El horror de Dunwich - H. P. Lovecraft (IX PARTE) - Amantes de la literatura

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11.16.2023

El horror de Dunwich - H. P. Lovecraft (IX PARTE)



El viernes por la ma帽ana, Armitage, Rice y Morgan salieron en autom贸vil hacia Dunwich. Llegaron al pueblo casi a la una de la tarde. Era un d铆a espl茅ndido, pero hasta en el reinante sol parec铆a presagiarse la destrucci贸n de la calma, como si algo espantoso se cerniese sobre aquellas monta帽as extra帽amente rematadas con forma de b贸veda, donde los profundos y sombr铆os barrancos oscurecen la asolada regi贸n. De vez en cuando pod铆a divisarse, recortado contra el cielo, un l煤gubre c铆rculo de piedras en las cumbres monta帽osas. Por la atm贸sfera de silenciosa tensi贸n que se respiraba en la tienda de Osborn, los tres investigadores comprendieron que algo horrible hab铆a sucedido, y pronto se enteraron de la desaparici贸n de la casa y de la familia entera de Elmer Frye.

Durante toda la tarde estuvieron recorriendo los alrededores de Dunwich, preguntando a la gente qu茅 hab铆a sucedido y viendo, con sus propios ojos, en medio de un creciente horror, las pavorosas ruinas de la casa de los Frye, los persistentes restos de aquella sustancia viscosa, las espantosas huellas dejadas en el corral, el ganado malherido de Seth Bishop y las impresionantes franjas de vegetaci贸n arrasada que hab铆a por doquier. El sendero dejado a todo lo largo de Sentinel Hill, le pareci贸 a Armitage de una significaci贸n casi devastadora. Durante un buen rato se qued贸 mirando la siniestra piedra en forma de altar que se divisaba en la cima.

Finalmente, los investigadores de Arkham, se enteraron que aquella misma ma帽ana hab铆an llegado unos polic铆as de Aylesbury en respuesta a las primeras llamadas telef贸nicas, en las que daban cuenta de la tragedia ocurrida a los Frye. Los investigadores resolvieron ir en busca de los agentes y contrastar con ellos sus impresiones sobre la situaci贸n. Sin embargo, una cosa fue decirlo y otra hacerlo, pues no se ve铆a a los polic铆as por ninguna parte. Hab铆an venido en total cinco en un coche, que se encontr贸 abandonado en un lugar pr贸ximo a las ruinas del corral de Elmer Frye.

Las personas de la localidad que, tiempo atr谩s, hab铆an estado hablando con los polic铆as, se hallaban tan perplejas como Armitage y sus compa帽eros. Fue entonces cuando al viejo Sam Hutchins se le vino a la cabeza una idea y, l铆vido, dio un codazo a Fred Farr al tiempo que apuntaba hacia el profundo y rezumante abismo que se abr铆a frente a ellos.

–¡Dios m铆o! –dijo jadeando–. ¡Mira que les advert铆 que no bajasen al barranco! Jam谩s se me ocurri贸 que fueran a meterse ah铆 con esas huellas, ese olor y con los chotacabras armando tal griter铆o a plena luz del d铆a…

Un escalofr铆o se apoder贸 de todos los que estaban congregados –granjeros e investigadores– al o铆r las palabras del viejo Hutchins, todos aguzaron instintivamente el o铆do. Ahora que se encontraba por vez primera frente al horror y su destructiva labor, Armitage no pudo evitar temblar ante la responsabilidad que se le ven铆a encima. Pronto caer铆a la noche sobre la comarca, las horas en que la gigantesca monstruosidad sal铆a de su cubil para proseguir sus pavorosas incursiones. Negotium perambulans in tenebris… El anciano bibliotecario se puso a recitar la f贸rmula m谩gica que hab铆a aprendido de memoria, mientras estrujaba con la mano el papel en que se conten铆a la otra f贸rmula alternativa que no hab铆a memorizado. Despu茅s, comprob贸 que su linterna se encontraba en perfecto estado. Rice, que estaba a su lado, sac贸 de un malet铆n un pulverizador que se utilizan para combatir a los insectos, Morgan, por otra parte, desenfundaba el rifle de caza en el que segu铆a confiando pese a las advertencias de sus compa帽eros de que las armas valdr铆an nada frente a tan monstruoso ser.

