El horror de Dunwich - H. P. Lovecraft (V PARTE) - Amantes de la literatura

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11.16.2023

El horror de Dunwich - H. P. Lovecraft (V PARTE)



Aquel invierno trajo consigo el nada desde帽able primer viaje de Wilbur, quien sal铆a lejos de la comarca de Dunwich. Pese a la correspondencia que manten铆a con la Biblioteca de Widener de Harvard, la Biblioteca Nacional de Par铆s, el Museo Brit谩nico, la Universidad de Buenos Aires y la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic, en Arkham, todos sus intentos por conseguir un libro que buscaba desesperadamente, hab铆an resultado fallidos. En vista de su fracaso, termin贸 por desplazarse en persona –andrajoso, mugriento, con la barba sin cuidar y aquel nada pulido dialecto que hablaba– a consultar el ejemplar que se conservaba en Miskatonic, la biblioteca m谩s pr贸xima a Dunwich. Con casi ocho pies de altura y portando una maleta de ocasi贸n reci茅n comprada en la tienda de Osborn, aquel espantajo de tez trigue帽a y rostro de chivo, se present贸 un d铆a en Arkham en busca del temible volumen guardado bajo siete llaves en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic: el pavoroso Necronomic贸n, del enloquecido 谩rabe Abdul Alhazred, en versi贸n latina de Olaus Wormius, impreso en Espa帽a en el siglo XVII.

Wilbur jam谩s hab铆a visto una ciudad, no le importaba descubrir los edificios ni las tiendas de lujo, porque su 煤nico inter茅s al llegar a Arkham, fue encontrar el camino que llevaba al recinto universitario. Una vez que lleg贸 a la entrada de la biblioteca, pas贸 sin inmutarse por delante del gran perro guardi谩n de la entrada que se ech贸 aladrar, mostr谩ndole sus colmillos filosos con inusitado furor, al tiempo que tiraba con violencia de la gruesa cadena a la que estaba atado. Wilbur llevaba consigo el inapreciable, pero incompleto, ejemplar de la versi贸n inglesa del Necronomic贸n del doctor Dee, que su abuelo le hab铆a heredado. En cuanto le permitieron acceder al ejemplar en lat铆n, se puso a cotejar los dos textos con el prop贸sito de descubrir cierto pasaje que, de no hallarse en condiciones defectuosas, habr铆a debido encontrarse en la p谩gina 751 del volumen de su propiedad.

Por m谩s que intent贸 refrenarse, no pudo dejar de dec铆rselo con buenos modales al bibliotecario –Henry Armitage, hombre de gran erudici贸n y licenciado en Miskatonic, doctor por la Universidad de Princeton y por la Universidad de John Hopkins–, que en cierta ocasi贸n hab铆a acudido a visitarle a la granja de Dunwich y que ahora, en buen tono, le acribillaba a preguntas.

Wilbur acab贸 por decirle que buscaba una especie de conjuro o f贸rmula m谩gica que contuviese el espantoso nombre de Yog-Sothoth, pero las discrepancias, repeticiones y ambig眉edades existentes complicaban la tarea de su localizaci贸n, sumi茅ndole en un mar de dudas. Mientras copiaba fragmentos en lat铆n, el doctor Armitage mir贸 accidentalmente por encima del hombro de Wilbur y vio claramente las p谩ginas en las que el libro estaba abierto: a la izquierda, en la versi贸n latina del Necronomic贸n, conten铆a toda una retah铆la de estremecedoras amenazas contra la paz y el bienestar del mundo:

Tampoco debe pensarse –rezaba el texto que Armitage fue traduciendo mentalmente– que el hombre es el m谩s antiguo o el 煤ltimo de los due帽os de la tierra, ni que la semejante combinaci贸n de cuerpo y alma se concibe como un elemento 煤nico del universo. Los Ancianos eran, los Ancianos son y los Ancianos ser谩n. No en los espacios que conocemos, sino entre ellos. Se pasean serenos y primigenios en esencia, sin dimensiones e invisibles a nuestra vista. Yog-Sothoth conoce la puerta. Yog-Sothoth es la puerta. Yog-Sothoth es la llave y el guardi谩n de la puerta. Pasado, presente y futuro, todo es uno en Yog-Sothoth. 脡l sabe por d贸nde entraron los Ancianos en el pasado y por d贸nde volver谩n a hacerlo cuando llegue la ocasi贸n. 脡l sabe qu茅 regiones de la tierra hollaron, d贸nde siguen hoy hollando y por qu茅 nadie puede verlos en Su avance. Los hombres perciben, a veces, Su presencia por el olor que despiden, pero ning煤n ser humano puede ver Su semblante, salvo a trav茅s de las facciones de los hombres engendrados por Ellos, y son de las m谩s diversas especies, difiriendo en apariencia desde la mism铆sima imagen del hombre hasta esas figuras invisibles o sin sustancia que son Ellos. Se pasean inadvertidos y pestilentes por los lugares solitarios donde se pronunciaron las Palabras y se profirieron los Rituales en su debido momento. Sus voces hacen vibrar y temblar el viento. Sus conciencias trepidan la tierra, doblegan bosques enteros y aplastan ciudades, pero jam谩s bosque o ciudad alguna ha visto la mano destructora. Kadath los ha conocido en los p谩ramos helados, pero ¿qui茅n conoce a Kadath? En el glacial desierto del Sur y en las sumergidas islas del Oc茅ano se levantan piedras en las que se ve grabado Su sello, pero ¿qui茅n ha visto la helada ciudad hundida o la torre secularmente cerrada y recubierta de algas y moluscos? El Gran Cthulhu es Su primo, pero s贸lo difusamente puede reconocerlos. ¡Ia! ¡Shub-Niggurath! Por su insano olor los conocer谩s. Su mano les aprieta las gargantas pero ni aun as铆 los ven, y Su morada es una misma con el umbral que ustedes guardan. Yog-Sothoth es la llave que abre la puerta, por donde las esferas se encuentran. El hombre rige ahora donde antes reg铆an Ellos, pero pronto regir谩n Ellos donde ahora rige el hombre. Tras el verano, el invierno, y tras el invierno, el verano. Aguardan, pacientes y confiados, pues saben que volver谩n a reinar sobre la tierra. 

El doctor Armitage asoci贸 la lectura con lo que hab铆a o铆do hablar de Dunwich y de sus misteriosas apariciones. Adem谩s de la l煤gubre y horrible aureola que rodeaba a Wilbur Whateley y que, desde su nacimiento en circunstancias extra帽as hasta una fundada sospecha de matricidio, sinti贸 como si el temor lo sacudiera como un oleaje intenso, como si pudiera sentir una corriente de aire fr铆o y pegajoso emanando de una tumba. Parec铆a como si el gigante de cara de chivo –que estaba enfrascado en la lectura de aquel libro– hubiese sido engendrado en otro planeta o dimensi贸n, como si fuese humano parcialmente y procediese de los tenebrosos abismos de una esencia y una entidad que se extend铆a, como un tit谩nico fantasma, m谩s all谩 de las esferas de la fuerza y la materia, del espacio y del tiempo. De pronto, Wilbur levant贸 la cabeza y se puso a hablar con voz extra帽a y resonante, que hac铆a pensar en unos 贸rganos vocales distintos a los del com煤n de los mortales.

–Se帽or Armitage –dijo–, me temo que voy a tener que llevarme el libro a casa. En 茅l se habla de cosas que tengo que experimentar bajo ciertas condiciones que no re煤no aqu铆, y ser铆a una verdadera l谩stima que no se me permitiera sacar el texto, alegando cualquier absurda norma burocr谩tica. Se lo ruego, se帽or, d茅jeme llev谩rmelo a casa y le juro que nadie advertir谩 su falta. Lo tratar茅 con el mejor cuidado. Lo necesito para poner mi versi贸n de Dee en la forma en que…

No logr贸 terminar su frase al ver la expresi贸n negativa que se dibujaba en el rostro del bibliotecario, esto gener贸 que Wilbur adquiriera un aire de astucia y tratara de convencer al encargado de los libros. Sin embargo, antes de que Armitage le dijera que pod铆a sacar copia de cuanto precisara, repentinamente pens贸 en las consecuencias que podr铆an originarse de semejante contravenci贸n y se ech贸 atr谩s. Era una responsabilidad demasiado grande el entregar a aquella monstruosa criatura la llave de acceso a tan tenebrosas esferas de lo exterior.

Whateley, al ver el cariz que tomaban las cosas, trat贸 de poner la mejor cara posible.

