El horror de Dunwich - H. P. Lovecraft (VI PARTE) - Amantes de la literatura

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11.16.2023

El horror de Dunwich - H. P. Lovecraft (VI PARTE)



El verdadero horror de Dunwich tuvo lugar entre la Fiesta de la Recolecci贸n de la Cosecha y el equinoccio de 1928, siendo el doctor Armitage uno de los testigos presenciales de su abominable pr贸logo. Hab铆a o铆do hablar del esperp茅ntico viaje que Whateley hab铆a hecho a Cambridge y de sus intentos desesperados por sacar el ejemplar del Necronomic贸n que se conservaba en la biblioteca Widener, de la Universidad de Harvard. Pero todos sus esfuerzos fueron en vano, pues Armitage hab铆a puesto en estado de alerta a todos los bibliotecarios que ten铆an a su cargo la custodia de un ejemplar del arcano volumen. Wilbur se hab铆a mostrado asombrosamente nervioso en Cambridge, estaba ansioso por conseguir el libro y, como si temiera las consecuencias de una larga ausencia, a帽oraba volver a casa.

A principios de agosto se produjo un acontecimiento muy extra帽o. En la madrugada del tercer d铆a de dicho mes, el doctor Armitage fue despertado bruscamente por los desgarradores y feroces ladridos del imponente perro guardi谩n que hab铆a a la entrada del recinto universitario. Los estridentes y terribles gru帽idos alternaban con desgarradores aullidos y ladridos, como si el perro tuviese rabia. Los ruidos aumentaban, pero mientras pasaba el tiempo se entrecortaban, dejando entre s铆 pausas terriblemente significativas.

Al poco tiempo, se escuch贸 un pavoroso grito de una garganta totalmente desconocida, un grito que despert贸 a gran parte de los habitantes que dorm铆an durante aquellas horas en Arkham y que, en lo sucesivo, el hecho les asaltar铆a continuamente en sus sue帽os: era un grito que no proven铆a de ning煤n ser nacido en la tierra o morador de ella.

Armitage se visti贸 r谩pidamente y sali贸 corriendo hacia los paseos y jardines, hasta llegar a los edificios universitarios, donde pudo ver que otros se le hab铆an adelantado. A煤n se o铆an los retumbantes ecos de la alarma antirrobos de la biblioteca. A la luz de la Luna, se observaba una ventana abierta de par en par, mostrando las abismales tinieblas que encerraba. Quienquiera que hubiese intentado entrar, hab铆a logrado su prop贸sito, pues los ladridos y gritos –que pronto acabar铆an confundi茅ndose en una sorda profusi贸n de aullidos y gemidos– proced铆an indudablemente del interior del edificio. Un sexto sentido le hizo entrever a Armitage que lo que suced铆a dentro de la biblioteca, no era algo que pudieran contemplar ojos sensibles y, con gesto autoritario, mand贸 retroceder a la muchedumbre que estaba congregada en el sitio. Despu茅s de alejar a las personas, tom贸 valor y abri贸 la puerta del vest铆bulo.

Entre los all铆 reunidos, vio al profesor Warren Rice y al doctor Francis Morgan, a quienes tiempo atr谩s hab铆a hecho part铆cipes de algunas de sus conjeturas y temores. As铆 que con la mano les hizo una se帽al para que lo siguieran al interior. Los sonidos que sal铆an del lugar, hab铆an disminuido casi por completo, salvo los mon贸tonos gru帽idos del perro, aunque Armitage dio un brusco respingo al advertir que, entre la maleza, un ruidoso coro de chotacabras hab铆a comenzado a entonar sus chirridos endiabladamente r铆tmicos, como si marcharan al un铆sono con los 煤ltimos estertores de un ser agonizante.

En el edificio entero reinaba un insoportable hedor que le resultaba demasiado familiar a Armitage, quien, en compa帽铆a de los dos profesores, se lanz贸 corriendo por el vest铆bulo hasta llegar a la salita de lectura de temas geneal贸gicos de donde sal铆an los sordos gemidos. Por espacio de unos segundos, nadie se atrevi贸 a encender la luz por temor, hasta que Armitage, arm谩ndose de valor, apret贸 al interruptor. Uno de los tres hombres –¿cu谩l? No se sabe– emiti贸 un estridente alarido ante lo que se ve铆a tendido en el suelo sin importar que se encontrara entre un revoltijo de mesas y sillas volcadas.