Armitage, que hab铆a le铆do el estremecedor diario de Wilbur, sab铆a muy bien qu茅 clase de materializaci贸n pod铆a esperarse, pero no quiso atemorizar m谩s a los vecinos de Dunwich con nuevas insinuaciones o pistas. Esperaba poder librar al mundo de aquel horror sin que nadie se enterase de la amenaza que se cern铆a sobre la humanidad. A medida que la oscuridad fue haci茅ndose m谩s densa, los vecinos de Dunwich comenzaron a dispersarse y emprendieron el regreso a casa. Los habitantes estaban ansiosos por encerrarse pese a la evidencia de que no hab铆a cerrojo o cerradura que pudiese resistir los embates de un ser de tan descomunal fuerza, que pod铆a tronchar 谩rboles y triturar casas a su antojo. Sacudieron la cabeza al enterarse del plan que ten铆an los investigadores de permanecer de guardia en las ruinas de la granja de Frye, que se encontraba pr贸xima al barranco. Al despedirse de ellos, apenas albergaban esperanzas de volver a verlos con vida a la ma帽ana siguiente.

Aquella noche se oy贸 un enorme fragor en las monta帽as y los chotacabras chirriaron con endiablado estr茅pito. De vez en cuando, el viento que sub铆a del fondo del barranco de Cold Spring, tra铆a un hedor insoportable a la ya densa atm贸sfera nocturna. Un hedor como el que aquellos tres hombres percibieron en una ocasi贸n anterior, justamente al encontrarse frente a aquella moribunda criatura que, durante quince a帽os y medio, pas贸 por un ser humano.

Pero la tan esperada monstruosidad no se dej贸 ver en toda la noche. No cab铆a duda: lo que hab铆a en el fondo del barranco aguardaba el momento propicio. Armitage dijo a sus compa帽eros que ser铆a suicida intentar atacarlo en medio de la noche. Al amanecer cesaron los ruidos. El d铆a se levant贸 gris, desapacible y con ocasionales r谩fagas de lluvia, mientras nubarrones oscuros se acumulaban del otro lado de la monta帽a en direcci贸n noroeste.

Los tres cient铆ficos de Arkham no sab铆an qu茅 hacer. Y, como la lluvia arreci贸, se resguardaron bajo una de las pocas construcciones de la granja de los Frye que a煤n quedaba en pie. Ah铆 debatieron la conveniencia de seguir esperando o arriesgarse y bajar al fondo del barranco para cazar la monstruosa y abominable presa. El aguacero arreciaba por momentos y, en la lejan铆a, se o铆a el fragor producido por los truenos; el cielo resplandec铆a por los rel谩mpagos que lo rasgaban y, muy cerca de donde se encontraban, vieron caer un rayo, como si directamente se dirigiese al barranco maldito.

El cielo se oscureci贸 totalmente, y los tres cient铆ficos esperaban que, la violenta tormenta, pasara pronto para que luego esclareciera.

A煤n segu铆a cubierto de oscuros nubarrones el cielo cuando –no hab铆a pasado siquiera una hora– lleg贸 hasta ellos un aut茅ntico sonido bab茅lico sonido de voces que se acercaba por el camino. Al poco tiempo, pudo divisarse un grupo despavorido integrado por algo m谩s de una docena de hombres que ven铆an corriendo, y no cesaban de gritar y hasta de sollozar hist茅ricamente.

Uno de los que marchaban a la cabeza prorrumpi贸 a balbucir palabras incoherentes. Los investigadores de Arkham sintieron un pavoroso escalofr铆o cuando las palabras adquirieron coherencia.