–¡Bueno! ¡Qu茅 le vamos a hacer si se pone as铆! A ver si en Harvard no son tan quisquillosos y hay m谩s suerte.

Y sin decir una palabra m谩s, se levant贸 y sali贸 de la biblioteca, agachando la cabeza por cada puerta que pasaba. Armitage escuch贸 el tremendo aullido del perro que hab铆a en la entrada y, a trav茅s de la ventana, observ贸 las zancadas de gorila de Whateley, mientras cruzaba el peque帽o trozo de campus que pod铆a divisarse desde la biblioteca. Le vinieron a la memoria las espantosas historias que hab铆an llegado a sus o铆dos y record贸 lo que se dec铆a en las ediciones dominicales del Advertiser, as铆 como en las impresiones que pudo recoger entre los campesinos y vecinos de Dunwich durante su visita a la localidad. Horribles y malolientes seres invisibles que no eran de la tierra –o, al menos, no de la tierra tridimensional que conocemos– corr铆an por los barrancos de Nueva Inglaterra y acechaban imp煤dicamente desde las monta帽osas cumbres. Hac铆a tiempo que estaba convencido de ello, pero ahora cre铆a experimentar la inminente y terrible presencia del horror extraterrestre y vislumbrar un prodigioso avance en los tenebrosos dominios de tan antigua y hasta entonces aletargada pesadilla.

Estremecido y con una honda sensaci贸n de repugnancia, encerr贸 el Necronomic贸n en su sitio, pero un atroz e indefinido hedor segu铆a impregnado a煤n toda la estancia. “Por su insano olor los conocer茅is”, cit贸. S铆, no cab铆a duda, aquel f茅tido olor era el mismo que hac铆a menos de tres a帽os le provoc贸 n谩useas en la granja de Whateley. Pens贸 en Wilbur, en sus siniestras facciones de chivo, y solt贸 una ir贸nica risotada al recordar los rumores que corr铆an por el pueblo sobre su paternidad.

–¿Incestuoso v谩stago? –Armitage murmur贸 para sus adentros–. ¡Dios m铆o, pero s铆 ser谩n simplones! ¡Dales a leer El gran dios Pan, de Arthur Machen, y creer谩n que se trata de un esc谩ndalo normal y corriente como los de Dunwich!

Pero ¿qu茅 informe y maldita criatura salida o no de esta tierra tridimensional, era el padre de Wilbur Whateley? Naci贸 el d铆a de la Candelaria, a los nueve meses de la v铆spera del primero de mayo de 1912, fecha en que los rumores sobre extra帽os ruidos en el interior de la tierra llegaron hasta Arkham. ¿Qu茅 pasaba en las monta帽as aquella noche de mayo? ¿Qu茅 horror engendrado el d铆a de la Invenci贸n de la Cruz[1] se hab铆a abatido sobre el mundo en forma de carne y hueso semihumanos?

Durante las semanas que siguieron, Armitage estuvo recogiendo toda la informaci贸n que pudo encontrar sobre Wilbur Whateley y aquellos misteriosos seres que poblaban la comarca de Dunwich. Se puso en contacto con el doctor Houghton, de Aylesbury, que hab铆a asistido al viejo Whateley durante su postrera agon铆a y que, despu茅s de ese suceso, estuvo meditando detenidamente sobre las 煤ltimas palabras que pronunci贸 el horrendo anciano. Una nueva visita a Dunwich apenas report贸 fruto alguno. No obstante, un detenido examen del Necronomic贸n –en concreto, de las p谩ginas que con tanta avidez hab铆a buscado Wilbur– pareci贸 aportar nuevas y terribles pistas sobre la naturaleza, m茅todos y apetitos del extra帽o y maligno ser cuya amenaza se cern铆a difusamente sobre la tierra.

Las conversaciones sostenidas en Boston con varios estudiosos sobre mitos arcanos y la correspondencia mantenida con muchos otros eruditos de los m谩s diversos lugares, no hicieron sino incrementar la perplejidad de Armitage, quien, tras pasar gradualmente por varias fases de alarma, acab贸 sumido en un aut茅ntico estado de intenso temor espiritual. A medida que se acercaba el verano, cre铆a cada vez m谩s que deb铆a hacerse algo para interrumpir la escalada de terror que asolaba los valles regados por el curso superior del Miskatonic e indagar qui茅n era el monstruoso ser conocido entre los humanos por el nombre de Wilbur Whateley.


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