El profesor Rice afirma que durante unos instantes perdi贸 el sentido. Por fortuna, sus piernas no flaquearon ni lleg贸 a caerse. En el suelo, encima de un f茅tido charco de l铆quido purulento, pegajoso y de una tonalidad entre amarillenta y verdosa, yac铆a medio recostado un ser de casi nueve pies de estatura, al que el perro hab铆a desgarrado toda la ropa y algunos trozos de la piel. A煤n no hab铆a muerto. Se retorc铆a de dolor, en medio de silenciosos espasmos. Su pecho jadeaba al abominable comp谩s de los estridentes chirridos de las chotacabras que, expectantes, oteaban desde fuera de la sala. Esparcidos por toda la estancia pod铆an verse trozos de piel de zapatos, jirones de ropa y, junto a la ventana, estaba una mochila de lona vac铆a que, seguramente, aquel gigantesco ser debi贸 arrojar all铆.

Junto al pupitre central hab铆a un rev贸lver en el suelo, con un cartucho percutido, pero sin p贸lvora. Esta arma servir铆a, posteriormente, para explicar por qu茅 no hab铆a sido disparada. No obstante, aquel ser que yac铆a en el suelo, eclips贸 un momento cualquier otra imagen que pudiera haber en la estancia. Ser铆a muy trillado, y no del todo cierto, decir que ninguna pluma humana podr铆a describirlo, porque no podr铆a visualizarse gr谩ficamente por nadie cuyas ideas acerca de la fisonom铆a y el perfil, en general, estuviesen demasiado apegadas a las formas de vida existentes en nuestro planeta y a las tres dimensiones conocidas.

No cab铆a duda de que, en parte, se trataba de una criatura humana, con manos y cabeza de hombre, pero con el inconfundible sello de los Whateley: rostro chotuno y sin ment贸n. El torso y las extremidades inferiores estaban teratol贸gicamente[1] deformados. S贸lo gracias a una holgada indumentaria pudo aquel ser andar sobre la tierra sin ser molestado o erradicado de su superficie. Por encima de la cintura, era un ser cuasi antropom贸rfico, aunque el pecho, sobre el que a煤n se hallaban posadas las desgarradoras patas del perro, ten铆a el correoso y reticulado pellejo de un cocodrilo o un lagarto. La espalda ten铆a un color moteado, entre amarillo y negro, y recordaba vagamente la escamosa piel de ciertas especies de serpientes. Sin embargo, lo m谩s monstruoso de todo el cuerpo era la parte inferior: a partir de la cintura desaparec铆a toda semejanza con el f铆sico humano y, de manera horripilante, comenzaba la m谩s desenfrenada fantas铆a que cabe imaginarse: la piel estaba recubierta de un frondoso y 谩spero pelaje negro; del abdomen brotaban un mont贸n de largos tent谩culos, entre grises y verdosos, de los que sobresal铆an fl谩ccidamente unas ventosas rojas que pod铆an ser parte de su boca. Su disposici贸n era de lo m谩s extra帽o y parec铆a seguir las simetr铆as de alguna geometr铆a c贸smica desconocida en la tierra e incluso en el Sistema Solar. En cada lado de la cadera, hundido en una especie de ros谩cea y ciliada 贸rbita, se alojaba lo que parec铆a ser un rudimentario ojo, mientras que en el lugar donde suele estar el rabo, le colgaba algo que ten铆a todo el aspecto de una trompa o tent谩culo, con marcas anulares violetas, y m煤ltiples muestras de tratarse de una boca o garganta sin desarrollar.

Las piernas, salvo por el pelaje negro que las cubr铆a, guardaban cierto parecido con las extremidades de los gigantescos saurios que poblaban la Tierra en tiempos prehist贸ricos. Adem谩s, al final de estas partes del cuerpo, se encontraban unas carnosidades surcadas de venas que ni eran pezu帽as ni garras.