–¡Oh, Dios m铆o, Dios m铆o! –se oy贸 decir a alguien con una voz entrecortada–. ¡Vuelve de nuevo y, esta vez, en pleno d铆a! ¡Ha salido, ha salido y se mueve en estos momentos! ¡Qu茅 el Se帽or nos proteja!

Tras o铆r unos jadeos, la voz se sumi贸 en el silencio, pero otro de los hombres retom贸 el hilo de lo que dec铆a el primero.

–Hace casi una hora, Zeb Whateley oy贸 sonar el tel茅fono. Quien llamaba era la se帽ora Corey, la mujer de George, el que vive abajo, en el cruce. Dijo que Luther, el mozo, hab铆a salido en busca de las vacas al ver el tremendo rayo que cay贸. Cuando observ贸 que los 谩rboles se doblaban en la boca del barranco, del lado opuesto de la vertiente, percibi贸 el mismo hedor que se respiraba en el lugar donde encontraron las grandes huellas, que dejaron rastro el lunes por la ma帽ana. Y, seg煤n ella, Luther dijo haber o铆do una especie de crujido o chapoteo, un ruido mucho m谩s fuerte que el producido por los 谩rboles o arbustos al doblarse. Y, de repente, los 谩rboles que estaban a orillas del camino, se inclinaron hacia un lado y se oy贸 un horrible ruido de pisadas y un chapoteo en el barro. Pero, aparte de los 谩rboles y la maleza doblados, Luther no vio nada. Luego, m谩s all谩 de donde el arroyo Bishop pasa por debajo del camino, pudo o铆r unos espantosos crujidos y chasquidos en el puente. Dijo que parec铆a como si fuese madera que estuviese resquebraj谩ndose. Aparte de los 谩rboles y los matorrales doblados, no vio nada m谩s. Sin embargo, cuando los crujidos se perdieron a lo lejos –en el camino que lleva a la granja del brujo Whateley y a la cumbre de Sentinel Hill–, Luther tuvo el valor de acercarse al lugar donde se oyeron los primeros ruidos y mir贸 al suelo: no se ve铆a otra cosa que agua y barro. El cielo estaba encapotado y, la lluvia que ca铆a, comenzaba a borrar las huellas, pero cerca de la boca del barranco, donde los 谩rboles se hallaban ca铆dos por el suelo, a煤n hab铆a unas horribles huellas tan gigantescas como las que vio el lunes pasado.

Al llegar ah铆, tom贸 la palabra un hombre con ropa gris谩cea y barba blanca:

–Eso no es lo malo, porque fue s贸lo el principio. Zeb convoc贸 a la gente, todos estaban escuchando cuando se cort贸 una llamada telef贸nica que hac铆an desde la casa de Seth Bishop. Sally, la mujer de Seth, no paraba de hablar. En tono muy acalorado, cont贸 que acababa de ver los 谩rboles tronchados al borde del camino, dijo que una especie de ruido acorchado, parecido al de las pisadas de un elefante, se dirig铆a hacia la casa. Despu茅s hizo referencia a un olor espantoso que se meti贸, de repente, por todos los rincones del mundo. Su hijo Chauncey no cesaba de gritar que el olor era id茅ntico al que hab铆a en las ruinas de la granja de Whateley el lunes por la ma帽ana. Y, a todo esto, los perros no paraban de lanzar horribles aullidos y ladridos.

