El horror de Dunwich - H. P. Lovecraft (III PARTE) - Amantes de la literatura

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11.16.2023

El horror de Dunwich - H. P. Lovecraft (III PARTE)



Entre tanto, el viejo Whateley sigui贸 comprando ganado sin que se viera un incremento en el n煤mero de animales que guardaba en su caba帽a. Asimismo, tal贸 madera y restaur贸 partes de su casa que no habitaba ni utilizaba: un espacioso edificio con el tejado rematado en pico y la fachada posterior totalmente empotrada en la rocosa ladera de la monta帽a. Hasta entonces, las tres habitaciones en estado menos ruinoso de la planta baja, hab铆an bastado para albergar a su hija y a 茅l. El anciano deb铆a conservar una fuerza prodigiosa para poder realizar las tareas sin ayuda de alguien m谩s, y aunque a veces murmuraba cosas que se sal铆an de lo normal, su trabajo de carpinter铆a demostraba que conservaba un juicio sano.

Empez贸 a trabajar al nacer Wilbur, tras poner un d铆a en orden uno de los numerosos cobertizos donde se guardaban los aperos, adem谩s de entablarlo y colocar una nueva y resistente cerradura. Ahora, al emprender las obras de reparaci贸n del abandonado piso superior, demostr贸 seguir estando en posesi贸n de excelentes facultades manuales. Su man铆a se reflejaba tan s贸lo en un af谩n por tapar, herm茅ticamente, con tablones todas las ventanas del ala restaurada, aunque a juicio de muchos el simple hecho de intentar repararla ya era una locura. Ya se explicaba mejor que quisiese acondicionar otra habitaci贸n en la planta baja para su nieto reci茅n nacido. La habitaci贸n la pudieron ver diversos visitantes, pero nadie logr贸 acceder a la planta superior que permanec铆a cerrada por gruesos tablones de madera. Revisti贸 toda la habitaci贸n del nieto con s贸lidas estanter铆as hasta el techo, sobre ellas fue colocando, poco a poco y en orden aparentemente cuidadoso, los antiguos vol煤menes apolillados y los fragmentos sueltos de libros que, hasta entonces, hab铆an permanecido amontonados de mala manera en los m谩s ins贸litos rincones de la casa.

–Me han sido muy 煤tiles –dec铆a Whateley mientras trataba de pegar una p谩gina suelta de caracteres g贸ticos con una cola preparada en el herrumbroso horno de la cocina–, pero estoy seguro de que el chico sabr谩 sacar mejor provecho de ellos. Quiero que est茅n en las mejores condiciones posibles, pues todos van a servirle para su educaci贸n.

Cuando Wilbur cumpli贸 un a帽o y siete meses –en septiembre de 1914–, su estatura y, en general, las cosas que hac铆a, se sal铆an por completo de lo normal. Ten铆a ya la altura de un ni帽o de cuatro a帽os, hablaba con fluidez y demostraba una inteligencia dotada y bien despierta. Andaba solo por los campos y por las empinadas laderas, acompa帽aba a su madre en sus correr铆as por la monta帽a. Cuando estaba en casa, no cesaba de escudri帽ar los extra帽os grabados y cuadros que encerraban los libros de su abuelo, mientras el viejo Whateley le instru铆a y catequizaba en medio del silencio reinante de muchas tardes largas e interminables. Para entonces, ya hab铆an concluido las obras de la casa, y quienes tuvieron ocasi贸n de verlas se preguntaban por qu茅 habr铆a transformado el viejo Whateley una de las ventanas del piso superior en una maciza puerta entablada. Se trataba de la 煤ltima ventana abuhardillada en la fachada posterior, orientada al poniente y pegada a la ladera monta帽osa. Nadie se ten铆a la menor idea de por qu茅 construy贸 una s贸lida rampa de madera para subir hasta ella.

Cuando las obras estaban a punto de concluir, la gente advirti贸 que el viejo cobertizo de los aperos, herm茅ticamente cerrado y con las ventanas cubiertas por tablones desde el nacimiento de Wilbur, volvi贸 a quedar abandonado. La puerta estaba abierta siempre de par en par. Un d铆a Earl Sawyer se adentr贸 en el sitio, con el pretexto de visitar al viejo Whateley y conocer algunos detalles sobre la venta de ganado. Cuando estuvo en la casa, se sorprendi贸 enormemente del apestoso olor que se respiraba en el cobertizo: un hedor –seg煤n dir铆a posteriormente– que no se semejaba con nada conocido, salvo con el olor que se percib铆a en las inmediaciones de los c铆rculos indios de la monta帽a y que, por alguna raz贸n, no proven铆a de esta tierra ni pod铆a interpretarse como una situaci贸n sana.

Tambi茅n es cierto que las casas y cobertizos de los vecinos de Dunwich nunca se caracterizaron precisamente por sus buenos olores.

No hay nada digno de destacar en los meses que siguieron, excepto que todo el mundo juraba percibir un ligero, pero constante aumento de los misteriosos ruidos que sal铆an de la monta帽a. La v铆spera del primero de mayo de 1915, se dejaron sentir tales temblores de tierra que hasta los vecinos de Aylesbury pudieron percibirlos. Unos meses despu茅s, en la v铆spera de todos los santos, se produjo un fragor subterr谩neo asombrosamente sincronizado con una serie de llamaradas –“Ya est谩n otra vez los Whateley con sus brujer铆as”, dec铆an los vecinos de Dunwich– en la cima de Sentinel Hill.