Cuando respiraba, el rabo y los tent谩culos mudaban r铆tmicamente de color, como si obedecieran a alguna causa circulatoria.  El tono de su piel se caracterizaba por un tinte verdoso que no era humano. El rabo, por otra parte, ten铆a un color amarillento que alternaba con otro blanco gris谩ceo, tambi茅n ten铆a un aspecto repugnante en los espacios que quedaban entre los anillos de color violeta. No hab铆a rastro de sangre s贸lo el f茅tido y purulento l铆quido verdoso-amarillento, que corr铆a por el piso m谩s all谩 del pringoso c铆rculo, dejando tras de s铆 una curiosa y descolorida mancha.

La presencia de los tres hombres debi贸 despertar al agonizante ser. Los escuch贸 en silencio y comenz贸 a balbucear sin siquiera volver ni levantar la cabeza. Armitage no recogi贸 por escrito los sonidos que profer铆a, pero afirma categ贸ricamente que no pronunci贸 ni una palabra humana. Al principio, las s铆labas desafiaban toda posible comparaci贸n con alg煤n idioma conocido en la Tierra, pero al final articul贸 fragmentos incoherentes que, evidentemente, proven铆an del Necronomic贸n, el abominable libro cuya b煤squeda iba a costarle la muerte.

Los fragmentos, como los recuerda Armitage, rezaban m谩s o menos as铆: “N’gai, n’gha’ ghaa, bugg-shoggog, y’hah; Yog-Sothoth, Yog-Sothoth…”, desvaneci茅ndose su voz en el aire mientras las chotacabras chirriaban en r铆tmico crescendo de malsana expectaci贸n. Luego, se interrumpieron los jadeos y el perro alz贸 la cabeza, emitiendo un prolongado y l煤gubre aullido. Un cambio se produjo en la faz amarillenta y chotuna de aquel ser postrado en el suelo, pues sus grandes ojos negros se hund铆an pasmosamente dentro de sus cavidades.

Al otro lado de la ventana, ces贸 de repente el griter铆o que armaban los chotacabras y, por encima de los murmullos de la muchedumbre congregada, se oy贸 un fren茅tico zumbido y un horrendo revoloteo. Recortadas, contra el trasfondo de la Luna, pod铆an verse grandes nubes de vig铆as alados, expectantes, alzando el vuelo y huyendo de la vista de las multitudes. Parec铆an espantados al ver la presa sobre la que se dispon铆an a lanzarse. De pronto, el perro dio un brusco respingo, lanz贸 un aterrador ladrido y se arroj贸 precipitadamente por la ventana.

Un alarido sali贸 de la expectante multitud. Ante tales eventos, Armitage gritaba a los hombres que aguardaban fuera que, en tanto llegase la polic铆a o el forense, no pod铆an entrar en la sala. Afortunadamente, las ventanas eran lo suficientemente altas como para que nadie pudiera asomarse. Para mayor seguridad, ech贸 las oscuras cortinas con sumo cuidado. Entre tanto, llegaron dos polic铆as. El doctor Morgan los recibi贸 en el vest铆bulo y les inst贸 a que, por su propio bien, aguardasen a entrar en la sala de lecturas hasta que llegara el forense y pudiera cubrir el hediondo cuerpo del monstruo.

Mientras esto ocurr铆a, unos cambios realmente espantosos ten铆an lugar en aquella gigantesca criatura. No se precisa describir la clase y proporci贸n de encogimiento y desintegraci贸n que se desarrollaba ante los ojos de Armitage y Rice, pero puede decirse que, aparte de la apariencia externa de cara y manos, el elemento aut茅nticamente humano de Wilbur Whateley era m铆nimo.

Cuando lleg贸 el forense, s贸lo quedaba una masa blancuzca y viscosa sobre el suelo entarimado, en tanto que el f茅tido olor casi hab铆a desaparecido por completo. Por lo visto, Whateley no ten铆a cr谩neo ni esqueleto 贸seo, al menos tal como los entendemos. En algo hab铆a de parecerse a su desconocido progenitor.


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