–De repente, Sally peg贸 un fenomenal grito y dijo que el cobertizo que se encontraba junto al camino, se hab铆a derrumbado como si la tormenta se lo hubiese llevado por delante, s贸lo que el viento fue tan liviano que no pudo ocasionar tantos estragos. Todos escuch谩bamos con atenci贸n y, a trav茅s de la bocina, pod铆a o铆rse el jadeo de multitud de gargantas pegadas al tel茅fono. De repente, Sally volvi贸 a emitir un espantoso grito, diciendo que la cerca que hab铆a delante de la casa, acababa de derrumbarse, aunque no exist铆a una m铆nima se帽al que indicara qu茅 ocasion贸 el desastre. Luego, todos los que estaban pegados al tel茅fono, oyeron chillar a Chauncey y al viejo Seth Bishop. Sally gritaba que algo enorme hab铆a ca铆do encima de la casa, no un rayo ni una roca, sino algo descomunal, algo que se abalanzaba contra la fachada. Los embates eran constantes, aunque no se ve铆a nada a trav茅s de las ventanas. Y luego… y luego…

El terror pod铆a verse reflejado en todos los rostros. Armitage, estaba petrificado, pero tuvo el valor suficiente para decirle a quien ten铆a la palabra que prosiguiera.

–Y luego… luego, Sally lanz贸 un grito estremecedor: “¡Socorro! ¡La casa se viene abajo!”… Desde el otro lado de la bocina, pudimos o铆r un fenomenal estruendo y un espantoso griter铆o… Lo mismo sucedi贸 con la granja de Elmer Frye, s贸lo que esta vez peor… –el hombre hizo una pausa y, otro de los que ven铆an en el grupo, prosigui贸 el relato:

–Eso fue todo. No volvi贸 a o铆rse un ruido ni un chillido m谩s. El m谩s absoluto silencio invadi贸 el tel茅fono. Quienes lo escuchamos, sacamos nuestros coches y furgonetas para reunirnos en casa de Corey. Todos los hombres sanos y robustos que pudimos encontrar, hemos venido hasta aqu铆 para que nos aconsejen qu茅 hacer. Es posible que todo sea un castigo del Se帽or por nuestras iniquidades, un castigo del que ning煤n mortal puede escapar.

Armitage comprendi贸 que hab铆a llegado el momento de hacer algo y, con aire resuelto, se dirigi贸 al vacilante grupo de despavoridos campesinos.


–No queda m谩s remedio que seguirlo, se帽ores –dijo, tratando de dar a su voz el tono m谩s tranquilizador posible–. Creo que hay una posibilidad de acabar de una vez por todas con ese monstruo. Ustedes conocen de sobra la fama de brujos que ten铆an los Whateley, pues bien, este abominable ser tiene mucho de brujer铆a y, para acabar con 茅l, hay que recurrir a los mismos procedimientos que utilizaban ellos. He visto el diario de Wilbur Whateley y he examinado algunos de los extra帽os y antiguos libros que acostumbraba leer. Creo conocer el conjuro que debe pronunciarse para que la bestia desaparezca para siempre. Naturalmente, no puede hablarse de una seguridad total, pero vale la pena intentarlo. Es invisible, como me imaginaba, pero este pulverizador de largo alcance contiene unos polvos que deben hacerlo visible por unos instantes. Dentro de un rato vamos a verlo. Es realmente un ser pavoroso, pero hubiese sido mucho peor si Wilbur hubiese seguido con vida. Nunca llegar谩 a saberse bien de qu茅 se libr贸 la humanidad con su muerte. Ahora s贸lo tenemos un monstruo contra el que debemos luchar, pero sabemos que no puede multiplicarse. Con todo, es posible que cause a煤n mucho da帽o, as铆 que no hemos de dudar a la hora de librar al pueblo de semejante monstruo.

–Hay que seguirlo y cazarlo. La 煤nica forma de hacerlo es ir a la granja que acaba de ser destruida. Que alguien vaya delante, pues no conozco bien estos caminos, pero supongo que debe existir un atajo. ¿Est谩n de acuerdo?

Los hombres se movieron inquietos sin saber qu茅 hacer. En ese momento, Earl Sawyer apunt贸 con su dedo tiznado hacia la cortina de lluvia y dijo con voz suave:

–Creo que el camino m谩s r谩pido para llegar a la granja de Seth Bishop, es atravesando el prado que se ve ah铆 abajo, rodeando el arroyo por donde es menos profundo, subir por las rastrojeras de Carrier y atravesar los bosques. Al final, se llega al camino alto que pasa a orillas de la granja de Seth, que est谩 del otro lado.

