El horror de Dunwich - H. P. Lovecraft (IV PARTE) - Amantes de la literatura

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11.16.2023

El horror de Dunwich - H. P. Lovecraft (IV PARTE)





Durante una d茅cada, la historia de los Whateley se mezcl贸 inextricablemente con la existencia general de una comunidad patol贸gicamente enfermiza, que estaba acostumbrada a su rara conducta y, por alguna raz贸n, se hab铆a vuelto insensible a sus orgi谩sticas celebraciones de la v铆spera de mayo y de todos los santos. Dos veces al a帽o, los Whateley encend铆an hogueras en la cima de Sentinel Hill y, en tales fechas, el fragor de la monta帽a se reproduc铆a con violencia cada vez m谩s inusitada. Tampoco era extra帽o que tuviesen lugar acontecimientos sobrenaturales y portentosos en su solitaria granja en cualquier otra 茅poca del a帽o.

Con el tiempo, los visitantes afirmaron o铆r ruidos en la planta alta que permanec铆a cerrada, incluso escuchaban sonidos en momentos en los que todos los miembros de la familia estaban abajo. Las especulaciones nac铆an y las personas se preguntaban en qu茅 d铆as los Whateley sol铆an sacrificar una vaca o un ternero. Se hablaba incluso de denunciar el caso a la Sociedad Protectora de Animales, pero al final no se hizo nada, pues los vecinos de Dunwich no ten铆an pruebas y no deseaban que el caso llegara a otras regiones del mundo.


Hacia 1923, siendo Wilbur un muchacho de diez a帽os y con una inteligencia, voz, estatura y barba que le daban todo el aspecto de una persona madura, se inici贸 una segunda etapa de obras de carpinter铆a en la vieja finca de los Whateley. Las obras ten铆an lugar en la planta superior, y por los trozos de madera sobrantes que quedaban en el suelo, la gente dedujo que el joven y el abuelo hab铆an tirado todos los tabiques y hasta levantado la tarima del piso, dejando s贸lo un gran espacio abierto entre la planta baja y el tejado rematado en pico. Asimismo, hab铆an demolido la gran chimenea central e instalado, en el herrumbroso espacio que qued贸 al descubierto, una endeble ca帽er铆a de hojalata que daba al exterior.

En la primavera continuaron las obras y el viejo Whateley advirti贸 el incremento de chotacabras que, procedentes del barranco de Cold Spring, acud铆an por las noches a chillar bajo su ventana. Whateley atribuy贸 a la presencia de tales p谩jaros un significado especial y un d铆a dijo en la tienda de Osborn que cre铆a cercano su fin:

–Ahora chirr铆an al ritmo de mi respiraci贸n –dijo–, as铆 que deben estar ya al acecho para lanzarse sobre mi alma. Saben que pronto va a abandonarme y no quieren dejarla escapar. Cuando haya muerto sabr谩n si lo consiguieron o no. En caso de que as铆 sea, no cesar谩n de chirriar y proferir risotadas hasta el amanecer. De lo contrario, se callar谩n. Espero a esos p谩jaros y a las almas que atrapan, pues si quieren mi alma les va a costar lo suyo.

En la noche de la fiesta de la recolecci贸n de la cosecha de 1924, el doctor Houghton, de Aylesbury, recibi贸 una llamada urgente de Wilbur Whateley, quien se hab铆a lanzado a todo galope en medio de la oscuridad, en el 煤nico caballo que a煤n restaba a los Whateley, con el fin de llegar lo antes posible al pueblo y telefonear desde la tienda de Osborn. El doctor Houghton encontr贸 al viejo Whateley en estado agonizante, con un ritmo cardiaco y una respiraci贸n estert贸rea que presagiaban un final inminente. La deforme hija albina y el nieto adolescente, pero ya barbudo, permanec铆an junto al lecho mortuorio, mientras que del tenebroso espacio que se abr铆a por encima de sus cabezas llegaba la desagradable sensaci贸n de una especie de chapoteo u oleaje r铆tmico, algo as铆 como el ruido del mar en una playa de aguas remansas. Con todo, lo que m谩s le molestaba al m茅dico era el ensordecedor griter铆o que armaban las aves nocturnas que revoloteaban en torno a la casa: una verdadera legi贸n de chotacabras que chirriaba su mon贸tono mensaje y que, por alguna raz贸n, lo sincronizaban diab贸licamente con los entrecortados estertores del agonizante anciano.

Aquello sobrepasaba decididamente lo siniestro y lo monstruoso, pens贸 el doctor Houghton que, al igual que el resto de los vecinos de la comarca, hab铆a acudido de muy mala gana a la casa de los Whateley en respuesta a la llamada urgente que se le hab铆a hecho.

Era madrugada, cerca de la una, cuando el viejo Whateley recobr贸 la conciencia y, al tiempo que cesaban sus estertores, balbuce贸 algunas entrecortadas palabras a su nieto:

–M谩s espacio, Willy, necesita m谩s espacio, cuanto antes. T煤 creces, pero eso a煤n crece m谩s deprisa. Pronto te servir谩, hijo. Abre las puertas de par en par a Yog-Sothoth salmodiando el largo canto que encontrar谩s en la p谩gina 751 de la edici贸n completa, luego pr茅ndele fuego a la prisi贸n. El fuego de la tierra no puede quemarlo.

No cab铆a duda, el viejo Whateley estaba loco de remate. Tras una pausa, la bandada de chotacabras que permanec铆an fuera de la casa, sincronizaron sus chirridos al nuevo ritmo jadeante de la respiraci贸n del anciano. Pudieron o铆rse ruidos extra帽os, parecidos a quejidos que ven铆an de alg煤n lugar remoto de las monta帽as. A煤n tuvo fuerzas para pronunciar una o dos frases m谩s.

