con flecos y un par de calzones o pantalones de color oscuro. Lo cierto es que a Wilbur nunca se le volvi贸 a ver, al menos vivo y en estado consciente, sin toda su ropa encima y ce帽idamente abotonado, y cualquier desarreglo, real o supuesto, en su indumentaria parec铆a irritarle much铆simo. Su contraste con el escu谩lido aspecto de su madre y de su abuelo, era tremendamente marcado, algo que no se explicar铆a del todo sino hasta 1928, a帽o en que el horror se abati贸 sobre Dunwich.

Por el mes de enero, entre los rumores que corr铆an por el pueblo se hac铆a menci贸n de que el “rapaz negro de Lavinia” hab铆a comenzado a hablar, cuando apenas cumpli贸 once meses. Su lenguaje era tan impresionante, porque se diferenciaba de los acentos normales que se o铆an en la regi贸n y tambi茅n por la ausencia del balbuceo infantil que se pod铆a apreciar en muchos ni帽os de tres y cuatro a帽os. No era una criatura parlanchina, pero cuando se pon铆a a hablar parec铆a expresar algo inaprensible y totalmente desconocido para los vecinos de Dunwich. La extra帽eza no radicaba en lo que dec铆a ni en las sencillas expresiones a las que recurr铆a, sino que parec铆a guardar una vaga relaci贸n con el tono o con los 贸rganos vocales productores de los sonidos sil谩bicos. Sus facciones se caracterizaban, asimismo, por una nota de madurez, pues si bien ten铆a en com煤n con su madre y abuelo la falta de ment贸n, la nariz, firme y precozmente perfilada, junto con la expresi贸n de los ojos –grandes, oscuros y de rasgos latinos–, hac铆an que pareciese casi adulto y dotado de una inteligencia fuera de lo com煤n. Pese a su aparente brillantez era, empero, extremadamente feo. Ten铆a cierto parecido a una cabra u a otro animal con sus carnosos labios, en su tez amarillenta y porosa, en su 谩spero y desmara帽ado cabello y, sobre todo, en sus orejas incre铆blemente alargadas. Pronto, la gente empez贸 a sentir aversi贸n hacia 茅l, de forma incluso m谩s marcada que hacia su madre y abuelo. Todo lo que se aventuraban a decir sobre 茅l, se hallaba salpicado de referencias al pasado del viejo brujo Whateley, tambi茅n de c贸mo retumbaron las monta帽as cuando grit贸 el espantoso nombre de Yog-Sothoth, en medio de un c铆rculo de piedras y con un gran libro abierto entre sus manos.

Los perros se enfurec铆an ante la sola presencia del ni帽o, hasta el punto de que continuamente se ve铆a obligado a defenderse de sus amenazadores ladridos.


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