Armitage, Rice y Morgan caminaron en la direcci贸n indicada, mientras la mayor铆a de los aldeanos marchaban lentamente tras ellos. El cielo empezaba a clarear y todo parec铆a indicar que la tormenta hab铆a pasado. Cuando Armitage tomaba involuntariamente una direcci贸n equivocada, Joe Osborn le hac铆a la observaci贸n y le indicaba el camino correcto.

El valor y la confianza de los hombres del grupo crec铆an por momentos, aunque la luz crepuscular de la frondosa ladera, que estaba al final del atajo, disminu铆a. En el lugar se alzaban 谩rboles fant谩sticos y a帽ejos, este obst谩culo los puso a prueba, porque los tuvieron que trepar como una escalera mal formada. Al final, llegaron a un camino lleno de barro, en ese momento eran afortunados, porque el sol golpeaba su cara. Se hallaban cerca de la finca de Seth Bishop, pero los 谩rboles tronchados y las inequ铆vocas y horribles huellas eran buena prueba de que el monstruo ya hab铆a pasado por all铆. Apenas se detuvieron unos momentos a contemplar los restos que quedaban en torno al gran hoyo. Era exactamente lo mismo que sucedi贸 con los Frye: nada vivo ni muerto pod铆a verse entre las ruinas.

Nadie quiso permanecer mucho tiempo en aquel hedor y viscosidad insoportable. Todos volvieron instintivamente al sendero, donde las espantosas huellas se dirig铆an hacia la granja en ruinas de los Whateley y las laderas coronadas en forma de altar de Sentinel Hill. Al pasar ante lo que fue la morada de Wilbur Whateley, todos los integrantes del grupo se estremecieron visiblemente y sus 谩nimos comenzaron a flaquear. No ten铆a nada de divertido seguir la pista de algo tan grande como una casa y un ser invisible. Pod铆a respirarse en el ambiente una mal茅fica presencia infernal.

Frente al pie de Sentinel Hill, las huellas desaparec铆an, por un momento, en el camino. Pod铆a apreciarse una vegetaci贸n fresca, aplastada y tronchada a lo largo de la ancha franja, que marcaba el camino que sigui贸 el monstruo en su anterior subida y descenso de la monta帽a.

Armitage sac贸 un potente catalejo y escrut贸 las verdes laderas de Sentinel Hill. Despu茅s se lo prest贸 a Morgan, quien gozaba de una visi贸n m谩s aguda. Tras mirar unos instantes por el aparato, Morgan lanz贸 un pavoroso grito, pas谩ndoselo seguidamente a Earl Sawyer. Morgan se帽alaba con el dedo un determinado punto de la ladera. Sawyer, tan desma帽ado como la mayor铆a de quienes no est谩n acostumbrados a utilizar instrumentos 贸pticos, estuvo d谩ndole vueltas unos segundos hasta que finalmente y, gracias a la ayuda de Armitage, logr贸 centrar el objetivo. Al localizar el punto, su grito a煤n fue m谩s estridente que el de Morgan.

–¡Dios Todopoderoso, la hierba y los matorrales se mueven! Est谩 subiendo… lentamente… como si reptara… en estos momentos llega a la cima. ¡Que el cielo nos ampare!

El germen del p谩nico pareci贸 cundir entre los expedicionarios. Una cosa era salir a la caza del monstruoso ser y, otra muy distinta, era encontrarlo. Era posible que los conjuros funcionaran, pero ¿y si fallaban?

Empezaron a levantarse voces en las que se le formulaba a Armitage todo tipo de preguntas acerca del monstruo, pero ninguna respuesta parec铆a satisfacerles. Todos ten铆an la impresi贸n de hallarse muy pr贸ximos a fases de la naturaleza y de la vida absolutamente extraordinarias y radicalmente ajenas a la existencia misma de la humanidad.

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