Wilbur segu铆a creciendo a un ritmo prodigioso: cuando cumpli贸 cuatro a帽os, su f铆sico  parec铆a sorprendentemente al de un ni帽o de diez. Le铆a 谩vidamente sin ayuda alguna, pero se hab铆a vuelto mucho m谩s reservado. Su semblante era taciturno y, por primera vez, la gente empez贸 a murmurar de sus facciones de chivo, que resaltaban su aspecto demoniaco. En diversas ocasiones, hablaba en un idioma totalmente desconocido, tambi茅n cantaba melod铆as extra帽as que hac铆an estremecer a quienes las escuchaban y, con frecuencia, les produc铆a un terror inmenso en su piel.

脡l odiaba a los perros hasta el punto de verse obligado a cargar siempre con una pistola. As铆 evitaba ser atacado en sus correr铆as a trav茅s del campo. En ocasiones, el uso del arma no contribuy贸 en ganarse la simpat铆a de los due帽os de perros guardianes. Y, por esta raz贸n, era objeto de frecuentes insultos y comentarios en el pueblo.

Las pocas personas que visitaban la casa de los Whateley, frecuentemente encontraban a Lavinia en la planta baja, sola, imaginando historias que nadie conoc铆a. Algunos declaraban que o铆an gritos extra帽os y pisadas en el piso superior. Lavinia jam谩s dijo lo que podr铆an estar haciendo su padre y el muchacho all谩 arriba; aunque, en cierta ocasi贸n, un joven pescadero intent贸 abrir la atrancada puerta que daba a la escalera, su intento casi le cost贸 la vida, porque empalideci贸 y un p谩nico cerval se dibuj贸 en su rostro. Tiempo despu茅s, el pescadero cont贸 en la tienda de Dunwich que le pareci贸 o铆r el pataleo de un caballo en el piso superior. Los clientes que en aquel momento se encontraban en la tienda, pensaron al instante en la puerta, en la rampa y en el ganado que con tal celeridad desaparec铆a, estremeci茅ndose al recordar las historias de los a帽os mozos del viejo Whateley, y las extra帽as cosas que profiere la tierra cuando se sacrifica un ternero en un honor a ciertos dioses paganos. Desde hac铆a tiempo, pod铆a advertirse que los perros tem铆an y detestaban la finca de los Whateley con igual furia e intensidad como sucedi贸 con Wilbur.

En 1917 estall贸 la guerra y, el juez de paz, Sawyer Whateley, en su condici贸n de presidente de la junta de reclutamiento local, tuvo grandes dificultades para reunir, en un campamento de instrucci贸n, al contingente de j贸venes f铆sicamente aptos, que proven铆an de Dunwich. El gobierno, alarmado ante los s铆ntomas de degradaci贸n de los habitantes de la comarca, envi贸 varios funcionarios y especialistas m茅dicos para que investigaran las causas. Para lograr su cometido, aplicaron una encuesta que a煤n recuerdan los lectores de diarios de Nueva Inglaterra. La publicidad que se dio en torno a la investigaci贸n, puso a algunos periodistas sobre la pista de los Whateley, y llev贸 a las ediciones dominicales del Boston Globe y del Arkham Advertiser a publicar art铆culos sensacionalistas sobre la precocidad de Wilbur, la magia negra del viejo Whateley, las estanter铆as repletas de extra帽os vol煤menes, el segundo piso herm茅ticamente cerrado de la antigua granja, el misterio que rodeaba a la comarca entera y los ruidos que se o铆an en la monta帽a.

En ese entonces, Wilbur ten铆a cuatro a帽os y medio, pero su cuerpo reflejaba el aspecto de un muchacho de quince: su labio superior y sus mejillas estaban cubiertos de un vello 谩spero y oscuro. Adem谩s, su voz hab铆a comenzado a enronquecer. Un d铆a, Earl Sawyer se dirigi贸 a la finca de los Whateley, acompa帽ado de un grupo de periodistas y fot贸grafos, llam贸 su atenci贸n la extra帽a fetidez que sal铆a de la planta superior. Seg煤n dijo, era exactamente igual que el olor reinante en el abandonado cobertizo donde se guardaban los aperos una vez finalizadas las obras de reconstrucci贸n, y muy semejante a las d茅biles esencias que crey贸 percibir en las proximidades del c铆rculo de piedra de la monta帽a.

Los vecinos de Dunwich leyeron las historias sobre los Whateley al verlas publicadas en los peri贸dicos, y no pudieron menos que sonre铆r ante los grandes errores de informaci贸n. Se preguntaban, asimismo, por qu茅 los periodistas atribuir铆an tanta importancia al hecho de que el viejo Whateley pagase siempre al comprar el ganado en antiqu铆simas monedas de oro.

Los Whateley recibieron a sus visitantes con un disimulado disgusto, si bien no se atrevieron a ofrecer violenta resistencia o a negarse a contestar sus preguntas por miedo a que dieran mayor publicidad al caso.


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