–No dejes de alimentarlo, Willy, y ten presente la cantidad en todo momento. Pero no dejes que crezca deprisa, ser铆a malo para el lugar, pues si revienta en pedazos o sale antes de que abras a Yog-Sothoth, no habr谩n servido de nada todos los esfuerzos. S贸lo los que vienen del m谩s all谩 pueden hacer que se reproduzca y surta efecto… S贸lo ellos, los ancianos que quieren volver…

Pero tras las 煤ltimas palabras, continuaron los estertores del viejo Whateley. Lavinia no soport贸 ver tanto sufrimiento y lanz贸 un pavoroso grito al ver c贸mo el esc谩ndalo de los chotacabras se modificaba para adaptarse al nuevo ritmo de la respiraci贸n. No hubo ning煤n cambio durante una hora, hasta que la garganta del moribundo emiti贸 el postrer vagido.

El doctor Houghton cerr贸 los arrugados p谩rpados sobre los resplandecientes ojos grises del anciano, mientras la barah煤nda que armaban los p谩jaros disminu铆a por momentos hasta acabar en el absoluto silencio.

Lavinia no cesaba de sollozar, en tanto que Wilbur se ech贸 a re铆r hasta rebotar su eco en el d茅bil fragor de la monta帽a.

–No han conseguido atrapar su alma –susurr贸 Wilbur con su potente voz de bajo.

Para entonces, 茅l era ya un estudioso de impresionante erudici贸n –si bien a su parcial manera–, y empezaba a ser conocido por la correspondencia que manten铆a con numerosos bibliotecarios de lugares remotos, en donde se guardaban libros raros y misteriosos de 茅pocas pasadas. Al mismo tiempo, cada vez se le detestaba y tem铆a m谩s en la comarca de Dunwich por la desaparici贸n de ciertos j贸venes, ya que todas las sospechas conflu铆an, difusamente, en el umbral de su casa. Pero siempre se las arregl贸 para silenciar las investigaciones, ya fuese mediante el recurso de la intimidaci贸n o echando mano del caudal de antiguas monedas de oro que, al igual que en tiempos de su abuelo, sal铆an de forma peri贸dica y en cantidades crecientes para la compra de cabezas de ganado. Daba toda la impresi贸n de ser una persona madura, pues su estatura, una vez alcanzado el l铆mite normal de la edad adulta, parec铆a que fuese a seguir aumentando sin l铆mite.

En 1925, lo visit贸 un sujeto de la Universidad de Miskatonic con quien manten铆a correspondencia. Sin embargo, nadie sabe qu茅 es lo que vio, porque los habitantes presenciaron que el sujeto abandon贸 la casa con una cara l铆vida, desconcertado de la reuni贸n que sostuvieron. Wilbur med铆a ya sus buenos seis pies y tres cuartos y, con el paso de los a帽os, fue tratando a su semideforme y albina madre con un desprecio cada vez mayor, hasta llegar a prohibirle que lo acompa帽ara a las monta帽as en las fechas de la v铆spera de mayo y de todos los santos.

En 1926, la infortunada madre le dijo a Mamie Bishop que su hijo le inspiraba miedo.

–S茅 multitud de cosas acerca de 茅l que me gustar铆a poder contarte, Mamie –le dijo un d铆a–, pero 煤ltimamente pasan muchas cosas que incluso yo ignoro. Juro por Dios que ni yo s茅 lo que quiere mi hijo ni lo que trata de hacer.

En aquella 茅poca, justamente en la v铆spera de todos los santos, los ruidos de la monta帽a resonaron con un inusitado furor y, al igual que todos los a帽os, pudo verse el resplandor de las llamaradas en la cima de Sentinel Hill, era un suceso escabroso. Sin embargo, la gente prest贸 m谩s atenci贸n a los chirridos r铆tmicos de enormes bandadas de chotacabras –extra帽amente retrasados para la 茅poca del a帽o en que se encontraban–, que parec铆an congregarse en las inmediaciones de la granja de los Whateley. Pasada la medianoche, sus estridentes notas estallaron en una especie de infernal barah煤nda que pudo o铆rse por toda la comarca y, misteriosamente, no cesaron con su ensordecedor griter铆o hasta el amanecer. Despu茅s desaparecieron con aleteos veloces, dirigi茅ndose hacia el sur, donde llegaron con un mes de retraso respecto a la fecha normal. Lo que significaba tama帽o estruendo, porque nadie supo con certeza lo sucedido hasta que pas贸 mucho tiempo. En cualquier caso, aquella noche no muri贸 nadie en toda la comarca, pero jam谩s volvi贸 a verse a la infortunada Lavinia Whateley, la deforme y albina madre de Wilbur.

En el verano de 1917, Wilbur repar贸 dos cobertizos que hab铆a en el corral y comenz贸 a trasladar a ellos sus libros y efectos personales. Al poco tiempo, Earl Sawyer dijo en la tienda de Osborn que en la granja de los Whateley hab铆an vuelto a emprenderse obras de carpinter铆a. Wilbur se aprestaba a tapar todas las puertas y ventanas de la planta baja, y daba la impresi贸n de que estuviese tirando todos los tabiques, tal como su abuelo y 茅l hicieron en la planta superior cuatro a帽os atr谩s.

Se hab铆a instalado en uno de los cobertizos y, seg煤n Sawyer, ten铆a un aspecto un tanto preocupado y temeroso. La gente de la localidad sospechaba que sab铆a algo acerca de la desaparici贸n de su madre. Eran pocos los que se atrev铆an a rondar por las inmediaciones de la granja de los Whateley. Por aquel entonces, Wilbur sobrepasaba ya los siete pies de altura y nada indicaba que fuese a dejar de crecer.


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